sábado, 24 de junio de 2017

EL PUENTE (INÉDITO)

Por ahora dispone de la cocina para él solo. Si consigue desayunar antes de que su mujer salga del baño quizás consiga aplacar el enfado con el que se he levantado. Ella aparece cuando él está metiendo la taza de café en el microondas. Se muestra radiante y llena de energía y le aborda con un torrente de palabras que él es incapaz de asimilar. Asiente a todo lo que le dice con la esperanza de que el microondas termine cuanto antes el ciclo de calentado. Suena el timbre de aviso, saca el café y bebe. Ajena a todo, continúa dándole a la lengua, construyendo frases a destajo. Una sobredosis de palabras. El silencio es tan necesario por las mañanas que tendría que ser obligatorio. Alguien debería aprobar una ley al respecto. ¿De dónde saca tanta palabrería? ¿Qué ha sucedido en ese intervalo de sueño para que tenga tanto que contar? Es tarde, ya tendría que haberse ido trabajar. Sin embargo, alarga su monólogo. Ruega para que se vaya. La paciencia se le acaba, nota cómo el enfado va tensando sus músculos y tendones. En ese momento, la mujer mira la hora y se escandaliza de lo tarde que es. Deja un beso en el aire, coge el paraguas y sale corriendo. A pesar de haberse quedado solo, en su interior permanece un resentimiento que no le deja disfrutar del café. Mira el reloj. Él también tiene que irse a trabajar.
Conduce bajo la lluvia. Cruza la cuidad y llega a las inmediaciones de la cafetería-restaurante que regenta. Da varias vueltas por la zona, pero no encuentra donde aparcar. Un poco más allá alguien ha dejado un turismo ocupando dos plazas. La rabia que siente se alimenta de ese tipo de detalles. Al final tiene que estacionar en un parking de pago. Mira la hora. Hace diez minutos que tendría que haber abierto el negocio.
            Cuando llega, Berta, la cocinera, está guareciéndose de la lluvia en el portal de al lado. Le pasa las llaves para que vaya abriendo. Él va al kiosco a comprar la prensa. Anoche su equipo de fútbol perdió. Les anularon un gol legal y para terminar de pifiarla el árbitro les penalizó con un penalti inexistente. “UN ROBO” es el titular que encabeza la primera página de uno de los periódicos. Entra en el local. Berta ya está enredando en la cocina. Se mete detrás de la barra, deja los diarios a un lado y conecta la cafetera y el lavavajillas. Luego corta unos limones en rodajas y los distribuye en un par de recipientes de cristal. Cuando abre las cámaras frigoríficas ve que están casi vacías. Las camareras del turno de noche no las han rellenado. No es la primera vez que pasa. A esa hora la prioridad son los desayunos, en breve empezaran a llegar clientes deseosos de cafeína, pero si no llena las cámaras inmediatamente, las bebidas no estarán frías a la hora de los almuerzos. La sangre le hierve en las venas. De nada sirve darle vueltas, le toca bajar al sótano y cargar con las cajas de refrescos, cuanto antes lo haga mejor para todos. Justo en ese momento entra uno de los parroquianos habituales.
-Moisés, ponme un café con leche y dos tostadas con mantequilla –dice sentándose en un taburete y cogiendo uno de los diarios deportivos.
Moisés se acerca a la cocina para encargarle las tostadas a Berta, de seguido regresa junto a la cafetera.
-Este año ya os podéis despedir de la Liga –dice el cliente.
No entra al trapo, no tiene tiempo, ha de llenar las cámaras y hacer mil cosas más. Deja la taza de café frente al tipo y se dirige al sótano. Cuando sube con los refrescos ve que han entrado tres mujeres. Deja las cajas detrás de la barra y se dispone a atenderlas.
-Quiero un cortado descafeinado de máquina, con la leche del tiempo –dice una de ellas.
-El mío normal, con la leche muy caliente y en vez de azúcar me pones sacarina.
-Yo quiero un café con leche ¿Tienes leche de soja?
Otra de las cosas que le joden es que ya nadie pide nada sin darle su toque personal. El tipo que está sentado en el taburete insiste con lo del tema deportivo.
-Este año ni Liga, ni Champions, ni ná. Os vais a comer una mierda.
Moisés pone en funcionamiento el molinillo de café para que el ruido se imponga por encima de la voz. Se reconforta pensando que en alguna dimensión paralela su yo paralelo le estará diciendo al cliente paralelo que cierre la boca de una puta vez. Hace tiempo que está de mal humor. No hay un motivo concreto que lo justifique. Hoy en día todo el mundo lo está, la mala uva es una epidemia extendida por los cinco continentes. Cosas del estrés y de la vida moderna, dicen. Sirve los cafés a las mujeres y mete los refrescos en las cámaras.
A los pocos minutos el local se ha llenado. La clientela tiene prisa y todos quieren ser atendidos al momento. Para esas ocasiones Moisés reduce su campo de visión a un solo cliente y centra la atención solo en él, una vez que ha acabado pasa al siguiente. Nunca comete el error de levantar los ojos y echar una mirada general porque se encontraría a todo el mundo gritándole los pedidos a la vez. Cobra la última consumición y atiende a un hombre que no ha parado de llamar su atención.
-¿Qué le pongo?
-Un momento… -dice el hombre, y se gira para preguntar a sus acompañantes.
Cuando un establecimiento está lleno lo que se espera del consumidor es que pida con la misma celeridad con la que espera ser atendido. Odia a esas personas que le hacen perder el tiempo. Pasa del hombre y atiende a un joven que está al lado. Cuando termina pasa a otro, así una y otra vez…
            La hora del desayuno ha pasado. Todos se han ido a trabajar. Solo quedan unos pocos desempleados y jubilados que matan el tiempo leyendo la prensa y rellenando crucigramas. Su turno tiene tres etapas de máximo ajetreo, que son los desayunos, los almuerzos y las comidas. En medio están esos momentos de relativa tranquilidad donde puede permitirse un respiro para hablar con la cocinera. Pero hoy, Berta no tiene ganas de charla, así que se queda en la barra limpiando el polvo que acumulan las botellas de las estanterías. Se le acerca un anciano que estaba sentado al fondo.
-Este año se os jodió la Liga –dice mostrando su dentadura postiza.
Ha escuchado lo mismo más cincuenta veces a lo largo de la mañana, seguro que no es la última. Como el local está casi vacío, aprovecha para bajar al sótano y quitarse al abuelo de encima. Lleva dos días sin salir a correr por unas molestias en la rodilla, y eso influye en su carácter. Está acostumbrado a ejercitarse, cuando no lo hace se siente tenso. Hace unos estiramientos. Entonces, alguien le llama desde arriba. Joder, no le dejan ni un momento tranquilo.
-Ahora subo.
Insisten. Deja lo que está haciendo y acude a ver qué pasa. El tipo que le ha llamado señala hacia la cocina. Al entrar ve a Berta con la cara pálida y la mano izquierda vendada con un paño ensangrentado.
-¿Qué ha pasado?
-Me he cortado.
-¿Es mucho?
Berta afirma con un gesto de cabeza. Lo que le faltaba.
-No te preocupes, ahora mismo pido un taxi y nos vamos a urgencias –dice sacando el móvil del bolsillo.
De camino al hospital Berta sigue sin recuperar el color. Moisés le pide al taxista que se dé prisa. Aunque llueve, en las calles apenas hay tráfico, se puede pisar el acelerador sin poner en riesgo a nadie. De paso llama a Carol y María, las camareras del otro turno, para informarles que tienen que adelantar su horario. Es su venganza por haber dejado las cámaras vacías. Berta hace lo propio con su marido, pero no contesta y le deja un mensaje en el buzón de voz.
La sala de urgencias está a rebosar. Es temporada de gripe y fiebres altas, además de otros muchos padecimientos y malestares. Pasan por ventanilla para dejar constancia de los daños y entregar la tarjeta de la seguridad social. Después les toca esperar. Como no hay asientos libres tienen que hacerlo de píe, apoyados contra una de las paredes. Al parecer la cosa va para largo. Le jode haber tenido que cerrar la cafetería y perder las ganancias de los almuerzos. Espera que pueda estar allí para las comidas. Un poco más allá hay una máquina de cafés.
-¿Te apetece un café?
A Berta no le apetece.
-¿Te importa si te dejo sola un momento?
-No.
Moisés se detiene frente a la máquina de cafés. Mete una moneda en la ranura y selecciona un cortado con mucha azúcar. Es posible que algún día esas máquinas le dejen sin trabajo. Se imagina a un ejército de robots repartidos por bares y cafeterías, programados para satisfacer todas las exigencias del cliente con una sonrisa virtual en la boca. Deja de pensar en ello cuando el café está listo. Recoge el vaso y sale a la intemperie. Hay varios fumadores repartidos a lo largo de la acera, resguardados por la marquesina que bordea el edificio. De vez en cuando, una racha de viento empuja la lluvia y los alcanza de lleno. Unos tapan los cigarros ahuecando la mano, otros se giran para protegerlos con la espalda. Él nunca ha fumado y se siente orgulloso de ello. Prefiere el deporte y la vida sana. Termina el café y regresa a la sala. Berta ha encontrado sitio en un banco que ha quedado libre. Se acerca a ella y se sienta a su lado.
-¿Dónde se habrá metido este hombre? Estoy venga a llamarle y no contesta.
Moisés sabe que es una pregunta retórica así que no se molesta en contestar.
-Le he dejado varios mensajes diciéndole que estoy aquí, así que no creo que tarde en llegar. Lo digo por si quieres irte, a mí no me importa quedarme sola.
Nada le gustaría más que largarse de ahí, pero rechaza la oferta y le dice que se quedará con ella hasta que llegue su marido.
            El marido llega una hora más tarde apestando a alcohol. En esos momentos Berta está siendo atendida en una sala del piso superior. El tipo parece bastante afectado, Moisés no sabe si es debido a la bebida o realmente está preocupado por su mujer. Después de ponerle al corriente hace mención de marcharse.
-Espera un momento, quiero preguntarte algo.
-Tú dirás.
-¿Sabes si Berta se quiere separar de mí?
Moisés no esperaba una pregunta de ese calibre.
-Lo digo porque tú pasas muchas horas con ella y supongo que hablareis de vuestras cosas.
-La verdad es que no me ha dicho nada.
El marido hace una pausa, dudando si seguir con la conversación o callar.
-Ayer, cuando estaba aparcando, la vi por la calle con dos maletas. Me extrañó y la seguí. Fue directa a la estación de autobuses y se puso a la cola para sacar un billete. Pero antes de que le llegase el turno se lo debió pensar mejor, porque salió de allí y regresó a casa. Yo lo hice varias horas más tarde. Tenía miedo de que ella se hubiera ido, pero no, dormía en nuestra cama. Miré en los armarios. Todo estaba en su sitio. Había vaciado las maletas y las había colocado en el estante de arriba, que es donde suelen estar. Me acosté a su lado y pasé la noche en vela, dándole vueltas a la cabeza. Esta mañana cuando nos levantamos, ella se ha comportado como siempre. No ha mencionado ni palabra del asunto y yo no me he  atrevido a sacar la conversación. Es por eso que te lo pregunto a ti.
-Ya te digo que no sé nada.
-Si ella me deja…
Al hombre se le quiebra la voz y los ojos se le llenan de lágrimas.
-Esta mañana he estado en el puente, planteándome seriamente si tirarme al río. Te juro que si no lo he hecho es porque me ha llamado pidiéndome que venga a buscarla.
Moisés no sabe qué decir. Por suerte ve llegar a Berta con la mano vendada y el brazo en un cabestrillo.
-No digas nada de esto –dice el marido secándose las lágrimas con disimulo.
-Tranquilo, tendré la boca cerrada.
Le han tenido que dar doce puntos para cerrar la herida. Estará de baja hasta que la mano se cure y pase por rehabilitación. Mientras tanto tendrá que contratar a alguien que la sustituya. Mira la hora. Por suerte llegará con tiempo suficiente para servir las comidas. Berta dice que se ha dejado varias cosas en la cafetería y tiene que volver a cogerlas, así que suben juntos a un taxi.
            El la circunvalación un camión ha volcado a causa de la lluvia. La policía ha cortado el tráfico. El taxista coge el desvío que va por la ribera del Ebro. Al cruzar el puente, el marido de Berta se queda mirando hacia un sitio en concreto. Moisés intuye que es ahí donde pensaba arrojarse al río.
            Llegan a la cafetería. Carol y María ya se han hecho cargo de todo y el negocio está en pleno funcionamiento. Berta, antes de recoger sus cosas, da instrucciones a Carol sobre cómo debe acabar los guisos que ella había empezado. Luego regresa al taxi donde aguarda su marido. Moisés ha tomado posesión de la barra, pero antes de atender a la clientela coge una carpeta donde guarda los currículos que le han ido dejando varias aspirantes a cocineras y camareras. Hace varias llamadas para concertar unas entrevistas. Después marca el número de su mujer, quiere disculparse por haber estado tan arisco durante los últimos días. No contesta. No importa, ya hablarán cuando llegue a casa. De pronto surge la pregunta de qué pasaría si ella le dejase. ¿Se plantearía él tirarse al río? Trata de imaginar lo terrible de arrojarse a las aguas, hundirse en las profundidades mientras los pulmones estallan y se exhala en último aliento en medio del frío y la oscuridad. Se le acerca un cliente.
-Mi más sentido pésame…
Es como si hubiera estado pensando en alto y esa fuera la respuesta a sus pensamientos, pero no.
-Estabais muertos en la Copa del Rey, también en Champions y ahora lo estáis en la Liga. Una lástima, otro año con las vitrinas vacías -dice el tipo con recochineo.

pepe pereza

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