martes, 16 de septiembre de 2014

EIS - ADRIANA BAÑARES CAMACHO

MADRID - COCHABAMBA


Ya podéis leer un adelanto de "Madrid-Cochabamba (Cartografía del desastre)", el libro escrito a cuatro manos. Los autores son Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot.

En la Revista Puño y Letra 

DAVID GONZÁLEZ - NUEVO LIBRO

Fotografía de Demian Ortiz de Babel Estudio para el proyecto "Perdidos. Un lugar para encontrar" http://documentalperdidos.com/ 
http://ellenguajedelospunos.blogspot.com.es/

EXPOSICIÓN MEANDO CONTRA VIENTO


POÉTIKAS


miércoles, 10 de septiembre de 2014

FLORES EN EL TEJADO


Llevaba el ramo con desprecio, como si me importase un pito. Con el brazo colgando y las flores mirando al suelo. Igual que si llevara una rata muerta cogida por el rabo. Que se notase que me obligaban a acarrear con él. Y es que cuando llegaba el mes de mayo a los alumnos nos exigían llevar flores al colegio. Eran los profesores los que nos obligaban. Además teníamos que acudir media hora antes de lo acostumbrado para ofrecer los ramos a la Virgen. Coger las flores no suponía ningún problema dado que nuestra casa era de las últimas del barrio y el campo estaba al lado. Por esas fechas los prados estaban atiborrados de flores silvestres. Lo que no me gustaba era atravesar todo el pueblo camino del colegio llevando el ramillete. Al verte, los chavales mayores se reían de ti y te insultaban. Yo siempre procuraba evitar esos encuentros pero era inevitable cruzarte con algún grupo y recibir sus burlas. El caso es que me dirigía al colegio con el ramito de las narices. Normalmente era mi hermana quién se ocupaba de llevar las flores. A ella no le importaba y a mí me libraba de posibles conflictos. Para mi desgracia ese día mi hermana estaba resfriada y tuvo que quedarse en la cama. No me quedó más remedio que llevar yo mismo el ramo. Fue entonces me crucé con aquellos tres matones. Me sacaban un palmo. Me rodearon y empezaron a insultarme.
-       ¿Dónde vas con tantas flores?
-       ¿Se las llevas a tu novio? Sarasa.
No hice caso e intenté seguir mi camino. Uno de ellos, el más corpulento, aprovechando un descuido de mi parte, me quitó el ramo y me golpeó con él en la cabeza. Algunas flores se desojaron. Intenté recuperarlo pero terminé en el suelo de un empujón. Me levanté y me lancé contra el tipo que me había agredido. Supongo que no se lo esperaba y por eso conseguí endiñarle un puñetazo en plena mandíbula. El chico dio un traspié y estuvo a punto de caerse de espaldas. Eso le cabreó. Pude ver el odio en su cara. Le pasó el ramo a uno de sus compinches y vino hacia mí dispuesto a vengarse. Me aprisionó por el cuello y con un giro me envió directamente a comer tierra. Hice amago de levantarme. Antes recibí una patada en el estómago que me dejó sin respiración.
-       ¡Por favor! Necesito el ramo… tengo que llevarlo al colegio.
El chaval cogió el ramo y lo arrojó al tejado de una casa próxima. Después se largaron por donde habían venido. Cuando recuperé el aliento me puse en pie. Me sangraban las rodillas. Al caer me las había desollado. No obstante, eso era lo menos. Miré las flores sobre las tejas. Pensé en la forma de recuperarlas. No se me ocurrió ninguna. Recogí las que estaban diseminadas por el suelo y traté de confeccionar un ramillete con ellas. Las flores estaban tan deterioradas y eran tan escasas que no valía la pena.
A la entrada del colegio me fijé en que todos llevaban su ramo. Todos menos yo. Antes de empezar las clases era costumbre que alumnos y profesores nos reuniésemos en una galería al final del pasillo central. Allí habían montado un altar para la ocasión. El tabernáculo estaba presidido por la imagen de la Virgen. Frente a ella teníamos que cantar “Con flores a María” y luego, en rigurosa fila de a uno, le íbamos haciendo entrega de las flores. Yo intenté escaquearme entre los demás alumnos, pero el director no tardó en fijarse en mí. Me pidió explicaciones de por qué no había traído las flores. Le conté con pelos y señales lo que me había sucedido. Incluso le mostré las heridas. No logré conmoverlo.
-       Se quedará aquí durante las clases. Pidiéndole perdón a la Santa Madre por su desidia.
Después me cogió de una oreja y tirando de ella me llevó hasta un rincón. Tuvimos que atravesar la sala. Todos los presentes posaron sus ojos en mí. Noté cómo mi cara enrojecía por la vergüenza y la rabia.
Terminada la ceremonia el alumnado y los profesores entraron en las aulas. Me quedé solo. Me apoyé en la pared resignado a pasar la tarde allí. Era raro estar en medio de aquella inmensa galería. Siempre la había visto repleta de gente. Estar solo delante de la virgen me producía una sensación de desnudez que me ponía nervioso. Allí estaba ella, con esa carita de pena. Que si la mirabas un rato te apiadadas de su persona y decías: Qué pobre. Pero al cabo de unos minutos de verle el mismo careto tenías ganas de soltarle: Ya te vale, sonríe un poco. ¿Por qué a todos los santos los esculpían con esas caras de angustia? ¿No sería mejor ponerles con una sonrisa? A pesar de lo mucho que sufrieron, esa gente también tuvo sus momentos felices. Entonces ¿no sería conveniente mostrarles alegres y dicharacheros? Traté de hacerme una idea de cómo sería la imagen que tenía delante de tener una pose más relajada. Llegué a imaginármela riéndose y feliz. De pronto el dramatismo que imponía la talla se desvaneció y la habitación se llenó de luz. Pero no, solo era el sol que al apartarse las nubes entraba directamente en la galería. La Virgen volvía a tener la misma cara de zozobra y enseguida las nubes aparecieron de nuevo. Para colmo en la pared de enfrente colgaba un retrato del Caudillo. Ese sí que tenía pinta de pánfilo. Daba la impresión de no haber roto un plato en su vida. Aun así, su presencia me inquietaba tanto o más que la propia Virgen. Para distraerme me puse a mirar a través de los ventanales. Abajo en la calle vi pasar a un cazador rodeado de sus galgos. En la mano derecha sujetaba una escopeta, con la izquierda arrastraba lo que en un principio pensé que eran dos cuerdas gruesas, luego me fijé que eran culebras bastardas. Evidentemente estaban muertas. Eran largas y repugnantes, como en mis pesadillas. En aquel momento el mundo me pareció un lugar extraño habitado por criaturas aun más extrañas.
-       ¿Se puede saber qué hace?
Me giré sobresaltado. Era el director.
-       Si le he dejado aquí es para que pida perdón a la Virgen, no para que mire por la ventana. ¿Se lo ha pedido ya?
Negué con la cabeza.
-       Póngase inmediatamente de rodillas y pídaselo con  fervor.
Estuve a punto de preguntarle por el significado de “fervor pero deduje que no era el momento. Obedecí sin rechistar y me clave de rodillas frente al altar. Las heridas al hacer contacto con las baldosas me produjeron un penetrante dolor. Apreté los dientes y tragué saliva.
-       Me pasaré por aquí de vez en cuando, así que no se le ocurra abandonar este lugar hasta que yo se lo diga. ¿Me ha entendido?
-       Sí señor.
Dicho esto se dirigió a su despacho y desapareció por el fondo del pasillo. ¿Pedir perdón? ¿Por qué? ¿Acaso era yo el culpable de que esos cretinos me hubieran quitado las flores? No, yo había peleado por ellas a pesar de mi desventaja. Lo había hecho con valentía. Me había enfrentado a un chaval mucho más fuerte, incluso había conseguido propinarle un buen puñetazo. Entonces ¿de qué tenía que arrepentirme? El olor de las flores me recordó los campos próximos a mi casa. Imaginé que cazaba saltamontes y lagartijas, que corría por la dehesa, que era verano y nadaba en el río... Después de un rato no pude soportar el dolor de mis rodillas. Miré a ambos lados. Como no vi a nadie me puse en pie. Sobre las baldosas quedaron un par de manchones rojos. Me dio miedo que el director pudiera verlos e intenté limpiar la sangre con un pañuelo y algo de saliva. Al fin quedaron limpias volví a arrodillarme, esta vez poniendo el pañuelo de por medio. Después de un tiempo las heridas me dolían tanto por el roce contra el suelo que dudé si podría aguantar un minuto más. Para terminar de fastidiar, me habían entrado unas ganas enormes de mear. Tarde o temprano tendría que ir al servicio. Claro que el director me tenía prohibido moverme de allí. No me quedaba otra opción que aguantar. De vez en cuando, de las aulas llegaba la voz de algún profesor o el soniquete de los alumnos al recitar la tabla de multiplicar. No aguantaba más. O iba a todo correr a los servicios o me meaba en los pantalones. Sin venir a cuento me imaginé a la Virgen orinando. Fue una escena que cobró vida en mi cabeza sin proponérmelo. Así, sin más. Mentalmente repasé los diez mandamientos y no encontré ninguno que prohibiera imaginar a la Virgen mientras meaba. Aunque los mandamientos no lo recogiesen estaba seguro que había pecado con el pensamiento. Tampoco me sentí culpable por ello. De no haber estado castigado seguro que no se me habrían ocurrido tales pensamientos. Si no le ponía remedio la vejiga me iba a reventar. Quise ponerme en pie pero tenía las articulaciones totalmente entumecidas. Tuve que agarrarme a la base del altar para poder alzarme. Luego cojeé a toda prisa hasta los servicios. Llegué con el tiempo justo de sacarme la chorra y apuntar al retrete. Ni sé la del rato que estuve meando. Litros, litros y litros de meada. Posteriormente escurrí el pañuelo en el lavabo. Estaba empapado de sangre. De paso aproveché para lavarme las heridas y beber un poco de agua. Sin perder un segundo volví a la galería. Me postré de rodillas y con resignación fui dejando pasar el tiempo.
Al cabo de unas horas, horas de dolor y entumecimientos, oí sonar la campana que anunciaba el final de las clases. De inmediato los pasillos se llenaron de los alumnos que salían en tropel de las aulas. Los chavales estaban deseosos de abandonar el edificio y salir a la libertad que ofrecía la calle. Minutos después todo quedó en silencio. Yo me preguntaba cuándo vendría el director a levantarme el castigo. Seguí arrodillado a los pies de la Virgen. Cuando apagaron las luces intuí que se habían olvidado de mí. Tuve miedo. Me puse en pie y anduve hasta el despacho del director. No vi a nadie por el camino. Al llegar la puerta estaba cerrada. Llamé un par de veces. No recibí respuesta. Giré el pomo y la puerta se abrió. Tal como imaginaba estaba vacío. Dudé si entrar. Ya había estado varias veces en aquel despacho. En las ocasiones que un alumno cometía una fechoría más audaz de lo normal, era llevado allí para que el director aplicase el castigo según su criterio. Me armé de valor y entré. Olía a tabaco y a loción para el afeitado. Llevado por la curiosidad abrí el armario que estaba detrás del escritorio. Estaba vacío. Me centré en la mesa. El primer cajón estaba cerrado con llave. Lo intenté con el segundo y cedió sin ninguna resistencia. Para mi sorpresa en ese cajón estaban todas las cosas que al cabo de los años habían ido requisando a los alumnos. Dentro había revistas, cromos, tebeos, canicas, peonzas, navajas, juguetes… Todo lo que uno pudiera imaginar. Un tesoro por el que cualquiera estaría dispuesto a dar un año de su vida. Y era todo mío. Metí el contenido del cajón en una bolsa y salí del despacho. Bajé al hasta la planta baja. Abrí una de las ventanas que daban a la parte trasera y salté por ella.

De regreso a casa pasé por delante del tejado donde los chavales habían arrojado mi ramo de flores. Seguía allí, en medio de las tejas. La estampa tenía un no sé qué de intrigante. Algo que no sabría explicar, pero que al contemplarlo comprendías qué era.

pepe pereza

VINALIA TRIPPERS - DUELO AL SOL - EN NOVIEMBRE A LA VENTA

jueves, 21 de agosto de 2014

DINERO - ESQUINAS (EDICIONES LUPERCALIA)

Ilustración BRUNO G. VALENCIA

El taxi la dejó delante de una gran verja metálica custodiada por dos columnas griegas. Entre los barrotes del enrejado podía verse un camino de grava y al fondo un palacete de tres plantas estilo Victoriano rodeado de jardines. Sin duda era la casa de alguien que disponía de demasiado dinero. La Madame le había facilitado esa dirección junto con unas detalladas instrucciones que debía seguir al pie de la letra. A cambio recibiría una buena cantidad de dinero. Llamó al timbre y esperó. El interfono proyectó una voz metálica.

-        ¿Qué desea?
-        Me manda la agencia.

La verja se abrió. Caminando por encima de la grava se alegró de no llevar sus zapatos de tacón, que era lo habitual en ese tipo de citas. En esa ocasión calzaba unas cómodas zapatillas de deporte. La Madame le había pedido que se vistiese de sport y que no se maquillase. Por otro lado, la falta de maquillaje y de un vestido provocativo donde escudarse la hacían sentirse más expuesta. Algo así como un súper héroe sin disfraz. Llegó a la puerta de entrada y se la encontró abierta. Entró. El recibidor era inmenso, con una gran escalera de mármol en el centro que llevaba a las plantas superiores. De pronto un berrido llegó desde el primer piso. Rebotó en las paredes abovedadas como una pelota de goma. Ella se asustó. De hecho, estuvo a punto de abandonar la casa, pero la cifra que le habían prometido la hizo ser valiente. Subió las escaleras. Guiándose por el sonido del llanto llegó hasta una de las habitaciones que estaba al fondo del pasillo. Se armó de valor y entró. Era el cuarto de un bebé. En las paredes habían pintado un fondo marino con todo tipo de peces y crustáceos. Del techo colgaban estrellas y cometas. Una pila de juguetes y peluches se amontonaban en un rincón. En el centro de la habitación había una cuna más grande de lo normal. Los lloros venían de ahí. Se acercó tímidamente. Dentro vio a un anciano vestido únicamente con un pañal. Lloraba y pataleaba como si fuera un bebé. Ya estaba avisada. Aun así, aquello le pareció de lo más estrafalario. Para darse ánimos pensó en todo el dinero que iba a cobrar. El hombre siguió berreando y a ella no se le ocurrió nada para calmarle. La extraña situación la dejó momentáneamente bloqueada. El viejo intensificó el volumen de sus lloros. Si fuese un bebé de verdad ¿qué es lo que haría? Lo cogería en brazos y lo acunaría. Dado que no se le ocurría otra cosa, decidió intentarlo. El abuelo era menudo, aun así tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para levantarlo de la cuna. En cuanto lo sentó sobre sus rodillas el viejales dejó de llorar. Lo apretó suavemente contra el pecho y le susurró cosas bonitas. Él emitió una especie de ronroneo y con la boca buscó uno de sus senos. Piensa en el dinero, se dijo. Se abrió la camisa y se apartó el sujetador para que pudiese chupar del pezón. La escena era ridícula. ¿Qué pensarían de ella sus seres queridos si la vieran en esos momentos? Por muy absurda que fuera la situación lo prefería a tener que fichar en una oficina cualquiera. Además estaba el dinero que ganaba. En su trabajo cuanto más extravagante era la tarea, más se cobraba. Al cabo de unos minutos el anciano dejó de mamar y adoptó cierta rigidez. La cara se le congestionó y se puso rojo como un tomate. En principio ella pensó en un ataque al corazón y llegó a preocuparse. Luego, al notar el desagradable hedor comprendió que el viejo en vez de morirse lo que estaba haciendo era cagarse. También en eso estaba avisada. Dinero. Kilos de dinero. Toneladas de billetes. Los vio cayendo sobre ella. Todo un chaparrón de billetes. Cargó con él hasta una mesa y lo dejó encima. En uno de los armarios encontró todo lo necesario para el aseo: pañales, toallitas húmedas, esponja, gel, polvos de talco, palangana... Lo único que necesitaba era agua caliente. El baño estaba detrás de una de las puertas. Llenó la palangana con agua templada y regresó junto al viejo. El olor a mierda llenaba la estancia. Dejó el agua sobre la mesa. Se situó frente a él y se dispuso a cambiarle el pañal. Le hizo subir las piernas y extendió una toalla debajo. Luego, despegó las tiras adhesivas del pañal. Sintió el tufo golpeando su nariz y contuvo el aliento. La mayor parte de las heces estaban pegadas al pañal. Lo apartó con cuidado de no mancharse las manos y lo arrojó a una papelera. Mojó la esponja en la palangana y limpió los restos. Cuando terminó, secó la zona y le aplicó polvos de talco. El abuelo metido en su papel de querubín pataleó alegremente con su badajo colgando. En un momento dado aflojó su vejiga y dejó salir un chorro de orina que los mojó a ambos. En eso no estaba avisada. Regresó al baño y sustituyo el agua sucia por limpia.
Por fin pudo ponerle el pañal. Lo cogió en brazos, lo llevó hasta la cuna y lo acostó. El anciano se puso a llorar. Odiaba ese llanto, la sacaba de quicio. Pensó en qué hacer para que se callase. Entonces se sorprendió a sí misma entonando una nana. Al principio solo fue un susurro, pero al ver que él enmudecía, ganó confianza y subió el tono. Tenía una voz preciosa. Todo el mundo se lo decía.

No podía dormir.
Me asomé a la ventana.
Estaba la noche friolenta
tejiendo estrellas de lana…

Era como escuchar a un ángel. Cada nota que salía de su garganta era un sonido único, maravilloso.

…Estaban todas prolijitas
en punto “santa clara”.
La luna ovillo le prestaba
sus hebras color de plata
y el viento atrevido en las
sombras las enredaba…

Poco a poco el anciano fue quedándose dormido.

…El sueño cerraba mis ojos.
Me despedí de la ventana
y me quedé pronto dormida
contando estrellas de lana.

Terminó la estrofa y respiró aliviada. Su trabajo estaba hecho. Había seguido todas las indicaciones al pie de la letra y ya podía irse. Antes pasó por el cuarto de baño para limpiar en la medida de lo posible el orín de la camisa. Cuando estaba en ello, un mayordomo se asomó desde la puerta. Su presencia la asustó. Pensaba que en la casa solo estaba el viejales. El sirviente se apresuró a calmarla ofreciéndole una sudadera limpia, gesto que ella agradeció con una sonrisa.

-        Me he tomado la libertad de pedirle un taxi. Le espera en la entrada.
-        Gracias.
-        Por cierto, en el aparador del recibidor le han dejado un sobre.

Dicho esto, el sirviente hizo una ligera inclinación y subió por las escaleras que llevaban al segundo piso. Efectivamente, encima del aparador había un sobre. Lo abrió y vio el dinero. Mucho más de lo que le habían prometido. Lo metió en su bolso y salió de la casa. 

pepe pereza

jueves, 14 de agosto de 2014

UN DÍA CUALQUIERA


El sol se perfilaba en las siluetas de los edificios. La luz cambiante del alba teñía de ámbar y grana el conjunto de nubes que flotaban por encima de los tejados. Las cigüeñas volaban hacia los basureros y los aviones dejaban líneas blancas en el cielo como si fueran rayas de cocaína sobre un espejo. Yo disfrutaba del espectáculo desde mi ventana, sujetando con ambas manos una taza de café y un porro en la comisura de los labios. Desde la ventana tenía una amplia panorámica de la ciudad. Cuando el sol se asomó por encima de los tejados percibí en la cara una caricia de luz y calor que me hizo estremecer. Las semanas anteriores habían sido una retahíla de días grises y lluviosos, por eso la presencia de un sol primaveral era tan de agradecer. Expulsé el humo y contemplé anonadado la simbiosis de las volutas y los fotones de luz. Ver amanecer era de mis espectáculos preferidos y siempre que podía desayunaba delante de la ventana admirando el acontecimiento. Sin duda era la mejor manera de empezar el día. Estuve así hasta que llegó la hora de ir a trabajar.
Conduje hacia el Palacio de Congresos escuchando una emisora de música rock. Dentro del coche el ambiente estaba demasiado cargado así que abrí ligeramente la ventanilla para que se despejase del humo. Llegué a la rotonda de La Fuente de Murrieta y traté de hacerme un hueco entre los demás vehículos. Odiaba esa maldita rotonda, y más a esa hora cuando toda la ciudad circulaba por ella. Después de girar a la derecha y tomar una carretera menos transitada me sentí más relajado. Aspiré del porro pero estaba apagado y tuve que sacar el encendedor. Al hacerlo aparté la vista de la carretera y estuve a punto de golpear al coche que me precedía. Afortunadamente conseguí pisar el freno a tiempo. Me maldije a mí mismo por el descuido y dejé el porro en el cenicero. Subí la ventanilla y centré toda la atención en la carretera. En la radio la locutora hizo la presentación del siguiente tema. Era Nick Cave haciendo una versión del tema “I´m Your Man” de Leonard Cohen. La canción alcanzó todo su esplendor, seguí el ritmo tamborileando con los dedos sobre el volante. Al poco llegué a las inmediaciones del Palacio de Congresos. Enfilé la rampa que llevaba al aparcamiento y dejé el coche junto a la puerta de entrada del muelle de carga. Era el único coche del aparcamiento. Consulté la hora: las nueve menos tres minutos. Me extrañó que no hubiera nadie esperando, normalmente los chicos de carga y descarga solían llegar antes. Apagué el motor y subí el volumen de la radio. Nick Cave sonaba de maravilla a esas horas de la mañana. Me fijé en el Palacio de Congresos y en la enorme sombra que proyectaba sobre el camino que bordeaba la orilla del río. El vapor del rocío brotaba de la hierba  y de inmediato era atravesado por los rayos solares. A contraluz pude ver algunos insectos volando de aquí para allá. La canción llegó a su fin. Me encendí la raba, me ajusté las gafas de sol y salí del coche. El “Clip, clip” de la cerradura electrónica resonó por toda la explanada espantando a un grupo de gorriones que picoteaban junto a los jardines. Me acerqué a la puerta metálica del muelle de carga y me apoyé en ella. Era agradable estar allí, como un reptil calentándose la sangre. No obstante tuve el presentimiento de que me habían hecho venir una hora antes. Viendo que eran las nueve y que nadie aparecía cogí el móvil y llamé a Raúl.

-        Raúl, ¿a qué hora hemos quedado?
-        (Con voz somnolienta) A las diez.
-        ¡Me cago en la puta! Ayer me dijiste a las nueve.
-        Hostia, me confundí.
-        ¡Joder, tío!
-        Lo siento.
-        Aprovecharé para tomar un café. Nos vemos a las diez.
Raúl era el jefe de los técnicos, mi jefe. No era la primera vez que me hacía algo así. Me cagué en todo lo sagrado. Clip, clip. Entré en el coche y arranqué. Puse rumbo a una cafetería.
Le tocaba el turno a la camarera rumana que me tenía medio enamorado. Estaba de suerte.  Por otro lado, la barra estaba a tope y todos los periódicos ocupados. Cuando me llegó la vez hice gala de mi mejor sonrisa y pedí un cortado. La camarera carente de cualquier signo de simpatía se limitó a darme la espalda para preparar el café, cuando estuvo listo lo dejó sobre la barra sin mirarme siquiera. Reconócelo, esa mujer nunca será tuya.
Regresé al Palacio de Congresos y aparqué en el mismo sitio que lo había hecho antes. Seguía siendo el único coche del aparcamiento. Me lié un porro. Dudé entre fumármelo dentro escuchando la radio o salir a caminar por la orilla del río. Salí del coche. Clip, clip. Se estaba bien bajo el sol. Las aguas del río bajaban bravas y turbias. Al otro lado de la orilla había una carretera que se extendía en paralelo siguiendo el recorrido del torrente. De vez en cuando las aguas arrastraban algún tronco arrancado por la crecida, comparé la velocidad de estos con los coches que circulaban por la carretera, haciendo apuestas imaginarias por unos y otros. Por los alrededores algunos ancianos paseaban, también había unos tipos corriendo. Yo tenía que trabajar y no me quedaba más remedio, pero no conseguía entender por qué la gente madrugaba para algo tan insustancial como hacer footing. Decidí obviarlos a todos y concentrarme en las aguas del río. Recordé los veranos cuando era un adolescente y me iba con los amigos a bañarme junto a la presa, por aquel entonces las aguas estaban más limpias y no dudábamos en zambullirnos en ellas. Apuré el porro y tiré la colilla al río. De pronto algo llamó mi atención, algo grande que arrastraba la corriente. Me quité las gafas de sol para ver mejor. Era el cadáver de un caballo. Tenía la tripa hinchada y la fuerza de la corriente le hacía girar sobre sí mismo. Cuando el cuerpo del equino pasó por delante, me fijé en que no tenía ojos, tampoco labios, con lo cual la dentadura quedaba al descubierto. El gesto macabro del cuadrúpedo me revolvió las tripas. El cadáver siguió girando sobre sí mismo corriente abajo, levantando las patas al cielo para luego sumergirlas en las aguas. Necesitaba nicotina y me encendí un cigarro. Eran las diez menos diez. Me quedaban unos minutos para disfrutar del sol. A lo lejos las extremidades de caballo seguían entrando y saliendo de las aguas. Me puse las gafas y regresé junto a la puerta metálica. Un coche enfiló la rampa del aparcamiento. Era el de Raúl. El vehículo se detuvo a la entrada, Raúl bajó la ventanilla y accionó el mando a distancia de la puerta metálica, los mecanismos de ésta se activaron y comenzó a elevarse.

-        Esta hora la pienso cobrar.
-        Claro, sin problema.


La puerta terminó su ascenso y Raúl metió el coche dentro. Seguí fumando apoyado en la pared. Me esperaba un duro día de trabajo y decidí tomármelo con calma. Cuando el cigarro se consumió lo arrojé por encima del hombro, me despedí del sol y entré en la oscuridad del muelle.

domingo, 10 de agosto de 2014

EL PERRO - ESQUINAS (EDICIONES LUPERCALIA)

EL PERRO
Apuró la bebida de un trago y pidió más de lo mismo. El camarero le llenó la copa y él la vació de inmediato. Con un gesto indicó que volviese a llenarla y el barman así lo hizo. Esa vez se lo tomó con calma, es decir, a pequeños sorbos. Estaba tan conmocionado por lo que había visto que únicamente el alcohol podía tranquilizarlo. Al recordarlo se le revolvió el estómago y estuvo a punto de vomitar sobre la barra. Abandonó la bebida a medio consumir y corrió hasta los servicios. Le dio el tiempo justo de asomarse al retrete y soltar por la boca: desayuno, almuerzo y el coñac recién ingerido. Lo echó todo en media docena de vómitos convulsos y amargos. Tiró de la cadena y se sentó sobre el inodoro para recuperarse. No podía asimilar lo sucedido. No quería hacerlo. Se echó a llorar. Hacía un cuarto de hora que había visto a su hija al otro lado de la acera. Le extrañó, ya que a esas horas ella tendría que estar en la oficina donde trabajaba. La llamó pero con el ruido de la calle no le oyó. Se fijó en que iba muy ligera de ropa. Un coche se detuvo a su lado y ella mantuvo un breve coqueteo con el conductor. Después montó en el automóvil. Él observó cómo el vehículo se ponía en marcha y se perdía entre el denso tráfico. Al principio no entendió qué pasaba. No consiguió comprender el comportamiento descocado de su hija con el conductor ni por qué iba tan escasa de ropa. No lo dedujo hasta que se fijó en las otras señoritas que aguardaban junto a la acera y que iban vestidas de la misma guisa que su hija. Entonces cayó en la cuenta de que eran prostitutas a la espera de un cliente. Su hija había encontrado al suyo y en esos momentos estaría ocupándose de él. Otra arcada. Apenas le quedaba nada en el estómago, tan solo bilis y saliva. Cuando dejó de echar espumarajos y babas se incorporó y trató de serenarse. El solo hecho de pensar en su hija chupándole la polla a un desconocido le hizo enfermar hasta el punto de vomitar otra vez. Definitivamente ya no le quedaba nada en las tripas. Se lavó la cara, salió de los servicios y se dirigió a la puerta del local. El camarero le llamó la atención:

-        Oiga, que no ha pagado…

Arrojó un billete sobre la barra y se marchó sin esperar el cambio. En la calle hacía frío. Caminó de regreso a casa preguntándose si debía, o no, contárselo a su mujer. No se vio con fuerzas para una confesión de tal magnitud. No quería ver a su esposa angustiada por culpa de su hija. Si ella se enterase… Estaba seguro de que no lo soportaría. Un disgusto así la mataría. Todo era demasiado complicado. Ni siquiera podía pensar con claridad. Sus emociones eran una amalgama que iba de la decepción más absoluta a la tristeza más dolorosa, pasando por el disgusto, la ignominia y el enfado. Que a cada segundo que pasaba era más y más evidente. Qué padre que se preciase de serlo no estaría cabreado al descubrir que su hija era una fulana. Estaba furioso, más que furioso. Su esposa y él le habían dado todo. Se habían sacrificado de cien mil maneras diferentes para que no le faltase de nada. Y ella, su hija del alma, se lo agradecía haciéndose puta. Sí, realmente estaba rabioso ¿Cómo había caído tan bajo? ¿Cómo? Sintió deseos de matarla, de agarrarla por el cuello y apretar, apretar, apretar, apretar, apretar, apretar… La vista se le nubló y estuvo a punto de desplomarse.  Se acercó a un banco y se sentó en él. Le dolía el pecho y le faltaba aire. Respiró profundamente. El sudor le caía por la frente y la espalda. Notó cómo su camisa se empapaba debajo de la chaqueta. Por un momento creyó que no iba a sobrevivir y que moriría allí mismo de un ataque al corazón. Casi se sintió aliviado ante esa perspectiva. Si moría se libraría de tener que hablar del tema con su mujer. Sobre todo se libraría de tener que mirar a su hija la próxima vez que se encontrasen.
A los pocos minutos se recuperó. Su respiración se acompasó y su corazón volvió al ritmo acostumbrado. Levantó la mirada. Todo seguía igual. Al mundo se la sudaba que su hija fuera una prostituta. Sintió deseos llorar, pero el hecho de estar en un sitio público le cohibió. No pudo entender por qué ella derrochaba su juventud optando por ese modo de ganarse la vida. Un pitbull llegó hasta el banco donde estaba sentado. El perro le olisqueó los zapatos. A él nunca le gustaron los perros, menos si eran tan grandes. Apartó los pies escondiéndolos debajo del banco. El perro siguió con el hocico pegado a ellos. Pensó en darle una pequeña patada pero tuvo miedo de enfadarlo y que le mordiera.

-        Vete de aquí, chucho del demonio.

El perro le miró de soslayo y luego volvió a los zapatos.

-        ¡Maldito animal! ¡Fuera!

Un joven de la edad de su hija se acercó al perro y cogiéndole por el collar lo apartó del banco.

-        Vamos Thor.
-        Los perros tienen que ir con correa. Está prohibido dejarlos sueltos.
-        Tranquilo, no es peligroso.
-        Da igual que sea o no peligroso, el caso es que está prohibido que los perros vayan sin correa.
-        Lo que usted diga, abuelo.
-        ¡Maldito hijo de puta! Te metes tu condescendencia por el culo, ¿me oyes?
-        ¡Sin insultar, eh! Que yo no le...
-        Os creéis que por ser jóvenes tenéis derecho a hacer lo que os venga en gana. No respetáis las leyes, ni a vuestros mayores. Sois unos sinvergüenzas y unos caraduras.
-        Pero, oiga…
-        Estáis acostumbrados a pedir y a recibir sin dar nada a cambio. No valoráis las cosas porque os han sido dadas. No habéis pasado penurias como nosotros. No sabéis lo que es trabajar de sol a sol. Pero algún día os daréis cuenta de lo equivocados que estáis.
-        Mire, abuelo, los sermones ni en Misa.
-        Yo no soy tu abuelo, ¿me oyes?

El perro al notar que las cosas se descontrolaban se puso a ladrar y a enseñar los dientes. El joven tuvo que agarrarlo firmemente de la correa.

-        ¡Que te jodan, viejo cascarrabias!

Y se alejó tirando del collar del pitbull.
El hombre salió del parque, llegó al portal de su casa y entró. Unos minutos después salió con una escopeta de caza. Tomó el camino de regreso y lo recorrió presuroso. La rabia que sentía le había nublado el juicio. Llegó al lugar y buscó al joven. Lo vio a lo lejos charlando con otro muchacho. Escudriñó los alrededores hasta dar con el perro. El animal correteaba por el césped sin ser consciente de lo que se le venía encima. El hombre apuntó con el arma y, cuando estuvo seguro de no fallar, apretó el gatillo. Las postas impactaron en la barriga y el pitbull se desplomó en el suelo con las tripas fuera. Por un momento, en vez del cadáver del perro, vio a su hija tirada en la hierba. Tenía los ojos abiertos, vueltos hacia arriba y un hilo de sangre le bajaba desde la comisura de la boca hasta la barbilla. Dio un paso atrás perturbado por la visión. Entonces la realidad se hizo de golpe y distinguió al animal muerto. El hombre se sintió aliviado de que no fuera su hija la que estaba sobre el césped con los intestinos colgando. Por otro lado tomó conciencia de lo que acababa de hacer. Había captado la atención de los presentes. Notó sus miradas clavándose como dardos. Y a modo de disculpa susurró:


-        Es una puta. Ella es una puta…


pepe pereza - ESQUINAS - EDICIONES LUPERCALIA