miércoles, 24 de agosto de 2016

DÍA DE ELECCIONES GENERALES (relato inédito)

Jonás conduce su camión por la N232 con destino Burgos. Es de noche y hay niebla. Por desgracia la carretera va en paralelo al río Ebro. Es un gran inconveniente, porque la niebla nace del río mismo y la visibilidad en las inmediaciones es prácticamente nula. Conducir en ese escenario es un suicidio, pero Jonás se ha comprometido a entregar la carga antes de la medianoche y está obligado a seguir con el viaje. Le quedan doscientos kilómetros por delante, no puede perder ni un minuto.
A la altura de Calahorra, la niebla se vuelve opaca. Tan densa que parece un muro sólido y gris. Jonás reduce a tercera sin quitar la mirada del frente, atento por lo que pueda surgir. Conducir en esas condiciones es un riesgo estúpido e innecesario. Jonás lo sabe. Y aunque no quiere faltar a su palabra y entregar la carga a tiempo, la realidad se impone. Hay un restaurante junto a la carretera. La última vez que paró ahí tenían una tarta de queso que quitaba el sentido. Jonás toma el desvío. El aparcamiento está vacío, así que estaciona en la zona más cercana al local. Descansará un poco y de paso cenará. Con suerte la niebla se habrá despejado cuando vuelva a ponerse en marcha. Jonás se apea del camión. Hace frío y la humedad se mete en los huesos. Se abotona la cazadora y se asegura de que todas las puertas del vehículo quedan bien cerradas.
El restaurante está tan vacío como el aparcamiento. Por no haber, no hay nadie detrás de la barra. El único rastro de vida, si se le puede llamar así, es el televisor encendido que cuelga de una repisa. En la pantalla, un periodista informa sobre cómo van los resultados de las votaciones. Hoy se han llevado a cabo las elecciones generales. Jonás no ha ido a votar. Él cree que los políticos actuales son una panda de ladrones que solo piensan en el beneficio propio, así que para qué molestarse. Se quita la cazadora y se acomoda en uno de los taburetes que están junto a la barra esperando a que aparezca el camarero. Mientras, aprovecha para hacer una llamada con su móvil.
-Soy yo… Mal… He tenido que parar por la niebla… Te aseguro que es como ir con una venda en los ojos… No, no tengo ni idea de cuánto va a durar esto…  A unos ciento cincuenta kilómetros… ¿Y qué quieres que yo le haga?... No… Intentaré llegar a tiempo, pero no te aseguro nada… Ok, nos vemos.
Jonás busca a alguien que le pueda atender.
-¿A quién se la tengo que chupar para que me sirvan una cerveza?-dice levantando la voz.
Se escucha el ruido de una cisterna. Seguidamente se abre la puerta de uno de los baños y sale un hombre delgado con la piel amarillenta. El tipo se cuela detrás de la barra sin mediar palabra. La última vez que Jonás estuvo en el restaurante lo atendía una joven guapa y simpática, nada que ver con el individuo de aspecto enfermizo que ahora está al cargo.
-¿Qué va a tomar?
-Una cerveza sin alcohol y algo caliente para comer.
-Ahí está la carta. Escoja lo que más le guste.
Jonás lee el menú. Realmente no tiene hambre, pero sabe que si no cena ahora es posible que no lo haga en toda la noche.
-Quiero el número ocho, pero en vez de pimientos me pones doble ración de patatas fritas.
-¿Algo más?
-Eso es todo, por ahora.
El camarero entra en la cocina. Jonás se gira hacia el ventanal que da al aparcamiento. Da la impresión de que los cristales estuvieran ahumados, pero no, es la niebla que sigue ahí como un muro de humo que lo encierra todo. Apenas se puede distinguir el contorno del camión. Jonás bebe un trago de cerveza y la escupe de inmediato.
-¡Maldita sea!
La bebida tiene un sabor extraño. Aparta el vaso a un lado y se limpia la lengua con una servilleta de papel.
-¡Jefe!
El camarero asoma la cabeza por la puerta de la cocina.
-¿Sí?
-Te he pedido cerveza, no meaos.
-¿Disculpe?
-Digo que esa mierda está podrida. He bebido un trago y de poco me enveneno.
-Ahora mismo le pongo otra.
El camarero retira la bebida en mal estado y la sustituye por otra. Luego regresa a la cocina. Jonás huele la cerveza antes de probarla, cuando está seguro de que no se va a llevar otra sorpresa, bebe. En el televisor anuncian a bombo y platillo los resultados definitivos de las votaciones. Como era de esperar han ganado los de siempre. Jonás no sabe de política, y por mucho que se quiebra la cabeza no logra entender que unos ciudadanos que son robados vilmente por sus gobernantes sigan dando sus votos a esos mismos gobernantes. Es de locos, sin embargo acaba de ocurrir. Jonás brinda por ello. Si el país entero quiere convertirse en una cueva de ladrones, quién es él para impedirlo.
            Al rato, el camarero sale de la cocina con la comida.
-¿Le sirvo en la barra o prefiere comer en una de las mesas?
-Prefiero esa mesa de ahí.
Jonás le señala la mesa que está junto al ventanal que da al aparcamiento. El camarero deja el plato sobre la mesa elegida. Jonás toma asiento. El filete con patatas tiene buena pinta. Arremete contra la carne y se lleva un buen trozo a la boca. Está tierna y en su punto exacto de sal. Las patatas que lo acompañan también están exquisitas.
-Jefe, esto está de puta madre. Mis felicitaciones al cocinero.
El camarero levanta el pulgar, pero lo hace sin ningún entusiasmo. Jonás devora la comida. Toda la inapetencia que sentía hace unos minutos ha desaparecido, de repente tiene tanta hambre que se comería un caballo entero. Por su parte, el camarero se apoya en una de las cámaras frigoríficas y con el mando a distancia va cambiando de canal. En todas las cadenas están con el tema de las elecciones. Finalmente desiste, deja el mando donde estaba y desaparece detrás de la puerta de la cocina. Jonás apura el vaso de cerveza.
-Jefe.
El camarero sale de la cocina expulsando una bocanada de humo por la boca. Jonás le muestra el vaso vacío. El camarero coge un nuevo botellín de cerveza sin alcohol, lo vierte en un vaso y se lo acerca a Jonás.
-¿Algo más?
-Cuando acabe con esto necesitaré un café muy cargado, pero no hay prisa.
-Entonces, esperaré a que termine.
Jonás señala con el tenedor hacia la niebla que se ve por la ventana.
-¿Esto es normal por aquí?
-En estas fechas, sí.
-¿Tardará mucho en escampar?
-Quién sabe. Ayer estuvo así durante toda la noche.
Jonás tuerce el gesto. No le gusta lo que acaba de escuchar. El camarero regresa a la cocina a terminar el cigarro que ha dejado a medias. Jonás mira con preocupación por la ventana. Sabe que su camión está aparcado a unos pocos metros, aunque debido a la niebla le es imposible distinguirlo. La niebla en lugar de disiparse lo que está haciendo es ganar en solidez. Desde donde está Jonás parece que algo la estuviera comprimiendo contra el cristal de la ventana. La cosa está mal y tiene pinta de ir a peor. No tenía que haber parado, se dice a sí mismo mientras mastica un pedazo de carne.
Jonás acaba de comer y retira el plato a un lado de la mesa. Eructa con satisfacción. A pesar del fastidio de la niebla, reconoce que la cena ha merecido la pena.
-Jefe ¿Qué hay de ese café?
El camarero sale de la cocina y va directamente donde está la cafetera.
-Recuerda que lo quiero con extra de cafeína-dice hurgándose entre los dientes con un palillo.
El camarero empieza a cansarse de las exigencias de Jonás, pero dado que es su único cliente opta por seguir haciendo su trabajo procurando no enfadarse. Una vez que la cafetera ha vertido el líquido negro dentro de la taza, el camarero la acompaña de un plato, una cucharilla y un sobre de azúcar y lleva todo el conjunto a la mesa de Jonás.
-¿Con el doble de cafeína?
El camarero asiente resignado.
-Necesitaré otro sobre de azúcar.
El camarero se dirige a la barra y desde ahí lanza a Jonás el sobre de azúcar. Éste lo atrapa al vuelo. En el televisor el presidente electo saluda a sus fieles desde el balcón de la sede del partido. Es bien sabido que esa sede que ha sido pagada con dinero negro, es de dominio público, sin embargo la multitud que jalea a su líder con un entusiasmo que roza el fanatismo parece que se ha olvidado de ese detalle. Jonás no logra comprenderlo, por mucho que se esfuerza sus neuronas no consiguen encontrarle lógica.
-Jefe, quita esa mierda y busca algo que se pueda ver.
-En todas las cadenas están con lo mismo.
-Pues, no sé, quita la tele y pon música.
-A mí me interesa lo que están diciendo.
Por un momento mantienen un duelo de miradas. Hasta que el camarero vuelve a girarse para seguir viendo la tele. Jonás echa los dos sobres de azúcar en la taza de café y le da vueltas con la cucharilla. Mira por la ventana, pero es como mirar a una pared de hormigón.
-Puta niebla de los cojones.
Al camarero se le escapa una pequeña sonrisa. Saber que su cliente está en apuros por culpa de la niebla le produce una agradable sensación. Jonás se levanta de la silla y entra en los servicios.
Cuando está sentado en la taza del váter suena su móvil.
-        Dime… Sigo aquí, parado… Ahora mismo es imposible conducir… No te preocupes, en cuanto pueda me echo a la carretera… Vale… Ok, nos vemos.
Deja el móvil en el bolsillo de su pantalón y se concentra en vaciar sus tripas.
            Cuando Jonás sale de los servicios se encuentra con el restaurante en pleno ajetreo. Ha parado un autobús en la misma entrada y hay una docena de personas repartidas por todo el local. Si no fuera por la decoración y por la cara enfermiza del camarero, Jonás diría que se encuentra en un garito diferente al que estaba. Desde ahí observa cómo el camarero va de un lado a otro de la barra atendiendo a los viajeros. Al fondo, está el conductor del autobús, reconocible en todo momento por su uniforme de empresa. Jonás se acerca hasta él.
-¿De dónde venís?
-De Valladolid.
-¿Cómo estaba la carretera? ¿Había niebla?
-Desde el Puerto de la Pedraja hasta aquí hemos tenido niebla cerrada durante todo el camino.
-Entonces, no me aconsejas salir ahora.
-Nosotros hemos llegado vivos de milagro. Pensaba que no lo contábamos. Yo no pienso mover el autobús de aquí hasta que se vaya la niebla.
-El camarero me ha dicho que ayer estuvo así durante toda la noche.
-Me da lo mismo, como si se tira toda la semana. No vuelvo a la carretera en estas condiciones ni de coña.
Jonás le agradece la información y vuelve a ocupar su mesa. Su café se ha enfriado. Hace amago de pedir otro, pero el camarero está demasiado ocupado. En el televisor el presidente elegido democráticamente por su pueblo habla de un futuro lleno de luz y esperanza. Jonás mira por la ventana y lo único que ve es niebla.

pepe pereza

viernes, 19 de agosto de 2016

SE RUEGA SILENCIO EN ALEMANIA DE LA MANO DE JOSÉ MALVÍS

Durante varios días he tenido la oportunidad de sentarme en este banco en un pueblecito de Alemania. En él, he recorrido las letras de dos novelas magníficas y un ensayo enriquecedor. Hoy se me han acabado. Sin embargo, quería compartir esta foto para dejar testimonio de mis desayunos de café y cigarrillos acompañado por estos autores. Ellos podrán decir (si es que no ha sucedido ya) que los han leído en Alemania.
Muy recomendables los 3 títulos, por cierto.
(LA ESPAÑA VACÍA, AUTOPSIA Y SE RUEGA SILENCIO).

José Malvís


miércoles, 10 de agosto de 2016

EL MERODEADOR de VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

miércoles, 3 de agosto de 2016

MI RELATO EN VINALIA TRIPPERS Nº 14

LUZ Y OSCURIDAD
El sótano estaba a oscuras. De esa forma podía concentrarse y reflexionar sin distracciones innecesarias. Privado de luz era capaz de analizar sus pensamientos y los actos más recientes adquirían relevancia y significado. En todo caso sujetaba una linterna que encendía y apagaba caprichosamente. Él estaba sentado en el suelo en posición fetal. Llevaba así desde hacía rato. Debido a ello, empezó a tener calambres en las piernas flexionadas. Cambió de postura y encendió la linterna. En el techo, dentro del círculo iluminado, aparecieron unas manchas de color rojo intenso. Dejó de apuntar al techado y desvió el foco hacia la mano que tenía libre. En la piel: restos del mismo color. Observó las salpicaduras de su mano durante unos segundos antes de volver a dejar el sótano a oscuras. Pasar de la luz a la oscuridad era como viajar de un planeta a otro. Dos mundos completamente diferentes ocupando un mismo espacio. Al igual que el bien y el mal se avienen a compartir un solo ente. Pensó en ello y se dio cuenta de que, tanto en un caso como en el otro, los extremos se complementan y la existencia de cada cual es sustentada por el contrario. Se sintió satisfecho por haber encontrado un paralelismo entre ambos conceptos. Encendió la linterna y apuntó directamente a un cadáver que estaba tirado en el suelo cubierto con un plástico. A pesar del envoltorio se podía apreciar el cuerpo ensangrentado de una niña que aún no había alcanzado la adolescencia. Apagó la linterna. Por si no fuera suficiente con la oscuridad del sótano, cerró los ojos y permaneció con ellos cerrados. Llevaba toda la noche en vela y estuvo a punto de quedarse dormido. Entonces, una voz femenina resonó por toda la habitación, sacándole del sopor. Encendió la linterna y dirigió el foco al altavoz que estaba colgado de la pared, como si quisiera ver las palabras que salían de él.
—John, cariño, ¿sigues ahí?
—¿Qué pasa?
—Es Paul. Está al teléfono. Dice que es importante.
—Pásamelo.
John se apartó del micrófono para alcanzar el teléfono. Apagó la linterna y esperó a que la voz de Paul llegase a sus oídos.
—John, siento molestarte.
—Paul, amigo. ¿Qué te preocupa?
—¿Has leído la prensa de hoy?
—No he tenido tiempo. ¿Qué dice?
—Se trata de ese malnacido de Manson. Ahora va diciendo que se inspiró en Helter Skelter para cometer sus crímenes.
John soltó una carcajada.
—No tiene gracia, John. Por culpa de esos trastornados Helter Skelter será recordada como la banda sonora de sus asesinatos.
—Exageras. Dentro de unas semanas nadie se acordará ni de Manson ni de sus secuaces. Sin embargo, nuestra música seguirá escuchándose.
—Han matado a seis personas. Entre ellas, una actriz famosa que, además, estaba embarazada. John, te equivocas. Esto no se va a olvidar tan rápidamente como tú piensas.
—Sinceramente, creo que sobrevaloras a esa gentuza.
—Quizás deberíamos dar una rueda de prensa para desvincularnos de todo esto.
—Ni se te ocurra. Cuanta más leña eches al fuego, más arderá. Lo mejor es no hacer nada. ¿Has hablado con los demás?
—Aún no.
—Mejor. No les digas nada. No hagas nada. Créeme, es lo más inteligente.
—No sé… tal vez tengas razón.
—Claro que la tengo…
Ambos siguieron hablando durante unos minutos, hasta que John consiguió convencer a su amigo de que dejase las cosas como estaban. Paul siempre se agobiaba por cualquier tontería. Menos mal que estaba él para poner un poco de calma y sensatez. No obstante, Paul tenía razón en una cosa: el asunto no se iba a olvidar fácilmente. Maldijo a Manson. El tipo tenía cara de rata. Eso fue lo que pensó cuando lo vio fotografiado por primera vez en los periódicos. Se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra la pared. Permaneció en esa postura a oscuras. Le dolía el cuello. Movió la cabeza de izquierda a derecha y de delante hacia atrás. Para finalizar el estiramiento, la hizo girar trescientos sesenta grados en el sentido contrario a las agujas de un reloj. Encendió la linterna e iluminó el cadáver. Al pasar la luz sobre el plástico, se crearon extraños destellos que fueron proyectados sobre la pared de enfrente. Aunque hacía más de diez horas que había consumido ácido, los brillos potenciaron los últimos resquicios de droga que aún circulaban por sus venas y, por un momento, quedó fascinado por las emisiones lumínicas. Movió la luz de la linterna por encima del plástico para que los reflejos fueran cambiando sobre el tabique. Cuando se aburrió del espectáculo, cerró los ojos y aplicó la lente de la linterna directamente sobre uno de los párpados. La luz atravesó la fina membrana de carne y llegó a la pupila en forma de fogonazo. Apagó la linterna y la apartó de su cara. Aun así, un calidoscopio de fosforescencias sobrevivió dentro del ojo durante un breve periodo de tiempo. De pronto se sintió muy cansado. Iluminó el panel de mandos con la linterna. Presionó uno de los botones y acercó sus labios al micrófono para hablar:
—Yoko… Yoko… ¿estás ahí?
—Sí, dime.
—Ya puedes avisar a esa gente para que vengan a limpiar el sótano y se lleven… bueno, ya sabes.
—Los llamo ahora mismo.
—Gracias, cariño.
Era hora de abandonar el sótano y dormir un poco. John apagó la linterna y buscó a tientas el interruptor de la luz.



pepe pereza para Vinalia Trippers

jueves, 21 de julio de 2016

PRÓXIMAMENTE

LINCOLN en el bardo
ON SALE FEBRUARY 14, 2017 A LA VENTA 14 DE FEBRERO DE 2017
PRE-ORDER THE BOOK Amazon Barnes & Noble Indiebound PRE-ordenar el libro Amazon Barnes & Noble IndieBound
PRE-ORDER THE eBOOK Kindle Nook iBookstore ORDEN PRE-El libro electrónico Kindle Nook iBookstore

En su esperada primera novela, el maestro estadounidense George Saunders entrega su más original y trascendente trabajo. Que se desarrolla en un cementerio, en el transcurso de una sola noche.


miércoles, 20 de julio de 2016

ROCKDELUX - ENTREVISTA A DONALD RAY POLLOCK - FEBRERO 2013

ENTREVISTA (2013)
DONALD RAY POLLOCK
La vida era esto
Por Kiko Amat

Donald Ray Pollock erige en sus libros una Gran Verdad mediante fragmentos naufragados de su vida, poniendo sus entrañas extirpadas a secar y recubriéndolas de imaginación. Su debut de 2008, “Knockemstiff”, fue una colección enhebrada de emotivas historias lumpen sobre su antiguo pueblo. Tres años después, mezcló novela negra con monstruosidad y crueldad sureñas, estigmas sangrantes, redención y un impresionante retablo con lo peor y mejor de cada casa en “El diablo a todas horas”. Kiko Amat lo entrevistó a propósito de la edición del libro en España en 2012.
John Fante lo definió como La Verdad. “No quiero decir realidad autobiográfica”, decía al intentar describirla. “Es otra cosa. No sé cómo llamarla, pero es distinta de la autobiografía, y a la vez muy similar a ella”. Es difícil hablar de La Verdad; o la entiendes y eres capaz de distinguirla, o no. Pues esa verdad emocional existe, y le salta a uno a los ojos, uñas en ristre, al leer a determinados autores. Es esa narrativa llena de salvaje honestidad, confesión, compasión, brutalidad y humor, escrita en un lenguaje limpio, duro y hermoso, sin fingimiento, pomposidad ni afectación. Que se niega a guardar silencio –como decía el prólogo a “Fragmentos de un cuaderno manchado de vino” (2008), de Bukowski– “acerca de quienes más sufrían: los castigados, los pobres, los locos, los parados, los vagabundos en los callejones de mala muerte, los alcohólicos, los inadaptados, los niños maltratados, la clase obrera (...) Los agonizantes flacos y orgullosos”. Donald Ray Pollock (Knockemstiff, Ohio, 1954) posee la fuerza de la verdad, la que uno se arranca de las propias vísceras y anuda en eslabones de ficción, y esta vez, en “El diablo a todas horas” (2011; Libros del Silencio, 2012), la ha puesto al servicio de una adictiva, violenta y auténticamente emotiva historia sobre obsesión, fanatismo y sangre fácil en el Medio Oeste norteamericano.
“Mientras escribía los cuentos que figuran en mi primer libro permanecí fiel a ciertas cosas, especialmente a la pobreza y a la reputación de lugar duro que tenía mi pueblo, así que el lugar resultó mucho más ‘real’ para mí de lo que habría sido si todo hubiese sido inventado”

Harry Crews decía: “Me sedujo el crear mundos que nunca habían existido, pero también el enhebrar una sarta de mentiras que (...) terminaba siendo mucho más verdadera que lo que me había sucedido en la vida real”. ¿Podría eso aplicarse a tus obras? Cualquier escritor puede explicar el proceso creativo mejor que yo. Creo que cuando escribo entro en un mundo de sueños, pero, al igual que en los sueños, todo está influenciado por lo que ha pasado en mi vida. Mientras escribía los cuentos que figuran en mi primer libro –“Knockemstiff” (2008; Libros del Silencio, 2011)– permanecí fiel a ciertas cosas, especialmente a la pobreza y a la reputación de lugar duro que tenía mi pueblo, así que el lugar resultó mucho más “real” para mí de lo que habría sido si todo hubiese sido inventado. En otras palabras, el libro tenía unos cimientos basados en la realidad, y alrededor de ella construí, como dijo Crews, “una sarta de mentiras”.

Crews también dijo que “la mejor narrativa casi siempre va de lo mismo: gente haciéndolo lo mejor que puede con lo que les ha tocado en suerte, a veces actuando con honor, a veces no. A veces con amor y compasión y misericordia, a veces no”Creo que la mayoría de mis personajes encajan en esa descripción, pero probablemente la gran mayoría de personas en el planeta también lo hagan.

Al igual que Nelson Algren, Crews, Malcolm Braly o Edward Bunker, hablas de los del fondo del cubo, pero lo haces con completa empatía. Incluso les tienes estima a los más pérfidos. Solo hay un personaje en “El diablo a todas horas” que me cae algo mal y es Teagardin, el predicador pedófilo. Me sería extremadamente difícil, quizá imposible, escribir largo y tendido sobre personajes que siempre me cayeran gordos. Cuanto menos, siento simpatía por los que terminan siendo malos, porque, después de todo, yo los hice de esa manera.

Owen Jones, en su “Chavs: La demonización de la clase obrera” (2011; Capitán Swing, 2012), afirma que los orígenes opulentos quizá no te impidan sentir empatía hacia los desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de lo que piensan y las condiciones en que viven. Supongo que la razón por que entiendes tan bien a tus personajes es que eres como ellos. Bueno, sin duda me crié en un ambiente de clase trabajadora. Mi padre apenas terminó el octavo grado (el equivalente a 2º de ESO) y luego trabajó cuarenta y dos años en una fábrica de papel. Tuvo la suerte de que era un empleo sindicado. Sacó algo de dinero y gozaba de seguro de salud y, por eso, aunque mi familia tal vez se habría definido a sí misma como clase media-baja, éramos ricos en comparación con algunos de los chicos con que crecí.

Escapar del entorno es la médula espinal de “Knockemstiff”, y en “El diablo a todas horas” también hay sueños de fuga. ¿Era escapar de tu destino el pensamiento dominante de tus años obreros? ¿Hay alguien que quiera permanecer en Ohio? En primer lugar, no creo que Ohio, aunque ciertamente no es un lugar atractivo ni glamouroso donde vivir, tenga gran cosa que ver con eso. Estoy seguro de que un montón de gente desearía escapar de la ciudad en España donde se crió, o de un mal matrimonio en Tokio, o de un pésimo trabajo en San Francisco. Ohio solo es el único lugar que conozco de verdad, por lo menos lo suficiente para escribir sobre él. Es cierto que el pensamiento primordial de mis años en la fábrica de papel era la fuga, pero es que igualmente siempre he sido el tipo de persona que piensa que sería más feliz viviendo en otro lugar. Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no era el caso.

La redención es el epicentro de este libro. Hay un montón de esperanza y necesidad de salvación. Les ofreces algo que no ofreciste a los personajes de “Knockemstiff”: la oportunidad de una vida mejor y un futuro más brillante. Si he de serte sincero, lo que sucede es que cuando escribí “El diablo a todas horas” pensé más en el lector, y sé que a la gente le gusta encontrar al menos un atisbo de esperanza o de optimismo al final de un libro. Cuando escribí las historias de “Knockemstiff” no tuve en cuenta al público en absoluto, porque no creía que jamás fuese a publicar lo que escribía. ¿Hace eso que “El diablo...” sea un libro menos honesto? No lo creo. En todo caso, el lector se convierte en otra influencia de la narración.
Recientemente entrevisté a Steve Earle por “No saldré vivo de este mundo” (2011; Alpha Decay, 2012) y me dijo que los novelistas tienen que ser responsables, mostrar los aspectos positivos de las personas, no solo la oscuridad. ¿Es algo que suscribes? Bueno, estoy bastante de acuerdo con eso, pero tengo que admitir que no creo demasiado en cosas como la “responsabilidad del novelista”. Pienso que si el escritor se esfuerza para escribir la historia con honestidad, todo, bondad y oscuridad, acabarán mostrándose, al menos hasta cierto punto.

Algunos críticos cursis describen tu trabajo como “pornográfico”, sugiriendo que es cínico mostrar solo los actos más horribles imaginables y las más bajas intenciones. Yo diría lo contrario: tu novela está llena de esperanza, porque la moraleja es que, incluso en Meade, rodeada de lo peor, la gente logra actuar con bondad. No escribo cuentos de hadas. Seamos realistas: aunque la mayoría de las personas suelen ser amables y cariñosas, unas cuantas son malas. Por añadidura, si alguien piensa que mi trabajo solo muestra “los actos más horribles imaginables”, es que no se han puesto al día de la actualidad. Mis personajes ni siquiera se acercan a lo que los seres humanos son verdaderamente capaces de hacer en términos de las “más bajas intenciones”. Las cosas que escribo son ligeras en comparación con, por ejemplo, la masacre de veinte niños en una escuela de Connecticut hace poco.

Por la misma razón, en tu última novela se aplica castigo. A pesar de que los inocentes se ven perjudicados, los malvados no se van de rositas. La gente debe responsabilizarse de sus crímenes, y creo que, en última instancia, la gente mala paga por sus pecados. No quiero ni pensar lo que el mundo sería si eso no fuese cierto. El castigo quizá no sea siempre la cárcel o la silla eléctrica o algún tipo de infierno en el más allá, pero al menos que anden con las almas podridas y nunca encuentren la paz.

Los finales relativamente agradables son tan fieles a la realidad como los malos finales. La vida real es una mezcla de los dos, ¿no te parece? Considera la cantidad de historias reales que tienen lugar en el mundo, todos los días. Hay miles de millones de ellas. Algunas personas son bendecidas y otras no; siempre ha sido así. La vida no sería tan dulce si a todo el mundo se le asegurara un final feliz.
Te voy a preguntar algo que también le pregunté a Earle: si, como Studs Terkel dijo, “la diferencia entre intérprete y artista es la afirmación del yo, el Aquí Estoy”, ¿cuánto de ti hay en “El diablo a todas horas”? ¿O quizá hay un poco de ti en cada personaje? (esperemos que no en Teagardin). Por supuesto. Incluso en Teagardin, joder. En el momento en que piensa en sentar cabeza en una vieja granja, y fantasea sobre sus hijos jugando en el patio al atardecer mientras él lee buenos libros en el porche... Eso es un pequeño pedazo de mí.

Venganza, secretos y culpa en “El diablo a todas horas”. Hay abundancia de las tres. Bueno, la narrativa debe ofrecer conflictos para ser interesante y, como he dicho antes, no escribo cuentos de hadas. Muy pocos de nosotros somos santos. En algún momento la mayoría de la gente ha fantaseado con vengarse de alguien, ¿no? Si retirásemos las complicaciones, secretos, culpa, lujuria, venganza... la mayoría de historias no merecerían ser leídas.

Se te compara con frecuencia a Cormac McCarthy, pero para mí “El diablo a todas horas” es una mezcla de Harry Crews, “Malas tierras” (Terrence Malick, 1973) y cualquier canción de Drive-By Truckers. Y el humor negro de Flannery O’Connor. Me influencian muchas cosas, incluyendo música y películas, o incluso algo que escucho por casualidad en la gasolinera. Me avergüenza que la gente me compare con Flannery O'Connor, ¡especialmente por ella! Sin embargo, McCarthy dijo una vez: “Los libros se hacen de libros”. Me parezco a otros autores, sin duda.

Última pregunta: ¿has visto alguna vez morir de forma violenta a un hombre? No violentamente. He visto a dos de mis amigos morir, pero ambos padecían cáncer. Odio decirlo, pero una muerte violenta habría sido mejor.


miércoles, 13 de julio de 2016

EL MERODEADOR - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ - MÁS FRAGMENTOS

EL MERODEADOR: Fragmentos (3).
Es de noche. En la estación. Hace frío y nuestro hombre ha encendido una pequeña hoguera entre las ruinas. Bebe. Apura a grandes sorbos su tercer cartón de vino mientras observa como hipnotizado esas sombras largas y distorsionadas que proyectan las llamas en la oscuridad, esos cuerpos famélicos y horribles, de asesinos, de merodeadores y monstruos, hasta que le va venciendo el sueño, se le cierran los ojos, cabecea y se baba y vuelve a abrirlos, ve de nuevo chispas rojas que se elevan, que gravitan, que dan vueltas, figuras extrañas, crepitantes, y se tumba en el suelo y se arrebuja todo en trapos hasta que se queda al fin dormido... Y entonces yo me acerco y veo su cara de niño asustado iluminada por la luz de esa fogata que se extingue, veo sus párpados morados, su rostro hinchado, le veo soñar inquietamente, borracho, enfermo, helado, acurrucado en su abrigo y tembloroso frente al frío, desahuciado, solo, esperando que amanezca... Y miro a mi alrededor y pienso que allí, en la estación, ya no hago nada, que no puedo hacer nada, que en realidad yo no soy nada, licenciado, escritor, periodista, representante, ventrílocuo, opositor... y decido yo también intentar dormir un rato, apagar ya de una vez el flexo y acostarme... sosegarme... poner punto final.

Vicente Muñoz Álvarez, de El merodeador (ACVF editorial, 2016).


miércoles, 6 de julio de 2016

EL MERODEADOR - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

Volví a Cravan. El poeta boxeador contra Jack Jhonson. Golpe a golpe. Seis asaltos. La Barcelona dorada de entreguerras, su obsesión por Wilde y aquella despedida fantasmal de Mina, esos dos minutos de metraje robados al olvido que preceden, como un epitafio, a su desaparición en el Golfo de México... Logré terminar la película, pero su final, el de Cravan, me desazonó por completo y me hizo pensar de nuevo en L, en ese instante también desaparecido, en dónde estaría, qué le habría pasado, y en otras cosas a las que mi cabeza, pese a intentar evitarlo, se obstinaba una y otra vez en volver.

Vicente Muñoz Álvarez, de El merodeador (ACVF editorial, 2016).

sábado, 11 de junio de 2016

MUSGO

Mi padre conduce y yo, sentado en el asiento del copiloto, finjo que estoy dormido. Hace media hora que salimos de la ciudad. No sé muy bien dónde nos dirigimos, con lo cual no puedo calcular cuánto durará el viaje. Espero que no se alargue. Mientras tanto sigo con los ojos cerrados, haciendo que duermo. Se acercan las navidades y en la parroquia quieren montar un Belén. En su momento mi padre se ofreció a llevar el musgo, así que esta mañana, aprovechando que es sábado y que no tengo instituto, me ha pedido que le acompañe al bosque a buscarlo. No me hace gracia tener que acompañarle, y es que nunca sé de qué hablar con él. A él le pasa lo mismo conmigo. Cuando estamos juntos la mayoría del tiempo permanecemos en silencio. Un silencio incómodo que nos separa y nos lleva a mundos diferentes. De repente, el coche pega un frenazo y salgo impulsado hacia delante. El cinturón de seguridad evita que me golpee contra el parabrisas delantero.
-¿Has visto eso?
No sé a qué se refiere. En la carretera no hay nada fuera de lo normal.
-Hemos estado a punto de atropellar un jabalí.
-No he visto nada.
-Era enorme. Ha cruzado la carretera como un rayo. Menos mal que he podido frenar a tiempo.
Estamos en zona boscosa y la carretera está flanqueada de árboles. El hábitat ideal para toparse con ese tipo de fauna. Reemprendemos la marcha. Hace frío dentro del coche. Subo la calefacción y enciendo la radio. Música clásica. No es lo que me apetece oír, pero dado que a mi padre parece gustarle dejo el dial donde está. Al fondo, a lo lejos, pueden verse los picos nevados de unas montañas. Un mar de nubes desciende por sus laderas a paso de tortuga. Seguimos por la carretera comarcal. Un poco más adelante hay una pequeña explanada. Mi padre desvía el coche hacia ella y para el motor. Antes de adentrarnos en el bosque en busca de musgo, nos abrigamos con los plumas, los guantes y el gorro de lana. Abrimos el maletero, cogemos una pequeña azada y dos cestos y nos ponemos en marcha. Debido al frío, el aliento que sale de nuestras bocas lo hace en forma de vapor. El suelo está empapado por la lluvia caída y a los pocos pasos tenemos las botas embarradas. Mi padre va en cabeza, abriendo camino. No vamos por ningún sendero, nos limitamos a avanzar campo a través sorteando zarzas y todo tipo de vegetación. Llegamos a una pendiente que se eleva casi en vertical. La bordeamos y salimos a un terreno más accesible. Seguimos ascendiendo. Sé que el musgo crece en lugares húmedos. Todo lo que nos rodea está húmedo, encharcado, chorreante, inundado… sin embargo, no veo musgo por ningún sitio.
-¿No hubiera sido mejor comprar el musgo en una floristería?
-Seguramente, pero entonces no estaríamos disfrutando de estas vistas.
El paisaje es bonito, no cabe duda, pero hace tanto frío que si me dan a elegir entre estar aquí o en mi cama, elegiría lo segundo sin dudarlo. Tengo los pies helados y empiezo a estar harto de todo esto. Continuamos andando. Al rato, salimos a una franja despejada de árboles. Es un cortafuegos que atraviesa la montaña dividiéndola en dos. Al no tener la protección de los árboles en esta zona el viento sopla con más fuerza. Cruzamos deprisa y volvemos a internarnos en la floresta. Empiezan a caer pequeños copos de nieve. El viento los impulsa de un lado para otro. Miro al cielo con preocupación. Mi padre sigue colina arriba sujetando su cesto. Le sigo.
Finalmente damos con un área donde las rocas y el suelo están cubiertos de musgo.
-Lo ves, te dije que lo encontraríamos.
Se muestra contento por el hallazgo. Me quito los guantes y avanzo hacia un grupo de piedras dispuesto a arrancar un buen pedazo de musgo que cubre una losa plana, pero antes de que lo haga mi padre sugiere que nos tomemos un descanso.
-Disfrutemos un rato del paisaje.
Le da la vuelta a su cesto y se sienta sobre él. Hago lo mismo. Aunque sigue nevando, los copos no llegan a cuajar. En cuanto tocan el suelo, se disuelven y desaparecen sin dejar rastro. Los minutos pasan y ninguno dice nada. Es en momentos como este cuando la falta de comunicación entre mi padre y yo se vuelve incómoda. Me gustaría poder decir algo. Tener la confianza para hablar con él sin tapujos, pero siempre se origina un bloqueo por parte de los dos que lo impide. Mi padre es un completo desconocido. Me di cuenta el otro día en el parque del Ebro. Juanjo, mi mejor amigo, y yo conocimos a una pandilla de chicos y chicas en el Bunker, estuvimos bebiendo cervezas con ellos y nos caímos bien. Alguien sugirió ir al parque a fumar unos petas y todos nos fuimos para allá. Llegamos y los canutos empezaron a circular. Todo iba genial, hasta que uno de los chicos dijo: Mirad, ahí está el pervertido que viene a espiar a las parejas. Todos dirigimos nuestras miradas hacia un tipo alto que iba vestido con un abrigo largo. En un principio no le reconocí, pero cuando el grupo se puso a insultarle y él se volvió brevemente pude ver que era mi padre. Me quedé helado. No podía creérmelo… Se escuchan unos ruidos entre la vegetación. Lo que sea que origina el ruido es grande y se acerca. Bien podría ser un jabalí furioso como el que hemos estado a punto de atropellar. De reojo veo que mi padre sujeta la azada con fuerza. Sus nudillos están blancos por la presión que ejerce sobre el mango. Pero no, los que salen de la espesura son una vaca y su ternero. Pasan pacíficamente por delante de nosotros y siguen su camino hasta que desaparecen detrás los árboles. El incidente pone fin al descanso. Empezamos a coger pedazos de musgo. Mi padre ayudándose de la azada, yo directamente con las manos. Es como arrancar postillas de una gran herida.
Si caminar por el monte con los cestos vacíos era peliagudo, acarrearlos llenos se vuelve tremendamente complicado. Tengo que esforzarme por mantener el equilibrio, luchar con la vegetación y no resbalar con el barro. Luego está que no caminamos por terreno llano o un sendero, vamos campo a través, igual que lo hicimos antes. No me parece la opción más inteligente, pero la iniciativa es de mi padre y no me queda más remedio que seguirle. A medida que avanza la mañana la nevada va tomando fuerza. Si hace unos minutos los copos eran escasos y se derretían al tocar el suelo, ahora se han multiplicado y al posarse permanecen intactos. Dentro de poco estará todo cubierto de blanco.
En el suelo hay tres dedos de nieve. Sigo las huellas que va dejando mi padre. Para mí que ya deberíamos haber llegado al cortafuegos. Hace rato que caminamos y tengo la impresión de que nos hemos perdido.
-¿Seguro que vamos bien?
-Seguro. Confía en mí.
Sospecho que en realidad no sabe dónde estamos. Nieva tanto que apenas se distingue lo que está a unos metros de distancia. Mi padre avanza en línea recta. En un momento dado se detiene. Mira de izquierda a derecha. Titubea. No sabe qué dirección debe tomar. Sus dudas confirman mis temores.
-Admítelo papá, no tienes ni idea de dónde estamos.
-Puede que me haya despistado un poco.
-¿Y qué hacemos ahora?
-No sé. Déjame pensar.
Noto la preocupación en su cara y eso me da miedo. Saco el móvil. No hay cobertura. Estamos perdidos en el bosque, nieva, hace frío y para colmo no podemos hacer uso de lo único que nos podría ayudar. Dejamos los cestos en el suelo y echamos un vistazo alrededor. Árboles por todos los sitios, imposible ubicarse.
-Imagino que si seguimos bajando, tarde o temprano llegaremos a la carretera.
Volvemos a cargar con los cestos y descendemos. La vertiente es pronunciada, tenemos que agarrarnos a las ramas de los árboles para no caer de culo. Llegamos a un tramo donde la fisonomía del terreno nos obliga a ascender. De repente deja de nevar. Un problema menos.
Después de subir y bajar unas pocas colinas seguimos sin dar con la carretera. Entramos en un área plantada con grandes pinos. El suelo es blando, se nota que debajo de la capa de nieve hay una tupida alfombra de agujas secas que amortiguan nuestras pisadas. A lo lejos escuchamos unos ladridos. Tanto mi padre como yo llegamos a la misma conclusión: donde hay un perro hay un dueño. Sin necesidad de hablarlo cambiamos de dirección y nos dirigimos hacia los ladridos. Salimos a un claro. Un perro ratonero aparece frente a nosotros y se acerca amistosamente moviendo el rabo. Dejo el cesto en el suelo y le rasco detrás de las orejas. El animal se pega a mis tobillos.
-¿Qué pasa, perrito, te gusta que te rasquen?
-Yo que tú tendría cuidado, esos chuchos suelen estar plagados de pulgas y garrapatas.
No hago caso de las advertencias de mi padre y sigo rascándole los lomos. De pronto escuchamos un silbido. El perro sale disparado hacia el lugar de donde proviene. Le seguimos. El silbido es la confirmación de que alguien está cerca. Sorteamos unos arbustos altos y vemos a un hombre de mediana edad sentado en un tocón. En la comisura de los labios sostiene un cigarrillo liado a mano. Manipula una soga y apenas presta atención a nuestra llegada, tan solo una mirada de soslayo. A su vera, el perro mueve la cola con entusiasmo. Le damos los buenos días y le ponemos al tanto de nuestra situación. El hombre, sin ningún entusiasmo, nos señala el camino que debemos tomar.
-Vayan por ahí hasta que lleguen a un sendero. Síganlo y les llevará directamente hasta la carretera.
 Mientras habla el perro vuelve a acercarse a mí.
-          ¿Cómo se llama el perro?
-          Ese malnacido ha dejado de tener nombre. No se lo merece.
-          ¿Por qué?
-          Ahí donde le ves, anoche mató cinco gallinas. Por eso lo voy a colgar por el cuello de esa rama-dice señalando con la punta de la nariz hacia uno de los árboles.
Me doy cuenta de que habla en serio al ver que con la cuerda que tiene entre las manos está haciendo el típico nudo corredizo de la horca.
-Supongo que está bromeando-dice mi padre.
-No señor, no bromeo. Cuando un perro mata a una gallina tenga por seguro que lo volverá a hacer. Si no lo hace en tu propio gallinero lo hará en el del vecino. Por eso es mejor acabar con animal cuanto antes y así evitarse problemas.
No quiero ni pensar que este perro tan simpático que estoy acariciando dentro de unos minutos estará colgado de la rama de un árbol.
-Se lo compro.
Lanzo la oferta sin pensar. Un acto reflejo que sorprende tanto a mi padre como a mí. El hombre deja de manipular la soga y me mira directamente a los ojos.
-¿Cuánto ofreces?
Abro mi cartera. Tengo treinta y cinco euros.
-Por esa cantidad prefiero darme el gusto de verlo colgado por el pescuezo.
Miro a mi padre suplicando ayuda.
-No sé si es buena idea. Además, a tu madre nunca le han gustado las mascotas.
-Papá, por favor, préstame el dinero que lleves, te prometo que te lo devolveré.
De mala gana saca la cartera. Hacemos recuento. Entre los dos sumamos ciento diez euros. Mi padre reserva el billete de diez, el resto se lo ofrecemos al hombre a cambio del perro. El perro, ajeno a las negociaciones, sigue junto a mí reclamando caricias.
-Cien euros me parecen bien.
Mi padre le entrega el dinero.
-Por el mismo precio les regalo la correa- dice arrojándome la soga con el nudo corredizo terminado.
La cuerda es lo único que puedo utilizar para poder llevarme al perro, así que la cojo y se la pongo alrededor del cuello. Empieza a nevar otra vez. Miramos al cielo. No pinta bien.
-Va a caer una buena. Si quieren les acompaño hasta la carretera.
El ofrecimiento del hombre nos parece bien. Cargamos con los cestos y nos ponemos en camino. Al poco llegamos a un sendero. Lo seguimos hasta dar con la carretera. En el arcén hay un todoterreno. El hombre monta en el vehículo y pone el motor en marcha.
-Les aconsejo que se den prisa si no quieren que les pille la tormenta.
A continuación  se despide de nosotros y se aleja conduciendo en dirección opuesta a la nuestra. El perro al ver que su dueño se marcha sin él quiere seguirle. Tengo que sujetar firmemente la cuerda para detenerle. Tiro con fuerza, pero está obcecado en ir en busca de su amo. Dejo el cesto en el suelo y trato de imponerme al animal. Cuanto más tiro de la soga más presión ejerzo sobre su cuello. Veo que el pobre chucho está con la lengua fuera. Al ceder un poco para no ahogarlo la cuerda se me escurre de las manos. El perro aprovecha para escapar. Corro detrás intentando darle alcance. Es una batalla perdida. El perro se aleja cada más y más. Al final lo pierdo de vista. Pronto me quedo sin aire en los pulmones y tengo que parar. Frente a mí los copos de nieve caen como confetis en una fiesta. Doy la vuelta y regreso hasta el lugar donde aguarda mi padre.
-Veo que no has podido alcanzarle. Mejor.
Me jode que diga eso porque en estos momentos ese perro tonto corre para reunirse con su verdugo. Para colmo, lleva al cuello la cuerda de la que terminará colgando.
-¿Te acuerdas del otro día en el parque cuando un grupo de chavales te insultaron diciéndote que eras un pervertido y un mirón? Yo estaba con esa gente-le digo sin pensar, dejándome llevar por un arrebato.
Mis palabras lo paralizan. Con él se detiene la expansión del universo y los planetas dejan de girar. Los copos de nieve que caen se frenan en seco y quedan flotando en el aire. Todo, absolutamente todo se detiene durante el breve momento que mi padre guarda silencio. La pausa universal acaba cuando habla y el mundo recobra el movimiento con sus palabras:
-Ya hablaremos de eso en otro momento.
Emprende el camino. No le veo la cara, aunque puedo notar la tensión a través de su espalda. Me gustaría decirle que no, que este es el momento perfecto para hablar de Eso. Pero callo. Me limito a coger el cesto y a seguirle a cierta distancia. 

pepe pereza