jueves, 4 de octubre de 2012

HACKER

Estaba harto de que las editoriales me devolvieran mis manuscritos, más que harto. En ese caso en concreto era lo escueto del mensaje lo que me cabreaba. Había recibido muchas otras cartas y en todas ellas los editores, al menos, se habían tomado la molestia de darme una explicación satisfactoria de por qué no iban a publicar mi novela. Volví a releer la misiva:
Estimado Sr. Le agradecemos que se haya dirigido a nosotros con su proyecto, pero no se ajusta a nuestra línea editorial. Saludos cordiales.
Podían haberme dicho, por ejemplo, en qué no se ajustaba mi proyecto a su mierda de línea editorial, pero ni eso. Volví a releerla una vez más:
Estimado Sr. Le agradecemos que se haya dirigido a nosotros con su proyecto, pero no se ajusta a nuestra línea editorial. Saludos cordiales.
Y otra:
Estimado Sr. Le agradecemos que se haya dirigido a nosotros con su proyecto, pero no se ajusta a nuestra línea editorial. Saludos cordiales.
Decidí vengarme. Yo tenía los suficientes conocimientos de informática y programación como para colarme en cualquier ordenador que no estuviese fuertemente protegido. He de reconocer que últimamente estaba muy alterado y cualquier cosa me sacaba de quicio. Hacía tres días que había dejado de fumar y desde entonces era un manojo de nervios. Me sentí tentado de encenderme un cigarro, me llevé la mano al bolsillo de la camisa para coger el paquete, pero al notarlo vacío recordé que lo estaba dejando. Por distraerme leí otra vez la carta:
Estimado Sr. Le agradecemos que se haya dirigido a nosotros con su proyecto, pero no se ajusta a nuestra línea editorial. Saludos cordiales.

- ¡Saludos cordiales! Meteos los saludos por el culo, panda de hijos de puta. Os vais a enterar de quién soy yo.

Después de un cuarto de hora tecleando códigos, conseguí colarme en el ordenador de la editorial. Tenía la intención de borrar todos sus datos, pero antes decidí echar un vistazo al disco duro. Rebuscando encontré los informes de los escritores que tenían en plantilla, en dichos informes estaban todos los datos personales. También localicé manuscritos inéditos que esperaban ser evaluados y galeradas que estaban pendientes de publicación. La editorial era de las más prestigiosas del país con lo cual todos los escritores que gozaban de fama estaban allí. De hecho, algunos de mis escritores favoritos figuraban en la lista. Tenía un tesoro entre manos. Elegí un inédito de uno de mis escritores preferidos y empecé a leerlo. Enseguida me vi atrapado por la trama. Estuve leyendo durante horas hasta que lo terminé. Decidí meter algunas frases de mi cosecha. Lo hice aquí y allí, en todo lo largo de la historia. No eran frases largas, ni siquiera daban relevancia a la trama, pero eran frases que yo había colado dentro del libro de uno de mis autores más admirado y con eso me bastaba.
A la noche siguiente volví al disco duro de la editorial. Quería echar un vistazo al libro con mis añadidos. Me sorprendí al comprobar que las palabras que yo había escrito seguían allí, mezcladas con las del célebre escritor. Eso me dio ánimos para hacer lo mismo con otros manuscritos. Elegí el texto de otro autor que admiraba. En este caso eran relatos de ficción. Los leí atentamente. El primer y el segundo eran perfectos, hubiera sido un crimen añadir algo en ellos, sin embargo en el tercer relato vi huecos donde podía incluir algunas frases de mi cosecha. Me puse a ello. En el cuarto relato el protagonista fumaba sin parar y tuve la urgente necesidad de encenderme un pitillo. Tenía un paquete guardado en el cajón del escritorio, llevaba allí desde que tomé la decisión de dejar de fumar, es decir, desde hacía cuatro días. Lo decidí después de ver un documental en el que mostraban de forma explícita los estragos que producía el tabaco en los órganos vitales. Algo asqueroso, así que intenté dejarlo. Quise leer otra vez el relato. Imposible. Yo estaba acostumbrado a leer fumando, el humo en mis pulmones era el complemento ideal para acompañar cualquier lectura, privado de ese placer era incapaz de leer dos líneas sin pensar en fumar. La batalla contra la nicotina era un trabajo duro y concienzudo que requería de toda mi fortaleza. Maldije mi suerte. Había encontrado un filón literario y por culpa del dichoso tabaco no estaba gozando plenamente de la experiencia. Volví al regateo conmigo mismo. Un hemisferio de mi cerebro me ordenaba encenderme un cigarro, mientras que el otro me obligaba a mantenerme impertérrito ante todos los pretextos. El conflicto no dejaba hueco para la concentración que requería la lectura así que la aplacé para otro momento. Estaba cansado de luchar contra mi adicción. Me habían dicho que a partir del tercer día todo era más fácil, pero ya llevaba cuatro y estaba en mis peores momentos. Me acerqué hasta la cocina para prepararme un café pero recordé que la cafeína acentuaba la necesidad de fumar. Abrí la nevera y opté por un zumo de piña. Con el vaso lleno regresé al salón y me senté frente al ordenador. Vi mi reflejo distorsionado en lo negro de la pantalla, me fijé en los restos de nicotina que estaban adheridos al marco, la de cigarros y porros que había fumado frente a esa pantalla. Abrí el cajón del escritorio donde guardaba el paquete de tabaco y me quedé mirándolo. Escuché las vocecillas de los cigarros rogándome que me los llevara a la boca y les prendiera fuego. Eran voces chillonas y nítidas que entraban por los tímpanos y se clavaban en el cerebro. Cerré con rabia el cajón. Aun así seguí escuchando sus vocecillas.
Durante las siguientes semanas luché con mi adicción y poco a poco lo fui superando. Evidentemente seguí colándome en el disco duro de la editorial para continuar mi labor de polizón de textos.
Con el tiempo se publicó uno de esos libros. Compré un ejemplar en cuanto lo pusieron a la venta. Lo abrí por las páginas donde estaban los fragmentos de mi autoría y los leí orgulloso. Mis interpolaciones se fusionaban con la prosa del autor en una íntima y secreta simbiosis. Pronto publicarían más libros con mi impronta camuflada. Los lectores me leerían sin saber que lo estaban haciendo. Pensé detenidamente en ello y me sentí un poco triste. Me di ánimos y me dije que debía disfrutar del pequeño éxito. Me convenía ser optimista. Ya me llegaría la hora, mientras tanto me conformaría con eso.
Llevaba meses sin fumar, no obstante para celebrar mi éxito entré en un estanco, compré un paquete y seguidamente me encendí un cigarro.

® pepe pereza (Relatos del Humo(y hachís))

APORTACIÓN DE MIGUEL BERGASA (FIFO)
Al cabo de dos semanas ya fumaba como antes. Me consideraba un perdedor incapaz de dejarlo, jamás lo conseguiría, pero no todo iban a ser desgracias y un mes más o menos después, recibí una carta de la editorial agradeciendo que me hubiera dirigido a ellos, y diciéndome que mi proyecto sí se ajustaba a su línea editorial, y que, por tanto iban a publicar mi novela. Me sentí tan feliz que estuve a punto de dejar de fumar para celebrarlo. Me propuse dejarlo el día que mi novela viera la luz, y ésta vez iba a ser de verdad.
Pasaron un par de meses desde que me comunicaron la buena nueva, hasta que programaron una fastuosa presentación en uno de los mejores hoteles de la ciudad.
Me levanté ésa mañana dispuesto a convertirme en un hombre nuevo. La sala estaba abarrotada y mucha y variada concurrencia animaba la velada, al fin vi, una torreta compuesta de muchos ejemplares de mi libro alumbrados con varios focos desde el techo. Cogí un ejemplar con cuidado de no tirar el resto y empecé a ojearlo admirando su formato, su encuadernación, su tipo de letra y la extraordinaria calidad de su papel, y comencé a pasar unas cuantas páginas y mi rostro se iba trasformando de una manera espectacular mientras mis pulmones pedían urgentemente un cigarrillo, volví a pasar unas cuantas páginas más y creí volverme loco.
Alguien había cambiado el final del capítulo tercero.
Me fui al estanco.

® Miguel Bergasa (Fifo)

PRESENTACIÓN DEL ÚLTIMO POEMARIO DE GSÚS BONILLA

37.

–cuando se es joven, hay que andarse con ojo,
porque las zorras merodean.–
lo dice mi padre, temblando;

y me habla, también, de un nido, y del sabor a cobre
que tiene el agua de la lluvia.
y sé
que la agitación en sus pupilas
le llevan hasta allí, donde había que estirar el pescuezo
para llegar al pico
del que colgaba una lombriz.

después de un mes, postrado, en una cama
es la primera vez que escupe, lo hace incorporado;

el color de esta flema………………..no me gusta nada

**
Gsús bonilla

MI VIDA EN LA PENUMBRA – VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ EN EBOOK

PEDRO ESPINOSA & TALLERES DE LA UPL. ARTE Y LITERATURA

Cómic y Narrativa Gráfica: Inicio el martes 16 de Octubre. Horario: de 18 a 20 horas.
Ilustración Creativa: Inicio el jueves 18 de Octubre. Horario: de 18 a 20 horas.

Para apuntarse:
UPL c/ Marqués de San Nicolás, 46 Telf. 941 23 29 94

http://universidadpopular.es  Talleres de la UPL. Arte y Literatura


Gracias por la paciencia:

Pedro Espinosa

RECITAL POÉTICO

miércoles, 3 de octubre de 2012

EL FUNERAL

El autobús llegó al pueblo a primera hora de la mañana. Llovía a cántaros y las calles estaban medio inundadas. Yo estaba tan abatido que apenas tuve fuerzas para arrastrarme hasta la parada de taxis que había junto a la estación.
Indiqué mi destino al taxista y me recosté en el asiento trasero. Al poco llegamos a la funeraria. Allí no conocía a nadie y nadie me conocía a mí. Pregunté por los padres de la fallecida. Me señalaron a una señora regordeta que lloraba al final de la sala. Fui a presentarme. Después de saber quién era yo la señora me estrechó fuertemente entre sus brazos. Tuve la sensación de hundirme en las fláccidas carnes de aquella extraña que me estrujaba con un ímpetu exagerado. Por fin, me soltó y pude respirar.

- Ven que te presente a mi marido.

La seguí hasta un rincón donde estaba un hombre que fumaba ausente.

- Mira a quién traigo. Es novio de nuestra pequeña…

Sus ojos se llenaron de lágrimas y no pudo continuar con la frase. Su llanto nos contagió y los tres estuvimos llorando durante unos momentos sin decirnos nada. Por otro lado no había nada que decir, el dolor estaba presente en nuestras caras y se manifestaba sin necesidad de palabras. Algunos asistentes pasaron a nuestro lado y nos dieron el pésame. Yo no terminaba de asumir que el amor de mi vida se hubiese matado en un estúpido accidente de tráfico. Fui a sentarme a un rincón. Necesitaba aislarme. Todo era tan raro, tan irreal, rodeado de todos aquellos desconocidos. De vez en cuando, alguien que se había informado sobre mi identidad se me arrimaba y con voz compungida me decía: "Mi más sentido pésame", a lo cual yo no sabía qué responder.
A media mañana se me acercó un joven de mi misma edad.

- ¿Fumas porros?
- ¿Qué?
- ¿Te apetece uno?

Antes de nada quise saber quién era.

- ¿Tú quién eres?
- Tranquilo soy de la familia.

Una vez más no supe qué decir.

- ¿Te apetece o no?
- Sí. Me apetece.
- Pues sígueme.

El familiar se llamaba Mariano. Montamos en su coche y salimos del pueblo. Mariano condujo por una carretera secundaria. Seguía lloviendo a mares. Las cunetas de ambos lados de la calzada estaban anegadas y los limpia-parabrisas no daban abasto con el aguacero. Al cabo de unos pocos kilómetros encontramos un pequeño promontorio y aparcamos. Desde allí se podía ver toda la dehesa con los prados verdes y las encinas rodeadas de grandes charcas y regatos. Nos fumamos el porro casi sin hablar, eludiendo todo lo que habíamos dejado en la funeraria, de lo poco que hablamos fue del tiempo. El porro me permitió calmarme, dándome el respiro que necesitaba. Me notaba tan vacío que el humo en mis pulmones me aportó cierta consistencia.

Regresamos. Cuando llegamos a la funeraria el padre de la fallecida salió a recibirnos.

- ¿Dónde os habéis metido?
- Me lo he llevado a tomar un café – se apresuró a decir Mariano.
- Daos prisa, que hay que meter el ataúd en el coche.

Cargamos el féretro en el coche fúnebre y seguidos de la comitiva partimos hacia la iglesia. A las puertas del templo me informaron que yo sería unos de los cuatro que iban a cargar con el ataúd, y así lo hice. Me tocó la cabecera. A mi izquierda iba Mariano, detrás de nosotros iba el padre de la fallecida y un tipo que no me habían presentado. La gente se apelotonaba delante de la iglesia dejando una estrecha travesía para cedernos paso. Dentro de la iglesia tomamos el pasillo central hasta llegar a los pies del púlpito, dejamos el féretro sobre un catafalco y nos colocamos en los primeros bancos para recibir otra vez el pésame de los asistentes. Después empezó la ceremonia. Cuando el sacerdote dijo el nombre de la fallecida me quedé pálido. Mi novia no se llamaba así. Confundido pregunté a los presentes. Sus respuestas no me tranquilizaron, todo lo contrario. Me había confundido de funeral. No me paré a dar explicaciones. Me apresuré a salir de la iglesia dejando a todos con la boca abierta.
Corrí hacia la funeraria. El velatorio que yo buscaba se estaría celebrando en la sala contigua a la que en un principio me había presentado. Me sentí estúpido y torpe.
Al cabo de unos minutos de corretear por calles me di cuenta de que me había perdido. Gracias al chaparrón no había nadie para preguntar. Aquello fue la gota que colmó el vaso. Me senté en un banco y allí me quedé, derrotado bajo la lluvia.

® pepe pereza (Relatos del humo (y hachís))


APORTACIÓN DE MIGUEL BERGASA (FIFO)
En la sala contigua de “ADIOS AMIGOS” que así se llamaba la funeraria, la situación no era mucho mejor. Una mujer de avanzada edad dormía en una butaca al fondo de la salita, y asomados a la ventana que daba al río, dos hombres fumaban las últimas caladas de un cigarro, mientras veían llover.

- Como me encuentre a ese hijodeputa lo mato - dijo el mayor, tirando la colilla por la ventana.
- Tranquilo papá, Quizás él no tuvo la culpa.
- Pero como no la va a tener si iban a mas de ciento cuarenta…
- Había mucha niebla… era de noche…, no sé…
- Si al menos se le hubiera ocurrido aparecer por aquí…
- Estará hecho polvo…
- No ha tenido cojones de venir. Eso es lo que pasa.

La señora de la butaca, se despertó y se acercó a la ventana.
Ellos le dejaron asomada a la ventana y bajaron a la cafetería. La mujer observó que en un banco enfrente un muchacho se dejaba mojar sin moverse. Parecía derrotado.

® Miguel Bergasa (Fifo)

REVISTA AGITADORAS Nº 36

Foto de Pierre et Gilles


CONTENIDOS

Hemeroteca

EDITORIAL
Excusatio non petita...

MISCELÁNEA
I.N.V.U. - Jan Hamminga
La Vulgaridad - Holly
Pulsiones Contemplativas - Ellas se Encuentran - Ricardo López
Fuck You - Los Fashiónpedists

OPINIÓN
El Peso de la Paja- Inés Matute
Pienso, Luego Resisto (XXII) - Cataluña, Eppur si Muove - Mª Ángeles Cabré
Soraya de Calcuta - David Torres
Talent-Show - Itziar Mínguez
Hopper y el Hombre del Puesto de Sandías - Inma Luna
Cambio Necesario - Cristina Casaoliva
Maneras de Ser - Ángela Mallén

DUELOS Y QUEBRANTOS
Desacato a la Lógica - Rosa Mª Ortega
Cómo Funciona (mi Amor por) la Música - Macky Chuca

LITERATURA
Es mi Fiesta y Lloraré si Quiero - Rubén Castillo
El Tiempo de los Asesinos (X) - Louis Ferdinand Céline - El Rancio Aroma de la Burguesía- Vicente Múñoz
Placeres del Lenguaje - Juan Luis Calbarro
El Poeta no es un Loro - Javier Cánaves
Ocho Escenas de Tokio - Rubén Castillo
Tríptico Literario Infantil y Juvenil del Siglo Pasado (I) - Luis Arturo Hernández
Los Peces no Cierran los Ojos - Il Gatopando

EL CUARTO OSCURO
Liberty Ross

CREACIÓN
Almo - Ramón Asquerino
Dices - Francisco Gómez
Ene Punto A Punto - Marina San Martín
Dèjá Vu (y II) - Joaquín Lloréns
El Biombo - Jesús Zomeño
El Coleccionista de Islas Inventadas - Paco Piquer
Estoy Sentado Frente a la Lavadora - Pepe Pereza
Dame Algo - Begoña Leonardo
Cuadros Fugaces - Ileana Garma
Yo Soy el Poeta - Victimarse - Adán Echeverría
Quien me Gusta -Omisión - Rolando Revagliatti
Sin Paradojas - Héctor Ranea
Pesadillas Sincronizadas - Edgard Cardoza
Proyecto - Carmen Andreu

http://www.agitadoras.com/

REVISTA NARRATIVA Nº 27

Ya está disponible para su descarga el número 27 de NARRATIVAS. Revista de Narrativa contemporánea en castellano, en dos formatos distintos: PDF, para posibilitar su impresión en papel, y EPUB, para facilitar su lectura en la mayor parte de los dispositivos digitales. La revista puede descargarse en la siguiente dirección: http://www.revistanarrativas.com
Este número consta de los siguientes contenidos:

Ensayo
¿Cómo aprenden los escoleros? En el cuento “Los escoleros” de José María Arguedas, por Beatriz Adriana González Durán
Galicia en los cuentos de Emilia Pardo Bazán, por Cristóbal Navarro

Relatos
Configuraciones, por Nadia Contreras
Chui, por Leonardo Guercio
Depredador, por Dapena Cores
Trilogía, por Cristina Davó Rubí
Restos arquelógicos, por Elena Casero
Entre maitines y laudes, por Paloma Hidalgo Díez
La importancia del índice, por Luis Miguel Rubio Domingo
Quiero una pluma, por Jimena Tierra
Vencido por el amor, por Enrique García Díaz
Una pena de muerte, por Pablo Llanos
Microcuentos, por Rubén Rojas Yedra
Relatos, por Paloma Zubieta
De paraguas y pañuelos, por René Rodríguez Ramírez
Empresa, por Luis Topogenario
La quinta, por Marina Burana
Manos a la obra, por Patricia Nasello
La moneda de Dios, por Carlos Aymí
El difunto, por David Bombai
Ella, por Silvia Bedini
Crónica de cómo pasa las noches de verano un comemierda con depresión post vacacional, por Cristian
Bertolo
Aquel día en la vida de Antoñito Melero Infante, por Salvador Alario Bataller
Lince en Albera (El códice robado), por Manuel del Pino
El peligro de los cacahuetes tostados, por Marina Montero
La casa embrujada, por Alberto Sánchez Arguello
Ritual, por María Morgade

Novela
No se conformaría con nada (fragmento), por Víctor Juan

 Aniversarios
“La ciudad y los perros”, cincuenta años, por Pedro M. Domene

Miradas
Pedro Páramo, por Chus Sanesteban

Reseñas
“Aldea, 1936” de José López Rueda, por Pedro M. Domene
“El club de los filósofos asesinos” de Julio Murillo, por José Luis Muñoz
“Levantones, narcofosas y falsos positivos” de José Reveles, por José Luis Muñoz
“Madrid, otoño, sábado” de Josefina Aldecoa, por Cristina Davó Rubí
“Ronda de Madrid” de José Manuel Benítez Ariza, por José Luis Muñoz
“No habrá más enemigo” de Sergio del Molino, por José Luis Muñoz

Novedades editoriales

PRESENTACIÓN DEL ÚLTIMO LIBRO DE GSÚS BONILLA

lunes, 1 de octubre de 2012

Mi amigo Fifo durante este último año ha ido aportando una serie de “continuaciones” a unos cuantos relatos que he ido publicando en este blog. Desde que lo conozco (casi treinta años) siempre he disfrutado de su buen y afilado humor, es uno de sus rasgos más característicos: su uso del humor para afrontar la vida. Sin duda, ese humor queda reflejado en estas aportaciones suyas a mis relatos. He decidido publicarlas aquí para el disfrute de todos vosotros. A lo largo de estas semanas iré colgando un relato por día con su debía “continuación”. Espero que os gusten tanto como a mí.

Ahí va el primero.

EL ACOSADOR
Has salido con tus amigas. Cuando llegas a casa estás pálida y tiemblas como un flan.

- ¿Qué te pasa?
- Me han seguido.
- ¿Quién?
- Un hombre. Me ha estado siguiendo durante todo el trayecto a casa. Ven...

Cogido del brazo me llevas hasta la ventana.

- …Es ese de allí.

Veo a un tipo corriente que caminaba tranquilamente por la acera. Son más de las doce de la noche y no hay nadie más en la calle.

- ¿Te ha hecho o dicho algo?
- Me ha estado siguiendo ¿te parece poco?
- Puede que vuestros destinos coincidiesen.
- Te digo que el muy guarro me ha seguido.
- No dudo de tu palabra, solo digo que si no ha hecho ni dicho nada que te incomodase, no sé por qué crees que te ha seguido.
- Las mujeres sabemos esas cosas.
- Bueno, lo importante es que ya estás en casa y todo está bien.
- ¿Cómo que está bien? ¿Acaso piensas dejar que ese cabrón se vaya de rositas?
- ¿Qué quieres decir?
- ¿No vas a bajar a decirle algo?
- ¿Qué quieres que le diga?
- No sé, eso es cosa tuya,
- ¿En serio quieres que baje?
- Si no fueras un calzonazos ya estarías abajo cantándole las cuarenta a ese desgraciado.
- Pero yo…
- Mira, ese tipo conoce donde vivo, no quiero encontrármelo otra vez, así que baja y dile que no vuelva seguirme. Y déjale claro que hablas en serio.

¿Calzonazos yo? Siento que me pones a prueba, quieres saber si estoy dispuesto a defenderte. Mi virilidad está en entredicho. Bajo a la calle. Tú esperas asomada a la ventana, no quieres perderte ningún detalle. Viendo que no estoy muy convencido me presionas para que le dé caza.

- Corre o no le vas a pillar.

Veo al tipo al fondo de la calle.

- Corre.

Corro hacía él. Según me acerco pienso en qué le voy a decir. No es cuestión de acusarle de acosador de buenas a primeras. Conviene ser diplomático e intentar solucionarlo todo de las mejores maneras. Por otro lado, se supone que yo estoy ahí para salvaguardar tu honor, o lo que sea que vaya a defender. Tengo que mostrarme como un auténtico macho ibérico, seguro y agresivo. Claro que yo no me siento seguro y mucho menos agresivo. A mí, la situación me parece ridícula, y si estoy aquí es porque tú me obligabas a ello. Cuando faltan pocos metros para alcanzarlo puedo apreciar que el tipo es más alto y corpulento que yo. No, si al final me van a partir la cara, pienso. Deseo dar la vuelta y regresar a casa, pero sé que si me ves retroceder me tomarás por un cobarde. No me queda más remedio que abordar el tema con valentía y arrojo. No me lo pienso más.

- Eh, tú.

El tipo se vuelve para responder a mi llamada. Ya no hay marcha atrás. Cojo aire y me armo de valor.

- Oye ¿tú has estado siguiendo a…
- Hey, yo te conozco.
- …
- Tú eres Pepe Pereza.
- Sí.
- A qué estudiaste en el colegio Batalla de Clavijo.
- Sí.
- ¿Y no te acuerdas de mí?
- La verdad… tu cara me suena.
- Soy Cleto.
- Hostia Cleto, claro que me acuerdo… ¿Qué es viento? Las orejas de Cleto en movimiento.

Por aquel entonces, Cleto tenía unas orejas impresionantemente grandes y todos los chavales le tomábamos el pelo a cuenta de ello.

- Como puedes ver ya no tengo orejas de soplillo.
- Por eso me ha costado reconocerte.
- Joder, Pepe, cuánto tiempo. Dame un abrazo.

De pronto me acuerdo de que sigues en la ventana. Sé que por la distancia no puedes escucharnos, pero sí leer nuestras posturas corporales.

- Lo siento Cleto, no puedo, de hecho debo mostrarme agresivo contigo.
- ¿Por qué?
- Verás, mi novia piensa que la has estado siguiendo…
- ¿Qué?
- Es aquella que está asomada a la ventana.
- Yo no he seguido a nadie.
- Te creo. Lo malo es que ella está convencida de que sí, y te aseguro que no hay quien la haga cambiar de idea. Tiene la cabeza más dura que una piedra.
- Te juro que no la he seguido, voy camino de mi casa.
- Es lo que le he dicho, pero no ha querido escucharme. Me ha obligado a bajar a la calle para ajustarte las cuentas.
- Esto es ridículo.
- Lo mismo pienso yo. Verás, se me ocurre que podíamos fingir una pelea.
- ¿Estás de coña?
- Solo fingirlo, para hacerme quedar bien.
- ¿Me tomas el pelo?
- Venga Cleto, no te cuesta nada. Una pequeña pelea como en las películas. Encajas un par de golpes de mentira y sales corriendo. Hazme este favor.
- Que no, tío.
- Evítame un marrón con mi chica.
- Joder Pepe, ya somos mayorcitos para estas bobadas.
- Tío, hazme este favor.
- Eres la hostia.
- Por favor.
- Joder.
- Venga tío.
- Está bien, lo haré por los viejos tiempos.
- Gracias Cleto. Me libras de una buena.
- ¿Cómo lo hacemos?
- Qué tal un puñetazo en el estómago, otro en el mentón, te caes al suelo, y cuando avance hacia ti para seguir zurrándote, te levantas y huyes.
- Lo de tirarme al suelo no me convence.
- Vale, bastará con los puñetazos.
- Por mí bien, siempre y cuando tengas cuidado de no darme.
- Descuida, lo tendré.
- Eso espero.
- Bien, vamos a ello. ¿Estás preparado?
- Creo que sí.
- A la de tres ¿Vale?
- Vale.
- Una, dos y tres…

Después de eso me recibes como a un vencedor, con besos y abrazos. Es el premio por ser el macho más fuerte, el que, aparentemente, ha meado más alto. Todo es un fraude, no obstante, la falsa demostración de testosterona te pone a cien y me follas como al mismo James Bond después de haber salvado al mundo de la hecatombe.

© pepe pereza (Amor canalla)


APORTACIÓN DE FIFO
El pobre Cleto se fue hacia su casa acordándose de toda la familia de Pepe Pereza, mientras se arrastraba por la calle con un punzante dolor que le atravesaba el estómago.

- Hay que ver, se decía, el puñetazo que ma dao el hijoputa… todo para que no se entere su novia de que es un gallina, pero si en el colegio le llamábamos caponata, siempre ha sido un cagao.

En estas estaba cuando notó que alguien le seguía y sin mirar hacia atrás aligeró el paso notando aun más el dolor en su vientre.
Notó que se estaba poniendo nervioso al oír el fuerte ruido de unos tacones que se iban acercando y fue entonces cuando se dio cuenta de que pertenecían a una mujer.
Intentó ir más deprisa pero ella se acercaba más y más, hasta que la tuvo justo a su espalda.

- Eh, tú.

Cuando se dio la vuelta se quedó estupefacto, no lo podía entender, no tenía explicación alguna, pero allí estaba, era la chica de la ventana.

© Miguel Bergasa (Fifo)

domingo, 30 de septiembre de 2012

ANA PATRICIA MOYA - INÉDITO

NI CALABAZAS, NI DRAGONES, NI APUESTOS PRÍNCIPES
Las hadas madrinas abandonaron la vieja profesión: se despojaron de sus alas, de sus varitas, ocultaron sus dones fantásticos en un armario - todo protegido bajo siete llaves - y escogieron una existencia rutinaria y anodina: contrajeron matrimonio con el prototipo normalizado de marido y parieron hijos sanos; van a la peluquería una vez a la semana, a comprar pescado fresco en el mercado; se convierten en seguidoras acérrimas de los programas del corazón y se cachondean de las previsibles exclusivas de famosillos; bajan la basura con la cabeza llena de rulos, la bata rosa chillón - regalo del despistado cónyuge por el aniversario - y las pantuflas deshilachadas - gracias al perrito juguetón de los críos -. Muchos domingos soleados, estas antiguas amigas de los cuentos y sus respectivas familias se reúnen para un buen perol; ellas preparan el sofrito, controlan hábilmente las chiquilladas con sonoros coscorrones y cuchichean de asuntos exclusivamente femeninos - la artritis, la menopausia, la diabetes, el reuma, el orgasmo que nunca llega, lo macizo que está el vecino del quinto, la sospecha de una infidelidad por parte de Fulanito o Menganito, lo guarra y puta que es Periquita o Zutanita, el coñazo de cita con el ginecólogo de la seguridad social, las preocupantes charlas por bajo rendimiento escolar con los profesores de sus vástagos - mientras sus esposos, uniformados con chándal y la camiseta - por norma, una talla menor - del equipo de fútbol favorita, corretean por el campo, sudorosos y eufóricos, detrás de un roñoso balón. Al término del gran banquete de arroz, los críos se pierden, entre chillidos, por los arbustos o, rendidos, se tiran en las grandes mantas que invitan a siesta; los hombres se apartan para continuar con sus fascinantes y profundas conversaciones etílicas y ellas, aliviadas, preparan su café, sus pasteles, sus pastas e, inevitablemente, rememoran, nostálgicas, su época dorada. Eran seres superiores que complacían deseos; su especialidad eran las princesitas en apuros, jóvenes doncellas casaderas aspirantes a comer perdices con un caballero de sangre azul, un machote ideal que portando la espada en una mano derrotaba a dragones guardianes de infranqueables castillos y con la otra asesinaba a la madrastra perversa. Por desgracia, con el transcurrir de los siglos, la demanda de solicitudes de ayuda por parte de estas señoritas iba menguando a niveles alarmantes. La crisis comenzó, precisamente, en las actitudes rebeldes e inconformistas de las descendientes de Cenicienta y la Bella Durmiente. Las primeras empezaron a utilizar las calabazas sólo para hacer pasteles; cuando concluían el estudio de asignaturas de derecho o la jornada laboral, se iban en sus propios automóviles de fiesta hasta las tantas de la noche, siempre desconfiando de tíos fetichistas con predilección por los zapatos de tacón. Por su parte, las hijas de la princesa Aurora se aburrieron de convivir con abuelas impertinentes y se independizaron; más prácticas que curiosas, rechazaron el aprender a coser con hilo y se centraron en su intensa labor profesional, manteniéndose despiertas con sobredosis de cafeína para rendir al máximo. De nada sirvieron las ofertas dos por uno en deseos, ni la amenaza de huelga indefinida de las hadas madrinas expertas en auxiliar féminas ni tampoco pasarse al bando contrario (la pionera fue el hada mala de Shrek, pero le salió el tiro por la culata): las princesas descubrieron que no hacían falta poderes mágicos para invocar hechizos, aprendieron a depender de sí mismas y sus manos, las únicas capaces de obrar milagros. El negocio de las hadas madrinas se jodió: las mujeres protagonistas de los cuentos ya no necesitaban sus servicios ni tampoco el apoyo de los príncipes, ahora transformados en simples hombres con títulos nobiliarios falsificados para impresionar, que manifiestan valentía para conseguir un buen polvo o una esclava consagrada a limpiar su palacete y que sólo están comprometidos con una única mujer: su madre. Las hadas madrinas se cagan en Disney, resignadas: se vieron obligadas a trasladarse al mundo real, al mismo mundo al que fueron arrojadas las princesas supervivientes, sin hilos en sus espaldas u hombros, ese mismo mundo que siempre despreciaron por temor a convertirse en simplonas y débiles princesitas con traumas por su sexo menospreciado. Y ahora, hadas madrinas y princesas, todas mujeres normales y corrientes, conviven en este agridulce cuento que llamamos vida.

GROENLANDIA Nº 15 (SUPLEMENTO)

sábado, 29 de septiembre de 2012

POÉTICA – VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

asómate
a mi mundo

entra
en mi celda

en ella
habito

ahora está
encendida la luz

pasa
no tengas miedo

obsérvame
mientras escribo

verás reflejado
tu caos interior

toma nota de
lo que te identifique

y no cometas
los mismo errores

cierra
la puerta al salir

la luz
la (a)pago yo

no tengas
miedo

v

MI PADRE, EL REY – GSÚS BONILLA

55
el calor de papá quema,
las caricias de mamá abrasan.

arder a contra luz.

yo quisiera saber si te excitaba ese vaivén de segundos
cuando mi paciencia se desnudaba
ante aquel olor a cera y fósforo
cuando su cuerpo presente ya
era historia mía

un poco antes de ser cenizas

"mi Padre, el rey " de Gsús Bonilla
Ediciones La Baragaña, 2012

EL PESO DEL SILENCIO – PABLO CEREZAL

Inesperadamente, me asesinan la memoria ciertos mediodías del estío, a la sombra mermada del bochorno levantino, cuando aún húmedos de inmersión playera y ducha fría regresábamos al pequeño apartamento alquilado en que mi abuela se afanaba a los fogones, con un collar de sonrisas decorándole el delantal. Anticipaba, con su inequívoco entusiasmo, el festín de besos y carantoñas con que agradeceríamos, los nietos, las delicias que aún andaba cocinando.

Mi abuelo, por el contrario, derrochaba maña y prisa en disponer los cubiertos, platos y bandejas sobre el desvaído hule con que pretendíamos adecentar la desnudez amoratada de una mesa camilla maltratada por el transcurrir macho de años y uso excesivo. Quería terminar pronto con su labor, a tiempo para amordazar su osamenta sexagenaria a los musicales muelles del sofá del salón. Desde que sobre la mesa quedaban dispuestos los elementos no orgánicos que ayudarían a más fácil devorar el festín, hasta que las viandas humeaban entre sus fronteras de aluminio inoxidable, remoloneaba un peluche de minutos muy querido por mi abuelo: la hora de "el parte".

Así llamaba él al noticiero o telediario: "el parte". Y nosotros respetábamos su avaricia de información ocupándonos, silenciosos, en diminutos quehaceres como sacudirnos el salitre en la bañera, o mudarnos la camiseta húmeda para evitar cortes de digestión. En silencio, ya digo, "el parte" era sagrado.

En estos días se ha organizado cierta algarada informativa, o más bien desinformativa, respecto al poco ético comportamiento de la televisión pública española, al relegar a la última fila del noticiero, como si de un alumno díscolo y bromista se tratase, una información que al menos deberíamos considerar de "cierto calado", por tratarse de la pública manifestación de una importante parte de la ciudadanía de su deseo de independencia del Estado Español (y disculpen si equivoco los términos...estado nación país territorio y ese largo listado de términos más propios de un listín telefónico, en ocasiones, me nublan el entendimiento). La importancia del hecho en sí ha quedado casi oculta tras el chaparrón de opiniones encontradas al respecto de la manipulación televisiva. Pero no quiero detenerme en este breve tropiezo que sufre nuestra Historia.

Y no me detengo porque caigo en la cuenta, al intentar desentrañar la realidad, exponer a la luz la hipócrita y premeditada falsedad de unos y otros, de que sea cual sea la noticia, en realidad nadie presta atención a "el parte", y mientras las vísceras de la Historia son expuestas con mayor o menor rigor por los voceros de los mass media, todos hablan, nadie escucha.

No me vanagloriaré públicamente de la sabiduría de mi abuelo, pero sí quiero recordar aquellos momentos de silencio impuesto. Al más mínimo comentario o risotada que nuestras infantiles gargantas osasen proferir, restallaba el verbo grueso y grave de mi abuelo para espetarnos "silencio, dejadme oír el parte". Y es así que callábamos, obedientes y sumisos, y reptaba en nuestro sistema auditivo una serpiente de datos que, sin llegar a comprender, inoculaba tersamente en nuestro entendimiento su reflexivo veneno. Un veneno pesado y macilento que, intuyo, nos imposibilitaba para el comentario irreflexivo.

Es así, guardando silencio y escuchando "el parte", que podemos llegar a comprender los mecanismos con que se fabrica la mentira, la falacia, la partidista opinión que malbarata la Historia. Asimilamos así la gravedad del asunto. Caso de parlotear opiniones recién fecundadas al más mínimo comentario informativo nos convertimos en torpe remedo de torpe contertulio de los muchos que habitan las ondas hoy día. Opinar sin reflexionar, sin escuchar "el parte".

Añoro, ya digo, aquellos minutos que precedían a la comida familiar. Minutos de sosiego recogido en que sólo se escuchaba la voz de corresponsales y presentadores, incluso la de "el hombre del tiempo". Después, ya en la mesa, los adultos conversaban y opinaban sobre lo escuchado en "el parte", intentando desenmarañar el ovillo de medias verdades oculto en las noticias del día.

Descubrí así el valor del silencio. Ése que hace que las farsas y las manipulaciones caigan por su propio peso. O, como la manzana de Newton, quizás, por la gravedad que encierran.

MJ ROMERO

11
Ejecutar el veredicto de los dioses no era cosa de las mujeres.

Armonizar la mente con el cuerpo. Los pies. El pie derecho que se duele. Las mañanas aluvión. Si evitas los verbos no será más descansado el fluir de las palabras. Así desde la infancia donde dicen que nacen los ríos.

Las mujeres lavaban en ellos, en los ríos. Y vivían en los otros, en los de la infancia.

A VER, POETA - VELPISTER

Si tu poema

es muy largo
y no dice nada
porque al escribirlo
no tenías nada qué decir,
qué contar
o compartir,
o nada interesante
o no haya sido
otra cosa que
el deseo
de agradar
y de ser aplaudido
lo único que movió
tu mano,
y llenes cada página
de palabras
sumisas,
biensonantes,
y políticamente correctas;
si atiborras tus contenidos
de contemplaciones
y de concesiones
a las buenas maneras
y demás centros comerciales,
y vas,
poeta,
y lo lees
en público
mal,
demasiado rápido,
atropellando las palabras,
o demasiado lento,
muermamente,
si dura más de dos minutos,
buf,
dos minutos
escuchando
al poeta
pesado
de turno,
entonces
tienes que saber,
poeta,
que a los 30 segundos
nadie,
absolutamente nadie,
ni tu puta madre
seguirá el hilo
y
los aplausos
del final
del recital
interminable
serán tan falsos
como tus
versos.

Velpister

LAGRIMA ROJA – AMALIA MOSCA (LA ABUELA FRECOTONA)

LAGRIMA ROJA

La lágrima roja tiñó la tarde
ensombrecido el cielo asustó los pájaros
quien se atreve a ocultar el sol
quien busca el ocaso para esconder su pena
el silencio ocupa los sonidos
ya no hay ecos ni fulgores
se fue el amor se fue la vida
cargando su cosmos dejando el vacío...

Publicado por La abuela frescotona
http://abuelafrescotona.blogspot.com.es/

LERAÚL

NOVEDADES SAJALÍN EDITORES

viernes, 28 de septiembre de 2012

CURSOS DE CÓMIC Y NARRATIVA GRÁFICA + ILUSTRACIÓN CREATIVA - PEDRO ESPINOSA

Esta es la última semana para poder apuntarse a los cursos UP.

Aquí el link para inscribirse:

Y el teléfono de la UP, donde Ana Belén o Teresa os atenderán: 941 23 29 94

Pedro Espinosa

jueves, 27 de septiembre de 2012

OLOR A CARNE QUEMADA

El paisaje era dantesco. Hierros retorcidos y carbonizados, fuego aquí y allá, equipajes desperdigados y abiertos, dejando un rastro de ropa tirada, zapatos y neceseres. Y sangre y miembros amputados de cuajo y cadáveres por donde quiera que mirases. Había gente que gritaba de dolor, otros agonizaban en medio del caos. Y prevaleciendo por encima de todo el olor a carne quemada de los cuerpos carbonizados. Mariano caminaba sin rumbo entre los restos del accidente. Llevaba el brazo izquierdo casi desmembrado, solamente se sujetaba al cuerpo por una fina hebra de carne ensangrentada. Se podían ver los huesos astillados que atravesaban la piel, los tendones y músculos arrancados, y la sangre fluyendo sin parar. De pronto se sintió mareado y tuvo que vomitar junto al cuerpo de un bebé aplastado. La radio del siniestrado autobús seguía funcionando y por los altavoces sonaban los acordes distorsionados de “Paquito el chocolatero”. El contraste de la música con lo que allí estaba sucediendo era como una broma pesada y de mal gusto. Mariano siguió andando de un lado a otro. Cambiando de dirección sin un motivo aparente, confundido. Un cerdo pasó corriendo a su lado cojeando de una de las patas traseras. Unos metros por delante había varios gorrinos muertos en medio de la carretera, mezclados con los cadáveres del autobús. Varios de los cerdos que quedaban con vida chillaban prisioneros dentro de las celdas del camión volcado mientras se achicharraban en medio de las llamas. El resto habían escapado campo a través. El cerebro de Mariano no podía asimilar tanta desgracia. Deambulaba atontado, sin ser consciente del infierno que le rodeaba. Lo que iban a ser unas placidas vacaciones se habían convertido en la peor de las pesadillas. En la distancia llegaron los sonidos desbocados de las sirenas de las ambulancias, añadiendo a la bestial banda sonora un acorde de esperanza.

® pepe pereza (Momentos extraños)

miércoles, 19 de septiembre de 2012

LA MARRANA

Los escuché hablando al otro lado del corral. Eran voces desconocidas y llamaron mi atención. Me asomé por encima del muro. Ahí estaban ellos, sentados sobre la tapia de enfrente. Eran dos chavales más o menos de mi edad. Al verme asomar la cabeza dejaron de hablar y me miraron con curiosidad.

- Hola.
- Hola – respondieron al unísono.
- ¿Cómo os llamáis?
- Yo me llamo Juan.
- Yo Pedro.

Salté el muro y me acerqué a ellos.

- Me llamo Pepe ¿Qué hacéis?
- Estábamos hablando – respondió Juan.
- Ya… Vosotros no sois de por aquí ¿verdad?
- No, hemos venido a visitar a unos parientes – volvió a contestar Juan, que sin duda era el menos tímido de los dos.

En ese momento escuchamos los gruñidos de una cerda que estaba en una cuadra a pocos metros. Yo ya estaba acostumbrado a la presencia de la marrana y a sus gruñidos, pero a ellos aquello les pareció de lo más interesante. Estaba claro que eran chicos de ciudad. Dado su entusiasmo, nos pusimos en pie sobre la tapia y caminamos guardando el equilibrio hasta llegar donde estaba encerrada la cerda. El animal alzó la cabeza y se nos quedo mirando mientras movía el hocico.

- ¡Qué grande es! – dijo Pedro, amedrentado por su tamaño.
- Está preñada y pronto parirá.

La cuadra a penas medía metro y medio de ancha por dos de larga, con lo que la marrana parecía más grande. El animal siguió mirándonos con el morro levantado. La tapia sobre la que estábamos era una construcción hecha con piedras planas, apiladas la una encima de la otra. Elegí una pequeña y la arrojé contra el gorrino. Le di en los cuartos traseros. Soltó un bufido que hizo mucha gracia a mis nuevos amigos. Cogí otra piedra y la lancé con fuerza. Hice blanco en su cabeza y le abrí un pequeño corte. El pobre animal trató de huir corriendo en círculos. Los chicos de ciudad al ver la sangre se entusiasmaron. Noté su respeto y admiración. Eso me gustó. Me sentí importante y poderoso. Esta vez me aseguré de coger una piedra más grande. Juan y Pedro me miraron expectantes. No podía defraudarles. Lancé y acerté en el cuello del animal. La cerda chilló y chilló. Trató de escapar, pero no había sitio donde hacerlo. Juan se unió a la fiesta y lanzó otra piedra. Después de eso, cogimos piedras a discreción y lapidamos a la cochina con saña. Vimos en pánico en su mirada y eso nos excitó. Nuestros instintos más primitivos empezaban a fluir. Seguimos apedreándola. Las piedras eran cada vez más grandes. Algunas le causaron heridas sangrantes lo cual nos llenó de júbilo. La marrana chillaba tan alto que por un momento creí que todo el pueblo la estaba escuchando y que alguien acudiría en su ayuda. No llegó nadie. Nosotros, sedientos de sangre, seguimos torturando al animal. Después de un tiempo, la marrana se rindió y se desplomó en el suelo resoplando sangre por la boca. Nos quedamos observándola en silencio. Comprendimos que estaba agonizando. En un arrebato de compasión quise acabar con su sufrimiento. Agarré una losa grande. Casi no pude levantarla de tanto como pesaba. Quería dejarla caer sobre su cabeza y terminar de una vez. Justo en ese momento, la puerta de la cuadra se abrió y apareció Genaro, el dueño de la marrana. Corrimos a escondernos. Salté la tapia de nuestro corral y fui a esconderme entre los sacos de pienso. No sé a dónde fueron los otros, no me importaba. Yo sabía que Genaro me había reconocido. Al poco tiempo escuché a mi madre llamándome a gritos. Por el tono de su voz supe que ya se había enterado de todo.
Aquella noche la marrana abortó. Mis padres tuvieron que hacerse cargo de todos los gastos e indemnizar a Genaro por la pérdida de los garrapos. Esa misma noche vi algo en sus miradas. Entonces no supe lo que era. Más adelante sufrí esa misma mirada en infinidad de ocasiones, sabiendo que lo que veía en los ojos de mis padres no era otra cosa que decepción.

® pepe pereza

domingo, 16 de septiembre de 2012

BAJARSE AL MORO – PABLO CEREZAL

Bajarse al moro

Por: EL PAÍS
14 de septiembre de 2012

Autor invitado: Pablo Cerezal (*)

Malika afirma haber cumplido los 56 recientemente. Pocos de entre nosotros, por muy viajados y enterados que nos consideremos, podríamos adivinarlo. Más probablemente situaríamos a esta mujer en la decadencia de los 70 años, o incluso en la adolescencia de los 80, balanceándose en una discreta frontera temporal que amenaza desaparecer de inmediato.
Conocí a Malika en casa de la abuela Fátima. A pesar de haber frecuentado su hogar durante años, en ninguna ocasión, durante ese tiempo, había tenido la fortuna de que Malika estuviera presente. Resulta que la mujer sólo se acerca de tanto en tanto a la vieja vivienda del barrio de Sbata, en Meknés, donde Fátima cohabita con dos de sus hijos, sus respectivas mujeres, y los correspondientes racimos de alborotados retoños, para ofrecer su ayuda en las distintas labores domésticas, yendo éstas de la esmerada preparación de la comida al concienzudo fregado de suelos y cacharros.
Malika no puede ofertar su colaboración a diario porque se lo imposibilita una grave afección. “Algo de la vesícula” dice ella, sin saber confirmar el diagnóstico proporcionado por un médico al que sólo acude cuando los beneficios económicos de sus trabajos domésticos se lo permiten. El sistema sanitario marroquí está más cerca del que puede llegar a ser el español (de seguir los derroteros impuestos por la “crisis económica”) que del que fue hace apenas un año, y la esperanza de vida de los ciudadanos del país vecino se sustenta más en su capacidad económica que en la del reinado alauí para evitar que la enfermedad continúe mordisqueando la salud de sus nacionales. En caso de disponer del suficiente número de dirhams podrán acudir a un médico privado. Éste, quizás, tras imponer la obligatoriedad de numerosas, onerosas pruebas diagnósticas al paciente, podrá ofrecerle definitiva solución a sus males.
Los ingresos de Malika se limitan a las escuetas propinas que obtiene, de diferentes vecinos, a cambio de sus esporádicas labores hogareñas. También, muy de tanto en tanto, recibe algo de dinero que su hijo, militar de profesión, ha conseguido ahorrar durante meses de vida monacal. Ella siempre quiso que su hijo estudiase, que fuese hombre de provecho, pero su difunto marido le empujó, siendo aún adolescente, a las filas del ejército marroquí, como solución urgente a su costosa estancia en el hogar paterno. Cuando antes marchase de casa antes debería dejar de alimentarlo. Eso ocurrió hace ya más de 15 años.
Fue autorizar la Marina Real Marroquí la incorporación a filas del joven y, acto seguido, fallecer el marido de Malika sin posibilidad de pensión compensatoria alguna para la viuda, por no haber ejercido aquél trabajo asalariado suscrito a las normas de ningún contrato legal.
En la actualidad, pues, Malika depende de sus esporádicos trabajos y de la beneficencia de vecinos y amigos. Afortunadamente, asegura ella, apenas puede comer, se lo impide “el problema” de su vesícula, y puede invertir por tanto sus escasos ingresos en necesidades menos perentorias para el común de los marroquíes. El poco dinero que la mujer gana o recibe acaba, normalmente, en manos de comerciantes, más o menos fiables, de alcohol, tabaco y hachís.
Asegura ella que son tales adicciones las únicas que calman sus persistentes dolores, especialmente el hachís.
El vino apenas puede ya disfrutarlo. Demasiado caro. Además asegura que nunca le gustó en demasía. Sólo comenzó a consumirlo para retener a su marido en casa. “Antes de que fuese por ahí, a beber vino con cualquier mujerzuela, se emborrachase y acabase siéndome infiel, compraba yo el vino y abría la botella antes de que él pusiese los pies en la calle. Nos bebíamos la botella entera y luego no le quedaban ganas de salir a buscarse a otra”.
La cerveza le gusta porque asegura estar cansada de beber siempre refrescos dulces de los que consumen a espuertas sus compatriotas. Con algo más de sarcasmo, afirma que la vida no es dulce sino amarga, como la cerveza, y que es de bien nacidos ser agradecidos. Así que da gracias a la vida embriagándose de su amargor, y del de la cerveza Flag Spècial, quizás la más barata de entre todas las que se producen en Marruecos.
Respecto al hachís, el tema se complica. Malika no acierta a dar con la razón exacta de lo que considera adicción a mucha honra. “A algo hay que engancharse. Antes me enganché a mi marido, después a mi hijo, ahora que no tengo a ninguno...a algo tenía que engancharme”.
Podríamos pensar en la importancia que, en tal adicción, tiene el hecho de ser Malika natural de Ketama, esa lóbrega ciudad oculta en lo más abrupto de la cordillera del Rif y famosa por que el empleo más habitual de sus ciudadanos pasa por ser la siembra y recolección de cannabis, hecho que no pocos gobiernos encuentran susceptible de peligropara aquellos de sus nacionales que decidan emprender ruta por sus alrededores. Por supuesto, la labor de los oriundos de Ketama a la que, de reojo y con cautela, miran los estados occidentales, es la conversión del cannabis en hachís que pasará a ser vendido en voluminosas cantidades y proporcionar no exiguos ingresos a los esforzados agricultores.
Pero, asegura Malika, su familia era de las pocas de Ketama que no se dedicaban al negocio del hachís. Su padre regentaba una tintorería, y ése no es buen negocio, dice, en un pueblo donde la ropa casi forma parte externa de la piel de sus habitantes. Eso sí, independientemente del trabajo de su progenitor, Malika comenzó a fumar desde muy joven...como todos allí.
El hachís es lo que le mantiene con vida. Así lo asegura ella, mientras propicia una calada al irregular porro que, momentos antes, con seductora parsimonia, ha manufacturado con sus esqueléticos dedos. Es lo que la mantiene con la mente despierta, nadie va a cambiar su opinión. De no ser por los porros habría olvidado incluso el perfecto francés que habla desde la más tierna infancia. “También me habría olvidado de vivir, seguramente”. Y es en esta frase donde quieren hallar todos los miembros adultos de la familia de Fátima la razón de su desmedido consumo de hachís, por más que ella insista en que sólo es por seguir siendo adicta a algo, porque todos tenemos nuestras adicciones y cuando dejamos de tenerlas, sencillamente, morimos. La familia clama al unísono que es el hachís lo que acabara matando a la buena mujer.
Malika es de hablar pausado y escaso. Sus ojos destellan un azul hiperreal desde la oscura gruta de sendas ojerosas cuencas oculares. Su dentadura, bombardeada de caries y piorreas, parece ir a desprenderse de una mandíbula a la que se adhiere una fina capa de cuero que parecería el expuesto en las curtidurías de Fez, cuando el sol se encarga de rebañar sus últimos residuos. Viste siempre una camiseta prestada por alguno de los nietos pequeños de Fátima cuya suciedad impide que prestemos atención a lo holgado de su hechura, a lo estrecho de la osamenta que apenas alcanza a esconder. Camina como aquel personaje bíblico que decidió mirar atrás, en el justo momento en que fue convertido en estatua de sal. Tiene una voz grave y cavernosa que se agrieta no pocas veces en una seca tos o una muda carcajada que sólo adivinamos por el concéntrico solapamiento de las arrugas que esculpen las comisuras de sus finos labios.
La familia parlotea mientras ella fuma y me taladra con su mirada de siglos, sin pestañear, como queriendo inundar mi presencia de azul cobalto o, quizás, fulminarme junto al porro, cuando le propicia la postrera calada.
Llegada la hora del té, ella continúa consumiendo, con lentitud de reloj estropeado, su yogur líquido, el único alimento de que puede aún disfrutar sin despertar al malévolo djin que habita su vesícula.
El tema de conversación gira alrededor del coche nuevo de Abdesamad, el hijo menor de Fátima. Unos despotrican contra la obscena ostentación que hace de sus riquezas, otros alaban la contribución económica que está haciendo para la construcción de una nueva mezquita en el barrio de Al Mansour.
Todos parlotean, y Malika no deja de observarme. Enciende un nuevo porro, le da una calada y me susurra: “hablar, hablar, pero no decir nada”. Me explica en bajo tono que Abdesamad ha acumulado su fortuna a base de enviar nutridos cargamentos de hachís a Europa, y que los pingues beneficios de tan lucrativo negocio son los que le permiten comprar un coche nuevo o construir una nueva mezquita.
“Antes eran los europeos quienes bajaban a Marruecos para fumar, incluso comprar hachís y llevarlo escondido para venderlo allí. Bajarse al moro, lo llamabais los españoles. Ahora son los moros los que se suben a Europa. ¿Has pensado que ocurriría si algún día se acaba el negocio? Al menos mientras Malika siga fumando, Abdesamad podrá seguir vendiendo hachís, y tendrá dinero para comprarse un burro nuevo, si ya no un coche, y todos estos podrán seguir cotilleando y pasando el rato. ¿De qué hablarían si no? Malika es adicta al hachís para que ellos no descubran su adicción al cotilleo y puedan seguir consumiendo.¿Quieres un porro?”


(*) Pablo Cerezal, escritor, viajero, colaborador en distintas ONG y profundo conocedor de Marruecos. Ha publicado su primera novela, Los Cuadernos del Hafa, cuya fascinante historia transcurre en el país vecino, y desarrolla los blogs Postales desde el Hafa y Vislumbres de El Dorado, además de realizar colaboraciones literarias y de crítica cinematográfica en diversos medios online.