domingo, 15 de octubre de 2017

BANDERAS

Que yo recuerde nunca he enarbolado una bandera. No me gustan, ninguna de ellas. Pero si tuviera que elegir una sería ésta: la foto que tomó de la Tierra la Sonda Cassini al pasar junto a Saturno. Un diminuto punto de luz que apenas se distingue en medio del negro infinito. Esa sería mi bandera, una que no ensalce la grandeza de nada, todo lo contrario, que nos recuerde constantemente lo pequeños que somos.

pepe pereza

jueves, 5 de octubre de 2017

"CON CUERPO DE TINTA" UN ESPACIO RADIOFÓNICO CAPITANEADO POR JOSÉ ÁNGEL DE DIOS

(Dibujo de David Sánchez)

Aquí tenéis el primer programa de "Con cuerpo de tinta", un espacio radiofónico de La veu d'Ondara dedicado al cómic y a la literatura.
En este primer programa, entrevistamos al autor de cómic David Sánchez, hablamos de "Se ruega silencio" de Pepe Pereza y analizamos "Rebelión en la granja" de George Orwell.

martes, 22 de agosto de 2017

GUERRACIVILANDIA EN RUINAS - GEORGE SAUNDERS

Por fin, después de dos años de búsqueda he conseguido hacerme con él

lunes, 7 de agosto de 2017

RÉGIMEN (Inédito)

Antes de meterse en la ducha, Mariano retira las capas de film transparente que tiene alrededor de la barriga. Ha pasado la noche durmiendo con el abdomen envuelto en plástico. Quiere librarse de los michelines que le sobran y cree que eso le ayudará a eliminarlos. Evita mirarse al espejo porque odia su imagen. Desde niño ha sido bajito y rechoncho. A sus treinta y cinco años hay que añadir alopecia, miopía y un principio de piorrea. La última capa de celofán está completamente adherida a la piel y al despegarla se lleva algunos pelos con ella.
Una vez duchado, afeitado y vestido, va a la cocina. Llena la cafetera con agua del grifo, le pone un filtro de papel y añade café molido. Mientras espera a que el café se haga, recoge todos los dulces y bollería industrial que hay por las estanterías de los armarios y los mete en una bolsa de basura. Abre la nevera, pero está tan llena que necesitaría cinco bolsas más para vaciarla. Decide dejarla como está, ya se encargará de desalojarla en otro momento. La bolsa con los dulces la deja al lado de la puerta principal para que no se le olvide bajarla al contenedor cuando salga para ir a trabajar. No quiere tentaciones al alcance de la mano. Ya ha pasado por lo mismo varias veces. Se ha puesto a dieta, ha intentado cambiar los hábitos alimenticios y se ha prometido hacer ejercicio físico, pero al cabo de unos pocos días el hambre ha podido con él. Ahora se ha propuesto perder un mínimo de quince kilos y, esta vez, tiene la firme convicción de que lo va a conseguir. En las otras ocasiones estaba condenado de antemano. Sus motivaciones de entonces eran flojas y no estaban respaldadas por una base sólida. Las de ahora son poderosas. Recientemente se ha sentido atraído por una chica que trabaja de camarera. Sabe que perdiendo el peso que le sobra y mejorando su aspecto físico las posibilidades de ligar con ella aumentaran considerablemente. El borboteo del agua indica que el café está listo. Se sirve una taza y hace amago de bebérselo sin azúcar, pero al primer sorbo se arrepiente y le echa una cucharada, en vez de las tres que normalmente suele echar.
En el trabajo le han estado sonando las tripas durante toda la mañana. Está acostumbrado a un desayuno contundente y con un solo café en el cuerpo se siente sin fuerzas. La máquina con la trabaja es peligrosa y ha de estar atento a lo que hace. Meses atrás, en el turno de noche, un operario perdió un brazo en esa misma máquina. No puede permitirse despistes por estar pensando en comida. Mira el reloj, faltan veinte minutos para la pausa del almuerzo. Claro que él prescindirá de ese tentempié. Se ha prohibido comer entre horas. Limitará su alimentación al desayuno, a la comida y a la cena. Y éstas serán a base de ensaladas, verduras y pescado cocido. Fuera carnes y lácteos. De ahora en adelante no volverán a entrar grasas en su cuerpo. Pensar que no va a almorzar le deprime. Necesita animarse y ser positivo. Antes recurría a un pensamiento que siempre le alentaba en los momentos de bajón. Pensaba que, en su día, él fue el espermatozoide más rápido, más listo y más fuerte de entre todos los millones de espermatozoides que pugnaron por fecundar el óvulo de su madre. Él solo contra un ejército de iguales en una carrera en la que todo valía. Su presencia en este mundo estaba respaldada por aquel logro. Hasta que se dio cuenta que ser el campeón de los espermatozoides solo había sido el primer paso, quedaba lo realmente difícil, es decir, todo lo demás. Desde entonces no ha vuelto a apelar a ese pensamiento.
Mientras los demás almuerzan, él se aparta a un rincón de la sala con un libro. No le apetece demasiado leer, pero el libro actúa de barrera, un muro que le separa de la tentación. Los vacíos, ya sean del estómago o de lo que sea, hay que llenarlos con algo, él prueba con un poco de lectura. Más allá, se sienta Matías, el de mantenimiento. Viene de calentar un tupper en el microondas. A Mariano no le hace falta apartar la mirada del libro para saber que en ese tupper hay un guiso de patitas de cordero. Se lo dice el aroma que llega hasta su nariz. Seguro que están deliciosas con su salsita y su gelatina. Llega Benjamín, su colega, y se sienta a su lado.
-¿Qué lees?
Antes de que pueda contestar, Benjamín le quita el libro de las manos y él mismo lee el título: “Manual de seducción. Cien métodos para conquistar a la mujer de tus sueños”
-¿Se puede saber qué es esta mierda?
-Es solo por pasar el rato, ya sabes.
Benjamín le mira con la ceja levantada. Imagina que hay algo más detrás de la lectura de ese libro, pero no quiere presionar a su amigo y deja el tema. De una bolsa saca un bocadillo kilométrico, le quita el papel de aluminio que lo envuelve y le da un mordisco. Es de lomo con pimientos rojos. Debe de estar delicioso. Mariano no puede apartar la mirada de él.
-¿No vas a almorzar? –pregunta Benjamín con la boca llena.
-No, hoy no tengo hambre.
No quiere confesarle que se ha puesto a dieta una vez más, entre otras cosas, para no darle pie a que se burle de él y le recuerde sus anteriores fracasos.
-Pues parece que tus tripas dicen lo contrario.
Estando ahí, los sonidos, los olores y la presencia de alimentos son un estímulo que multiplica por cien el hambre que padece. Se levanta con la excusa de ir al servicio y sale de la sala. Entra en uno de los baños y echa el pestillo. Baja la tapa del retrete y se deja caer encima. Todo ese sacrificio solo por mejorar el aspecto físico. De pronto, el planteamiento le parece ridículo. Claro que si quiere tener una oportunidad con la camarera debe perder los kilos que le sobran. Sin pensarlo vendería su alma a cambio de que las mujeres lo vieran atractivo. Nunca en su vida ha tenido la atención de una fémina. Ni siquiera la tuvo de su madre, una mujer de otra época, estricta en todo y poco dada a mostrar cariño. Se incorpora y echa una mirada por el ventanuco que da al exterior. Llueve, pero no tanto como hace unas horas, cuando venían hacia el trabajo en el autobús de la empresa. Entonces sí que caía agua, tanta que apenas se veía la carretera. Se fija que en el campo de enfrente hay alguien con un chubasquero amarillo. El tipo está en medio de la maleza cogiendo caracoles y metiéndolos en una bolsa de plástico. Mariano imagina una cazuela llena, salteada con panceta, jamón y salsa de tomate. Sus tripas emiten un lamento que se escucha por todos los baños.
Aparta a un lado los restos metálicos y deja la pieza que ha salido del molde en un carro para que más tarde pase el control de calidad. Pone una nueva lámina sobre la base del molde inferior y pisa el pedal que acciona la plancha hidráulica del molde superior. Cuando éste se retira, aparta los restos, deja la pieza en el carro y vuelve a poner una lámina en la base del molde inferior. Por su cabeza no dejan de pasar hamburguesas, chuletas, pizzas, canelones, lasañas, salchichas, albóndigas… todo tipo de guisos, asados y una gran variedad de postres. Por el pasillo se acerca Tomás, uno de los encargados de calidad. Trae un carro con piezas defectuosas. Mala señal. Las piezas van con una rebaba que no debería estar ahí. Tomás le echa la bronca y le pide que esté más atento. Deja el carro junto a la máquina para que Mariano subsane el error y se retira por el mismo pasillo. Tener que lijar las virutas le va a retrasar aún más de lo que ya va. Si quiere llegar al tope mínimo establecido por la empresa tendrá que darse caña. Aunque ya va todo lo deprisa que es capaz.
Dos de la tarde. Termina la jornada laboral. Ha sido un día duro. Mariano desea llegar cuanto antes a casa y saciar su apetito, pero antes tendrá que pasarse por el mercado a comprar verduras, frutas y algo de pescado, lo que acumula en la nevera está fuera de la dieta. A un lado de la carretera está ardiendo un coche. Todos miran por las ventanillas del autobús que les lleva de regreso a la ciudad. Otro accidente provocado por la lluvia. A esas horas el tráfico es intenso en la nacional, para colmo, hay que sumarle los cientos de automóviles que salen y entran del polígono industrial en los cambios de turno. Seguramente el conductor del vehículo accidentado trabaje en una de las fábricas. Es posible que llegase tarde y pisó el acelerador más de lo que debería. No se le ve por ningún lado, solo a la policía acordonando la zona.
-Te imaginas que te quedas atrapado en el coche y te fríes dentro –dice Benjamín, imaginándose él mismo la escena.
A veces, Mariano se pregunta el porqué de su amistad con Benjamín. No tienen nada en común. Ni en hobbies, ni en deportes, ni en política, ni siquiera coinciden en sus gustos por la música o el cine. Quizás esté ahí quid de la cuestión: los polos opuestos se atraen. O puede que solo se deba a que Benjamín está mucho más gordo que él y estando juntos no se siente tan acomplejado.
En el mercado, frente a la pescadería, no ve nada que le guste. Le ha pasado lo mismo cuando intentaba decidirse por unas verduras. Toda una vida ejerciendo de carnívoro engancha y se necesita voluntad y tiempo a la hora de cambiar los hábitos. Finalmente se decide por un triste lenguado.
Ha acabado de comer hace poco, no obstante, siente una especie de vacío en el estómago que no es hambre, pero se le parece bastante. Echa de menos la contundencia de la carne y la espesura de las salsas. No quiere pasarse la tarde pensando en comida. Decide mantenerse ocupado. En cuanto abren la peluquería del barrio baja a que le rapen la cabeza. Como es el único cliente, el peluquero procede a pelarle de inmediato, de hecho, termina de pasar la maquinilla mucho antes de que Mariano pueda acabar de leer unas recetas que vienen en una revista del corazón.
En la calle llueve demasiado para estar dando vueltas. Se acerca a los soportales de la Gran Vía, donde están la mayoría de tiendas de moda. Está tentado de entrar en una y probarse unos vaqueros, pero se echa atrás. En las próximas semanas perderá peso y es mejor esperar hasta entonces. En vez de eso, visita una óptica. Quiere librarse de las gafas de pasta y sustituirlas por unas lentillas graduadas. Sin duda, eso mejorará su aspecto físico. Le pasan a una habitación aparte y allí le hacen varias pruebas con distintas lentes, hasta que finalmente dan con el grado de miopía de cada uno de sus ojos. Las lentillas no estarán listas hasta dentro de un par de días, mientras tendrá que seguir llevando gafas. Sale de la óptica satisfecho consigo mismo. Está dando los pasos adecuados. Dicen que el primer día de dieta es el peor, pero él lo va llevando bien. De pronto, le llega un aroma que despierta su apetito. Un poco más allá, la dueña de la churrería acaba de echar a la sartén la primera remesa de churros. Como una polilla ante la luz, Mariano se queda parado delante del chiringuito. Lo que daría por comerse un par de docenas de churros untados en chocolate caliente. Antes de ceder a la tentación se aleja de allí a toda prisa. Necesita motivarse de nuevo, por eso se dirige al bar donde trabaja la camarera.
Entra chorreando. La camarera le da la bienvenida y le tiende un paño limpio para que se seque por encima. Ese detalle no lo tiene con cualquiera, piensa Mariano. Al fondo, Benjamín echa una partida en la Pinball. Él siempre es el primero en llegar y el último en irse. Puede decirse que pasa más horas en el bar que en su propia casa. Por ahora, son los únicos clientes. Pronto empezarán a llegar los parroquianos habituales. El garito es el típico pub pasado de moda, es decir, un sitio con poca luz, decoración discutible y música decente. Anteriormente lo llevaba Pascual, un antiguo hippie que en los años setenta llegó desde Murcia y se instaló en el barrio de por vida. Hace un par de meses se jubiló y en vez de cerrar, contrató a una camarera de buen ver para continuar con el negocio.
-¿Te pido algo?
-Estoy servido, gracias –dice Benjamín, señalando un botellín de cerveza que reposa sobre la máquina.
Mariano pide un zumo de piña. Otro de los inconvenientes de la dieta es que la cerveza también está descartada del menú. La camarera le pone la bebida y él le devuelve el paño con su mejor sonrisa. Después ocupa la mesa que esta junto al Pinball.
-¿Se puede saber que cojones estás bebiendo? –pregunta Benjamín, extrañado de que su amigo no se haya pedido una cerveza, que es lo que siempre bebe.
La puerta se abre y entran jóvenes. Se acercan a la barra y piden. La camarera no les ofrece ningún paño para que se sequen, un detalle que no se le escapa a Mariano. Benjamín acaba la partida y se sienta junto a su amigo.
-¿Si tú fueras Neo, ya sabes, el prota de Matrix, qué pastilla elegirías?
Mariano está pendiente de los movimientos de la camarera y no presta atención a la pregunta.
-¿La roja o la azul? –insiste Benjamín.
-Me tomaría las dos, a ver qué pasa.
Los chavales cogen su bebida y van a sentarse al fondo. Mariano se levanta y se acerca a la barra. Quiere entablar una conversación con la camarera. Solo se ha dirigido a ella para lo meramente profesional: pedir bebida y pagar bebida. Ahora quiere ir un poco más allá. La aborda con lo primero que se le pasa por la cabeza.
-Esto que está sonando me gusta mucho. ¿Qué grupo es?
La camarera le informa del intérprete y de los discos que ha sacado. Le hace algunas recomendaciones. Incluso, se ofrece a grabarle un cd con sus canciones favoritas. Mariano no puede creerse la suerte que tiene. La vida, a veces, es maravillosa, piensa. Regresa a la mesa con una sonrisa de oreja a oreja. Benjamín, que no es tonto, se queda con la movida.
-Ahora comprendo lo del almuerzo, lo del libro y lo del zumito.
-Vale, me has descubierto.
-¿Te has puesto a dieta por esa tía?
-Sí ¿Qué pasa?
-Pasa que está casada, capullo.
-¿Cómo lo sabes?
-Por que vive en mi calle y la he visto miles de veces con su marido y con su hija.
-¿Tiene una hija?
-De nueve años…
En verano la lluvia dota a las calles de frescor. En invierno, las impregna de una tristeza sólida e indeleble. Mariano está harto del frío y la rutina de los días lluviosos, harto de ser un perdedor, de su vida en general. Nada más llegar a casa, va a la cocina. Del cajón de los cubiertos coge una cuchara. Acerca una silla y toma asiento frente a la nevera. Del interior saca una cazuela. No se molesta en calentar el guiso, come directamente del recipiente. Arrebaña el fondo y luego sigue con el contenido de uno de los tupper. Cuando acaba, alcanza otro. Mientras, la ropa y el calzado gotean en el suelo, dejando pequeños charcos sobre las baldosas.

pepe pereza

jueves, 13 de julio de 2017

QUIZÁS SEA ESO

Ella lleva toda la tarde callada. Señal de que algo la preocupa. Él está absorto con la lectura de un libro. Ignora qué piensa su compañera, no quiere preguntar, prefiere seguir leyendo. Por su lado, ella se come las uñas con el ceño fruncido.
Él acaba el capítulo que está leyendo. Ella sigue con la misma aptitud, solo que ya no le quedan uñas y ahora mordisquea un mechón de pelo.
-¿Te importa si pongo música?
Al escuchar la voz de su compañero parece que hubiera sido tele-transportada de una galaxia lejana y se sorprendiera de estar donde está.
-¿Qué?
-Digo que voy a poner música.
-...
Él le da al Play.
-Pon algo que no sea tan deprimente.
 Sustituye el CD por otro y espera a que suenen los primeros compases para saber si ella aprueba la elección. No dice nada así que vuelve a su asiento. Antes de retomar la lectura, enciende la raba de un porro que había quedado olvidada en el cenicero. Le da unas caladas y le hace una seña para pasárselo. Ella alarga el brazo y lo coge, pero en vez de llevárselo a la boca deja el gesto a medias y permanece con la mano suspendida entre el pecho y su boca.
-¿Dónde has aparcado el coche? -dice.
A él la pregunta le pilla por sorpresa. Tiene que pararse a pensar para ubicar el vehículo en un plano mental de la ciudad. Una vez situado responde a la pregunta. Ella se levanta, coge un cuaderno y anota dicha la dirección en una de las páginas.
-Quiero que todos los días me digas dónde  lo aparcas.
Él no comprende ese repentino interés suyo por saber dónde deja el coche. Además, ella no sabe conducir y el único que lo utiliza es él. Aunque le pica la curiosidad, no pregunta. Desea volver cuanto antes a la lectura y es lo que hace. Ella va hacia el termostato y sube la temperatura. Luego se acerca a la ventana.
-Está nevando –dice con alegría.
Él deja el libro y se acerca a su lado. Efectivamente, está nevando.
-¿Crees que cuajará?
-Es posible.
Se nota que está emocionada. La primera nevada del año siempre es bienvenida. Él siente la tentación de preguntarle por el asunto del coche, pero no quiere estropear el momento y se limita a observar cómo caen los copos.
Durante la cena, aprovecha para retomar el tema del aparcamiento.
-¿Por qué quieres saber dónde dejo el coche?
Antes de que ella pueda contestar escuchan un estrépito de cristales rotos. El ruido procede del salón. Al entrar se encuentran con el cristal de la ventana hecho añicos y con un balón de cuero blanco que está junto al sofá. Él se asoma al ventanal esperando atisbar a los culpables. Dos pisos por debajo hay una campa vacía. Quien quiera que estuviera jugando con el balón ha desaparecido. Lo único que ha quedado sobre el terreno son unas cuantas pisadas en la nieve.
-Mañana a primera hora habrá que avisar a un cristalero.

Le parece escuchar el llanto de un bebé. Con los ojos abiertos constata que todo está en completo silencio. Ha debido ser un mal sueño. Ella duerme a su lado. Nota su respiración y el calor de su cuerpo. Se levanta y sale a tientas del dormitorio. En la cocina bebe agua, en el váter mea y en el salón se enciende un cigarro. Sube la persiana. El frío de la noche entra a través de la ventana sin cristal. No queda ni rastro de la nevada. La lluvia que ha caído después la ha derretido. El cielo es negro, sin estrellas, y en medio brilla la luna llena. Debido al incidente del balonazo sigue sin enterarse de cuál es la razón por la que tiene que dejar anotado dónde aparca el coche. Tendrá que volver a sacar el tema durante el desayuno. Hace tiempo, de camino al trabajo, tenía que pasar por delante de un coche cubierto de polvo que llevaba estacionado en el mismo lugar desde hacía meses. Era un buen coche, de los caros. Siempre se preguntaba por qué lo habían abandonado. Barajó varias hipótesis. Una de ellas, la más verosímil, era que el dueño había fallecido y sus familiares al desconocer el paradero del vehículo no pudieron reclamarlo. Por eso estaba allí, acumulando polvo y suciedad. Le daba pena aquel coche. Quizás vayan por ahí los tiros. Tal vez, ella haya encontrado un coche similar y al verlo ha sentido lo mismo que sintió él. El balón sigue junto al sofá. Le gustaría jugar con él, botarlo contra la pared y darle unas patadas. Sabe que no son horas y que despertaría a los vecinos. Lo que hace es arrojarlo por la ventana y contemplar cómo rebota, hasta que finalmente se detiene en medio del suelo negro. Con el balón ahí, la campa pasa a ser un reflejo del cielo, una fotocopia.
 pepe pereza

martes, 11 de julio de 2017

EL CUADRO

Un adolescente le adelanta y al pasar por su lado le dice:
-Señor, el móvil le está sonando.
David no hace caso y sigue caminando bajo la lluvia. Lo primero que hace al llegar al estudio que tiene alquilado es encender la estufa. Seguidamente deja el abrigo en el perchero y se pone un albornoz lleno de manchas de pintura. Nota el calcetín izquierdo empapado. Examina la suela de la bota. Está desgastada y parte del reborde que la une al cuero está descosido. Es por ahí por donde se cuela el agua. Se descalza y deja las botas y los calcetines al lado de la estufa. Se pone unas zapatillas viejas que también están manchadas con restos de pintura. Aparta la sábana que cubre el caballete y deja al descubierto el cuadro en el que está trabajando. Enciende un cigarro y se sienta en un viejo sillón para contemplar la pintura. Lo que está en el lienzo no termina de convencerle. Hay algo que no funciona. El cuadro mide metro y medio de largo por uno treinta de ancho. Sobre la tela hay dos sombras negras y alargadas que destacan sobre un fondo gris azulado. La nota de color está repartida con una serie de salpicaduras rojas y amarillas distribuidas en el margen izquierdo. Antes de morir, Van Gogh dijo que en el futuro esperaba que la gente se diera cuenta de que sus cuadros valían más que los colores con los que estaban pintados. David se pregunta si su cuadro está por encima del valor de la pintura que lo cubre. El móvil vuelve a sonar. Cuando para, empieza a hacerlo el teléfono fijo. Hace oídos sordos y continúa examinando el lienzo.
No consigue hallar una solución que mejore la pintura. De nada sirve obcecarse cuando la cosa no funciona. De repente, huele a quemado. Uno de los calcetines está echando humo. Lo aparta de la estufa y lo golpea contra el suelo para apagar los rescoldos que consumen las fibras de algodón. Ha quedado un agujero con los bordes chamuscados en la parte del talón. Lo bueno es que está seco. Las botas también y guardan calor en el interior. Se las pone. Es agradable sentir los pies calientes. Decide hacer una pausa para almorzar.
La cafetería de al lado es un sitio que suele frecuentar. Un lugar hogareño donde pasar un rato agradable. Además, los dueños tienen el buen gusto de amenizar el local con jazz. Se acerca a la barra, pide un pincho de tortilla y una cerveza y se acomoda en una de las mesas del fondo. Le gusta sentarse ahí porque tiene una buena panorámica y es el sitio ideal para observar al personal y tomar apuntes del natural en la libreta. Unas mesas más allá está sentada una mujer leyendo un libro. Muestra una media sonrisa que de inmediato capta la atención de David. Traza unas líneas rápidas sobre una servilleta de papel del gesto de la mujer. El boceto no está mal pero se puede mejorar. Saca la libreta y empieza de nuevo. La mujer debe estar leyendo algo divertido porque la sonrisa termina de dibujarse en su cara. Él quiere plasmar en el papel lo que captan sus ojos. En ese momento interviene uno de los camareros.
-Si no va a contestar, le sugiero que desconecte el móvil.
David se disculpa y silencia el aparato. Después de que el camarero se haya ido, retoma el boceto. Se siente inspirado y con mano segura a la hora de trazar. Mientras bosqueja hace conjeturas sobre ella. Está claro que le gusta la lectura y a juzgar por cómo sigue el ritmo de la música con el pie, también el jazz. Puede que sea profesora de literatura o bibliotecaria, quizás escritora. A primera vista se aprecia que es una persona de fuerte personalidad, inteligente, con un gusto acusado por la cultura. Seguro que su conversación es agradable y fluida. En tocante al sexo, sospecha que es apasionada y con ganas de experimentar. Dicen que en este universo todo está conectado. ¿Cuál es la conexión que le une con esa mujer? Le gustaría saberlo. Se la imagina leyendo en un rincón del estudio mientras él trabaja con sus pinturas. Una imagen disfrazada de realidad que le incita a seguir soñando. Pero en ese momento, la mujer cierra el libro, se levanta y sale del local. Él siente la necesidad de seguirla. En vez de eso, se queda en su asiento viéndola a través de la cristalera cómo abre el paraguas y desaparece por uno de los laterales. Se resigna a dejar el boceto inacabado y a pasar página. Un poco más allá un anciano se ha quedado dormido con el periódico abierto en el regazo. En frente de él una taza de café aguarda sobre la mesa, junto a un cruasán mordido. Le gusta la estampa y empieza a dibujarla.
En un momento dado, el anciano se desploma sobre la mesa volcando la taza de café. Uno de los camareros se acerca a ver qué pasa. Enseguida se da cuenta de que algo no va bien.
-Que alguien llame a una ambulancia –grita a los presentes.
Acuesta al anciano en el suelo y trata de reanimarlo haciéndole el boca a boca y presionándole el pecho. Todo el esfuerzo es en balde, el hombre lleva muerto desde hace más de media hora.

Al entrar en el estudio el timbre del teléfono fijo está sonando. Deja el abrigo en el perchero y se pone el albornoz. Se quita las botas, las deja junto a la estufa y se calza las zapatillas. Después se sitúa frente al cuadro. Está claro que algo no funciona. Abre varios botes de pintura. Aplica sobre la tela varios brochazos, dejándose llevar por su instinto. Cambia de pinceles y de colores, añade nuevas texturas… Después de un rato, se sienta en el sillón. Pese a su empeño el cuadro sigue sin funcionar. Está harto y le duele la cabeza. El condenado teléfono no ha parado de sonar desde que ha llegado. Descuelga el auricular. Al otro lado de la línea alguien enciende un cigarro. Se puede escuchar claramente el chasquido del mechero y la aspiración profunda que lleva el humo a los pulmones. David hace lo mismo. Se enciende un cigarro y fuma con el auricular pegado a la oreja. Quién sea que llama siempre sigue la misma pauta: fuma y se mantiene callado. Al principio intentaba que hablase. Le ofrecía conversación para ver si podía averiguar algo de esa persona. Pero el otro nunca se dignó a contestar, así que dejó de intentarlo. A día de hoy, David se limita a fumar con el auricular pegado a la oreja. Una vez terminado el cigarro, cuelga y se concentra en la pintura. El problema con el cuadro, ahora lo ve claro, es que no dice nada, igual que el individuo que llama por teléfono. Lo aparta a un lado y deja sitio en el caballete para un lienzo en blanco.

pepe pereza

jueves, 6 de julio de 2017

VUELA

Me cruzo con una anciana que carga un bolso grande. Lo que llama mí atención es que va descalza de un pie. Noto que está desorientada. Hay algo en ella que me recuerda a mi madre, quizás por eso le ofrezco ayuda.
-¿Señora, se encuentra bien?
-¿Sería usted tan amable de llevarme a casa?
-¿Dónde vive?
-El caso es que no lo recuerdo.
-¿Lleva encima el carnet de identidad?
Se palpa los bolsillos con la mano libre pero no encuentra nada.
-No sé.
-Dígame cómo se llama.
-Eso tampoco lo recuerdo.
-Señora, no me lo está poniendo fácil.
-Es que no puedo acordarme de nada.
-Tranquilícese. ¿Me deja mirar dentro de su bolso? Puede que tenga ahí su documentación.
Me lo pasa. Al abrirlo la Tierra deja de girar. La gente se detiene en seco, el tráfico, incluso los pájaros que vuelan quedan colgados en el aire como si de una fotografía se tratase. Y es que dentro del bolso hay una fortuna en billetes. Centenares de ellos. Fajos enteros.
-Pero, señora ¿dónde va con todo esto?
La anciana no responde, tan solo deja escapar un suspiro y añade:
-Estoy tan cansada.
En mi vida había visto tanto dinero junto. Es una visión maravillosa.
-¿Joven, me ayudaría a buscar mi zapato?
-Señora, con toda la guita que lleva aquí se puede comprar una zapatería entera.
-Prefiero los míos por lo cómodos que son.
Sería tan fácil salir corriendo.
-Está bien, la ayudaré a buscar su zapato.
La anciana me coge del brazo y marchamos por la calle por la que unos minutos antes llegaba. Sigo teniendo su bolso. En ningún momento ha hecho alusión a que se lo devuelva, así que cargo con él.
-Supongo que no se acuerda de dónde lo ha perdido.
-No, hijo, no.
Lo buscamos, pero no hay manera de encontrar el dichoso zapato. Por mucho que lo intento no dejo de escuchar una voz en mi interior que me grita: Escapa. Lárgate con el dinero. Sin embargo, los músculos de mis piernas hacen caso omiso y se limitan a seguir el ritmo que marca la anciana. ¿Es porque se parece a mi madre? No puedo creerme que un gesto tan pueril me impida salir corriendo.
-Joven, me duelen los pies ¿podemos descansar un rato?
Nos acercamos a un banco y nos sentamos en él. Si no me quedo con el dinero me voy a arrepentir. Sé que si no lo hago, tarde o temprano, me arrepentiré. Una oportunidad como esta solo se presenta una vez en la vida. Tengo que hacerlo. HAZLO. Echo a correr con el bolso fuertemente aferrado a mi mano. Corro a toda velocidad. Lo más rápido que puedo. Me imagino la cara de la anciana sorprendida por mi repentina reacción. Noto sus ojos clavados en mi espalda, observando cómo me alejo…
Luis se queda atascado con el relato. Lleva toda la noche escribiendo y ahora que amanece siente el cansancio. Enciende un cigarro y se acerca a la ventana. Empieza otro día lluvioso. Ve pasar a los primeros transeúntes dirigiéndose a sus respectivos trabajos. Ahí van, estresados y agobiados desde el mismo instante que han puesto los pies en el suelo. Es el ritmo que marca el presente. Da una calada al cigarro y echa el humo contra el cristal. Pretende difuminar la imagen que recibe de la calle, filtrarla en volutas grises para que parezca menos real. A estas horas tan tempranas la realidad nunca ha sido de su agrado.
El tubo fluorescente de la cocina falla y no termina de encenderse. Parpadea y crea un efecto estroboscopio que le pone nervioso. Se sube en una silla y toquetea el cebador hasta que consigue que la luz permanezca estática. Solucionado el problema le queda la duda de para qué ha venido a la cocina. No consigue recordarlo, así que regresa al salón. A pesar de llevar toda la noche en vela aún no tiene sueño. Sobre uno de los brazos del sofá reposa un periódico. En uno de los titulares se puede leer: LA POLICÍA ENCUENTRA A UNA MUJER DESORIENTADA CON UNA FORTUNA EN SU BOLSO. Decide hacer otro intento con el relato. Se sienta frente al ordenador y apoya los dedos sobre el teclado. Necesita un final, pero no se le ocurre ninguno. Acaba el cigarro que está fumando y se enciendo otro. Pasan los minutos. Se rinde.
Observa los goterones precipitarse contra los cristales de la ventana del dormitorio. Es reconfortante estar acostado en la cama, bien calentito y sentirse libre de los envites climáticos. Pone la radio y apura el dial en busca de un programa que sea de su gusto, pero a esas horas todo son noticias y malos presagios. Prefiere el repiqueteo de la lluvia y el murmullo del tráfico. Poco a poco, va entrando en un apacible duermevela. Justo cuando está a punto de quedarse dormido, el final que busca para el relato aparece de la nada. No es un final maravilloso, pero servirá. Quiere apuntarlo antes de que se le olvide. Encima de la mesilla tiene un bolígrafo y la libreta de notas, las gafas de cerca las ha olvidado junto al ordenador. De mala gana se incorpora y sale de la cama. Se pone el albornoz y regresa al salón. Una vez allí, duda entre coger las gafas y volver al dormitorio o conectar el ordenador.
Cuando el programa de inicio termina su ciclo, abre el archivo de texto y  escribe:
…Es tan fácil correr. Miro al frente. Todo parece diáfano y pronosticado. Me aferro a ese sentimiento con la misma fuerza con la que sujeto el bolso. Entonces, lo veo tirado en medio del camino. Es el zapato de la anciana. Sin lugar a dudas es el suyo. Podría pasar de largo, hacer que no lo he visto, pero algo superior a mí me obliga a detenerme y a replantearme lo que estoy haciendo. ¿Es porque se parece a mi madre?
Apaga el ordenador. Sobre la mesa hay una nota escrita con letra de mujer que dice: Lo nuestro ha terminado. Déjame volar. La ha leído más de cien veces a lo largo del día. Hay una foto de la mujer que ha escrito la nota sobre una de las estanterías. Coge el retrato y lo saca del marco. Un millar de recuerdos están ligados al rostro de esa mujer. Rompe la foto junto a la nota y arroja los pedazos por la ventana.
-Vuela alto.
El viento y la lluvia juegan con los fragmentos de papel.
Se arropa con el edredón y cierra los ojos. Hasta el dormitorio llegan los ruidos propios del edificio: El ascensor subiendo y bajando, puertas que se abren y se cierran, voces, pasos… El motor del mundo se pone en funcionamiento, crujiendo, rechinando. 

pepe pereza

domingo, 2 de julio de 2017

BAR LA FLORIDA (INÉDITO)

Personalmente no conozco al diablo, pero tengo su número y puedo llamarle cuando quiera, dice Jota con una media sonrisa que deja al descubierto parte de sus dientes corroídos. Él tiene esas salidas. Los que le conocemos sabemos que le gusta vacilar a la gente, chulear un poco. Va con su personalidad y no lo puede evitar. Se ha metido en más de una pelea por no saber tener la boca cerrada y a nadie nos sorprende cuando aparece con un ojo morado o el labio partido. A su lado, Nico. Poeta dadaísta, alcohólico y drogadicto. Con un cociente intelectual de ciento sesenta, sumado a su personalidad amigable es todo un personaje que se hace querer y con quien puedes tener una buena charla, sea de lo que sea. No hay tema del que no tenga conocimiento. Se reclina despreocupado en la barra, atusándose la perilla de chivo, pensando en cosas que solo él sabe. Un poco más allá está Alfonso, también es poeta, además de editor en una pequeña editorial. En los expositores que hay sobre la barra, en vez de tapas, contienen varios de los libros que él edita, junto con algunos fanzines y maquetas de grupos locales. No es alcohólico, pero le falta poco para serlo. Su carácter violento y su disposición a llevar siempre la contraria le acarrean infinidad de problemas. Si hay algo que le sobran son enemigos. Escribe en una libreta, absorto en las palabras que apunta. En la otra punta están Arancha y Quique, una pareja de hippies que no se meten con nadie y van a lo suyo. Normalmente se quedan observando lo que ocurre a su alrededor con una sonrisa colgada en sus caras. Buena gente. Al fondo, Pancho observa las viñetas de cómics que adornan la superficie de la barra. Un millar de ilustraciones dispuestas anárquicamente bajo una gruesa capa de barniz. El noventa y nueve por ciento de las palabras que salen de su boca son mentiras. Al tipo le gusta inventarse historias, aunque ya nadie se cree nada de lo que dice. Además, es un vago que no hace otra cosa que tocarse los cojones y gastarse la paga de desempleo en mi bar. Eso no me molesta, pero me preocupa que cuando se le agote el paro venga pidiendo de prestado. Por eso le animo a que busque trabajo. Pero no, la pereza puede con él y mis consejos le entran por una oreja y le salen por la otra. Ocupando una de las dos mesas que hay en el local está Carolina. Viste siempre de negro. Tiene un carácter reservado y suele mantenerse al margen de los demás. Lee un libro de filosofía con una cerveza al lado. En cierta ocasión entró conmigo a la cocina y allí me hizo una mamada. Desde aquel día actuamos como si la cosa nunca hubiera sucedido y guardamos la distancia entre nosotros. Del baño sale el Culebras, este sí que es un personaje. Se dedica al trapicheo, aunque en mi bar lo tiene prohibido. Aquí, si se mueve algo lo muevo yo. Se acerca y me pide un calimocho. Se lo pongo y cobro en mano. Detrás de mí hay un cartel que dice: Se cobra al servir. Y es algo que llevo a rajatabla. Coge el vaso, pasa por delante de los que están acodados en la barra y ocupa la mesa que está libre. Por lo que sé, le pusieron el apodo porque le gusta rodearse de serpientes. Jota me contó que un día estuvo en su casa y que las paredes del salón estaban ocupadas por grandes acuarios de cristal. En cada recipiente había una o más culebras. La mayoría venenosas. Solo de pensarlo se me ponen los pelos de punta. Acaba una canción y pongo otra. Me gusta alternar estilos, ahora pop, luego jazz, a continuación un poco de flamenco, todo muy tranquilito y relajado, para que la peña no se altere y se pueda hablar sin tener que levantar la voz. Se abre la puerta y entra Julián. Lleva el pelo y los hombros de su abrigo cubiertos de nieve.
-Está cayendo una que te cagas –dice.
Todos, menos él y Alfonso, dejamos lo que estamos haciendo y salimos a la calle. En esta ciudad los inviernos son fríos, pero hacía años que no nevaba, de ahí nuestro entusiasmo. Al principio nos quedamos mirando al cielo nocturno, embelesados con la caída de los copos, hasta que alguien arroja una bola de nieve que impacta en la cabeza de Quique. A partir de ahí es la guerra. Todos contra todos, lanzando proyectiles a diestro y siniestro. Pasado un rato, empiezo a tener las manos heladas y soy el primero en abandonar el juego. He salido en mangas de camisa y la temperatura ronda la mínima. Entro. Alfonso sigue anotando frases en la libreta. Julián aguarda a que ocupe mi puesto y le sirva un cubata generoso en ginebra. Se lo pongo. Es de los pocos que trabaja, de mecánico en un taller, por eso puede permitirse beber cubatas y pillar hachís.
-Pásame veinticinco gramos–me dice.
Deja el paquete de tabaco sobre la barra. Lo cojo y entro en la cocina. Sustituyo los billetes que hay dentro por una piedra de veinticinco gramos. Salgo y le devuelvo el paquete. Es el protocolo habitual. Todos los que están aquí saben de qué va la movida, pero prefiero ser discreto y hacer que ellos también lo sean. Julián acaba la bebida, recoge sus cosas y se despide alegando que mañana tiene que madrugar.
Poco a poco van entrando los que se han quedado fuera jugando con la nieve. Nico me hace una seña para que me acerque.
-Soy poeta por no ser sirlero, todo en política se reduce a dinero –dice improvisando.
-Veo que esta noche estás inspirado.
-Ni la noche ni la inspiración son suficientes, así que añade unas cañas.
Les sirvo las cañas. Nico pone la nota poética a la hora de pedir, Jota es el que paga. Pancho se acerca a Quique y Arancha.
-En una ocasión, estando en los Pirineos, estuve a punto de palmarla por culpa de una tormenta de nieve.
-Pancho, ahora no queremos historias –contesta Arancha.
Siento lástima por Pancho. Nadie tolera sus mentiras. Sospecho que sufre algún tipo de carencia en su personalidad que le hace ser como es. Dejo la barra y entro en la cocina. Hago un porro, pero antes de liarlo añado un poco de coca a la mezcla. Mientras fumo pego el ojo a la mirilla de la puerta de la cocina para controlar que todo va bien. Muchas veces la clientela se comporta como niños en el colegio, a la que falta el maestro se lía la bronca, pero no, todos están a lo suyo sin armar escándalo. Acabo el porro y vuelvo a mi puesto.
De repente, a Alfonso le da una de sus famosas rabietas.
-¡Cago en Dios! –dice levantando la voz.
Tacha lo que acaba de escribir, utilizando el bolígrafo como si estuviera acuchillando a alguien. No conforme con eso, arranca la página, la hace añicos y arroja la libreta al suelo. Le conozco e intuyo que la cosa no va a quedar ahí. Le clavo la mirada para advertirle que no se pase ni un pelo. Sabe por experiencia que tiene que andarse con cuidado. Hace unos meses discutió con su chica, y al capullo no se le ocurre otra cosa que arrancarle de cuajo el piercing que ella llevaba en la nariz. Se armó un escándalo del copón. Y claro, tuve que sacarlo a hostias del bar. Tardé tiempo en volver a dejarle entrar. Nico ha cogido la libreta del suelo y lee lo que hay en su interior. Alfonso intenta quitársela, pero antes de que lo haga se la pasa a Jota, éste se la arroja a Quique, Quique hace lo propio y la lanza hacia Pancho, de Pancho vuela hasta el Culebras. La libreta va de mano en mano mientras que Alfonso trata de recuperarla, blasfemando y corriendo como un loco de un lado a otro. En un momento dado, la libreta llega a mí. Como veo que su dueño está a punto de perder los nervios, pongo fin a la broma y se la devuelvo. Alfonso me lo agradece y con el cuaderno bajo el brazo se dirige hasta la puerta. Antes de salir, se gira y dice:
-¡Qué os jodan a todos!
En respuesta le llegan insultos, abucheos, cortes de manga, peinetas… Sabiendo cómo es, se pasará unos días sin aparecer por aquí. Aunque, apuesto a que terminará regresando.
Al rato, se abre la puerta y, desde fuera, Sara hace una foto del interior del bar. Hecha la instantánea, entra seguida de Antonio, su novio. Son una pareja bastante excéntrica, tanto en la manera de vestir como en la de ser. Él siempre lleva pajarita, es uno de sus rasgos más característicos. Creo que trabaja diseñando muebles de oficina para una gran empresa. Ella es fotógrafa. Tiene un estudio en el centro que hace las veces de sala de exposiciones. Hoy vienen sin Daisy, su mascota. Una oca con muy mal genio que pasean por la ciudad sujeta a una correa especial que lleva atada al cuerpo. Me alegro de que la hayan dejado en casa porque suele cagarse por todos los sitios y emite unos graznidos bastante desagradables. Sara se queda fotografiando las ilustraciones que están expuestas. Cada mes elijo un dibujante de cómic, selecciono varios de sus dibujos, mando hacer copias a color y las pongo en los marcos que cuelgan de las paredes. Antes de que pidan les sirvo dos bourbon en vaso ancho, que es lo que siempre beben.
-Vaya tiempo –dice Antonio sacudiéndose la nieve de encima.
Sara se acerca hasta nosotros y me hace una foto.
-Sara, te tengo dicho que no me gusta que me fotografíen.
Como respuesta vuelve a fotografiarme.
-Me encanta Enki Bilal –dice refiriéndose al dibujante que he elegido para este mes.
-Es de mis preferidos –admito.
-Supongo que sabes que es su mujer quien colorea las viñetas de sus cómics.
Lo sé.
-Él dibuja y ella aporta el color. Me encanta ese concepto. El amor trasciende a la obra artística. Maravilloso –dice Antonio.
Arancha y Quique quieren pillar speed. No tengo, solo me queda coca y hachís, pero les digo que esperen, que enseguida se lo traigo. Hablo con el Culebras. Consigo que me venda un gramo por doce euros. Luego me llevo a Arancha y Quique aparte y se lo paso por quince. De inmediato entran en los baños para probar la mercancía. Poco después salen. Quique sonríe, Arancha levanta el pulgar en señal de aprobación. Todos contentos. Pancho se acerca a Carolina.
-Yo quise estudiar filosofía, pero…
-Tío, no quiero escuchar tus trolas.
En esas entra el Abuelo. No llega a los treinta, pero todo el mundo le llama así. Pasa por delante de Nico y se saludan con indiferencia. Ambos coincidieron en La Legión. El Abuelo se alistó porque le gusta todo lo relacionado con el ejército, mientras que Nico se vio obligado por tradición familiar. Tanto su padre como sus hermanos habían pasado por La Legión y él se vio forzado a presentarse de voluntario. Nunca me ha contado nada, de hecho no le gusta hablar del tema, pero sabiendo cómo es deduzco que fue un suplicio. Un intelectual como él no tiene la preparación física ni mental para someterse al rigor militar, aún menos a la vida castrense de La Legión. A día de hoy sigue pagando las consecuencias. Debido a sus depresiones, de cuando en cuando, le tienen que ingresar durante una temporada en el psiquiátrico. Más de una vez se ha presentado aquí con un grupo de majaras que se trae del hospital. Les he visto cómo se intercambian la medicación entre ellos. <<Ey, te han recetado de las azules. Te cambio una pastilla de las tuyas por tres de las mías>>. Y después se han puesto hasta el culo de cerveza. Una locura, nunca mejor dicho. Sin embargo, al Abuelo le fue de lujo en La Legión. Suele recalcar que estando destinado en Melilla pasó los mejores años de su vida.
-Veo que sigue nevando.
-Sí colega, no veas cómo cae –dice pasándose la mano por el pelo y los hombros.
Saco un botellín de la cámara, le quito la chapa con el abridor y se lo pongo delante. No le pregunto si quiere un vaso porque sé de antemano que no lo quiere, prefiere beber a morro.
-Con este tiempo de mierda pensaba que me iba a encontrar el bar cerrado.
-Ya ves que hay jaleo.
La verdad, para ser un día de diario hay más gente de lo normal, más si tenemos en cuenta la que está cayendo. Sara enfoca el objetivo de su cámara hacia Carolina, ésta levanta la mirada del libro y enseña el dedo corazón. Arancha y Quique se despiden. Al salir, una ráfaga de aire impulsa unos cuantos copos de nieve dentro. Todos sentimos el frío serpenteando entre las piernas. Para entrar en calor me pongo un culín de whisky.
-Cómo nos cuidamos –dice el Abuelo desde su lado de la barra.
Le guiño un ojo y me echo el chupito al gaznate. Lo noto bajar hasta el estómago. La noche es fría y viene bien un lingotazo para mantenerse activo.  Pancho se acerca con el vaso vacío.
-Ponme otro.
Se lo pongo.
-Sé que no me vas a creer, pero anoche vi un ovni -dice.
Efectivamente, no le creo, pero me pica la curiosidad y le sigo la corriente.
-¿Y cómo era? –pregunto.
Hace una detallada descripción del objeto, del entorno y de la situación. El cabrón tiene talento para inventarse historias. Cualquiera que no le conociese pensaría que en verdad vio un platillo volante.
-¿Te has planteado alguna vez escribir relatos o novelas de ficción?
Por supuesto que no. Está claro que un vago como él prefiere la expresión oral a la escrita. De reojo veo que el Culebras ha sacado la navaja. Por un momento temo lo peor, pero no, tan solo está posando para Sara, que le está haciendo una serie de fotografías. Se toma en serio el papel y finge que ataca con el arma al objetivo de la cámara. Para las siguientes fotos, se quita de la cazadora de cuero y deja al descubierto los tatuajes de sus brazos, serpientes en su mayoría. Mientras tanto, Antonio se entretiene resolviendo el crucigrama del periódico.
Imagino que seguirá nevando. Me gustará dar un paseo bajo los copos  cuando salga de aquí. La nieve siempre me arrastra a la niñez. Recuerdo que con su llegada se cerraban las escuelas y se abría la veda de los juegos: plásticos que se usaban a modo de trineo, batallas de bolas, muñecos de nieve… También me viene a la cabeza un profesor de matemáticas, el hombre tenía tanta caspa que al andar dejaba una estela de piel muerta. Estoy cansado. Miro la hora. El tiempo se ha echado encima. Me acerco a la mesa de mezclas y apago el equipo estéreo. Es bien sabido que cuando la música acaba es hora de cerrar.

pepe pereza

sábado, 24 de junio de 2017

EL PUENTE (INÉDITO)

Por ahora dispone de la cocina para él solo. Si consigue desayunar antes de que su mujer salga del baño quizás consiga aplacar el enfado con el que se he levantado. Ella aparece cuando él está metiendo la taza de café en el microondas. Se muestra radiante y llena de energía y le aborda con un torrente de palabras que él es incapaz de asimilar. Asiente a todo lo que le dice con la esperanza de que el microondas termine cuanto antes el ciclo de calentado. Suena el timbre de aviso, saca el café y bebe. Ajena a todo, continúa dándole a la lengua, construyendo frases a destajo. Una sobredosis de palabras. El silencio es tan necesario por las mañanas que tendría que ser obligatorio. Alguien debería aprobar una ley al respecto. ¿De dónde saca tanta palabrería? ¿Qué ha sucedido en ese intervalo de sueño para que tenga tanto que contar? Es tarde, ya tendría que haberse ido trabajar. Sin embargo, alarga su monólogo. Ruega para que se vaya. La paciencia se le acaba, nota cómo el enfado va tensando sus músculos y tendones. En ese momento, la mujer mira la hora y se escandaliza de lo tarde que es. Deja un beso en el aire, coge el paraguas y sale corriendo. A pesar de haberse quedado solo, en su interior permanece un resentimiento que no le deja disfrutar del café. Mira el reloj. Él también tiene que irse a trabajar.
Conduce bajo la lluvia. Cruza la cuidad y llega a las inmediaciones de la cafetería-restaurante que regenta. Da varias vueltas por la zona, pero no encuentra donde aparcar. Un poco más allá alguien ha dejado un turismo ocupando dos plazas. La rabia que siente se alimenta de ese tipo de detalles. Al final tiene que estacionar en un parking de pago. Mira la hora. Hace diez minutos que tendría que haber abierto el negocio.
            Cuando llega, Berta, la cocinera, está guareciéndose de la lluvia en el portal de al lado. Le pasa las llaves para que vaya abriendo. Él va al kiosco a comprar la prensa. Anoche su equipo de fútbol perdió. Les anularon un gol legal y para terminar de pifiarla el árbitro les penalizó con un penalti inexistente. “UN ROBO” es el titular que encabeza la primera página de uno de los periódicos. Entra en el local. Berta ya está enredando en la cocina. Se mete detrás de la barra, deja los diarios a un lado y conecta la cafetera y el lavavajillas. Luego corta unos limones en rodajas y los distribuye en un par de recipientes de cristal. Cuando abre las cámaras frigoríficas ve que están casi vacías. Las camareras del turno de noche no las han rellenado. No es la primera vez que pasa. A esa hora la prioridad son los desayunos, en breve empezaran a llegar clientes deseosos de cafeína, pero si no llena las cámaras inmediatamente, las bebidas no estarán frías a la hora de los almuerzos. La sangre le hierve en las venas. De nada sirve darle vueltas, le toca bajar al sótano y cargar con las cajas de refrescos, cuanto antes lo haga mejor para todos. Justo en ese momento entra uno de los parroquianos habituales.
-Moisés, ponme un café con leche y dos tostadas con mantequilla –dice sentándose en un taburete y cogiendo uno de los diarios deportivos.
Moisés se acerca a la cocina para encargarle las tostadas a Berta, de seguido regresa junto a la cafetera.
-Este año ya os podéis despedir de la Liga –dice el cliente.
No entra al trapo, no tiene tiempo, ha de llenar las cámaras y hacer mil cosas más. Deja la taza de café frente al tipo y se dirige al sótano. Cuando sube con los refrescos ve que han entrado tres mujeres. Deja las cajas detrás de la barra y se dispone a atenderlas.
-Quiero un cortado descafeinado de máquina, con la leche del tiempo –dice una de ellas.
-El mío normal, con la leche muy caliente y en vez de azúcar me pones sacarina.
-Yo quiero un café con leche ¿Tienes leche de soja?
Otra de las cosas que le joden es que ya nadie pide nada sin darle su toque personal. El tipo que está sentado en el taburete insiste con lo del tema deportivo.
-Este año ni Liga, ni Champions, ni ná. Os vais a comer una mierda.
Moisés pone en funcionamiento el molinillo de café para que el ruido se imponga por encima de la voz. Se reconforta pensando que en alguna dimensión paralela su yo paralelo le estará diciendo al cliente paralelo que cierre la boca de una puta vez. Hace tiempo que está de mal humor. No hay un motivo concreto que lo justifique. Hoy en día todo el mundo lo está, la mala uva es una epidemia extendida por los cinco continentes. Cosas del estrés y de la vida moderna, dicen. Sirve los cafés a las mujeres y mete los refrescos en las cámaras.
A los pocos minutos el local se ha llenado. La clientela tiene prisa y todos quieren ser atendidos al momento. Para esas ocasiones Moisés reduce su campo de visión a un solo cliente y centra la atención solo en él, una vez que ha acabado pasa al siguiente. Nunca comete el error de levantar los ojos y echar una mirada general porque se encontraría a todo el mundo gritándole los pedidos a la vez. Cobra la última consumición y atiende a un hombre que no ha parado de llamar su atención.
-¿Qué le pongo?
-Un momento… -dice el hombre, y se gira para preguntar a sus acompañantes.
Cuando un establecimiento está lleno lo que se espera del consumidor es que pida con la misma celeridad con la que espera ser atendido. Odia a esas personas que le hacen perder el tiempo. Pasa del hombre y atiende a un joven que está al lado. Cuando termina pasa a otro, así una y otra vez…
            La hora del desayuno ha pasado. Todos se han ido a trabajar. Solo quedan unos pocos desempleados y jubilados que matan el tiempo leyendo la prensa y rellenando crucigramas. Su turno tiene tres etapas de máximo ajetreo, que son los desayunos, los almuerzos y las comidas. En medio están esos momentos de relativa tranquilidad donde puede permitirse un respiro para hablar con la cocinera. Pero hoy, Berta no tiene ganas de charla, así que se queda en la barra limpiando el polvo que acumulan las botellas de las estanterías. Se le acerca un anciano que estaba sentado al fondo.
-Este año se os jodió la Liga –dice mostrando su dentadura postiza.
Ha escuchado lo mismo más cincuenta veces a lo largo de la mañana, seguro que no es la última. Como el local está casi vacío, aprovecha para bajar al sótano y quitarse al abuelo de encima. Lleva dos días sin salir a correr por unas molestias en la rodilla, y eso influye en su carácter. Está acostumbrado a ejercitarse, cuando no lo hace se siente tenso. Hace unos estiramientos. Entonces, alguien le llama desde arriba. Joder, no le dejan ni un momento tranquilo.
-Ahora subo.
Insisten. Deja lo que está haciendo y acude a ver qué pasa. El tipo que le ha llamado señala hacia la cocina. Al entrar ve a Berta con la cara pálida y la mano izquierda vendada con un paño ensangrentado.
-¿Qué ha pasado?
-Me he cortado.
-¿Es mucho?
Berta afirma con un gesto de cabeza. Lo que le faltaba.
-No te preocupes, ahora mismo pido un taxi y nos vamos a urgencias –dice sacando el móvil del bolsillo.
De camino al hospital Berta sigue sin recuperar el color. Moisés le pide al taxista que se dé prisa. Aunque llueve, en las calles apenas hay tráfico, se puede pisar el acelerador sin poner en riesgo a nadie. De paso llama a Carol y María, las camareras del otro turno, para informarles que tienen que adelantar su horario. Es su venganza por haber dejado las cámaras vacías. Berta hace lo propio con su marido, pero no contesta y le deja un mensaje en el buzón de voz.
La sala de urgencias está a rebosar. Es temporada de gripe y fiebres altas, además de otros muchos padecimientos y malestares. Pasan por ventanilla para dejar constancia de los daños y entregar la tarjeta de la seguridad social. Después les toca esperar. Como no hay asientos libres tienen que hacerlo de píe, apoyados contra una de las paredes. Al parecer la cosa va para largo. Le jode haber tenido que cerrar la cafetería y perder las ganancias de los almuerzos. Espera que pueda estar allí para las comidas. Un poco más allá hay una máquina de cafés.
-¿Te apetece un café?
A Berta no le apetece.
-¿Te importa si te dejo sola un momento?
-No.
Moisés se detiene frente a la máquina de cafés. Mete una moneda en la ranura y selecciona un cortado con mucha azúcar. Es posible que algún día esas máquinas le dejen sin trabajo. Se imagina a un ejército de robots repartidos por bares y cafeterías, programados para satisfacer todas las exigencias del cliente con una sonrisa virtual en la boca. Deja de pensar en ello cuando el café está listo. Recoge el vaso y sale a la intemperie. Hay varios fumadores repartidos a lo largo de la acera, resguardados por la marquesina que bordea el edificio. De vez en cuando, una racha de viento empuja la lluvia y los alcanza de lleno. Unos tapan los cigarros ahuecando la mano, otros se giran para protegerlos con la espalda. Él nunca ha fumado y se siente orgulloso de ello. Prefiere el deporte y la vida sana. Termina el café y regresa a la sala. Berta ha encontrado sitio en un banco que ha quedado libre. Se acerca a ella y se sienta a su lado.
-¿Dónde se habrá metido este hombre? Estoy venga a llamarle y no contesta.
Moisés sabe que es una pregunta retórica así que no se molesta en contestar.
-Le he dejado varios mensajes diciéndole que estoy aquí, así que no creo que tarde en llegar. Lo digo por si quieres irte, a mí no me importa quedarme sola.
Nada le gustaría más que largarse de ahí, pero rechaza la oferta y le dice que se quedará con ella hasta que llegue su marido.
            El marido llega una hora más tarde apestando a alcohol. En esos momentos Berta está siendo atendida en una sala del piso superior. El tipo parece bastante afectado, Moisés no sabe si es debido a la bebida o realmente está preocupado por su mujer. Después de ponerle al corriente hace mención de marcharse.
-Espera un momento, quiero preguntarte algo.
-Tú dirás.
-¿Sabes si Berta se quiere separar de mí?
Moisés no esperaba una pregunta de ese calibre.
-Lo digo porque tú pasas muchas horas con ella y supongo que hablareis de vuestras cosas.
-La verdad es que no me ha dicho nada.
El marido hace una pausa, dudando si seguir con la conversación o callar.
-Ayer, cuando estaba aparcando, la vi por la calle con dos maletas. Me extrañó y la seguí. Fue directa a la estación de autobuses y se puso a la cola para sacar un billete. Pero antes de que le llegase el turno se lo debió pensar mejor, porque salió de allí y regresó a casa. Yo lo hice varias horas más tarde. Tenía miedo de que ella se hubiera ido, pero no, dormía en nuestra cama. Miré en los armarios. Todo estaba en su sitio. Había vaciado las maletas y las había colocado en el estante de arriba, que es donde suelen estar. Me acosté a su lado y pasé la noche en vela, dándole vueltas a la cabeza. Esta mañana cuando nos levantamos, ella se ha comportado como siempre. No ha mencionado ni palabra del asunto y yo no me he  atrevido a sacar la conversación. Es por eso que te lo pregunto a ti.
-Ya te digo que no sé nada.
-Si ella me deja…
Al hombre se le quiebra la voz y los ojos se le llenan de lágrimas.
-Esta mañana he estado en el puente, planteándome seriamente si tirarme al río. Te juro que si no lo he hecho es porque me ha llamado pidiéndome que venga a buscarla.
Moisés no sabe qué decir. Por suerte ve llegar a Berta con la mano vendada y el brazo en un cabestrillo.
-No digas nada de esto –dice el marido secándose las lágrimas con disimulo.
-Tranquilo, tendré la boca cerrada.
Le han tenido que dar doce puntos para cerrar la herida. Estará de baja hasta que la mano se cure y pase por rehabilitación. Mientras tanto tendrá que contratar a alguien que la sustituya. Mira la hora. Por suerte llegará con tiempo suficiente para servir las comidas. Berta dice que se ha dejado varias cosas en la cafetería y tiene que volver a cogerlas, así que suben juntos a un taxi.
            El la circunvalación un camión ha volcado a causa de la lluvia. La policía ha cortado el tráfico. El taxista coge el desvío que va por la ribera del Ebro. Al cruzar el puente, el marido de Berta se queda mirando hacia un sitio en concreto. Moisés intuye que es ahí donde pensaba arrojarse al río.
            Llegan a la cafetería. Carol y María ya se han hecho cargo de todo y el negocio está en pleno funcionamiento. Berta, antes de recoger sus cosas, da instrucciones a Carol sobre cómo debe acabar los guisos que ella había empezado. Luego regresa al taxi donde aguarda su marido. Moisés ha tomado posesión de la barra, pero antes de atender a la clientela coge una carpeta donde guarda los currículos que le han ido dejando varias aspirantes a cocineras y camareras. Hace varias llamadas para concertar unas entrevistas. Después marca el número de su mujer, quiere disculparse por haber estado tan arisco durante los últimos días. No contesta. No importa, ya hablarán cuando llegue a casa. De pronto surge la pregunta de qué pasaría si ella le dejase. ¿Se plantearía él tirarse al río? Trata de imaginar lo terrible de arrojarse a las aguas, hundirse en las profundidades mientras los pulmones estallan y se exhala en último aliento en medio del frío y la oscuridad. Se le acerca un cliente.
-Mi más sentido pésame…
Es como si hubiera estado pensando en alto y esa fuera la respuesta a sus pensamientos, pero no.
-Estabais muertos en la Copa del Rey, también en Champions y ahora lo estáis en la Liga. Una lástima, otro año con las vitrinas vacías -dice el tipo con recochineo.

pepe pereza