jueves, 13 de julio de 2017

QUIZÁS SEA ESO

Ella lleva toda la tarde callada. Señal de que algo la preocupa. Él está absorto con la lectura de un libro. Ignora qué piensa su compañera, no quiere preguntar, prefiere seguir leyendo. Por su lado, ella se come las uñas con el ceño fruncido.
Él acaba el capítulo que está leyendo. Ella sigue con la misma aptitud, solo que ya no le quedan uñas y ahora mordisquea un mechón de pelo.
-¿Te importa si pongo música?
Al escuchar la voz de su compañero parece que hubiera sido tele-transportada de una galaxia lejana y se sorprendiera de estar donde está.
-¿Qué?
-Digo que voy a poner música.
-...
Él le da al Play.
-Pon algo que no sea tan deprimente.
 Sustituye el CD por otro y espera a que suenen los primeros compases para saber si ella aprueba la elección. No dice nada así que vuelve a su asiento. Antes de retomar la lectura, enciende la raba de un porro que había quedado olvidada en el cenicero. Le da unas caladas y le hace una seña para pasárselo. Ella alarga el brazo y lo coge, pero en vez de llevárselo a la boca deja el gesto a medias y permanece con la mano suspendida entre el pecho y su boca.
-¿Dónde has aparcado el coche? -dice.
A él la pregunta le pilla por sorpresa. Tiene que pararse a pensar para ubicar el vehículo en un plano mental de la ciudad. Una vez situado responde a la pregunta. Ella se levanta, coge un cuaderno y anota dicha la dirección en una de las páginas.
-Quiero que todos los días me digas dónde  lo aparcas.
Él no comprende ese repentino interés suyo por saber dónde deja el coche. Además, ella no sabe conducir y el único que lo utiliza es él. Aunque le pica la curiosidad, no pregunta. Desea volver cuanto antes a la lectura y es lo que hace. Ella va hacia el termostato y sube la temperatura. Luego se acerca a la ventana.
-Está nevando –dice con alegría.
Él deja el libro y se acerca a su lado. Efectivamente, está nevando.
-¿Crees que cuajará?
-Es posible.
Se nota que está emocionada. La primera nevada del año siempre es bienvenida. Él siente la tentación de preguntarle por el asunto del coche, pero no quiere estropear el momento y se limita a observar cómo caen los copos.
Durante la cena, aprovecha para retomar el tema del aparcamiento.
-¿Por qué quieres saber dónde dejo el coche?
Antes de que ella pueda contestar escuchan un estrépito de cristales rotos. El ruido procede del salón. Al entrar se encuentran con el cristal de la ventana hecho añicos y con un balón de cuero blanco que está junto al sofá. Él se asoma al ventanal esperando atisbar a los culpables. Dos pisos por debajo hay una campa vacía. Quien quiera que estuviera jugando con el balón ha desaparecido. Lo único que ha quedado sobre el terreno son unas cuantas pisadas en la nieve.
-Mañana a primera hora habrá que avisar a un cristalero.

Le parece escuchar el llanto de un bebé. Con los ojos abiertos constata que todo está en completo silencio. Ha debido ser un mal sueño. Ella duerme a su lado. Nota su respiración y el calor de su cuerpo. Se levanta y sale a tientas del dormitorio. En la cocina bebe agua, en el váter mea y en el salón se enciende un cigarro. Sube la persiana. El frío de la noche entra a través de la ventana sin cristal. No queda ni rastro de la nevada. La lluvia que ha caído después la ha derretido. El cielo es negro, sin estrellas, y en medio brilla la luna llena. Debido al incidente del balonazo sigue sin enterarse de cuál es la razón por la que tiene que dejar anotado dónde aparca el coche. Tendrá que volver a sacar el tema durante el desayuno. Hace tiempo, de camino al trabajo, tenía que pasar por delante de un coche cubierto de polvo que llevaba estacionado en el mismo lugar desde hacía meses. Era un buen coche, de los caros. Siempre se preguntaba por qué lo habían abandonado. Barajó varias hipótesis. Una de ellas, la más verosímil, era que el dueño había fallecido y sus familiares al desconocer el paradero del vehículo no pudieron reclamarlo. Por eso estaba allí, acumulando polvo y suciedad. Le daba pena aquel coche. Quizás vayan por ahí los tiros. Tal vez, ella haya encontrado un coche similar y al verlo ha sentido lo mismo que sintió él. El balón sigue junto al sofá. Le gustaría jugar con él, botarlo contra la pared y darle unas patadas. Sabe que no son horas y que despertaría a los vecinos. Lo que hace es arrojarlo por la ventana y contemplar cómo rebota, hasta que finalmente se detiene en medio del suelo negro. Con el balón ahí, la campa pasa a ser un reflejo del cielo, una fotocopia.
 pepe pereza

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