jueves, 13 de julio de 2017

QUIZÁS SEA ESO

Lleva toda la tarde callada, señal de que algo le preocupa. Ignoro qué piensa o por qué se come las uñas con el ceño fruncido. No quiero preguntar, prefiero seguir leyendo. Acabo el capítulo y me levanto para poner música. Ella sigue con la misma aptitud, solo que ya no le quedan uñas y ahora mordisquea un mechón de su pelo.
-¿Te importa si pongo música?
Al escuchar mi voz parece que hubiera sido tele-transportada de una galaxia lejana y se sorprendiera de estar donde está, es decir, aquí.
-¿Qué?
-Voy a poner música.
-...
Pongo música.
-Por favor, pon algo que no sea tan deprimente -protesta.
No sabía que Miles Davis fuese deprimente. Sustituyo el CD por otro y espero a que suenen los primeros compases para saber si ella da el visto bueno. No dice nada así que vuelvo a mi asiento. Antes de retomar la lectura, enciendo la raba de un porro que había quedado olvidada en el cenicero, le doy unas caladas y alargo el brazo para pasárselo. Lo coge, pero antes de llevárselo a la boca algo cruza por su cabeza y deja el gesto a medias, con la mano suspendida entre el pecho y sus labios.
-¿Dónde has aparcado el coche?
La pregunta me pilla por sorpresa. Para responder tengo que pararme a pensar y ubicar el vehículo en un plano mental de la ciudad. Cuando se lo digo, coge un cuaderno y anota la dirección en una de sus páginas.
-Quiero que todos los días apuntes dónde lo dejas aparcado -me ordena.
No comprendo ese repentino interés suyo. Ella no sabe conducir y el único que utiliza el coche soy yo. Aunque me pica la curiosidad, no pregunto, deseo volver cuanto antes a la lectura y es lo que hago. Se levanta y va hacia el termostato, sube la temperatura y luego se acerca a la ventana.
-Está nevando -anuncia con alegría.
Dejo el libro y me acerco junto a ella. Efectivamente, está nevando.
-¿Crees que cuajará?
-Es posible.
Está ilusionada como una niña que acaba de recibir un regalo inesperado. Hace años que no nevaba y la llegada de ésta la llena de emoción. Me gustaría preguntarle por el asunto del coche, pero no quiero estropear el momento. Me reservo la pregunta para otra ocasión y me limito a observar cómo caen los copos del cielo.
Es durante la cena cuando aprovecho para retomar el tema del aparcamiento.
-¿Por qué quieres saber dónde dejo el coche?
Antes de que pueda contestar escuchamos el estrépito de unos cristales rotos. El ruido procede del salón. Al entrar vemos la ventana hecha añicos. Junto al sofá se encuentra el causante del estropicio, un balón de cuero blanco. Dos pisos por debajo hay una campa. Me asomo por el hueco del cristal esperando atisbar a los culpables, pero quién quiera que estuviera jugando al fútbol ha desaparecido. Lo único que ha quedado sobre el terreno es una hilera irregular de pisadas en la nieve.
-Mañana a primera hora habrá que avisar a un cristalero -dice ella.
Me despierto sobresaltado. Juraría que he oído el llanto de un bebé. Con los ojos abiertos constato que todo está en completo silencio. Ha debido ser un mal sueño. Ella duerme a mi lado. Noto su respiración pausada y el calor de su cuerpo. Debido al incidente del balonazo sigo sin enterarme de cuál es la razón por la que tengo que anotar dónde aparco el coche. Tendré que volver a sacar el tema durante el desayuno. Hace tiempo, de camino al trabajo pasaba por delante de un Audi que estaba cubierto de polvo. Llevaba meses estacionado en el mismo lugar. Era un buen coche, de los caros. Daba pena verlo allí, cada vez más deteriorado. Siempre que lo veía me preguntaba por qué lo habían abandonado. Barajé varias hipótesis. Una de ellas, la más verosímil, era que el dueño había fallecido y sus familiares al desconocer el paradero del vehículo no pudieron reclamarlo. Por eso estaba allí, acumulando polvo y suciedad. Quizás vayan por ahí los tiros. Tal vez, ella ha encontrado uno similar y al verlo ha sentido lo mismo que sentí yo. Puede que tenga miedo de que me pase algo y nuestro coche corra la misma suerte del Audi. Me levanto con cuidado, procurando no despertarla y salgo a tientas del dormitorio. En la cocina bebo agua, en el váter meo y en el salón enciendo un cigarro. Subo la persiana. El frío de la noche entra a través de la ventana sin cristal. No queda ni rastro de la nevada, la lluvia que ha caído después la ha derretido. Por la mañana, ella se llevará una decepción cuando vea que no ha cuajado. Por encima de mi cabeza, cielo azabache y luna llena. El balón sigue junto al sofá. Estoy tentado de botarlo contra la pared, de darle unas patadas, regatear... Sé que no son horas y que despertaría a los vecinos. Lo que hago es arrojarlo por la ventana y ver cómo rebota hasta que se detiene en mitad del suelo húmedo y negro. Con el balón ahí, la campa pasa a ser un reflejo del cielo, una fotocopia.
 pepe pereza

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