sábado, 18 de febrero de 2017

EL RUIDO QUE HACEN LOS TRENES AL PASAR

Lo que más le gusta a Carmelo es el ejercicio físico. Le entusiasma cincelar cada músculo como si de un escultor se tratase. También, escuchar la radio. Se podría decir que son las dos cosas que más le satisfacen. Con el ejercicio cuida su cuerpo y con la radio su mente. Cree que eligiendo buenos programas se pueden aprender muchas cosas. En ese mismo instante, en la radio, un profesor está disertando sobre la inexistencia del presente. Asegura que el presente como tal no existe. Según sus palabras hubo un pasado y habrá un futuro, pero no un presente. Por lo visto, el cerebro de las personas tarda unas milésimas de segundo en procesar cualquier dato, cuando termina de procesarlo pertenece al pasado. Por ejemplo, alguien te roza la mano. Para cuando eres consciente de que te han rozado ya es un hecho consumado que no pertenece al presente. Cuando más interesante está la charla pasa un tren de mercancías. Uno que debe medir un kilómetro de largo. El tren tarda demasiado en pasar y cuando lo ha hecho el profesor ya ha concluido su razonamiento. Carmelo tiene la firme convicción de que siempre que alguien dice algo interesante en la radio pasa un tren. Y es que vive en un piso de alquiler que está a treinta metros escasos de la vía. Lleva viviendo ahí desde hace cinco años y sigue sin acostumbrarse. Lo peor es por la noche. De madrugada es cuando más se les oye. Al principio salía al balcón. Le gustaba ver a los pasajeros dentro de los vagones. Eran como diapositivas que pasaban a toda velocidad.
-Noventa y cinco, noventa y seis, noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve y… última.
A Carmelo le encanta acabar una sesión de cien abdominales y notar todos los músculos tensos. Es una sensación que le hace sentir poderoso. Suena el teléfono. Es Martín.
-Paso a recogerte en quince minutos -le dice.
-Ok, te espero abajo.
Martín y Carmelo dejan atrás la cuidad. Dentro de la furgoneta huele a tabaco y a sudor. Carmelo tolera el olor a sudor pero el tufo del tabaco no lo soporta, por eso va con la cabeza asomada por la ventanilla. El viento choca contra su cara y si abre la boca, los papos le inflan con el aire. Le gusta ir con la ventanilla abierta. A Martín no.
-Joder, tío. Estamos a bajo cero y tú con la ventanilla abierta. Como me acatarre será culpa tuya.
Un solitario copo de nieve desciende del cielo para precipitarse directamente en la lengua de Carmelo. Enseguida cae otro y otro más. Según ascienden por la carretera la nevada se intensifica y el paisaje se va cubriendo de blanco. Salen de la carretera general y se adentran por una comarcal que está llena de baches y curvas. A Martín le preocupa la nevada.
-Como esto siga así habrá que poner las cadenas.
Finalmente, llegan a un pueblo situado en plena sierra, a mil ochocientos metros por encima del nivel del mar. En el campanario de la iglesia se distinguen varias cigüeñas. Carmelo escuchó en la radio que ya no migran al sur. Algo relacionado con el cambio climático. La furgoneta sigue por la calzada, pero no se adentra en la villa. Lo que hace es coger un camino adyacente que lleva al bosque. Después de unos pocos kilómetros llegan a un caserón con las paredes de piedra y rodeado de abetos. La furgoneta se detiene a la entrada. Martín baja del vehículo ajustándose el cuello de la cazadora. Se enciende un cigarro y lo apura con prisa. Se acerca a la vivienda y llama a la puerta. Cuando le abren se sacude la nieve de encima y entra. A Carmelo le apetece estirar las piernas. Salta de la furgoneta. Al aterrizar se hunde hasta las pantorrillas. Ha dejado la cazadora en el asiento y solo lleva una ajustada camiseta. Se cuelga de la rama de un abeto y comienza a hacer flexiones. Nunca está de más hacerse una tanda, y si con ello se quita el frío de encima, mejor que mejor. Al llegar a las treinta y cuatro, nota que alguien le está mirando. Es un niño que está junto a las porquerizas que están adosadas al caserón. El niño se acerca. Lo hace tímidamente, pisando la nieve con cautela, como si en cualquier momento el suelo se fuera a abrir bajo sus pies. Se queda parado a un par de metros, observando cómo Carmelo flexiona los brazos. Cuando los bíceps se hinchan por el esfuerzo, los ojos del chaval se abren para abarcar todo el volumen de los músculos. Cuando llega a las cincuenta flexiones da por terminada la tanda. Se descuelga del árbol y relaja los brazos para que la sangre circule por ellos, luego saca bola con el brazo derecho. El niño se acerca aun más. Carmelo aprovecha la proximidad del crio para acariciarle los genitales. A través de la tela del pantalón nota un gusano flácido y minúsculo. Desea bajarle la cremallera, pero antes de que pueda hacerlo el niño se aleja asustado. A mitad de camino tropieza y cae de bruces en la nieve. Rápidamente se incorpora y sigue corriendo hasta que desaparece por la puerta de las cuadras. En ese momento, Martín sale de la casa con un paquete envuelto en papel de estraza. Martín le pasa el paquete, suben a la furgoneta y emprenden el viaje de vuelta.
Antes de llegar a la urbe cogen el desvío que lleva al polígono industrial. Se desvían por el camino que hay junto a la vía del ferrocarril para llegar a un poblado de chabolas que circunda las afueras. Aparcan junto a un patio que está lleno de chatarra. Enfrente está la casa donde se dirigen.
-Quédate aquí y si en diez minutos no salgo entras a buscarme.
-Ok.
Martín sale de la furgoneta con el paquete. Se enciende un cigarro. Siempre se pone nervioso cuando tiene que entrar en ese antro. Después de dar unas apresuradas caladas tira la colilla al suelo y llama al timbre. Le abre la misma gitana de siempre. Entra y se cierra la puerta. Atardece detrás de los tejados de chapa y uralita. Pasa un tren. Las vías están al otro lado del poblado y se escucha con claridad el traqueteo de las ruedas sobre los raíles. A Carmelo se le ocurre que ese tren en breve pasará por delante de su casa. Mira la hora. Han transcurrido más de siete minutos desde que Martín entró en la chabola. Normalmente no tarda tanto. Justo cuando está a punto de preocuparse, se abre la puerta y aparece. Se enciende un cigarro y le guiña un ojo. Todo va bien.
A esa hora el tráfico en la ciudad es un caos, cada dos por tres hay que parar en un semáforo o ceder el paso en las rotondas. Le pide a Martín que lo deje cerca del centro. El resto del camino prefiere hacerlo a pie.
Al llegar al barrio observa que a lo lejos hay un tren detenido No es normal que esté ahí. Algo pasa. Se acerca a curiosear. Al lado de vías hay algunas personas y junto a la carretera han aparcado varios coches de policía. Por lo que dicen, un hombre se ha arrojado al tren. Hace unos días, Carmelo escuchó en la radio que el número de suicidios ha aumentado en los últimos años. Lo achacan a la crisis y al desempleo. Es triste que suceda esto, piensa. Un poco más allá, se reúne un grupo de niños que llegan atraídos por la curiosidad. Decide acercarse para hablar con ellos.

pepe pereza

miércoles, 15 de febrero de 2017

FUNERAL VIKINGO

            Invierno de 1976. Quique, Julio y Rubén se han jugado las dos horas de clase. Es viernes y quieren adelantar el fin de semana. Saltan la tapia del patio del colegio y toman el camino que lleva al río. En las afueras, a la altura de la fábrica de gaseosas, ven un gato aplastado en la carretera. Al pobre animal le han pasado tantos coches por encima que sus restos forman parte del asfalto.
-A que no hay cojones de chuparlo -dice Julio.
-Lo hago si me das tu colección de cómics -responde Rubén.
La colección de cómics es algo serio, así que Julio se toma unos segundos para pensárselo.
-Vale. Pero tengo que ver perfectamente cómo pasas la lengua por encima de esa mierda.  
-Jura que si lo hago me darás tus cómics.
-Lo juro.
Julio, que tiene las manos metidas en los bolsillos de su trenca, cruza los dedos para anular el juramento.
-¿Y tú, Quique, qué me das? -dice Rubén.
Quique no está seguro de querer participar.
-¿En serio lo vas a hacer?
-Los cómics de este inútil merecen la pena.
Realmente no le apetece ver cómo Rubén se humilla por unos cuantos tebeos.
-Paso de esta gilipollez.
Cruza la carretera, llega a las inmediaciones de la fábrica de gaseosas y se sienta junto a una de las cristaleras a esperar. Desde ahí puede ver la cadena de montaje. Hay varias máquinas funcionando a la vez, vigiladas de cerca por operarios que visten un buzo rojo. A pesar del grosor del cristal se oye el estruendo que produce la maquinaria. Dentro, el ruido tiene que ser ensordecedor. Quique trata de imaginar lo duro que debe resultar trabajar en un sitio así. Por un momento se arrepiente de haberse jugado las clases. Sabe que si no consigue acabar los estudios con buenas notas es muy posible que su futuro esté en una fábrica como esa. Mientras tanto, Rubén y Julio siguen con lo suyo.
-Abre bien los ojos porque solo lo voy a hacer una vez -dice Rubén.
Julio toma posición para no perder detalle. Rubén se arrodilla junto al gato, abre la boca y saca un palmo de lengua. Julio lo mira, expectante. De repente, Rubén se lo piensa mejor.
-Creo que no lo voy a hacer.
-Eres un puto cobarde, un gallina.
Hay conato de pelea. Quique corre hasta ellos para separarlos.
-Capullos, no me he jugado las clases para ver cómo os peleáis.
Quique siempre ha demostrado ser el más cabal de los tres. Es el nexo de unión del grupo. Los otros dos se conocieron a través de él, pero nunca han terminado de llevarse bien. Aprovechan cualquier ocasión para discutir y, normalmente, terminan peleándose. Quique consigue poner paz y juntos continúan su camino hacia el embarcadero.
            Cuando llegan ha oscurecido. En realidad, no es un embarcadero, solo un recoveco en el río donde alguien ha dejado una vieja barca amarrada con una cadena a un árbol de la orilla. Pero ellos han bautizado al sitio así: El embarcadero. Hay una densa niebla que surge de las aguas y se extiende por todo el cauce. Suben a la embarcación. Julio se acomoda en el asiento de popa, Quique en el del medio y Rubén ocupa el hueco triangular de la proa. Rubén impulsa la barca para que se adentre en el río los pocos metros que permite la cadena. Desde que la descubrieron no han dejado de frecuentarla. A los tres les gusta flotar sobre ese pedazo de madera podrida. Hace demasiado frío, pero a ellos no les importa, son jóvenes y pueden soportarlo. Tampoco les importa que a través de las grietas de la madera se hayan filtrado dos dedos de agua que les empapa las suelas de las botas. En esta ocasión la charla va de super-héroes. A Quique le gusta todo lo relacionado con los vikingos, por eso su favorito es Thor; Rubén se decanta por Spiderman, mientras que Julio no tiene claro si prefiere a Estela Plateada o a la Antorcha Humana. Cada uno defiende los poderes y cualidades de su héroe y trata de convencer a los demás de que su personaje es el mejor. No es la primera vez que discuten sobre el tema y, como en otras ocasiones, ninguno da el brazo a torcer. Así que la conversación termina como empezó: Quique sigue prefiriendo a Thor, Rubén a Spiderman y Julio permanece con sus dudas entre Estela Plateada y la Antorcha Humana. Una bolsa flota en la superficie y el flujo de la corriente la acerca hasta la barca. Quique cree que es basura que han tirado al río, pero a través del plástico ve que se transparentan varios paquetes envueltos en papel de periódico. Que él sepa, la gente no envuelve la basura. Ese detalle despierta su curiosidad. Alcanza la bolsa y deshace el nudo que la mantiene cerrada. En el primer paquete hay dos sondas de plástico y unas compresas ensangrentadas. Nada más verlas, las lanza al agua. Cuando abre el segundo paquete los tres se quedan pasmados al ver que contiene un feto humano. La criatura apenas mide unos diez centímetros. Pese a su escaso tamaño, está totalmente formado. Se aprecia que es varón, y en sus diminutas manos y pies se pueden ver todos los dedos. En la base del cráneo y parte de la espalda han quedado calcadas en la piel las letras negras del papel mojado.
-¿Qué vamos a hacer con él? -pregunta Julio.
-Habrá que llevarlo a la policía –dice Rubén.
No se ponen de acuerdo. Finalmente, Quique sugiere una propuesta.
-¿Que os parece si hacemos un funeral vikingo?
Ni Julio ni Rubén saben de qué va la cosa, él les explica las bases del ritual. En un principio, sus amigos se muestran reacios a quemar la barca, pero después de un rato terminan cediendo. El río se ha encargado de depositar en la orilla gran variedad de ramas y eso facilita la recogida de leña. Apilan los sarmientos sobre la barca y rellenan los huecos con papel y cartón. Cuando todo está preparado, Quique pone el feto encima y se retira para dejar paso a Rubén y su mechero. Las llamas primero prenden el papel, luego el cartón y finalmente se extienden a la madera. Las caras de los chavales se iluminan con la pira funeraria y sus cuerpos reciben amistosamente el calor que desprende. La barca se adentra en el río, hasta que la cadena la detiene a un par de metros de la orilla. La imagen es fascinante. En poco tiempo el feto queda reducido a cenizas. Quique se retira de la orilla y se adentra en la bruma para mear. Julio le acompaña. Mientras orinan, Julio mira de reojo el miembro de su amigo. Jamás lo reconocerá, pero se siente atraído por él. Se conocen desde niños y siempre ha experimentado una especie de deseo oculto. Antes eran inseparables, se pasaban el día juntos. Julio era feliz porque gozaba de toda su atención, hasta que Rubén se les unió. Tal vez por eso nunca han terminado de llevarse bien entre los dos.
-Julio, si me miras, me corto y no puedo mear.
-Perdona.
Julio se aparta a un lado. Está avergonzado por no haber sabido reprimirse.

En la orilla, Rubén sigue ensimismado con las llamas que salen de la barca y no presta atención a la llegada de sus amigos. Quique mira su reloj. El tiempo se les ha echado encima y tienen que regresar a sus casas. Se ponen en camino. Atrás queda un punto centelleante de luz que a medida que se alejan se vuelve más y más difuso.

pepe pereza