jueves, 13 de septiembre de 2012

Nº100 DE LA COLECCIÓN PLANETA CLANDESTINO

con Antonio Cillero Ulecia, Ignacio Escuín Borao, Jorge Salmerón, José Manuel Calzada, Juri Gagarin, Ángela Serna, Benjamín León, Leopoldo Alas, José Luis Pérez Pastor, El Corto Adiós, Mariela Bazán, Julia Sáez Angulo, Eva Vaz, Rafael Fombellida, Sonia San Román, Eva Gonzalez Vazquez, Alber Vázquez, José Ángel Cilleruelo, Pepe Pereza, José Luis Puerto, El Cuarto Verde, Enrique Falconí Mejía, Fernando Sáez Aldana, Isabel Bono, Xordica Editorial, Alberto Santamaría, Mireia Alonso Ribeiro, Enrique Cabezón, Juan Alberto Martínez,Enrique Falcón, Agustín García Calvo, Jesús Hilario Tundidor, Lucas Elkoalapuesto, Elena Medel, Francisco López de Zárate, José Luis Piquero, Sergi Puertas, Juan Pardo Vidal, Pedro Montealegre Latorre, David Fielfort, Begoña Abad de la Parte,Diego Marín Aguilera, Antonio Orihuela, Roger Wolfe, Juan Pardo Vidal, Daniel García Granda, Antonio Alfaro Sanchez, Octavio Gómez Milián, Jesús Cuadrado, Manuel Quiroga Clérigo, Vicent Camps, Vicente Muñoz Alvarez, Íñigo San Sebastián Barja y Chusé Raúl Usón.


http://instagr.am/p/Pd8UH3S70o/

miércoles, 12 de septiembre de 2012

YA NO ME QUIERES

Y llegaron los días que dejaste de quererme.
No lo niegues, habías dejado de quererme. Lo notaba en tu respiración, en la forma de lavarte el pelo, en cómo te sentabas en el suelo con las piernas cruzadas. Me lo decían tus pestañas, tus uñas, los lóbulos de tus orejas, incluso los ácaros que dejabas en la cama me lo decían: “Ya no te quiere, ya no te quiere” El viento cuando soplaba, tus braguitas colgadas del tendedero, ellas también me lo decían. Fui consciente de ello al verte caminar. Cuando te apartabas el flequillo yo sabía que no me querías. Si bebías agua lo sabía, al fregar los platos, al cerrar los ojos y al abrirlos. Sabía que ya no me querías, lo sabía. Si fumabas era porque no me querías y si no fumabas, tampoco me querías. Ya no me querías. Habías dejado de quererme y me lo demostrabas al darle cuerda al despertador o al hacer uso del retrete. No, no me querías, ya entonces no me querías. Lo sabía el gato, la lámpara y el felpudo de la entrada. Me lo decía el guiso que se cocía en la olla, las cortinas del salón. Me lo decían las canciones que escuchábamos y los libros que leíamos. Me lo chivaban el cepillo de dientes y la maquinilla de afeitar. No me querías. Yo era consciente de ello. También el florero y el polvo que flotaba en el aire. Y los destellos en la pared y la funda del sofá… Todos lo sabían. Y sufría porque no me querías. Se lo confesaba a las baldosas del pasillo. Con lágrimas en los ojos se lo decía. Hablaba con ellas y les decía que no me querías. Me sinceraba explicándoles que no me querías. Si dudaba solo tenía que mirarte para saber que no, que no me querías.

LO NUEVO DE BANKSY

martes, 11 de septiembre de 2012

LOS BOCADILLOS

Vamos conduciendo. Debido a la hierba que estamos fumando nos entra un hambre cruel, así que paramos en el primer pueblo que encontramos. A la primera persona que vemos le preguntamos por un sitio para comer. El aldeano nos dice que sigamos calle arriba y daremos con, según pronuncia, el bar “Keroa”. Andamos hasta llegar a un local con amplia cristalera llamado realmente “Kerouac”. Entramos y echamos un vistazo a los expositores de la barra, sólo hay bolsas de patatas fritas, cortezas y algún que otro dulce. Nosotros queremos algo más consistente y que además esté caliente. Pregunto a la camarera, una señora de unos sesenta años, bajita y desenvuelta. Nos dice que sí, que la cocinera nos puede preparar unos bocadillos. Los elegimos de lomo a la brasa con pimientos del Piquillo. La camarera entra en la cocina para comunicar el pedido a la cocinera. Aprovechas para ir al servicio, yo opto por amenizar la espera con el humo de un cigarro. El bar es amplio y pasado de moda, bien iluminado gracias a la gran cristalera que deja entrar la luz diurna. Los parroquianos habituales son unos pocos jubilados que repartidos por las mesas del fondo juegan a las cartas o al dominó. Es el típico bar de pueblo. De pronto, un anciano que está sentado al fondo vomita sobre su mesa. Lo hace con toda la naturalidad del mundo, como si fuera una costumbre arraigada y respetada por todos. El resto de los presentes se apartan con muecas de asco. El anciano se levanta y sin hacer caso de los comentarios y las recriminaciones abandona el local. Las protestas llaman la atención de la camarera que en estos momentos sale de la cocina. Al ver la vomitona se lleva las manos a la cabeza y se santigua. Sales de los servicios y te detienes para observar cómo la camarera echa el grito al cielo y entra en la cocina sin parar con sus aspavientos. Cuando descubres el motivo y ves los vómitos se te escapa una arcada. Vienes a mí sin creerte lo que has visto.

- Está todo lleno de sangre.
- ¿Sangre?
- Sí, sangre.
- ¿Estás segura?
- Claro que estoy segura, la acabo de ver con mis propios ojos ¿Qué ha pasado?
- Un abuelo ha vomitado. Por eso dudo de que sea sangre. Seguro que es vino.
- Te digo que es sangre. Si no me crees acércate tú mismo a míralo…

♫♫♫♫ Suena tu móvil. Lo coges del bolso y… ♫♫♫♫…contestas. Dentro del bar no hay cobertura así que tienes que salir a la calle para poder atender la llamada.
La camarera sale de la cocina sosteniendo el mocho de una fregona. Recoge los vómitos del suelo y vuelve a la cocina con la fregona escurriendo. Me fijo en los goterones que deja en su recorrido. Efectivamente es sangre, tú tenías razón. Ese anciano debe sufrir algún tipo de enfermedad que le obliga a vomitar sangre. Me pregunto por qué la camarera no utiliza un cubo con agua y jabón para fregarlo todo como es debido. Con su acción lo único que está consiguiendo es esparcir la sangre por todo el local. De hecho, cuando sale de la cocina me sorprende de que no lleve un cubo lleno agua para acabar el trabajo de limpieza. En su lugar utiliza unas servilletas de papel y con ellas limpia la mesa que ha vomitado el anciano. Como es natural las servilletas se empapan enseguida y es inevitable que se pringue los dedos. Asisto incrédulo a la falta de higiene de la señora. Regresa a la barra sujetando las servilletas con el pulgar y el índice para arrojarlas al cubo de la basura que oculta detrás del mostrador. Después ni siquiera tiene el detalle de lavarse las manos, tan sólo se las frota en el delantal y con eso se da por satisfecha. Entras de nuevo al local.

- ¿A que no sabes quién era?

Yo no quito ojo a la camarera. Quiero ver si se lava las manos. Por mucha hambre que tenga no voy a comerme algo que ella haya tocado con las manos sucias.

- ¿A que no sabes quién llamaba?
- Ni idea.
- Mi hermana, desde Londres. Te manda recuerdos.
- Se los devuelves con un beso cuando vuelvas a hablar con ella.

No dejo de vigilar a la camarera. Tú te apoyas en la barra y te muestras impaciente, tienes tanta hambre que no puedes esperar a que nos sirvan la comida.

- ¡Qué hambre tengo! Me comería una ternera entera si me la pusieran en un plato.

Me siento tentado de comentarle lo sucedido, aunque prefiero no aguarte el apetito. La camarera entra en la cocina. Al perderla de vista ya no puedo controlar si se lava o no las manos. Me digo que sí, que se las va a lavar en el fregadero de la cocina. Trato de convencerme de que es así. Al rato sale con los bocadillos y los deja sobre la barra. Tienen una pinta estupenda. Echo una mirada a sus manos. Me gustaría vérselas mojadas, pero no es así. Se las ha secado con una toalla antes de salir, me digo. Te lanzas a por uno de los bocadillos y de inmediato le asestas un mordisco.

- ¡Hummm!, está buenísimo.

Intento dejar a un lado los escrúpulos y cojo el mío. Lo examino buscando restos de sangre. No veo nada fuera de lo normal. Le doy un mordisco, está exquisito. El pan es blando, la carne está en su punto, los pimientos también. La cocinera es toda una profesional. Lástima que la imagen de la camarera sujetando las servilletas empapadas en sangre no se me vaya de la cabeza. Al tragar siento un nudo en el estómago y tengo que hacer un gran esfuerzo para reprimir una arcada. Tú devoras tu bocata con una sonrisa en la cara. Hago un último intento por comerme el mío, lo abro y le quito los pimientos, su color me recuerda a la sangre escurriendo del mocho.

- Si no los quieres dámelos a mí.

Te los doy.

- Están riquísimos, tonto.

Intento un segundo mordisco, pero estoy a punto de vomitar. Dejo el bocadillo sobre la barra.

- ¿Qué pasa?
- No me apetece comer.
- ¿Te encuentras bien?
- He perdido el apetito. Supongo que es por los porros.

Das por buena mi respuesta y sigues comiendo. Me fijo en los goterones de sangre que han quedado en el suelo y vuelvo a sentir nauseas. Me concentro en la luz que entra por ventanal mientras devoras tu bocadillo. Cuando lo terminas sigues con el mío.

pepe pereza

domingo, 9 de septiembre de 2012

DIARIO DE MOSCÚ

DIARIO DE MOSCÚ
Jueves 13 de Septiembre a las 22,30, ó Viernes 14 de Septiembre a las 22,30
En el TEATRO ARENAL Calle Mayor, 6, Madrid.

La obra DIARIO DE MOSCÚ, escrita y dirigida por Pep Guinyol, está interpretada por Josep Linuesa, Vicente Gil, Alvaro de Juan y Esther Galán.

Una obra original y divertida sobre las nuevas familias homoparentales. Siglo XXI. Aparecen nuevos modelos de familia, que conviven con sus miserias y alegrías como cualquier otra. Las dudas, el amor y
el compromiso social, serán los ejes de sus vidas. Alex, el hijo de Carlos y Juan, adoptado en Rusia, les
anuncia a sus padres que tiene que casarse... conocer a la futura pareja de Alek, creará equívocos y situaciones divertidas.
Cada invitación es y para dos personas y es necesario confirmar la asistencia lo antes posible, ya que las invitaciones son limitadas y nos encantaría contar contigo en un día tan especial para nosotros.

Para confirmar asistencia: Filo Quiñones, teléf: 626 43 32 80
Una vez confirmada la reserva, podrás recoger las entradas en la taquilla del teatro medía hora antes de la función.
Esperamos poder verte y compartir contigo este día tan especial.

Un abrazo.

Filo Quiñones.

jueves, 6 de septiembre de 2012

MJ ROMERO

Él estaba allí, a finales de verano, arrodillado sobre la hierba seca, mirando de perfil mientras la cámara lo enfocaba, con su cigarrillo entre los labios. La tierra la conocimos por él, el país lo conocimos por él, a los hombres del país los conocimos por él. Era el dandi perfecto, el gran dandi, pero en modo alguno un esnob.

***
Él lo dejó muy claro a su llegada. Quien críe hijos que recoja sus cuervos. Quien tiene un hijo tiene un tesoro. Era la sabiduría del desierto. De su desierto. Tierra de dátiles y almendras.

***
Las mujeres eran otra cosa. Nosotras somos otra cosa en medio del desierto. Si te despiertas y no ves la luz rápidamente agilizas la mirada hacia otra mirada. Los camellos son fuertes y resistentes. Los hombres cambiaban a las mujeres por un camello que los transportase a través de las dunas. La mujer se convierte en arena. La mujer es un pozo, dijo él a su regreso del desierto. Él solo traía sed. Escupía sed. Un hombre sediento a punto de derrumbarse. Encontró las puertas cerradas. En la gran plaza son las mujeres las encargadas de abrir y cerrar las puertas. Si reconocen a sus hijos en el rostro del que llega, las abren. Nosotras no hemos nacido para el olvido.

LEER BAJO TIERRA - PABLO GALLO

CARTELES DE CINE - ÏVE BASTRASH

domingo, 2 de septiembre de 2012

AGITADORAS Nº 35 - SEPTIEMBRE 2012

Foto de Kirsty Mitchell

CONTENIDOS
Hemeroteca

MISCELÁNEA
Martín Chambi en Cádiz - Lalo Borja
Pulsiones Contemplativas - Ricardo López
Nosotros y los Sesenta - Holly
10 Razonamientos Sintéticos para Fichar en la Rentré - Il Gatopando

OPINIÓN
Grandiosa - Itziar Mínguez
London 20.12 Waiting for Something to Happen - Jan Hamminga
Pienso, Luego Resisto (XXI) - Con o sin Iva, Leer nos hace Libres - Mª Ángeles Cabré
Salvando el Cuello: la Burbuja que Alemania no Quiere Pinchar - Inés Matute
Pequeño Requiem por Ray Bradbury - David Torres

DUELOS Y QUEBRANTOS
La Amplitud de la Puerta: Humo, Mentiras y Rock and Roll - Macky Chuca
Buscando el Sol en la Playa - Rosa Mª Ortega

LITERATURA
La Mujer se Pinta Signos de Humanidad - Juan Luis Calbarro
¿Nada de Nada? o El Montón de Sofía - Luis Arturo Hernández
A mi Manera - Rubén Castillo
Papel Carbón - Inés Matute
Un Libro Imprescindible para Conocer la Comuna de París - Jesús Aller
El Tiempo de los Asesinos (IX) - Raul Núñez - Vicente Muñoz

CREACIÓN
Mestizo - Paco Piquer
Agosto, Moscas, Cielos - Ángela Mallén
Dèjá Vu (I) - Joaquín Lloréns
La Nada que les Separa - María Aixa Sánz
Cuestiones Importantes sobre el Ostracismo - Héctor Ranea
Pigmalionismo - Stefany da Costa
Verano entre Vampiros - Jesús Zomeño
Angélica y Medoro - Daniel de Culla
Poema - Sergio Manganelli
Sueños de la Xiqueta - Francisco Gómez
Caribe - Espuma - Ileana Garma
Carpe Diem - Edgard Cardoza
Fuera Alba - Como una Habanera sin Canción - Ramón Asquerino
La Tarde - Jesús Cárdenas
30 Tuits - Rafael Blanco


BABILONIA EN RUINAS - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

como torres de babel
destruidas

símbolo de la ambición
humana

contemplo a menudo
los polígonos de las afueras

edificios abandonados
destinados a ser
viviendas de ricos

calles desoladas
persianas bajadas
parques vacíos

bajo la sombra alargada
de los empresarios muertos

que contra el asfalto

como buitres sin alas

dejaron
sus restos

Vicente Muñoz Álvarez

sábado, 1 de septiembre de 2012

COMPAÑEROS DE JUEGOS – FELIPE ZAPICO

COMPAÑEROS DE JUEGOS
Tengo compañeros de juegos
que ya no están
leucemia, corazón y pulmón
se los
han llevado
a
todos
en la
flor
de su vida.

Tengo compañeros de juegos que
entraron en el
corredor de la muerte
algunos
han salido
incluso
varias veces
otros quedaron
allí para siempre jamás.

Tengo compañeros de juegos
que se perdieron
en la memoria
su
memoria
y se cambian el nombre
pero no cambian su
sonrisa
sus
rizos
y
nunca
nunca
me cambian mi nombre.

Felipe Zapico Alonso, del blog Narciso el Valvulista. http://narcisoelvalvulista.blogspot.com.es/

CANCELAN "CARNE CRUDA"

UNA GRAN PERDIDA

viernes, 31 de agosto de 2012

CURROS DE MIERDA – CARLOS SALCEDO ODKLAS

Lo que sigue es un capítulo de mi novela, aún incompleta, titulada CURROS DE MIERDA. Comencé e escribirla en el 2009, muy influido por FACTOTUM, de Charles Bukowski. Es una novela autobiográfica sobre mis experiencias y reflexiones sobre el mundo laboral. Era mi primer intento serio de escribir y, tras 10 capítulos, consideré que no estaba preparado para un proyecto de esa magnitud y decidí forjarme con los relatos cortos, que es donde estoy ahora. No sé si la acabaré algún día, ni mucho menos si verá la luz, quizás la suba por partes a este blog, ¿quién sabe? De momento aquí dejo el trailer.

CURROS DE MIERDA
3.
Llegué antes de tiempo a la dirección indicada, era un garaje de dos pisos situado bajo un parque. Me alegró sobremanera el hecho de que estuviera muy cerca de mi casa, eso reducía el tiempo de llegada al trabajo, que teniendo en cuenta el número de horas que tenía que hacer se agradecía bastante. La jornada laboral comienza realmente mucho antes de entrar por la puerta, comienza con la angustia de saber que has de abandonar lo que quiera que estés haciendo, abandonar tu vida, tu libertad, y encaminarte al infierno. Ese duro golpe de la realidad se produce mucho antes de fichar, se produce cuando estás a gusto con los colegas en una terraza disfrutando de una cerveza fría, o por las mañanas cuando suena el despertador, ahí comienza el infierno, ¡y esas horas no te las pagan! Sin duda el camino hacia el puesto de trabajo es el peor momento, cuando sabes que aún podrías huir, pero no lo haces, y eres consciente de tu condición de esclavo, se revela en todo su patetismo tu estado de perdedor, tu falta de voluntad, el hecho de haberte sometido a los engranajes quizás para siempre. Tener que cargar con eso, con esa culpa, durante horas, metido en el metro o el bus, con la gente como tú con su culpa esculpida en sus caras, o en el coche, durante los atascos y los semáforos en rojo sangre, toda esa carga lleva a muchos a explotar y hacer uso de cuchillos y escopetas. Supongo que tener, por lo tanto, el trabajo al lado de casa, me hacía una persona menos inclinada a los asesinatos en masa. Incluso llegué al puesto antes de tiempo, no obstante no quería presentarme ahí hasta que fuera la hora acordada, no fuera que se mal acostumbraran. Me senté en un banco y me fumé un cigarrillo tranquilamente, observando a la gente que pululaba por el parque.
El sol empezaba a ocultarse en la ciudad.
Las madres recogían a sus hijos. Los niños aún no querían irse a casa, estaban ahí tirados jugando con la arena, sin preocupaciones, sin trabajo, sin dinero, sin alcohol, sin drogas, sin amantes, sin esposas, sin hipotecas. Sólo con su arena, disfrutando de cada grano, acumulándola, esparciéndola, construyendo, destruyendo. Disfrutad pequeños, nada dura eternamente.
El sol continuaba ocultándose en la ciudad.
Ellos tenían que subir a su casa a cenar. Yo tenía que bajar al garaje a trabajar, así era el orden del cosmos, así que me incorporé y me puse en camino, descendiendo.
El sol se ocultó mientras descendía a ese infierno de hormigón.
Me estaba esperando un tipo con un uniforme como el mío, se le veía muy cansado de todo mientras me contaba las cuatro cosas que yo debía saber: Dónde estaba la habitación para cambiarse, el funcionamiento de las cámaras de vídeo, qué llaves abrían qué y poco más.

-Vaya mierda, doce horas aquí metido y ahora encima tengo que coger el metro otra hora y media hasta llegar a mi puta casa, ¡mierda! Me paso la vida bajo tierra, como los gusanos.
-Ya, es una putada, yo por suerte vivo aquí al lado.
-Joder, no sabes la suerte que tienes macho.
-Lo sé, lo sé.
-Bueno, en fin, nos vemos en doce horas, que pases buena noche.

Y se largó como alma que lleva el diablo.
Bien, se avecinaba una larga noche. Llevaba una bolsa de mano en la que había metido mi uniforme, unos bocadillos y unos libros. Fui a cambiarme y ya con mi flamante traje de noche realicé la primera ronda por el garaje. El paisaje era desolador, paredes grises, suelo gris, franjas amarillas en el suelo gris, luces tenues... Y coches, infinidad de coches, coches azules, coches amarillos, coches rojos, coches blancos, furgonetas, alguna moto.
Divisé a un hombre que surgía de una puerta verde al fondo de la pared. Me hizo un gesto perezoso con la mano. Yo lo imité. Se subió a un coche, uno de los rojos, arrancó y se fue a algún lugar. Proseguí con mi peregrinaje y bajé a la segunda planta. Allí me esperaban más coches, infinidad de coches, coches azules, coches amarillos, coches rojos, coches blancos, furgonetas, alguna moto.
Caminaba despacio, el eco de las paredes amplificaba mis pisadas, no se oía nada más.
Finalicé la ronda y regresé a mi cubículo, el paseo me había llevado unos veinte minutos en total.
Tenía una hoja con el membrete de la empresa en el que tenía que anotar la hora y si se había producido algún tipo de incidencia, tenía que repetir este proceso una vez cada hora.
Mi garita era poco más grande que el retrete de un bar, y tenía una ventana que daba a la puerta de entrada por su parte exterior, lo que significa que cuando un conductor quería acceder al garaje tenía que introducir su llave y esperar a que la puerta se abriera, si en ese momento miraba a su derecha, me veía a mi ahí sentado, a unos tres metros de él, convirtiendo ese momento en algo desagradable para ambos. Por supuesto teníamos que fingir que no era así improvisando un gesto con la mano y esbozando una sonrisa.
Tenía un pequeño monitor de vídeo a mi izquierda que se dividía a su vez en cuatro pantallas, eran las cámaras de seguridad del garaje, en blanco y negro, desde las que podía ver en tiempo real lo que sucedía en cada rincón de mi feudo, por supuesto no ocurría nada.
Cada vez que alguien entraba a por su coche desde el exterior tenía que acceder por una puerta situada en el parque. Cada vez que dicha puerta se abría en mi garita sonaba un pitido, eso me gustó ya que te ponía sobre aviso e impedía que alguna noche de despiste una bella dama me pillara con la polla fuera o en alguna otra situación igualmente embarazosa.
Estaba a gusto allí, leía algún libro o revista, escuchaba la radio y cada hora me daba un paseo por el garaje. Siempre anotaba en mi hoja de servicio "SIN NOVEDAD". Nadie me molestaba, no tenía un jefe capullo dándome la brasa, no tenía que aguantar a nadie, ni tratar con seres humanos, con la técnica adecuada podía evitar incluso verlos, la gente venía, cogía o dejaba su coche y se largaban de allí, yo solo les debía algún gesto con la mano y eso, por supuesto, solo si nuestras miradas llegaban a cruzarse. Era sencillo.
A medida que la noche avanzaba el flujo de personas era cada vez menor hasta que ya casi resultó ser inexistente, era noche cerrada y ya todos dormían, yo custodiaba sus coches.
Las primeras seis horas no me parecieron largas, pero a partir de ahí el tiempo empezó a distorsionarse y perdía su sentido, no tenía ya un orden lógico, algunos minutos duraban mucho y otros poco.
Yo continuaba con mi rutina, ronda, SIN NOVEDAD, garita, SIN NOVEDAD, bocadillo de jamón y queso, SIN NOVEDAD, cigarrillo, SIN NOVEDAD.
Me cansé de leer y decidí salir a tomar el aire, no podía alejarme de la entrada, se suponía que existía un supervisor que podía aparecer en cualquier momento para comprobar si estaba en mi puesto, jamás vino a comprobarlo pero yo no lo sabía en ese momento así que me quedaba en la entrada por si acaso.
La noche era muy silenciosa. El parque estaba rodeado de edificios, los típicos edificios residenciales, idénticos unos a otros como enormes colmenas, se supone que la gente vivía en ellos pero a esas horas parecía una ciudad fantasma como las de las películas apocalípticas. En el silencio extremo los sentidos se agudizan y si alguien tosía en el séptimo piso de alguna colmena yo era capaz de oírlo claramente. Hasta el aire era más limpio y puro, sin coches, sin ruidos, sin gente, el mundo en general era más puro así.
Hay gente que se vuelve loca o se asusta con tanta soledad y quietud, en una sociedad como la que hemos creado la quietud inquieta a los más socializados. Yo lo llevaba bien, me gustaba la noche, también la soledad, siempre me han gustado.
Apareció un gato de detrás de unos setos, iba a su aire, inspeccionando su territorio, el también estaba realizando su ronda. Cuando reparó en mí se quedó quieto, sopesando si era una amenaza. Nos quedamos unos segundos mirándonos fijamente, luego se tranquilizó y se alejó olisqueando por ahí.
Las horas seguían pasando y a eso de las cinco de la mañana empezó otra vez el flujo de gente, tímido al principio y más abundante según empezaba a amanecer.
Abundaban los portes serios, las caras hinchadas y el olor a champú. Tuve que multiplicar mis gestos de saludo con la mano, algunas personas me ignoraban, otras contestaban con desdén, yo los entendía, seguramente estaban en medio de un sueño hermoso cuando el pitido de sus despertadores los bajaba a la tierra como un poderoso directo de derecha a la barbilla.
Uno de los motivos de que me gustara el trabajo nocturno era que no tenías que madrugar para ir a trabajar. Si trabajas de noche por lo general te levantas a mediodía y tienes tiempo de hacer algo con tu vida antes de acudir a tu puesto, eso implica un descenso plácido hacia la angustia, en cambio madrugar... Estar tranquilamente imbuido en otra dimensión y que de repente todo eso acabe con un pitido es algo demasiado angustioso. Te levantas confuso, aún es de noche, no hay ruido ahí fuera y tu mente empieza a aclararse, te das cuenta de que tienes que ducharte, vestirte y desayunar rápidamente y largarte a currar y no quieres creértelo, es demasiado horrible, no puede estar pasándote eso a ti, no es lo que debería haber sido, nunca lo quisiste, ¡te engañaron! Quieres mandarlo todo al carajo y quedarte en la cama, arropado hasta que tu cuerpo te diga que ha tenido suficiente descanso y entonces, sólo entonces, prepararte para un nuevo día. Pero no lo haces. Te levantas, tropiezas, te miras al espejo y ves esa deformidad, el pelo revuelto, los ojos pegados, la cara roja e hinchada.
Esas eran las caras que se asomaban tras mi cristal protector como un desfile de fantasmas, la santa compaña existía, estaba ahí, delante mío, se iban a currar. Era terrorífico.
A esa hora de tumulto yo dejaba la puerta de salida abierta para que los pobres currelas no tuvieran que sacar la llave y abrir la puerta por sí mismos, bastante tenían ya.
Los veía desfilar en sus coches rumbo al matadero, algunos parecían estar verdaderamente dormidos aún, incluso con los ojos cerrados. Seguían su camino de forma totalmente maquinal hacia sus oficinas, tiendas, fábricas o lo que fuera, con el piloto automático puesto, sin creérselo del todo aún.
Yo todavía tenía que permanecer ahí unas horas más y tras ese espectáculo la cosa se hizo más dura. Toda aquella gente bostezando me había contagiado y empezaba a sentirme cansado, muy cansado, con ganas de llegar a mi casa y tumbarme esperando no despertar nunca más.
El tiempo pasaba despacio, la vida pasaba rápido.
Y amaneció.
Las calles empezaban a llenarse de vida, podía oírlo desde ahí abajo. Yo empezaba a dormirme bastante, llevaba demasiadas horas allí metido, estaba luchando agónicamente contra mis parpados que querían cerrarse a toda costa, ya no me obedecían a mí, me habían abandonado, ya no compartían mi lucha por seguir despierto. Asistía a un motín de mi propio organismo.
También luchaba contra la demencia, las horas pasaban lentas, el espacio y el tiempo se expandían como un chicle de menta. Veía destellos de luz que no estaban ahí. Mi cuerpo vibraba de una forma extraña.
La puerta de acceso pitaba cada vez más, yo seguía el recorrido de la gente a través de las cámaras y cuando estaban a punto de pasar cerca de mi me ponía tenso e intentaba sonreír preguntándome si resultaría creíble. Rezaba para que nadie me dirigiese la palabra porque no estaba muy seguro de poder decir algo con coherencia, en resumidas cuentas, estaba flipando.
Decidí salir de nuevo al exterior, a la puerta, y quedarme ahí, que me diera un poco el sol en la cara parecía una buena idea ya que si permanecía sentado en la garita, ese vórtice del horror, acabaría durmiéndome tarde o temprano.
Me aventuré al mundo exterior subiendo por la rampa de acceso. Ya era una mañana en toda regla. Se veía a la gente pulular de aquí para allá. Señoras que sacaban a su perro para la meada matinal. Niños que cargaban con sus pesadas mochilas rumbo al cole. El jardinero.
A veces la gente se paraba y hablaban entre ellas. Todos parecían contentos, con cosas que hacer aquella bella mañana de verano mientras yo agonizaba embutido en mi uniforme azul.
El sol me golpeaba con fuerza, notaba el calor dentro de mí, miraba a mi alrededor y todo me parecía extraño, completamente surrealista. Cuando afrontas una mañana sin haber dormido no estás siguiendo el orden natural de la vida y la percepción no es la misma que si te acabases de levantar, eso unido al cansancio dota a la realidad de un aura muy extraña. Todo brilla en exceso, los colores poseen tal viveza que hacen daño a la vista, los ruidos son extraños e inesperados y te atacan desde todos los flancos. La gente se deforma, se estiran y se ensanchan, ves que son seres humanos como tú pero hay algo extraño que te hace desconfiar, es igual que estar bajo los efectos del ácido.
Regresé a mi submundo, tembloroso y aterrado, sensorialmente no estaba preparado para el día y sus gentes, en mi submundo aún era de noche y aquello me arropaba, sabía que podría esconderme debajo de la mesa si fuera necesario.
Llevaba once horas metido ahí. Realicé mi última ronda con una gran sensación de satisfacción. SIN NOVEDAD. Por fin todo esto llegaba a su fin, llegarían a relevarme dentro de poco, recogí mis cosas y me cambié.
Faltaban tan solo unos minutos y el alargamiento del tiempo había llegado a un extremo absurdamente cómico. ¡Los minutos duraban 500 segundos!
Llegó la hora... Y no pasaba nada. No podía creérmelo. Nadie acudía a rescatarme. Me habían abandonado y ahora moriría. ¡Llevaba ahí dos minutos de más! Eso en mi estado era casi media hora.
Entonces llegó el relevo. Era el mismo tipo de la tarde anterior.

-Qué, ¿qué tal tu primera noche?
-Bastante bien, las ultimas horas un poco peor, pero bien en general.
-¿No ha pasado nada no? -Dijo ojeando mi hoja de rondas.
-Nada.
-Sí, aquí nunca pasa nada, mejor así.
-Bueno, me largo que me caigo de sueño.
-Vale, nos vemos en doce horas

Esa última frase me destrozó. En mi delirio por sobrevivir había olvidado que aquello no era ninguna especie de prueba de resistencia puntual. Era algo que se repetiría de nuevo, que se repetiría dentro de un rato, que se repetiría día tras día quizás eternamente.
Agarré mi bolsa y me alejé raudo de allí. Libre de nuevo me sentía más enérgico e incluso el sueño se había mitigado bastante. No tardé mucho en llegar a mi casa. Una vez allí me quité la ropa, bajé las persianas para evitar a mi enemigo el sol y me tumbé mirando al techo, pensando en todo aquello. Curiosamente tardé un buen rato en dormirme. El infierno había comenzado.

PUBLICADO POR CARLOS SALCEDO ODKLAS EN http://odklas.blogspot.com.es/

jueves, 30 de agosto de 2012

CÁNCER DE INVIERNO – LUIS MIGUEL RABANAL



VIII

Si sientes la cercanía del carámbano
ya habrá bastado para descuidarte
y morir, te crecerán los ojos y serás el desconocido
que llama a la puerta para vender estufas,
espejos que deforman la realidad, licores de manzana.
No estoy seguro de que sea esta noche,
y sin embargo las células supuran su argumento asolador
y me conminan,
de ellas se esperan tantas cosas que imagino
ya inútiles por su modo de perseverar en lo grotesco.
Hay nieve todavía en los tejados de mi infancia,
mi madre enciende el fuego y me viste,
sé que es de su voz
de donde mana la ternura o el castigo.
Ya no sollozo más y esta hora que confundo
con otra menos trágica
me convencerá al fin de que es mentira.
El anochecer es un taxi negrísimo
que asoma en la calle del Medio y es Obdulia
desnuda y dormida, soy yo si permanezco solo
mientras el mundo o su nostalgia acaba.
El contacto con cuanto es fugitivo arde en la boca
como si tuviera prisa por pasar el tiempo,
otros hombres hasta aquí venían a curar su
sarcaidosis.
Qué astuta elección si crees suficiente
desdramatizar tu afán por perdonarlo todo,
tu mejoría cuando el sol
seca tu frente de pensamientos voraces y difíciles.
No serás nunca el suicida que se sumerge con su idea
en el cieno absurdo de la noche y no mira su rostro
que le dice, no, no debes volver.

“Cáncer de invierno”, Colección Provincia, León 1998

http://luismiguelrabanal.wordpress.com/2012/08/29/cancer-de-invierno-3/

RECITAL SIMULTANEO

martes, 28 de agosto de 2012

EL SUBALTERNO

Hay días que es mejor no levantarse. Eso pensó Lucas mientras estaba en la cadena de montaje. Su tarea consistía en ensamblar dos piezas metálicas con una tuerca y una llave del 19. Debía asegurarse de que quedaban bien sujetas antes de seguir con las siguientes. Las piezas nunca se acababan, y antes de dar la última vuelta de tuerca ya estaban llegando otras por la cinta transportadora. Tenía que realizar su trabajo a toda prisa y no podía dejar pasar ninguna sin ensamblar.
Ese día en concreto estaba siendo un mal día, y lo estaba siendo porque Matías, el encargado, no paraba de tocarle los cojones.

- ¿Se puede saber qué coño te pasa esta mañana? Estás dormido Lucas. A ver si espabilas.

A Lucas no le pasaba nada. Trabajaba al ritmo de todos los días, es decir, a toda hostia. Pero Matías esa mañana se estaba desahogando a placer con él. Lucas guardaba silencio. Haciendo caso omiso de los comentarios despectivos de su encargado. Concentrándose única y exclusivamente en hacer su trabajo lo mejor posible.

- Me cago en Dios, Lucas. Esa pieza va floja. Repásala.

Lucas repasó la pieza.

- La pieza está bien.
- Ahora vas a saber más que yo… Venga joder, que no tenemos todo el día.

Claro que él sabía más. De hecho llevaba doce años haciendo el mismo trabajo y sabía que para que las piezas quedasen bien acopladas había que darle cinco vueltas a la tuerca. Ni una más ni una menos. Cinco vueltas, que son las que había dado. Pero si Matías decía que había que comprobar la pieza, se comprobaba y ya está. Lucas siguió con su trabajo. Tratando de recuperar el tiempo que le había hecho perder el encargado.

- Espabila Lucas.

Lucas se preguntaba por qué Matías la había tomado con él. Él era un buen trabajador. Nunca había faltado a su trabajo. Siempre puntual. No causaba problemas y se llevaba bien con todo el mundo. Con todos excepto con Matías. Y que conste que no era por su culpa. Él siempre fue cortés y educado con Matías. Nunca le faltó al respeto y siempre obedecía sus órdenes. No, Lucas no podía entender la antipatía que Matías sentía por él.

- Venga joder, que estás dormido.

Lucas sudaba a mares a causa del esfuerzo y la presión. Maldijo su suerte por dentro, tragándose el orgullo y la vergüenza de ser humillado delante de sus compañeros.

- ¿Qué pasa? ¿Te pasaste la noche follando con la parienta y ahora no rindes?

A Lucas le hubiera gustado decirle que eso no era asunto suyo. Prefirió callarse. Tenía miedo de dejarse llevar. Temía despertar a la bestia que durante tanto tiempo había encerrado en lo más profundo de su ser. Sí, era mejor callarse y aguantar. El tiempo pasaría y podría regresar a casa con su mujer. Por unas horas podría olvidarse del trabajo y del malnacido de su encargado.

- ¿Se puede saber en qué cojones estás pensando? Métele caña, joder. Que en vez de sangre parece que tienes horchata.

Aguanta Lucas, aguanta. Solo es un mal día, ya has tenido otros y los has superado. Aguanta. Solo unas horas más y regresarás a casa. Podrás servirte una copa y sentarte junto a tu mujer en el porche. Y ahí estaba Lucas, ensamblando la pieza de turno. Sudando como un condenado. Con calambres en espalda y brazos. Con el orgullo dolorido y haciendo todo lo que estaba en su mano para aguantar los envites de su jefe.

- ¿Seguro que esa pieza va bien?
- Seguro.
- Revísala.
- Te digo que va bien.
- Y yo te digo que la revises, cojones.

Lucas obedeció y revisó la pieza a sabiendas de que estaba bien.

- Está bien, como te he dicho.
- Date caña que se te pasa esa otra pieza.

Cada pieza que tenía que revisar le retrasaba con la siguiente. Lucas tuvo que esforzarse al máximo para volver a coger el ritmo. Su trabajo de por sí era un coñazo, pero con Matías encima llegaba a ser insoportable. Lucas rogó para que el tiempo pasase rápido. Además, con tanto sudar se estaba deshidratando. Necesitaba beber agua. Tenía la botella a sus pies, pero estando Matías cerca era mejor aguantar. Lucas estaba seguro que si hacía mención de beber agua, Matías se lo iba a reprochar. Prefería pasar sed que aguantar otra de sus broncas. Siguió con su trabajo a pesar de tener la lengua seca como un felpudo. Ni siquiera podía beber un trago de agua sin que se lo recriminasen.

- ¡Me cago en Dios! Lucas. Estate atento, no ves que esa no está bien.
- Esa pieza está bien, como lo estaban las otras.
- Que no me repliques, joder. Tú haces lo que yo te digo y basta.

Lucas dejó la llave a un lado y se agachó a por la botella de agua.

- Deja la puta botella y revisa la pieza.

Lucas se quedó mirándole, sopesando si debía partirle la cara o continuar tragando mierda.

- Te digo que dejes la botella y revises la pieza.

Lucas dejó la botella en el suelo, cogió la llave y revisó la pieza.

- La pieza está bien.
- Pues me alegro, pero métele caña que se te acumula el trabajo.
- Si no estuvieses tocándome los cojones seguro que no se me acumulaba.
- A mí me pagan para tocarte los cojones.

Las piezas se acumulaban y él no podía más. Le dolían los músculos de la espalda, tenía las manos entumecidas, la frente perlada de sudor y la boca seca.

- Vamos Lucas, vam…

Lucas no fue consciente de asestar el golpe. Solo escuchó un crujido. Un crujido sordo como el reventar de una nuez. Matías cayó al suelo con la cabeza abierta. Lucas dejó la llave manchada de sangre sobre la cinta transportadora y la observó mientras se alejaba. Luego cogió la botella de agua y bebió hasta saciar la sed.

® pepe pereza (Momentos extraños)