Arrebatado en una nube
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"Arrebatado en una nube"
2da versión
Por* Andrés Casciani *(2026)
Acrílico sobre lienzo - 1 x 0,80 mts
Disponible
andrescasciani.com
Hace 5 horas
José y Jesús eran mis mejores amigos. Entre los tres formábamos “la banda”. A mí me había tocado el papel de líder y debía tomar la iniciativa y tener programadas las actividades del día. Claro que aquel no era el problema, el problema era mi hermana Pili. Mi madre siempre la dejaba a mi cargo y ella, aprovechándose, se pegaba a mí como una lapa. Lo malo no era que viniese con nosotros a todos los sitios, lo que realmente me molestaba, era que con ella a nuestro lado yo tenía que modificar mis planes y adaptarlos a sus limitaciones. A nosotros nos gustaba subirnos a las encinas para construir casetas entre las ramas, pero con mi hermana eso no era posible porque no sabía trepar a los árboles y encima tenía vértigo. Además, José y Jesús estaban enamorados de ella y siempre andaban más pendientes de agradarla que de hacerme caso a mí. Mi hermana era consciente del poder que eso le otorgaba y hacia uso de él a todas horas:
Lo peor era cuando llegaba el recreo. Ahí tenían lugar las batallas más sangrientas entre Jacinto el Malo y yo. Y digo batallas y no peleas, porque nosotros no teníamos enfrentamientos cuerpo a cuerpo con puñetazos y agarrones al viejo estilo. A nosotros nos gustaba recoger cuantas más piedras mejor, todas las que cupiesen en los bolsillos y más. Después, cada uno elegía un árbol del patio del colegio, nos escondíamos detrás del tronco y cuando uno de los dos asomaba la cabeza se tiraba una piedra. Raro era el día que no volvíamos a casa con una pitera en la cabeza. Además estaban los daños colaterales, es decir, esas pedradas perdidas que alcanzaban, sin querer, a cualquier alumno que estaba jugando por los alrededores. Sus madres se quejaban a las nuestras y siempre recibíamos unos cuantos azotes por ello. Claro que nuestra rivalidad era más fuerte que cualquier reprimenda, aunque fuera seguida de azotes. Nosotros seguíamos inquebrantables en nuestro empeño por abrirnos la cabeza el uno al otro, y en cada recreo repetíamos la misma rutina, desobeciendo una y otra vez a nuestras madres. Con el tiempo fuimos adquiriendo una puntería excepcional, y aunque los daños colaterales disminuyeron en gran medida, nuestras cabezas acumulaban tantas brechas que hoy en día cuando me rapo la cabeza aun pueden apreciarse las numerosas cicatrices de aquellas batallas.
Era el año mil novecientos setenta, el mes septiembre. Vivíamos en Guijuelo (Salamanca) en el barrio de Las Casas Baratas. Apenas hacía dos meses que yo había cumplido seis años y había llegado el día de acudir por primera vez a la escuela. Antes de entrar en el aula mi madre me hizo prometerle que no lloraría y me portaría bien con la profesora. Sin embargo, todos los niños que esperaban con sus madres en los pasillos ya estaban llorando. A mí también me hubiera gustado llorar, me hubiera ayudado a soltar los nervios que acumulaba en el estomago, pero la promesa hecha a mi madre me obligaba a aguantarme. El día anterior mi abuelo Indalecio me había dicho que éste sería el más importante de mi vida, que el saber y el tener cultura eran lo mejor que me podía pasar.
Lo recuerdo tumbado y dormitando a la entrada de la lechería. Era un viejo pastor alemán, enorme y bonachón, al que tenías que pasar por encima para poder entrar por la puerta de la lechería. Él ni se inmutaba con el continuo ajetreo de los clientes. De vez en cuando, abría su bocaza en un gran bostezo para luego recogerse la cabeza entre las patas delanteras y seguir durmiendo. Pasases a la hora que pasases, él estaba ahí, durmiendo bajo el quicio de aquella puerta. Cuando acompañaba a mi madre a por leche, me gustaba quedarme con el perro mientras ella entraba en el establecimiento. Le acariciaba la cabeza y los lomos, y él me miraba durante un breve instante con los parpados medio cerrados antes de quedarse dormido de nuevo. A veces le hablaba en voz baja y le decía lo bonito y bueno que era. Él hacía un amago de levantar la oreja y seguía durmiendo. Entonces le llamaba dormilón y volvía a acariciarle. Cuando mi madre salía con la lechera llena, yo me despedía del perro dándole una palmadas el los cuartos traseros. Me gustaba aquel perro. Con el tiempo fui cogiendo confianza con el animal y ya no me conformaba con acariciarle mientras dormía. Yo quería que me prestase atención y trataba de despertarle soplándole en el interior de sus orejas o sobre sus parpados. Hasta que una mañana me mordió en la zona del ojo derecho. Lo hizo sin intención de hacerme demasiado daño, solo quería avisarme. Con esa boca, si hubiera querido me habría arrancado el cuello, pero solo fue un pequeño aviso, un toque de atención. Sin embargo yo me asusté mucho al ver que sangraba y me puse a llorar. Pensaba que me había reventado el ojo. Mi madre salió alertada por mis lloros y al verme sangrando se puso histérica.
Yo estaba en la cuadra de detrás de la casa, escondido entre unos sacos de pienso. No quería que mi hermana Pili me encontrase, ella se había empeñado en jugar a “madre e hijo” y a mí no me quedo más remedio que acceder. Ella, por supuesto, sería la madre y yo el hijo. Ese juego consistía en que ella por ser la madre mandaba en todo y yo por ser el hijo debía obedecer. Todo fue bien hasta que se le ocurrió que era la hora de comer. Como buena madre quiso cocinar utilizando los productos que tenía a mano. Preparó una especie de pasta elaborada a base de varias cabezas de ajos machacados y revueltos con huevos crudos, que robó directamente del gallinero. Removió todo creando una argamasa de aspecto y olor asqueroso. Pero aún faltaba un ingrediente especial que, según mi hermana, era lo que le daba sustancia y color al plato. Ese ingrediente era ladrillo rojo triturado a base de machacarlo con una piedra hasta que quedaba reducido a polvo, mi hermana decía que aquel polvo rojo era pimiento molido y estaba convencida de que era exquisito. El caso es que quiso hacerme probar aquella bazofia y por eso huí de ella. Mi hermana ya se había cansado de buscarme, aunque decidí ocultarme durante unos minutos más, por si acaso. Fue entonces cuando los escuché hablando al otro lado de la pared del muro del corral, eran voces de chavales. Salí del escondite y me asomé por encima del muro, ahí estaban ellos, sentados sobre la tapia del corral de enfrente al nuestro, eran dos chavales más o menos de mi edad. Al verme asomar la cabeza dejaron de hablar y me miraron con curiosidad.
Creo que unos de los días más tristes de mi infancia fue cuando mis padres me confesaron la realidad de los Reyes Magos. Estábamos en plena Navidad y todo el pueblo estaba bajo un manto de nieve. Mis padres me dijeron que querían hablar conmigo y yo pensé que era para regañarme por algo que había hecho, no era raro ya que me pasaba el día cometiendo travesuras. Me extrañó que entrásemos en su dormitorio, normalmente las broncas las recibía en cualquier sitio de la casa menos ahí. Fue mi madre la que hablo:
Eran un par de snobs, una pareja de “poetas” maduritos que mantenían una vana conversación mientras tomaban unos Bloody Mary en una terraza de moda. Ambos llevaban gafas de sol (de marca), a pesar de ser de noche. Él se hacía llamar Ataulfo Anilinas y ella La Reina de la Sinrazón. Se creían estupendos por vestirse a la última y por haber sido mencionados unas cuantas veces en las páginas de eventos literarios del diario local. Ataulfo se jactaba de haber publicado una obra de teatro. A su estreno acudieron más de doscientas personas pero antes del descanso sólo quedaron una decena, la mayoría amigos y familiares que no tuvieron más remedio que aguantar hasta el final. Un tremendo bodrio, según la crítica. Por su parte, ella alardeaba de ser la poeta más incisiva y minimalista del planeta. Había escrito varios libros de poemas pero ninguno se había publicado. Quizá ambos tenían cierto talento, pero lo exagerado de su estupidez lo eclipsaba por completo. La conversación discurría tal que así:
La actuación estaba programada a las doce del mediodía, por eso habían quedado tan temprano. Él no había dormido en toda la noche porque se la había pasado con unos amigos esnifando speed y bebiendo cervezas. Sin dormir, se fue directamente al lugar donde había quedado con su socio Fernando y con Jacinto, el técnico de sonido. Eran las nueve y treinta y siete minutos de la mañana y ambos se retrasaban ya siete minutos de la hora convenida. Normalmente era él quien llegaba tarde, pero ese día, quizá porque venía de empalmada, llegó el primero a la cita. No se sentía cansado, el speed ocultaba el exceso de cervezas y la falta de sueño, manteniéndole despierto y animado. Se encendió un cigarro y siguió esperando con la vista puesta en la carretera, atento por si llegaba la furgoneta del grupo. Le habría gustado pasar por casa para darse una ducha pero apuró todo su tiempo en el bar de un colega que, a puerta cerrada, servía cerveza gratis al pequeño grupo que allí se había reunido. Y entre cerveza y raya de speed el tiempo voló tan deprisa que cuando quiso darse cuenta eran las nueve y diez de la mañana.
Eran las nueve de la mañana cuando Julia llamó al timbre. Pepe estaba acostado y que le despertasen a esas horas no le gustaba nada. Enfurecido, se levantó de la cama. Su cabreo se incrementó al abrir la puerta. Hacía un par de semanas que había cortado con ella y no comprendía qué hacía ahora en el umbral de su puerta. La miró con desdén y sin dirigirle la palabra, regresó a la cama. Julia cerró la puerta y le siguió hasta el dormitorio. Cuando entró, él yacía de espaldas en la cama. Julia extendió el brazo y le ofreció un sobre abierto con un simple y entrecortado: “Toma”. Pepe se volvió hacia ella y cogió el sobre con enfado. Extrajo aquel folio escrito a maquina y lo leyó. No entendía muy bien el contenido de aquel escrito. Julia le aclaró que era un test de embarazo y recalcó que además era positivo. Jamás en su vida se había sentido tan confundido como entonces. Nunca antes había sufrido un despertar tan amargo y desconcertante. Miró directamente a los ojos de Julia buscando la clave, la pista que revelase la pesada broma. Al contrario, ella sólo le devolvió miedo y confusión. Aquello era suficiente, no necesitaba más pruebas.
Esta es la portada del Número 5 de nuestro fanzine. Las circunstancias hacen que este número vea la luz únicamente a través del blog (no habrá edición impresa esta vez), y que sea el último Cruce de caminos que se publique. Por las propias características de este tipo de publicación sabíamos desde el primer momento que la supervivencia en el tiempo sería algo muy difícil. Y, sin embargo, quizá por haber sobrepasado esa barrera psicológica del primer número, que ha dejado en el camino a tantas otras publicaciones surgidas seguro con la misma ilusión al menos que esta, habíamos llegado a creer que podría durar indefinidamente. La realidad, no obstante, acude presta a poner las cosas en su sitio y hacer que la continuidad de este proyecto sea inviable. Lo sentimos, de corazón.No queremos dejar pasar la ocasión de agradecer una vez más a todos aquellos que habéis colaborado con nuestro fanzine y habéis hecho posible estos seis números. No nos olvidamos tampoco de aquellos que, habiendo enviado sus textos y/o imágenes no han podido llegar a verlos publicados, así como a todas aquellas personas que, de una u otra manera, nos han dado su apoyo y han contribuido a dar a conocer el fanzine. Sin todos vosotros nada de lo realizado hasta ahora hubiera sido posible. Pero como no nos gustan los sentimentalismos, os invitamos a todos quedaros con lo hecho, y no lo que ha quedado sin hacer. Esperamos que hayáis podido disfrutar de ello tanto como nosotros haciéndolo.Nuestro último número, correspondiente al mes de septiembre, cuenta con las colaboraciones de Javier García, David Refoyo, Arturo Accio, Carlos Gutiérrez Horno, Antonio Ferreira, Alfredo González, Roberto Arévalo Márquez, Ana Patricia Moya, Xurde Portilla, Daniel Romero y Marcos González; y lo podréis encontrar, así como los números anteriores, en este blog, que permanecerá abierto, aunque ya sin actualizaciones, para permitir el acceso a lo publicado durante este tiempo.La vida está llena de cruces de caminos y estamos seguros de que, tarde o temprano, acabaremos encontrándonos de nuevo.Un abrazo muy fuerte a todos y hasta siempre.