domingo, 6 de junio de 2010

OTRAS 25 CABECERAS

























MJ ROMERO (ALFARO)

Volaron lejos todos los pájaros. Todos. Excepto dos pequeñitos. Observamos cómo un pájaro madre o pájaro padre venía de vez en cuando a darles de comer. Empezaron con vuelos cortos. Esta mañana uno ha entrado en casa. Me observaba muy quieto sobre el marco de un cuadro. Me hubiera gustado convertirlo en un tótem. Tótem de mi abuelo, por ejemplo. Añadir el pájaro a las mariposas negras y a las arañas negras. Porque era un pájaro negro.

® MJ Romero (Alfaro)

Cortado y pegado de su Blog “La Ciudad Sinnombre”
http://alfaro-laciudadsinnombre.blogspot.com/

LA LISTA DE LOS MÁS VENDIDOS

CUADERNO DE SAL de CARMEN BELTRÁN

NADA, NADA MÁ EN EL MUNDO de MASSIMO CARLOTTO


NADA, NADA MÁS EN EL MUNDO
—Massimo Carlotto—
Mediante un lenguaje seco, duro y despiadado, Massimo Carlotto describe en Nada, nada más en el mundo a los “nuevos pobres”, esbozando el drama de una femineidad que desvela con implacable lucidez la desesperación y el malestar de una Italia precaria y sometida.

La voz narradora, una mujer sin esperanzas engullida por la violencia muda de su rutina, nos presenta un universo devastado del que sólo dan cuenta los medios en sus programas de sucesos que no hacen sino banalizar un drama que sacude cada vez con más fiereza nuestra sociedad en crisis.

Massimo Carlotto nació en Padua en 1956 y en la actualidad vive en Cagliari. Ha escrito varias novelas, la primera, Il fuggiasco (1995), intensamente autobiográfica, ganó el premio Giovedì en 1996. La verdad del Caimán (Ediciones Barataria, 2005) fue la primera de las cinco que componen la serie del Caimán, alias del investigador Buratti. Además de prolífico novelista, Carlotto es autor teatral y crítico en diversos medios de comunicación.

FICHA TÉCNICA

MATERIA: LITERATURA
COLECCIÓN: TRÉBOL NEGRO
ISBN: 978-84-7584-691-0
PÁGS: 66
PVP: 8.66 € / 9 €

Laertes editorial
C/Virtut, núm 8, baixos
08012 Barcelona
T: 93 218 70 20

¡VISITA NUESTRA NUEVA PÁGINA WEB! http://www.laertes.es/pa/Presentacin.htm

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sábado, 5 de junio de 2010

GUIÓN PARA CORTOMETRAJE

Dedicado con todo mi cariño a Inés Matute y a su madre.

"Angelitos al cielo"

Escena 1 - Interior. Dormitorio A. Noche.
La habitación está mal iluminada por una lámpara de mesilla. Por encima de la cama se yergue un gran crucifijo, en la pared lateral un retrato antiguo de bodas y en la de enfrente un armario viejo. Una anciana está recostada en la cama, su nieto treintañero (Matías) intenta darle de cenar un yogurt. La anciana tiene pintas de estar en las últimas y hace esfuerzos por tragar cada cucharada. Matías por su parte, con su mejor talante, trata de ingeniárselas para que siga comiendo...

MATÍAS
Muy bien abuela. Otra más y casi hemos terminado.

Cuándo intenta darle la siguiente cucharada nota que algo va mal. La abuela acaba de morir.

MATÍAS
¿Abuela? ¿Abuela?


Escena 2 - Interior. Dormitorio B. Noche.
Todo está a oscuras, suena un teléfono. Se enciende la luz de una mesilla. Un matrimonio de cuarentones se acaba de despertar. La mujer (Mari) coge el teléfono...

MARI
¿Sí?... ¿Estás seguro?... ¿Cuando ha sido?... Estate tranquilo, enseguida vamos para allá... De todas formas ponle un espejo delante de la boca para ver si respira...


MARIDO
(Medio dormido)
¿Qué pasa?

MARI
Coge el móvil y llama a mis padres y al médico, se ha muerto la abuela...
(Al auricular) Adecéntala un poco, que ahora vamos para allá.

Escena 3 - Interior. Recibidor. Noche.
Suena el teléfono que está apoyado en un mueble con espejo. Una mujer (Carmen) de unos sesenta años acude a la llamada. Cuando abre la puerta del salón el sonido del televisor inunda el recibidor.

CARMEN
(Mientras descuelga el teléfono)
Pepe, baja un poco el volumen... (Al auricular) ¿Diga?... ¡Mari! ¿Qué pasa?... ¡Ay por Dios!... (A su marido) Pepe, ven que se ha muerto la madre de tu cuñada... (Al auricular) ¿Y cómo ha sido?... Que pobre mujer...

Aparece Pepe.

CARMEN
Te paso con Pepe


La mujer le pasa el teléfono muy afectada.

PEPE
Mari... Sí... Sí... Ya... ¿Habéis avisado al médico?... ¿Y a los de la funeraria?...


Una anciana asoma la cabeza desde su dormitorio.

ANCIANA
¿Qué pasa, Carmen?


CARMEN
Nada, Usted vuélvase a la cama.

ANCIANA
¿Quien llama a estas horas?

CARMEN
La Mari, que llama porque se ha muerto la madre de la cuñada de Pepe.


ANCIANA
¡Ay por Dios!

PEPE
...La verdad es que ya era muy mayor...

ANCIANA
(A Pepe) Luego me dejas hablar con Mari.

CARMEN
Usted lo que tiene que hacer es acostarse, que siempre se mete donde no la llaman.


ANCIANA
Solo quiero hablar un momento con Mari.


PEPE
...Bueno pues eso, que sepáis que aquí estamos para ayudar en lo que haga falta... Vale...Sí.... Aquí te paso con mi suegra, que no sé qué quiere decirte...Venga adiós...

Le pasa el auricular a la anciana.

ANCIANA
Mari, bonita ¿Qué pasó?... ¿Ya se ha muerto? Pues no sabes cuánto me alegro...


CARMEN
(Con un escalofrío)
Pero ¿Cómo dice eso?

ANCIANA
... Porque a estas edades no hacemos más que molestar. Yo todos los días le pido a Dios que me lleve ya a su lado de una vez...

CARMEN
(Quitándole el auricular)
Tiene cada cosa... (Al auricular) Mari ya puedes perdonar a mi madre... Ya sabes cómo es...

PEPE
(A la anciana)
No diga esas tonterías, mujer.

ANCIANA
Pero si es verdad, Pepe. Llegando a cierta edad es mejor morirse...

(Le sonríe) Angelitos al cielo.

Escena 4 - Interior. Dormitorio A.
El treintañero de la escena 1, Matías, se encuentra frente al cadáver de su abuela. Con un pequeño espejo comprueba que efectivamente su abuela está muerta. De pronto algo llama su atención, reflejado en el espejo ve que su abuela tiene la boca llena de yogurt. La pobre anciana no tuvo tiempo de tragar la última cucharada.

Escena 5 - Exterior. Callejón. Noche.
En un sucio y oscuro callejón hay un coche aparcado, un coche caro. En su interior un hombre que ronda los cincuenta. Su aspecto es de ejecutivo o empresario. Suena el timbre de un móvil.

HOMBRE
¡Mierda!

Saca el móvil del bolsillo de su chaqueta.

HOMBRE
¿Dígame?...

Su cara cambia de expresión y comienza a llorar en silencio mientras apaga el móvil. Al rato una cabeza se incorpora, es una fulana que se la estaba chupando.

FULANA
(Con acento cubano)
¿Qué te pasa, mi amol?

HOMBRE
Mi madre ha muerto...

Escena 6 - Interior. Dormitorio A.
Matías, con muchísimo cuidado y delicadeza trata de sacar el yogurt de la boca de la difunta. Se ayuda de una cucharilla y una servilleta.

Escena 7 - Interior. Dormitorio C. Noche.
Oscuro. Suena un teléfono. Se enciende la lámpara de la mesilla. Un hombre (Paco) de unos cincuenta y tantos descuelga el teléfono desde la cama, a su lado dormita su mujer.

PACO
¿Diga?... Sí, soy yo... ¡Coño, Pepe! Dime... ¡No Jodas!... ¿Hace cuanto?... Que pobre mujer... Sí, estamos acostados... Venga, nos vemos. Gracias por llamar.

Cuelga el teléfono y apaga la luz. Oscuro.

MUJER
¿Qué pasa?

PACO
Nada, que se ha muerto la tía María.

Pausa

MUJER
A ver si nos toca algo.


Se enciende la lámpara de la mesilla.

PACO
(Incorporándose)
Pues tenía tierras.

Escena 8 - Interior. Dormitorio A.
Matías con la servilleta limpia la lengua de la difunta. De pronto se escucha las sirenas de la ambulancia que se aproxima. Fundido a negro mientras la música acompaña a los títulos de crédito.

® pepe pereza

JOSÉ LUIS MORENO RUIZ VUELVE CON NUEVO BLOG

EL NUEVO BLOG DE JOSÉ LUIS MORENO-RUIZ
Poco tiempo ha podido aguantar José Luis Moreno-Ruiz conteniendo todo ese talento que le bulle dentro, y apenas un mes después de cerrar su blog, abre este otro, por el que es obligatorio pasar de vez en cuando y embarrarse un poco, a ver si se nos pega algo. Esta de abajo es una de las entradas de los Contradiarios, en las que además adelanta un fragmento de su próxima obra:

Aquellas criaturas que decían ir a meterle un pico en la polla "a un cerdo carroza llamado Lou Reed"...
A propósito, más o menos, vaya aquí un fragmento de mi libro de próxima (y espero que ya pronta) aparición (sic), "Madrid años 80, la Movida catatónica". Dice así, al hablar de un programa de Radio 1 (RNE) que llevó por título "En días como éste":

Pronto comenzaron los toques, las llamadas al orden. Nos moderamos, claro; el programa se consolidó, por su calidad evidente, pero la preparación de cada espacio era angustiosa: esto lo pongo, esto lo quito, qué dirá fulano (un directivo) si contamos esto, qué dirá mengano (otro directivo) si ponemos este disco… Pues hasta ahí llegaron las presiones. Nada de poner discos de grupitos punk, o de barriada, con letras inconvenientes; mucho menos, si las letras en cuestión tenían un cierto contenido político, por ejemplo las de esos grupos que entonces comenzaban a ser designados como pertenecientes al rock radical vasco. Yo recibí un aviso, recuerdo, por rematar un sábado mi Pipa de Kif con aquella canción de los madrileños Burning, que se titulaba No es extraño que tú estés loca por mí. Al parecer les molestó mucho, a los directivos y a la audiencia carca, eso que dice de rodillas por detrás es como te gusta más… Y otro, pues hablando de los incas y de sus fumigaciones rituales con hoja de coca, situé la acción, actualizada, jugando con unos textos de Garcilaso en defensa del uso de la hoja de coca, en la ciudad de Chachapoyas (dijeron que me lo había inventado, por joder y provocar a la audiencia más conservadora; hube de mostrarles –a los directivos– un mapa del Perú, aunque sea justo admitir que, en efecto, tanto yo como otros componentes del programa, nos sentíamos muy gratificados cuando la carcunda se ponía de manos y soltaba coces y rebuznos, incluso si eran éstos amenazantes).
Los melifluos modernosos que comenzaban a grabar entonces, sí eran, por el contrario, bien recibidos. Radio Nacional de España se acababa de apuntar definitivamente a la Movida posmodernosa, y desde luego madrileñota. Lo que venía de la periferia, en especial desde Cataluña y el País Vasco, había que mirarlo con lupa, aunque nada tuviera que ver ni con la radicalidad política, ni mucho menos con el independentismo.
Como, no obstante, hacíamos un buen programa de radio –crecía la audiencia y los periódicos nos dedicaban muchas páginas–, los directivos de RNE decidieron potenciar igualmente su programación nocturna en Radio 1. Tres miembros del equipo de En días como éste, Manolo Ferreras, José Antonio Muñoz y Javier Rioyo, iniciaron un nuevo programa, titulado La noche que me escuches… Lo eliminaron a la segunda emisión. Bastó que fueran a una actuación en directo, precisamente en la sala Rock-Ola, de un grupo vasco de chicas, Las Vulpes, y que una de ellas soltara una blasfemia a micrófono abierto, cuando iba a ser entrevistada, tras la actuación, por José Antonio Muñoz.
Publicado por Hijos de Satanás en http://hankover.blogspot.com/

ART-EROX

Artistas que exponen:
Juanma Tapia ( Madrid ); pintura digital. Xavier Ten White ( Valladolid ); dibujo y pintura sobre papel. Cienporcienporcino ( Madrid ); dibujo y pintura sobre papel. Velpister ( Vigo ); pintura, narración y composición musical con piano. Señora Milton ( Madrid ); collage sobre madera. Maria José López Pórtland ( Paris ); pintura sobre madera. Rafael Serrano Mendoza ( Madrid ); pintura sobre lienzo y papel. Y por último el particular Karakaja ( Kartonia ); fotografía digital.
El próximo martes 8 de junio los megabites se harán materia: Por primera vez “EroX ART” se mostrará de forma física y carnal en un local madrileño por el que han pasado muchos artistas de candente obra. Será en el Espacio Social de Erotismo “Consentido”, situado en el número 32 de la calle Barco, sin duda un lugar ideal donde presentar dicha colección de Arte, basada en El Arte Amatorio. Ese mismo día será la inauguración oficial a la que asistirán los artífices del asunto y todo aquel que lo desee a partir de las 20:30 horas.
Habrá desnudeces y lascivias colgando de las paredes, recital de sensuales escritos (a cargo de Angel Muñoz, Voltios), video-proyección, sesión caliente de D.J. , y cositas para llevarse a la boca.
La muestra podrá ser disfrutada hasta el 28 de junio aunque continuará visible en su alojamiento digital que encabeza la siguiente lista de enlaces en la red:
www.karakaja.blogspot.com

MAÑANA EN MADRID

Mañana, en la caseta 262 (Baile del Sol) de la Feria del Libro de Madrid, Ana Pérez Cañamares y José Ángel Barrueco estarán firmando ejemplares de Alfabeto de cicatrices y Recuerdos de un cine de barrio. A partir de las 18:00 horas.

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viernes, 4 de junio de 2010

WORST - SELLER

ENRIQUE ARIAS VEGA

Enrique Arias Vega (Bilbao) es un periodista y economista español. Diplomado en la Universidad de Stanford, lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana \\\"Terzo Mondo\\\" y en el periódico \\\"Noticias del Mundo\\\" de Nueva York. Entre otros cargos, ha sido director de \\\"El Periódico\\\" de Barcelona, \\\"El Adelanto\\\" de Salamanca, y la edición de \\\"ABC\\\" en la Comunidad Valenciana, así como director general de publicaciones del Grupo Zeta y asesor de varias empresas de comunicación. En los últimos años, ha alternado sus colaboraciones en prensa, radio y televisión con la literatura, habiendo obtenido varios premios en ambas labores, entre ellos el nacional de periodismo gastronómico \\\"Álvaro Cunqueiro\\\" (2004), el de Novela Corta \\\"Ategua\\\" (2005) y el de periodismo social de la Comunidad Valenciana, \\\"Convivir\\\" (2006). Sus últimos libros publicados han sido una compilación de artículos de prensa, \\\"España y otras impertinencias\\\" (2009), y otra de relatos cortos, \\\"Nada es lo que parece\\\" (2008). Es autor, también, entre otras obras, de la novela \\\"El ejecutivo\\\" (2006), de la que ya van publicadas tres ediciones, de \\\"Ir contra corriente\\\" (2007), \\\"Valencia, entre el cielo y el infierno\\\" (2008) y una antología de semblanzas bajo el título de \\\"Personajes de toda la vida\\\" (2007). Enlaces externos: Reseña en \\\"Red mundial de escritores en español\\\"

El Secreto De Mari Mar (Historia Más Que Probable)
Reconocí en seguida a aquella mujer madura y todavía hermosa que salía de la tienda de moda unos metros más allá. Habían pasado... ¿cuántos?, ¿cuarenta años?, desde que la había visto por última vez. Pero era ella. Más mayor, con bastantes kilos de más que habían redondeado rotundamente el cuerpo magro y adolescente en que la había dejado metida.
Era ella, con esa certeza indefinible que guardan los recuerdos. Sus formas habían cambiado, sin duda, pero aquel semblante inconfundible era el de Mari Mar. También eran suyos aquellos ojos líquidos de color esmeralda que había evocado en sueños tantas veces. Y las corvas de sus piernas, que había añorado con el lacerante dolor de quien nunca pudo acariciarlas.
Mari Mar Colindres. Allí, en Madrid. A dos pasos de distancia. A punto de cruzarse conmigo como si fuese otro desconocido más de los muchos que recorren aquel tramo de comercios de alto nivel de la calle Serrano.
Dudé si decirle algo durante aquella larguísima escena que sucedía al ritmo interminable de esas secuencias cinematográficas rodadas a cámara lenta. Al final, justo cuando se encontraba a mi altura, me decidí a interpelarla. La voz me salió antinatural, más aflautada y vacilante que de costumbre:
—¿Mari Mar...? ¿Mari Mar Colindres?
La mujer se giró entonces.
Evidentemente, era ella, la Mari Mar de aquellos dos veranos en Zarautz, cuando en un remoto pasado irrecuperable la localidad playera aún se denominaba Zarauz, ajena a los avatares políticos que sucederían tras la muerte de Franco.
La mujer me miró de hito en hito, con el rictus mudo e interrogante del desconocimiento, con la seriedad alarmada del desconcierto al verse abordada por un extraño.
—Lo siento... ¿No recuerdas? Alberto, Alberto Castrillo. De la pandilla de Zarauz...
Ella frunció el ceño, como si bucease en algún lugar recóndito de la memoria, hasta que una sonrisa esplendorosa distendió su cara:
—¡Alberto! ¡Cuánto tiempo!
Y me estampó dos sonoros besos, a la vez que una cálida mano acariciaba mi espalda en un gesto de identificación, de amistad, de nostalgia,... no sé bien de qué.
—¡Cuantísimo tiempo ha pasado! —estaba repitiendo, con una expresión de genuina alegría—. ¿Tienes un momento para tomar algo? Así charlamos un rato y hablamos de los viejos tiempos, porque hace siglos que no veo a nadie. ¿Qué sabes de Jon, de Toni, de Blanca...?
Jon. Por el primero que me había preguntado era Jon y eso me dolió. Pero no dejé que nada permitiese que se trasluciera.
—Sí, qué buena idea —le contesté—. Podemos sentarnos en aquella cafetería.
Las siguientes dos horas pasaron sin que nos diésemos cuenta. Los recuerdos se agolpaban, atropellándose unos a otros. El día en que Susana se cayó de la Mobilette y nos dio un susto de muerte, aunque luego todo quedó en una simple rotura de pierna. Aquella verbena en que Macha y Toni se hicieron novios y dejaron de salir con la pandilla para pasarse el resto del verano haciéndose arrumacos,... ¡No había pocos recuerdos de aquellos dos veranos irrepetibles!
Al tercer verano, toda la pandilla regresó a Zarauz, como siempre. Todos, menos Mari Mar. Nunca más volvimos a verla.
—Bueno, ya sabes —dijo, mirándome con tristeza a los ojos—, fue tras aquel mes en el internado del sur de Francia. Eres la única persona a la que se lo conté.
Sí. Lo recordaba a la perfección. Aquella confidencia me había impresionado profundamente, casi hasta dejarme marcado. Con los pocos años de mi pubertad recién estrenada, jamás había oído nada semejante. Y en aquella época de puritanismo oficial y obligado, de una moral convencional y rígida, yo ni siquiera sabía que aquellas cosas podían suceder.
Pero Mari Mar ya estaba desviando la conversación, preguntándome por otras personas de nuestro grupo de entonces. En realidad, la nuestra no había sido una pandilla estructurada, de gente fija y constante, como otros círculos reducidos de amigos, de pandas selectivas y excluyentes. La gente entraba y salía de nuestro grupo según su conveniencia y de acuerdo con los vaivenes de aquellos primeros amores y desamores adolescentes. Al irme evocando sucesivamente los nombres del personal de entonces, muchos de los cuales había olvidado, me entró a mí también la comezón de la nostalgia. ¿Qué habría sido de aquellas muchachas, de Elena, de Chittty, de Macha...? Lo curioso —hasta ahora no me había dado cuenta— es que las chicas de Madrid tenían aquellos nombres extraños que combinaban perfectamente con sus sonoros apellidos: Chitty Malo de Molina, Macha Ladrón de Guevara, mientras que las vascas se llamaban entonces simplemente Elena, Blanca, Susana,... porque todavía no había comenzado la recuperación de nombres autóctonos de raíz euskaldún.
Mari Mar se reía con mis reflexiones de sociólogo aficionado y barato, con una risa tan clara y juvenil como la que yo había almacenado en mi recuerdo. Ella no era de San Sebastián ni de Madrid. Ella era de Barcelona y sus padres, los señores Colindres, veraneaban en la costa guipuzcoana por no sé qué vinculaciones familiares. Nada más llegar a Zarauz, Mari Mar nos robó el corazón a todos los chicos de la pandilla. Bueno, a casi todos. Porque Toni hacía tiempo que andaba detrás de Macha y no tenía ojos para nadie más.
Yo había buscado afanosa e infructuosamente el amor de Mari Mar. Compartimos en alguna ocasión, eso sí, las tortillas de patatas con las que se avituallaban nuestras excursiones al monte. Bailamos alguna vez en aquellas verbenas en que las chicas nos distanciaban con una hábil maniobra de su muñeca izquierda, tan sólida como una adarga medieval, con la que mantenían a raya nuestra incipiente concupiscencia desbocada. Pero nada más.
Lo de Jon, en cambio, fue distinto. Un día en que todos fuimos con nuestras bicis siguiendo la ruta del Deva, pude verles dándose un beso. Había sucedido mientras los demás estábamos en una campa próxima, descansando. Ellos dos habían ido a hacer una "inspección", dijeron, "a ver qué encontramos por ahí". Unos celos que yo aún no sabía que existían me hicieron sospechar algo. Así que subrepticiamente los seguí. Y pude ver el furtivo aunque consentido beso.
Aquello supuso una dolorosa revelación: la prueba del nueve —como se decía en nuestras clases de matemáticas, en las que las operaciones aritméticas no se efectuaban con calculadora, como ahora— de que Mari Mar no sería nunca mía y que, si acaso, su interés y su deseo estaban puestos en Jon, que para algo era el mayor de todos nosotros y estaba estudiando ingeniería industrial en Bilbao.
Aun así, Mari Mar y yo continuamos siendo amigos y casi confidentes, si puede decirse así. Jamás me habló de lo suyo con Jon, con quien desaparecía de nuestro grupo de vez en cuando, pero en cambio me hablaba de muchísimas otras cosas: de los libros que leía, de su familia, de sus compañeras en el colegio de las Ursulinas en Barcelona, de una tal Mercé Rovirosa, que era su mejor amiga...
Durante la segunda estancia de Mari Mar en Zarauz, en el que ninguno sospechábamos que sería su último veraneo con nosotros, sucedió aquello que tanto me impactaría y que cambió a mi amiga para siempre.
Mari Mar llegó en agosto. Todos sabíamos que el mes anterior había estado en un internado religioso del sur de Francia para perfeccionar su magnífico francés, que tanta envidia nos causaba. Pero había vuelto rara. La chica siempre alegre y animosa del verano pasado se había evaporado como por ensalmo. En su lugar seguía una muchacha igual que ella por fuera pero con una pátina de tristeza, de abatimiento hondo y desesperado, que emergía por el color esmeralda de sus ojos, enturbiándolos.
Todos nos habíamos dado cuenta, pero nuestra amiga no soltaba prenda. Una tarde en que fui a buscarla a su casa, porque hacía dos días que no la veíamos, la encontré llorando en el jardín de la parte de atrás de su chalet. Puse una mano en su hombro y sólo entonces se percató de mi presencia. Dando un respingo, me miró a la cara con sus ojos empañados por las lágrimas y, con un acento desgarrado, vació su almario:
—¡Oh, Alberto, Alberto, amigo mío querido! ¡Qué mal lo estoy pasando!
Emocionado, al ver a mi primer amor en aquel estado tan lastimero, no supe qué hacer para consolarla. Me limité a abrazarla y a inquirir:
—¿Por qué no me cuentas lo que te pasa?
Y lo hizo. A borbotones, como si el fuelle de su alma estuviese agujereado y el aire del dolor entrase por todas partes, interrumpiendo su discurso con una serie de hipidos:
—Horrible... Es horrible. No te haces idea de lo que ha pasado.
—Vamos, vamos, no será tan grave —dije con la estólida e inútil actitud de los varones ante el llano femenino.
—Sí, lo es. Además ya no tiene remedio.
—Bueno, bueno. Cuéntamelo.
—¿Te acuerdas de mi amiga Mercé Rovirosa, de la que te he hablado algunas veces?
—Claro que me acuerdo. ¿Qué le ha pasado?
Me lo contó.
Resulta que ella también estaba en el mismo internado francés que Mari Mar. Para ésta, tener una amiga de Barcelona, de su mismo colegio, y tan íntima como Mercé, era toda una alegría. Le hacía no sentirse tan extraña fuera de casa y de su ambiente, en un país extranjero y con compañeros nuevos que hasta entonces desconocía. Así que todo iba de perlas con Mercé. Y continuó yendo así hasta un fatídico día:
—Mercé había faltado a la última clase de aquella mañana, lo que me extrañó un montón. Pensé que podía estar enferma. Así que fui a su cuarto, por si necesitaba algo. La puerta estaba cerrada sin pestillo.
Mari Mar se interrumpió abruptamente. Como si un muro se hubiese interpuesto en su discurso. Pese a sus esfuerzos no podía seguir. Estaba bloqueada, como esos mecanismos en los que una pieza se atasca en el engranaje e impide su funcionamiento.
Al cabo de dos interminables minutos intenté ayudarla:
—Decías que la puerta no tenía echada la llave.
Con determinación, como si así fuese la única manera de proseguir su relato, Mari Mar continuó atropelladamente:
—Así que la abrí. Y allí estaba... ella... la vi... sí... vi a Mercé en la cama, desnuda. Pero no estaba sola. Estaba... sí, con ella... estaba... también desnuda, sí... la madre superiora, Bernardette, la madre Bernardette. Y las dos... bueno... estaban haciendo cosas que no me imaginaba... que no sabía.
También yo me quedé estupefacto con semejante revelación. Había oído que esas cosas sucedían. Se hablaba de ellas entre los chicos, claro. Pero uno nunca sabía del todo si eran ciertas o no. Visto desde ahora, retrospectivamente, supongo que para nosotros se trataba como esas leyendas urbanas de hoy día, en que todo el mundo sabe de alguien que dice que han sucedido pero que nadie puede testificar que sean ciertas.
Yo tenía ahí, sin embargo, la comprobación de su existencia en el triste y sórdido relato de mi amiga. No supe qué contestarla. Me limité a acariciarla suavemente, con delicadeza, casi sin tocarla, al notar un estremecimiento que no sabía si era de emoción o de repulsa.
Mari Mar aún permaneció todo el mes de agosto en Zarauz. No imaginábamos que aquél sería su último verano en el Cantábrico, que pronto dejaríamos de verla. Volvió a salir con nosotros, pero su actitud fue ya muy diferente. No bailaba en las verbenas. Tampoco le permitía a Jon que se le aproximase. Mientras los demás notábamos cómo crecían en nuestro interior las pulsiones eróticas descubiertas con la edad, Mari Mar se encerraba en sí misma, como si su sexualidad hubiese sido erradicada por alguna mano invisible y misteriosa.
Sólo yo conocía el origen de aquel comportamiento. Quizá, sin pretenderlo, ese fue el comienzo de mi interés por la sicología, que me ha llevado a ejercerla profesionalmente en la actualidad. Entonces deduje que Mari Mar había experimentado tal repulsión por el sexo después de aquella traumática experiencia que, de resultas de ella, había quedado como asexuada. Por aquellas fechas, una película de Roman Polanski interpretada por una torturada Catherine Deneuve ratificó mi incipiente teoría sobre los traumas sexuales.
La Mari Mar de ahora, más madura y serena, me estaba mirando a los ojos con un punto de interrogación. Yo no me había dado cuenta de que, ensimismado en mis pensamientos retrospectivos, no la estaba hablando, sino que me había concentrado en mi introspección.
—¿En qué piensas? —me preguntó.
—En ti. En qué ha sido de tu vida.
—Si quieres saber si me he casado, te diré que no.
—¿Novios? —me atreví a preguntar.
—Tampoco —me respondió, con un indisimulado brillo de ironía en sus pupilas.
—Ya.
Nos habíamos dicho todo lo que cabía esperar en una conversación tanto tiempo demorada como aquélla. Sabíamos que el nuestro había sido un encuentro casual y probablemente irrepetible. No nos dimos ni nuestras direcciones ni nuestros números de teléfono. Mari Mar, de pronto, miró su reloj de pulsera y dijo lo previsto en estos casos:
—¡Vaya! ¡Cómo ha pasado el tiempo! Ahora sí que se me ha hecho tarde— Y, mientras se levantaba, añadió—: Tengo a mi socio de la galería de arte esperándome. No me queda más remedio que dejarte.
El beso de despedida, no sé por qué, fue más frío que el del encuentro, al contrario de lo que suele suceder en estas ocasiones.
—Adiós.
—Me alegro de verte.
—Yo también.
Me fui dando vueltas al caso de Mari Mar y a su conducta vital asexuada a causa de su traumática experiencia. Ni un marido, ni un novio, ni nada de nada. Su caso, pensé, justificaría el que escribiese un buen artículo para la Revista de Psicología del próximo mes. Sí, lo haré, me dije finalmente.
Rumiando ya su contenido, pagué las consumiciones al camarero que había acudido a mi llamada y me fui camino de mi consultorio.

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Mari Mar, acelerada por el retraso, entró en la galería de arte de la calle Jorge Juan de la que era copropietaria. Su socia estaba dentro. Sola.
—Hola, Mercé, cariño —la saludó, antes de darle en los labios un cálido y amoroso beso.
Mercé Rovirosa la preguntó:
—¿De dónde vienes, tan escopeteada?
—Del pasado —le respondió, sonriendo, Mari Mar—. ¿Te acuerdas de aquel Alberto del que te he hablado algunas veces, aquel amigo tontorrón, enamorado de mí, que tenía en Zarautz? Pues acabo de verlo.
—¡Ah! ¿Aquel que sabía lo nuestro? ¿Al que le contaste que tú y yo nos habíamos enrollado?
—Sí. El mismo. Pero no vas a creértelo. Todos estos años pensando que era la única persona de mi pasado que sabía lo nuestro y resulta que no, que el pobre hombre ni se enteró de lo que le conté. El tipo siempre se ha pensado que era una mujer asexuada y que, en vez de enamorarme de ti cuando descubrí tu homosexualidad, resulta que eso me dejó traumatizada para siempre.
Y Mari Mar Colindres, recordando al buenazo de Alberto, al simplón de Alberto, que nunca se enteraba de nada, se puso a reír abrazada a Mercé Rovirosa, su amiga, su compañera, su amante, con la que llevaba conviviendo casi cuarenta años.

2º premio del Concurso de Relatos Dulce Chacón (2007)

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jueves, 3 de junio de 2010

RELATO

EL FUNERAL
Llegó al pueblo en autobús, a primera hora de la mañana. Llovía a cántaros y las calles estaban medio inundadas. Estaba tan apenado que apenas tuvo fuerzas para llegarse a la parada de taxis junto a la estación. Indicó su destino al taxista y se dejó llevar en silencio hasta la funeraria.
Allí no conocía a nadie y nadie le conocía a él. Preguntó por los padres de la fallecida al primero que se puso a tiro. Le señaló a una señora gorda con demasiado maquillaje que lloraba amargamente. Asintió en silencio y fue a presentarse.

- Hola, yo soy... (Rectificando) -Perdón, yo era el novio de su hija.
- (Llorando) ¡Ay! Hijo mío. En qué momento más triste tenemos que conocernos. Ven que te dé un abrazo.

Se abrazaron. Él se sintió incómodo entre los brazos de la que hubiera sido su suegra. Tenía la extraña y desagradable sensación de hundirse en las fláccidas carnes de aquella mujer que le abrazaba con un ímpetu exagerado. Por fin, ella le soltó y pudo respirar.

- (Llorando) Ni tiempo tuvo la pobrecita de presentarnos.
- Ella me hablaba mucho de ustedes.
- (Llorando) Pobrecita mía, que pronto se nos ha ido.

Él estaba tan compungido que no supo qué decir.

- Ven que te presente a mi marido.

Se dirigieron a un rincón donde un hombre fumaba ausente.

- (Llorando) Mira a quién traigo. El novio de nuestra pequeña.
- Mi hija me habló mucho de ti. Me alegra conocerte aunque sea en estas circunstancias.
- Lo mismo le digo. Yo también...

Sus ojos se llenaron de lágrimas y no pudo continuar con la frase. Los tres lloraron durante unos segundos sin decirse nada, no había nada que decir, el dolor estaba presente en sus caras y se manifestaba sin necesidad de palabras. Algunos asistentes pasaron a su lado y dieron el pésame. Los padres dejaron un poco de lado su dolor para cumplir de anfitriones con los que venían a dar el último adiós a su hija. Él se sintió marginado y sólo, en su vida se había sentido tan sólo. No terminaba de asumir que el amor de su vida se hubiese matado en un estúpido accidente de tráfico.
Todo había ocurrido mientras disfrutaba de unas pequeñas vacaciones en su pueblo natal. Todavía la veía haciendo las maletas, ilusionada con la idea de volver a ver a su familia y a sus queridos padres. Todavía sentía ése último beso presente en su boca. Fue a sentarse a un rincón para llorar a gusto. Era tan raro todo aquello, tan irreal, rodeado de todos esos desconocidos. De vez en cuando, alguien que se había informado sobre su identidad se le acercaba y le decía con voz compungida: "Mi más sentido pésame", a lo cual él nunca sabía qué responder.
A media mañana un joven de su misma edad se le acercó y le preguntó:

- ¿Tú fumas porros?
- ¿Por qué?
- ¿Te apetece uno?
- ¿Tú quién eres?
- Tranquilo soy de la familia.
- (Ofreciéndole la mano) Encantado.
- (Dándole la suya) ¿Te apetece o no?
- Me apetece.
- Pues sígueme.

A los pocos minutos estaban saliendo del pueblo dentro del coche del familiar. Seguía lloviendo a mares.

- ¿A dónde vamos?
- A cualquier sitio tranquilo que no sea un barrizal.
- Es verdad, llueve como si fuera a acabarse el mundo.
- Llevamos así casi cuatro meses.

Las cunetas de ambos lados de la carretera estaban anegadas, parecían dos pequeños torrentes cabreados y los limpia-parabrisas no daban abasto con el chaparrón que caía. Al cabo de unos cuantos kilómetros encontraron un pequeño promontorio junto a la carretera y aparcaron. Desde allí se podía ver toda la dehesa, sus prados verdes y sus encinas rodeadas de grandes charcas y regatos... Se fumaron el porro casi sin hablar, eludiendo el tema de lo que habían dejado en la funeraria. De lo poco de lo que se habló allí fue del tiempo.

- Supongo que toda esta agua vendrá muy bien para el campo.
- No sé yo, mucha me parece.

El porro le permitió calmarse, dándole el respiro que necesitaba. Al cabo de unos minutos regresaron. Cuando llegaron a la funeraria el padre de la fallecida salió a recibirlos.

- ¿Dónde os habéis metido?
- Me lo he llevado a tomar un café –Se apresuró a contestar el familiar.
- Daos prisa, que hay que meterla en el coche.
- ¿Salimos ya para la iglesia?
- Sí, deprisa.

Cargaron el ataúd en el coche fúnebre y seguidos de cerca por la comitiva partieron hacia la iglesia. A las puertas del templo le invitaron a que fuese uno de los que portara el féretro, y así lo hizo. Cargó con la parte derecha del cabecero del ataúd, a su izquierda iba el familiar que le había invitado a fumar y detrás el padre y un desconocido para él. La gente se apelotonaba delante de la iglesia, los presentes se apartaban al paso del ataúd dejando un estrecho pasillo por el cual avanzaban.
Dentro de la iglesia, tomaron el pasillo central hasta llegar a los pies del púlpito. Allí dejaron el ataúd sobre un soporte colocado para ése motivo. Se colocaron en los primeros bancos recibiendo, de nuevo, el pésame de los presentes que fueron desfilando frente a la familia. El Cura esperó a que todo el mundo hubiese terminado para comenzar la misa. Cuando el sacerdote dijo el nombre de la fallecida, él se quedó pálido como el mármol. El nombre de la muerta no era el nombre de su novia. Confundido preguntó a los presentes, las respuestas no le tranquilizaron nada, todo lo contrario. Se dio cuenta que la muerta no era su novia. No se paró a dar explicaciones, salió corriendo de la iglesia, dejando a todos con la boca abierta.
Corrió con todas sus fuerzas hacia la funeraria sin saber muy bien qué iba a decir. El funeral que él buscaba se estaría celebrando en la sala contigua a aquella en la que él se había presentado esa mañana. Otra vez iba a tener que pasar por las presentaciones, los abrazos y todo lo demás. Se sintió estúpido y torpe.
Al cabo de unos minutos de correr como un poseso, se dio cuenta de que se había perdido. No pudo aguantarlo, aquello era demasiado para él. Se desplomó de rodillas en el suelo y allí se quedó, llorando bajo la lluvia.

® pepe pereza

RAFAEL AZCONA HABLA SOBRE MARCO FERRERI

Rafael Azcona habla sobre Marco Ferreri
Extracto de la amplia entrevista que publicó Cahiers du Cinemá con el guionista español
Serge Toubiana

Pocas personas han sido más reacias a cualquier contacto con los medios de comunicación que Rafael Azcona. De ahí que la entrevista concedida a la revista francesa adquiera carácter de suceso extraordinario.
Pregunta. Al parecer, usted era el mejor amigo de Marco Ferreri.
Respuesta. Desde luego, durante algún tiempo; luego nos alejamos, pero seguí considerándome su amigo.
P. ¿Se conocieron en la época en que Ferreri vivía en España?
R. Durante los años 1952-1957. Trabajaba en Madrid en una revista de humor que se llamaba La Codorniz. Había escrito algunas novelitas, entre ellas una titulada Los muertos no se tocan, nene. Cuando Marco Ferreri me llamó, sólo había ido al cine tres veces en mi vida. No es del todo cierto, pero no se aleja mucho de la verdad. Por teléfono, Marco me citó ese mismo día por la tarde. Al no conocer nada del mundo del cine, llamé a la única persona que estaba un poco al corriente entre mis amigos, Enrique Herreros, que también era jefe de publicidad en una distribuidora para la que había trabajado Buñuel. Le dije: «Enrique, me ha llamado una gente del mundo del cine que están interesados en uno de mis libros. ¿Qué hago? ¿Cuánto pido?». Me respondió: «Es lo de menos. Tú ve. Te encontrarás con un tipo delante que te dirá: «Soy el productor, pero le advierto: no tengo dinero». Hacia las cuatro de la tarde, acudí a la cita. Vi a dos hombres delante de la puerta del edificio, uno regordete y el otro muy alto, con sombrero. En aquella época, en España todo el mundo llevaba sombrero. Entramos juntos y, cerca del ascensor, escuché su conversación. «Si habla de dinero, le decimos que no tenemos», dijo el gordo. Estaba claro, no tenía más que presentarme. «Creo que tengo una cita con ustedes».
Marco era el hombre más cautivador que jamás haya conocido y ello, a pesar de su mal genio. Cuando quería seducir a alguien siempre lograba su objetivo. Era muy inteligente, tenía olfato, una especie de sexto sentido. Muchas veces le vi interesarse por cosas que se ponían de moda seis meses o un año más tarde.
Había que escribir un guión. Le respondí que no tenía ni idea de cómo escribir guiones. Hizo todo lo posible para tranquilizarme. Nada más fácil. Por entonces todavía se presentaban los guiones en dos columnas, la acción de un lado y los diálogos del otro. Lo importante, me dijo, es que no debe comprenderse nada si se lee sólo la columna de los diálogos. No sé si me lo dijo exactamente con esas palabras, pero de todos modos es un consejo estupendo. Nos pusimos a hablar, a trabajar, me reía mucho con él. Es la persona con la que más me he reído en mi vida y eso es algo que me encanta.
Cuando teníamos un poco de dinero, nos íbamos a comer sardinas a la parrilla y chuletas de cordero. Por entonces, Marco comía muchísimo y yo también. Así tratamos por primera vez Los muertos no se tocan. La acción se desarrolla en un apartamento durante un velatorio: toda la familia del muerto está reunida. Esto no gustó a la censura que era muy severa y perversa en aquella época. Cuanto más implacables eran los censores, menos se arriesgaban a perder su empleo. En cambio, si dejaban pasar algo, podían echarles. Por tanto, lo prohibían todo. Los muertos no se tocan era una historia inocente e ingenua, sin ataques contra el régimen ni obscenidades, pero fue prohibida. Marco y yo nos volvimos a poner a trabajar en otros proyectos: ninguno pasaba la censura. Cansado, Marco me dijo un día: «Esta vez vamos a hacer todo lo posible para evitar la censura». Escribimos un guión con final feliz. ¡Fue inútil! No pasó. Acabé por estar harto de escribir para nada. «Vete a la mierda», le dije en italiano (había aprendido unas cuantas palabras). «¡Todo esto no tiene ningún sentido, no acaba en nada, no aporta nada, no lleva a ningún sitio! Es absurdo, no hago más que comer sardinas». Dejamos de vernos pero no por mucho tiempo porque en Madrid uno acaba siempre por volverse a encontrar. Pero la relación se había enfriado.
Por entonces vivía en una habitación realquilada. Una tarde, hacia las siete, Marco me llamó. Hablaba un español formidable, muy expresivo y divertido. «Tú, hombre de poca fe, pobre idiota que escupe al cine, ve mañana por la mañana al aeropuerto de Barajas. Estamos contratados por un importante productor italiano. Nos vamos a las Canarias». Debo decirle que en aquella época, la vida en Madrid era espantosa. En las casas, no había ni calefacción, ni televisión, ni nada. Era siniestro, sobre todo en una habitación alquilada. Sólo iba a mi casa para trabajar; pasaba las noches fuera, en los cafés, y me acostaba muy tarde. Le respondí que no podía levantarme a las siete de la mañana. Me propuso ir a dormir al hotel Castellana Hilton.
Allí me encontré con Marco acompañado de otro italiano, un tal Massimo Albiani. Estaban instalados en una suite compuesta por dos dormitorios y un salón. Allí había una cantidad enorme de gente: una docena de jovencitas, debutantes más o menos virtuosas, pero absolutamente maravillosas; un viejo que había sido cura en Santa Cruz de Tenerife; un enfermero armado con una jeringuilla para poner inyecciones (vacunas o qué se yo). Una o dos parejas estaban haciendo el amor, los hombres comían pollo y el cura bendecía a todo el mundo. Lo encontré maravilloso. Al día siguiente, tomé un avión por primera vez en mi vida. Al llegar a Santa Cruz de Tenerife, nos instalaron en una residencia y nos pusimos a recorrer las islas para buscar localizaciones. Se trataba de hacer un documental de largo metraje sobre las Canarias. En el tiempo que tardamos en dar una vuelta por todas las islas, la fortuna cambió: ya no había dinero para nuestra película.
De regreso a Madrid, escribí una novela corta que fue publicada, El pisito. También Marco volvió de las Canarias. Leyó El pisito y decidió llevarlo al cine. Se movió para montar la producción, pero no salía gran cosa. Un día le dije: «Eres productor y nunca tienes dinero. ¿Por qué no te conviertes en director? De ese modo sólo tendríamos que buscar un productor». Sus ojos azules se clavaron en mí. «¿Tú crees?». «¡Desde luego! ¡Estaría mucho mejor!». Marco se convirtió en director y encontró un productor. Pudimos hacer El pisito, pero con muchas dificultades porque nadie creía en ella.
Después de hacer sus tres películas españolas, El pisito, El cochecito y Los chicos, en la que no colaboré, Marco regresó a Italia y me invitó. Me presentó a Fellini, Antonioni... Conocía a todo el mundo y todo el mundo le conocía.
P. ¿Es El pisito una película autobiográfica?
R. No, nunca he escrito nada autobiográfico. Me inspiré en un suceso: un joven de Barcelona se había casado con una octogenaria con el único objetivo de heredar su casa. En España, por entonces, la gente recurría a esa clase de procedimientos para resolver la crisis de la vivienda. Es lo que me dio el punto de partida. No había dinero para el guión, así que todos los días me iba a los lugares de rodaje, en estudio o en exteriores; trabajaba para el mismo día, me pagaban cada semana. Me familiarizaba con el cine y tenía la impresión de que todo se hacía de manera aproximada.
P. Los personajes de la película no tuvieron la posibilidad de madurar. Son unos niños.
R. Diría que eso es más cierto en los de La gran comilona. Allí sí, hay una especie de vuelta a la infancia, a su lado irresponsable. Los personajes de El pisito son incapaces de manejar ideas, carecen de proyecto, despachan las cosas como vienen, viven al día. Son personas que tienen una vida dura. ¿Fue Ferreri quién lo quiso? ¿O fue la época? Volviendo a La gran comilona, veo en ella una especie de consagración de la lactancia. Esa mujer de grandes pechos... Y creo recordar que los personajes juegan con galletas en forma de pecho. Uno de los hombres ya no controla su esfínter, como un niño. A mi modo de ver, ese lado pueril no aparece en las dos primeras películas «españolas». Ferreri pone en escena hombres atormentados por otras preocupaciones. Hoy quieren reeditar El pisito. Estoy reescribiéndolo y he dado con un pasaje significativo (no recuerdo si está en la película): dos personajes avanzan por un pasillo y uno de ellos come pan. El otro le dice: «Sólo piensas en comer. Hay cosas más importantes que la comida». El otro responde: «No lo creo». En efecto, comer, encontrar un lugar donde vivir, era lo importante en la España de la época.
Esos personajes de El pisito y de El cochecito son característicos de la posguerra. No tuvimos que inventarlos, bastaba con mirar en la calle. Lo único que tuvimos que hacer fue exagerar un poco, acentuar la deformación. Pero no veo ninguna temática de la infancia. En La gran comilona y en No tocar a la mujer blanca, sí. Creo que la mejor película de Ferreri es L'uomo dai cinque palloni. Desgraciadamente, Carlo Ponti la masacró, al negarse a estrenarla bajo pretexto de que podía fastidiar la carrera de Mastroianni. Sigo sin comprenderlo. En definitiva, un día Ferreri me pidió que me reuniese con él en Roma. Ponti quería contratarnos. Le pregunté si tenía alguna idea. «Ninguna, pero vente de todos modos». En Roma, Ferreri vivía cerca de las oficinas de Ponti en un lugar muy bonito. Teníamos cita a las 12 y aún no se me había ocurrido nada. Le dije a Marco: «Cuando trabajaba en La Codorniz, leí una cosilla de un italiano del que he olvidado el nombre: la historia de un tipo que se pregunta qué cantidad de mermelada -sin los botes- puede caber en un coche». «Sí, pero con eso no se hace una película», respondió echándose a reír. Pero le dio una idea. «Imagina que alguien quiere saber qué cantidad de aire hay en un globo. El tipo sopla, sopla y se pregunta si puede seguir. ¿Hasta dónde? En un momento o en otro se arriesga a hacer explotar el globo y es una catástrofe. Si para de soplar demasiado pronto, falla, es una frustración. Para mí, es el destino del hombre. O te pasas, o te quedas corto. De todos modos, siempre es un fracaso».
Carlo Ponti nos recibió. Era un hombre formidable. Sin duda tenía sus defectos, pero guardo un recuerdo maravilloso. Nos preguntó si teníamos alguna idea. Nos pusimos a contarle la historia del globo, improvisando; nuestro personaje era un milanés, confitero, prometido, a punto de casarse... Ponti nos interrumpió. Nos propuso que fuéramos a Milán para ver a Marcello. «Si acepta, rodamos vuestra historia». Dicho y hecho. Marcello trabajaba y no pudimos verle hasta las 11 de la noche, después de la cena. Le contamos nuestra historia mientras bebíamos no sé cuantas botellas de Fernet Branca. En aquella época era su bebida favorita. Marcello estaba de acuerdo y escribimos la historia.
P. España e Italia son dos países católicos. Sin embargo, en las películas de Ferreri no hay ninguna dimensión religiosa. ¿Cómo lo hicieron?
R. Es verdad que en las películas de Ferreri la dimensión religiosa está totalmente ausente. Me parece que Buñuel era profundamente creyente y, por tanto, profundamente blasfemo. En una de sus películas, El fantasma de la libertad, creo, Buñuel aparece vestido de monje en un grupo que va a ser fusilado. Cuando es abatido, cae, con la cara al lado de una cruz. Esta imagen es impensable en Ferreri.
P. Da la sensación de que Ferreri, en sus películas, intentó liberar al hombre de todo lo que pesa sobre él, del peso de la sociedad.
R. Para Marco, lo importante era el individuo. No la sociedad, ni la especie, ni la ideología.
P. Y todo esto, sin buscar la provocación.
R. Nunca, ni siquiera en La gran comilona. Marco nunca tuvo la intención de provocar. La idea de ganarse al público de ese modo ni se le pasó por la cabeza. Si Ingrid Bergman (que era la presidenta del jurado el año en que fue presentada en Cannes) se puso enferma, era problema suyo. Ya sabe que tuvo náuseas y vomitó. ¡Pero al menos podía hablar!
P. ¿Hablaban mucho antes de empezar a escribir una película?
R. Comentábamos un montón de cosas que no estaban directamente relacionadas con la película. Sin tomar notas, porque las cosas que olvidamos, en el fondo, no sirven para nada y más vale librarse de ellas para despejar la mente. Los diálogos reflejaban las conversaciones previas con Marco. Por lo general, no retocábamos realmente en el guión.
P. Su gran tema, con Ferreri, es la libertad. ¿Puede el hombre liberarse de la sociedad?
R. No, es una utopía que produce sueños huecos. No soy un doctrinario. El hombre quiere su libertad, desde luego, pero también asusta mucho, estoy seguro. Hoy, todo el mundo está, por así decirlo, a favor de la liberalización de las costumbres, a favor del amor libre. Es falso. Si las calles estuvieran llenas de gente follando, le aseguro que muchos se encerrarían en el cuarto de baño escandalizados. La libertad es difícil, exigente. Marco no tenía ningún código moral, odiaba todas las obligaciones. Pero era alguien que no se abría a los demás. Nunca me confesó cuestiones íntimas. Pero tampoco con otros. Sobre este tema, guardábamos cierto pudor, por delicadeza.


Kafka en un balneario de Alhama de Aragón
«Tal vez debería hablarle de los proyectos por los que Marco tenía apego, pero que no pudo realizar», comenta Rafael Azcona. «Estaba en Ibiza, donde el correo y el teléfono funcionaban mal, España era pobre. Marco me llamó para que me fuera a Italia, pero no le respondí: debía tener algo mejor que hacer en cuestión de mujeres. Un día, sentado en la terraza de un café, vi llegar a un hombre con un sombrero de paja. Era Marco. Le había hecho saber mi adoración por Kafka y hablamos de hacer El castillo. Venía para anunciarme que esta vez podíamos empezarlo. Cogimos el avión para Barcelona y, a continuación, nos fuimos a visitar un pueblo, Alhama de Aragón, con un balneario. Allí es donde Marco quería rodar su Castillo y, en efecto, era absolutamente kafkiano. Permanecimos allí dos semanas, con los enfermos. Había un hotel de lujo, lleno de alfombras, de lámparas refinadas, de estatuas. Si recorrías un pasillo hasta el final, llegabas a una puerta y, de pronto, te encontrabas en un hotel de segunda categoría, sin tapices, ni estatuas, ni nada. Se acababa el lujo. Y si seguías avanzando, otra puerta te conducía a un lugar espantoso, un antro atestado de pobres, de familias miserables que cocinaban en los pasillos. ¡Menudo espectáculo! En el parque, había un mausoleo que mandó erigir el fundador del balneario y un lago con aguas con barro, muy calientes, llenas de peces enormes que te seguían como perrillos para coger migas de pan. ¡Increíble! Allí inventamos una historia formidable inspirándonos en El castillo. Marco llamó a un dentista de Nueva York que, según creo, era propietario de los derechos, pero pedía demasiado dinero para nosotros. Un millón de dólares, o de pesetas, ya no me acuerdo. Lo abandonamos. Pero L'Audience salió de ahí. El guión es sencillo, sin complicaciones. Cuando Marco hizo la película, Italia vivía un momento difícil, al borde del golpe de Estado, así que introdujo unos elementos de actualidad que no estaban en la historia, lo que nunca hizo en otra película».

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miércoles, 2 de junio de 2010

REVISTA GROENLANDIA Nº8 Y SUPLEMENTO



Señoras y señores:

Groenlandia ocho y el suplemento ya disponibles en el SCRIBD.

http://www.scribd.com/doc/32324315/GROENLANDIA-NUMERO-OCHO-WEB
(Revista)
(Suplemento)


Colaboran en este número ocho: Adolfo Marchena, Luis Amézaga, Esperanza García Guerrero, Enrique Fuentes-Guerra, Ángel Muñoz, Bárbara López, Eva Márquez, Luis Sevilla, Luisa Fernández, Escandar Algeet, Ana Patricia Moya, Patxi Irurzun, Jorge Heras García, Gonzalo P. Vilo, J. Jorge Sánchez, Raúl Ariza, Jorge Manzanilla, Gustavo M. Galliano, Mariela Loza, Isaac Contreras, Daniel García, José Ángel Conde, Pepe Pereza, Elena Ortiz, Velpister, Mario Crespo, Ada Menéndez, Óscar Varona, Ana Laguna Mateo, María José Mures, Fran García Parra, Juan José Romero, Carmen Guillén y Pablo Morales de los Ríos.

También recordamos los links para visualizar los dos nuevos poemarios:

Poemario de Eva Márquez, “Cosas que nunca te diré”:
http://www.scribd.com/doc/28205831/COSAS-QUE-NUNCA-TE-DIRE-por-Eva-Marquez

Poemario de Velpister, “Transeúntes del olvido”:
http://www.scribd.com/doc/32211506/TRANSEUNTES-DEL-OLVIDO-por-Velpister

En breve lo colgamos en nuestra Web.

Besos y saludos, gracias por participar a todos.

La directora de Groenlandia (Ana Patricia)

REVISTA AGITADORAS Nº14

foto de Ibai Acevedo

Agitadoras. Autores de junio: Inés Matute, Gilda Manso, Tito Expósito, Il Gatopando, Lullu, Ángela Mallén, Jesús Zomeño, Peter Cock, Mª Ángeles Cabré, Ricardo Bornez, Juana Cortés, Manuel Maciá, Carmen Camacho, Román Piña, Eva Márquez, Ekaitz Ortega, Daniel Pérez Navarro, María Aixa Sanz, Ana Pérez Cañamares, Marina San Martín, Paco Piquer, Guillermo Busutil, Jesús Aller, Inma Luna, Rafael Reig, Rubén Castillo, Silvia Gelices, Joaquín Lloréns, Luís Arturo Hernández, Diego Prado, Care Santos, Victoria Salvador, Jaume Aparicio, Itziar Mínguez, Patricia Garfias, Lalo Borja, David Torres, Luís Felipe Comendador, Holly y Rafael R. Valcárcel.

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martes, 1 de junio de 2010

ADRIANA BAÑARES EN LA REVISTA NEVANDO EN LA GUINEA

ADRIANA BAÑARES PUBLICADA EN EL Nº 44 DE LA REVISTA NEVANDO EN LA GUINEA
ESCRITOS DE LA NIÑA DE LAS NARANJAS POR ADRIANA BAÑARES

1. Cucarachas
Por amor. Por amor a sí misma y por miedo. Ese miedo típico de las que nacen flower power y se convierten en mujer florero. Ese miedo de la dependiente, ese miedo típico a la soledad que las convierte en patéticas esclavas de la superficie, del mainstream, del bótox, del miedo a reencontrarse consigo mismas en el espejo. A Nilda no le gustan sus ojos sin maquillar. Sus ojos sin maquillaje: los ojos, iguales a los de su padre. Idénticos, los mismos, sin cambiar ni un ápice, los mismos ojos con los que nació. Esa mirada, esa retina, que no ha podido cambiar la cirugía, ni la inflamación de los parpados ni la oquedad bajo sus ojos rematadas con corrector de ojeras cada mañana desde hace veinte años. Nada ha podido extirpar de su rostro los ojos de su padre ni todas las cosas que han pasado ante ellos. Nada ha podido borrar todas sus miserias, todos sus anhelos, la soledad detrás del plástico, las ratas, la cochambre, los insectos, la bajeza de tener que recurrir al reflejo de su juventud perdida para mantenerse a salvo, aunque sea viviendo un falso ideal de compañía.
Una a una se va recolocando las horquillas. Sesenta horquillas como sesenta promesas dichas al aire. Religiosamente las va colocando sobre su cabeza sin dejar de mirarse fijamente a los ojos en el espejo. Diez avemarías. No me dejes sola. Diez avemarías y un viacrucis por su cabellera.
Por debajo de la puerta, por los grifos, por las rejillas, por el inodoro, la bañera, van entrando cucarachas. Nilda mira fijamente su reflejo y espera.
En la otra habitación Alejandro ronca y a Leo se le han dormido las piernas. Tirada en el suelo observa a las cucarachas de cerca. Están al mismo nivel. Las ve venir, y espera.
***
SÓLO COMPRA COMIDA LIGHT
Sólo compra comida light. Su marido está en la cocina preparando una salsa carbonara con extra de nata en la cocina. Regalo de San Valentín. Entre velas y música hortera. Unchained Melody. Sobre la mesa la pasta y en su cabeza retumbando “no me gusta esta situación”. Entre los labios de él una sonrisa de satisfacción. ¿Te gusta cari? Entre los dos, y por toda la habitación, una tensión que supera a toda la instalación eléctrica de los apenas cuarenta y cinco metros que ocupa el apartamento a unos trescientos escalones de altura desde el portal. Subir andando, dicen por ahí, ayuda a reducir-elevar-endurecer los glúteos. Entre sus labios un porro de hachís y en la pantalla del portátil una partida del Solitario sin terminar. Ella hace amago de pasarle el porro pero él niega. Para lo que queda no me des. Si hubieras querido me lo hubieras pasado antes. No me gusta esta situación, responde ella. No me gusta esta situación. No me gusta esta situación, y como la grasa de sus caderas en menos de quince días probando la última revolución en productos adelgazantes del nature house su novio se desvanece. Sobre la silla todos los planes de futuro y las ganas y los te quiero que salían sin querer en aquellas madrugadas del principio, cuando el objetivo a corto plazo más importante para ambos era enamorarse y ante todo, que no les pillaran en plena manifestación de su amor cuando lo hacían en casa de alguno de sus padres.

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También han publicado en este número:
Lucila Soria, Antonio Orihuela, Cecilio Olivero Muñoz y Juan A. Herrero Díez
http://nevandoenlaguinea.wordpress.com/

Cortado y pegado de su blog LA NIÑA DE LAS NARANJAS
http://awixumayita.blogspot.com/

LUIS MIGUEL RABANAL EN EL DIARIO DE LEÓN

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