domingo, 1 de febrero de 2015

LAS PRUEBAS (Relato inédito)

Muerte. Es el primer pensamiento que tengo al despertarme. Últimamente pienso mucho en ella. Hace frío. Muchísimo frío. Es lo que tienen los inviernos del norte. Salir de la cama es un acto de valentía suprema. Abandonar entre las mantas todo el calor acumulado durante las horas de sueño es un desperdicio, es más, me atrevería a decir que es un pecado. Desde la ventana contemplo la escarcha sobre el césped. Una mortaja gélida y mortal que vuelve a recordarme lo efímero de la vida.
Al entrar en la cocina me recibe un fregadero lleno de platos sucios. Es una imagen triste y deprimente. Para colmo, no quedan tazas limpias donde servirme un café. Me veo obligado a meter las manos en agua helada para fregar una.
Solo después de un café bien cargado tengo arrestos para entrar en el cuarto de baño y desnudarme. Hace tanto frío que el calefactor no da abasto para templar la habitación. Observo mi imagen tiritando en el espejo. A pesar de mis cincuenta años sigo estando fibroso y delgado. Es en mi cara donde se aprecia el paso del tiempo. Qué más da. Todo esto, algún día, será comida para gusanos. Ese es el único y verdadero futuro que nos espera: una horda de gusanos hambrientos abriéndose paso a través de la carne putrefacta de nuestros cuerpos. Le doy al grifo del agua caliente y espero a que el chorro se caldee para ponerme debajo.
En la calle aún no ha amanecido. Las farolas siguen encendidas, al igual que los faros de los coches. Sopla un viento proveniente de los Pirineos. Su azote traspasa la ropa de abrigo y llega hasta los huesos. Acelero el paso, más que nada, para procurar entrar en calor. No obstante, la temperatura es tan baja que los músculos de mis piernas siguen ateridos. A las nueve tengo cita con el especialista. Dispongo de cuarenta y cinco minutos para llegar al hospital. Tiempo de sobra, incluso para tomarme otro café.
En la cafetería del hospital hay bastante trasiego de gente. Lo bueno es que la calefacción está a tope. Mientras espero a que uno de los camareros me atienda toqueteo el bote con la muestra de heces que llevo en el bolsillo del abrigo. Por fin, me sirven el café que he pedido. Al fondo ha quedado una mesa libre. Me apresuro a ocuparla.
Según los papeles tengo que subir al cuarto piso y aguardar en la sala 7 C a que me llamen. Aún siendo tan temprano, en la sala hay una docena de personas esperando a ser atendidas. Tomo asiento junto a una señora excesivamente perfumada. Todos los presentes guardan silencio y se puede apreciar en sus semblantes que están pendientes de sus propias preocupaciones. Me pregunto si ellos también estarán pensando en la muerte. Desde el mismo momento que he pisado este recinto me he sentido incómodo. Sé que nadie se encuentra a gusto en la sala de espera de un hospital, sin embargo mi malestar va más allá de esa sensación general de hastío. Lo mío es una especie de desasosiego, como si mi futuro dependiese de una moneda que alguien ha lanzado al aíre y yo estuviese esperando a que cayese al suelo para ver cuál de sus caras deja al descubierto. El perfume de la señora no me deja respirar. Me ahogo y, en todo momento, tengo la urgencia de largarme de aquí. No obstante, sigo pegado al asiento. Un hombre mira su reloj. Hago lo propio con el mío. Faltan dos minutos para que den las nueve. Me imagino que seré de los primeros que llamen, ya que en el papel que me dieron pone que mi cita es justamente ahora. La señora del perfume también quiere saber qué hora es. Se la digo. Suspira resignada y me confiesa que hace más cuarenta y cinco minutos que deberían haberla llamado. Todas mis esperanzas de que me atiendan enseguida se desvanecen al instante. Sabiendo que la cosa va con retraso me planteo bajar a la calle a fumar un cigarro. De pronto, me doy cuenta de que he sacado el bote con las muestras de heces y estoy jugueteando con él a la vista de todo el mundo. Lo guardo de inmediato. Afortunadamente, parece que nadie se ha enterado de mi descuido, ni siquiera la mujer del perfume. De por sí, ya es bastante embarazoso tener que llevar con tu propia mierda en el bolsillo, para que encima te vean enredando con ella. Me pongo en pie con la intención de bajar a la calle. Justo en ese momento se abre la puerta de la consulta y sale una enfermera.
-        Que pase Guadalupe Soriano.
La mencionada se levanta y entra en la consulta.
-        Los que no hayan entregado sus papeles, que me los den a mí.
Un pequeño grupo nos apiñamos alrededor de la sanitaria y le vamos entregando dichos papeles. Una vez que ha recogido toda la documentación entra y cierra la puerta. El personal vuelve a ocupar sus asientos. En vez de eso, yo me dirijo a los ascensores.
En la calle, la lluvia cae en diagonal, debido a que es arrastrada por un fuerte y racheado viento. Por culpa del frío no consigo disfrutar del cigarro. Apuro unas cuantas caladas y regreso al vestíbulo del hospital. Han bastado un par de minutos al raso para quedarme congelado. Me acerco a uno de los radiadores que hay junto a la pared y espero a que el cuerpo recupere la temperatura. Me fijo en una pareja de jóvenes que pasa por delante. Ella llora, él trata de consolarla. Capto una frase al vuelo:
-        Con todo lo que estaba sufriendo, lo mejor es que se haya muerto.
Las palabras del joven no aplacan los llantos de la chica. Ambos continúan avanzando hasta la puerta principal y salen a la calle. Siento un escalofrío trepando por la espalda. El calor del radiador no es suficiente. Necesito algo que me caliente por dentro.
En la cafetería la cosa está más calmada que a primera hora. No hay tanta gente y sobran mesas libres. Pido un cortado y me acomodo junto al ventanal. Alguien ha dejado un periódico abierto por las páginas de las esquelas. Otra vez ella, la muerte. Está en todas partes: en la paloma aplastada en el asfalto, en el aviso de defunción que hay en el escaparate de la peluquería, en la palmera seca de la rotonda… Aparto el periódico a un lado y me centro en el café. La lluvia golpea con fuerza contra el cristal a pocos centímetros de mi cara. Me gusta el repiqueteo que provoca.

La sala de espera sigue repleta de pacientes. De hecho, no quedan asientos libres y tengo que esperar de pie. No hay ni rastro de la señora del perfume. Me imagino que estará dentro de la consulta o, lo que es mejor, camino de su casa. Ahí es donde quisiera estar yo: en casa, metido en la cama, bien calentito. De pronto, la imagen de mi cama queda demasiado lejana, como si estuviera en otra ciudad o en un país remoto. Quiero irme del hospital. Lo noto en cada partícula de mi cuerpo. Este sitio me repele y me produce desazón. Entonces, me doy cuenta de que lo único que me retiene aquí soy yo mismo. Sin una orden concreta mis pies me sacan de la sala y me llevan directamente a los ascensores. Ya no me importan ni las pruebas ni los análisis, lo que quiero es llegar a casa y meterme en la cama.

pepe pereza

jueves, 22 de enero de 2015

VINALIA TRIPPERS Nº 13 DUELO AL SOL - FOTOS

YA A LA VENTA

50.000 MILLONES DE POLLOS
Cada segundo
Ejecutamos
Y consumimos
Aproximadamente
2.000 animales
345 millones al día
aproximadamente
140 millones de toneladas de peces
Según datos de la FAO
Correspondientes al año 2007
Las cifras de animales muertos
anualmente
Para consumo
Serían
las siguientes:
50.000 millones de pollos
2.715 millones de patos
1.388 millones de cerdos
1.169 millones de conejos
648 millones de gallinas
635 millones de pavos
564 millones de ovejas
402 millones de cabras
301 millones de bóvidos
57 millones de otras aves
23 millones de búfalos
10 millones de perros
5 millones de caballos
y
1,5 millones de camellos

(De JESUCRISTO ESTÁ A LAS PUERTAS Y CABALGA UN CABALLO ELÉCTRICO)


miércoles, 21 de enero de 2015

EL DESAYUNO

En cuanto abro los ojos sé que hoy va a ser un día horrible. Me visto con desgana y antes de salir del dormitorio me digo que tú no tienes la culpa de que yo me haya levantado con el pie izquierdo, que debo ser paciente y tragarme el cabreo como si fuera un mal guiso. Tengo suerte, estás duchándote y dispongo de la cocina para mí solo. Es lo que necesito: soledad y silencio. Si consigo desayunar antes de que salgas del baño quizás logre aplacar este mosqueo monumental con el que me he levantado. Apareces cuando estoy delante del microondas. Estás radiante y llena de energía. Me abordas con un torrente de palabras que soy incapaz de asimilar. Asiento a todo lo que dices con la esperanza de que el microondas termine cuanto antes el ciclo de calentado. Hablas y hablas sin parar. Me estalla la cabeza, pero sigo asintiendo como un catatónico. A través del cristal ahumado veo girar la taza que tanto ansío. Sé que pronto te irás a trabajar. Sólo unos minutos más y podré disponer de todo el silencio del mundo. Por fin suena el timbre de aviso. Saco la taza del condenado aparato y bebo. Noto cómo el líquido baja por el esófago y llega al estómago, abrasándolo. Ajena a mi agobio continúas dándole a la lengua, construyendo frases a destajo. Toda una sobredosis de palabras. Palabras y más palabras que se acumulan en los oídos. Te veo mirar el reloj. Ya falta poco, no obstante, apuras el momento e insistes con tu endiablado monólogo. Sé que voy a explotar. Aguanta, me digo, un poco más y lo habrás conseguido. Blablablablablabla… El silencio es tan necesario por las mañanas que debería ser obligatorio. Alguien tendría que redactar una ley que prohibiera hablar antes del desayuno. ¿De dónde sacas tantas palabras? Son interminables, infinitas, duelen, no por su significado sino por su abundancia. Ya deberías haberte ido. Pese a ello, alargas tu discurso. Quisiera ordenarte callar. Decirte que cierres la boca de una puta vez. Pero eso empeoraría las cosas. Se paciente, cuenta hasta diez y toma aíre. Es cuestión de unos pocos minutos. Blablablablabalablabla... ¿Qué ha sucedido en este intervalo de sueño para que tengas tanto que contarme? Lo único que quiero es silencio. Llegarás tarde. Márchate antes de que te mande callar. Evitemos una bronca. Blablablablablablablabla… Amor mío, no tientes a la suerte. La adrenalina está ahí. La noto tensando músculos y tendones. La siento subir por las vertebras. Voy a perder el control, lo sé. Cogeré cualquiera de esos cacharros y lo estamparé contra la pared. A partir de ahí, no sé qué puede pasar. Así que, por lo que más quieras, acaba de una vez y déjame solo. Pero no, continúas rajando como un locutor colocado de farlopa. Maldita sea, añade otra puta palabra y dejaré salir a la bestia. En ese preciso momento miras el reloj y te escandalizas de lo tarde que es. Dejas un beso en el aire y sales corriendo de la cocina. Ha estado cerca, muy cerca. 

pepe pereza

domingo, 18 de enero de 2015

JESUCRISTO ESTÁ A LAS PUERTAS Y CABALGA UN CABALLO EL´ÉCTRICO - RICARDO MORENO MIRA - EDICIONES LUPERCALIA


BIENAVENTURADOS LOS HIJOS DE PUTA por Ricardo Moreno Mira.

Bienaventurados los cobardes, porque ellos conocerán otro día
Bienaventurados los estúpidos, porque ellos serán felices
Bienaventurados los triunfadores, porque ellos follarán
Bienaventurados los hijos de perra,
porque ellos dominarán a sus hermanos
Bienaventurados los tiranos,
porque de ellos es la tierra y todos sus codiciados frutos
Bienaventurados los artistas, porque ellos podrán vender su alma
y alguien acabará comprándosela
Bienaventurados los ricos, y los hijos de los ricos,
porque ellos serán consolados
Bienaventurados los lobos, porque ellos conocerán la libertad
Bienaventurados las hienas, los buitres, los chacales
Porque ellos heredaran la tierra
Bienaventurados los que se arrastran, los gusanos,
los que ponen el culo, los que colocan crucifijos y follan niños
Los que saben agacharse y arrodillarse
porque ellos medrarán
Bienaventurados los que matan, porque ellos no morirán
Bienaventurados los gilipollas,
porque ellos no se conocerán a sí mismos
Bienaventurados los que suben, los que prosperan,
los que tienen calefacción y agua caliente
Bienaventurados los que tienen dinero,
los que pueden comprar y compran, los que tienen algo que vender y venden
Bienaventurados todos los hijos de puta de este mundo

porque yo soy uno de ellos


Ricardo Moreno Mira, de Jesucristo está a las puertas y cabalga un caballo eléctrico (Lupercalia, 2015).

 http://www.edicioneslupercalia.com/

miércoles, 14 de enero de 2015

KING KONG

En la tele la anunciaron con bastante anterioridad, y todos los chavales estábamos entusiasmados con la idea de visionarla. En el colegio, en la calle, en casa, en todos los sitios, no hablábamos de otra cosa que no fuera de la película King Kong. Me refiero a la original de 1933, la dirigida por Merian C. Cooper & Ernest B. Schoedsack. Claro que en aquellos tiempos -principios de los setenta- tampoco había otras versiones.
-        ¿La verás, no?
-        No me la pienso perder por nada del mundo.
-        He oído decir que la chica sale casi desnuda.
-        Genial.
-        Y que el gorila mide más de cincuenta metros.
-        ¿Tanto?
-        O más. Ten en cuenta que lucha con dinosaurios, así que imagínate…
Un gorila gigante, dinosaurios y una chica medio desnuda. La película tenía todo lo que un chaval de nuestra edad estaba deseando ver. Con ansiedad contábamos los días que quedaban para su emisión, y según se acercaba la fecha más nos íbamos excitando. En los recreos todos jugábamos a ser aventureros con la peligrosa misión de adentrarnos en tierras inhóspitas para capturar al gran mono. Por las noches, antes de dormir, y sabedor de que mi hermana pequeña después no podría conciliar el sueño, le contaba terroríficas historias donde el protagonista era atacado por un inmenso y aterrador gorila.
Así estuvimos hasta que, por fin, llegó el día que estaba programada la película. Esa mañana en el colegio nadie prestó atención a la lección, y cuando doña Nati, la profesora, no estaba atenta, todos comentábamos por lo bajinis temas relacionados con el film.
-        Esta noche a las diez.
-        Sí, por fin…
Por la tarde los nervios fueron en aumento. Estábamos tan excitados que doña Nati tuvo que regañarnos en varias ocasiones. Incluso amenazó con un examen sorpresa si no nos tranquilizábamos. Ni con esas logramos calmar las ansias. En un momento dado, el Moto, empezó a imitar a un gorila. Al Moto siempre se le dieron bien las imitaciones. Y claro, aquello fue un cachondeo. Doña Nati, que no se había enterado de nada por estar cara a la pizarra, volvió a sacar el tema del examen, pero la hora de la salida de clase estaba próxima y todo quedó en agua de borrajas.
De camino a casa vi a mi padre entrando en una taberna. No me gustó verle entrar en aquel antro. Tuve un mal presentimiento, no obstante, aparté los malos pensamientos y seguí andando. En casa esperaba mi madre, rodeada de montones de pantalones a medio hacer. Toda una prisión con muros de tela vaquera. Ella cosía a destajo para una empresa textil y apenas le quedaba un segundo libre. Aun así, conseguía sacar tiempo para nosotros y para atender la casa.
-        Haz tú la merienda, que voy muy retrasada.
Preparé un par de bocadillos y salí al jardín para merendar en compañía de mi hermana.
-        Sabes que King Kong se traga diez negros todos los días para desayunar.
-        No quiero saber nada de ese mono estúpido…
Solo quedaban cuatro horas para la película. Quise alegrarme, sin embargo, no me hacía gracia que mi padre estuviera por ahí bebiendo. El alcohol sacaba lo peor que había en él. Cuando venía borracho se creaba tal tensión que se podía palpar el miedo dentro de la casa. Recé para que esa noche no llegase en tales condiciones.
A las ocho y media en punto mi madre tenía la cena puesta sobre la mesa. Ni rastro de mi padre.
-        ¿Dónde está papá? –quiso saber mi hermana.
Mi madre no dijo nada. Se notaba que estaba preocupada. Aguardamos unos minutos por si aparecía. Viendo que se retrasaba optamos por cenar sin él. Comimos en silencio, mirando a la puerta cada vez que oíamos un ruido que venía de fuera.
Acabamos y recogimos la mesa. Mi padre seguía sin dar señales de vida. Mientras mi madre fregaba la vajilla, yo fui a acostar a mi hermana.
-        Cuéntame un cuento, pero uno en el que no salgan gorilas.
La idea de atemorizar a mi hermanita con historias lúgubres y sangrientas era muy seductora, no obstante me reprimí. No quería que en medio de la película apareciese por el salón alegando que había tenido una pesadilla. Puestos a contar un cuento opté por un clásico: El patito feo.
Cuando mi hermana se quedó dormida regresé al salón. Mi madre había tomado asiento junto a la pila de pantalones y cosía a la vera del flexo. Miré el reloj que había encima de la estantería. Faltaba media hora para que diese comienzo la película. Encendí la tele y me dejé caer en el sofá.
-        Lo mejor es que tú también te vayas a la cama.
-        Pero, mamá, la película está a punto de empezar.
-        Me da igual.
-        Me prometisteis que me dejaríais verla.
Suspiró profundamente y siguió dando puntadas con la aguja. El que calla otorga –me dije. Así que seguí frente al televisor. Tenía el corazón a mil. La sola idea de quedarme sin ver la película hacía que se me revolviera el estómago hasta el punto de sentir nauseas. Aunque había convencido a mi madre, aún no podía cantar victoria. Todo dependía de mi padre. Si llegaba en buenas condiciones, la cosa iría bien. Claro que, siendo la hora que era, no quise hacerme ilusiones. Rogué al cielo para que no apareciese hasta el final de la peli. Era un pensamiento egoísta por mi parte, ya que cada segundo que mi padre se retrasaba era un suplicio para mi madre.
La película empezó a las 22:11 horas. Once minutos de retraso que se me hicieron eternos. No obstante, ahí estaban los primeros fotogramas con el título en grandes letras: KING KONG. La extraña y siniestra banda sonora de los créditos anticipada los desasosiegos que vendrían a continuación. Lo siguiente era un primer plano de un pergamino con unas frases escritas en inglés. Una voz en off las tradujo al castellano: Y dijo el profeta: La bestia contempló el rostro de la bella y su mano no mato. Y desde aquel día, fue como si hubiera muerto. A continuación aparecían las imágenes de un puerto cubierto de una espesa niebla y un vapor que cruzaba la pantalla… Justo en ese momento, oí cómo una llave trataba de atinar en la cerradura de la puerta. Mi padre entró tambaleándose. Llevaba la mirada vidriosa y el gesto torcido. Mal asunto. Fue directamente al cuarto de baño y se encerró dentro. Hasta nuestros oídos llegó el sonido de sus vómitos. Era asqueroso y a la vez aterrador.
-        Vete a la cama antes de que salga.
-        Pero, mamá…
-        Haz lo que te digo.
El miedo y la urgencia que reflejaban sus ojos eran tan reales que no insistí más. Me levanté del sofá y salí del salón. De camino a mi cuarto odié a mi padre. Era un ser despreciable que siempre daba prioridad a sus vicios. Un egoísta que prefería satisfacer su sed de vino a llevarse bien con mujer y sus hijos. Por su culpa me iba a perder la película.
Me metí en la cama refunfuñando. Sabía que todos mis amigos estarían delante del televisor. Yo iba a ser el único panoli del pueblo que no iba a ver el largometraje. Momentos después, oí que mis padres empezaban a discutir. Sus gritos se colaron en el dormitorio a través de las paredes. Una vez más la escena se repetía. Pero por muy habituado que estuviera, aquello no dejaba de ser espantoso. Los gritos dieron paso a los golpes. Escuché las suplicas y lamentos de mi madre. Me revolví entre las sábanas lleno de angustia e impotencia. Me habría gustado ser un adulto para protegerla. De hecho, deseé ser un gorila gigante para aplastar de un manotazo al malnacido de mi padre. Espachurrarlo como a una cucaracha.

sábado, 10 de enero de 2015

EL WENDIGO de VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ - Relato para VINALIA TRIPPERS Nº 13 DUELO AL SOL

Para Algernon Blackwood
& Carlos Castaneda


No debería tomar más peyote, piensa Klaus recordando su última cura con el brujo Genaro hace unos días, mientras apura con manos temblorosas una botella de whisky, no debería tomarlo más, al contrario de lo que el viejo me aseguró, cada experiencia es peor y más delirante, y las bajadas duran semanas... Piensa esto, Klaus, apurando nervioso la botella de whisky, mientras aviva en medio de la llanura las llamas de su fogata, que apenas alcanzan a iluminar unos metros de pradera en la noche... Más allá, todo inmensidad y negrura... y alaridos de coyotes y chotacabras... o de espíritus vengativos... Maldito el día en que nos encontramos a aquel indio, masculla entre dientes, todo desde entonces ha ido de mal en peor... Y acto seguido recuerda por enésima vez la historia: aquel piel roja enloquecido que se encontraron en las montañas, mientras bateaban un río de aguas heladas, sangrando por los ojos y con los pies llenos de quemaduras, aullando la palabra Wendigo... Se abalanzó sobre ellos como una bestia herida, seguramente pidiendo auxilio nomás, pero Warren perdió los estribos al verle desencajado y vociferando de aquella manera y le incrustó una bala entre las cejas... Y después las desapariciones: el propio Warren, primero, y luego Jack y Peter, silenciosamente y sin dejar rastro, en plena noche y mientras dormían, hasta quedarse él solo en las montañas... Y a continuación, ya de vuelta a casa, tras salir no sabe cómo del bosque y alcanzar las praderas, la paranoia y el miedo: esa sensación continua de sentirse observado y los silbidos ominosos del viento... Y el peyote de Genaro como remedio contra el terror después, que en el fondo, cree, le está volviendo más loco todavía... Todo esto piensa Klaus junto a su fogata esta noche, de regreso de la cabaña del brujo al otro lado de la frontera, mientras aviva atemorizado las llamas y apura compulsivamente la botella de whisky... Las curas de peyote que el brujo le recomendó no están surtiendo el efecto esperado, más bien al contrario, por más que le insista Genaro, están potenciando sus fobias... Sobre todo las últimas veces (y van ya cerca de diez), especialmente traumáticas, con aquellas visiones de un ser mitad hombre mitad coyote devorando su corazón... Que eso le hará enfrentarse a sus fantasmas, le asegura Genaro, que pronto los conjurará, que sea paciente y perseverante, dice, pero Klaus siente cómo con cada nuevo viaje pierde más la cabeza y se acentúan sus miedos, como en este mismo instante, de regreso de la cabaña del brujo a su casa, percibiendo cada vez más cercana la presencia de ese maligno ser... No debería tomar más peyote, piensa junto a la hoguera, mandaré al carajo al viejo, no creo ya en sus monsergas...Eso se dice Klaus tembloroso, mientras apura la botella de whisky a la luz tenue de las llamas, cuando una ráfaga de viento helado apaga de súbito la fogata sumiéndole en la oscuridad... El terror y la histeria se apoderan entonces de él... Y arranca, como alma que lleva el diablo, a correr sin rumbo en la noche...

Vicente Muñoz Álvarez, de Vinalia Trippers: Duelo al sol(Producciones Vinalia Trippers, 2014).

Ilustración by Toño Benavides.