miércoles, 25 de mayo de 2016

LA VERDADERA HISTORIA DE MONTSERRAT C. - LUIS MIGUEL RABANAL

Reunida su amplia obra poética, Luis Miguel Rabanal regresa a la narrativa con la presente colección de relatos en los que lo erótico se erige como hilo conductor de once historias de sexo desmedido, con perdón, pero acaso no tan inverosímiles como podría parecer.
Autor de estilo a la vez pulcro y boscoso, en la cumbre de su capacidad fabuladora y dueño de una libertad expresiva propia de maestros, Rabanal da en La verdadera historia… otra vuelta de tuerca a su trayectoria como virtuoso del lenguaje, esta vez de la mano de un erotismo aquí glosado con todo lujo de pormenores, numeroso y esperpéntico, desatado y carpetovetónico… Un compendio de variaciones sobre el mismo viejo tema, en el que no falta ningún doloroso gozo, ninguna tampoco de las hirientes y deliciosas ternuras que siempre se han procurado los amantes más intensos, que son también los más espléndidos
En los relatos aquí reunidos, el lector hallará ecos de la verbosidad y el atrevimiento joyceano, pero también resabios de nuestra mejor tradición erótica-literaria, de La Celestina de Rojas, a los «cachondeos» de Cela, una tradición a la que Luis Miguel Rabanal ya se suma en calidad de grande de nuestras letras.

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Luis Miguel Rabanal nació en Riello, León, en 1957. Es autor de la novela Elogio del proxeneta (2009) y del libro de relatos Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza (2010), así como de una amplia obra poética que incluye, entre otros, los títulos Obdulia azul (1980), O podríamos amarnos sin que nadie se entere (Premio Leonor, 1989), Cáncer de invierno (Premio Provincia, 1998), Fantasía del cuerpo postrado (2010) o Mortajas, editado por EOLAS en 2009. El conjunto de su poesía publicada ha sido recogido en el volumen Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977), aparecido en 2015.
Desde 1989 reside en Avilés, Asturias.

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«En cuanto nos inscribimos en el hostal, las tres de mutuo acuerdo, requerimos por favor en recepción un tío de esos. Además sería gratis, como comprobaríamos a la caída de la tarde. Mis hermanas al final no se atrevieron. Caguetas, que son unas caguetas. Así que me tocó a mí sola hacerle los honores, como quien dice, con la de episodios indecentes que habíamos planeado en el autobús entre nosotras […]».

LA TATA CAROLINA

Luego me senté ahí a escribir, imaginando en silencio
sonidos como los del amor después de larga abstinencia.
SEAMUS HEANEY

Dicen que no soy muy mayor todavía pero el próximo 17 de junio mis papis me van a tirar de las orejas once veces (con suavidad, eso sí, porque les partiré si no la cara a hostias). Pero a lo que iba. Resulta que ayer, lunes, chateando a las tantas de la madrugada con mis colegas de 6º C del Corazón de Jesús (sección repetidores), en concreto con Berti y la Vanessa, voy y me ponen al corriente de que el padre de él, todo un señor Abogado del Estado en paro desde hace veintiocho meses, guarda con celo en su portátil un surtido de fotografías eróticas antiguas, valiosas, muy valiosas. Hasta aquí nada extraordinario. Berti descubrió el tomate antes de ayer cuando el autor de sus días olvidó la puerta abierta del despacho y no se detuvo hasta conseguir meter en un lápiz de memoria la colección que ahora, de verdad, no sé por qué, nos empieza a dar que hablar. Nos emplazamos los tres anoche para visionar el contenido más adelante y pasárnoslo estupendo. No proseguiré sin antes presumir de que la franqueza escuece a las familias más que las brasas de un cigarro puro aplastadas en el ojo. ¿Por qué acabo de escribir tamaña tontería? Chi lo sa. A mis padres apenas los conozco. Intentan involucrarme en una serie de artimañas que solo de pensarlo ya me produce una diarrea estival de la leche el mero hecho de esperar a ver cómo será la próxima de estúpida. Con ellos no hay manera. Sin embargo Berti y Vanessa son mi mundo. Precisamente Vanessa me practica las mamadas los jueves y los viernes a la salida del colegio, en el ascensor, detenido el cacharro entre el octavo y el noveno, (a pesar de que haya muy poquito que chupar, ella corrobora que llegará el día, a fuerza de probar y de probar, en que no le cogerá en la boca, tal como admiramos a diario en las películas) y luego, ya en su habitación yo le miro extasiado la teta y media (sí, subrayo lo de teta y media porque tiene una un poquitín crecida y la otra apenas si se nota) y le toco lo de abajo con el dedo y huele bien y sabe rico, a una mezcla deliciosa de churros y margarina con atún. No obstante, cambiando de tema, mis progenitores no tuvieron ninguna ocurrencia mejor que la de ponerme el mismo nombre de mi difunta hermana Adriana el día del bautizo. En masculino, por supuesto. La pobre pequeña se fue derecha al cielo con diecisiete añitos, reiteran hasta la saciedad las paredes de mi casa. También se rumorea por ahí que si no habría sido víctima de una enfermedad de esas que últimamente los telediarios definen como raras. Desde entonces a mis padres se les plasmó en el rostro, y en otros sitios que me callo, una pinta de sonados de lo más característica. Y eso que los vecinos de escalera apostillan, me supongo que para darles más ánimos si cabe, que son un par de profesionales de la salud magníficos (de la dental ella y él de la mental, añado por mi cuenta y riesgo). En lo que atañe a su aspecto físico, me quedaré corto si cotejo lo siguiente, una belleza la de mi madre comparada con la jeta de viejo y alucinado de mi padre. No insisto más porque a mí plin, yo soy de Usera que suele repetir sin gracia la Hermana Luzdivina, mi profe de Sociales, que dicen los mayores tiene un polvo.

(…)


Es un fragmento de
“La verdadera historia de Montserrat C. y otros relatos no menos imposibles”, Eolas Ediciones, Col. Caldera del Dagda, León 2016

martes, 24 de mayo de 2016

MÚSICA DE VENTANAS ROTAS - PRÓLOGOS

Francesco Spinoglio

una pequeña música de ventanas rotas…
Charles Bukowski

Hace unos meses se me ocurrió la idea de reunir a unos cuantos escritores para homenajear con una antología al maestro John Fante, para mí el mejor narrador de, al menos, los últimos dos mil años. Estaréis pensando: Estamos hasta el coño de antologías, ¿por qué otra? Ya lo sé, por eso voy a hacer un pequeño matiz. Bueno, dos pequeños matices. Primero: hay un montón de escritores cojonudos que escriben en lengua castellana y que nadie conoce porque la casta literaria lo ha copado todo con sus vertidos tóxicos. Segundo: he seleccionado cuidadosamente a los pocos autores que participan dejando a un lado las amistades, el colegueo y todos esos estúpidos compromisos que se supone que uno va cosechando en el mundillo literario y que siempre te acabas encontrando en las antologías (Ejemplo: Fulanito tiene que participar porque en su momento me reseñó un libro. Fuera esa mierda). He separado a la persona del escritor, pasándome por el forro de los cojones el caché, los premios literarios que uno haya podido recibir y el trabajo que desempeña en su vida diaria. He recibido casi doscientos relatos en poco más de tres meses, y considero que si un chaval de veintipocos años que no ha publicado un libro en su puta vida y a quien nadie conoce escribe mejor que un profesor de escritura creativa o que un director de alguna revista, merece estar en la antología con toda legitimidad. Ya sé que el orgullo del sabelotodo se resiente, pero es lo que hay. Conmigo no se amaña nada, así de claro, ya que para eso están los premios. He utilizado mi humilde criterio, cuestionable o no, pero os aseguro que hay más rabia y calidad literaria en muchos escritores anónimos que en los paquetes que nos venden en los medios y que encima van de intelectuales. No quiero divagar demasiado y creo que lo mejor es dejaros en compañía de estos dieciocho guerreros de las palabras, quienes harán todo lo posible para llegar hasta lo más hondo de vuestro corazón. Un agradecimiento especial a mi amigo Dan Fante, fallecido hace unos meses, por todo su apoyo y por habernos cedido uno de sus maravillosos poemas. Como me repetía a menudo, lo único que importa en la escritura es seguir escribiendo día tras día; todo lo demás son gilipolleces. Te quiero, Dan, estés donde estés.

Me despido con esta carta que me escribió mi padre cuando, al cumplir veinte años, abandoné mi hogar familiar y me lancé a la aventura por tierras de España. Gracias a mi viejo descubrí a Arturo Bandini, famoso alter ego de John Fante, y traté de seguir sus pasos con menor o mayor fortuna. 

¡Buena suerte, Arturo Bandini!

Buena suerte, ya que es lo mínimo que te mereces como premio por el coraje que has demostrado y que sólo pertenece a los que son “diferentes”; un coraje que te permite por fin vencer al destino rufián y mezquino que siempre ha intentado pararte los pies con una maldad casi diabólica. Un destino que te ha proporcionado un gran talento, hasta abrirte las puertas para alcanzar cualquier sueño en el que ninguna meta te pareciera imposible, para luego desilusionarte diseminando por tu camino de gloria trampas insignificantes que conseguían frustrar todos tus esfuerzos y todas tus tentativas de éxito.

Leí en una novela que no hay nada más triste que un genio que tropieza con la banalidad del destino. Es una verdad suprema, pero ahora suena otra música. ¡Échate para atrás toda la mierda que tienes acumulada y empieza de nuevo! ¡Entra en tu nueva vida con la seguridad del héroe rebelde que alcanzará el éxito! 

Desde hace tiempo supe que un día de estos te irías. Tuve la confirmación de eso en Verona, cuando te llevé a la plaza a jugar y tú te pusiste a perseguir a las palomas. De repente, cansado del juego, te fuiste solo hacia una calle secundaria con el paso firme y seguro del hombre maduro que ha tomado una decisión y que ya no quiere volver atrás. Entonces sólo tenías tres años, pero ya se había encendido una chispa en tu mente que con el tiempo se convertiría en un fuego indomable: el fuego del genio. En aquella ocasión supe que nos dejarías pronto.

Recuerdo también una frase que leí en el Hospital Infantil de Trieste, enmarcada y colgada en la sala de espera. Decía: Vuestros hijos no os pertenecen, aunque viváis juntos. Podéis amarlos, pero no obligarlos a vuestros pensamientos, porque ellos tendrán su propia forma de pensar. Podéis cuidar de sus cuerpos, pero no de sus almas. No queráis que se parezcan a vosotros, sino intentad imitarlos. Vosotros sois los arcos y vuestros hijos las flechas que se dispararán lejos.

Pues así es. La flecha ha sido lanzada muy lejos, y a este pobre arco sólo le queda consolarse con su dolor, un dolor que es bueno vivir, como si fuera un sacrificio en aras de tu felicidad.

Estoy orgulloso de tu decisión y te admiro por algo que yo jamás haría.

Seguramente añoraré las cenas y las conversaciones que mantuve contigo, pero sobre todo añoraré a un amigo, quizá el único verdadero amigo que he tenido en mi vida. Espero que des señales de vida y te mantengas en contacto con tu familia.

¡Buena suerte! En tu porvenir hay sitio para todo, desde ser limpiabotas hasta aspirar al premio Nobel; de todos modos, intenta saborear la felicidad y pasa de lo que digan los demás. Cultiva tu diversidad como un bien preciado, pero acuérdate de que no hay que despreciar la normalidad. En toda película es menester la aparición de actores secundarios.
¡Buena suerte, Arturo Bandini!

Tu Padre

Buena lectura.



José Angel Barrueco

Mapas, círculos, huellas

Tengo miedo, no soporto
que mi propia obra me desnude
John Fante


Algunos círculos literarios se cierran cuando uno menos lo espera. No puedo precisar la fecha exacta en que empecé a leer a John Fante (1909 – 1983). Calculo que sería a mediados de los 90, quizá un poco antes. Recuerdo que supe de su obra gracias a Charles Bukowski, que lo cita en varios de sus libros, y a Ray Loriga, que lo mencionó en algunas entrevistas de la época.

No pude conseguir sus novelas Espera a la primavera, Bandini yPregúntale al polvo (publicadas, entonces, por Paidós Ibérica) en ninguna de las librerías de mi ciudad. Las encargué en un par de establecimientos y nunca me las consiguieron. Pero en la Biblioteca Pública constaban en la sección de préstamo. Yo poseía carnet de usuario y era un lector de raza. Cuando uno no tiene dinero encima y ni siquiera trabaja aún, la biblioteca de su barrio, cualquier biblioteca, se convierte en un venerable templo que necesita visitar a diario.

Me llevé a casa ambas novelas. Hay unos cuantos escritores que te sacuden la cabeza, que te trastornan, que logran cambiar tu percepción del mundo y de la literatura. Escritores como Louis-Ferdinand Céline, Thomas Bernhard, J. G. Ballard, Samuel Beckett, W. G. Sebald o William Burroughs. Escritores como John Fante. Porque John Fante era la hostia, ya sólo en los comienzos de sus libros: Avanzaba dando puntapiés a la espesa capa de nieve. Hombre asqueado a la vista. Se llamaba Svevo Bandini y vivía en aquella misma calle, tres manzanas más abajo. Tenía frío y agujeros en los zapatos. Estas cuatro frases encierran una novela entera. Ya lo son todo.

O en Pregúntale al polvo, que arranca con Arturo Bandini en la cama de una pensión de Bunker Hill, tratando de afrontar su deuda con el dueño. Y resuelve el dilema apagando la luz y echándose a dormir.

Arturo Bandini. En las diatribas cómicas y furiosas que poblaban sus páginas hallé la rabia y el entusiasmo, el llanto y la risa, la piedad y la culpa, la búsqueda de la fe y el tormento del pecado. La prosa de John Fante es como subirse a un tren que no se detiene, y que te muestra tanto los paisajes áridos como los parajes líricos. No conseguí aquellas ediciones e intenté robar los libros de la Biblioteca Pública. Durante días planeé cómo hacerlo. Una de las estrategias incluía sacarlos por una de las ventanas, que daban justo al empedrado de la plaza exterior. Los dejaría al pie de las rejas y saldría corriendo a buscarlos. Luego me acometió la duda: ¿y si me cazan, qué ocurrirá entonces?

Descarté la idea, pero volví a releer ambas novelas, enamorado de sus frases, de su música, de sus personajes, del carisma de su escritor. Unos años después encontré La hermandad de la uva (publicada por Ultramar, que la tituló La cofradía de la uva), en una feria del libro viejo. También me fascinó y la incorporé a mi biblioteca.

Tuve que esperar al año 2001, cuando Anagrama empezó a reeditar las viejas obras y a traducir las que permanecían inéditas: Espera a la primavera, BandiniPregúntale al polvoCamino de Los Ángeles,Sueños de Bunker HillLa hermandad de la uvaUn año pésimoAl Oeste de Roma (que agrupa Mi perro Idiota & La orgía), Llenos de vida y El vino de la juventud. Desde entonces he leído las que no conocía y releído las antiguas, y he tomado frases para algunas de mis historias, y he utilizado a Fante en novelas, en artículos, en reseñas y en relatos.

No puedo precisar la fecha en que empecé a leer a John Fante. Sí puedo precisar la fecha en que el escritor italiano afincado en España, Francesco Spinoglio, se puso en contacto conmigo (porque por entonces ya usaba el correo electrónico y mi cuenta de Hotmail conserva cada una de nuestras conversaciones): el 27 de marzo de 2008. Me escribió, me revela el mail, porque yo había citado en un artículo a Dan Fante (escritor, hijo de John, y del que una editorial anunciaba una traducción que jamás se publicó). Él, añadió, solía contactar a menudo con Dan.

Nuestra admiración por los Fante fue el primer hilo con el que cosimos nuestra amistad. Luego escribí un prólogo para su novela Camino de la gloria. Nos hemos ido viendo desde entonces algunas veces, y nos hemos escrito muchos correos. Entre nosotros habitan el respeto y la fidelidad.

En 2010, Dani Osca y Julio Casanovas, responsables de Sajalín Editores, nos anunciaron que iban a publicar Chump Change, de Dan Fante. Para presentar el libro en España, en concreto en Madrid y en Barcelona, querían traer al autor. Y nos pidieron a Francesco y a mí que oficiáramos de maestros de ceremonias.

La novela se publicó en marzo de 2011, tres años justos desde que Francesco y yo contactáramos. Y la presentación se celebró en Fnac Callao el 9 de marzo de 2011. Conocer a Dan Fante fue un honor. Su prosa conserva la rebeldía de su padre, y también la autenticidad, pero su hijo es más punk, más agresivo, menos tradicional, más postmoderno. Dan apareció con sombrero, anillos, tatuajes y gafas de miope. Admito que su sola presencia era explosiva. Imponía. Al acto acudió poco público.

Y ahora llega el cierre del círculo de este mapa que conecta nuestra amistad con nuestra veneración por los Fante. No sé si fue a propósito o no, y no se lo he preguntado ni se lo preguntaré, pero Francesco me propuso coordinar con él este compendio de textos de homenaje a John Fante un 17 de marzo de 2014. Marzo, otra vez. Parecen huellas de una película fantástica. Pero creo que sólo son rastros del azar, cuando éste se las arregla para que cada pieza de nuestra vida acabe encajando donde corresponda.

De la lectura y selección previa de textos se encargó él. Le estoy muy agradecido por contar conmigo para esta nueva aventura y por liberarme de la responsabilidad de elegir los relatos finalistas. El lector comprobará, como suele suceder en esta clase de ofrendas literarias, que cada cual lo ha hecho a su manera. Algunos citan al escritor. La mayoría no lo hace. Algunos escriben sobre temas similares. Otros casi esconden su influencia entre líneas. Pero todos, es evidente, adoraron a John Fante en algún momento. John Fante, cuyas páginas suelen ser como una explosión de flores amargas.


jueves, 19 de mayo de 2016

OJOS DE SERPIENTE

La luz cegadora del foco sobre los ojos y la anestesia haciendo efecto en la punta de la lengua. Las dos cirujanas que llevarán a cabo la operación hablan entre ellas sin prestarme demasiada atención. Trato de relajarme estirado en el sillón. Sé que la intervención durará un par de horas, como poco. Meses atrás me extrajeron todos los dientes por un problema de piorrea. Ahora me abrirán las encías para injertarme una especie de arenilla que con el tiempo se convertirá en hueso. Cuando eso ocurra habrá una tercera operación en la que me implantaran unos tornillos donde, una vez hayan cicatrizado, podrán ajustar la prótesis definitiva. Hay una bandeja adosada al sillón por un brazo articulado y sobre ella han dispuesto ordenadamente el instrumental quirúrgico que usarán conmigo. Bisturís, ganchos, pequeños taladros, pinzas… Las mujeres toman posiciones y se colocan una a cada lado del sillón donde estoy tumbado. Se enfundan unos guantes de látex y me avisan de que van a empezar.
-¿Estás preparado?
Asiento con la cabeza y cierro los puños con fuerza.
Dos horas y media más tarde salgo de la clínica. El viento empuja la lluvia de un lado a otro, como si fuera incapaz de decidirse hacia dónde dirigirla. A pesar de que aun sigo bajo los efectos de la anestesia, con la punta de la lengua puedo notar los puntos de sutura que están dispuestos a lo largo del arco de las encías superiores. Todavía no siento ninguna dolencia, tan solo un ligero atontamiento, pero me han advertido que según se vaya pasando el efecto de la anestesia el dolor de los cortes y las perforaciones hará acto de presencia. Han añadido que durante los próximos días mi cara estará hinchada y amoratada. En el bolsillo guardo la dentadura postiza. Sin ella me siento desnudo. Recuerdo la primera vez que me miré en el espejo después de quedarme sin dientes. De pronto había envejecido treinta años. Así, sin más, el tipo que tendría que ser pasadas unas décadas estaba frente a mí. Tuve que enfrentarme a mi imagen y concienciarme de que el reflejo que me devolvía el espejo era el mío. Me detengo en una farmacia que pilla de camino. Aguardo hasta que llega mi turno. Al intentar hablar soy incapaz de vocalizar y de mi boca cae un hilo de saliva y sangre que termina aterrizando sobre el cristal del mostrador. Inmediatamente lo limpio con el pañuelo. La farmacéutica se muestra comprensiva y actúa como si no hubiera pasado nada. En la clínica dental me han dado un papel donde han apuntado los medicamentos que tengo que tomar. Se lo entrego a la boticaria. Ella va de un estante a otro recogiendo los productos que están anotados en la lista y los va dejando sobre el mostrador: una caja de antibióticos, otra de analgésicos, un tubo de gel cicatrizante y un cepillo bucal con las cerdas súper blandas para aplicar el gel en las encías. Luego desliza la mercancía por el escáner de la caja registradora, lo mete todo en una bolsa de plástico y me la pasa a cambio del importe del ticket.
En el portal de casa coincido con una pareja que vive en mi misma planta. Casi no les conozco. Se mudaron a este edificio hace unos meses y solo nos hemos visto un par de veces. Son un poco más jóvenes que yo. Ella parece simpática. Él por el contrario se muestra reservado. Tiene ojos de serpiente. Cuando te mira notas que en cualquier momento te puede inocular su veneno. Subimos en el ascensor. Ella comenta algo sobre el tiempo. Los tres estamos calados por la lluvia y bromea al respecto. Me gustaría responderle con una sonrisa, pero dado que estoy sin dientes prefiero pasar. Lo primero que hago al entrar en casa es tomarme la medicación. El dolor es soportable, no obstante, las pastillas tardan una media hora en ser efectivas e intuyo que para entonces voy a necesitar de toda su eficacia. Frente al espejo del baño veo que la hinchazón empieza a manifestarse en los carrillos. Me parezco a Marlon Brando en el Padrino. Trato de imitar sus gestos y pronuncio algunas frases de la película. Nunca se me han dado bien las imitaciones. Desde que he salido de la clínica tengo unas ganas enormes de fumar. Me lo han prohibido tajantemente, claro que desde un principio he sabido que de todas las cosas que no me conviene hacer durante la convalecencia, esta iba a ser la única que me iba a saltar. Lio un porro y fumo. De pronto me siento muy cansado. Anoche no pude dormir pensando en la operación y ahora sufro las consecuencias. Me tumbo en el sofá, me cubro con una manta y dejo que el hachís me lleve más allá del sueño.
Me despierto con el sabor de la sangre en la boca. Se ha hecho de noche y el salón está a oscuras. La lluvia aporrea los cristales de la ventana como si quisiera entrar al abrigo del salón. En el reloj son las ocho y veinte de la tarde. He dormido un montón de horas. Noto la cara con la piel tirante a causa de la hinchazón. Me toco y es como palpar un balón de fútbol. En el espejo del baño veo mi rostro totalmente deformado y amoratado. Me lo advirtieron, pero nunca pensé que la inflamación llegaría a estos extremos. He dejado de parecerme a Marlon Brando en el Padrino y he pasado a ser el hombre elefante. En la cocina me doy cuenta de que no he comido nada desde el desayuno. Abro la nevera y observo los estantes. Ayer fui al supermercado e hice acopio de purés, zumos, batidos, yogures y sopas. Es curioso lo mucho que se limita la oferta alimenticia cuando no tienes dientes para masticar. Preparo un puré de patatas y me lo como haciendo frente a un sinfín de dificultades.
Después de cenar me encuentro mejor. Los analgésicos cumplen con su cometido y el dolor que siento es llevadero. Enciendo la tele y me acomodo en el sofá para dejar pasar las horas.
Tres de la madrugada. Lo bueno de haber pasado la tarde durmiendo es que esas primeras horas de recuperación, que sin duda son las más dolorosas, han discurrido sin que me causen molestia. Lo malo, ahora no tengo sueño e intuyo que tendré que pasar el resto de la noche en vela. Estoy harto de tanta televisión. La apago y pongo música. Desde la ventana veo que sigue lloviendo. Lluvia y jazz. Por unos instantes, la mezcla de ambos me lleva a un recóndito lugar de mi cabeza donde las ideas están por llegar y los recuerdos se ordenan sin ninguna lógica. Unos ruidos en la puerta se sacan de mi ensimismamiento. Por la mirilla veo al vecino de al lado, ese que tiene ojos de serpiente. Siendo las horas que son imagino que lo que le trae hasta mi puerta debe ser importante. Puede que venga a quejarse. Quizás el volumen la música no está tan bajo como creía. Nada más abrir, el tipo me echa a un lado y entra en la casa. Va a la cocina, se queda frente al fregadero. Abre el grifo y amaga con beber, pero en la mano no lleva vaso y todo queda en una pantomima. Le pregunto qué coño hace, sin embargo él actúa como si no me oyese. Me fijo en que lleva la camisa mal abotonada y que calza la zapatilla del pie izquierdo en el derecho y viceversa. De pronto se pone a hablar. Su voz es grave como la crisis nacional. Dice algo de un atraco a un almacén de electrodomésticos. Sale de la cocina y enfila el pasillo hasta que llega al dormitorio. Entra, sin ninguna explicación se mete en mi cama y se tapa con el edredón. Su comportamiento es de lo más extraño e intuyo que se debe a algún problema interno. Decido que lo mejor es ir a buscar a su mujer. De primeras cree que vengo a pedir ayuda. No la culpo dado el estado de mi cara. Le cuento lo sucedido y me acompaña hasta mi dormitorio. Al ver a su marido roncando en mi cama se disculpa y me explica que su compañero sufre trastornos del sueño que le llevan a deambular por ahí mientras sigue dormido. Añade que no es aconsejable despertarle ya que podría reaccionar violentamente. Ahora mismo lo que menos me apetece es que alguien se ponga en plan agresivo. Le digo que no tengo pensado dormir por lo tanto su marido se puede quedar ahí toda la noche. Ella desea volver a su cama cuanto antes, se le nota, así que da por buena mi oferta, me agradece el gesto y regresa a su piso. No me hace gracia quedarme a solas con un desconocido, sabiendo además que puede reaccionar violentamente. Pero dadas las circunstancias qué otra cosa puedo hacer. Cierro la puerta del dormitorio y regreso al salón. Lio un porro. Luego conecto el ordenador y en el buscador escribo: Peligros derivados de los trastornos del sueño.
Me despierta la luz matinal. Me he quedado dormido en el sofá y tengo la espalda dolorida. Noto que la cara ha ido a peor y que la inflamación llega a la zona inmediata a los ojos. Casi no puedo abrirlos. Me incorporo y me asomo a la ventana. En la calle un baile de paraguas, una coreografía improvisada donde cada uno ejecuta sus pasos como le viene en gana. De pronto me acuerdo del vecino. El dormitorio está vacío y la cama hecha. Sobre la mesilla hay una nota en la que han escrito: Gracias. Te debo una.

Han pasado dos días. La inflamación de la cara ha bajado un poco. Eso quiere decir que ya he pasado lo peor y que a partir de ahora la hinchazón irá bajando hasta que vuelva a la normalidad. Llaman al timbre. Es el vecino.
-          Tranquilo, esta vez vengo despierto.
Carga con una gran caja de cartón. Es un televisor de cuarenta y ocho pulgadas con pantalla plana de plasma. Dice que es para mí, un detalle por haberle dejado pasar la noche en mi cama. De pronto lo veo claro. Lo que dijo del atraco estando dormido resulta que es cierto. Seguro que la tele forma parte del botín. Le digo que no la quiero, que ya tengo una y no necesito más. No le gusta mi negativa, lo veo en su cara, en sus ojos de serpiente. Cierro la puerta. Por un instante he creído que me iba a agredir, a inocular su veneno. El viento cambia de dirección impulsando la lluvia contra los cristales de la cocina. El ruido que provoca me sobresalta. La tensión del momento hace que me tiemblen las manos y que el corazón vaya a mil.

            Las horas transcurren lentas, se arrastran como caracoles narcotizados. Ya han pasado diez días desde la intervención quirúrgica, aunque a mí me parece que fue hace siglos. En todo este tiempo la inflamación de la cara ha desaparecido y las encías han ido cicatrizando con normalidad. Lo que peor llevo son las comidas. Desde esa primera operación en la que me quitaron los dientes, de eso hace más de medio año, comer se ha convertido en un suplicio. Tener que masticar llevando prótesis es bastante desagradable, yo al menos no consigo acostumbrarme. Aunque estar sin ella es peor. Menos mal que dentro de un par de días me quitaran los puntos de sutura y podré volver a ponerme la dentadura postiza. Tengo ganas de que acabe este encierro. Me asomo a la ventana. Sigue lloviendo. De los vecinos no he vuelto a tener noticias. De vez en cuando les oigo entrar o salir de su casa. Por lo demás, se mantienen al margen de mi vida, cosa que agradezco.
           
Escucho unos ruidos en la casa de los vecinos. Es como si estuvieran moviendo los muebles de sitio. También se oye jaleo en el rellano de las escaleras. A través de la mirilla de la puerta veo que hay dos hombres vestidos con monos azules cargando con un armario. Lo sacan del piso y lo meten en el ascensor. Seguidamente otros dos peones sacan un sofá y aguardan en el descansillo a que el ascensor vuelva a subir. Me asomo a la ventana del salón. Abajo está aparcado un camión de mudanzas. Ajenos a la lluvia los operarios cargan los muebles en el remolque. Parece que los vecinos dejan el edificio. Ya no tendré que volver a lidiar con ellos.
He madrugado para ir a la clínica. En el portal, al pasar por delante del buzón veo que tengo correspondencia. Es un paquetito que no lleva sello ni dirección. Lo abro. Dentro hay una placa de hachís junto a una nota: El favor consiste no en lo que se hace o se da, sino en el ánimo con que se da o se hace.
Salgo de la clínica dental. Me han quitado los puntos y me han ajustado las prótesis. Con la dentadura he recuperado la confianza y me apetece pasear por la ciudad. Por suerte ha dejado de llover. Después de estar enclaustrado durante tantos días el jolgorio urbano me produce un sentimiento de zozobra. Vencido el primer impulso de amilanamiento, sigo con el paseo. Llego al parque, elijo un banco apartado y me siento a disfrutar del aire fresco.
Al rato se acerca un anciano con aspecto de vagabundo. Toma asiento a mi lado. Mira al cielo con preocupación y añade:
-Va a nevar.
Está nublado, por lo demás no sé en qué se basa para hacer su pronóstico. De la mochila saca un cortaúñas y procede a hacer uso de él. Tiene manos de cirujano. Limpias y bien cuidadas. No pegan para nada con su aspecto harapiento.
-Eso que fumas huele de maravilla.
Le paso el canuto. Da una larga calada y mantiene el humo dentro.
-Buena calidad. ¿Puedo acabármelo?
-Todo tuyo.
-Me gusta esta ciudad. Acabo de llegar, pero lo poco que he visto me gusta.
Su voz suena cercana y amiga. Hay algo en su tono que da prestancia a lo que dice. Hace un relato de sus viajes. Todo un mosaico de ciudades y gentes quedan reflejados en sus palabras. En un momento dado, calla. Sus ojos se entristecen y unas arrugas le cruzan la frente. Habla de una mujer. Dice que le dio todo lo que tenía pero que no fue suficiente. Vuelve a quedarse en silencio, mirando a la nada. Noto que se ha ido lejos; en busca de esa mujer. Termina el porro y se despide. Se aleja encorvado y con paso tranquilo. Andados unos metros, se detiene. Saca algo del bolsillo, lo deja en el suelo y lo tapa con unas cuantas hojas. Después sigue por el sendero hasta que sale del parque. Siento curiosidad. Me acerco a ver qué es lo que ha enterrado. Al apartar la hojarasca encuentro un jilguero muerto. En ese momento se levanta una brisa que trae el olor de las aguas del estanque y comienza a nevar. Alzo la vista al cielo para ver el descenso de los copos. Cerca, un grupo de niños corren detrás de una pelota. Sus gritos forman parte del parque, tanto o más que los árboles que hay en él, el propio estanque o los jardines que lo visten.

pepe pereza 

miércoles, 11 de mayo de 2016

UNA NOVELA QUINQUI de GABRIEL OCA FIDALGO en LUPERCALIA EDICIONES

¿El titulo? UNA NOVELA QUINQUI ¿El argumento? El titulo lo expresa: quinquis, droga, los ochenta... la heroína, la madera, la violencia, la música y un taco de etcéteras... El tema gira en torno a dos pirris, dos críos, unos chamacos de quince tacos que se ven envueltos en un movidón que representa una época: el desparrame en crudo que algunos vivimos de cerca y que otros han visto, leído o escuchado en esos programas de tortilla y pandereta: del ochenteame otra vez a la bajilla en duralex del corral de la pacheca. Esta en cambio es una historia verdadera, yo solo trazo la leyenda, la que viven los protas y que poco a poco les supera... En sus páginas te esperan, montados en el buga, la puerta abierta, ¿entras?


viernes, 29 de abril de 2016

EL MERODEADOR de VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ según JULIO CÉSAR ÁLVAREZ

EL MERODEADOR según JULIO CÉSAR ÁLVAREZ
El Merodeador, un clásico underground
Regresa El Merodeador a por lo que le pertenece. Este pequeño librito re-editado por la editorial ACVF (la edición original de Baile del Sol es prácticamente inencontrable) encierra algunos de los relatos más inteligentes, sensitivos y maduros que ha dado la literatura independiente nacional de la mano de Vicente Muñoz. Acercarse a El Merodeador es hacerlo a toda una tradición de la literatura que él conoce tan bien, la de la angustia, el miedo atávico y el dolor de existir. Así su desnudo parece el de todos, sus heridas abiertas parecen las nuestras y la cosa acaba por ser una comunión profunda entre los hombres que, en el fondo, es para lo que sirve la literatura (si es que sirve para algo, que no importa).
Reivindico como receptor y apasionado lector esta colección introspectiva de relatos fantasmales que es El Merodeador. Aquí aparecen fragmentos de Pavese, de su adorado Bernhard, Pessoa o el mismísimo Cervantes, confirmando esa impresión que tuve de adolescente de que la verdadera literatura se parece mucho a la vida, por no decir que es la propia vida. Eso lo sabe a la perfección el bueno de Vicente Muñoz, que ha hecho de la literatura su residencia habitual, su lugar de esparcimiento y sufrimiento (siempre dice que esto de escribir es una carrera de fondo que desgasta mucho las zapatillas), ese espacio extraño donde ver reflejados nuestros propios espectros y la mejor/peor cara de nosotros mismos (que es la que interesa de verdad a las palabras, pues ya se sabe que son ellas las que nos utilizan a nosotros y no al contrario).
El padre del underground leonés se convierte aquí en un autor centroeuropeo que crea un sustrato divergente, una educación sentimental con el futuro y lo eternamente joven y arriesgado, un diálogo igualitario con nuestros temores más escondidos y que solemos esconder bajo capas de autoengaño. Evidenciando (una vez más) que la literatura es un eterno contrato de sangre con el diablo, una enfermedad de difícil cura. Aunque ya se sabe, la eternidad sólo sonríe cómoda ante los valientes. Normal pues que siempre firme con V, V de victoria, claro está.

Julio César Álvarez, del blog Respirar descontento.


lunes, 25 de abril de 2016

EL MERODEADOR - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

Segunda Edición, ampliada y revisada, a la venta en ACVF Editorial

http://www.acvf.es/?p=2276#more-2276

viernes, 15 de abril de 2016

VIAJE AL NORTE


Los limpiaparabrisas van de izquierda a derecha apartando la lluvia a destajo. El manto de agua impide que apenas se distinga la carretera. En el asiento del copiloto está Sofía, mi mujer. Va ensimismada en sus pensamientos con la mirada cargada de reproches. Mira que se lo advertí: Viajar al norte en esta época del año es una locura. No hay nada más que lluvia, frío y más lluvia. Con todo, se le antojó hacer este viaje y aquí estamos, en medio del diluvio universal… De pronto lo oigo. Es una especie de chirrido. De primeras creo que se debe al frote de las gomas de los limpiaparabrisas contra el cristal, pero enseguida me doy cuenta de que el ruido obedece a algo relacionado con el motor.
        -¿Oyes eso?
        -¿El qué?
        -Ese ruido. Chiiii… chiiii… ¿No lo oyes?
        -No.
        -Escucha con atención…
        -Cuidado con el que tienes delante que le vamos a dar.
Piso ligeramente el freno y dejo que el coche que nos precede se aleje unos metros. Me molesta que ella nunca esté de acuerdo contigo en nada.
         -Aunque tú no lo oigas, hay una especie de chirrido.
         -Déjate de tonterías y concéntrate en la carretera.
Otra de las cosas que me jode es que me trate como a un crío.
         -Deberíamos parar.
         -¿Con esta lluvia? ¿Estás loco?
No quiero que nos quedemos tirados por culpa de una avería. Claro que Sofía tiene razón, parar en medio de este aguacero es una locura. Sigo conduciendo rumbo al norte.
Al rato deja de llover. Se abre un claro en el cielo y asoma un sol convaleciente. Una señal anuncia un área de descanso. Tomo el desvío y me dirijo hacia los aparcamientos. Me apeo del coche y abro el capo para echar un vistazo al motor.
        -No sé qué coño estás mirando. No tienes ni puñetera idea de mecánica.
Ella vuelve a tener razón, no sé nada de mecánica, con lo cual no me queda claro si la maquinaría que tengo delante está en su sitio o no. Cierro el capo y me centro en las ruedas. Según rodeo el coche voy golpeando los neumáticos con el pie.
         -¿Se puede saber qué haces?
         -Compruebo la presión.
Sofía se baja del coche y cierra de un portazo. Se aleja unos metros y se queda mirando al frente. Desde el principio supe que este viaje iba a ser un infierno, aun así me dejé convencer. Nos queda mucho por delante, es mejor que intente afrontarlo con optimismo. Me enciendo un cigarro y le ofrezco el paquete para que se sirva ella misma. Rechaza mi oferta y sigue pendiente del horizonte. De repente vuelve al coche y se pone a buscar en el equipaje.
         -¿Dónde está la cámara de fotos?
         -¿No está ahí?
         -No la encuentro ¿Estás seguro de que la guardaste?
         -...
         -Te dije que lo hicieras.
Me lo dijo, pero jamás lo admitiré.
         -Si quieres hacer una foto, utiliza la cámara del móvil.
En cuanto menciono el móvil sé que he metido la pata.
         -Lo haría si tuviera batería.
Anoche se me olvidó ponerlos a cargar.
Ha empezado a llover otra vez. Llevamos un buen rato sin hablarnos, cosa que agradezco porque necesitaba un respiro para poder continuar con esta pesadilla. Lo bueno del asunto es que desde que hemos retomado la marcha no he vuelto a escuchar el chirrido.
         -Tengo hambre.
Lo dice como si yo fuera el culpable.
Es el típico restaurante de carretera. A pesar del mal tiempo está repleto de clientes, en su mayoría camioneros. Los camareros corren de un lado para otro sirviendo menús y tomando nota de las comandas.
Después de esperar un buen rato, nos acomodan en una mesa que acaba de quedar libre. De hecho, las sobras de los anteriores comensales aún están sobre el mantel.
        -No me gusta este sitio. Huele raro. Seguro que alguien se ha dejado la puerta de los baños                    abierta.
Hago oídos sordos. Después de lo que hemos tenido que esperar no estoy dispuesto a levantarme y abandonar el local. En vez de eso, cojo la carta y leo. Aunque la oferta no es muy variada a mí me vale. A Sofía no.
           -No me apetece nada de lo que ofrecen aquí.
En la mesa de al lado un hombre come paella.
           -La paella tiene buena pinta.
No me hace caso, así que dejo las sugerencias.
Por fin se acerca una de las camareras. Su ojo experto enseguida detecta la tensión acumulada. Para tranquilizarnos nos pide disculpas por la tardanza y recalca que en cuanto termine de recoger la mesa nos tomará nota.
Comemos, en silencio. Un silencio sólido, pesado, frío como una cadena perpetua. Me fijo en una pareja de jóvenes que ocupa una mesa junto a la puerta de la cocina. Hablan afectuosamente ajenos al trasiego de los camareros, que entran y salen sin parar. De habernos asignado esa mesa, nosotros, sin duda, hubiésemos protestado. Sin embargo, ellos están contentos y no les importa estar ahí. Supongo que es cuestión de feeling. La mujer que tengo delante, es decir, mi mujer, escarba con el tenedor en el lomo de un lenguado. Se nota que ha perdido el apetito. Me gustaría iniciar una conversación.
           -Me preocupa el chirrido del motor.
           -Quiero volver a casa.
Pese a que la decisión ha sido suya me siento feliz de regresar. Llueve a mares y hace rato que deberíamos haber encontrado el desvío a la autovía, sin embargo continuamos por esta carretera por la que no circula nadie excepto nosotros. A juzgar por el paisaje, que cada vez es más boscoso, sospecho que nos hemos perdido. No digo nada porque tal como están las cosas entre nosotros sé que mi despiste equivaldría a una discusión. Es mejor callar y seguir hacia adelante con la esperanza de encontrar una salida o, al menos, un letrero o señal que me indique dónde estamos. De reojo alcanzo a ver una sombra que salta a la carretera justo por delante del coche. No me da tiempo a reaccionar y escucho un golpe seco que no augura nada bueno. A causa de la frenada Sofía tiene que apoyar las manos en el salpicadero para no golpearse la cabeza contra el cristal delantero.
         -¿Qué pasa?
         -Creo que hemos atropellado algo.
Pongo las luces de posición y salgo del coche para comprobar los daños. Hay una abolladura en la chapa de la carrocería. La peor parte se la ha llevado un perro vagabundo. El pobre animal sigue vivo. Quiere huir y trata de impulsarse con sus patas delanteras, ya que las traseras han quedado inutilizadas por la envestida. No solo su columna ha quedado dañada, su estómago ha reventado y en su intento por alejarse va dejando tras de sí un reguero de sangre y tripas que la lluvia no termina de limpiar. Es una escena triste y lamentable. Me acerco a él. El perro me mira con los ojos vidriosos y desorbitados. Noto en ellos el terror y el dolor que padece. Le cuesta respirar. Hago amago de acariciarle, pero lanza un mordisco al aire que está a punto de alcanzarme la mano.
-                          -Tenemos que llevarlo a un veterinario.
-                        - ¿Te has vuelto loco? ¿Pretendes meterlo en el coche tal como está?
-                         -¿Y qué sugieres que hagamos?
-                          -Lo más sensato sería acabar con su sufrimiento.
Para ella es fácil decirlo porque sabe que no tendrá que ensuciarse las manos. El perro sigue arrastrándose torpemente con las patas delanteras, dejando parte de sus vísceras en el asfalto. Viéndole cómo está reconozco que no merece la pena llevarlo a una clínica veterinaria, dudo que sobreviviese al viaje. Lo mejor es ahorrarle más angustias. Echo un vistazo por la zona intentando encontrar algo contundente para acabar con su vida. A estas alturas estoy calado hasta los huesos y no me importa salir de la carretera y pisar el barro y los charcos que están por la periferia. Cerca de unos árboles que lindan con el bosque encuentro una rama de un metro de larga. Tiene el tamaño y grosor adecuados. El perro se ha ido distanciando del coche en su intento desesperado por escapar. Me sitúo detrás y levanto el palo. Veo mi reflejo en sus ojos. Bajo los brazos con fuerza y le golpeo en la cabeza. La madera está demasiado húmeda y la rama se parte en dos a causa del impacto. El perro se lamenta dolorido.
-                            -Se trata de evitarle sufrimientos, no de causarle más daño.
-                            -Si crees que puedes hacerlo mejor, por qué no te acercas hasta aquí y lo demuestras.
Me enseña el dedo corazón. En momentos como este es a ella a quien me gustaría matar. Salgo de la carretera y me acerco a los árboles. Cerca hay una roca de tamaño medio que está semienterrada en el fango. Si consigo sacarla de ahí podré terminar con toda esta mierda. Tiro con todas mis fuerzas, pero por mucho que lo intento la piedra sigue firmemente afianzada al suelo. Me arrodillo en el barro, clavo los dedos alrededor de la roca y echo mi peso hacia atrás tirando con los brazos. Poco a poco el pedrusco va cediendo. Entonces oigo que el motor se pone en funcionamiento. Seguidamente veo que el coche sale disparado hacia el perro y le pasa por encima. Suelto la piedra y corro hasta el vehículo que ha quedado frenado junto al arcén. Sofía está llorando en el asiento del conductor.
-¿Se puede saber qué coño te pasa?
Quiere decirme algo pero de su boca solo salen balbuceos. Al final logra articular dos palabras:
           -Estoy embarazada.
Al escucharlas me quedo sin respiración. La carrocería está manchada de sangre y en el asfalto ha quedado un amasijo de carne y vísceras que me revuelven el estómago. Necesito escapar, desvincularme de todo esto. Echo a andar y me adentro en el bosque. Avanzo entre los árboles, dirigiéndome allí donde la frondosidad adquiere nombre y significado. Mientras me alejo Sofía grita algo, pero la lluvia me impide escuchar lo que dice.

pepe pereza

ULTRALIGERO - IVÁN ROJO

sábado, 2 de abril de 2016

VINALIA TRIPPERS Nº 14 - NÓMINA DE AUTORES

Narrativa
Pepe Pereza, Joaquín Piqueras, Carlos Salcedo Odklas, Julio César Álvarez, Mario Crespo, Juanjo Ramírez Mascaró, José Ángel Barrueco, Iván Rojo, Miguel Baquero, Alexander Drake, Patxi Irurzun, Rubén Darío Fernández, Maica Bermejo Miranda, Gabriel Oca Fidalgo, Esteban Gutiérrez Gómez, José G.Cordonié, Octavio Gómez Milián, José Manuel Vara, Javier Esteban, Josu Arteaga, Felipe Zapico Alonso, José Naveiras, Cisco Bellabestia, Choche, David Vázquez, Déborah Vukusic, Pablo Cerezal, Xen Rabanal, Vicente Muñoz Álvarez, Diego López, Jesús Palacios, Javier Castellanos.

Poesía
David Benedicte, Silvia D Chica, Marcos Matacana Martín, Ballerina Vargas Tinajero, Ricardo Moreno Mira, Gsús Bonilla, Julia Roig, Georgie García, José Malvís, Eva García Fornet, Iñaki Estévez Muñiz, Jorge M Molinero, Javier Vayá Albert, Felipe J. Piñeiro, Chapu Valdegrama, Roxana Popelka, Carlos de la Cruz, Ana Curra.

Ilustración
Toño Benavides (portada), Miguel Ángel Martín, Salva Rubio, Nuria Palencia, Gonzalo Guitérrez (ARG), Cisco Bellabestia, Pablo Gallo, Andrés Casciani, Diego Blanco, J.Kalvellido, Luis F.Sanz, Mik Baro, Pablo Jeje, Riot Uber Alles, Pedro Espinosa, Kike Morten, Fernando Centrángolo, Santos Perandones, Rodrigo Córdoba.


Próximamente en la Tierra


martes, 29 de marzo de 2016

SE RUEGA SILENCIO - PRIMER CAPÍTULO

Logroño. 17 de julio de 1999. Hoy cumplo treinta y cinco años. No hay felicitaciones. No las necesito. Yo tampoco acostumbro a felicitar a nadie.
Estoy sentado frente a la lavadora. Observo cómo el tambor da vueltas a toda velocidad en el programa de centrifugado. No tengo otra cosa mejor que hacer que contemplar la carcasa de poliuretano transparente. Un cíclope de pupila veloz con el que mantengo una lucha de miradas. La fuerza centrífuga ha hecho de las prendas una masa compacta y multicolor que gira y gira precipitadamente dejando un vórtice en el centro. Pasan los minutos y sigo hipnotizado por el movimiento constante de los círculos concéntricos. Permanezco atento sin nada que me distraiga. Giros y más giros. Ziung-ziung-ziung-ziung… Ahora, el ojo de buey es un agujero negro, mejor aún, un gran remolino en medio del océano. Ziung-ziung-ziung-ziung-ziung… Un ciclón. Un huracán. Ziung-ziung-ziung-ziung… El movimiento va decelerando. Zi-ung… zi-ung… zi-ung… z-i-u-n-g… El programa de lavado ha acabado. Poco a poco el tambor deja de rotar hasta que se detiene. Llaman al timbre. Es el Culebras. Dice que tiene prisa, que no puede quedarse porque debe atender a otros clientes. Le pago con mis últimos ahorros y se va. Me quedo a solas con las moscas.
El humo denso, pegajoso y dulzón entra en mis pulmones. Mientras, el sol dibuja rectángulos en las paredes. El salón se va llenando de humo y jazz. Louis Armstrong, hace sonar su trompeta, Ella Fitzgerald, pone la voz. Hachís y jazz. La mezcla me lleva a dobles dimensiones y universos alterados. Paz, sosiego y espirales de humo… Tendría que escribir. Llevo semanas sin hacerlo. Debería ponerme a ello. Agarrar lo que llevo dentro y sacarlo fuera, plasmarlo. Decir que estoy harto, que no puedo más, que me hundo y no sé hacia dónde tirar. Cortázar decía: Siempre hay que mirar hacia adelante. Yo prefiero mirar hacia dentro. En lo más profundo de mí es donde están las palabras. Las mías. Me pongo frente al teclado y escribo:
Logroño. 17 de julio del 1999. Hoy cumplo treinta y cinco años. No hay felicitaciones. No las necesito. Yo tampoco acostumbro a felicitar a nadie. Estoy sentado frente a la lavadora. Observo cómo el tambor da vueltas a toda velocidad en el programa de centrifugado. No tengo otra cosa mejor que hacer que contemplar la carcasa de poliuretano transparente. Un cíclope de pupila veloz con el que mantengo una lucha de miradas…
Hace demasiado calor. El bochorno se pega al cuerpo como una segunda piel, asfixiándome. Es mejor fumar y dejarse llevar por el razonamiento de la pereza. Louis toca la trompeta, Fitzgerald canta y yo fumo. Cada uno a su tarea. Cada cual con su instrumento. Siento ese letargo especial. El tiempo se detiene dentro de la habitación mientras el mundo exterior sigue con su frenético avance. Entra Nico. Va directamente a tumbarse en el centro del sofá. El gato se estira y deja la cabeza colgando. Tal vez, debería escribir sobre él. Incluso Burroughs escribió un libro sobre gatos. Pero no, prefiero seguir fumando. 

viernes, 25 de marzo de 2016

REEDICIÓN: EL MERODEADOR - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

EL MERODEADOR: Sinopsis.
El merodeador describe una visión: la de un narrador enfrentado en soledad a sus propios fantasmas.

Durante casi una década, huyendo del esplín de la ciudad, viví en viejas casas de pueblo aisladas y me dediqué, entre otras cosas, a escribir una ficción relacionada con mis percepciones y experiencias de ese cambio de entorno y lapso de vida, cuando menos, alienante y confuso. Lo que en principio iba a ser un retiro creativo y una expansión sensorial, se convirtió paulatinamente en una especie de laberinto de tinieblas y cárcel de sombras que, finalmente, me forzó a regresar de nuevo a la ciudad...

Novela fragmentada y en construcción, diario existencial, monólogo interior, libro de ensueños... El merodeador narra el desasosiego bernhardiano de aquellos días y la sensación de vaciamiento y deriva, de extrañamiento, que a partir de entonces se hizo habitual en mí.

Próximamente reedición ampliada en ACVF Editorial


http://www.acvf.es/
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