jueves, 13 de julio de 2017

QUIZÁS SEA ESO

Ella lleva toda la tarde callada. Señal de que algo la preocupa. Él está absorto con la lectura de un libro. Ignora qué piensa su compañera, no quiere preguntar, prefiere seguir leyendo. Por su lado, ella se come las uñas con el ceño fruncido.
Él acaba el capítulo que está leyendo. Ella sigue con la misma aptitud, solo que ya no le quedan uñas y ahora mordisquea un mechón de pelo.
-¿Te importa si pongo música?
Al escuchar la voz de su compañero parece que hubiera sido tele-transportada de una galaxia lejana y se sorprendiera de estar donde está.
-¿Qué?
-Digo que voy a poner música.
-...
Él le da al Play.
-Pon algo que no sea tan deprimente.
 Sustituye el CD por otro y espera a que suenen los primeros compases para saber si ella aprueba la elección. No dice nada así que vuelve a su asiento. Antes de retomar la lectura, enciende la raba de un porro que había quedado olvidada en el cenicero. Le da unas caladas y le hace una seña para pasárselo. Ella alarga el brazo y lo coge, pero en vez de llevárselo a la boca deja el gesto a medias y permanece con la mano suspendida entre el pecho y su boca.
-¿Dónde has aparcado el coche? -dice.
A él la pregunta le pilla por sorpresa. Tiene que pararse a pensar para ubicar el vehículo en un plano mental de la ciudad. Una vez situado responde a la pregunta. Ella se levanta, coge un cuaderno y anota dicha la dirección en una de las páginas.
-Quiero que todos los días me digas dónde  lo aparcas.
Él no comprende ese repentino interés suyo por saber dónde deja el coche. Además, ella no sabe conducir y el único que lo utiliza es él. Aunque le pica la curiosidad, no pregunta. Desea volver cuanto antes a la lectura y es lo que hace. Ella va hacia el termostato y sube la temperatura. Luego se acerca a la ventana.
-Está nevando –dice con alegría.
Él deja el libro y se acerca a su lado. Efectivamente, está nevando.
-¿Crees que cuajará?
-Es posible.
Se nota que está emocionada. La primera nevada del año siempre es bienvenida. Él siente la tentación de preguntarle por el asunto del coche, pero no quiere estropear el momento y se limita a observar cómo caen los copos.
Durante la cena, aprovecha para retomar el tema del aparcamiento.
-¿Por qué quieres saber dónde dejo el coche?
Antes de que ella pueda contestar escuchan un estrépito de cristales rotos. El ruido procede del salón. Al entrar se encuentran con el cristal de la ventana hecho añicos y con un balón de cuero blanco que está junto al sofá. Él se asoma al ventanal esperando atisbar a los culpables. Dos pisos por debajo hay una campa vacía. Quien quiera que estuviera jugando con el balón ha desaparecido. Lo único que ha quedado sobre el terreno son unas cuantas pisadas en la nieve.
-Mañana a primera hora habrá que avisar a un cristalero.

Le parece escuchar el llanto de un bebé. Con los ojos abiertos constata que todo está en completo silencio. Ha debido ser un mal sueño. Ella duerme a su lado. Nota su respiración y el calor de su cuerpo. Se levanta y sale a tientas del dormitorio. En la cocina bebe agua, en el váter mea y en el salón se enciende un cigarro. Sube la persiana. El frío de la noche entra a través de la ventana sin cristal. No queda ni rastro de la nevada. La lluvia que ha caído después la ha derretido. El cielo es negro, sin estrellas, y en medio brilla la luna llena. Debido al incidente del balonazo sigue sin enterarse de cuál es la razón por la que tiene que dejar anotado dónde aparca el coche. Tendrá que volver a sacar el tema durante el desayuno. Hace tiempo, de camino al trabajo, tenía que pasar por delante de un coche cubierto de polvo que llevaba estacionado en el mismo lugar desde hacía meses. Era un buen coche, de los caros. Siempre se preguntaba por qué lo habían abandonado. Barajó varias hipótesis. Una de ellas, la más verosímil, era que el dueño había fallecido y sus familiares al desconocer el paradero del vehículo no pudieron reclamarlo. Por eso estaba allí, acumulando polvo y suciedad. Le daba pena aquel coche. Quizás vayan por ahí los tiros. Tal vez, ella haya encontrado un coche similar y al verlo ha sentido lo mismo que sintió él. El balón sigue junto al sofá. Le gustaría jugar con él, botarlo contra la pared y darle unas patadas. Sabe que no son horas y que despertaría a los vecinos. Lo que hace es arrojarlo por la ventana y contemplar cómo rebota, hasta que finalmente se detiene en medio del suelo negro. Con el balón ahí, la campa pasa a ser un reflejo del cielo, una fotocopia.
 pepe pereza

martes, 11 de julio de 2017

EL CUADRO

Un adolescente le adelanta y al pasar por su lado le dice:
-Señor, el móvil le está sonando.
David no hace caso y sigue caminando bajo la lluvia. Lo primero que hace al llegar al estudio que tiene alquilado es encender la estufa. Seguidamente deja el abrigo en el perchero y se pone un albornoz lleno de manchas de pintura. Nota el calcetín izquierdo empapado. Examina la suela de la bota. Está desgastada y parte del reborde que la une al cuero está descosido. Es por ahí por donde se cuela el agua. En verano la lluvia dota a las calles de frescor y cierta melancolía. En invierno, las impregna de una tristeza sólida e indeleble. Está cansado del frío y de la rutina de los días lluviosos. Se descalza y deja las botas y los calcetines al lado de la estufa. Se pone unas zapatillas viejas que también están manchadas con restos de pintura. Aparta la sábana que cubre el caballete y deja al descubierto el cuadro en el que está trabajando. Enciende un cigarro y se sienta en un viejo sillón para contemplar la pintura. Lo que está en el lienzo no termina de convencerle. Hay algo que no funciona. El cuadro mide metro y medio de largo por uno treinta de ancho. Sobre la tela hay dos sombras negras y alargadas que destacan sobre un fondo gris azulado. La nota de color está repartida con una serie de salpicaduras rojas y amarillas distribuidas en el margen izquierdo. Antes de morir, Van Gogh dijo que en el futuro esperaba que la gente se diera cuenta de que sus cuadros valían más que los colores con los que estaban pintados. David se pregunta si su cuadro está por encima del valor de la pintura que lo cubre. El móvil vuelve a sonar. Cuando para, empieza a hacerlo el teléfono fijo. Hace oídos sordos y continúa examinando el lienzo.
No consigue hallar una solución que mejore la pintura. De nada sirve obcecarse cuando la cosa no funciona. De repente, huele a quemado. Uno de los calcetines está echando humo. Lo aparta de la estufa y lo golpea contra el suelo para apagar los rescoldos que consumen las fibras de algodón. Ha quedado un agujero con los bordes chamuscados en la parte del talón. Lo bueno es que está seco. Las botas también y guardan calor en el interior. Se las pone. Es agradable sentir los pies calientes. Decide hacer una pausa para almorzar.
La cafetería de al lado es un sitio que suele frecuentar. Un lugar hogareño donde pasar un rato agradable. Además, los dueños tienen el buen gusto de amenizar el local con jazz. Se acerca a la barra, pide un pincho de tortilla y una cerveza y se acomoda en una de las mesas del fondo. Le gusta sentarse ahí porque tiene una buena panorámica y es el sitio ideal para observar al personal y tomar apuntes del natural en la libreta. Unas mesas más allá está sentada una mujer leyendo un libro. Muestra una media sonrisa que de inmediato capta la atención de David. Traza unas líneas rápidas sobre una servilleta de papel del gesto de la mujer. El boceto no está mal pero se puede mejorar. Saca la libreta y empieza de nuevo. La mujer debe estar leyendo algo divertido porque la sonrisa termina de dibujarse en su cara. Él quiere plasmar en el papel lo que captan sus ojos. En ese momento interviene uno de los camareros.
-Si no va a contestar, le sugiero que desconecte el móvil.
David se disculpa y silencia el aparato. Después de que el camarero se haya ido, retoma el boceto. Se siente inspirado y con mano segura a la hora de trazar. Mientras bosqueja hace conjeturas sobre ella. Está claro que le gusta la lectura y a juzgar por cómo sigue el ritmo de la música con el pie, también el jazz. Puede que sea profesora de literatura o bibliotecaria, quizás escritora. A primera vista se aprecia que es una persona de fuerte personalidad, inteligente, con un gusto acusado por la cultura. Seguro que su conversación es agradable y fluida. En tocante al sexo, sospecha que es apasionada y con ganas de experimentar. Dicen que en este universo todo está conectado. ¿Cuál es la conexión que le une con esa mujer? Le gustaría saberlo. Se la imagina leyendo en un rincón del estudio mientras él trabaja con sus pinturas. Una imagen disfrazada de realidad que le incita a seguir soñando. Pero en ese momento, la mujer cierra el libro, se levanta y sale del local. Él siente la necesidad de seguirla. En vez de eso, se queda en su asiento viéndola a través de la cristalera cómo abre el paraguas y desaparece por uno de los laterales. Se resigna a dejar el boceto inacabado y a pasar página. Un poco más allá un anciano se ha quedado dormido con el periódico abierto en el regazo. En frente de él una taza de café aguarda sobre la mesa, junto a un cruasán mordido. Le gusta la estampa y empieza a dibujarla.
En un momento dado, el anciano se desploma sobre la mesa volcando la taza de café. Uno de los camareros se acerca a ver qué pasa. Enseguida se da cuenta de que algo no va bien.
-Que alguien llame a una ambulancia –grita a los presentes.
Acuesta al anciano en el suelo y trata de reanimarlo haciéndole el boca a boca y presionándole el pecho. Todo el esfuerzo es en balde, el hombre lleva muerto desde hace más de media hora.

Al entrar en el estudio el timbre del teléfono fijo está sonando. Deja el abrigo en el perchero y se pone el albornoz. Se quita las botas, las deja junto a la estufa y se calza las zapatillas. Después se sitúa frente al cuadro. Está claro que algo no funciona. Abre varios botes de pintura. Aplica sobre la tela varios brochazos, dejándose llevar por su instinto. Cambia de pinceles y de colores, añade nuevas texturas… Después de un rato, se sienta en el sillón. Pese a su empeño el cuadro sigue sin funcionar. Está harto y le duele la cabeza. El condenado teléfono no ha parado de sonar desde que ha llegado. Descuelga el auricular. Al otro lado de la línea alguien enciende un cigarro. Se puede escuchar claramente el chasquido del mechero y la aspiración profunda que lleva el humo a los pulmones. David hace lo mismo. Se enciende un cigarro y fuma con el auricular pegado a la oreja. Quién sea que llama siempre sigue la misma pauta: fuma y se mantiene callado. Al principio intentaba que hablase. Le ofrecía conversación para ver si podía averiguar algo de esa persona. Pero el otro nunca se dignó a contestar, así que dejó de intentarlo. A día de hoy, David se limita a fumar con el auricular pegado a la oreja. Una vez terminado el cigarro, cuelga y se concentra en la pintura. El problema con el cuadro, ahora lo ve claro, es que no dice nada, igual que el individuo que llama por teléfono. Lo aparta a un lado y deja sitio en el caballete para un lienzo en blanco.

pepe pereza

domingo, 9 de julio de 2017

LA ARAÑA

La buhardilla es vieja, fea, húmeda y sin comodidades. Cualquier adjetivo peyorativo valdría para definir parte, o un todo, de la vivienda. En apenas veinte metros cuadrados se distribuyen un diminuto baño, una cocina encajada en cuatro baldosas, y una especie de habitáculo que lo mismo sirve de salón que de dormitorio, según convenga. El mozo que ha ayudado a Miguel con la mudanza se acaba de ir y el poco espacio que ofrece la estancia está ocupado por una docena de cajas sin desembalar. Cuando la encargada del alquiler le enseñó la buhardilla, la luz diurna entraba por las ventanas y entonces no le pareció tan deprimente como ahora que la ve bajo el tenue resplandor de una bombilla. Va al baño. Hay una telaraña enorme que se despliega desde el techo hasta paredes. Mira por los rincones intentando localizar al artífice de tan colosal obra. No le dan miedo las arañas, pero por el tamaño de su tela conviene ser precavido. Con la escobilla del váter retira las hebras. La araña no aparece por ningún lado, y eso que la busca detrás del lavabo y del retrete. Mea y sale del baño. Después de todo un día de ajetreo se siente cansado y quiere acostarse. Para desplegar el sofá-cama debe dejar sitio libre, así que apila las cajas junto a la pared. Una vez extendido el colchón se tumba sobre él, se enciende un cigarro y espera a que vaya llegando el sueño. El cuerpo le pide descanso, pero la cabeza no deja de plantearle preguntas para las que no hay respuestas. Qué feas se ven las cosas cuando el futuro está iluminado con una bombilla de cuarenta vatios.
En mitad de la noche se despierta tiritando. No está acostumbrado a dormir solo y echa de menos el calor de otro cuerpo. Salta de la cama y se acerca a la ventana. Ha nevado. Los tejados están blancos y el frío se filtra por paredes, techo y suelo. Puede notarlo, sobre todo en los pies. La temperatura es tan baja que parece que esté dentro de una cámara frigorífica. De su boca salen bocanadas visibles de vapor que empañan los cristales. Busca ropa de abrigo en las cajas y se la pone por encima. Sobre el edredón pone el albornoz y el abrigo a modo de mantas. Vuelve a meterme en la cama e intenta dormir.
No ha podido pegar ojo en toda la noche a causa del frío, así que lo primero que hace al levantarse es bajar a la calle y comprar un calefactor. La buhardilla es pequeña y cree que con el aparato será suficiente para caldear el ambiente.
Fuera sigue nevando. El calefactor lleva encendido desde hace más de una hora y el cambio de temperatura casi no se nota. Suena el móvil. Es ella, su ex. El pulso se le acelera y empiezan a temblarle las manos. Coge aire y se arma de valor antes de contestar.
-¿Cuándo vas a venir a recoger el resto de tus cosas? -pregunta la mujer.
-Me he traído todo lo que necesito, con lo demás puedes hacer lo que quieras.
-¿Estás seguro?
-Sí.
-Por cierto, acuérdate de que pasado mañana firmamos los papeles. No faltes.
-Allí estaré.
Después de colgar se acerca al baño. Al entrar se lleva por delante una nueva telaraña. La fibra se adhiere a él como una segunda piel. Se quita las hebras de encima y con la escobilla del váter vuelve a retirar las que quedan en las paredes y en el techo. Echa un vistazo por los todos los rincones en busca de la araña, pero no la encuentra.
Una vez desembaladas las cajas y ordenado cada cosa en su sitio, la buhardilla empieza a parecer un verdadero hogar. La tarea le ha costado casi todo el día y se siente satisfecho con el resultado. Además, estando ocupado evita quebrarse la cabeza con cosas que ya no tienen solución. A pesar del ajetreo sigue teniendo frío. Lo malo con el calefactor es que solo es eficaz si se está cerca de él. Comprarlo ha sido una pérdida de tiempo y de dinero. Es hora de preparar la cena. Será la primera vez que cocine en la casa y para celebrarlo abrirá una botella de vino.
A la mañana siguiente se despierta con resaca y un malestar en el cuerpo que roza la enfermedad. No ha parado de toser en toda la noche y es posible que tenga fiebre. Para más inri, en cuando pone los pies en el suelo suena el móvil. El timbre es el equivalente a una broca taladrándole la sien. El que llama es su abogado.
-Te recuerdo que mañana tenemos cita con tu ex.
-Descuida, lo tengo presente.
-¿Quieres que quedemos media hora antes para darle un repaso a los papeles?
-No, ya está todo repasado.
-Como quieras. Entonces, nos vemos allí.
Deja el móvil sobre la mesilla y termina de vestirse. Por mucha ropa que se pone no termina de entrar en calor, ni de toser. Además, siente que la cabeza le va a reventar. Se arrepiente por haber bebido tanto la noche anterior. El alcohol no le sienta bien. Sus borracheras nunca han sido divertidas. Que él recuerde siempre que se ha pasado con la bebida ha terminado pagándolo. Le dan náuseas y corre al retrete a vomitar.
Una vez expulsado del cuerpo todo lo que el estómago se niega a digerir llega un momento de respiro. Entonces ve una nueva telaraña. Esta vez es más pequeña y solo ocupa una esquina del techo. La retira con la escobilla. Si quiere que la araña se marche tendrá que facilitarle una salida. Deja el ventanuco abierto y sale del baño cerrando la puerta. Si el bicho no se va, al menos cabe la posibilidad de que muera de hipotermia.
            Está a punto de amanecer. Miguel apaga el despertador unos minutos antes de que suene la alarma. No ha dormido en toda la noche pensando en la cita con su ex y los abogados. No quiere salir de la cama. Solo pensar que tiene que acudir a un despacho y firmar unos ridículos papeles de separación le deprime y le enferma más de lo que está.
     Han pasado dos horas y sigue sin levantarse. Según las manecillas del reloj ya tendría que estar en el lugar de la cita. Apaga el cigarro y se enciende otro. Le llaman al móvil. Pone el aparato en modo silencio y sigue fumando.
Es mediodía. Se despierta con la vejiga hinchada. Necesita vaciarla urgentemente. Se levanta de la cama y se pone el albornoz. Ve que en el móvil le han dejado varios mensajes, además de docenas de llamadas perdidas de su abogado y de su ex. Conociéndola sabe que debe estar de un humor de perros. Tendrá que buscar una buena excusa para justificar el plantón. Ya pensará en algo cuando se encuentre mejor. Al entrar en el baño se encuentra con una telaraña. De ella cuelga una envoltura del tamaño de un puño de la que sobresale el ala de un murciélago. Un péndulo macabro que no deja de ser una declaración de intenciones por parte de la araña. Así lo entiende él. Con la ejecución del murciélago está dejando claro que no se va a mover de ahí, que ese es su territorio y, pase lo que pase, lo seguirá siendo. Cierra el ventanuco y mea. Esta vez no retira la telaraña, se siente tan débil que teme quedar enredado en ella.

pepe pereza

jueves, 6 de julio de 2017

VUELA

Me cruzo con una anciana que carga un bolso grande. Lo que llama mí atención es que va descalza de un pie. Noto que está desorientada. Hay algo en ella que me recuerda a mi madre, quizás por eso le ofrezco ayuda.
-¿Señora, se encuentra bien?
-¿Sería usted tan amable de llevarme a casa?
-¿Dónde vive?
-El caso es que no lo recuerdo.
-¿Lleva encima el carnet de identidad?
Se palpa los bolsillos con la mano libre pero no encuentra nada.
-No sé.
-Dígame cómo se llama.
-Eso tampoco lo recuerdo.
-Señora, no me lo está poniendo fácil.
-Es que no puedo acordarme de nada.
-Tranquilícese. ¿Me deja mirar dentro de su bolso? Puede que tenga ahí su documentación.
Me lo pasa. Al abrirlo la Tierra deja de girar. La gente se detiene en seco, el tráfico, incluso los pájaros que vuelan quedan colgados en el aire como si de una fotografía se tratase. Y es que dentro del bolso hay una fortuna en billetes. Centenares de ellos. Fajos enteros.
-Pero, señora ¿dónde va con todo esto?
La anciana no responde, tan solo deja escapar un suspiro y añade:
-Estoy tan cansada.
En mi vida había visto tanto dinero junto. Es una visión maravillosa.
-¿Joven, me ayudaría a buscar mi zapato?
-Señora, con toda la guita que lleva aquí se puede comprar una zapatería entera.
-Prefiero los míos por lo cómodos que son.
Sería tan fácil salir corriendo.
-Está bien, la ayudaré a buscar su zapato.
La anciana me coge del brazo y marchamos por la calle por la que unos minutos antes llegaba. Sigo teniendo su bolso. En ningún momento ha hecho alusión a que se lo devuelva, así que cargo con él.
-Supongo que no se acuerda de dónde lo ha perdido.
-No, hijo, no.
Lo buscamos, pero no hay manera de encontrar el dichoso zapato. Por mucho que lo intento no dejo de escuchar una voz en mi interior que me grita: Escapa. Lárgate con el dinero. Sin embargo, los músculos de mis piernas hacen caso omiso y se limitan a seguir el ritmo que marca la anciana. ¿Es porque se parece a mi madre? No puedo creerme que un gesto tan pueril me impida salir corriendo.
-Joven, me duelen los pies ¿podemos descansar un rato?
Nos acercamos a un banco y nos sentamos en él. Si no me quedo con el dinero me voy a arrepentir. Sé que si no lo hago, tarde o temprano, me arrepentiré. Una oportunidad como esta solo se presenta una vez en la vida. Tengo que hacerlo. HAZLO. Echo a correr con el bolso fuertemente aferrado a mi mano. Corro a toda velocidad. Lo más rápido que puedo. Me imagino la cara de la anciana sorprendida por mi repentina reacción. Noto sus ojos clavados en mi espalda, observando cómo me alejo…
Luis se queda atascado con el relato. Lleva toda la noche escribiendo y ahora que amanece siente el cansancio. Enciende un cigarro y se acerca a la ventana. Empieza otro día lluvioso. Ve pasar a los primeros transeúntes dirigiéndose a sus respectivos trabajos. Ahí van, estresados y agobiados desde el mismo instante que han puesto los pies en el suelo. Es el ritmo que marca el presente. Da una calada al cigarro y echa el humo contra el cristal. Pretende difuminar la imagen que recibe de la calle, filtrarla en volutas grises para que parezca menos real. A estas horas tan tempranas la realidad nunca ha sido de su agrado.
El tubo fluorescente de la cocina falla y no termina de encenderse. Parpadea y crea un efecto estroboscopio que le pone nervioso. Se sube en una silla y toquetea el cebador hasta que consigue que la luz permanezca estática. Solucionado el problema le queda la duda de para qué ha venido a la cocina. No consigue recordarlo, así que regresa al salón. A pesar de llevar toda la noche en vela aún no tiene sueño. Sobre uno de los brazos del sofá reposa un periódico. En uno de los titulares se puede leer: LA POLICÍA ENCUENTRA A UNA MUJER DESORIENTADA CON UNA FORTUNA EN SU BOLSO. Decide hacer otro intento con el relato. Se sienta frente al ordenador y apoya los dedos sobre el teclado. Necesita un final, pero no se le ocurre ninguno. Acaba el cigarro que está fumando y se enciendo otro. Pasan los minutos. Se rinde.
Observa los goterones precipitarse contra los cristales de la ventana del dormitorio. Es reconfortante estar acostado en la cama, bien calentito y sentirse libre de los envites climáticos. Pone la radio y apura el dial en busca de un programa que sea de su gusto, pero a esas horas todo son noticias y malos presagios. Prefiere el repiqueteo de la lluvia y el murmullo del tráfico. Poco a poco, va entrando en un apacible duermevela. Justo cuando está a punto de quedarse dormido, el final que busca para el relato aparece de la nada. No es un final maravilloso, pero servirá. Quiere apuntarlo antes de que se le olvide. Encima de la mesilla tiene un bolígrafo y la libreta de notas, las gafas de cerca las ha olvidado junto al ordenador. De mala gana se incorpora y sale de la cama. Se pone el albornoz y regresa al salón. Una vez allí, duda entre coger las gafas y volver al dormitorio o conectar el ordenador.
Cuando el programa de inicio termina su ciclo, abre el archivo de texto y  escribe:
…Es tan fácil correr. Miro al frente. Todo parece diáfano y pronosticado. Me aferro a ese sentimiento con la misma fuerza con la que sujeto el bolso. Entonces, lo veo tirado en medio del camino. Es el zapato de la anciana. Sin lugar a dudas es el suyo. Podría pasar de largo, hacer que no lo he visto, pero algo superior a mí me obliga a detenerme y a replantearme lo que estoy haciendo. ¿Es porque se parece a mi madre?
Apaga el ordenador. Sobre la mesa hay una nota escrita con letra de mujer que dice: Lo nuestro ha terminado. Déjame volar. La ha leído más de cien veces a lo largo del día. Hay una foto de la mujer que ha escrito la nota sobre una de las estanterías. Coge el retrato y lo saca del marco. Un millar de recuerdos están ligados al rostro de esa mujer. Rompe la foto junto a la nota y arroja los pedazos por la ventana.
-Vuela alto.
El viento y la lluvia juegan con los fragmentos de papel.
Se arropa con el edredón y cierra los ojos. Hasta el dormitorio llegan los ruidos propios del edificio: El ascensor subiendo y bajando, puertas que se abren y se cierran, voces, pasos… El motor del mundo se pone en funcionamiento, crujiendo, rechinando. 

pepe pereza

domingo, 2 de julio de 2017

BAR LA FLORIDA (INÉDITO)

Personalmente no conozco al diablo, pero tengo su número y puedo llamarle cuando quiera, dice Jota con una media sonrisa que deja al descubierto parte de sus dientes corroídos. Él tiene esas salidas. Los que le conocemos sabemos que le gusta vacilar a la gente, chulear un poco. Va con su personalidad y no lo puede evitar. Se ha metido en más de una pelea por no saber tener la boca cerrada y a nadie nos sorprende cuando aparece con un ojo morado o el labio partido. A su lado, Nico. Poeta dadaísta, alcohólico y drogadicto. Con un cociente intelectual de ciento sesenta, sumado a su personalidad amigable es todo un personaje que se hace querer y con quien puedes tener una buena charla, sea de lo que sea. No hay tema del que no tenga conocimiento. Se reclina despreocupado en la barra, atusándose la perilla de chivo, pensando en cosas que solo él sabe. Un poco más allá está Alfonso, también es poeta, además de editor en una pequeña editorial. En los expositores que hay sobre la barra, en vez de tapas, contienen varios de los libros que él edita, junto con algunos fanzines y maquetas de grupos locales. No es alcohólico, pero le falta poco para serlo. Su carácter violento y su disposición a llevar siempre la contraria le acarrean infinidad de problemas. Si hay algo que le sobran son enemigos. Escribe en una libreta, absorto en las palabras que apunta. En la otra punta están Arancha y Quique, una pareja de hippies que no se meten con nadie y van a lo suyo. Normalmente se quedan observando lo que ocurre a su alrededor con una sonrisa colgada en sus caras. Buena gente. Al fondo, Pancho observa las viñetas de cómics que adornan la superficie de la barra. Un millar de ilustraciones dispuestas anárquicamente bajo una gruesa capa de barniz. El noventa y nueve por ciento de las palabras que salen de su boca son mentiras. Al tipo le gusta inventarse historias, aunque ya nadie se cree nada de lo que dice. Además, es un vago que no hace otra cosa que tocarse los cojones y gastarse la paga de desempleo en mi bar. Eso no me molesta, pero me preocupa que cuando se le agote el paro venga pidiendo de prestado. Por eso le animo a que busque trabajo. Pero no, la pereza puede con él y mis consejos le entran por una oreja y le salen por la otra. Ocupando una de las dos mesas que hay en el local está Carolina. Viste siempre de negro. Tiene un carácter reservado y suele mantenerse al margen de los demás. Lee un libro de filosofía con una cerveza al lado. En cierta ocasión entró conmigo a la cocina y allí me hizo una mamada. Desde aquel día actuamos como si la cosa nunca hubiera sucedido y guardamos la distancia entre nosotros. Del baño sale el Culebras, este sí que es un personaje. Se dedica al trapicheo, aunque en mi bar lo tiene prohibido. Aquí, si se mueve algo lo muevo yo. Se acerca y me pide un calimocho. Se lo pongo y cobro en mano. Detrás de mí hay un cartel que dice: Se cobra al servir. Y es algo que llevo a rajatabla. Coge el vaso, pasa por delante de los que están acodados en la barra y ocupa la mesa que está libre. Por lo que sé, le pusieron el apodo porque le gusta rodearse de serpientes. Jota me contó que un día estuvo en su casa y que las paredes del salón estaban ocupadas por grandes acuarios de cristal. En cada recipiente había una o más culebras. La mayoría venenosas. Solo de pensarlo se me ponen los pelos de punta. Acaba una canción y pongo otra. Me gusta alternar estilos, ahora pop, luego jazz, a continuación un poco de flamenco, todo muy tranquilito y relajado, para que la peña no se altere y se pueda hablar sin tener que levantar la voz. Se abre la puerta y entra Julián. Lleva el pelo y los hombros de su abrigo cubiertos de nieve.
-Está cayendo una que te cagas –dice.
Todos, menos él y Alfonso, dejamos lo que estamos haciendo y salimos a la calle. En esta ciudad los inviernos son fríos, pero hacía años que no nevaba, de ahí nuestro entusiasmo. Al principio nos quedamos mirando al cielo nocturno, embelesados con la caída de los copos, hasta que alguien arroja una bola de nieve que impacta en la cabeza de Quique. A partir de ahí es la guerra. Todos contra todos, lanzando proyectiles a diestro y siniestro. Pasado un rato, empiezo a tener las manos heladas y soy el primero en abandonar el juego. He salido en mangas de camisa y la temperatura ronda la mínima. Entro. Alfonso sigue anotando frases en la libreta. Julián aguarda a que ocupe mi puesto y le sirva un cubata generoso en ginebra. Se lo pongo. Es de los pocos que trabaja, de mecánico en un taller, por eso puede permitirse beber cubatas y pillar hachís.
-Pásame veinticinco gramos–me dice.
Deja el paquete de tabaco sobre la barra. Lo cojo y entro en la cocina. Sustituyo los billetes que hay dentro por una piedra de veinticinco gramos. Salgo y le devuelvo el paquete. Es el protocolo habitual. Todos los que están aquí saben de qué va la movida, pero prefiero ser discreto y hacer que ellos también lo sean. Julián acaba la bebida, recoge sus cosas y se despide alegando que mañana tiene que madrugar.
Poco a poco van entrando los que se han quedado fuera jugando con la nieve. Nico me hace una seña para que me acerque.
-Soy poeta por no ser sirlero, todo en política se reduce a dinero –dice improvisando.
-Veo que esta noche estás inspirado.
-Ni la noche ni la inspiración son suficientes, así que añade unas cañas.
Les sirvo las cañas. Nico pone la nota poética a la hora de pedir, Jota es el que paga. Pancho se acerca a Quique y Arancha.
-En una ocasión, estando en los Pirineos, estuve a punto de palmarla por culpa de una tormenta de nieve.
-Pancho, ahora no queremos historias –contesta Arancha.
Siento lástima por Pancho. Nadie tolera sus mentiras. Sospecho que sufre algún tipo de carencia en su personalidad que le hace ser como es. Dejo la barra y entro en la cocina. Hago un porro, pero antes de liarlo añado un poco de coca a la mezcla. Mientras fumo pego el ojo a la mirilla de la puerta de la cocina para controlar que todo va bien. Muchas veces la clientela se comporta como niños en el colegio, a la que falta el maestro se lía la bronca, pero no, todos están a lo suyo sin armar escándalo. Acabo el porro y vuelvo a mi puesto.
De repente, a Alfonso le da una de sus famosas rabietas.
-¡Cago en Dios! –dice levantando la voz.
Tacha lo que acaba de escribir, utilizando el bolígrafo como si estuviera acuchillando a alguien. No conforme con eso, arranca la página, la hace añicos y arroja la libreta al suelo. Le conozco e intuyo que la cosa no va a quedar ahí. Le clavo la mirada para advertirle que no se pase ni un pelo. Sabe por experiencia que tiene que andarse con cuidado. Hace unos meses discutió con su chica, y al capullo no se le ocurre otra cosa que arrancarle de cuajo el piercing que ella llevaba en la nariz. Se armó un escándalo del copón. Y claro, tuve que sacarlo a hostias del bar. Tardé tiempo en volver a dejarle entrar. Nico ha cogido la libreta del suelo y lee lo que hay en su interior. Alfonso intenta quitársela, pero antes de que lo haga se la pasa a Jota, éste se la arroja a Quique, Quique hace lo propio y la lanza hacia Pancho, de Pancho vuela hasta el Culebras. La libreta va de mano en mano mientras que Alfonso trata de recuperarla, blasfemando y corriendo como un loco de un lado a otro. En un momento dado, la libreta llega a mí. Como veo que su dueño está a punto de perder los nervios, pongo fin a la broma y se la devuelvo. Alfonso me lo agradece y con el cuaderno bajo el brazo se dirige hasta la puerta. Antes de salir, se gira y dice:
-¡Qué os jodan a todos!
En respuesta le llegan insultos, abucheos, cortes de manga, peinetas… Sabiendo cómo es, se pasará unos días sin aparecer por aquí. Aunque, apuesto a que terminará regresando.
Al rato, se abre la puerta y, desde fuera, Sara hace una foto del interior del bar. Hecha la instantánea, entra seguida de Antonio, su novio. Son una pareja bastante excéntrica, tanto en la manera de vestir como en la de ser. Él siempre lleva pajarita, es uno de sus rasgos más característicos. Creo que trabaja diseñando muebles de oficina para una gran empresa. Ella es fotógrafa. Tiene un estudio en el centro que hace las veces de sala de exposiciones. Hoy vienen sin Daisy, su mascota. Una oca con muy mal genio que pasean por la ciudad sujeta a una correa especial que lleva atada al cuerpo. Me alegro de que la hayan dejado en casa porque suele cagarse por todos los sitios y emite unos graznidos bastante desagradables. Sara se queda fotografiando las ilustraciones que están expuestas. Cada mes elijo un dibujante de cómic, selecciono varios de sus dibujos, mando hacer copias a color y las pongo en los marcos que cuelgan de las paredes. Antes de que pidan les sirvo dos bourbon en vaso ancho, que es lo que siempre beben.
-Vaya tiempo –dice Antonio sacudiéndose la nieve de encima.
Sara se acerca hasta nosotros y me hace una foto.
-Sara, te tengo dicho que no me gusta que me fotografíen.
Como respuesta vuelve a fotografiarme.
-Me encanta Enki Bilal –dice refiriéndose al dibujante que he elegido para este mes.
-Es de mis preferidos –admito.
-Supongo que sabes que es su mujer quien colorea las viñetas de sus cómics.
Lo sé.
-Él dibuja y ella aporta el color. Me encanta ese concepto. El amor trasciende a la obra artística. Maravilloso –dice Antonio.
Arancha y Quique quieren pillar speed. No tengo, solo me queda coca y hachís, pero les digo que esperen, que enseguida se lo traigo. Hablo con el Culebras. Consigo que me venda un gramo por doce euros. Luego me llevo a Arancha y Quique aparte y se lo paso por quince. De inmediato entran en los baños para probar la mercancía. Poco después salen. Quique sonríe, Arancha levanta el pulgar en señal de aprobación. Todos contentos. Pancho se acerca a Carolina.
-Yo quise estudiar filosofía, pero…
-Tío, no quiero escuchar tus trolas.
En esas entra el Abuelo. No llega a los treinta, pero todo el mundo le llama así. Pasa por delante de Nico y se saludan con indiferencia. Ambos coincidieron en La Legión. El Abuelo se alistó porque le gusta todo lo relacionado con el ejército, mientras que Nico se vio obligado por tradición familiar. Tanto su padre como sus hermanos habían pasado por La Legión y él se vio forzado a presentarse de voluntario. Nunca me ha contado nada, de hecho no le gusta hablar del tema, pero sabiendo cómo es deduzco que fue un suplicio. Un intelectual como él no tiene la preparación física ni mental para someterse al rigor militar, aún menos a la vida castrense de La Legión. A día de hoy sigue pagando las consecuencias. Debido a sus depresiones, de cuando en cuando, le tienen que ingresar durante una temporada en el psiquiátrico. Más de una vez se ha presentado aquí con un grupo de majaras que se trae del hospital. Les he visto cómo se intercambian la medicación entre ellos. <<Ey, te han recetado de las azules. Te cambio una pastilla de las tuyas por tres de las mías>>. Y después se han puesto hasta el culo de cerveza. Una locura, nunca mejor dicho. Sin embargo, al Abuelo le fue de lujo en La Legión. Suele recalcar que estando destinado en Melilla pasó los mejores años de su vida.
-Veo que sigue nevando.
-Sí colega, no veas cómo cae –dice pasándose la mano por el pelo y los hombros.
Saco un botellín de la cámara, le quito la chapa con el abridor y se lo pongo delante. No le pregunto si quiere un vaso porque sé de antemano que no lo quiere, prefiere beber a morro.
-Con este tiempo de mierda pensaba que me iba a encontrar el bar cerrado.
-Ya ves que hay jaleo.
La verdad, para ser un día de diario hay más gente de lo normal, más si tenemos en cuenta la que está cayendo. Sara enfoca el objetivo de su cámara hacia Carolina, ésta levanta la mirada del libro y enseña el dedo corazón. Arancha y Quique se despiden. Al salir, una ráfaga de aire impulsa unos cuantos copos de nieve dentro. Todos sentimos el frío serpenteando entre las piernas. Para entrar en calor me pongo un culín de whisky.
-Cómo nos cuidamos –dice el Abuelo desde su lado de la barra.
Le guiño un ojo y me echo el chupito al gaznate. Lo noto bajar hasta el estómago. La noche es fría y viene bien un lingotazo para mantenerse activo.  Pancho se acerca con el vaso vacío.
-Ponme otro.
Se lo pongo.
-Sé que no me vas a creer, pero anoche vi un ovni -dice.
Efectivamente, no le creo, pero me pica la curiosidad y le sigo la corriente.
-¿Y cómo era? –pregunto.
Hace una detallada descripción del objeto, del entorno y de la situación. El cabrón tiene talento para inventarse historias. Cualquiera que no le conociese pensaría que en verdad vio un platillo volante.
-¿Te has planteado alguna vez escribir relatos o novelas de ficción?
Por supuesto que no. Está claro que un vago como él prefiere la expresión oral a la escrita. De reojo veo que el Culebras ha sacado la navaja. Por un momento temo lo peor, pero no, tan solo está posando para Sara, que le está haciendo una serie de fotografías. Se toma en serio el papel y finge que ataca con el arma al objetivo de la cámara. Para las siguientes fotos, se quita de la cazadora de cuero y deja al descubierto los tatuajes de sus brazos, serpientes en su mayoría. Mientras tanto, Antonio se entretiene resolviendo el crucigrama del periódico.
Imagino que seguirá nevando. Me gustará dar un paseo bajo los copos  cuando salga de aquí. La nieve siempre me arrastra a la niñez. Recuerdo que con su llegada se cerraban las escuelas y se abría la veda de los juegos: plásticos que se usaban a modo de trineo, batallas de bolas, muñecos de nieve… También me viene a la cabeza un profesor de matemáticas, el hombre tenía tanta caspa que al andar dejaba una estela de piel muerta. Estoy cansado. Miro la hora. El tiempo se ha echado encima. Me acerco a la mesa de mezclas y apago el equipo estéreo. Es bien sabido que cuando la música acaba es hora de cerrar.

pepe pereza

sábado, 24 de junio de 2017

EL PUENTE (INÉDITO)

Por ahora dispone de la cocina para él solo. Si consigue desayunar antes de que su mujer salga del baño quizás consiga aplacar el enfado con el que se he levantado. Ella aparece cuando él está metiendo la taza de café en el microondas. Se muestra radiante y llena de energía y le aborda con un torrente de palabras que él es incapaz de asimilar. Asiente a todo lo que le dice con la esperanza de que el microondas termine cuanto antes el ciclo de calentado. Suena el timbre de aviso, saca el café y bebe. Ajena a todo, continúa dándole a la lengua, construyendo frases a destajo. Una sobredosis de palabras. El silencio es tan necesario por las mañanas que tendría que ser obligatorio. Alguien debería aprobar una ley al respecto. ¿De dónde saca tanta palabrería? ¿Qué ha sucedido en ese intervalo de sueño para que tenga tanto que contar? Es tarde, ya tendría que haberse ido trabajar. Sin embargo, alarga su monólogo. Ruega para que se vaya. La paciencia se le acaba, nota cómo el enfado va tensando sus músculos y tendones. En ese momento, la mujer mira la hora y se escandaliza de lo tarde que es. Deja un beso en el aire, coge el paraguas y sale corriendo. A pesar de haberse quedado solo, en su interior permanece un resentimiento que no le deja disfrutar del café. Mira el reloj. Él también tiene que irse a trabajar.
Conduce bajo la lluvia. Cruza la cuidad y llega a las inmediaciones de la cafetería-restaurante que regenta. Da varias vueltas por la zona, pero no encuentra donde aparcar. Un poco más allá alguien ha dejado un turismo ocupando dos plazas. La rabia que siente se alimenta de ese tipo de detalles. Al final tiene que estacionar en un parking de pago. Mira la hora. Hace diez minutos que tendría que haber abierto el negocio.
            Cuando llega, Berta, la cocinera, está guareciéndose de la lluvia en el portal de al lado. Le pasa las llaves para que vaya abriendo. Él va al kiosco a comprar la prensa. Anoche su equipo de fútbol perdió. Les anularon un gol legal y para terminar de pifiarla el árbitro les penalizó con un penalti inexistente. “UN ROBO” es el titular que encabeza la primera página de uno de los periódicos. Entra en el local. Berta ya está enredando en la cocina. Se mete detrás de la barra, deja los diarios a un lado y conecta la cafetera y el lavavajillas. Luego corta unos limones en rodajas y los distribuye en un par de recipientes de cristal. Cuando abre las cámaras frigoríficas ve que están casi vacías. Las camareras del turno de noche no las han rellenado. No es la primera vez que pasa. A esa hora la prioridad son los desayunos, en breve empezaran a llegar clientes deseosos de cafeína, pero si no llena las cámaras inmediatamente, las bebidas no estarán frías a la hora de los almuerzos. La sangre le hierve en las venas. De nada sirve darle vueltas, le toca bajar al sótano y cargar con las cajas de refrescos, cuanto antes lo haga mejor para todos. Justo en ese momento entra uno de los parroquianos habituales.
-Moisés, ponme un café con leche y dos tostadas con mantequilla –dice sentándose en un taburete y cogiendo uno de los diarios deportivos.
Moisés se acerca a la cocina para encargarle las tostadas a Berta, de seguido regresa junto a la cafetera.
-Este año ya os podéis despedir de la Liga –dice el cliente.
No entra al trapo, no tiene tiempo, ha de llenar las cámaras y hacer mil cosas más. Deja la taza de café frente al tipo y se dirige al sótano. Cuando sube con los refrescos ve que han entrado tres mujeres. Deja las cajas detrás de la barra y se dispone a atenderlas.
-Quiero un cortado descafeinado de máquina, con la leche del tiempo –dice una de ellas.
-El mío normal, con la leche muy caliente y en vez de azúcar me pones sacarina.
-Yo quiero un café con leche ¿Tienes leche de soja?
Otra de las cosas que le joden es que ya nadie pide nada sin darle su toque personal. El tipo que está sentado en el taburete insiste con lo del tema deportivo.
-Este año ni Liga, ni Champions, ni ná. Os vais a comer una mierda.
Moisés pone en funcionamiento el molinillo de café para que el ruido se imponga por encima de la voz. Se reconforta pensando que en alguna dimensión paralela su yo paralelo le estará diciendo al cliente paralelo que cierre la boca de una puta vez. Hace tiempo que está de mal humor. No hay un motivo concreto que lo justifique. Hoy en día todo el mundo lo está, la mala uva es una epidemia extendida por los cinco continentes. Cosas del estrés y de la vida moderna, dicen. Sirve los cafés a las mujeres y mete los refrescos en las cámaras.
A los pocos minutos el local se ha llenado. La clientela tiene prisa y todos quieren ser atendidos al momento. Para esas ocasiones Moisés reduce su campo de visión a un solo cliente y centra la atención solo en él, una vez que ha acabado pasa al siguiente. Nunca comete el error de levantar los ojos y echar una mirada general porque se encontraría a todo el mundo gritándole los pedidos a la vez. Cobra la última consumición y atiende a un hombre que no ha parado de llamar su atención.
-¿Qué le pongo?
-Un momento… -dice el hombre, y se gira para preguntar a sus acompañantes.
Cuando un establecimiento está lleno lo que se espera del consumidor es que pida con la misma celeridad con la que espera ser atendido. Odia a esas personas que le hacen perder el tiempo. Pasa del hombre y atiende a un joven que está al lado. Cuando termina pasa a otro, así una y otra vez…
            La hora del desayuno ha pasado. Todos se han ido a trabajar. Solo quedan unos pocos desempleados y jubilados que matan el tiempo leyendo la prensa y rellenando crucigramas. Su turno tiene tres etapas de máximo ajetreo, que son los desayunos, los almuerzos y las comidas. En medio están esos momentos de relativa tranquilidad donde puede permitirse un respiro para hablar con la cocinera. Pero hoy, Berta no tiene ganas de charla, así que se queda en la barra limpiando el polvo que acumulan las botellas de las estanterías. Se le acerca un anciano que estaba sentado al fondo.
-Este año se os jodió la Liga –dice mostrando su dentadura postiza.
Ha escuchado lo mismo más cincuenta veces a lo largo de la mañana, seguro que no es la última. Como el local está casi vacío, aprovecha para bajar al sótano y quitarse al abuelo de encima. Lleva dos días sin salir a correr por unas molestias en la rodilla, y eso influye en su carácter. Está acostumbrado a ejercitarse, cuando no lo hace se siente tenso. Hace unos estiramientos. Entonces, alguien le llama desde arriba. Joder, no le dejan ni un momento tranquilo.
-Ahora subo.
Insisten. Deja lo que está haciendo y acude a ver qué pasa. El tipo que le ha llamado señala hacia la cocina. Al entrar ve a Berta con la cara pálida y la mano izquierda vendada con un paño ensangrentado.
-¿Qué ha pasado?
-Me he cortado.
-¿Es mucho?
Berta afirma con un gesto de cabeza. Lo que le faltaba.
-No te preocupes, ahora mismo pido un taxi y nos vamos a urgencias –dice sacando el móvil del bolsillo.
De camino al hospital Berta sigue sin recuperar el color. Moisés le pide al taxista que se dé prisa. Aunque llueve, en las calles apenas hay tráfico, se puede pisar el acelerador sin poner en riesgo a nadie. De paso llama a Carol y María, las camareras del otro turno, para informarles que tienen que adelantar su horario. Es su venganza por haber dejado las cámaras vacías. Berta hace lo propio con su marido, pero no contesta y le deja un mensaje en el buzón de voz.
La sala de urgencias está a rebosar. Es temporada de gripe y fiebres altas, además de otros muchos padecimientos y malestares. Pasan por ventanilla para dejar constancia de los daños y entregar la tarjeta de la seguridad social. Después les toca esperar. Como no hay asientos libres tienen que hacerlo de píe, apoyados contra una de las paredes. Al parecer la cosa va para largo. Le jode haber tenido que cerrar la cafetería y perder las ganancias de los almuerzos. Espera que pueda estar allí para las comidas. Un poco más allá hay una máquina de cafés.
-¿Te apetece un café?
A Berta no le apetece.
-¿Te importa si te dejo sola un momento?
-No.
Moisés se detiene frente a la máquina de cafés. Mete una moneda en la ranura y selecciona un cortado con mucha azúcar. Es posible que algún día esas máquinas le dejen sin trabajo. Se imagina a un ejército de robots repartidos por bares y cafeterías, programados para satisfacer todas las exigencias del cliente con una sonrisa virtual en la boca. Deja de pensar en ello cuando el café está listo. Recoge el vaso y sale a la intemperie. Hay varios fumadores repartidos a lo largo de la acera, resguardados por la marquesina que bordea el edificio. De vez en cuando, una racha de viento empuja la lluvia y los alcanza de lleno. Unos tapan los cigarros ahuecando la mano, otros se giran para protegerlos con la espalda. Él nunca ha fumado y se siente orgulloso de ello. Prefiere el deporte y la vida sana. Termina el café y regresa a la sala. Berta ha encontrado sitio en un banco que ha quedado libre. Se acerca a ella y se sienta a su lado.
-¿Dónde se habrá metido este hombre? Estoy venga a llamarle y no contesta.
Moisés sabe que es una pregunta retórica así que no se molesta en contestar.
-Le he dejado varios mensajes diciéndole que estoy aquí, así que no creo que tarde en llegar. Lo digo por si quieres irte, a mí no me importa quedarme sola.
Nada le gustaría más que largarse de ahí, pero rechaza la oferta y le dice que se quedará con ella hasta que llegue su marido.
            El marido llega una hora más tarde apestando a alcohol. En esos momentos Berta está siendo atendida en una sala del piso superior. El tipo parece bastante afectado, Moisés no sabe si es debido a la bebida o realmente está preocupado por su mujer. Después de ponerle al corriente hace mención de marcharse.
-Espera un momento, quiero preguntarte algo.
-Tú dirás.
-¿Sabes si Berta se quiere separar de mí?
Moisés no esperaba una pregunta de ese calibre.
-Lo digo porque tú pasas muchas horas con ella y supongo que hablareis de vuestras cosas.
-La verdad es que no me ha dicho nada.
El marido hace una pausa, dudando si seguir con la conversación o callar.
-Ayer, cuando estaba aparcando, la vi por la calle con dos maletas. Me extrañó y la seguí. Fue directa a la estación de autobuses y se puso a la cola para sacar un billete. Pero antes de que le llegase el turno se lo debió pensar mejor, porque salió de allí y regresó a casa. Yo lo hice varias horas más tarde. Tenía miedo de que ella se hubiera ido, pero no, dormía en nuestra cama. Miré en los armarios. Todo estaba en su sitio. Había vaciado las maletas y las había colocado en el estante de arriba, que es donde suelen estar. Me acosté a su lado y pasé la noche en vela, dándole vueltas a la cabeza. Esta mañana cuando nos levantamos, ella se ha comportado como siempre. No ha mencionado ni palabra del asunto y yo no me he  atrevido a sacar la conversación. Es por eso que te lo pregunto a ti.
-Ya te digo que no sé nada.
-Si ella me deja…
Al hombre se le quiebra la voz y los ojos se le llenan de lágrimas.
-Esta mañana he estado en el puente, planteándome seriamente si tirarme al río. Te juro que si no lo he hecho es porque me ha llamado pidiéndome que venga a buscarla.
Moisés no sabe qué decir. Por suerte ve llegar a Berta con la mano vendada y el brazo en un cabestrillo.
-No digas nada de esto –dice el marido secándose las lágrimas con disimulo.
-Tranquilo, tendré la boca cerrada.
Le han tenido que dar doce puntos para cerrar la herida. Estará de baja hasta que la mano se cure y pase por rehabilitación. Mientras tanto tendrá que contratar a alguien que la sustituya. Mira la hora. Por suerte llegará con tiempo suficiente para servir las comidas. Berta dice que se ha dejado varias cosas en la cafetería y tiene que volver a cogerlas, así que suben juntos a un taxi.
            El la circunvalación un camión ha volcado a causa de la lluvia. La policía ha cortado el tráfico. El taxista coge el desvío que va por la ribera del Ebro. Al cruzar el puente, el marido de Berta se queda mirando hacia un sitio en concreto. Moisés intuye que es ahí donde pensaba arrojarse al río.
            Llegan a la cafetería. Carol y María ya se han hecho cargo de todo y el negocio está en pleno funcionamiento. Berta, antes de recoger sus cosas, da instrucciones a Carol sobre cómo debe acabar los guisos que ella había empezado. Luego regresa al taxi donde aguarda su marido. Moisés ha tomado posesión de la barra, pero antes de atender a la clientela coge una carpeta donde guarda los currículos que le han ido dejando varias aspirantes a cocineras y camareras. Hace varias llamadas para concertar unas entrevistas. Después marca el número de su mujer, quiere disculparse por haber estado tan arisco durante los últimos días. No contesta. No importa, ya hablarán cuando llegue a casa. De pronto surge la pregunta de qué pasaría si ella le dejase. ¿Se plantearía él tirarse al río? Trata de imaginar lo terrible de arrojarse a las aguas, hundirse en las profundidades mientras los pulmones estallan y se exhala en último aliento en medio del frío y la oscuridad. Se le acerca un cliente.
-Mi más sentido pésame…
Es como si hubiera estado pensando en alto y esa fuera la respuesta a sus pensamientos, pero no.
-Estabais muertos en la Copa del Rey, también en Champions y ahora lo estáis en la Liga. Una lástima, otro año con las vitrinas vacías -dice el tipo con recochineo.

pepe pereza

sábado, 3 de junio de 2017

viernes, 2 de junio de 2017

AGITADORAS - JUNIO

 CONTENIDOS

LITERATURA

AUTORA DEL AÑO - CARE SANTOS

CREACIÓN

OPINIÓN

ARQUEOLOGÍA MUSICAL

MISCELÁNEA