jueves, 16 de marzo de 2017

RELATO - ODIO LOS DÍAS LLUVIOSOS

José Luis conecta el ordenador, abre la página del Facebook y escribe: Odio los días lluviosos.
Enciende un cigarro y aguarda a que alguien se digne a dejar un “Me gusta”. Pasados unos minutos aparece uno. Lo ha dejado la chica rara que solo cuelga fotos adornadas con purpurina. La bloquea para que no vuelva a molestarle. Poco después llega un mensaje de Mónica.
-  ¿Qué haces?
- Ya ves, enredando por aquí.
- Lo digo por si quieres pasarte por casa. Mi marido acaba salir para ir al aeropuerto y estaré sola todo el día.
Un polvo con Mónica siempre merece la pena. Aún recuerda la primera vez. De eso hace, al menos, tres años. Fue durante una fiesta que alguien organizó en un piso okupa. Mónica y él no se conocían. Coincidieron allí por casualidad. De hecho él no tenía pensado asistir, pero sus amigos le convencieron. Ella se presentó acompañada de su novio de entonces y fue el centro de atención de la fiesta. Esa noche, las bebidas y las drogas estaban al alcance de todos y nadie dudó en hacer uso de lo uno y de lo otro. En algún momento, no se sabe exactamente cómo, ambos terminaron solos en la azotea. Ella le había dado el esquinazo a su pretendiente y él se separó del grupo de amigos con la excusa de ir al baño. Allí estaban, los dos a medio vestir, bajo un cielo estrellado y de fondo las luces de la ciudad. Un escenario de película para un polvo memorable. El recuerdo trae consigo una erección. Por otro lado, llueve y hace frío. No le apetece salir de casa estando el día así. Se lo hace saber.
- ¿Has visto la que está cayendo?  Es el puto diluvio universal.
Como contestación, Mónica envía un selfie de sus tetas.
- Si quieres catarlas vas a tener que mover tu culo hasta aquí.
No las muestra desnudas, pero sí enseña suficiente carne para despertar interés.
-  Vale. Pero antes tengo que ducharme y afeitarme.
- Ok. Te espero.
            Hace una copia de la foto que le ha enviado, entra en un archivo donde hay varias carpetas con nombres de mujer, abre la que pone Mónica y pega la foto en ella. Dentro hay varias fotos más. También un documento Excel con un diario fechado de todas las relaciones sexuales que han mantenido. Esos encuentros han sido valorados según cada una de las actividades: BESOS, CARICIAS, CUNILINGUS, FELACIÓN, PENETRACIÓN VAGINAL, PENETRACIÓN ANAL… quedando reflejadas en celdas de distintos colores. Cada color equivale a un grado de valoración, es decir: Marrón es igual a MALO, amarillo a REGULAR, rojo a BIEN y verde a SOBRESALIENTE. Sale del archivo y entra en el buscador. Apunta: Anales con maduras. Últimamente le ha cogido el vicio de masturbarse viendo mujeres de entre cincuenta y sesenta años siendo folladas por el culo. Si son inexpertas y tienen apariencia de amas de casa, mejor. Nada que ver con Mónica. Quiere hacerse una paja antes de estar con ella porque cree que así durará más durante el coito. Selecciona una de las páginas y entre la variedad de vídeos busca uno que le excite. Ve a una mujer que le recuerda vagamente a una jefa que tuvo hace tiempo. Pica sobre el vídeo y empieza a acariciarse el pene.
Cuando acaba apaga el ordenador y va al baño a darse una ducha rápida. Después se lava los dientes y se afeita a conciencia. Mónica le tiene prohibido cualquier asomo de barba. No quiere sarpullidos ni irritaciones que puedan alertar a su marido.
Al salir del portal lo primero que ve es un paraguas rodando por la acera y a su dueña persiguiéndolo. Y es que, para empeorar la cosa, a la borrasca hay que sumarle fuertes rachas de viento. Los ingredientes perfectos para un día de perros. La parada de autobús está a un par de manzanas. Corre en esa dirección procurando pasar por debajo de los soportales y las marquesinas que encuentra por el camino. Llega a la parada y espera.
            El autobús tarda en llegar. Con ese tiempo el tráfico es un caos. Se oye el silbido de un whatsapp. Todos los que están en la parada miran sus Smartphone. El aviso es para él.
- ¿Dónde coño estás?
Está empapado y temblando de frío, esperando un autobús que no termina de llegar. Lo que menos le apetece es que le metan prisa. Por un momento se plantea volver a casa y dejarla plantada. Pero se acuerda de la foto de las tetas y cambia de opinión.
- Estoy llegando.
- Ok. No tardes.
Por fin, aparece el autobús. Va lleno y hay que sacar los codos para hacerse hueco entre los pasajeros. De entre la mezcolanza de rostros hay uno que le resulta familiar. Es una mujer delgada, de piel pálida que está sentada junto a una de las ventanillas. No sabe de qué la conoce, pero hay algo en ella que le inquieta. Como en un puzle intenta encajar a esa persona en su vida. Ahora cae. Ambos estudiaron juntos en quinto y sexto de EGB. Ella se llama Natividad. Recuerda que era una niña de piel blanca y ojeras pronunciadas, excesivamente tímida que se sentaba delante de su pupitre. Sin duda, el remordimiento que siente se debe a que por aquel entonces él no paraba de tomarle el pelo. Un día, tuvo la ocurrencia de darle la vuelta a su nombre, en vez de Natividad decidió llamarla Muerte. El hecho de tener un aspecto enfermizo posibilitó que el mote cuajara y todos los alumnos terminaron llamándola así: Muerte. Ella nunca se lo perdonó. Se abre paso entre los pasajeros y se acerca donde está sentada.
-Hola ¿Te acuerdas de mí?...
Se puede ver en su cara que sí.
-Ha pasado mucho tiempo, pero quiero que sepas que lamento mucho todas las trastadas que te hice en el colegio.
-¿Trastadas?
-Bueno, ya sabes.
-Lo que tú llamas trastadas para mí fueron crueles humillaciones.
-No crees que exageras.
-Un día, una niña se acercó a mí. Delante de todos me escupió en la cara alegando que su abuela había muerto. Lo malo es que lo dijo como si yo fuera la culpable, como si yo hubiera tomado la decisión.
-...
-Tengo una hija. El próximo año empezará a ir al colegio. Mi gran temor es que la sienten cerca de un canalla como tú.
Dicho esto, Natividad recoge sus cosas, se dirige a la parte trasera y aguarda a que el autobús se detenga. Cuando lo hace, se apea y se aleja calle abajo lidiando con la lluvia y el viento. En ese momento, a él le llega un whatsapp.
- Han suspendido el vuelo de mi marido por culpa del mal tiempo. Tendremos que vernos en otra ocasión.
Las puertas se cierran y el autobús sigue su trayecto.

pepe pereza