viernes, 29 de abril de 2016

EL MERODEADOR de VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ según JULIO CÉSAR ÁLVAREZ

EL MERODEADOR según JULIO CÉSAR ÁLVAREZ
El Merodeador, un clásico underground
Regresa El Merodeador a por lo que le pertenece. Este pequeño librito re-editado por la editorial ACVF (la edición original de Baile del Sol es prácticamente inencontrable) encierra algunos de los relatos más inteligentes, sensitivos y maduros que ha dado la literatura independiente nacional de la mano de Vicente Muñoz. Acercarse a El Merodeador es hacerlo a toda una tradición de la literatura que él conoce tan bien, la de la angustia, el miedo atávico y el dolor de existir. Así su desnudo parece el de todos, sus heridas abiertas parecen las nuestras y la cosa acaba por ser una comunión profunda entre los hombres que, en el fondo, es para lo que sirve la literatura (si es que sirve para algo, que no importa).
Reivindico como receptor y apasionado lector esta colección introspectiva de relatos fantasmales que es El Merodeador. Aquí aparecen fragmentos de Pavese, de su adorado Bernhard, Pessoa o el mismísimo Cervantes, confirmando esa impresión que tuve de adolescente de que la verdadera literatura se parece mucho a la vida, por no decir que es la propia vida. Eso lo sabe a la perfección el bueno de Vicente Muñoz, que ha hecho de la literatura su residencia habitual, su lugar de esparcimiento y sufrimiento (siempre dice que esto de escribir es una carrera de fondo que desgasta mucho las zapatillas), ese espacio extraño donde ver reflejados nuestros propios espectros y la mejor/peor cara de nosotros mismos (que es la que interesa de verdad a las palabras, pues ya se sabe que son ellas las que nos utilizan a nosotros y no al contrario).
El padre del underground leonés se convierte aquí en un autor centroeuropeo que crea un sustrato divergente, una educación sentimental con el futuro y lo eternamente joven y arriesgado, un diálogo igualitario con nuestros temores más escondidos y que solemos esconder bajo capas de autoengaño. Evidenciando (una vez más) que la literatura es un eterno contrato de sangre con el diablo, una enfermedad de difícil cura. Aunque ya se sabe, la eternidad sólo sonríe cómoda ante los valientes. Normal pues que siempre firme con V, V de victoria, claro está.

Julio César Álvarez, del blog Respirar descontento.


lunes, 25 de abril de 2016

EL MERODEADOR - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

Segunda Edición, ampliada y revisada, a la venta en ACVF Editorial

http://www.acvf.es/?p=2276#more-2276

viernes, 15 de abril de 2016

VIAJE AL NORTE


Los limpiaparabrisas van de izquierda a derecha apartando la lluvia a destajo. El manto de agua impide que apenas se distinga la carretera. En el asiento del copiloto está Sofía, mi mujer. Va ensimismada en sus pensamientos con la mirada cargada de reproches. Mira que se lo advertí: Viajar al norte en esta época del año es una locura. No hay nada más que lluvia, frío y más lluvia. Con todo, se le antojó hacer este viaje y aquí estamos, en medio del diluvio universal… De pronto lo oigo. Es una especie de chirrido. De primeras creo que se debe al frote de las gomas de los limpiaparabrisas contra el cristal, pero enseguida me doy cuenta de que el ruido obedece a algo relacionado con el motor.
        -¿Oyes eso?
        -¿El qué?
        -Ese ruido. Chiiii… chiiii… ¿No lo oyes?
        -No.
        -Escucha con atención…
        -Cuidado con el que tienes delante que le vamos a dar.
Piso ligeramente el freno y dejo que el coche que nos precede se aleje unos metros. Me molesta que ella nunca esté de acuerdo contigo en nada.
         -Aunque tú no lo oigas, hay una especie de chirrido.
         -Déjate de tonterías y concéntrate en la carretera.
Otra de las cosas que me jode es que me trate como a un crío.
         -Deberíamos parar.
         -¿Con esta lluvia? ¿Estás loco?
No quiero que nos quedemos tirados por culpa de una avería. Claro que Sofía tiene razón, parar en medio de este aguacero es una locura. Sigo conduciendo rumbo al norte.
Al rato deja de llover. Se abre un claro en el cielo y asoma un sol convaleciente. Una señal anuncia un área de descanso. Tomo el desvío y me dirijo hacia los aparcamientos. Me apeo del coche y abro el capo para echar un vistazo al motor.
        -No sé qué coño estás mirando. No tienes ni puñetera idea de mecánica.
Ella vuelve a tener razón, no sé nada de mecánica, con lo cual no me queda claro si la maquinaría que tengo delante está en su sitio o no. Cierro el capo y me centro en las ruedas. Según rodeo el coche voy golpeando los neumáticos con el pie.
         -¿Se puede saber qué haces?
         -Compruebo la presión.
Sofía se baja del coche y cierra de un portazo. Se aleja unos metros y se queda mirando al frente. Desde el principio supe que este viaje iba a ser un infierno, aun así me dejé convencer. Nos queda mucho por delante, es mejor que intente afrontarlo con optimismo. Me enciendo un cigarro y le ofrezco el paquete para que se sirva ella misma. Rechaza mi oferta y sigue pendiente del horizonte. De repente vuelve al coche y se pone a buscar en el equipaje.
         -¿Dónde está la cámara de fotos?
         -¿No está ahí?
         -No la encuentro ¿Estás seguro de que la guardaste?
         -...
         -Te dije que lo hicieras.
Me lo dijo, pero jamás lo admitiré.
         -Si quieres hacer una foto, utiliza la cámara del móvil.
En cuanto menciono el móvil sé que he metido la pata.
         -Lo haría si tuviera batería.
Anoche se me olvidó ponerlos a cargar.
Ha empezado a llover otra vez. Llevamos un buen rato sin hablarnos, cosa que agradezco porque necesitaba un respiro para poder continuar con esta pesadilla. Lo bueno del asunto es que desde que hemos retomado la marcha no he vuelto a escuchar el chirrido.
         -Tengo hambre.
Lo dice como si yo fuera el culpable.
Es el típico restaurante de carretera. A pesar del mal tiempo está repleto de clientes, en su mayoría camioneros. Los camareros corren de un lado para otro sirviendo menús y tomando nota de las comandas.
Después de esperar un buen rato, nos acomodan en una mesa que acaba de quedar libre. De hecho, las sobras de los anteriores comensales aún están sobre el mantel.
        -No me gusta este sitio. Huele raro. Seguro que alguien se ha dejado la puerta de los baños                    abierta.
Hago oídos sordos. Después de lo que hemos tenido que esperar no estoy dispuesto a levantarme y abandonar el local. En vez de eso, cojo la carta y leo. Aunque la oferta no es muy variada a mí me vale. A Sofía no.
           -No me apetece nada de lo que ofrecen aquí.
En la mesa de al lado un hombre come paella.
           -La paella tiene buena pinta.
No me hace caso, así que dejo las sugerencias.
Por fin se acerca una de las camareras. Su ojo experto enseguida detecta la tensión acumulada. Para tranquilizarnos nos pide disculpas por la tardanza y recalca que en cuanto termine de recoger la mesa nos tomará nota.
Comemos, en silencio. Un silencio sólido, pesado, frío como una cadena perpetua. Me fijo en una pareja de jóvenes que ocupa una mesa junto a la puerta de la cocina. Hablan afectuosamente ajenos al trasiego de los camareros, que entran y salen sin parar. De habernos asignado esa mesa, nosotros, sin duda, hubiésemos protestado. Sin embargo, ellos están contentos y no les importa estar ahí. Supongo que es cuestión de feeling. La mujer que tengo delante, es decir, mi mujer, escarba con el tenedor en el lomo de un lenguado. Se nota que ha perdido el apetito. Me gustaría iniciar una conversación.
           -Me preocupa el chirrido del motor.
           -Quiero volver a casa.
Pese a que la decisión ha sido suya me siento feliz de regresar. Llueve a mares y hace rato que deberíamos haber encontrado el desvío a la autovía, sin embargo continuamos por esta carretera por la que no circula nadie excepto nosotros. A juzgar por el paisaje, que cada vez es más boscoso, sospecho que nos hemos perdido. No digo nada porque tal como están las cosas entre nosotros sé que mi despiste equivaldría a una discusión. Es mejor callar y seguir hacia adelante con la esperanza de encontrar una salida o, al menos, un letrero o señal que me indique dónde estamos. De reojo alcanzo a ver una sombra que salta a la carretera justo por delante del coche. No me da tiempo a reaccionar y escucho un golpe seco que no augura nada bueno. A causa de la frenada Sofía tiene que apoyar las manos en el salpicadero para no golpearse la cabeza contra el cristal delantero.
         -¿Qué pasa?
         -Creo que hemos atropellado algo.
Pongo las luces de posición y salgo del coche para comprobar los daños. Hay una abolladura en la chapa de la carrocería. La peor parte se la ha llevado un perro vagabundo. El pobre animal sigue vivo. Quiere huir y trata de impulsarse con sus patas delanteras, ya que las traseras han quedado inutilizadas por la envestida. No solo su columna ha quedado dañada, su estómago ha reventado y en su intento por alejarse va dejando tras de sí un reguero de sangre y tripas que la lluvia no termina de limpiar. Es una escena triste y lamentable. Me acerco a él. El perro me mira con los ojos vidriosos y desorbitados. Noto en ellos el terror y el dolor que padece. Le cuesta respirar. Hago amago de acariciarle, pero lanza un mordisco al aire que está a punto de alcanzarme la mano.
-                          -Tenemos que llevarlo a un veterinario.
-                        - ¿Te has vuelto loco? ¿Pretendes meterlo en el coche tal como está?
-                         -¿Y qué sugieres que hagamos?
-                          -Lo más sensato sería acabar con su sufrimiento.
Para ella es fácil decirlo porque sabe que no tendrá que ensuciarse las manos. El perro sigue arrastrándose torpemente con las patas delanteras, dejando parte de sus vísceras en el asfalto. Viéndole cómo está reconozco que no merece la pena llevarlo a una clínica veterinaria, dudo que sobreviviese al viaje. Lo mejor es ahorrarle más angustias. Echo un vistazo por la zona intentando encontrar algo contundente para acabar con su vida. A estas alturas estoy calado hasta los huesos y no me importa salir de la carretera y pisar el barro y los charcos que están por la periferia. Cerca de unos árboles que lindan con el bosque encuentro una rama de un metro de larga. Tiene el tamaño y grosor adecuados. El perro se ha ido distanciando del coche en su intento desesperado por escapar. Me sitúo detrás y levanto el palo. Veo mi reflejo en sus ojos. Bajo los brazos con fuerza y le golpeo en la cabeza. La madera está demasiado húmeda y la rama se parte en dos a causa del impacto. El perro se lamenta dolorido.
-                            -Se trata de evitarle sufrimientos, no de causarle más daño.
-                            -Si crees que puedes hacerlo mejor, por qué no te acercas hasta aquí y lo demuestras.
Me enseña el dedo corazón. En momentos como este es a ella a quien me gustaría matar. Salgo de la carretera y me acerco a los árboles. Cerca hay una roca de tamaño medio que está semienterrada en el fango. Si consigo sacarla de ahí podré terminar con toda esta mierda. Tiro con todas mis fuerzas, pero por mucho que lo intento la piedra sigue firmemente afianzada al suelo. Me arrodillo en el barro, clavo los dedos alrededor de la roca y echo mi peso hacia atrás tirando con los brazos. Poco a poco el pedrusco va cediendo. Entonces oigo que el motor se pone en funcionamiento. Seguidamente veo que el coche sale disparado hacia el perro y le pasa por encima. Suelto la piedra y corro hasta el vehículo que ha quedado frenado junto al arcén. Sofía está llorando en el asiento del conductor.
-¿Se puede saber qué coño te pasa?
Quiere decirme algo pero de su boca solo salen balbuceos. Al final logra articular dos palabras:
           -Estoy embarazada.
Al escucharlas me quedo sin respiración. La carrocería está manchada de sangre y en el asfalto ha quedado un amasijo de carne y vísceras que me revuelven el estómago. Necesito escapar, desvincularme de todo esto. Echo a andar y me adentro en el bosque. Avanzo entre los árboles, dirigiéndome allí donde la frondosidad adquiere nombre y significado. Mientras me alejo Sofía grita algo, pero la lluvia me impide escuchar lo que dice.

pepe pereza

ULTRALIGERO - IVÁN ROJO

sábado, 2 de abril de 2016

VINALIA TRIPPERS Nº 14 - NÓMINA DE AUTORES

Narrativa
Pepe Pereza, Joaquín Piqueras, Carlos Salcedo Odklas, Julio César Álvarez, Mario Crespo, Juanjo Ramírez Mascaró, José Ángel Barrueco, Iván Rojo, Miguel Baquero, Alexander Drake, Patxi Irurzun, Rubén Darío Fernández, Maica Bermejo Miranda, Gabriel Oca Fidalgo, Esteban Gutiérrez Gómez, José G.Cordonié, Octavio Gómez Milián, José Manuel Vara, Javier Esteban, Josu Arteaga, Felipe Zapico Alonso, José Naveiras, Cisco Bellabestia, Choche, David Vázquez, Déborah Vukusic, Pablo Cerezal, Xen Rabanal, Vicente Muñoz Álvarez, Diego López, Jesús Palacios, Javier Castellanos.

Poesía
David Benedicte, Silvia D Chica, Marcos Matacana Martín, Ballerina Vargas Tinajero, Ricardo Moreno Mira, Gsús Bonilla, Julia Roig, Georgie García, José Malvís, Eva García Fornet, Iñaki Estévez Muñiz, Jorge M Molinero, Javier Vayá Albert, Felipe J. Piñeiro, Chapu Valdegrama, Roxana Popelka, Carlos de la Cruz, Ana Curra.

Ilustración
Toño Benavides (portada), Miguel Ángel Martín, Salva Rubio, Nuria Palencia, Gonzalo Guitérrez (ARG), Cisco Bellabestia, Pablo Gallo, Andrés Casciani, Diego Blanco, J.Kalvellido, Luis F.Sanz, Mik Baro, Pablo Jeje, Riot Uber Alles, Pedro Espinosa, Kike Morten, Fernando Centrángolo, Santos Perandones, Rodrigo Córdoba.


Próximamente en la Tierra


martes, 29 de marzo de 2016

SE RUEGA SILENCIO - PRIMER CAPÍTULO

Logroño. 17 de julio de 1999. Hoy cumplo treinta y cinco años. No hay felicitaciones. No las necesito. Yo tampoco acostumbro a felicitar a nadie.
Estoy sentado frente a la lavadora. Observo cómo el tambor da vueltas a toda velocidad en el programa de centrifugado. No tengo otra cosa mejor que hacer que contemplar la carcasa de poliuretano transparente. Un cíclope de pupila veloz con el que mantengo una lucha de miradas. La fuerza centrífuga ha hecho de las prendas una masa compacta y multicolor que gira y gira precipitadamente dejando un vórtice en el centro. Pasan los minutos y sigo hipnotizado por el movimiento constante de los círculos concéntricos. Permanezco atento sin nada que me distraiga. Giros y más giros. Ziung-ziung-ziung-ziung… Ahora, el ojo de buey es un agujero negro, mejor aún, un gran remolino en medio del océano. Ziung-ziung-ziung-ziung-ziung… Un ciclón. Un huracán. Ziung-ziung-ziung-ziung… El movimiento va decelerando. Zi-ung… zi-ung… zi-ung… z-i-u-n-g… El programa de lavado ha acabado. Poco a poco el tambor deja de rotar hasta que se detiene. Llaman al timbre. Es el Culebras. Dice que tiene prisa, que no puede quedarse porque debe atender a otros clientes. Le pago con mis últimos ahorros y se va. Me quedo a solas con las moscas.
El humo denso, pegajoso y dulzón entra en mis pulmones. Mientras, el sol dibuja rectángulos en las paredes. El salón se va llenando de humo y jazz. Louis Armstrong, hace sonar su trompeta, Ella Fitzgerald, pone la voz. Hachís y jazz. La mezcla me lleva a dobles dimensiones y universos alterados. Paz, sosiego y espirales de humo… Tendría que escribir. Llevo semanas sin hacerlo. Debería ponerme a ello. Agarrar lo que llevo dentro y sacarlo fuera, plasmarlo. Decir que estoy harto, que no puedo más, que me hundo y no sé hacia dónde tirar. Cortázar decía: Siempre hay que mirar hacia adelante. Yo prefiero mirar hacia dentro. En lo más profundo de mí es donde están las palabras. Las mías. Me pongo frente al teclado y escribo:
Logroño. 17 de julio del 1999. Hoy cumplo treinta y cinco años. No hay felicitaciones. No las necesito. Yo tampoco acostumbro a felicitar a nadie. Estoy sentado frente a la lavadora. Observo cómo el tambor da vueltas a toda velocidad en el programa de centrifugado. No tengo otra cosa mejor que hacer que contemplar la carcasa de poliuretano transparente. Un cíclope de pupila veloz con el que mantengo una lucha de miradas…
Hace demasiado calor. El bochorno se pega al cuerpo como una segunda piel, asfixiándome. Es mejor fumar y dejarse llevar por el razonamiento de la pereza. Louis toca la trompeta, Fitzgerald canta y yo fumo. Cada uno a su tarea. Cada cual con su instrumento. Siento ese letargo especial. El tiempo se detiene dentro de la habitación mientras el mundo exterior sigue con su frenético avance. Entra Nico. Va directamente a tumbarse en el centro del sofá. El gato se estira y deja la cabeza colgando. Tal vez, debería escribir sobre él. Incluso Burroughs escribió un libro sobre gatos. Pero no, prefiero seguir fumando. 

viernes, 25 de marzo de 2016

REEDICIÓN: EL MERODEADOR - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

EL MERODEADOR: Sinopsis.
El merodeador describe una visión: la de un narrador enfrentado en soledad a sus propios fantasmas.

Durante casi una década, huyendo del esplín de la ciudad, viví en viejas casas de pueblo aisladas y me dediqué, entre otras cosas, a escribir una ficción relacionada con mis percepciones y experiencias de ese cambio de entorno y lapso de vida, cuando menos, alienante y confuso. Lo que en principio iba a ser un retiro creativo y una expansión sensorial, se convirtió paulatinamente en una especie de laberinto de tinieblas y cárcel de sombras que, finalmente, me forzó a regresar de nuevo a la ciudad...

Novela fragmentada y en construcción, diario existencial, monólogo interior, libro de ensueños... El merodeador narra el desasosiego bernhardiano de aquellos días y la sensación de vaciamiento y deriva, de extrañamiento, que a partir de entonces se hizo habitual en mí.

Próximamente reedición ampliada en ACVF Editorial


http://www.acvf.es/
http://www.acvf.es/x_autores/autor011_vicentemunozalvarez.htm

domingo, 20 de marzo de 2016

VANG! de JOSÉ G. CORDONIÉ en LUPERCALIA EDICIONES

VANG! - José G. Cordonié
YA EN PRE- VENTA!!  (Por la compra de VANG! regalamos un ejemplar de Diario de un escritor cobarde)

VANG! es una novela negra de intriga creciente que nos adentra en los laberintos oscuros de la mente y en la posibilidad de su manipulación, en la hipnosis regresiva, en la mentira y en el encuentro con una realidad muy distinta a la que sus personajes nunca hubieran podido imaginar. La desaparición de una mujer en extrañas circunstancias da pie a esta vibrante historia de intriga y ciencia-ficción, en la que se desarrolla una trama que se va abriendo en otras tramas hasta conformar un insólito entramado, absorbente y enigmático. 
El blog del autor: http://josegcordonie.blogspot.com.es/


sábado, 12 de marzo de 2016

NIEVE

Después de estar enclaustrado durante días, el jolgorio urbano me produce un sentimiento de zozobra. Vencido el primer impulso de amilanamiento, sigo con el paseo. Llego al parque y elijo un banco apartado. Trato de dar con ese estado de calma que tanto ansío. Busco en los árboles, en los pájaros que saltan de una rama a otra. Nada de esto me ayuda a encontrar lo que busco.
Al rato se acerca un anciano con aspecto de vagabundo. Toma asiento a mi lado. Mira al cielo con preocupación y añade:
-Va a nevar.
Está nublado, por lo demás no sé en qué se basa para hacer su pronóstico. De la mochila saca un cortaúñas y procede a hacer uso de él. Tiene manos de cirujano. Limpias y bien cuidadas. No pegan para nada con su aspecto harapiento.
-Eso que fumas huele de maravilla.
Le paso el canuto. Da una larga calada y mantiene el humo dentro.
-Buena calidad. ¿Puedo acabármelo?
-Todo tuyo.
-Me gusta esta ciudad. Acabo de llegar, pero lo poco que he visto me gusta.
-¿De dónde eres?
-De todo el mundo. Ya sabes, el que no tiene donde quedarse va y viene como una peonza.

Su voz suena cercana y amiga. Hay algo en su tono que da prestancia a lo que dice. Hace un relato de sus viajes. Todo un mosaico de ciudades y gentes quedan reflejados en sus palabras. En un momento dado, calla. Sus ojos se entristecen y unas arrugas le cruzan la frente. Habla de una mujer. Dice que le dio todo lo que tenía pero que no fue suficiente. Vuelve a quedarse en silencio, mirando a la nada. Noto que se ha ido lejos; en busca de esa mujer. Termina el porro y se despide. Se aleja encorvado y con paso tranquilo. Andados unos metros, se detiene. Saca algo del bolsillo, lo deja en el suelo y lo tapa con unas cuantas hojas. Después sigue por el sendero hasta que sale del parque. Siento curiosidad. Me acerco a ver qué es lo que ha enterrado. Al apartar la hojarasca encuentro un jilguero muerto. En ese momento se levanta una brisa que trae el olor rancio de las aguas del estanque y comienza a nevar. Alzo la vista al cielo para ver el descenso de los copos. Cerca, un grupo de niños corren detrás de una pelota. Sus gritos forman parte del parque, tanto o más que los árboles que hay en él, el propio estanque o los jardines que lo visten.

pepe pereza

domingo, 6 de marzo de 2016

NÚMEROS ROJOS

Desde primera hora de la mañana la ciudad está cubierta por una tupida niebla que humedece todo. Llevamos tres días seguidos así, tanto al amanecer como al ocaso la ciudad queda oculta tras un velo nubes que se arrastran a ras de suelo. No me quejo, personalmente me gusta la niebla. La prefiero mil veces a la lluvia o el viento. Voy de regreso a casa. He estado en el banco para sacar dinero pero tenía la cuenta en números rojos. Aún falta una semana para que termine el mes y ya estoy sin un duro. De la bruma surge una anciana cargada con un bolso. Lo que más me llama la atención es que va descalza de un pie. Noto que está desorientada. Hay algo en ella que me recuerda a mi madre. Quizás sea eso lo que me impulsa a ofrecerle mi ayuda.
-¿Señora, se encuentra bien?
-No ¿Sería usted tan amable de llevarme a casa?
-¿Dónde vive?
-El caso es que no lo recuerdo.
-¿Lleva encima el carnet de identidad?
Se palpa los bolsillos con la mano libre pero no encuentra nada.
-No sé.
-No se preocupe. Dígame cómo se llama.
-Eso tampoco lo recuerdo.
-Señora, no me lo está poniendo fácil.
-No me acuerdo de nada.
-Está bien, tranquilícese. ¿Me deja mirar dentro de su bolso? Tal vez tenga ahí su documentación.
Me lo pasa. Al abrirlo noto cómo la Tierra deja de girar. La gente se detiene en seco, el tráfico también, la niebla, incluso los pájaros que vuelan quedan colgados en el aire como si de una fotografía se tratase. Y es que dentro del bolso no está su documentación, lo que sí hay es una fortuna en billetes. Centenares de ellos.
-Pero, señora ¿dónde va con todo esto?
La anciana tan solo deja escapar un suspiro y añade:
-Estoy tan cansada.
En mi vida había visto tanto dinero junto. Es una visión maravillosa.
-Joven ¿me ayudaría a buscar mi zapato?
-Señora, con toda la guita que lleva aquí se puede comprar una zapatería entera.
-Prefiero los míos por lo cómodos que son.
Sería tan fácil salir corriendo.
-Está bien, la ayudaré a buscar su zapato.
Me coge del brazo y marchamos por el sendero por el que unos minutos antes llegaba. Sigo teniendo su bolso. Ella en ningún momento ha hecho alusión a que se lo devuelva, así que cargo con él.
-Supongo que no se acuerda de dónde lo ha perdido.
-No, hijo, no.
Lo buscamos, pero no hay manera de encontrar el dichoso zapato. Empiezo a cansarme de esta búsqueda sin sentido. Si no fuese un calzonazos ahora estaría en casa contando el dinero. Por mucho que lo intento no dejo de escuchar una voz en mi interior que me grita: Escapa. Lárgate con la pasta. Sin embargo, los músculos de mis piernas hacen caso omiso y se limitan a seguir el ritmo que marca la anciana con su lento caminar. ¿Es porque se parece a mi madre? No puedo creerme que un gesto estúpido me impida salir corriendo.
-Me duelen los pies ¿podemos descansar un rato?
Nos acercamos hasta un banco y nos sentamos en él. Si no me quedo con el dinero me voy a arrepentir. Sé que si no lo hago, tarde o temprano me arrepentiré. Una oportunidad como esta solo se presenta una vez en la vida. Tengo que hacerlo. HAZLO. Echo a correr con el bolso fuertemente aferrado a mi mano. Corro a toda velocidad. Lo más rápido que puedo. Me imagino la cara de la anciana sorprendida por mi inesperada reacción. Noto sus ojos clavados en mi espalda observando cómo me alejo. Puede que ahora me remuerda la conciencia, pero cuando me esté dando la gran vidorra seguro que se me pasa. Es tan fácil correr. Miro al frente. A pesar de la niebla todo parece diáfano y pronosticado. Me aferro a ese sentimiento y sigo corriendo. Entonces lo veo tirado en medio del camino. Es el zapato de la anciana. Sin lugar a dudas es el suyo. Podría pasar de largo, hacer como que no lo he visto, pero algo superior a mí me obliga a detenerme.  Y es que parece que el destino quiere darme la oportunidad de corregir mi acción. ¿Qué hacer? ¿Qué camino tomar?

pepe pereza

viernes, 4 de marzo de 2016

LLUEVE SOBRE MOJADO

Tengo suerte, mi mujer está duchándose y dispongo de la cocina para mí solo. Es lo que necesito: soledad y silencio. Si consigo desayunar antes de que salga del baño quizás logre aplacar este mosqueo monumental con el que me he levantado. El frío y las mañanas lluviosas siempre me ponen de mal humor.
Aparece cuando estoy delante del microondas. Está radiante y llena de energía. Me aborda con un torrente de palabras que soy incapaz de asimilar. Asiento a todo lo que dice con la esperanza de que el microondas termine cuanto antes el ciclo de calentado. Habla y habla sin parar. Sé que pronto se irá a trabajar. Sólo unos minutos más y podré disponer de todo el silencio del mundo. A través del cristal ahumado veo girar la taza que tanto ansío. Por fin suena el timbre de aviso. Saco el café del condenado aparato y bebo. Ajena a mi agobio continúa dándole a la lengua, construyendo frases a destajo. Toda una sobredosis de palabras. Palabras y más palabras que se acumulan en los oídos. El silencio es tan necesario por las mañanas que debería ser obligatorio. Alguien tendría que redactar una ley al respecto. ¿De dónde saca tanta palabrería? ¿Qué ha sucedido en este intervalo de sueño para que tenga tanto que contarme? Es tarde, ya debería haberse ido. Sin embargo alarga su monólogo. Quisiera ordenarle callar. Decirle que cierre la boca de una puta vez. Pero eso empeoraría las cosas. Ruego para que se vaya. La adrenalina está ahí. La noto tensando músculos y tendones. La siento subir por las vertebras. Sigue hablando. Justo en el momento que voy a estallar mira la hora y se escandaliza de lo tarde que es. Deja un beso en el aire, coge el paraguas y sale corriendo. Ahora que se ha ido puedo relajarme y terminar el café junto a la ventana. Llueve a mares. El agua cae con tanta fuerza que parece el diluvio universal. No me gusta la lluvia. Me deprime y, lo que es peor, me pone de mala hostia. Dejo atrás la ventana y conecto el ordenador. Entre toda la música busco algo que me levante el ánimo. Pruebo con distintos tipos de jazz, si bien ninguno termina de encajar. Con pop, rock y blues ni lo intento porque sé que no es el momento. Con flamenco estoy cerca de conseguirlo. Finalmente acierto poniendo algo de swing de los años veinte. El salón se llena con los ritmos de Nueva Orleans y hace más llevadero el influjo de la lluvia. Abro el Facebook y escribo: Odio los días lluviosos. Enciendo un cigarro y aguardo a que alguien se digne a dejar un Me gusta. Pasados unos minutos aparece el esperado simbolito. Lo ha dejado la gorda con gafas que solo cuelga fotos de gatos. Una auténtica petarda que no soporto. La bloqueo para que no vuelva a molestarme. Poco después llega un mensaje de Mónica.
   -¿Qué haces?
¿Qué debo contestar? Que por el solo hecho de estar lloviendo he decidido quedarme en casa en vez de estar buscando trabajo, que en realidad es lo que tendría que estar haciendo. Mejor abreviar.
   - Ya ves, enredando por aquí.
    -Lo digo por si quieres pasarte por casa. Mi marido ha cogido un taxi para ir al aeropuerto y voy a estar sola todo el día.
Antes de que le pueda responder adjunta un vídeo en el que se pueden ver dos conejos copulando. El macho al llegar al orgasmo se desmaya. Un polvo con Mónica siempre merece la pena. Aunque viendo el chaparrón que está cayendo tengo mis reservas. Se lo hago saber.
   -¿Has visto la que está cayendo?  Es el puto diluvio universal.
Como contestación envía un selfie de sus tetas. No las muestra desnudas, pero sí enseña suficiente carne para despertar mi interés.
     -Si quieres catarlas vas a tener que mover tu culo hasta aquí.
La muy zorra sabe que me vuelven loco.
   -Vale. Dame media hora.
            Al salir del portal lo primero que veo es un paraguas rodando por la acera y a su dueña persiguiéndolo. Y es que para empeorar la cosa, a la borrasca hay que sumarle fuertes rachas de viento. Los ingredientes perfectos para un día de perros. La parada de autobús está a un par de manzanas. Corro en esa dirección procurando pasar por debajo de los soportales y marquesinas que encuentro por el camino. A pesar de mis precauciones termino calado hasta los huesos. El viento sopla tan fuerte que no hay donde refugiarse. Llego cuando mi autobús acaba de marcharse. Trato de protegerme de las inclemencias del tiempo bajo la tejavana de la parada mientras espero al siguiente.
            El autobús tarda en llegar. No me extraña, con este tiempo el tráfico es un caos. De hecho, hace unos segundos el viento ha arrancado una rama bastante grande de un árbol y ha caído cerca de la carretera. Por suerte nadie pasaba por debajo en ese instante. Se escucha el silbido de un whatsapp. Todos los que estamos en la parada miramos nuestros Smartphone. El aviso es para mí.
 -Ha pasado más de media hora ¿Dónde coño estás?
En el polo norte, no te jode. Estoy empapado y temblando de frío, esperando un puto autobús que no termina de llegar. Lo que menos me apetece es que me metan prisa. Por un momento me planteo volver a casa y dejar plantada a Mónica. Entonces vuelvo a mirar la foto donde enseña sus tetas. Y como por arte de magia sube el lívido y bajan los humos.
 -Enseguida llego.
 -Ok. No tardes.
El viento sigue haciendo de las suyas. Destrozando paraguas y poniendo en dificultades a la gente. Los que caminan a favor tienen que hacerlo inclinados hacia atrás, por el contrario, a los que les viene de cara lo hacen hacia delante. Buscando el equilibrio y luchando a la contra de una u otra forma. La lluvia, según el empuje del aire, adquiere distintas trayectorias y nunca sabes por dónde viene la siguiente envestida.
Por fin llega el autobús. Va lleno y hay que sacar los codos para hacerse hueco entre los pasajeros. De entre la mezcolanza de rostros hay uno que me resulta familiar. Es una mujer delgada, más o menos de mi edad que está sentada detrás del conductor. No sé de qué la conozco, pero hay algo en ella que me atormenta y remuerde la conciencia. Como en un puzle intento ajustar a esa persona en mi vida. Finalmente consigo que las piezas encajen. Ambos estudiamos juntos en quinto y sexto curso de EGB. Se llama Natividad. No recuerdo sus apellidos. Lo que sí recuerdo es que era una niña muy tímida que se sentaba delante de mi pupitre. Sin duda, este remordimiento que siento es porque no paraba de tomarle el pelo y meterme con ella. Un día tuve la ocurrencia de darle la vuelta a su nombre. En vez de Natividad, decidí llamarle Muerte. El mote cuajó y pronto corrió de boca en boca. Al final todos los alumnos terminamos llamándola así: Muerte. Fue algo que nunca me perdonó. Me acerco a ella.
-Hola ¿Te acuerdas de mí?...
Sin duda se acuerda.
-…Ha pasado mucho tiempo, pero quiero que sepas que lamento mucho todas las trastadas que te hice en el colegio.
-¿Trastadas?
-Bueno, ya sabes.
-Lo que tú llamas trastadas para mí fueron crueles humillaciones.
-No crees que exageras.
-Un día, una niña se acercó a mí. Delante de todos me escupió en la cara alegando que su abuela había muerto. Lo malo es que lo dijo como si yo fuera la culpable, como si yo hubiera tomado la decisión.
-...
-Tengo una hija. El próximo año empezará a ir al colegio. Mi gran temor es que la sienten cerca de un canalla como tú.
Dicho esto, recoge sus cosas, se dirige a la parte trasera del vehículo y aguarda hasta que el autobús se detiene en la siguiente parada. Al abrirse las puertas entra una brisa glacial que me hiere las entrañas. Ella se apea y se aleja calle abajo lidiando con la lluvia y el viento. Me llega otro whatsapp. 
 -Lo siento. Debido al temporal han suspendido el vuelo de mi marido. Tendremos que vernos en otra ocasión.


pepe pereza

sábado, 27 de febrero de 2016

SE RUEGA SILENCIO EN ESCRITORES SUCIOS + ENTREVISTA REALIZADA POR CARLOS SALCEDO ODKLAS

Llego del trabajo agotado mental y físicamente. Estar de plantón durante ocho horas delante de una cinta transportadora es más duro de lo que parece a primera vista. Hay que luchar con el sueño, combatirlo sin descanso. Y hacer frente al aburrimiento mortal. Duelen las piernas por estar tanto tiempo de pie. Sin olvidarnos del ruido constante y ensordecedor, capaz de volverte loco. Te destroza los tímpanos. Se te mete en la cabeza y hace puré el cerebro. De nada sirven los tapones que nos ponemos en los oídos. Luego están esos momentos de desesperación en los que los minutos pasan a ser horas. Quieres rendirte y mandarlo todo a la mierda. Bregar con todo eso es complicado, y cada día que pasa se me hace más cuesta arriba. Aquí en casa, el ruido de las obras pasa a ser una prolongación de los ruidos de la fábrica. En el piso superior están picando el suelo. Con el estruendo da la impresión que en cualquier momento el techo se va a venir abajo. No tengo ánimo para salir a la calle. Me tapono los oídos y me tumbo sobre la cama. A pesar de los tapones sigo escuchando los golpes. Aunque suenan amortiguados son igualmente molestos. Cuando consigo acostumbrarme a la cadencia de un ruido, ya sea un taladro o una lijadora, de pronto cambia su tonalidad y desbarajusta mi concentración. A veces, consigo llegar a esa tierra de nadie que se haya entre el sueño y la vigilia, pero siempre surge un nuevo ruido que me desvela. Es una lucha constante. Yo contra el ruido. Llevo semanas batallando contra él. Desde que empezaron las reformas no he escrito una sola palabra. Cómo voy a escribir si esa gente no para de meter RUIDO. Me estoy volviendo loco. Ruido por aquí, ruido por allá. No puedo escapar de él. Ruido, ruido, ruido y más ruido. Ruido en casa, ruido en el trabajo. Joder, no aguanto más. De pronto, noto que un hilo de agua que me cae encima. En el techo hay varias goteras. Salto de la cama. El suelo está encharcado. Salgo al pasillo. Las filtraciones continúan hasta la cocina. Cae tanta agua que parece que esté lloviendo dentro de la casa. Del panel eléctrico empiezan a saltar chispas. Estoy descalzo y temo electrocutarme. Me calzo y salgo al rellano de la escalera. Consigo llamar la atención de uno de los peones. Le explico lo que pasa. El tipo avisa al capataz y éste se presenta para ver los daños. Las cataratas del Niágara y las de Iguazú juntas, cayendo por techos y paredes. Chispas y descargas eléctricas, pedazos de escayola que se han desprendido, otros que están a punto de hacerlo. El capataz ordena que corten las llaves de paso y al poco deja de manar agua. El destrozo es evidente y le pido responsabilidades. Trata de tranquilizarme y me asegura que su gente se encargará de dejar todo en perfectas condiciones. Lo primero que hace es pedirle a uno de sus electricistas que repare la instalación eléctrica.
A la media hora ya tengo luz. Más adelante, cuando la humedad se haya secado, pintarán las paredes y lucirán el techo con escayola. Por un lado, me siento conforme porque van a tener que adecentar toda la vivienda, cosa que urgía incluso sin la filtración. Pero por otro, me doy cuenta de que las obras, con sus ruidos incluidos, han entrado dentro de mi propia casa. Sin quererlo, le he abierto las puertas al enemigo.

                                                              ……………..

Ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido ruido...

                                                               …………………….

Estoy sentado frente a un bote de amoniaco. Hay un deseo, una fuerza oculta que me incita a beber su contenido. Soy consciente de la seriedad de la decisión. Si lo hago no habrá vuelta atrás. Miro a mi alrededor con la esperanza de encontrar algo por lo que merezca la pena seguir luchando. Todo lo que veo es sucio, deprimente, sombrío, decepcionante… No hay nada a que agarrarme. La única salida me la ofrece este recipiente de plástico. Sé que si no le pongo remedio terminaré haciendo una locura. Me haré daño. Un último resquicio de cordura me obliga a salir de casa y aporrear la puerta de los vecinos. Son los únicos a los que puedo pedir ayuda. Es medianoche. A esta hora él estará trabajando. Hace turno de noche. Pero, Matilde, su mujer seguro que está. Insisto y sigo llamando al timbre. No tengo ni idea de qué le voy a decir cuando me abra. Somos unos completos desconocidos. El único vinculo que tengo con ellos es el de vivir en el mismo edificio. Conozco sus nombres porque los he leído en su buzón. Joder, me cuesta respirar. Tengo que sentarme en las escaleras. No puedo más y me derrumbo. Lloro como un chiquillo. Matilde entorna la puerta. Al verme en estas condiciones sale al rellano. Extiende su mano y la posa en mi hombro. Entiendo que es una caricia. Las raras ocasiones que hemos coincidido en el portal tan solo hemos cruzado un breve saludo. Se puede decir que este es nuestro encuentro más cercano. Me pongo en pie y la abrazo. Noto cómo su cuerpo se tensiona y se pone rígido. Le aprieto los pechos y bajo hasta su entrepierna. En un primer momento parece que me va a rechazar. Después me ofrece sus labios. Los acojo en los míos.
-Espera…
Me coge la mano y me invita a entrar en la casa.
Sobre la cama le como el coño. Tiene exceso de vello púbico y el interior huele a salitre. Sus jugos gotean por mi barbilla y me dejan un sabor a piélago. Sigo perforando con la lengua y me sumerjo en la sopa de saliva y fluidos. Quiero ser absorbido por ella. Adentrarme en su útero e instalarme dentro como un pequeño embrión. Un nacimiento al revés. La involución de un parto. Matilde me coge la cabeza y la aparta suavemente. Del cajón de la mesilla coge un preservativo, lo saca de la funda y me lo coloca.
-Penétrame.
Llevo dos años sin estar dentro de una mujer. La sensación es maravillosa. Enseguida noto que me voy a correr. Quiero aguantar más tiempo y busco imágenes que me ayuden a retrasar el orgasmo: los ruidos de las obras, la polvareda, el inagotable desfile de las latas. Pienso en el amoniaco, en su olor… Eyaculo. Disimulo la sacudida y sigo haciendo uso de pelvis y caderas. Poco a poco, voy perdiendo la erección. Con el deshinchamiento es difícil seguir con la cópula. Cada embestida resulta ineficaz. El miembro se dobla y deja de ser útil. No quiero que Matilde quede insatisfecha. Le introduzco un par de dedos y la masturbo. Al rato noto cómo se estremece. Después permanecemos tumbados el uno al lado del otro. Ninguno dice nada. El mutismo de ambos se prolonga y se vuelve molesto. Pasan los minutos. Me siento cohibido y quiero irme. Busco unas palabras que me sirvan de despedida. Al final es ella la que habla.
- ¿Por qué llorabas?
No sé muy bien qué contestar. Me esfuerzo en buscar una respuesta para ella y, de paso, me aclare a mí lo que ha pasado. ¿Realmente estaba dispuesto a beber el amoniaco? Ahora no lo tengo claro. Sin embargo, algo me impulsó a huir de casa y refugiarme en los brazos de Matilde. Veo que ella sigue esperando una contestación.
Se la doy.
- Tenía miedo.
- ¿De qué?
- Del resto de mi vida.

Extracto de la novela Se Ruega Silencio de Pepe Pereza.
Para comprar la novela por correo o informarte de los puntos de venta físicos sigue este enlace:
Para leer el prólogo de Carlos Salcedo Odklas sigue este enlace:

ENTREVISTA A PEPE PEREZA
Háblanos sobre cómo encaraste la creación de esta novela en comparación con tus anteriores libros de relatos y las principales diferencias que has visto en las técnicas narrativas a emplear para ambos géneros.
Cuando estudiaba interpretación me enseñaron a sacar la verdad del personaje a través de mis propias experiencias, también aprendí algo que es fundamental para mí: Menos es más. Básicamente estos son los ingredientes que tengo en cuenta a la hora de escribir. En cuanto a novela o relato, a parte de la cantidad de palabras que se utilizan en un caso o en el otro no veo ninguna diferencia. Una novela está formada de capítulos y estos no dejan de ser relatos cortos.

¿Es una novela autobiográfica?
Digamos que lo es en un setenta y uno por ciento. Todos los trabajos que hago mención me ha tocado sufrirlos. La casa, el ruido y las obras también fueron reales. Claro que muchas otras son ficción. Por ejemplo: En la novela mi padre está fallecido, sin embargo en la vida real estaba vivo. Desgraciadamente murió cuando el libro estaba en proceso de publicación, por eso está dedicado a él.

¿De dónde vino el empuje y la inspiración para escribirla?
La época que refleja la novela fue de gran importancia para mí. Por aquél entonces había abandonado mi carrera de actor. No tenía trabajo ni dinero. No sabía qué hacer. Sentía que había fracasado y que era demasiado tarde para empezar con otra cosa. No tenía experiencia en nada que no estuviese relacionado con el teatro, no tenía estudios, excepto los de arte dramático, que eran inservibles para conseguir un trabajo. Además, tuve la absurda idea de hacerme escritor, mejor dicho guionista. Me puse a escribir guiones de cine como un loco. Terminé nueve o diez, es decir, el equivalente a nueve o diez novelas. Alguno de ellos los envié a distintas productoras. Aunque fueron rechazados, esos guiones me sirvieron para pulirme como escritor y me dieron confianza para abordar mis primeros relatos. Años más tarde cuando me propuse escribir una novela enseguida tuve claro que en todo aquello había suficiente material para ir escarbando y seleccionando anécdotas.

¿Algún momento duro durante el proceso de creación?
Muchos. Sobre todo a la hora de corregir. En ese proceso siempre termino desquiciado y muchas veces pierdo el norte. Me obceco en revisar todo una y otra vez. Quitando, poniendo, volviendo a quitar… Llega un momento que no sé lo que hago y tengo que pedir ayuda a mi amigo Gsús Bonilla. Dado su enorme talento y generosidad, él siempre ha sido una especie de productor literario para mí. Junto con Vicente Muñoz Álvarez y Ricardo Moreno Mira es uno de los que más me ha ayudado en mi carrera literaria.

Las tecnologías han cambiado el mundo, la gente se ha acostumbrado a entretenimientos más directos y breves y hay un exceso de oferta de muy fácil acceso, teniendo eso en cuenta, ¿Cómo ves el estado de la literatura actualmente? ¿Crees que resistirá el empuje o se irá volviendo cada vez más marginal?
Desde mi punto de vista la literatura es la más marginal de todas las artes, al menos actualmente. Casi nadie lee y los que lo hacen, la gran mayoría, solo leen basura. Por otro lado, la buena literatura siempre ha estado en los márgenes. Cuanto más marginal sea mejor calidad. Solo hay que leer a los citados en la anterior respuesta para comprobarlo. A esos o a David González, Gabi Oca Fidalgo, Carlos Salcedo Odklas, Iván Rojo, Dadá Ruíz, Esteban Gutiérrez Gómez, Batania, Jorge M Molinero, Patxi Irurzun, Felipe Zapico, José G. Codonié, Enrique Cabezón, Alfonso Rabanal, Pablo Cerezal, LM Rabanal, Mario Crespo, José Ángel Barrueco, Velpister, Adriana Bañares, Ana Pérez Cañamares, Inés Matute, Ana Patricia Moya, Olaia Pazos, MJ Romero, Maica Miranda, Isabel García Mellado, Carmen Beltrán, Sonia San Román, Carla Badillo Coronado… solo por citar a un@s poc@s. Leed a esta gente y comparadla con esos autores que están arrasando en el mercado. Hacedlo y seguro que sacáis vuestras propias conclusiones.

¿Cuáles son las cualidades que te gusta ver en los libros de otros escritores?
Lo que le pido a un escritor es lo mismo que le pediría a cualquier artista que se precie de serlo, es decir: estilo propio y que vaya al grano.

Danos algunas recomendaciones dentro de tus lecturas recientes.
Lo último que he leído y que he disfrutado como un cerdo en un lodazal es el nuevo libro de Gabi Oca Fidalgo. “Una novela quinqui”. En los próximos meses la publicará Lupercalia Ediciones. Gabi tiene un estilo único que lo diferencia del resto.

¿Futuros proyectos?
Un libro de relatos que se titulará “El frío siempre llega del norte”. La climatología es la protagonista, marca la pauta y el estado de ánimo de los personajes, además de ser el hilo conductor de todas las historias. En mis anteriores libros de relatos la violencia y las drogas eran parte fundamental de la trama. En este libro lo que pretendo es dejar todo eso de lado y centrarme en lo cotidiano. Sacar partido de cosas tan simples como ir a comprar pan o pasar la tarde con tu chica viendo la televisión. Ese es el reto que me he propuesto para este nuevo proyecto.