martes, 12 de febrero de 2013

DE MADRUGADA

Me despierto al notar tu ausencia. Te veo recortada a contraluz junto a la ventana. Miro la hora: las tres y catorce de la madrugada.
 
-        ¿Qué haces?
-        Nada.
-        ¿Te pasa algo?
-        No… no lo sé.
-        Cómo qué no lo sabes.
-        Me he despertado con una sensación de… no sé cómo explicarlo.
-        ¿Te duele algo?
-        No, no es eso.
-        Entonces ¿Qué es?
-        No lo sé, joder. Cómo tengo qué decírtelo.
-        Está bien, no te enfades, solo me preocupo por ti.
-        Duérmete, quiero estar a mi rollo.

Me doy la vuelta y trato de dormir. Faltan pocas horas para que suene el despertador. El saberte ahí plantada, frente de la ventana, hace que me preocupe y no consigo conciliar el sueño. Me giro y me quedo observándote. Pareces una estatua de tan quieta como estás. Por un momento temo que te hayas convertido en mármol. Justo en ese instante mueves el brazo para apartarte el pelo de la cara.
 
-        ¿Es por mí?
-        ¿A qué te refieres?
-        Digo que si estás así por mí, por algo que haya dicho o hecho.
-        No, es solo que… no lo sé. De verdad, cariño, no lo sé. Estoy deprimida sin saber por qué.
-        Vuelve a la cama.
-        Ya iré más tarde. Tú duérmete.
-        Estando tú ahí, no sé si voy a poder.
-        Duerme.

Sigo contemplándote, preocupado. Lo que sea que te pasa me afecta a mí también. Tus males son los míos. No lo puedo evitar. Me incorporo y me enciendo un cigarro.
 
-        ¿Por qué no duermes?
-         Es difícil sabiendo que te pasa algo.
-        En realidad no me ocurre nada.
-        Entonces ¿por qué no te metes en la cama?
-        Antes quiero… no sé ni lo que quiero.
-        Ven, antes de que cojas frío.
 
Como no vienes, me levanto y me acerco a tu lado.
 
-        Estás helada.
-        Abrázame fuerte.
 
Te abrazo. Tiemblas. Te froto la espalda con la palma de la mano y te beso en el cuello.
 
-        Vamos a la cama.
-        Quiero estar aquí un rato más.
-        Si no vienes conmigo no voy a poder pegar ojo.
-        Por favor, déjame.
 
Apago el cigarro que se consume en el cenicero y me meto en la cama con el firme propósito de aprovechar las pocas horas que me quedan de sueño. Por mucho que me esfuerzo me es imposible dormir. Mantengo los ojos cerrados con la esperanza de conseguirlo. A la media hora noto que ocupas tu lado de la cama y me quedo dormido.
Cuando suena el despertador me levanto sin energías en el cuerpo. No se me va de la cabeza la imagen de ti junto a la ventana.
Horas después, cuando regreso del trabajo, me recibes alegre y despreocupada. Te pregunto por el asunto de la noche anterior. Le quitas importancia y cambias de tema. Sin embargo, noto que en tu mirada hay una sombra que antes no estaba.

viernes, 8 de febrero de 2013

SE RUEGA SILENCIO (fragmento)

Me jode que me hagan esperar. Llevo más de una hora aquí y empiezo a estar hasta los cojones. En la sala aguardan otras cuatro personas. Una obesa que no para de sudar, un calvo cincuentón al que le asoma un moco de la nariz, un tipo con gafas que lee un ensayo sobre nanotecnología y una rubia tetona con demasiadas ojeras. No hay aire acondicionado y el bochorno es insoportable. Esperaré cinco minutos más y si no me llaman lo mando todo a tomar por culo. No puedo evitar mirar el moco seco del calvo. Es asqueroso, pero no seré yo quien le avise de que lo lleva colgando. Miro la hora de mi reloj. Me imagino el segundero del despertador que está en mi cuarto. Sé que ambos van sincronizados y eso me hace sentir bien. En cierto modo es como estar allí, mirando cómo pasa el tiempo desde la cama. Me gusta esa sensación. Alguien grita mi nombre por el altavoz y me anuncia que se requiere mi presencia en el despacho número cinco. Dicho lugar está al fondo del pasillo. Llamo a la puerta y entro. Detrás de la mesa está sentado un fulano que tiene cara de saberle todo amargo. Me recibe con un “Buenos días” que suena falso. Me invita a sentarme. Confirma mi identidad, hace un repaso de mis datos en el ordenador y añade que tiene un trabajo para mí.
- Es en la fábrica de embotellado de refrescos que está en el polígono de Agoncillo. El turno es de seis de la mañana a dos de la tarde. ¿Te interesa?
Claro que me interesa, capullo. Llevo días alimentándome de lo que siso en los supermercados. Cogería cualquier trabajo por cutre que sea.
- El lunes a las cinco y media de la mañana tienes que presentarte en la calle Vara del Rey, junto al pasaje del estanco. ¿Sabes dónde te digo?
Pues claro que lo sé, tontoelculo.
- Allí te recogerá un autobús que te llevará a las instalaciones.
Hecho el papeleo, salgo de la agencia. El cuerpo me pide a gritos un poco de nicotina. Se la doy. Debería acercarme a ver a mi madre. Seguro que se alegrará de la noticia. A mí no me ilusiona tener que trabajar ocho horas al día durante cinco días a la semana. Como tampoco me hace gracia que esos cabrones de la agencia de colocación se queden con parte de mi salario. Puto país de intermediarios. Por lo menos este curro parece mejor que el anterior que tuve. Aquello sí que fue un infierno. La tarea consistía en construir inmensas vigas de hormigón reforzadas con estructuras metálicas. Era una tarea dura y muy peligrosa. Todo lo que manejabas pesaba varias toneladas y para hacerlo tenías que servirte de grúas elevadoras que se deslizaban por una serie de raíles que estaban suspendidos del techo. Éstas se manejaban con una botonera que disponía siete interruptores: arriba, abajo, adelante, atrás, izquierda, derecha y stop. Un fallo podía ocasionar una catástrofe. Cuando una viga estaba colgada de la grúa había que poner mucho cuidado a la hora de transportarla de un lado al otro. Sobre todo se requería máxima atención al detener el desplazamiento ya que la propia inercia de la viga hacía de ésta un gigantesco ariete. Si la grúa se detenía cerca de una pared se corría el riesgo de que la viga al balancearse la golpease. Lo pudimos comprobar un día que uno de los operarios no calculó bien y una traviesa de quince metros golpeó uno de los tabiques del almacén. Se produjo un gran estruendo. La mayoría de los cristales saltaron por los aires. El polvo acumulado durante décadas en la uralita del techo cayó sobre nuestras cabezas y se extendió por todo el recinto llenándolo de una neblina en la que apenas podíamos respirar. Por un momento todos temimos que el edificio se viniera abajo. Recuerdo que a la entrada del viejo almacén había una nevera. No para guardar cervezas o refrescos. Ni mucho menos. Esa nevera estaba allí por si sufrías la amputación de un miembro. Al lado había un cartel explicando los pasos a seguir en caso de accidente: El primero te recomendaba guardar la calma. No te jode. Estás con un brazo cortado, desangrándote, con dolores terribles y esos hijos de puta te pedían que guardases la calma. Gilipollas. El segundo paso era llamar a una ambulancia. El tercero lavar el miembro amputado e introducirlo en una bolsa con hielo. Cuarto, meter la bolsa en la nevera y rezar para que la ayuda médica llegase a tiempo. Supongo que un sitio donde embotellan refrescos no será tan peligroso como aquel lugar. Pasaré quince días a prueba y si les gusta cómo lo hago me harán un contrato de tres meses. Lo suficiente para pagar deudas y ahorrar algo. Tendré que sacrificar la escritura durante ese tiempo. Claro que con el ruido de las obras tampoco estaba escribiendo mucho. Aún no he comido nada desde que me he levantado. Me dirijo a mi súper favorito. Al entrar hago lo que todos los días, es decir, cojo una cesta y recorro los pasillos. Hoy el encargado de la tienda me sigue allá donde voy. El tipo trata de disimular haciendo ver que está repasando la mercancía de los estantes. No obstante, por mucho que lo intento no consigo quitármelo de encima. Vaya donde vaya ahí está él. Al final me rindo. Dejo la cesta y salgo del local con un lamento en las tripas. Tendré que buscarme un sitio donde no me conozcan. Joder, me muero de hambre. Quizás sea buena idea visitar a mi madre. Con la excusa de mi nuevo trabajo podría hacer las paces con ella y comer algo caliente. Incluso puede que me haga un préstamo, quién sabe. Llamo al portero automático. Tarda en contestar pero al final lo hace. Le digo quién soy. Se produce un incomodo silencio. Se nota que sigue enfadada. Finalmente abre. Al entrar la veo sentada en su mecedora. Está viendo la televisión. Ni me mira. Me siento en el sofá.
- ¿Qué haces?
- Escuchando las noticias.
- ¿Dicen algo interesante?
- Las mismas bobadas de siempre.
Durante un par de minutos guardamos silencio y fingimos atender a las palabras de la presentadora. Así hasta que decido relajar el ambiente.
- Perdona por lo del otro día.
Sigue mirando la tele sin prestarme atención.
- En serio. Tenía un mal día y no estaba de humor. Por favor, perdóname… Además, el lunes empiezo a trabajar.
Me mira por primera vez.
- ¿Dónde?
- En una fábrica de embotellado.
- Me alegra saberlo.
- Entonces ¿me perdonas?
Qué remedio le queda. Una madre siempre perdona a su hijo por muy cretino que sea éste. Después de una pequeña reprimenda cambia el tono y me felicita por mi nuevo trabajo. De seguido me reprocha que haya adelgazado tanto y que luzca tan pronunciadas ojeras. Lo achaca a mi mala vida.
- ¿Tienes hambre?
Me comería una ballena entera.
- No.
- ¿Has comido?
- No, pero ya lo haré cuando llegue a casa.
- ¿Estás seguro?
Tengo el frigorífico más vacío que mi estómago.
- Claro, no te preocupes por mí.
- Mira que no me cuesta nada prepararte unos huevos fritos con beicon y jamón.
Joder, mataría por un plato así.
- Ahora no me apetece.
- Como quieras.
Por favor, sigue insistiendo. Me muero de hambre. Insiste una vez más para que pueda aceptar. Insiste para que pueda devorar esos huevos con beicon y jamón. Pero no. Se olvida del ofrecimiento y se centra en las noticias. Casi me dan ganas de llorar. Me pongo en pie.
- Tengo que irme.
- Quédate un rato más.
- No. Quiero aprovechar y escribir todo lo que pueda antes de que llegue el lunes, ya sabes.
- Déjate de esas bobadas y céntrate en el trabajo.
Me acompaña a la puerta y nos despedimos. Salgo del portal. Me recibe un sol despiadado. Estoy frustrado por haber desperdiciado la ocasión de comer. Otra oportunidad perdida. Soy un imbécil y me lo tengo merecido. Me siento débil. Necesito recuperar fuerzas. Tengo tanta hambre que siento mareos. El sol cae a plomo y me debilita más. Me viene a la cabeza el protagonista de la novela “Hambre” de Knut Hamsun. Él también las pasó putas por querer ser escritor, y al igual que yo vivía en una casa de mierda. Por un momento me siento afortunado, sé que en un futuro próximo podré escribir sobre todo esto. Creo recordar que hay un Erosky dos calles más arriba. Me voy para allá. Efectivamente el supermercado está donde yo pensaba. Cojo una cesta y me mezclo con el resto de la clientela. Antes de nada hago un recorrido para ver dónde están situadas las cámaras de vigilancia y si hay ángulos muertos. No los hay. Cada pasillo está custodiado por cuatro cámaras: una en la entrada, otra salida y las otras en medio, mirando cada una a un lado. Así es imposible. No quiero arriesgarme. Salgo de la tienda con más hambre de la que entrado. ¿Qué hago ahora? A casa no quiero ir. No soportaría el ruido de las obras. Me dejo llevar y ando por andar, buscando la sombra en un transitar a ninguna parte. Termino en el Parque del Ebro. Últimamente paso más tiempo en este parque que en casa. Me aparto de la zona de paseantes y me tumbo en el césped, a la sombra de un chopo. Saco la pipa y relleno el hornillo con un cogollo de maría. A falta de comida me atiborro de humo. Un burro aparece en lo alto de la pequeña colina. Me extraña verle pastando en mitad del parque. No es habitual. Poco a poco se va acercando al árbol donde estoy recostado. Parece que no se hubiera percatado de mi presencia. Avanza hacia mí con el morro pegado al suelo, rumiando su alimento. Ojalá yo pudiera disponer de tanta comida. Cuando está a dos metros el asno levanta la cabeza y se queda mirándome. Es un hermoso animal. Arranco un matojo de hierba y se lo ofrezco con el brazo extendido. Duda. Me incorporo y avanzo hacia él tratando de no espantarle. Le acaricio la cabeza y el cuello mientras se come el puñado de pasto. Al burro parece gustarle. Entonces va y se tumba en el suelo, se gira y me muestra la tripa. Igual que si fuera un gato cuando quiere que le rasquen la panza. Se la rasco.
- ¿Te gusta?
Le gusta. En esas llega un tipo alto y rubio cargado con unas alforjas. Me dice algo pero no le entiendo. Parece que habla en alemán. Por señas me hace saber que el burro es suyo. Para demostrarlo le da unas palmadas en el lomo. El pollino se levanta y arrima la cabeza al pecho de su dueño. Al alemán le llama la atención la maría que estoy fumando. Le paso la pipa. La acepta de buen grado y fuma con entusiasmo. Es un peregrino que está haciendo El Camino de Santiago. Lo deduzco por la concha que cuelga de su cuello. Mientras fumamos mis tripas empiezan a emitir un gorgoteo bastante bochornoso. El tipo abre un compartimento de las alforjas y saca un queso entero, una barra de pan y una botella de vino. Me invita a comer. Por fin voy a poder llevarme algo a la boca. El teutón corta unas porciones de queso y las reparte conmigo. Trato de no parecer hambriento y mastico los bocados sosegadamente. Joder, está riquísimo. No he probado cosa más rica en mi vida. Cuando las lonchas se terminan, corta más y me anima a seguir comiendo. Lo hago hasta hartarme. En agradecimiento por la copiosa merienda relleno la pipa. Mientras fumamos  intentamos comunicarnos con gestos y palabras sueltas. Me dice que se llama Erik, que nació en Berlín y que es dueño de un restaurante. Poco más consigo entenderle. Al concluir la tarde, Erik carga las alforjas encima del burro y se despide de mí con un abrazo. Los veo alejarse mientras sus figuras se difuminan con el horizonte. Yo me quedo un poco más. Esperaré a que en casa los albañiles terminen la jornada. Aquí los grillos han empezado la suya.

jueves, 7 de febrero de 2013

HENRY MILLER – GENIAL MONÓLOGO SOBRE LOS AFICHES DE SU CUARTO DE BAÑO

TRÓPICO DE CÁNCER ( fragmento) - HENRY MILLER


Henry Miller - Trópico de Cáncer (fragmento)
La subo sobre mí y, mientras las cuerdas me resuenan en los oídos; la habitación está obscura y la alfombra pegajosa con el kümmel derramado por todas partes. De pronto, parece como si se acercara la autora: es como agua arremolinándose sobre el hielo y el hielo está azul con la bruma que se alza, glaciares hundidos en verde esmeralda, gamuza y antílope, meros dorados, morsas retozando y el ambarino lucio saltando sobre el círculo ártico… Elsa está sentada en mis rodillas. Sus ojos son como ombligos diminutos. Miro su enorme boca, tan húmeda y brillante, y la cubro con la mía.
(...)
No tengo dinero, ni recursos, ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, pensaba que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios. Entonces, ¿qué es esto? Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia. El mundo es un cáncer que se devora a sí mismo.
(...)
Boris me acaba de hacer un resumen de sus ideas. Es un profeta del tiempo y dice que éste seguirá empeorando. Habrá más calamidades, más muerte, más desesperación. No se observa la más ligera indicación de un cambio... Debemos llevar el paso, cerrados en fila hacia la prisión de la muerte. Imposible escapar. El tiempo no cambiará.
(...)
Hacía sólo unos días que se había agarrado a mí desesperadamente, y después algo ocurrió, algo que ni siquiera está claro para mí ahora, y por su propia voluntad subió al tren y me volvió a mirar con esa sonrisa triste y enigmática que me desconcierta, que es injusta, forzada, de la que desconfío con toda mi alma. Y ahora soy yo, parado a la sombra del viaducto, quien tiendo los brazos hacia ella desesperadamente y en mis labios aparece esa misma sonrisa inexplicable, esa máscara que he colocado sobre mi pena. Puedo quedarme aquí parado y sonreír inexpresivamente, y por fervorosas que sean mis plegarias, por desesperado que sea mi anhelo, hay un océano entre nosotros; ella seguirá allí en la miseria, y yo caminaré aquí de una calle a otra, con lágrimas ardientes quemándome el rostro.

martes, 5 de febrero de 2013

CHARCOS - JUANJO GIMENEZ PEÑA

RELATOS DEL HUMO (y hachís) - LOS PATOS


LOS PATOS
El coche de policía avanzaba a toda velocidad por las calles de la ciudad. Los otros vehículos alertados por las sirenas se apartaban cediéndole el paso. Yo iba prisionero en los asientos traseros separado de la pareja de policías, que iban en la parte delantera, por una resistente mampara de metacrilato reforzado. Sentía las manos pegajosas por la sangre que empezaba a secarse. Las tenía esposadas a la espalda, noté las muñecas doloridas por la presión del metal y deseé que llegásemos cuanto antes a la comisaría para que me quitasen las esposas. Nada más llegar, me llevaron a la sala de interrogatorios y me dejaron allí. Eché un rápido vistazo. El sitio era mucho más siniestro de lo que me había imaginado. Al rato entró un hombre de mediana edad vestido de paisano. Tenía un rostro que me recordó a un profesor de matemáticas que tuve en octavo de EGB, un tipo entrañable del que guardaba un buen recuerdo. El policía se sentó frente a mí y dejó sobre la mesa un paquete de tabaco rubio y un mechero.
- ¿Quieres un cigarro?
- Sí, por favor.
- Sírvete tú mismo.
- Es que tengo las manos manchadas.
El policía cogió un pitillo y me lo alargó. Luego me dio fuego con el mechero.
- Te has metido en un buen lío, ¿lo sabes, no?
- Sí señor.
- Has herido gravemente a un adolescente…
- Ha sido un accidente.
El policía se encendió un cigarrillo.
- ¿Un accidente? Explícate.
Guardé silencio, no me atreví a confesarle que todo lo sucedido había sido por culpa de una pareja de patos…
Todo empezó el verano pasado. Dos meses antes mi compañera había fallecido en un accidente de tráfico y las vacaciones estivales me estaban resultando una tortura. No tenía el cuerpo para viajes así que me quedé en casa. Sentía tanto dolor por la pérdida de mi amante que era incapaz de ver una salida. Incluso llegué a sopesar muy seriamente la idea del suicidio. Lo que fuera con tal de acabar con el dolor. Al fresco de la noche todo era más llevadero, por eso adquirí la costumbre de esperar la llegada del nuevo día asomado al balcón. Dicho balcón daba a un parque y las vistas eran buenas. Ya que me era imposible dormir prefería quedarme allí observando cómo las luces de mis vecinos se iban apagando según pasaban las horas. Una de esas noches, a mediados de julio, llegó la pareja de patos. Uno era negro con manchas blancas, el otro gris. Aparecieron en el parque rebuscando con sus picos entre el césped. De inmediato decidí que el gris era la hembra y el de manchas el macho. No tenía ninguna base para tal afirmación, sin embargo esa fue mi conclusión. Entré en la cocina, cogí un cuscurro de pan, lo humedecí poniéndolo debajo del grifo y se lo eché a los patos. Al verlo se lanzaron a por él y lo estuvieron picoteando hasta que no quedo ni una miga. De pronto los aspersores del parque se pusieron en funcionamiento y espantaron a las aves. Levantaron el vuelo y se alejaron en dirección al río. Al quedarme solo noté de nuevo el dolor, el mismo que me venía corroyendo desde el día que ella murió. Me di cuenta de que durante los breves minutos que había compartido con los patos me había sentido libre de todo sufrimiento. Por primera vez el dolor me había concedido una tregua. Al igual que la noche anterior los patos llegaron a eso de la una de la madrugada. Me alegré de verlos. Esta vez, además de pan húmedo, les agasajé con unas cuantas hojas de lechuga y una manzana cortada en pequeños pedazos. Los patos se dieron un festín y para cuando los aspersores se pusieron en funcionamiento ya habían acabado con todo. La noche siguiente los patos acudieron directamente debajo de mi balcón. Les serví un surtido de frutas. Ellos me lo agradecieron dando buena cuenta del banquete. Me fijé en que el pato con manchas, es decir, el que yo había tomado por macho, le cedía los mejores bocados al pato gris. Pensé que era una galantería por su parte. Eso me hizo profundizar en la relación que mantenían las aves. Me los imaginé al acabar el verano volando hacia el sur, salvando juntos todas las dificultades y peligros del viaje, los vi en la sabana africana protegiéndose el uno al otro de los depredadores y me pareció admirable. El dolor siempre desaparecía cuando acudían los patos. Durante esos quince o veinte minutos me veía libre de toda pesadumbre. Era un pacto entre mi corazón y yo, una pequeña pausa para recobrar fuerzas y poder sobrellevar el sufrimiento que me aguardaba en cuando las aves se iban. Así fueron pasando los días hasta que las vacaciones terminaron y pude volver al trabajo. Para mí fue un alivio. Por lo menos estaba ocupado y el dolor era más llevadero. Por las noches esperaba a los patos para compartir con ellos unos momentos de paz. Acabado el verano empecé a sentirme mejor. Seguía echando de menos a mi compañera, pero estaba aprendiendo a vivir sin ella, eso hacía que todo fuera más fácil y menos doloroso. Cuando el buen tiempo dio paso al descenso de las temperaturas, los patos dejaron de acudir. Supuse que habían emigrado al sur huyendo del frío. Pasó un año. De vez en cuando me acordaba de ellos, me preguntaba si seguirían vivos y si volvería a verlos. Una noche, a principios de junio, volvieron a aparecer. Yo estaba viendo la televisión con las ventanas abiertas y de pronto los escuché en el parque. Cuando me asomé al balcón y los vi no pude dar crédito a mis ojos. Sin embargo, allí estaban. Me alegré muchísimo de verlos, fue como reencontrarme con unos viejos amigos. Entré en la cocina y busqué algo bueno para darles de comer. Viéndolos pensé en lo maravilloso de permanecer juntos y, casi sin querer, el recuerdo de mi amante llegó de forma involuntaria. Por supuesto que lo tenía superado y pensé en ella sólo con nostalgia. El pato con manchas seguía cediéndole los mejores bocados al pato gris. La de cosas que habrían compartido esos patos. Había oído decir que se emparejaban de por vida. Me pareció maravilloso que fuera así. Y llegó el fatídico día. Había salido bastante tarde del trabajo. Mientras me hacía la cena escuché en el parque las voces de un grupo de chavales que trataban de impresionar a unas chicas, pero no le di importancia. En vez de eso me concentré en darle la vuelta a la tortilla de patatas que estaba cocinando. Cené viendo la tele. En el canal Odisea emitían un documental sobre ataques de tiburones a bañistas. Un surfero narraba su encuentro con un tiburón toro y mostraba a la cámara las cicatrices que le habían quedado de la experiencia. De pronto escuché la voz de uno de los chavales que estaban en el parque:
- Mirad, unos patos.
Inmediatamente me levanté del sofá y me asomé a la ventana. Efectivamente, los patos habían llegado. Uno de los chavales señalaba su posición con el brazo estirado. Otros dos se pusieron de acuerdo para rodearlos avanzando cada uno por un lado. Desde la ventana vi claramente la estrategia de los jóvenes.
- No se os ocurra hacerle nada a los patos – les grité.
En un primer momento los adolescentes se quedaron quietos mirando hacia el edificio, tratando de ubicar de dónde venía la voz que les prohibía hacerles nada a los patos. Cuando me vieron no les debí de impresionar porque de seguido me insultaron acompañando las injurias con cortes de manga y demás gestos obscenos. Con mi prohibición había logrado el efecto contrario. Sin darme cuenta les había ofrecido una oportunidad de oro para que se envalentonasen delante de las chicas. Sabiendo que desde allí no iba a poder hacer nada, salí de la casa y bajé a la calle lo más rápido que pude. Rodeé el edificio y llegué corriendo al parque. Justo en ese momento vi a uno de los chavales lanzando una patada traicionera al pato gris. El ave salió despedida por la fuerza del impacto y terminó estrellándose contra una pared. Corrí hacia el joven atacante. Al llegar a su lado le di un empujón para apartarlo de mi camino y poder llegar donde estaba el pato. El ave no se movía y permanecía en el suelo junto a la pared donde había impactado. Al cogerlo en mis manos su cuello se descolgó inerte y supe que estaba muerto. Busqué al pato con manchas. Lo vi junto a un árbol, estaba inquieto y atento a lo que sucedía. Seguro que entendía la gravedad, la tragedia. Me sentí culpable de lo ocurrido. De no haberles acostumbrado a una comida fácil nada de eso hubiera ocurrido. Seguí observando al pato con manchas, haciéndome cargo del dolor que sentía. Si se emparejaban de por vida debía estar abatido por la repentina muerte de su compañera. Me sentí identificado con el ave. Yo también había perdido a mi amante y sabía lo que era pasar por ese trance. En ese momento, una de las chicas del grupo arremetió contra mí y comenzó a golpearme en el pecho.
- Lo has matado, cabrón. Lo has matado.
Creí que se refería al pato y no logré entender su comportamiento, menos aún que me acusase de un acto que era evidente que no había cometido.
- ¿Qué estás diciendo?
Señaló al grupo de jóvenes que la acompañaban. De primeras no supe lo que pasaba, tan sólo vi a unos cuantos muchachos alborotados. Cuando miré más atentamente me di cuenta de que uno de ellos yacía inmóvil en el césped. Le pasé el cadáver del pato a la chica y avancé hasta el grupo. La chica al notar el ave en sus manos lo dejó caer con un gesto de repugnancia. Me abrí hueco entre el mocerío y me arrodillé junto al chico que yacía inmóvil. Era el mismo que había pateado al pato, el mismo que yo había empujado. Por lo visto, con el envite había perdido el equilibrio y había caído de espaldas golpeándose la nuca con el bordillo de la acera. El muchacho realmente parecía muerto. Vi que debajo de su cabeza se había formado un charco de sangre. Metí la mano entre el cuero cabelludo para comprobar si la herida era profunda, lo era. Le cogí la muñeca, afortunadamente tenía pulso.
- Que alguien llame a una ambulancia.
- Viene de camino. Me contestó uno de los chicos que ya había avisado con su móvil.
Con la ambulancia también llegó la policía. Antes de que me metiesen en el coche policial, vi al pato con manchas junto al cuerpo inerte de su compañera, parecía que quisiera reanimarlo a base de pequeños toques que le daba con el pico. Sentí pena por él. En la sala de interrogatorios el policía tiró su cigarrillo al suelo y apoyando sus manos sobre la mesa me dijo:
- ¿Se puede saber por qué atacaste a ese joven?
Me limité a bajar la mirada y a guardar silencio. Pensé en el pato con manchas y me pregunté qué estaría haciendo en esos momentos.

*Dibujo de la cabecera: Pedro Espinosa

martes, 22 de enero de 2013

SUPLEMENTO GROENLANDIA 16

Portada de Amarande Guzmán.
Ya disponible: Suplemento Groenlandia 16

Con aportaciones literarias (poemas y relatos) de:
Francisco Priegue, Lucía Fraga, Pepe Pereza, Elizabeth Pineda, Eva María Medina, Enrique Fuentes-Guerra, Ana Patricia Moya, José Pastor González, Rubén Casado Murcia, Iván Rafael, Marta Polincinska, Isabel Tejada, Lydia Ceña, José Ángel Conde, Alfonso Vila Francés y Amancio de Lier.

En todas las plataformas de lectura:

ISSUU:

CALAMÉO:

martes, 1 de enero de 2013

SE RUEGA SILENCIO (Fragmento)


Desde primera hora de la mañana el ruido de las máquinas retumba por todo el edificio. No tiene sentido quedarse en la cama. Una vez que los albañiles empiezan a trabajar en el piso de enfrente es imposible pegar ojo. La inmundicia de las obras se cuela por rendijas de puertas y ventanas dejando una gruesa capa de polvo encima de cualquier superficie. La casa ya estaba sucia pero ahora parece un jodido estercolero. Me mosquea toda esta mierda. Tengo el estómago vacío y busco con qué llenarlo. Afortunadamente quedan galletitas para gatos. Huelen bien. Cojo un puñado, me lo meto en la boca y lo mastico. No están mal. Me como unas cuantas más para engañar al hambre. Ruido y más ruido. Aquí es imposible estar. Salgo de casa. Nada más abrir la puerta me golpea una compacta nube de partículas de escayola y polvo. La acompaña el ruido estremecedor de las lijadoras. Parece que los obreros están lijando el yeso que cubre las paredes. La maquinaria eléctrica que utilizan es de una estridencia insoportable. La polvareda que levantan es comparable a una tormenta de arena. Cuesta respirar y al poco te pica la nariz y notas la garganta seca y áspera como un felpudo. Entre la neblina distingo a uno de los operarios. Le digo que cierre la puerta. No me escucha. No me extraña, con este alboroto es muy difícil hacerte oír. Insisto:
- Podíais cerrar la puerta.
- ¿Qué?
- Que cierres la puerta.
- No te oigo.
- CIERRA LA PUTA PUERTA, JODER. QUE ME ESTÁIS VOLVIENDO LOCO.
La cierra, pero ante me enseña el dedo corazón. Aunque el ruido se amortigua en gran medida no es suficiente para quedarme en casa. Huyo del alboroto buscando un lugar tranquilo donde obtener un poco de paz. Después de mucho andar encuentro una pequeña y apartada plazuela rodeada de jardines. Parece un buen sitio. Me siento en uno de los bancos. Aquí todo es silencio. Disfruto de él. Algunas hojas secas son desplazadas por la brisa. Al arrastrarse por el suelo emiten un suave carraspeo. Los pájaros cantan desde los árboles. También se distingue el rumor de una fuente y el zumbido ocasional de alguna mosca. De vez en cuando una ráfaga de aire agita las copas de los chopos. Todos estos sonidos armonizan perfectamente con el silencio de la plaza. Lo acentúan y complementan. Es un privilegio poder gozar de este sosiego. Después de cuatro días soportando el escándalo de las obras esta quietud me parece el puto paraíso. El sol sobre mi cabeza, adormeciéndome. Me dan ganas de recostarme en el banco. Dos mariposas vuelan enfrentadas en un duelo de espirales. Las sigo con la mirada hasta que desaparecen por encima de los tejados. Joder que paz. Me quedaría a vivir en este lugar. Sé que es una idea absurda, no obstante, me dejo llevar por la imaginación. Veo mis pertenencias dispuestas a lo largo y ancho de la plaza. El sofá junto a este banco. Las estanterías con libros pegadas a esas paredes. La cama debajo del árbol grande. La mesa del ordenador en medio del jardín central y la cocina ahí, aprovechando la esquina. El baño sería la fuente. Sonrío para mis adentros imaginándome un día de lluvia. Es una lástima que la plaza no disponga de techo. Dejo la mente en blanco mientras el tiempo discurre tranquilamente. Dos gorriones se enzarzan en una acalorada disputa por un trozo de pan que termina llevándose una paloma. La ley del más fuerte. Para no dormirme opto por liarme un pitillo. En estos últimos días apenas he dormido. Las putas obras y los putos ruidos. Los albañiles empiezan a las ocho de la mañana y terminan a las nueve o diez de la noche. Paran solo dos horas para comer. El resto es ruido constante. Lo jodido es que va para largo. Una ráfaga de viento impulsa una lata vacía de cerveza haciéndola rodar por todo el recinto. Finalmente se detiene junto a uno de los jardines. Se me cierran los párpados. No quiero dormirme para no parecer un vagabundo borracho… Me despierto al escuchar las campanadas de una iglesia cercana. Me pongo en pie y abandono la plaza. El estómago guía mis pasos. Entro en un supermercado. Me hago con una cesta y me pierdo por los pasillos. La voy llenando con productos alimenticios: Jamón de york y embutidos envasados, fruta, leche, alguna chuchería, etc. Tengo estudiados los ángulos muertos donde no llegan las cámaras de vigilancia. Los voy visitando y en cada uno de ellos aprovecho para comer y beber. Una vez saciado, abandono la cesta disimuladamente y salgo del local tan campante. Estoy tentado de regresar a la plaza donde he estado antes. Se estaba bien allí. Al final me decido por El Parque del Ebro. Allí podré tumbarme en la hierba sin parecer un beodo. Dicho y hecho. Llego y elijo un lugar apartado junto a la orilla del río. Me tumbo en el césped y me fumo un cigarro que previamente me he liado. El lugar respira quietud. También aquí los pájaros cantan y se escucha el cuchicheo del agua que se desliza. Zumban los insectos y el sol adormece. Luces y sombras. Magia de la naturaleza. Me quedo dormido… Sueño con un hombre sin rostro que huele a desinfectante. No tiene ojos, ni cejas, tampoco orejas o nariz. Eso sí, tiene tres bocas: una encima de la otra. Es decir, la primera está ubicada en la frente, la segunda donde debería estar la nariz y la tercera en su lugar habitual. El hombre declama sortilegios a tres voces: bajo, tenor y barítono. Cuando termina con los cánticos, se sienta a comer, beber y fumar. Ejecuta las tres acciones a la vez, haciendo uso de cada una de sus bocas. Después escribe algo en un papel. Lo dobla en varias mitades y se lo pasa a mi madre, que entra en escena como quien no quiere la cosa. Mi madre se acerca a mí y me entrega la nota.
- Aquí tienes las respuestas a tus preguntas.
Desdoblo el papel y leo: “Hoy es el mañana que esperabas ayer”… Me despierto. Es de noche. ¿Cuántas horas he dormido? Está claro que muchas. No me extraña. En días apenas he podido pegar ojo. Con la mirada todavía desenfocada percibo infinidad de puntos verdes que se mueven de un lado a otro. Parecen linternitas de led´s. Tardo unos segundos en darme cuenta que son una multitud de luciérnagas mandándose, las unas a las otras, mensajes de amor. En la vida había presenciado un espectáculo igual. Los grillos chirrían excitados y los murciélagos rivalizan en quiebros y velocidad. El paisaje está iluminado por la luna y todo a mí alrededor parece la ambientación de una puta película de Wall Disney. Solo falta que Bambi estuviera bebiendo en la orilla del río. Para añadir un poco de realismo sucio a la escena me acerco a un árbol y vacío la vejiga sobre él. Es hora de volver a casa.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

MI RELATO EN "UNA NAVIDAD DE MUERTE"


EL AULLIDO
Mis padres murieron en un accidente. No entraré en detalles. Solo diré que quedé huérfano, mis tíos me acogieron y tuve que trasladarme a aquel bosque. Recuerdo la angustia que arrastraba conmigo en el tren que me llevó hasta allí. El miedo a lo desconocido y ser consciente que era el principio de una nueva vida. Cuanto más me alejaba de mi ciudad natal más desprotegido y asustado me sentía. Estaba aterrado. Sabía que tenía que apearme en una aldea llamada Peñas de Cameros pero al llegar a la pequeña estación el letrero rezaba: Penas de Cameros. Pregunté al revisor y me aclaró que el rabito de la “ñ” se había borrado y de ahí mi confusión. Se suponía que mis tíos estarían esperándome, sin embargo nadie acudió a darme la bienvenida. Me adentré en la villa. Era pequeña y las gentes que la habitaban tenían el rostro triste y amargado. No vi a nadie con una sonrisa en la boca. Pensé que deberían olvidarse definitivamente del rabito de la “ñ”, Penas de Cameros se ajustaba perfectamente al ánimo de sus oriundos. No tenía ni idea de dónde vivían mis tíos. Pregunté a una anciana que estaba a la puerta de su casa. Al oír el nombre de mis familiares la vieja se persignó y se encerró en la vivienda, dejándome con la palabra en la boca. Yo no sabía qué pasaba y aquello me pareció de lo más extraño. Volví a preguntar, esta vez a un hombre que transitaba por allí.
 
- Chaval, olvídate de esos malnacidos y regresa por dónde has venido.
 
Esa fue la respuesta que recibí. ¿Malnacidos? ¿A qué se estaba refiriendo? Entonces vi a un cura y me acerqué a él. Me informó de que mis tíos no vivían en el pueblo desde hacía años. Por lo visto, tuvieron problemas con los vecinos y se vieron obligados a mudarse al bosque. Algo relacionado con un intento de violación por parte de mi primo a una niña de cinco años. Para llegar hasta ellos tenía que salir del pueblo por un camino que llevaba a las montañas, desviarme a la derecha por un sendero que se adentraba en el bosque y seguirlo hasta dar con la vivienda. El párroco me sugirió que me diese prisa en llegar no siendo que se echase la noche encima, advirtiéndome, además, que el lugar era peligroso. Cargué con la maleta y me puse en marcha. Dejé el pueblo atrás rumbo a las montañas. El otoño estaba en las últimas y las temperaturas habían bajado considerablemente. Me abotoné el abrigo y seguí caminando. Al llegar a lo alto de una colina pude ver el bosque extendiéndose a lo largo del paisaje. Tenía un aspecto tenebroso y los sonidos que brotaban de su interior no invitaban a adentrarse en él. Llegué al desvío y tomé el sendero que conducía a una variada frondosidad de ocres y marrones. Me detuve frente a las lindes de la arboleda y sentí un escalofrío. Algo me decía que debía regresar ¿Regresar? ¿Dónde? Mis tíos eran la única alternativa. Me armé de valor y avancé por la senda. A cada paso, la vegetación iba devorando parte del camino, hasta el punto de reducirlo a una delgada línea no más ancha que mis pies. Me dolían los brazos de cargar con la maleta y cualquier sonido me ponía el vello de punta. Yo era un chico de ciudad y estaba fuera de mi ambiente. El sol empezó a ocultarse. Aceleré mis pasos. De pronto la vegetación se abrió a una zona despejada de árboles. En medio estaba situada la propiedad de mis tíos. Pude ver los corrales con las ovejas, el establo y la vivienda, hecha de adobe y piedra. Esa va a ser mi casa de ahora en adelante, me dije. Rodeé la verja de madera y entré. Pasé por delante de la morada pero no vi a nadie. Llamé a la puerta. No abrieron. Insistí. Nada. Me pareció escuchar voces que venían de la cuadra. Dejé la maleta frente a la entrada y me dirigí al establo. Según me acercaba escuché claramente a un par de personas. También unos escalofriantes mugidos. Al asomarme vi a una mujer que era el mismo retrato de mi madre. Sin duda era mi tía. Tenía el brazo metido hasta más allá del codo en el culo de una vaca y hurgaba dentro de sus entrañas. Le acompañaba un joven corpulento: mi primo. Por su fisonomía y su comportamiento supe que era deficiente mental. Ambos estaban tan pendientes de sus actos que no se percataron de mi presencia. Mi tía introdujo el brazo hasta el hombro en el interior de la vaca.
 
- El ternero viene de culo.
 
Mi primo contestó con gruñidos y frases ilegibles. Parecía nervioso, con una mano se rascaba la cabeza mientras que con la otra se golpeaba la frente con la palma abierta. No me atreví a intervenir, continué asomado a la puerta observando la escena en silencio.
Desgraciadamente el ternero nació muerto. Lo achacaron a mi llegada. Es un mal fario, dijo mi tío cuando más tarde llegó acompañado del veterinario. Después de cenar me obligaron a compartir cuarto y cama con el deficiente. El insensato no tuvo reparos en masturbarse estando yo tumbado a su lado. Cerré los ojos y me tapé los oídos, pero aun así notaba cómo el colchón subía y bajaba. Echaba de menos a mis padres y a mis amigos. Añoraba mi habitación, mi cama, mis cosas… Tenía que ser fuerte y adaptarme. No quedaba otro remedio. Debía dejar atrás mi anterior vida y empezar de nuevo. Por fin, mi primo calmó sus ardores y al rato se quedó dormido. Yo no pude, estaba demasiado alterado para dormir. Desde la cama observé la ventana y a través de ella un cielo plagado de estrellas. Nunca había visto tantas. Por encima de los ronquidos de mi acompañante me pareció escuchar un aullido. Me levanté, me acerqué al ventanal y lo abrí. Efectivamente, era un aullido, claro y nítido, atravesando la curva de la noche. Mi nueva vida también incluía lobos. De madrugada mi tío partió con el rebaño. Desde la cama le escuché arengar a las ovejas para que saliesen del corral. Mi primo no estaba. Había dejado una mancha de saliva en su lado de la almohada. De pronto entró mi tía.
 
- ¿A qué esperas para levantarte? Aquí nos ponemos a trabajar al alba, así que espabila.
 
Me puso a limpiar el establo. En cuanto terminé me ordenó cavar una fosa detrás de la cuadra para enterrar el ternero muerto. Después de estar un rato cavando tenía las manos llenas de ampollas. A pesar de ello seguí con la tarea, no quería que me tachasen de blandengue. Cuando acabé se lo hice saber a mi tía. Fuimos en busca del novillo pero había desaparecido. Según ella se lo había llevado mi primo. Lo llamó a gritos. Lo buscamos por toda la granja. Lo encontramos oculto entre unas alpacas de heno. Tenía consigo el cadáver. Por alguna razón que desconozco se había encariñado de él y no había manera de quitárselo. Tratamos inútilmente de convencerlo pero se aferraba al becerro como si le fuera la vida en ello. Mi tía le amenazó con una vara de mimbre. Ni con esas. Fue fustigado hasta que la vara se rompió. Vi la sangre expandiéndose por su camisa. No podía creerme el aguante que tenía, yo lo hubiera soltado al primer latigazo. Mi tía cogió una de las patas del ternero y tiró con todas sus fuerzas. No era suficiente y reclamó mi ayuda. Él era más fuerte que nosotros y tuvimos que rendirnos.
 
- Ya verás cuando venga tu padre.
 
Mi tío regresó con el rebaño al final del día. Mi tía no perdió tiempo y le contó lo sucedido. El tema se zanjó con una brutal paliza. El padre se impuso al hijo y, por fin, pudimos enterrar el cadáver en el hoyo que yo había cavado. Aquella noche el dormitorio fue solo para mí. A mi primo lo castigaron encerrándole en el establo. Agradecí un poco de intimidad, no obstante, estaba tan cansado que me quedé dormido en cuanto me metí en la cama.
A la mañana siguiente encontramos la puerta de la cuadra reventada y la zanja vacía. Mi primo y el becerro habían desaparecido. Entre los tres lo buscamos por la casa y alrededores. Todo indicaba que se había internado en el bosque. Mi tío y yo dedicamos la mañana entera a seguir su rastro. No pudimos dar con él. Después de comer continuamos buscando. Al caer la noche tuvimos que regresar. Mi tía estaba muy preocupada. No era para menos, el frío y los lobos eran amenazas palpables que debían tenerse en cuenta.
 
- Tranquila, mujer, no es la primera noche que la pasa en el bosque. Seguro que estará bien.
 
No supimos nada de él en dos días. Al tercero regresó escoltado por una pareja de la guardia civil. Por lo visto aquella misma mañana apareció en el pueblo cargando con el ternero. Cuando los beneméritos se fueron fue el turno de mi tío. Se quitó el cinturón y golpeó con la hebilla a su vástago. Así hasta que mi primo fue reducido y soltó el becerro. Después fue conducido hasta el establo. Una vez ahí, le ajustaron una cadera alrededor del cuello y le pusieron un candado. El otro extremo de la cadena estaba firmemente anclado a una viga.
Esa misma tarde mi tío y yo nos adentramos en el bosque para poner fin de una vez por todas al problema del ternero. El plan era abandonar el cadáver a varios kilómetros para que las alimañas se encargasen de él. Así lo hicimos. De regreso mi tío hizo algo que llamó mi atención: se acercó a un árbol, olió el tronco y meó sobre la corteza que acababa de olisquear. Solamente dejó salir un pequeño chorro, el resto se lo guardó.
 
- A los lobos, si quieres que te entiendan, hay que hablarles en su idioma.
 
Hacía cinco días que vivía con ellos y era la primera vez que me dedicaba una frase de más de tres palabras. Llegamos a otro árbol y repitió la misma escena, es decir: lo olió y vertió un chorro de meada sobre el tronco.
 
- Hay que dejarles claro que tú meas más alto que ellos. Así sabrán que este no es su territorio y dejarán en paz a nuestras ovejas.
 
Mi tío había sido pastor desde niño. Según él, los lobos jamás habían atacado a sus rebaños. De pronto se puso en guardia. Había visto algo. Se agachó muy despacio, cogió una piedra del suelo y la lanzó. El pedrusco dio en el blanco: una liebre que tuvo la mala suerte de pasar por ahí.
 
- Ve a buscarla.
 
Me acerqué hasta el animal. Aún estaba vivo. Tenía espasmos en las patas traseras y sangraba por las orejas y la nariz. Percibí el miedo en sus ojos. Yo también lo tenía. Era la primera vez que veía agonizar a un ser vivo.
 
- ¿A qué esperas para cogerlo?
 
No me apetecía tocar a la liebre, ni mancharme de sangre… Vomité. Fue él mismo quien se encargó de coger la pieza. La levantó del suelo y con un golpe de mano le rompió el cuello. Volví a vomitar. Esa noche la cena consistió en un guiso de liebre con patatas. No quise probar bocado. Al día siguiente mi primo fue puesto en libertad. En cuanto lo soltaron se puso a buscar al ternero por toda la zona. Probó a escavar con sus manos en varios sitios que él mismo eligió al azar. Al ver que no lo encontraba gruñó y berreó, pataleó, se golpeó la cabeza con los puños, incluso se arrancó algunos mechones de pelo. Todo fue inútil. Finalmente se ocultó entre las alpacas de heno y allí pasó el resto de la jornada.
Pasaron los días y cayó la primera nevada. Acondicionamos el establo y trasladamos las ovejas dentro. El trabajo era duro pero según transcurrían las semanas me iba acostumbrando a mi nueva vida. Los modales bruscos y primitivos de mis tíos ya no me lo parecían tanto. Lo peor era tener que compartir cama con mi primo. El depravado seguía masturbándose sin importarle que yo estuviera a su lado. Eso a mí no dejaba de cohibirme e inquietarme.
Y sucedió que una de esas noches mi primo me violó. Estaba durmiendo. De pronto noté un peso encima. Enseguida tomé conciencia de sus intenciones. Traté de resistirme pero él era más fuerte, además, me había cogido por sorpresa y me tenía totalmente sometido. Quise gritar. Lo impidió tapándome la boca con su manaza. Recuerdo que le olía a semen rancio. Nada pude hacer. Me sodomizó sin miramientos. Cuando terminó se dio la vuelta y al poco se quedó dormido. Fui incapaz de moverme o tomar represalias. Estaba tan cohibido, tan conmocionado, tan humillado… que solo pude llorar. Lo hice durante toda la noche. A la mañana siguiente me levanté como si no hubiera pasado nada. Delante de mis tíos me comporté con naturalidad y no les dije ni palabra del asunto. El dolor y la vergüenza iban por dentro. Debía aguantar, entre otras cosas porque había jurado vengarme.

Me desperté sobresaltado. Había tenido una pesadilla, pero nada más abrir los ojos mi mente borró todo registro de ella. Tan solo quedó una imagen: Un árbol de navidad decorado con vísceras y restos humanos. En lugar de espumillón había intestinos. Orejas cortadas, dedos amputados, globos oculares sustituían las típicas bolas de colores. En vez de una estrella coronando el árbol estaba un corazón sangrante que aun palpitaba… El dormitorio estaba en penumbra. Todavía era de noche. Pensé en mis padres. Quizás porque iban a ser las primeras navidades que pasaría sin ellos. Los echaba de menos. Qué lejos quedaban aquellos días felices. Miré a mi primo. Dormía con la boca abierta. Lo odiaba profundamente por lo que me había hecho. Cada vez que lo veía me hervía la sangre. Sentirlo en la misma cama me asqueaba y a la vez me aterraba. Tenía miedo de que volviera a violarme. Por las noches no pegaba ojo, pendiente en todo momento de cualquiera de sus movimientos.
Mis temores se vieron confirmados la noche antes de navidad. Estaba tan cansado que, sin querer, me quedé dormido. Mi primo aprovechó el descuido y quiso violarme por segunda vez. Sabía que resistirme no iba a valer de nada. Él era más fuerte, así que esta vez utilicé la inteligencia.
 
- ¿Te acuerdas del ternero?
 
Capté su atención al momento.
 
- Yo sé dónde está escondido.
 
Lo tenía encima. Notaba su verga dura sobre mi espalda.
 
- Si no me haces nada te diré dónde está.
 
Se aporreó la frente con los puños, como si necesitase de los golpes para poner en funcionamiento las escasas neuronas de su cerebro. Al final me dejó libre. Quiso que fuéramos de inmediato a por el becerro pero le convencí de que era mejor esperar a que se hiciera de día. Por la mañana me lo llevé al bosque. Anduvimos durante muchos kilómetros entre la espesa vegetación hasta que llegamos al chaflán de un profundo barranco.
- Está ahí. Asómate y lo verás.
 
El ingenuo no cuestionó mis palabras y se acercó al borde. Lo empujé. Cayó al vacío y se estrelló contra las rocas del fondo.
 
- Ahora ¿quién jode a quién? ¿Eh? Maldito retrasado, subnormal de mierda ¿Quién jode a quién?
 
En un arranque grité a los cuatro vientos. Dejé salir la rabia y la humillación. Seguí gritando. Mi grito fue volviéndose un aullido. Aullé como un poseído. Para mi sorpresa a mi aullido llegó otro en forma de respuesta. Los lobos estaban cerca. Les grité: - Estoy aquí y he venido a quedarme. Eché una última mirada al adefesio ensangrentado. Ese malnacido jamás volvería a hacerme daño. Con un poco de suerte los lobos lo encontrarían y se darían un festín. En cuanto a mis tíos, sabía que no sospecharían de mí. Darían como bueno que el loco de su hijo se hubiera despeñado por un barranco. En cierto modo les había hecho un favor. De regreso me paré a oler algunos árboles y a mear sobre sus troncos, tal y como me había enseñado mi tío. Era hora de dejar mi marca. Que todo bicho viviente supiera que ese iba a ser mi territorio. Me lo había ganado.
 
pepe pereza - Navidades de muerte - Editorial Origami

lunes, 17 de diciembre de 2012

PRÓXIMAMENTE

ANIMALES PERDIDOS - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ - BAILE DEL SOL

domingo, 16 de diciembre de 2012

PARA REGALAR ESTAS NAVIDADES

 
HAZTE CON ELLOS EN CUALQUIERA DE LAS LIBRERÍAS SANTOS OCHOA

miércoles, 12 de diciembre de 2012

AGITADORAS NÚMERO 38 - DICIEMBRE 2012


MISCELÁNEA
Las Bofetadas Visuales de Boris Mikhailov - Lalo Borja
Lo que ya no Seremos - Marina San Martín
Rage Room Blues - Jan Hamminga
Moby Dick - David Torres
Vender Camisetas. Fútbol y Moda - Los Fashiónpedists
Pulsiones Contemplativas - Vistiendo el Celuloide - Ricardo López
Señor Presidente - Holly Fin - Jordi Macarulla
Mi James Bond - Inés Matute
El Puritanismo Victoriano, el Origen del Vibrador - Carmelo Arribas
Campfire Music - Jan Hamminga
OPINIÓN
¿Cómo Están Ustedes? - Itziar Mínguez
La Cualidad de Ser Invisible -o de Parecerlo- - Il Gatopando
Pienso, Luego Resisto (XXIV) - Democracia de Pandereta - Mª Ángeles Cabré
Nuevos "Okupas" - Cristina Casaoliva
DUELOS Y QUEBRANTOS
Por los Pelos - Rosa Mª Ortega
LITERATURA
Tríptico Literario Infantil y Juvenil del Siglo Pasado (III) - El Vengador del Rif - Luis Arturo Hernández
El Tiempo de los Asesinos (XII) - H.P. Lovecraft: Las Alimañas Descarnadas de la Noche - Vicente Múñoz Álvarez
Los Dioses y los Hombres - Joaquín Lloréns
Los Chico de Guzmán - Rubén Castillo
Todo está Tranquilo Arriba - José Morella
CREACIÓN
Sesión de Medianoche - Ramón Zarragoitia
Poemas de Nòmada - Isabel M. Ortega
Un Testimonio Apócrifo de José Carpintero - Edgard Cardoza
Las Gárgolas Sueñan con Pasear - Ramón Asquerino
Entelequia Filosófica - Rui Caverta Importancia - Francisco Gómez
A Cuestas Conmigo Mismo- Pepe Pereza
Hoy - Luis Ansorena
Una Revelación - Eva Medina
Imágenes Urbanas - Juan Planas
¡Adanizáralos! - Adán Echeverría
El Contraste al Traste - Carmen Maixé Altés
Los Hombres Lobo han Asaltado la Gasolinera - Jesús Zomeño
Vicky Bajo su Paraguas de Margaritas - Ángela Mallén