jueves, 6 de julio de 2017

VUELA

Me cruzo con una anciana que carga un bolso grande. Lo que me llama la atención es que va descalza de un pie. Noto que está desorientada. Hay algo en ella que me recuerda a mi madre, quizás por eso le ofrezco ayuda.
-¿Señora, se encuentra bien?
-¿Sería usted tan amable de llevarme a casa?
-¿Dónde vive?
-El caso es que no lo recuerdo.
-¿Lleva encima el carnet de identidad?
Se palpa los bolsillos con la mano libre pero no encuentra nada.
-No sé.
-Dígame cómo se llama.
-Eso tampoco lo recuerdo.
-Señora, no me lo está poniendo fácil.
-Es que no puedo acordarme de nada.
-Tranquilícese. ¿Me deja mirar dentro de su bolso? Puede que tenga ahí su documentación.
Me lo pasa. Al abrirlo la Tierra deja de girar, la gente se detiene en seco, el tráfico, incluso los pájaros que vuelan quedan colgados en el aire como si de una fotografía se tratase. Y es que dentro del bolso hay una fortuna en billetes. Centenares de ellos. Fajos enteros.
-Pero, señora ¿dónde va con todo esto?
La anciana no responde, tan solo deja escapar un suspiro y añade:
-Estoy tan cansada.
En mi vida había visto tanto dinero junto. Es una visión maravillosa.
-¿Joven, me ayudaría a buscar mi zapato?
-Señora, con toda la guita que lleva aquí se puede comprar una zapatería entera.
-Prefiero los míos por lo cómodos que son.
Sería tan fácil salir corriendo.
-Está bien, la ayudaré a buscar su zapato.
La anciana me coge del brazo y marchamos por la calle por la que unos minutos antes llegaba. Sigo teniendo su bolso. En ningún momento ha hecho alusión a que se lo devuelva, así que cargo con él.
-Supongo que no se acuerda de dónde lo ha perdido.
-No, hijo, no.
Lo buscamos, pero no hay manera de encontrar el dichoso zapato. Por mucho que lo intento no dejo de escuchar una voz en mi interior que me grita: Escapa. Lárgate con el dinero. Sin embargo, los músculos de mis piernas hacen caso omiso y se limitan a seguir el ritmo que marca la anciana. ¿Es porque se parece a mi madre? No puedo creerme que un gesto tan pueril me impida salir corriendo.
-Joven, me duelen los pies ¿podemos descansar un rato?
Nos acercamos a un banco y nos sentamos en él. Si no me quedo con el dinero me voy a arrepentir. Sé que si no lo hago, tarde o temprano, me arrepentiré. Una oportunidad como esta solo se presenta una vez en la vida. Tengo que hacerlo. HAZLO. Echo a correr con el bolso fuertemente aferrado a mi mano. Corro a toda velocidad. Lo más rápido que puedo. Me imagino la cara de la anciana sorprendida por mi repentina reacción. Noto sus ojos clavados en mi espalda, observando cómo me alejo…
Luis se queda atascado con el relato. Lleva toda la noche escribiendo y ahora que amanece siente el cansancio acumulado en la espalda y hombros. Enciende un cigarro y se acerca a la ventana. Empieza otro día, lluvioso. Ve pasar a los primeros transeúntes dirigiéndose a sus respectivos trabajos. Ahí van, estresados y agobiados desde el mismo instante que han puesto los pies en el suelo. Es el ritmo que marca el presente. Da una calada al cigarro y echa el humo contra el cristal. Pretende difuminar la imagen que recibe de la calle, filtrarla en volutas para que parezca menos real. A esas horas tan tempranas la realidad nunca ha sido de su agrado.
En la cocina el tubo fluorescente falla y no termina de encenderse. Parpadea y crea un efecto estroboscopio que le pone nervioso. Se sube en una silla y toquetea el cebador hasta que consigue que la luz permanezca estática. Solucionado el problema le queda la duda de para qué ha venido a la cocina. Con la duda aún presente regresa al salón. A pesar de llevar toda la noche en vela aún no tiene sueño. Sobre uno de los brazos del sofá reposa un periódico. En uno de los titulares se puede leer: LA POLICÍA SE TOPA CON UNA MUJER DESORIENTADA QUE LLEVABA UNA FORTUNA EN EL BOLSO. Decide hacer un intento por terminar el relato. Se sienta frente al ordenador y apoya los dedos sobre el teclado. Necesita un final, pero no se le ocurre ninguno. Acaba el cigarro que está fumando y se enciendo otro. Pasan los minutos mientras busca alternativas. Ninguna se ajusta a lo que él desea. Finalmente le puede el cansancio. Lo deja para otro día, esperando que tarde o temprano se le ocurra algo.
Desde la cama observa los goterones precipitarse contra el cristal de la ventana. Es reconfortante estar acostado, bien calentito y sentirse libre de los envites climáticos. Conecta la radio y apura el dial. A esas horas todo son noticias y malos presagios. Prefiere el repiqueteo de la lluvia y el murmullo del tráfico. Poco a poco va entrando en un apacible duermevela. Justo cuando está a punto de quedarse dormido, el final que busca para el relato aparece de la nada. No es un final maravilloso, pero servirá. Tiene las palabras en la cabeza y quiere apuntarlas antes de que se le olviden. Encima de la mesilla hay un bolígrafo y una libreta de notas, pero las gafas de cerca las ha olvidado junto al ordenador. De mala gana sale de la cama, se pone el albornoz y regresa al salón. Una vez allí, duda entre coger las gafas y volver al dormitorio para hacer uso de la libreta o escribirlo directamente en el ordenador. Opta por lo segundo. Cuando el programa de inicio termina su ciclo, abre el archivo de texto en el que estaba trabajando y escribe:
…Es tan fácil correr. Miro al frente. Todo parece diáfano y pronosticado. Me aferro a ese sentimiento con la misma fuerza con la que sujeto el bolso. Entonces, lo veo tirado en medio del camino. Maldita sea, es el zapato de la anciana. Sin lugar a dudas es el suyo. Podría pasar de largo, hacer que no lo he visto, pero algo superior a mí me obliga a detenerme y a replantearme lo que estoy haciendo. ¿Es porque se parece a mi madre?
Repasa lo escrito. Corrige un par de comas, quita algunas palabras y añade otras. Queda medianamente satisfecho con el relato, pero ya habrá tiempo de mejorarlo. Por ahora es mejor esperar a que repose, más adelante ya verá qué puede hacer. Apaga el ordenador y enciende un cigarro. Sobre la mesa hay una cuartilla escrita con letra de mujer. Aparte de decir otras muchas cosas, la carta termina así: Lo nuestro ha terminado. Por favor, déjame volar. La ha leído más de cien veces a lo largo del día y todavía no termina de creerse que la relación haya acabado. Son tantas las vivencias con esa mujer que le cuesta imaginar una vida sin ella a su lado. Hay un retrato suyo sobre una de las estanterías. Lo coge, saca la foto del marco y la rompe en pedazos. Hace lo mismo con la nota. Luego arroja los añicos por la ventana.
-Vuela alto –dice.
Viento y lluvia juegan con los fragmentos de papel.
De vuelta en la cama. Los ruidos propios del edificio llegan a través de las paredes del dormitorio. El ascensor subiendo y bajando, puertas que se abren y se cierran, voces, golpes, pasos, carreras por los pasillos… el motor del mundo se pone en funcionamiento, crujiendo y rechinando.
pepe pereza

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