sábado, 11 de junio de 2016

MUSGO

Mi padre conduce y yo, sentado en el asiento del copiloto, finjo que estoy dormido. Hace media hora que salimos de la ciudad. No sé muy bien dónde nos dirigimos, con lo cual no puedo calcular cuánto durará el viaje. Espero que no se alargue. Mientras tanto sigo con los ojos cerrados, haciendo que duermo. Se acercan las navidades y en la parroquia quieren montar un Belén. En su momento mi padre se ofreció a llevar el musgo, así que esta mañana, aprovechando que es sábado y que no tengo instituto, me ha pedido que le acompañe al bosque a buscarlo. No me hace gracia tener que acompañarle, y es que nunca sé de qué hablar con él. A él le pasa lo mismo conmigo. Cuando estamos juntos la mayoría del tiempo permanecemos en silencio. Un silencio incómodo que nos separa y nos lleva a mundos diferentes. De repente, el coche pega un frenazo y salgo impulsado hacia delante. El cinturón de seguridad evita que me golpee contra el parabrisas delantero.
-¿Has visto eso?
No sé a qué se refiere. En la carretera no hay nada fuera de lo normal.
-Hemos estado a punto de atropellar un jabalí.
-No he visto nada.
-Era enorme. Ha cruzado la carretera como un rayo. Menos mal que he podido frenar a tiempo.
Estamos en zona boscosa y la carretera está flanqueada de árboles. El hábitat ideal para toparse con ese tipo de fauna. Reemprendemos la marcha. Hace frío dentro del coche. Subo la calefacción y enciendo la radio. Música clásica. No es lo que me apetece oír, pero dado que a mi padre parece gustarle dejo el dial donde está. Al fondo, a lo lejos, pueden verse los picos nevados de unas montañas. Un mar de nubes desciende por sus laderas a paso de tortuga. Seguimos por la carretera comarcal. Un poco más adelante hay una pequeña explanada. Mi padre desvía el coche hacia ella y para el motor. Antes de adentrarnos en el bosque en busca de musgo, nos abrigamos con los plumas, los guantes y el gorro de lana. Abrimos el maletero, cogemos una pequeña azada y dos cestos y nos ponemos en marcha. Debido al frío, el aliento que sale de nuestras bocas lo hace en forma de vapor. El suelo está empapado por la lluvia caída y a los pocos pasos tenemos las botas embarradas. Mi padre va en cabeza, abriendo camino. No vamos por ningún sendero, nos limitamos a avanzar campo a través sorteando zarzas y todo tipo de vegetación. Llegamos a una pendiente que se eleva casi en vertical. La bordeamos y salimos a un terreno más accesible. Seguimos ascendiendo. Sé que el musgo crece en lugares húmedos. Todo lo que nos rodea está húmedo, encharcado, chorreante, inundado… sin embargo, no veo musgo por ningún sitio.
-¿No hubiera sido mejor comprar el musgo en una floristería?
-Seguramente, pero entonces no estaríamos disfrutando de estas vistas.
El paisaje es bonito, no cabe duda, pero hace tanto frío que si me dan a elegir entre estar aquí o en mi cama, elegiría lo segundo sin dudarlo. Tengo los pies helados y empiezo a estar harto de todo esto. Continuamos andando. Al rato, salimos a una franja despejada de árboles. Es un cortafuegos que atraviesa la montaña dividiéndola en dos. Al no tener la protección de los árboles en esta zona el viento sopla con más fuerza. Cruzamos deprisa y volvemos a internarnos en la floresta. Empiezan a caer pequeños copos de nieve. El viento los impulsa de un lado para otro. Miro al cielo con preocupación. Mi padre sigue colina arriba sujetando su cesto. Le sigo.
Finalmente damos con un área donde las rocas y el suelo están cubiertos de musgo.
-Lo ves, te dije que lo encontraríamos.
Se muestra contento por el hallazgo. Me quito los guantes y avanzo hacia un grupo de piedras dispuesto a arrancar un buen pedazo de musgo que cubre una losa plana, pero antes de que lo haga mi padre sugiere que nos tomemos un descanso.
-Disfrutemos un rato del paisaje.
Le da la vuelta a su cesto y se sienta sobre él. Hago lo mismo. Aunque sigue nevando, los copos no llegan a cuajar. En cuanto tocan el suelo, se disuelven y desaparecen sin dejar rastro. Los minutos pasan y ninguno dice nada. Es en momentos como este cuando la falta de comunicación entre mi padre y yo se vuelve incómoda. Me gustaría poder decir algo. Tener la confianza para hablar con él sin tapujos, pero siempre se origina un bloqueo por parte de los dos que lo impide. Mi padre es un completo desconocido. Me di cuenta el otro día en el parque del Ebro. Juanjo, mi mejor amigo, y yo conocimos a una pandilla de chicos y chicas en el Bunker, estuvimos bebiendo cervezas con ellos y nos caímos bien. Alguien sugirió ir al parque a fumar unos petas y todos nos fuimos para allá. Llegamos y los canutos empezaron a circular. Todo iba genial, hasta que uno de los chicos dijo: Mirad, ahí está el pervertido que viene a espiar a las parejas. Todos dirigimos nuestras miradas hacia un tipo alto que iba vestido con un abrigo largo. En un principio no le reconocí, pero cuando el grupo se puso a insultarle y él se volvió brevemente pude ver que era mi padre. Me quedé helado. No podía creérmelo… Se escuchan unos ruidos entre la vegetación. Lo que sea que origina el ruido es grande y se acerca. Bien podría ser un jabalí furioso como el que hemos estado a punto de atropellar. De reojo veo que mi padre sujeta la azada con fuerza. Sus nudillos están blancos por la presión que ejerce sobre el mango. Pero no, los que salen de la espesura son una vaca y su ternero. Pasan pacíficamente por delante de nosotros y siguen su camino hasta que desaparecen detrás los árboles. El incidente pone fin al descanso. Empezamos a coger pedazos de musgo. Mi padre ayudándose de la azada, yo directamente con las manos. Es como arrancar postillas de una gran herida.
Si caminar por el monte con los cestos vacíos era peliagudo, acarrearlos llenos se vuelve tremendamente complicado. Tengo que esforzarme por mantener el equilibrio, luchar con la vegetación y no resbalar con el barro. Luego está que no caminamos por terreno llano o un sendero, vamos campo a través, igual que lo hicimos antes. No me parece la opción más inteligente, pero la iniciativa es de mi padre y no me queda más remedio que seguirle. A medida que avanza la mañana la nevada va tomando fuerza. Si hace unos minutos los copos eran escasos y se derretían al tocar el suelo, ahora se han multiplicado y al posarse permanecen intactos. Dentro de poco estará todo cubierto de blanco.
En el suelo hay tres dedos de nieve. Sigo las huellas que va dejando mi padre. Para mí que ya deberíamos haber llegado al cortafuegos. Hace rato que caminamos y tengo la impresión de que nos hemos perdido.
-¿Seguro que vamos bien?
-Seguro. Confía en mí.
Sospecho que en realidad no sabe dónde estamos. Nieva tanto que apenas se distingue lo que está a unos metros de distancia. Mi padre avanza en línea recta. En un momento dado se detiene. Mira de izquierda a derecha. Titubea. No sabe qué dirección debe tomar. Sus dudas confirman mis temores.
-Admítelo papá, no tienes ni idea de dónde estamos.
-Puede que me haya despistado un poco.
-¿Y qué hacemos ahora?
-No sé. Déjame pensar.
Noto la preocupación en su cara y eso me da miedo. Saco el móvil. No hay cobertura. Estamos perdidos en el bosque, nieva, hace frío y para colmo no podemos hacer uso de lo único que nos podría ayudar. Dejamos los cestos en el suelo y echamos un vistazo alrededor. Árboles por todos los sitios, imposible ubicarse.
-Imagino que si seguimos bajando, tarde o temprano llegaremos a la carretera.
Volvemos a cargar con los cestos y descendemos. La vertiente es pronunciada, tenemos que agarrarnos a las ramas de los árboles para no caer de culo. Llegamos a un tramo donde la fisonomía del terreno nos obliga a ascender. De repente deja de nevar. Un problema menos.
Después de subir y bajar unas pocas colinas seguimos sin dar con la carretera. Entramos en un área plantada con grandes pinos. El suelo es blando, se nota que debajo de la capa de nieve hay una tupida alfombra de agujas secas que amortiguan nuestras pisadas. A lo lejos escuchamos unos ladridos. Tanto mi padre como yo llegamos a la misma conclusión: donde hay un perro hay un dueño. Sin necesidad de hablarlo cambiamos de dirección y nos dirigimos hacia los ladridos. Salimos a un claro. Un perro ratonero aparece frente a nosotros y se acerca amistosamente moviendo el rabo. Dejo el cesto en el suelo y le rasco detrás de las orejas. El animal se pega a mis tobillos.
-¿Qué pasa, perrito, te gusta que te rasquen?
-Yo que tú tendría cuidado, esos chuchos suelen estar plagados de pulgas y garrapatas.
No hago caso de las advertencias de mi padre y sigo rascándole los lomos. De pronto escuchamos un silbido. El perro sale disparado hacia el lugar de donde proviene. Le seguimos. El silbido es la confirmación de que alguien está cerca. Sorteamos unos arbustos altos y vemos a un hombre de mediana edad sentado en un tocón. En la comisura de los labios sostiene un cigarrillo liado a mano. Manipula una soga y apenas presta atención a nuestra llegada, tan solo una mirada de soslayo. A su vera, el perro mueve la cola con entusiasmo. Le damos los buenos días y le ponemos al tanto de nuestra situación. El hombre, sin ningún entusiasmo, nos señala el camino que debemos tomar.
-Vayan por ahí hasta que lleguen a un sendero. Síganlo y les llevará directamente hasta la carretera.
 Mientras habla el perro vuelve a acercarse a mí.
-          ¿Cómo se llama el perro?
-          Ese malnacido ha dejado de tener nombre. No se lo merece.
-          ¿Por qué?
-          Ahí donde le ves, anoche mató cinco gallinas. Por eso lo voy a colgar por el cuello de esa rama-dice señalando con la punta de la nariz hacia uno de los árboles.
Me doy cuenta de que habla en serio al ver que con la cuerda que tiene entre las manos está haciendo el típico nudo corredizo de la horca.
-Supongo que está bromeando-dice mi padre.
-No señor, no bromeo. Cuando un perro mata a una gallina tenga por seguro que lo volverá a hacer. Si no lo hace en tu propio gallinero lo hará en el del vecino. Por eso es mejor acabar con animal cuanto antes y así evitarse problemas.
No quiero ni pensar que este perro tan simpático que estoy acariciando dentro de unos minutos estará colgado de la rama de un árbol.
-Se lo compro.
Lanzo la oferta sin pensar. Un acto reflejo que sorprende tanto a mi padre como a mí. El hombre deja de manipular la soga y me mira directamente a los ojos.
-¿Cuánto ofreces?
Abro mi cartera. Tengo treinta y cinco euros.
-Por esa cantidad prefiero darme el gusto de verlo colgado por el pescuezo.
Miro a mi padre suplicando ayuda.
-No sé si es buena idea. Además, a tu madre nunca le han gustado las mascotas.
-Papá, por favor, préstame el dinero que lleves, te prometo que te lo devolveré.
De mala gana saca la cartera. Hacemos recuento. Entre los dos sumamos ciento diez euros. Mi padre reserva el billete de diez, el resto se lo ofrecemos al hombre a cambio del perro. El perro, ajeno a las negociaciones, sigue junto a mí reclamando caricias.
-Cien euros me parecen bien.
Mi padre le entrega el dinero.
-Por el mismo precio les regalo la correa- dice arrojándome la soga con el nudo corredizo terminado.
La cuerda es lo único que puedo utilizar para poder llevarme al perro, así que la cojo y se la pongo alrededor del cuello. Empieza a nevar otra vez. Miramos al cielo. No pinta bien.
-Va a caer una buena. Si quieren les acompaño hasta la carretera.
El ofrecimiento del hombre nos parece bien. Cargamos con los cestos y nos ponemos en camino. Al poco llegamos a un sendero. Lo seguimos hasta dar con la carretera. En el arcén hay un todoterreno. El hombre monta en el vehículo y pone el motor en marcha.
-Les aconsejo que se den prisa si no quieren que les pille la tormenta.
A continuación  se despide de nosotros y se aleja conduciendo en dirección opuesta a la nuestra. El perro al ver que su dueño se marcha sin él quiere seguirle. Tengo que sujetar firmemente la cuerda para detenerle. Tiro con fuerza, pero está obcecado en ir en busca de su amo. Dejo el cesto en el suelo y trato de imponerme al animal. Cuanto más tiro de la soga más presión ejerzo sobre su cuello. Veo que el pobre chucho está con la lengua fuera. Al ceder un poco para no ahogarlo la cuerda se me escurre de las manos. El perro aprovecha para escapar. Corro detrás intentando darle alcance. Es una batalla perdida. El perro se aleja cada más y más. Al final lo pierdo de vista. Pronto me quedo sin aire en los pulmones y tengo que parar. Frente a mí los copos de nieve caen como confetis en una fiesta. Doy la vuelta y regreso hasta el lugar donde aguarda mi padre.
-Veo que no has podido alcanzarle. Mejor.
Me jode que diga eso porque en estos momentos ese perro tonto corre para reunirse con su verdugo. Para colmo, lleva al cuello la cuerda de la que terminará colgando.
-¿Te acuerdas del otro día en el parque cuando un grupo de chavales te insultaron diciéndote que eras un pervertido y un mirón? Yo estaba con esa gente-le digo sin pensar, dejándome llevar por un arrebato.
Mis palabras lo paralizan. Con él se detiene la expansión del universo y los planetas dejan de girar. Los copos de nieve que caen se frenan en seco y quedan flotando en el aire. Todo, absolutamente todo se detiene durante el breve momento que mi padre guarda silencio. La pausa universal acaba cuando habla y el mundo recobra el movimiento con sus palabras:
-Ya hablaremos de eso en otro momento.
Emprende el camino. No le veo la cara, aunque puedo notar la tensión a través de su espalda. Me gustaría decirle que no, que este es el momento perfecto para hablar de Eso. Pero callo. Me limito a coger el cesto y a seguirle a cierta distancia. 

pepe pereza

miércoles, 8 de junio de 2016

MI RELATO EN LA ANTOLOGÍA "MÚSICA DE VENTANAS ROTAS" HOMENAJE A JOHN FANTE

HABITACIÓN 226
Cuando abro los ojos mi mujer ha salido de la cama y está frente a la ventana. Miro el reloj. Son las cuatro de la madrugada.
-¿Qué pasa?
-Explícamelo tú.
Lo dice cabreada, como si yo fuera el culpable de su enfado. No entiendo nada. ¿Qué me he perdido desde que nos acostamos pacíficamente hasta este otro momento dramático? ¿Qué ha ocurrido en este lapsus de tiempo? Por un instante creo que sigo dormido y que la escena es parte de un sueño surrealista. Pero no, yo estoy despierto y ella está enfadada.
-¿Quién es Irene?
-No lo sé.
-Pues no dejas de nombrarla en sueños.
-No recuerdo haber soñado nada.
-Es por ella que mañana te vas a Madrid ¿verdad?
-No digas tonterías. Sabes que voy a la presentación de un libro.
Uno de Dan Fante, hijo de mi idolatrado John Fante. John Fante está entre mis escritores favoritos. He leído todos sus libros y todos son grandes obras literarias, algunos ellos obras maestras. Por ahora no he leído nada de Dan Fante, no obstante, estar junto a él es lo más cerca que estaré nunca del difunto John Fante. Dan comparte el mismo ADN de su padre y eso basta para que yo me tome la molestia de viajar hasta la capital.
-Vas por ella, lo sé.
-No conozco a ninguna Irene. Entérate. Además, te he pedido que me acompañes y no quieres.
-Sabes que tengo que trabajar y no puedo.
Agarra la cortina y se seca los ojos con ella. Un inmenso pañuelo capaz de absorber un océano de lágrimas.

El noventa y nueve por ciento de los lectores que hemos llegado a John Fante ha sido por recomendación de Charles Bukowski. El viejo indecente detestaba a gran parte del gremio de escritores, de hecho, de la quema total solo salvaba a dos: Louis-Ferdinand Céline y John Fante. Fue de este modo que los lectores de Buk nos interesamos por esos dos desconocidos y buscamos sus libros para saber si realmente eran tan buenos. Y lo eran. Joder, si lo eran. Sobrepasaron con mucho mis expectativas. Lo primero que leí de John Fante fue “Pregúntale al polvo”. Recuerdo que pensé: Este tío escribe como los ángeles. Fue un gran descubrimiento que siempre le agradeceré al viejo Hank… No encuentro la camisa de franela. Miro en el armario y no está. ¿Dónde la habrá dejado Ana? Cojo el teléfono y marco el número de la oficina donde trabaja mi mujer. No sabe dónde está, además, por el tono de su voz noto que sigue enfadada. Cuelgo. En vez de la camisa elijo una sudadera y la meto en la mochila. Solo voy a pasar una noche fuera, así que no necesito llevarme demasiada ropa. Con una muda y la sudadera será suficiente. Añado un neceser y un par de libros de John Fante para que me los firme su hijo Dan. Ese es todo mi equipaje. El autobús sale a las catorce treinta. Tengo la mañana entera para organizarme. Preparo café y pongo música. En esas llaman al teléfono. Me imagino que es Ana para decirme que ha recordado dónde ha guardado la camisa. Descuelgo. Es mi madre la que habla. Me dice que a mi padre se lo acaba de llevar una ambulancia con un fuerte dolor en el pecho. Que ella ha cogido un taxi y va camino del hospital. Dejo todo y salgo de inmediato para reunirme con ella.

            Mi madre retuerce los puños de la chaqueta como si estuviera escurriendo un paño mojado. Es un gesto motivado por los nervios. A mi padre le siguen haciendo pruebas mientras que nosotros aguardamos impacientes en la sala de espera.
-Esta mañana se ha levantado y estaba bien. Yo, al menos, le he visto como siempre. Después de desayunar ha empezado a notar una presión en el pecho y le costaba respirar. Creí que le estaba dando un ataque al corazón.
Miro la hora del reloj que cuelga de la pared. Son las doce y media. Quedan dos horas para que el autobús salga rumbo a la capital. Me pregunto si me dará tiempo a cogerlo. Sé que mi padre no tiene la culpa de lo que está pasando pero no puedo evitar sentir un leve resquemor hacia él por haber elegido justamente hoy para ponerse enfermo.
Acaban de dar las dos de la tarde y seguimos sin saber nada. He preguntado a un par de enfermeras pero no han sabido decirme qué está pasando con mi padre. No nos queda más remedio que seguir esperando. Llamo a la estación de autobuses para informarme de la salida de próximo autocar. A las dieciséis horas. La presentación del libro está programada para las nueve de la noche. Llegaría muy justo de tiempo pero llegaría, que es lo importante.
Pasada una eternidad se acerca un médico. Nos comunica que no han encontrado nada inusual en las pruebas que le han realizado a mi padre. Aun así, no quieren arriesgarse a darle el alta y lo ingresarán durante un par de días para seguir con los chequeos. Eso quiere decir que mi viaje a Madrid termina aquí. Me cabrea tener que renunciar a mis planes, aunque, mirando el lado positivo es un alivio saber que mi padre está bien.
-Lo hemos instalado en la habitación 226.
Subimos a la planta de cardiología y buscamos la habitación 226. Nada más entrar escuchamos un quejido bastante desagradable. Afortunadamente no es mi padre quien lo emite. La causante es su compañera de habitación, una anciana con más años que Matusalén que agoniza en la cama de al lado. Un pellejo relleno de huesos que da la impresión de haber salido de un campo de concentración. Comparado con ella mi padre parece rebosante de salud.
-¿Qué tal te encuentras, campeón?
-Estoy bien, hijo. Solo ha sido un susto.
-Susto el que me has dado a mí. Pensaba que me dejabas viuda.
-No te preocupes nena, aun tengo pensado darte mucha guerra.
Por un momento nos quedamos callados escuchando el lamento de la anciana. Es insoportable, además, la mujer le da una cadencia que lo hace aun más irritante.
-Lleva así desde que me han metido aquí.
Suena mi móvil. Me disculpo y salgo de la habitación para contestar a la llamada. Es Irene. No tengo registrado su número para evitar problemas con mi mujer pero me lo sé de memoria y nada más verlo he sabido que era ella.
-¿Vienes de camino?
-Malas noticias, cariño.
Le explico lo que pasa y me lamento por no poder pasar la noche en su compañía. Teníamos pensado acudir a la presentación del libro. Después iríamos a cenar a un buen restaurante, seguidamente daríamos una vuelta por los bares de la zona, tomaríamos unas copas y por último nos esperaba un maratón sexual en su casa. Lo teníamos todo planeado. Desgraciadamente al destino le ha dado por jodernos los planes.
-Una pena, porque me he comprado un conjunto de ropa interior que te iba a quitar el sentido.
A veces la vida es una puta mierda.
Odio los hospitales y todo lo que tenga que ver con ellos. Sus muros están impregnados de dolor, tristeza y muerte. Puedo notarlo, olerlo. Soy sensible a ello y me afecta negativamente. Estar dentro de uno me deja sin defensas y acaba con mi ánimo. Mi único pensamiento es escapar, huir de este ambiente deprimente. Después de comer mi padre se ha quedado dormido. Desgraciadamente, la anciana sigue con sus gemidos lastimeros. Emite un quejido y lo mantiene durante una par de segundos, luego se toma una pausa para tomar aire y vuelve a soltar el mismo lamento. Así una y otra vez. Su sufrimiento queda de manifiesto cada ver que pronuncia ese sonido. Nos obliga a ser conscientes de su dolor y eso me enerva. Joder, noto que voy a perder los nervios.
-¿Mamá, por qué no aprovechamos y bajamos a comer? Me muero de hambre.
En el restaurante del hospital sigue presente ese sentimiento de angustia que me achica el estómago y me impide comer. Necesito un respiro, salir de este lugar. Llego a un acuerdo con mi madre para establecer unos turnos. Ella se quedará con mi padre por la tarde y yo lo haré por la noche.

            Entro en casa dispuesto a darme un baño caliente que me relaje. Mientras se llena la bañera llamo a mi mujer y le pongo al tanto de la situación. La muy zorra se alegra de que haya tenido que suspender el viaje. Me dice que en cuanto salga de la oficina se pasará por el hospital para estar con mis padres.
El agua está demasiado caliente, aun así me meto en la bañera muy lentamente. Dando tiempo al cuerpo para que se adapte a las altas temperaturas. Una vez dentro, me enciendo un porro y me lo fumo con los ojos cerrados, dejándome llevar por la música que llega del salón. Enseguida mi mente despega y me lleva al otro lado del espejo. Me veo en la barra de un bar, hablando con Dan Fante sobre su padre mientras tomamos unas cervezas. Me gustaría saber tantas cosas de ese hombre. Para mí su mejor libro es “La hermandad de la uva”. Quizás porque el argumento me recuerda a un episodio que viví años atrás con mi padre. Por aquellos días, la casa que teníamos en el pueblo estaba llena de goteras y había que arreglar el tejado. Para ahorrarnos un dinero decidimos hacerlo nosotros mismos. Un trabajo aparentemente sencillo que se fue complicando por culpa nuestra incompetencia, hasta el extremo de tener que abandonar y contratar a unos profesionales. Mi padre y yo aprendimos la lección. Desde entonces hemos renunciado a todo lo que tenga que ver con el bricolaje y las chapuzas caseras.
Cuando me despierto el agua de la bañera está helada y tengo las yemas de los dedos arrugadas. Miro el reloj. Son las nueve y tres minutos de la noche. A esta hora, en Madrid, Dan Fante estará dando comienzo la presentación del su libro. Me jode no estar allí. Me jode aun más tener que pasar la noche en el puto hospital. Salgo de la bañera y me preparo para ir a relevar a mi madre. Después de una cena rápida salgo de casa con la mochila que en un principio había preparado para viajar a la capital. De camino no se me quita de la cabeza la presentación del libro. De no haberse puesto enfermo mi padre ahora estaría delante del hijo de John Fante.
Nada más abrir la puerta de la habitación 226 lo primero que me llega son los quejidos de la anciana. Dañinos como agujas en los oídos. Esperaba encontrarla dormida y en silencio, pero no. Intuyo que va a ser una noche muy larga. Mi madre y Ana se han ido. Quedamos la moribunda, mi padre y yo. Entra una enfermera con un carrito. Viene con la intención de cambiarle los vendajes a la abuela. Me pide que espere en el pasillo. Así lo hago. Cuando termina sale de la habitación y yo vuelvo a entrar. Mi padre se dirige a mí con un ligero crepito en la voz. Está impresionado por lo que acaba de ver.
-Esa pobre mujer tiene la espalda llena de llagas. Me ha dicho la enfermera que es de estar todo el tiempo tumbada.
Que se joda. Pienso para mis adentros, pero enseguida me arrepiento de mi falta de sensibilidad.
La habitación está en penumbra. Mi padre duerme. Yo leo “La hermandad de la uva” con ayuda de una linterna. La estancia estaría en silencio de no ser por los interminables y repetitivos lamentos de la vieja. Trato de olvidarme de ellos y centrarme en la lectura, no obstante, cuanto más lo intento más presentes están. Así no hay manera. Opto por salir y acercarme hasta la máquina de café. Selecciono un cortado descafeinado y me lo bebo junto a una de las ventanas. No hay nadie por los pasillos y disfruto de este momento de soledad. El zumbido del aire acondicionado resuena constantemente por toda la sala. Es bastante molesto aunque lo prefiero mil veces a las quejas de la anciana. Terminado el café me apetece fumar. Me lio un porro en el servicio de minusválidos. Luego bajo a la calle para fumármelo. Afuera está refrescando y me arrepiento de no haber cogido la sudadera. El cielo nocturno está limpio de nubes y estrellas y la luna destaca sobre los tejados de la ciudad. Hay un sentimiento de derrota hurgando en mi interior. Una especie de desgaste que me oprime el pecho. Me gustaría salir corriendo. Huir lejos de este edificio. No quiero volver dentro, pero es mi obligación. Además hace frío.
Cuando entro en la habitación mi padre sigue durmiendo. Por desgracia, la vieja no. Me acomodo en el sillón reclinable y cierro los ojos. Imposible. Con sus lamentos no consigo conciliar el sueño. Alumbro su cara con la linterna y le digo que se calle. La anciana hace caso omiso de mis palabras y continúa dejando constancia de sus padecimientos. Dudo que se haya enterado de algo. Vuelvo a cerrar los ojos e intento dormir. Y pensar que ahora tendría que estar follando con Irene. Escuchando sus gemidos de placer y no los estertores de una moribunda. En fin, prefiero no pensar en eso. Centrarme solo en dormir para que el tiempo vuele. Lamentos, lamentos y más lamentos. Ahora, en el silencio de la noche, resultan más penetrantes y desagradables que por el día, donde quedan atenuados por el ajetreo del hospital, el tráfico de la calle y demás ruidos. Me levanto del sillón, me acerco a ella e intento dejarle claro que estoy a punto de perder la paciencia.
-Cállate de una puta de vez, joder.
Por un momento guarda silencio. Luego intenta hablar.
-Aaa… taaa… mmmm.
-¿Qué coño dices?
-Mmm… taaa… mmmme.
-¿Qué?
-Mmmm… tamme.
No entiendo lo que dice. Prueba de nuevo hasta que al fin consigue vocalizar una palabra.
-Mmmátame.
La macabra petición me deja momentáneamente bloqueado. Antes de que pueda reaccionar me coge la mano y con ella se tapa la boca y la nariz. Trato de apartarla pero la sujeta con fuerza contra su cara. Quiere que la asfixie. Nos miramos fijamente y por un instante se produce una conexión. Noto su sufrimiento como propio y comprendo la necesidad de acabar con él. Cuando quiero darme cuenta la anciana ha dejado de respirar. Aparto la mano de su cara. Silencio total. De repente estoy muy cansado. Me tumbo en el sillón, cierro los ojos y me quedo dormido. Sueño con John Fante y con su hijo Dan. Ambos están encaramados en un tejado. Un enjambre de moscas los rodea mientras quitan las tejas y las sustituyen por pescado podrido.
Me despierto al escuchar a una enfermera entrando en la habitación. A través de las ranuras de la persiana veo que aun no ha amanecido. La enfermera se acerca a la cama de la anciana. No hace falta ser muy listo para saber que está muerta. Le toma el pulso para asegurarse. Sale de la habitación y al momento regresa acompañada de un médico. Certifican su fallecimiento y sacan el cadáver de la habitación para llevarlo al tanatorio. Me pregunto si debería mostrarme sorprendido como lo está mi padre. Aquí nadie sospecha de mí, todos dan por hecho que la anciana ha fallecido por causas propias de su enfermedad, así que me evito el paripé.
-Pobre mujer. Ha muerto sola, sin que nadie le haga compañía.

Al poco llega mi madre para relevarme. En el pasillo llamo a Irene. Quiero saber cómo fue la presentación del libro y si ha hablado con Dan Fante, pero no contesta a mi llamada. Salgo del hospital y me recibe un sol primerizo. En la calle la gente acude sus respectivos quehaceres y el tráfico colapsa las avenidas. La vida no se detiene y sigue su curso.

miércoles, 25 de mayo de 2016

LA VERDADERA HISTORIA DE MONTSERRAT C. - LUIS MIGUEL RABANAL

Reunida su amplia obra poética, Luis Miguel Rabanal regresa a la narrativa con la presente colección de relatos en los que lo erótico se erige como hilo conductor de once historias de sexo desmedido, con perdón, pero acaso no tan inverosímiles como podría parecer.
Autor de estilo a la vez pulcro y boscoso, en la cumbre de su capacidad fabuladora y dueño de una libertad expresiva propia de maestros, Rabanal da en La verdadera historia… otra vuelta de tuerca a su trayectoria como virtuoso del lenguaje, esta vez de la mano de un erotismo aquí glosado con todo lujo de pormenores, numeroso y esperpéntico, desatado y carpetovetónico… Un compendio de variaciones sobre el mismo viejo tema, en el que no falta ningún doloroso gozo, ninguna tampoco de las hirientes y deliciosas ternuras que siempre se han procurado los amantes más intensos, que son también los más espléndidos
En los relatos aquí reunidos, el lector hallará ecos de la verbosidad y el atrevimiento joyceano, pero también resabios de nuestra mejor tradición erótica-literaria, de La Celestina de Rojas, a los «cachondeos» de Cela, una tradición a la que Luis Miguel Rabanal ya se suma en calidad de grande de nuestras letras.

*

Luis Miguel Rabanal nació en Riello, León, en 1957. Es autor de la novela Elogio del proxeneta (2009) y del libro de relatos Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza (2010), así como de una amplia obra poética que incluye, entre otros, los títulos Obdulia azul (1980), O podríamos amarnos sin que nadie se entere (Premio Leonor, 1989), Cáncer de invierno (Premio Provincia, 1998), Fantasía del cuerpo postrado (2010) o Mortajas, editado por EOLAS en 2009. El conjunto de su poesía publicada ha sido recogido en el volumen Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977), aparecido en 2015.
Desde 1989 reside en Avilés, Asturias.

*


«En cuanto nos inscribimos en el hostal, las tres de mutuo acuerdo, requerimos por favor en recepción un tío de esos. Además sería gratis, como comprobaríamos a la caída de la tarde. Mis hermanas al final no se atrevieron. Caguetas, que son unas caguetas. Así que me tocó a mí sola hacerle los honores, como quien dice, con la de episodios indecentes que habíamos planeado en el autobús entre nosotras […]».

LA TATA CAROLINA

Luego me senté ahí a escribir, imaginando en silencio
sonidos como los del amor después de larga abstinencia.
SEAMUS HEANEY

Dicen que no soy muy mayor todavía pero el próximo 17 de junio mis papis me van a tirar de las orejas once veces (con suavidad, eso sí, porque les partiré si no la cara a hostias). Pero a lo que iba. Resulta que ayer, lunes, chateando a las tantas de la madrugada con mis colegas de 6º C del Corazón de Jesús (sección repetidores), en concreto con Berti y la Vanessa, voy y me ponen al corriente de que el padre de él, todo un señor Abogado del Estado en paro desde hace veintiocho meses, guarda con celo en su portátil un surtido de fotografías eróticas antiguas, valiosas, muy valiosas. Hasta aquí nada extraordinario. Berti descubrió el tomate antes de ayer cuando el autor de sus días olvidó la puerta abierta del despacho y no se detuvo hasta conseguir meter en un lápiz de memoria la colección que ahora, de verdad, no sé por qué, nos empieza a dar que hablar. Nos emplazamos los tres anoche para visionar el contenido más adelante y pasárnoslo estupendo. No proseguiré sin antes presumir de que la franqueza escuece a las familias más que las brasas de un cigarro puro aplastadas en el ojo. ¿Por qué acabo de escribir tamaña tontería? Chi lo sa. A mis padres apenas los conozco. Intentan involucrarme en una serie de artimañas que solo de pensarlo ya me produce una diarrea estival de la leche el mero hecho de esperar a ver cómo será la próxima de estúpida. Con ellos no hay manera. Sin embargo Berti y Vanessa son mi mundo. Precisamente Vanessa me practica las mamadas los jueves y los viernes a la salida del colegio, en el ascensor, detenido el cacharro entre el octavo y el noveno, (a pesar de que haya muy poquito que chupar, ella corrobora que llegará el día, a fuerza de probar y de probar, en que no le cogerá en la boca, tal como admiramos a diario en las películas) y luego, ya en su habitación yo le miro extasiado la teta y media (sí, subrayo lo de teta y media porque tiene una un poquitín crecida y la otra apenas si se nota) y le toco lo de abajo con el dedo y huele bien y sabe rico, a una mezcla deliciosa de churros y margarina con atún. No obstante, cambiando de tema, mis progenitores no tuvieron ninguna ocurrencia mejor que la de ponerme el mismo nombre de mi difunta hermana Adriana el día del bautizo. En masculino, por supuesto. La pobre pequeña se fue derecha al cielo con diecisiete añitos, reiteran hasta la saciedad las paredes de mi casa. También se rumorea por ahí que si no habría sido víctima de una enfermedad de esas que últimamente los telediarios definen como raras. Desde entonces a mis padres se les plasmó en el rostro, y en otros sitios que me callo, una pinta de sonados de lo más característica. Y eso que los vecinos de escalera apostillan, me supongo que para darles más ánimos si cabe, que son un par de profesionales de la salud magníficos (de la dental ella y él de la mental, añado por mi cuenta y riesgo). En lo que atañe a su aspecto físico, me quedaré corto si cotejo lo siguiente, una belleza la de mi madre comparada con la jeta de viejo y alucinado de mi padre. No insisto más porque a mí plin, yo soy de Usera que suele repetir sin gracia la Hermana Luzdivina, mi profe de Sociales, que dicen los mayores tiene un polvo.

(…)


Es un fragmento de
“La verdadera historia de Montserrat C. y otros relatos no menos imposibles”, Eolas Ediciones, Col. Caldera del Dagda, León 2016

martes, 24 de mayo de 2016

MÚSICA DE VENTANAS ROTAS - PRÓLOGOS

Francesco Spinoglio

una pequeña música de ventanas rotas…
Charles Bukowski

Hace unos meses se me ocurrió la idea de reunir a unos cuantos escritores para homenajear con una antología al maestro John Fante, para mí el mejor narrador de, al menos, los últimos dos mil años. Estaréis pensando: Estamos hasta el coño de antologías, ¿por qué otra? Ya lo sé, por eso voy a hacer un pequeño matiz. Bueno, dos pequeños matices. Primero: hay un montón de escritores cojonudos que escriben en lengua castellana y que nadie conoce porque la casta literaria lo ha copado todo con sus vertidos tóxicos. Segundo: he seleccionado cuidadosamente a los pocos autores que participan dejando a un lado las amistades, el colegueo y todos esos estúpidos compromisos que se supone que uno va cosechando en el mundillo literario y que siempre te acabas encontrando en las antologías (Ejemplo: Fulanito tiene que participar porque en su momento me reseñó un libro. Fuera esa mierda). He separado a la persona del escritor, pasándome por el forro de los cojones el caché, los premios literarios que uno haya podido recibir y el trabajo que desempeña en su vida diaria. He recibido casi doscientos relatos en poco más de tres meses, y considero que si un chaval de veintipocos años que no ha publicado un libro en su puta vida y a quien nadie conoce escribe mejor que un profesor de escritura creativa o que un director de alguna revista, merece estar en la antología con toda legitimidad. Ya sé que el orgullo del sabelotodo se resiente, pero es lo que hay. Conmigo no se amaña nada, así de claro, ya que para eso están los premios. He utilizado mi humilde criterio, cuestionable o no, pero os aseguro que hay más rabia y calidad literaria en muchos escritores anónimos que en los paquetes que nos venden en los medios y que encima van de intelectuales. No quiero divagar demasiado y creo que lo mejor es dejaros en compañía de estos dieciocho guerreros de las palabras, quienes harán todo lo posible para llegar hasta lo más hondo de vuestro corazón. Un agradecimiento especial a mi amigo Dan Fante, fallecido hace unos meses, por todo su apoyo y por habernos cedido uno de sus maravillosos poemas. Como me repetía a menudo, lo único que importa en la escritura es seguir escribiendo día tras día; todo lo demás son gilipolleces. Te quiero, Dan, estés donde estés.

Me despido con esta carta que me escribió mi padre cuando, al cumplir veinte años, abandoné mi hogar familiar y me lancé a la aventura por tierras de España. Gracias a mi viejo descubrí a Arturo Bandini, famoso alter ego de John Fante, y traté de seguir sus pasos con menor o mayor fortuna. 

¡Buena suerte, Arturo Bandini!

Buena suerte, ya que es lo mínimo que te mereces como premio por el coraje que has demostrado y que sólo pertenece a los que son “diferentes”; un coraje que te permite por fin vencer al destino rufián y mezquino que siempre ha intentado pararte los pies con una maldad casi diabólica. Un destino que te ha proporcionado un gran talento, hasta abrirte las puertas para alcanzar cualquier sueño en el que ninguna meta te pareciera imposible, para luego desilusionarte diseminando por tu camino de gloria trampas insignificantes que conseguían frustrar todos tus esfuerzos y todas tus tentativas de éxito.

Leí en una novela que no hay nada más triste que un genio que tropieza con la banalidad del destino. Es una verdad suprema, pero ahora suena otra música. ¡Échate para atrás toda la mierda que tienes acumulada y empieza de nuevo! ¡Entra en tu nueva vida con la seguridad del héroe rebelde que alcanzará el éxito! 

Desde hace tiempo supe que un día de estos te irías. Tuve la confirmación de eso en Verona, cuando te llevé a la plaza a jugar y tú te pusiste a perseguir a las palomas. De repente, cansado del juego, te fuiste solo hacia una calle secundaria con el paso firme y seguro del hombre maduro que ha tomado una decisión y que ya no quiere volver atrás. Entonces sólo tenías tres años, pero ya se había encendido una chispa en tu mente que con el tiempo se convertiría en un fuego indomable: el fuego del genio. En aquella ocasión supe que nos dejarías pronto.

Recuerdo también una frase que leí en el Hospital Infantil de Trieste, enmarcada y colgada en la sala de espera. Decía: Vuestros hijos no os pertenecen, aunque viváis juntos. Podéis amarlos, pero no obligarlos a vuestros pensamientos, porque ellos tendrán su propia forma de pensar. Podéis cuidar de sus cuerpos, pero no de sus almas. No queráis que se parezcan a vosotros, sino intentad imitarlos. Vosotros sois los arcos y vuestros hijos las flechas que se dispararán lejos.

Pues así es. La flecha ha sido lanzada muy lejos, y a este pobre arco sólo le queda consolarse con su dolor, un dolor que es bueno vivir, como si fuera un sacrificio en aras de tu felicidad.

Estoy orgulloso de tu decisión y te admiro por algo que yo jamás haría.

Seguramente añoraré las cenas y las conversaciones que mantuve contigo, pero sobre todo añoraré a un amigo, quizá el único verdadero amigo que he tenido en mi vida. Espero que des señales de vida y te mantengas en contacto con tu familia.

¡Buena suerte! En tu porvenir hay sitio para todo, desde ser limpiabotas hasta aspirar al premio Nobel; de todos modos, intenta saborear la felicidad y pasa de lo que digan los demás. Cultiva tu diversidad como un bien preciado, pero acuérdate de que no hay que despreciar la normalidad. En toda película es menester la aparición de actores secundarios.
¡Buena suerte, Arturo Bandini!

Tu Padre

Buena lectura.



José Angel Barrueco

Mapas, círculos, huellas

Tengo miedo, no soporto
que mi propia obra me desnude
John Fante


Algunos círculos literarios se cierran cuando uno menos lo espera. No puedo precisar la fecha exacta en que empecé a leer a John Fante (1909 – 1983). Calculo que sería a mediados de los 90, quizá un poco antes. Recuerdo que supe de su obra gracias a Charles Bukowski, que lo cita en varios de sus libros, y a Ray Loriga, que lo mencionó en algunas entrevistas de la época.

No pude conseguir sus novelas Espera a la primavera, Bandini yPregúntale al polvo (publicadas, entonces, por Paidós Ibérica) en ninguna de las librerías de mi ciudad. Las encargué en un par de establecimientos y nunca me las consiguieron. Pero en la Biblioteca Pública constaban en la sección de préstamo. Yo poseía carnet de usuario y era un lector de raza. Cuando uno no tiene dinero encima y ni siquiera trabaja aún, la biblioteca de su barrio, cualquier biblioteca, se convierte en un venerable templo que necesita visitar a diario.

Me llevé a casa ambas novelas. Hay unos cuantos escritores que te sacuden la cabeza, que te trastornan, que logran cambiar tu percepción del mundo y de la literatura. Escritores como Louis-Ferdinand Céline, Thomas Bernhard, J. G. Ballard, Samuel Beckett, W. G. Sebald o William Burroughs. Escritores como John Fante. Porque John Fante era la hostia, ya sólo en los comienzos de sus libros: Avanzaba dando puntapiés a la espesa capa de nieve. Hombre asqueado a la vista. Se llamaba Svevo Bandini y vivía en aquella misma calle, tres manzanas más abajo. Tenía frío y agujeros en los zapatos. Estas cuatro frases encierran una novela entera. Ya lo son todo.

O en Pregúntale al polvo, que arranca con Arturo Bandini en la cama de una pensión de Bunker Hill, tratando de afrontar su deuda con el dueño. Y resuelve el dilema apagando la luz y echándose a dormir.

Arturo Bandini. En las diatribas cómicas y furiosas que poblaban sus páginas hallé la rabia y el entusiasmo, el llanto y la risa, la piedad y la culpa, la búsqueda de la fe y el tormento del pecado. La prosa de John Fante es como subirse a un tren que no se detiene, y que te muestra tanto los paisajes áridos como los parajes líricos. No conseguí aquellas ediciones e intenté robar los libros de la Biblioteca Pública. Durante días planeé cómo hacerlo. Una de las estrategias incluía sacarlos por una de las ventanas, que daban justo al empedrado de la plaza exterior. Los dejaría al pie de las rejas y saldría corriendo a buscarlos. Luego me acometió la duda: ¿y si me cazan, qué ocurrirá entonces?

Descarté la idea, pero volví a releer ambas novelas, enamorado de sus frases, de su música, de sus personajes, del carisma de su escritor. Unos años después encontré La hermandad de la uva (publicada por Ultramar, que la tituló La cofradía de la uva), en una feria del libro viejo. También me fascinó y la incorporé a mi biblioteca.

Tuve que esperar al año 2001, cuando Anagrama empezó a reeditar las viejas obras y a traducir las que permanecían inéditas: Espera a la primavera, BandiniPregúntale al polvoCamino de Los Ángeles,Sueños de Bunker HillLa hermandad de la uvaUn año pésimoAl Oeste de Roma (que agrupa Mi perro Idiota & La orgía), Llenos de vida y El vino de la juventud. Desde entonces he leído las que no conocía y releído las antiguas, y he tomado frases para algunas de mis historias, y he utilizado a Fante en novelas, en artículos, en reseñas y en relatos.

No puedo precisar la fecha en que empecé a leer a John Fante. Sí puedo precisar la fecha en que el escritor italiano afincado en España, Francesco Spinoglio, se puso en contacto conmigo (porque por entonces ya usaba el correo electrónico y mi cuenta de Hotmail conserva cada una de nuestras conversaciones): el 27 de marzo de 2008. Me escribió, me revela el mail, porque yo había citado en un artículo a Dan Fante (escritor, hijo de John, y del que una editorial anunciaba una traducción que jamás se publicó). Él, añadió, solía contactar a menudo con Dan.

Nuestra admiración por los Fante fue el primer hilo con el que cosimos nuestra amistad. Luego escribí un prólogo para su novela Camino de la gloria. Nos hemos ido viendo desde entonces algunas veces, y nos hemos escrito muchos correos. Entre nosotros habitan el respeto y la fidelidad.

En 2010, Dani Osca y Julio Casanovas, responsables de Sajalín Editores, nos anunciaron que iban a publicar Chump Change, de Dan Fante. Para presentar el libro en España, en concreto en Madrid y en Barcelona, querían traer al autor. Y nos pidieron a Francesco y a mí que oficiáramos de maestros de ceremonias.

La novela se publicó en marzo de 2011, tres años justos desde que Francesco y yo contactáramos. Y la presentación se celebró en Fnac Callao el 9 de marzo de 2011. Conocer a Dan Fante fue un honor. Su prosa conserva la rebeldía de su padre, y también la autenticidad, pero su hijo es más punk, más agresivo, menos tradicional, más postmoderno. Dan apareció con sombrero, anillos, tatuajes y gafas de miope. Admito que su sola presencia era explosiva. Imponía. Al acto acudió poco público.

Y ahora llega el cierre del círculo de este mapa que conecta nuestra amistad con nuestra veneración por los Fante. No sé si fue a propósito o no, y no se lo he preguntado ni se lo preguntaré, pero Francesco me propuso coordinar con él este compendio de textos de homenaje a John Fante un 17 de marzo de 2014. Marzo, otra vez. Parecen huellas de una película fantástica. Pero creo que sólo son rastros del azar, cuando éste se las arregla para que cada pieza de nuestra vida acabe encajando donde corresponda.

De la lectura y selección previa de textos se encargó él. Le estoy muy agradecido por contar conmigo para esta nueva aventura y por liberarme de la responsabilidad de elegir los relatos finalistas. El lector comprobará, como suele suceder en esta clase de ofrendas literarias, que cada cual lo ha hecho a su manera. Algunos citan al escritor. La mayoría no lo hace. Algunos escriben sobre temas similares. Otros casi esconden su influencia entre líneas. Pero todos, es evidente, adoraron a John Fante en algún momento. John Fante, cuyas páginas suelen ser como una explosión de flores amargas.


jueves, 19 de mayo de 2016

OJOS DE SERPIENTE

La luz cegadora del foco sobre los ojos y la anestesia haciendo efecto en la punta de la lengua. Las dos cirujanas que llevarán a cabo la operación hablan entre ellas sin prestarme demasiada atención. Trato de relajarme estirado en el sillón. Sé que la intervención durará un par de horas, como poco. Meses atrás me extrajeron todos los dientes por un problema de piorrea. Ahora me abrirán las encías para injertarme una especie de arenilla que con el tiempo se convertirá en hueso. Cuando eso ocurra habrá una tercera operación en la que me implantaran unos tornillos donde, una vez hayan cicatrizado, podrán ajustar la prótesis definitiva. Hay una bandeja adosada al sillón por un brazo articulado y sobre ella han dispuesto ordenadamente el instrumental quirúrgico que usarán conmigo. Bisturís, ganchos, pequeños taladros, pinzas… Las mujeres toman posiciones y se colocan una a cada lado del sillón donde estoy tumbado. Se enfundan unos guantes de látex y me avisan de que van a empezar.
-¿Estás preparado?
Asiento con la cabeza y cierro los puños con fuerza.
Dos horas y media más tarde salgo de la clínica. El viento empuja la lluvia de un lado a otro, como si fuera incapaz de decidirse hacia dónde dirigirla. A pesar de que aun sigo bajo los efectos de la anestesia, con la punta de la lengua puedo notar los puntos de sutura que están dispuestos a lo largo del arco de las encías superiores. Todavía no siento ninguna dolencia, tan solo un ligero atontamiento, pero me han advertido que según se vaya pasando el efecto de la anestesia el dolor de los cortes y las perforaciones hará acto de presencia. Han añadido que durante los próximos días mi cara estará hinchada y amoratada. En el bolsillo guardo la dentadura postiza. Sin ella me siento desnudo. Recuerdo la primera vez que me miré en el espejo después de quedarme sin dientes. De pronto había envejecido treinta años. Así, sin más, el tipo que tendría que ser pasadas unas décadas estaba frente a mí. Tuve que enfrentarme a mi imagen y concienciarme de que el reflejo que me devolvía el espejo era el mío. Me detengo en una farmacia que pilla de camino. Aguardo hasta que llega mi turno. Al intentar hablar soy incapaz de vocalizar y de mi boca cae un hilo de saliva y sangre que termina aterrizando sobre el cristal del mostrador. Inmediatamente lo limpio con el pañuelo. La farmacéutica se muestra comprensiva y actúa como si no hubiera pasado nada. En la clínica dental me han dado un papel donde han apuntado los medicamentos que tengo que tomar. Se lo entrego a la boticaria. Ella va de un estante a otro recogiendo los productos que están anotados en la lista y los va dejando sobre el mostrador: una caja de antibióticos, otra de analgésicos, un tubo de gel cicatrizante y un cepillo bucal con las cerdas súper blandas para aplicar el gel en las encías. Luego desliza la mercancía por el escáner de la caja registradora, lo mete todo en una bolsa de plástico y me la pasa a cambio del importe del ticket.
En el portal de casa coincido con una pareja que vive en mi misma planta. Casi no les conozco. Se mudaron a este edificio hace unos meses y solo nos hemos visto un par de veces. Son un poco más jóvenes que yo. Ella parece simpática. Él por el contrario se muestra reservado. Tiene ojos de serpiente. Cuando te mira notas que en cualquier momento te puede inocular su veneno. Subimos en el ascensor. Ella comenta algo sobre el tiempo. Los tres estamos calados por la lluvia y bromea al respecto. Me gustaría responderle con una sonrisa, pero dado que estoy sin dientes prefiero pasar. Lo primero que hago al entrar en casa es tomarme la medicación. El dolor es soportable, no obstante, las pastillas tardan una media hora en ser efectivas e intuyo que para entonces voy a necesitar de toda su eficacia. Frente al espejo del baño veo que la hinchazón empieza a manifestarse en los carrillos. Me parezco a Marlon Brando en el Padrino. Trato de imitar sus gestos y pronuncio algunas frases de la película. Nunca se me han dado bien las imitaciones. Desde que he salido de la clínica tengo unas ganas enormes de fumar. Me lo han prohibido tajantemente, claro que desde un principio he sabido que de todas las cosas que no me conviene hacer durante la convalecencia, esta iba a ser la única que me iba a saltar. Lio un porro y fumo. De pronto me siento muy cansado. Anoche no pude dormir pensando en la operación y ahora sufro las consecuencias. Me tumbo en el sofá, me cubro con una manta y dejo que el hachís me lleve más allá del sueño.
Me despierto con el sabor de la sangre en la boca. Se ha hecho de noche y el salón está a oscuras. La lluvia aporrea los cristales de la ventana como si quisiera entrar al abrigo del salón. En el reloj son las ocho y veinte de la tarde. He dormido un montón de horas. Noto la cara con la piel tirante a causa de la hinchazón. Me toco y es como palpar un balón de fútbol. En el espejo del baño veo mi rostro totalmente deformado y amoratado. Me lo advirtieron, pero nunca pensé que la inflamación llegaría a estos extremos. He dejado de parecerme a Marlon Brando en el Padrino y he pasado a ser el hombre elefante. En la cocina me doy cuenta de que no he comido nada desde el desayuno. Abro la nevera y observo los estantes. Ayer fui al supermercado e hice acopio de purés, zumos, batidos, yogures y sopas. Es curioso lo mucho que se limita la oferta alimenticia cuando no tienes dientes para masticar. Preparo un puré de patatas y me lo como haciendo frente a un sinfín de dificultades.
Después de cenar me encuentro mejor. Los analgésicos cumplen con su cometido y el dolor que siento es llevadero. Enciendo la tele y me acomodo en el sofá para dejar pasar las horas.
Tres de la madrugada. Lo bueno de haber pasado la tarde durmiendo es que esas primeras horas de recuperación, que sin duda son las más dolorosas, han discurrido sin que me causen molestia. Lo malo, ahora no tengo sueño e intuyo que tendré que pasar el resto de la noche en vela. Estoy harto de tanta televisión. La apago y pongo música. Desde la ventana veo que sigue lloviendo. Lluvia y jazz. Por unos instantes, la mezcla de ambos me lleva a un recóndito lugar de mi cabeza donde las ideas están por llegar y los recuerdos se ordenan sin ninguna lógica. Unos ruidos en la puerta se sacan de mi ensimismamiento. Por la mirilla veo al vecino de al lado, ese que tiene ojos de serpiente. Siendo las horas que son imagino que lo que le trae hasta mi puerta debe ser importante. Puede que venga a quejarse. Quizás el volumen la música no está tan bajo como creía. Nada más abrir, el tipo me echa a un lado y entra en la casa. Va a la cocina, se queda frente al fregadero. Abre el grifo y amaga con beber, pero en la mano no lleva vaso y todo queda en una pantomima. Le pregunto qué coño hace, sin embargo él actúa como si no me oyese. Me fijo en que lleva la camisa mal abotonada y que calza la zapatilla del pie izquierdo en el derecho y viceversa. De pronto se pone a hablar. Su voz es grave como la crisis nacional. Dice algo de un atraco a un almacén de electrodomésticos. Sale de la cocina y enfila el pasillo hasta que llega al dormitorio. Entra, sin ninguna explicación se mete en mi cama y se tapa con el edredón. Su comportamiento es de lo más extraño e intuyo que se debe a algún problema interno. Decido que lo mejor es ir a buscar a su mujer. De primeras cree que vengo a pedir ayuda. No la culpo dado el estado de mi cara. Le cuento lo sucedido y me acompaña hasta mi dormitorio. Al ver a su marido roncando en mi cama se disculpa y me explica que su compañero sufre trastornos del sueño que le llevan a deambular por ahí mientras sigue dormido. Añade que no es aconsejable despertarle ya que podría reaccionar violentamente. Ahora mismo lo que menos me apetece es que alguien se ponga en plan agresivo. Le digo que no tengo pensado dormir por lo tanto su marido se puede quedar ahí toda la noche. Ella desea volver a su cama cuanto antes, se le nota, así que da por buena mi oferta, me agradece el gesto y regresa a su piso. No me hace gracia quedarme a solas con un desconocido, sabiendo además que puede reaccionar violentamente. Pero dadas las circunstancias qué otra cosa puedo hacer. Cierro la puerta del dormitorio y regreso al salón. Lio un porro. Luego conecto el ordenador y en el buscador escribo: Peligros derivados de los trastornos del sueño.
Me despierta la luz matinal. Me he quedado dormido en el sofá y tengo la espalda dolorida. Noto que la cara ha ido a peor y que la inflamación llega a la zona inmediata a los ojos. Casi no puedo abrirlos. Me incorporo y me asomo a la ventana. En la calle un baile de paraguas, una coreografía improvisada donde cada uno ejecuta sus pasos como le viene en gana. De pronto me acuerdo del vecino. El dormitorio está vacío y la cama hecha. Sobre la mesilla hay una nota en la que han escrito: Gracias. Te debo una.

Han pasado dos días. La inflamación de la cara ha bajado un poco. Eso quiere decir que ya he pasado lo peor y que a partir de ahora la hinchazón irá bajando hasta que vuelva a la normalidad. Llaman al timbre. Es el vecino.
-          Tranquilo, esta vez vengo despierto.
Carga con una gran caja de cartón. Es un televisor de cuarenta y ocho pulgadas con pantalla plana de plasma. Dice que es para mí, un detalle por haberle dejado pasar la noche en mi cama. De pronto lo veo claro. Lo que dijo del atraco estando dormido resulta que es cierto. Seguro que la tele forma parte del botín. Le digo que no la quiero, que ya tengo una y no necesito más. No le gusta mi negativa, lo veo en su cara, en sus ojos de serpiente. Cierro la puerta. Por un instante he creído que me iba a agredir, a inocular su veneno. El viento cambia de dirección impulsando la lluvia contra los cristales de la cocina. El ruido que provoca me sobresalta. La tensión del momento hace que me tiemblen las manos y que el corazón vaya a mil.

            Las horas transcurren lentas, se arrastran como caracoles narcotizados. Ya han pasado diez días desde la intervención quirúrgica, aunque a mí me parece que fue hace siglos. En todo este tiempo la inflamación de la cara ha desaparecido y las encías han ido cicatrizando con normalidad. Lo que peor llevo son las comidas. Desde esa primera operación en la que me quitaron los dientes, de eso hace más de medio año, comer se ha convertido en un suplicio. Tener que masticar llevando prótesis es bastante desagradable, yo al menos no consigo acostumbrarme. Aunque estar sin ella es peor. Menos mal que dentro de un par de días me quitaran los puntos de sutura y podré volver a ponerme la dentadura postiza. Tengo ganas de que acabe este encierro. Me asomo a la ventana. Sigue lloviendo. De los vecinos no he vuelto a tener noticias. De vez en cuando les oigo entrar o salir de su casa. Por lo demás, se mantienen al margen de mi vida, cosa que agradezco.
           
Escucho unos ruidos en la casa de los vecinos. Es como si estuvieran moviendo los muebles de sitio. También se oye jaleo en el rellano de las escaleras. A través de la mirilla de la puerta veo que hay dos hombres vestidos con monos azules cargando con un armario. Lo sacan del piso y lo meten en el ascensor. Seguidamente otros dos peones sacan un sofá y aguardan en el descansillo a que el ascensor vuelva a subir. Me asomo a la ventana del salón. Abajo está aparcado un camión de mudanzas. Ajenos a la lluvia los operarios cargan los muebles en el remolque. Parece que los vecinos dejan el edificio. Ya no tendré que volver a lidiar con ellos.
He madrugado para ir a la clínica. En el portal, al pasar por delante del buzón veo que tengo correspondencia. Es un paquetito que no lleva sello ni dirección. Lo abro. Dentro hay una placa de hachís junto a una nota: El favor consiste no en lo que se hace o se da, sino en el ánimo con que se da o se hace.
Salgo de la clínica dental. Me han quitado los puntos y me han ajustado las prótesis. Con la dentadura he recuperado la confianza y me apetece pasear por la ciudad. Por suerte ha dejado de llover. Después de estar enclaustrado durante tantos días el jolgorio urbano me produce un sentimiento de zozobra. Vencido el primer impulso de amilanamiento, sigo con el paseo. Llego al parque, elijo un banco apartado y me siento a disfrutar del aire fresco.
Al rato se acerca un anciano con aspecto de vagabundo. Toma asiento a mi lado. Mira al cielo con preocupación y añade:
-Va a nevar.
Está nublado, por lo demás no sé en qué se basa para hacer su pronóstico. De la mochila saca un cortaúñas y procede a hacer uso de él. Tiene manos de cirujano. Limpias y bien cuidadas. No pegan para nada con su aspecto harapiento.
-Eso que fumas huele de maravilla.
Le paso el canuto. Da una larga calada y mantiene el humo dentro.
-Buena calidad. ¿Puedo acabármelo?
-Todo tuyo.
-Me gusta esta ciudad. Acabo de llegar, pero lo poco que he visto me gusta.
Su voz suena cercana y amiga. Hay algo en su tono que da prestancia a lo que dice. Hace un relato de sus viajes. Todo un mosaico de ciudades y gentes quedan reflejados en sus palabras. En un momento dado, calla. Sus ojos se entristecen y unas arrugas le cruzan la frente. Habla de una mujer. Dice que le dio todo lo que tenía pero que no fue suficiente. Vuelve a quedarse en silencio, mirando a la nada. Noto que se ha ido lejos; en busca de esa mujer. Termina el porro y se despide. Se aleja encorvado y con paso tranquilo. Andados unos metros, se detiene. Saca algo del bolsillo, lo deja en el suelo y lo tapa con unas cuantas hojas. Después sigue por el sendero hasta que sale del parque. Siento curiosidad. Me acerco a ver qué es lo que ha enterrado. Al apartar la hojarasca encuentro un jilguero muerto. En ese momento se levanta una brisa que trae el olor de las aguas del estanque y comienza a nevar. Alzo la vista al cielo para ver el descenso de los copos. Cerca, un grupo de niños corren detrás de una pelota. Sus gritos forman parte del parque, tanto o más que los árboles que hay en él, el propio estanque o los jardines que lo visten.

pepe pereza