miércoles, 15 de febrero de 2017

FUNERAL VIKINGO

            Invierno de 1976. Quique, Julio y Rubén se han jugado las dos horas de clase. Es viernes y quieren adelantar el fin de semana. Saltan la tapia del patio del colegio y toman el camino que lleva al río. En las afueras, a la altura de la fábrica de gaseosas, ven un gato aplastado en la carretera. Al pobre animal le han pasado tantos coches por encima que sus restos forman parte del asfalto.
-A que no hay cojones de chuparlo -dice Julio.
-Lo hago si me das tu colección de cómics -responde Rubén.
La colección de cómics es algo serio, así que Julio se toma unos segundos para pensárselo.
-Vale. Pero tengo que ver perfectamente cómo pasas la lengua por encima de esa mierda.  
-Jura que si lo hago me darás tus cómics.
-Lo juro.
Julio, que tiene las manos metidas en los bolsillos de su trenca, cruza los dedos para anular el juramento.
-¿Y tú, Quique, qué me das? -dice Rubén.
Quique no está seguro de querer participar.
-¿En serio lo vas a hacer?
-Los cómics de este inútil merecen la pena.
Realmente no le apetece ver cómo Rubén se humilla por unos cuantos tebeos.
-Paso de esta gilipollez.
Cruza la carretera, llega a las inmediaciones de la fábrica de gaseosas y se sienta junto a una de las cristaleras a esperar. Desde ahí puede ver la cadena de montaje. Hay varias máquinas funcionando a la vez, vigiladas de cerca por operarios que visten un buzo rojo. A pesar del grosor del cristal se oye el estruendo que produce la maquinaria. Dentro, el ruido tiene que ser ensordecedor. Quique trata de imaginar lo duro que debe resultar trabajar en un sitio así. Por un momento se arrepiente de haberse jugado las clases. Sabe que si no consigue acabar los estudios con buenas notas es muy posible que su futuro esté en una fábrica como esa. Mientras tanto, Rubén y Julio siguen con lo suyo.
-Abre bien los ojos porque solo lo voy a hacer una vez -dice Rubén.
Julio toma posición para no perder detalle. Rubén se arrodilla junto al gato, abre la boca y saca un palmo de lengua. Julio lo mira, expectante. De repente, Rubén se lo piensa mejor.
-Creo que no lo voy a hacer.
-Eres un puto cobarde, un gallina.
Hay conato de pelea. Quique corre hasta ellos para separarlos.
-Capullos, no me he jugado las clases para ver cómo os peleáis.
Quique siempre ha demostrado ser el más cabal de los tres. Es el nexo de unión del grupo. Los otros dos se conocieron a través de él, pero nunca han terminado de llevarse bien. Aprovechan cualquier ocasión para discutir y, normalmente, terminan peleándose. Quique consigue poner paz y juntos continúan su camino hacia el embarcadero.
            Cuando llegan ha oscurecido. En realidad, no es un embarcadero, solo un recoveco en el río donde alguien ha dejado una vieja barca amarrada con una cadena a un árbol de la orilla. Pero ellos han bautizado al sitio así: El embarcadero. Hay una densa niebla que surge de las aguas y se extiende por todo el cauce. Suben a la embarcación. Julio se acomoda en el asiento de popa, Quique en el del medio y Rubén ocupa el hueco triangular de la proa. Rubén impulsa la barca para que se adentre en el río los pocos metros que permite la cadena. Desde que la descubrieron no han dejado de frecuentarla. A los tres les gusta flotar sobre ese pedazo de madera podrida. Hace demasiado frío, pero a ellos no les importa, son jóvenes y pueden soportarlo. Tampoco les importa que a través de las grietas de la madera se hayan filtrado dos dedos de agua que les empapa las suelas de las botas. En esta ocasión la charla va de super-héroes. A Quique le gusta todo lo relacionado con los vikingos, por eso su favorito es Thor; Rubén se decanta por Spiderman, mientras que Julio no tiene claro si prefiere a Estela Plateada o a la Antorcha Humana. Cada uno defiende los poderes y cualidades de su héroe y trata de convencer a los demás de que su personaje es el mejor. No es la primera vez que discuten sobre el tema y, como en otras ocasiones, ninguno da el brazo a torcer. Así que la conversación termina como empezó: Quique sigue prefiriendo a Thor, Rubén a Spiderman y Julio permanece con sus dudas entre Estela Plateada y la Antorcha Humana. Una bolsa flota en la superficie y el flujo de la corriente la acerca hasta la barca. Quique cree que es basura que han tirado al río, pero a través del plástico ve que se transparentan varios paquetes envueltos en papel de periódico. Que él sepa, la gente no envuelve la basura. Ese detalle despierta su curiosidad. Alcanza la bolsa y deshace el nudo que la mantiene cerrada. En el primer paquete hay dos sondas de plástico y unas compresas ensangrentadas. Nada más verlas, las lanza al agua. Cuando abre el segundo paquete los tres se quedan pasmados al ver que contiene un feto humano. La criatura apenas mide unos diez centímetros. Pese a su escaso tamaño, está totalmente formado. Se aprecia que es varón, y en sus diminutas manos y pies se pueden ver todos los dedos. En la base del cráneo y parte de la espalda han quedado calcadas en la piel las letras negras del papel mojado.
-¿Qué vamos a hacer con él? -pregunta Julio.
-Habrá que llevarlo a la policía –dice Rubén.
No se ponen de acuerdo. Finalmente, Quique sugiere una propuesta.
-¿Que os parece si hacemos un funeral vikingo?
Ni Julio ni Rubén saben de qué va la cosa, él les explica las bases del ritual. En un principio, sus amigos se muestran reacios a quemar la barca, pero después de un rato terminan cediendo. El río se ha encargado de depositar en la orilla gran variedad de ramas y eso facilita la recogida de leña. Apilan los sarmientos sobre la barca y rellenan los huecos con papel y cartón. Cuando todo está preparado, Quique pone el feto encima y se retira para dejar paso a Rubén y su mechero. Las llamas primero prenden el papel, luego el cartón y finalmente se extienden a la madera. Las caras de los chavales se iluminan con la pira funeraria y sus cuerpos reciben amistosamente el calor que desprende. La barca se adentra en el río, hasta que la cadena la detiene a un par de metros de la orilla. La imagen es fascinante. En poco tiempo el feto queda reducido a cenizas. Quique se retira de la orilla y se adentra en la bruma para mear. Julio le acompaña. Mientras orinan, Julio mira de reojo el miembro de su amigo. Jamás lo reconocerá, pero se siente atraído por él. Se conocen desde niños y siempre ha experimentado una especie de deseo oculto. Antes eran inseparables, se pasaban el día juntos. Julio era feliz porque gozaba de toda su atención, hasta que Rubén se les unió. Tal vez por eso nunca han terminado de llevarse bien entre los dos.
-Julio, si me miras, me corto y no puedo mear.
-Perdona.
Julio se aparta a un lado. Está avergonzado por no haber sabido reprimirse.

En la orilla, Rubén sigue ensimismado con las llamas que salen de la barca y no presta atención a la llegada de sus amigos. Quique mira su reloj. El tiempo se les ha echado encima y tienen que regresar a sus casas. Se ponen en camino. Atrás queda un punto centelleante de luz que a medida que se alejan se vuelve más y más difuso.

pepe pereza