domingo, 2 de julio de 2017

BAR LA FLORIDA (INÉDITO)

Personalmente no conozco al diablo, pero tengo su número y puedo llamarle cuando quiera, dice el Bote con una media sonrisa que deja al descubierto parte de sus dientes corroídos por el tabaco y las anfetas. El Bote tiene esas salidas. Los que le conocemos sabemos que le gusta vacilar a la gente, chulear un poco. Va con su personalidad y no lo puede evitar. Se ha metido en más de una pelea por no saber tener la boca cerrada y a nadie nos sorprende cuando aparece con un ojo morado o el labio partido. Un punki de manual, con sus Martíns, sus imperdibles y su cresta. A su lado, Nico. Poeta dadaísta, alcohólico y drogadicto, con un cociente intelectual de ciento sesenta, sumado a su personalidad amigable es todo un personaje que se hace querer y con quien puedes tener una buena charla, sea de lo que sea. No hay tema del que no tenga conocimiento. Se reclina despreocupado en la barra, atusándose la perilla de chivo, pensando en cosas que solo él sabe. Un poco más allá está Alfonso. También es poeta, además de editor de una pequeña editorial. En los expositores de la barra, en vez de tapas o pinchos de tortilla, hay varios de los libros que él edita, junto con algunos fanzines y maquetas de grupos locales. No es alcohólico, pero le falta poco. Su carácter violento y su disposición a llevar siempre la contraria le acarrean infinidad de problemas. Si hay algo que le sobran son enemigos. Escribe en una libreta, absorto en las palabras que apunta. En la otra punta están Arancha y Quique, una pareja de hippies que no se meten con nadie y van a lo suyo. Normalmente se quedan observando lo que ocurre a su alrededor con una sonrisa colgada en sus caras. Buena gente. Al fondo, Pancho observa las viñetas de cómics que adornan la superficie de la barra. Un millar de ilustraciones dispuestas anárquicamente bajo una gruesa capa de barniz. El noventa y nueve por ciento de lo que dice son mentiras. Y es que le gusta inventarse historias. Aquí sabemos de qué pie cojea ya nadie se cree nada de lo que sale por su boca. Ocupando una de las dos mesas que hay en el local está Carolina. Viste siempre de negro. Tiene un carácter reservado y suele mantenerse al margen de los demás. Lee un libro de filosofía con una cerveza al lado. En una ocasión entró conmigo en la cocina y me hizo una mamada. Desde aquel día actuamos como si la cosa nunca hubiera sucedido y guardamos la distancia entre nosotros. Del baño sale el Culebras, este sí que es un personaje. Se dedica al trapicheo, aunque en mi bar lo tiene prohibido. Aquí si se mueve algo lo muevo yo. Se acerca y me pide un calimocho. Se lo pongo y cobro en mano. Detrás de mí hay un cartel que dice: Se cobra al servir. Lema que llevo a rajatabla. Coge el vaso, pasa por delante de los que están acodados en la barra y ocupa la mesa que está libre. Por lo que sé, le pusieron el apodo porque le gustan las serpientes. Nico me contó que un día estuvo en su casa y que tenía las habitaciones llenas de terrarios con una o varias víboras en el interior, la mayoría venenosas. Solo de pensarlo se me ponen los pelos de punta. Acaba la canción que suena y voy a pinchar la siguiente. Me gusta alternar estilos, ahora pop, luego jazz, a continuación un poco de flamenco, todo muy relajado para que la peña no se altere y se pueda hablar sin tener que levantar la voz. Se abre la puerta y entra Julián. Lleva el pelo y los hombros del abrigo cubiertos de nieve. Anuncia que está cayendo una que te cagas. Todos, menos él y Alfonso, dejamos lo que estamos haciendo y salimos a la calle. En esta ciudad los inviernos son fríos, pero hacía años que no nevaba, de ahí nuestro entusiasmo. Al principio nos quedamos embelesados mirando la caída de los copos, hasta que alguien arroja una bola de nieve que impacta en la cabeza de Quique. A partir de ahí es la guerra. Todos contra todos, lanzando proyectiles a diestro y siniestro. Pasado un rato, tengo las manos heladas y soy el primero en abandonar el juego. He salido en mangas de camisa y la temperatura a estas horas de la noche ronda la mínima. Dentro, Alfonso sigue anotando frases en la libreta mientras que Julián aguarda a que yo ocupe mi puesto detrás de la barra y le sirva un cubata generoso en ginebra. Se lo pongo. Es de los pocos clientes que trabaja, de mecánico en un taller, por eso puede permitirse beber cubatas y pillar hachís.
-Pásame veinticinco gramos -me dice.
Deja el paquete de tabaco sobre la barra. Lo cojo y entro en la cocina. Sustituyo los billetes que hay dentro por una piedra de veinticinco gramos, salgo y le se lo devuelvo. Es el protocolo habitual. Todos saben de qué va la movida, pero prefiero ser discreto y hacer que ellos también lo sean. Julián acaba la bebida, recoge sus cosas y se despide alegando que mañana tiene que madrugar. Poco a poco van entrando los que se han quedado jugando con la nieve. Nico me hace una seña para que me acerque.
-Soy poeta por no ser sirlero, todo en política se reduce a dinero –dice improvisando.
-Veo que esta noche estás inspirado.
-Ni la noche ni la inspiración son suficientes, así que añade unas cañas.
Les sirvo las cañas. Nico pone la nota poética a la hora de pedir, el Bote es el que paga. Pancho se acerca a Quique y Arancha.
-En una ocasión, estando en los Pirineos, estuve a punto de palmarla por culpa de una tormenta de nieve –les dice.
La pareja hace oídos sordos y siguen a lo suyo sin prestarle atención. Siento lástima por Pancho. Nadie tolera sus mentiras. Sospecho que sufre algún tipo de carencia en su personalidad que le hace ser como es. Dejo la barra y entro en la cocina para liarme un porro. Mientras fumo pego el ojo a la mirilla de la puerta para controlar que todo va bien. A veces la clientela se comporta como niños en el colegio, a la que falta el maestro se lía la bronca, pero no, todos están a lo suyo sin armar escándalo. Acabo de fumar y vuelvo a mi puesto. De repente, a Alfonso le da una de sus famosas rabietas.
-¡Cago en Dios! –dice levantando la voz.
Tacha lo que acaba de escribir, utilizando el bolígrafo como si estuviera acuchillando a alguien. No conforme con eso, arroja la libreta al suelo y la pisotea en un ataque de ira y frustración. Le conozco e intuyo que la cosa no va a quedar ahí. Le clavo la mirada para advertirle que no se pase ni un pelo. Sabe por experiencia que tiene que andarse con cuidado. Hace unos meses discutió con su chica y al capullo no se le ocurre otra cosa que arrancarle de cuajo el piercing que ella llevaba en la nariz. Se armó un escándalo del copón. Y claro, tuve que sacarlo a hostias del bar. Tardé tiempo en volver a dejarle entrar. Nico ha cogido la libreta del suelo y lee lo que hay en su interior. Alfonso intenta quitársela, pero Nico se la pasa al Bote, éste se la arroja a Quique, Quique hace lo propio y la lanza hacia Pancho, de Pancho vuela hasta el Culebras. La libreta va de mano en mano mientras que su dueño corre como un loco detrás de ella tratando inútilmente de recuperarla. En un momento dado, la libreta llega a mí. Como veo que Alfonso está a punto de perder los nervios, pongo fin a la broma y se la devuelvo. Con la libreta bajo el brazo se dirige a la salida. Antes de salir se vuelve hacia nosotros y dice:
-¡Qué os jodan a todos!
En respuesta le llegan insultos, abucheos, cortes de manga, peinetas… Sabiendo cómo es, se pasará unos días sin aparecer por aquí. Al rato, se abre la puerta y, desde fuera Sara hace una foto del interior del bar. Hecha la instantánea entra seguida de Antonio, su novio. Son una pareja bastante excéntrica, tanto en la manera de vestir como en la de ser. Él siempre lleva trajes a cuadros y los acompaña con una pajarita a juego, es uno de sus rasgos más característicos. Creo que diseña muebles de oficina para una gran empresa. Ella es fotógrafa. Tiene una de sala de exposiciones en el centro. Por suerte, vienen sin Daisy, su mascota. Una oca con un carácter endemoniado que pasean por la ciudad sujeta a una correa especial. Me alegro de que la hayan dejado en casa porque suele cagarse por todos los lados, le gusta dar picotazos a todo el que tiene cerca y emite unos graznidos bastante desagradables. Sara se queda fotografiando las ilustraciones que están expuestas. Cada mes elijo un dibujante de cómic, selecciono varios de sus dibujos y los expongo en los cuadros que cuelgan de las paredes. Antonio se quita las orejeras y la bufanda y las deja sobre la barra.
-Caray con el tiempo –dice sacudiéndose la nieve de encima.
Sara se acerca y me hace una foto.
-Sara, te tengo dicho que no me gusta que me saquen fotos.
Como respuesta vuelve a fotografiarme. Les sirvo dos bourbon en vaso ancho, que es lo que siempre beben.
-Me encanta Enki Bilal –dice ella refiriéndose al dibujante que he elegido para este mes.
-Es de mis preferidos –admito.
-Supongo que sabes que es su mujer quien colorea las viñetas de sus cómics.
Lo sé.
-Él dibuja y ella aporta el color. Me encanta ese concepto. El amor trasciende a la obra artística. Maravilloso.
Antonio habla así, demasiado afectado para mi gusto. Arancha y Quique me hacen una seña para que me acerque. Quieren pillar speed. Solo me queda coca y hachís, pero les digo que esperen, que enseguida se lo traigo. Hablo con el Culebras. Me vende un gramo por doce euros, luego me llevo a la pareja aparte y se lo paso por quince. De inmediato van a los baños para probar la mercancía. Poco después salen. Quique sonríe, Arancha levanta el pulgar en señal de aprobación. Todos contentos. En esas entra en el bar el Abuelo. No llega a los treinta, pero todo el mundo le llama así: Abuelo. Pasa por delante de Nico y se saludan con un leve movimiento de cabeza. Coincidieron en el ejército, pero no se llevan bien. El Abuelo se alistó porque le gusta todo lo relacionado con la vida castrense, mientras que Nico se vio obligado por tradición familiar. Tanto su padre como sus hermanos habían pasado por La Legión y él se vio forzado a presentarse voluntario. Nunca me ha contado nada, de hecho no le gusta hablar del tema, pero sabiendo cómo es deduzco que fue un suplicio. Un intelectual como él no tiene la preparación física ni mental para someterse al rigor militar, menos aún al rigor extremo de La Legión. A día de hoy sigue pagando las consecuencias. Debido a sus depresiones, de cuando en cuando le tienen que ingresar durante una breve temporada en el psiquiátrico. Más de una vez se ha presentado aquí con un grupo de majaras que se trae del hospital. Les he visto cómo se intercambian la medicación entre ellos. Qué suerte, te han recetado de las azules. Te cambio una pirula de las tuyas por tres de las mías. Y después se han puesto hasta el culo de cerveza y calimocho. Una locura, nunca mejor dicho. Sin embargo, al Abuelo le fue de lujo en el ejército. Suele recalcar que estando destinado en Melilla pasó los mejores años de su vida.
-Veo que sigue nevando –le digo.
-Sí colega, está todo blanco –contesta pasándose la mano por el pelo y los hombros.
Saco un botellín de la cámara, le quito la chapa con el abridor y se lo pongo delante. No le pregunto si quiere un vaso porque sé de antemano que no lo quiere, prefiere beber a morro.
-Con este tiempo de mierda pensaba que me iba a encontrar el bar cerrado.
Para ser un día de perros hay más gente de lo normal, cosa que me alegra. Sara enfoca el objetivo de su cámara hacia Carolina, ésta levanta la mirada del libro y enseña el dedo corazón, en ese momento Sara hace la foto. Arancha y Quique se despiden. Al salir, una ráfaga de aire impulsa la nieve dentro y todos sentimos el frío serpenteando entre las piernas. Para entrar en calor me pongo un culín de whisky.
-Cómo nos cuidamos –dice el Abuelo desde su lado de la barra.
Le guiño un ojo y me echo el chupito al gaznate. Con esta temperatura viene bien un lingotazo para mantenerse en calor. Pancho se acerca con el vaso vacío.
-Ponme otro.
Se lo pongo.
-Sé que no me vas a creer, pero anoche vi un ovni -dice.
Efectivamente, no le creo, pero me pica la curiosidad y le sigo la corriente.
-¿Y cómo era? –pregunto.
Hace una detallada descripción del objeto, del entorno y de la situación. El cabrón tiene talento para inventarse historias. Cualquiera que no le conociese pensaría que en verdad vio un platillo volante.
-¿Te has planteado alguna vez escribir relatos o novelas de ficción? –le digo.
Por supuesto que no, un vago como él prefiere la expresión oral a la escrita. De reojo veo que el Culebras ha sacado la navaja. Temo lo peor, pero no, tan solo está posando para Sara, que le está haciendo una serie de retratos. Se toma en serio el papel y finge atacar al objetivo de la cámara con la automática. Para las siguientes fotos, se quita de la cazadora de cuero y deja al descubierto los tatuajes de sus brazos, serpientes en su mayoría, como no. Mientras tanto, Antonio se entretiene resolviendo el crucigrama del periódico. Se abre la puerta y junto a una ráfaga de aíre frío entra KB. Viene cargado con un fajo de revistas. Él junto a un reducido grupo de colaboradores son los responsables de La Ratilla, una revista de cómics y literatura underground que editan bimestralmente. KB es uno de los máximos agitadores culturales de esta ciudad, además derrocha inteligencia y simpatía. Auguro que en el futuro será alguien importante. Me hace entrega de los nuevos ejemplares y retira los números atrasados. Quiero invitarle a tomar algo, pero tiene prisa, ha de pasarse por varios garitos y teme que con la nevada los cierren antes de tiempo. Se despide y sale pitando. Me cae bien KB.
Poco a poco los parroquianos habituales han ido abandonando el local. Solo quedan Pancho y Carolina. El uno apura su vaso apoyado en la barra, la otra ocupa una de las mesas con la mirada fija en el libro. Imagino que afuera seguirá nevando. Cuando salga de aquí daré un paseo para despejarme. Caminaré dando un rodeo hasta casa mientras fumo un porrillo y disfruto de la nieve. Miro el reloj. Es tarde y estoy cansado. Me acerco al equipo estéreo y lo apago. Es bien sabido que cuando la música acaba es la hora de cerrar.

pepe pereza

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