martes, 14 de noviembre de 2017

LAS PRUEBAS

Muerte. Es en lo primero que Vicente piensa al despertarse. Últimamente piensa mucho en ella. Hace frío. Demasiado. Es lo que tiene el invierno, el norte. Sale de la cama, se pone el albornoz y se acerca a la ventana. Hay escarcha sobre el césped. Una mortaja gélida y mortal que vuelve a recordarle lo efímero de la vida. Al entrar en la cocina le recibe un fregadero lleno de platos. No quedan tazas limpias. No importa, esa mañana debe mantenerse en ayunas. En el baño la temperatura es tan baja que el calefactor no da abasto para templar la habitación. Se quita la bata y observa su imagen tiritando en el espejo. A pesar de su edad sigue estando fibroso. Es en su cara donde se aprecia el paso del tiempo. Le da al grifo del agua caliente y aguarda a que el chorro se caldee para ponerse debajo.
En la calle aún no ha amanecido y ahora llueve. Las farolas siguen encendidas, al igual que los faros de los coches. Acelera el paso para entrar en calor. A las nueve tiene cita con el especialista. Dispone de treinta minutos para llegar al hospital.
Aun siendo tan temprano, la sala está llena de personas que esperan a ser atendidas. Toma asiento junto a una señora excesivamente perfumada. La fragancia es tan fuerte que no le deja respirar. Se ahoga y, en todo momento, tiene la urgencia de largarse de ahí. Pero no es el perfume lo que le repele. Es el propio edificio. Puede que sea porque hace unos pocos meses su padre murió de un derrame cerebral en la UCI, a unas pocas dependencias de donde se encuentra ahora. La herida es reciente y aún le duele. Recuerdos e imágenes de aquel funesto día llegan en tropel: El médico desconectando las máquinas que mantenían a su padre con vida, las últimas exhalaciones que dio antes de irse para siempre, constantes vitales que pasan a ser líneas planas y horizontales en el monitor, su madre y sus hermanas llorando desconsoladas. Se le saltan las lágrimas rememorando aquello. Un hombre mira su reloj. Él hace lo propio con el suyo. Faltan dos minutos para que den las nueve. Se imagina que será de los primeros que llamen, ya que en el papel que le dieron pone que su cita es justamente a esa hora. La señora del perfume también quiere saber qué hora es. Se la dice. Suspira resignada y confiesa que hace más cuarenta minutos que la tendrían que haber llamado. Vicente pierde las esperanzas de que le atiendan de inmediato. Inconscientemente ha sacado el bote con las muestras de heces y juguetea con él a la vista de todo el mundo. Cuando se da cuenta, lo vuelve a guardar en el bolsillo del abrigo. De por sí, ya es bastante embarazoso tener que llevar su propia mierda en un botecito, para que encima le vean enredando con ella. Se abre una puerta, sale una enfermera y grita un nombre. La mencionada se levanta y entra en la consulta. Él aprovecha para ir al baño y de paso darle unas caladas un cigarro.
Al regresar no ve a la señora del perfume. Se imagina que ya la han llamado o que va camino de su casa. Ahí es donde quisiera estar él, en casa, metido en la cama. En esos momentos la imagen de su dormitorio queda demasiado lejana, como si estuviera en otra ciudad o en un país remoto. Quiere irse. Lo nota en cada partícula de su cuerpo. El sitio le repele, le produce desazón. De pronto, cae en la cuenta de que lo único que le retiene ahí es él mismo. Ese pensamiento le rescata de todas las angustias y sin una orden concreta sus pies le sacan del hospital. Por suerte ha dejado de llover. Saca el bote de muestras que lleva en el bolsillo. A través del plástico ve los restos de heces manchados con sangre. Arroja el bote con todas sus fuerzas hacia un descampado. Al deshacerse del botecito se quita un gran peso de encima. Tiene hambre y necesidad de cafeína. Entra en el primer bar que encuentra. Pide un cortado y un cruasán. Al fondo ha quedado una mesa libre, se apresura a ocuparla. En ella han dejado un periódico abierto, ambas páginas están llenas de esquelas. Es curioso, aquel día cuando salió con su madre y con sus hermanas del hospital para ir al tanatorio, el sol brillaba en el cielo. Era una de esas raras mañanas de invierno que las nubes se abren para dejar paso al sol. Quizás por eso, el impacto de la vida le llegó con una intensidad inédita y reveladora. La notaba fluyendo por cada poro de su piel. Mirase donde mirase ahí estaba, vida en todas partes, en los insectos que revoloteaban cerca de los arbustos, en los pájaros que le sobrevolaban, en la gente que iba y venía. Notó los pulmones hinchándose y encogiéndose, el corazón latiendo, la sangre circulando por las venas. La maquinaria del cuerpo en pleno funcionamiento. Todo era movimiento, respiración y pálpito. Incluso lo inanimado parecía gozar de un sitio en la propia existencia. Recuerda que bajo los pies sintió las pulsaciones de la tierra, el aliento obstinado del planeta entero. Vida en cada molécula, en cada pestañeo. Vida pugnando por sobrevivir. Vida en contraste con la muerte de su padre. Ahora es todo lo contrario, ve a la muerte ahí donde mire. Cierra el periódico y lo aparta a un lado.
Una vez que ha desayunado se acerca hasta el parque. Elije un banco apartado y se sienta a liar un cigarrillo. Al rato, se acerca un anciano con aspecto de vagabundo y toma asiento a su lado.
-Eso que fumas huele de maravilla –le dice.
Le pasa el canuto. El anciano da una larga calada y mantiene el humo dentro.
-Buena calidad. ¿Puedo acabármelo?
-Todo tuyo.
Mientras fuma mira al cielo preocupado.
-Va a nevar.
Un pronóstico lanzado al viento sin garantía. A continuación hace un relato de sus viajes. Todo un mosaico de ciudades y gentes quedan reflejadas en sus palabras. En un momento, dado calla. Sus ojos se entristecen y unas arrugas le cruzan la frente. Habla de una mujer. Dice que le dio todo lo que tenía pero que no fue suficiente. Vuelve a quedarse en silencio, mirando a la nada. Vicente nota que se ha ido lejos; más allá del espacio y del tiempo, en busca de esa mujer. Pasado un rato, el anciano se despide y se aleja encorvado. Andados unos metros, se detiene. Saca algo del bolsillo, lo deja en el suelo y lo cubre con unas cuantas hojas secas. Después sigue por el sendero hasta que sale del parque. Vicente siente curiosidad por saber qué ha enterrado. Se acerca al lugar y al apartar la hojarasca encuentra un gorrión muerto. En ese momento se levanta una brisa que trae el olor rancio de las aguas del estanque y empieza a nevar. 

pepe pereza

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