lunes, 20 de octubre de 2014

VINALIA TRIPPERS - PORTADA DEL Nº 13 "DUELO AL SOL"

Ya estamos llegando, un mes y el nuevo Vinalia está en la calle,
faltan unas correcciones, prueba de imprenta y demás detalles tontos...
para ir calentando motores acá está la portada...
Gracias a todos los que participaron con los textos e ilustraciones!
Aúpa, arriba las pistolas... en breve brindaremos en los bares!!!

ESTAMOS LLEGANDO

PUBLICADO POR MOTORGRAFICO EN

ECONOMÍA DE GUERRA - ANA PÉREZ CAÑAMARES - EDICIONES LUPERCALIA

YA EN PRE-VENTA!!

Ana Pérez Cañamares (1968) nació en Santa Cruz de Tenerife y vive en Madrid. Ha participado en numerosas antologías de relato y poesía. Entre otras: Por favor sea breve; Beatitud. Visiones de la Beat Generation; Resaca/Hank Over. Un homenaje a Charles Bukowski;  23 Pandoras. Poesía alternativa española; La manera de recogerse el pelo. Generación Bloguer y Tiros libres. Relatos de baloncesto. Ha publicado los siguientes libros: La alambrada de mi boca, En días idénticos a nubes, Alfabeto de cicatrices, Entre paréntesis (casi cien haikus) y Las sumas y los restos (V Premio de Poesía Blas de Otero-Villa de Bilbao 2012). Algunos de sus poemas han sido traducidos al griego, portugués, inglés, croata y polaco.

14 x 21 cm.
Nº de páginas: 136
GÉNERO: Poesía
Editorial: LUPERCALIA EDITORIAL
Lengua: ESPAÑOL
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 9788494261671
Año edición: 2014
Plaza de edición: LA ROMANA


lunes, 13 de octubre de 2014

CARTA ABIERTA A LA OPERACIÓN ARAÑA – GABI OCA FIDALGO


No le puedes llamar sinvergüenza a alguien que no tiene vergüenza..... es tan cansino como barrer hojas en medio de una ventisca. No puedes esperar que tenga pudor alguien que carece del mínimo sentido del ridículo. Es absurdo, es tiempo perdido..... hace tiempo que España perdió la poca vergüenza que le quedaba, de su sentido del ridículo podría hacerse un tratado. 
Todo está dicho, no hay nada que rebatir: Estamos en manos de los grandes defensores de la patria, paladines de las buenas formas y el decoro, que son faro de nuestras raíces y abolengo, patriotas de catecismo y opusdei, de tortilla y pandereta, que ponen coto al aborto cual obispo misógino, mientras escuchan sin rubor cómo tildan de puta arrastrada a su patria desde Alemania. 
Esto pinta mal, muy mal. Y conste que me importa tres cojones como tilden a España los teutones, verdes las siegan, en ese aspecto..... y desde hace siglos, verdes al menos después de fundir los ahorros poniendo picas en Flandes, y eso encima para apostar por Torquemada pasando un mazo de Lutero.
Pero qué les vamos a contar, si hace tanto tiempo que España perdió su capacidad de gobernarse que ya ni lo recuerdo...... 
Lo que me enerva, lo que me quita el sueño, por lo que entro a pegar voces en este chiringuito vigilado, es por este GRAN HERMANO que nos van colando por la cara. Quiero decir que me voy a cagar hasta en los muertos del Rey Borbón para que sepan bien de lo que hablo, o de Gallardón, o de Botín, o de la santa Infanta y su consorte, o de ese Golum que tenemos en hacienda y que sigue empeñado en buscar en las arcas su tesoro, en esa hacienda que es de todos…. La lista es tan larga como el memorial de sus delitos. 
Así que sí, voy a cagarme en sus muertos más recientes, y a seguir deseando que los MATEN A TODOS. Porque parece ser que la cuestión está ahí, en lo que quieres o anhelas: que uno ya no puede desear la muerte a nadie, y menos por escrito, ¡y mucho más si el escrito es difundido!, y no porque no se cumpla si lo expresas, como cuando tiras la moneda al pozo y pides el deseo. No no no, ¡es que resulta que ahora es enaltecimiento del terrorismo!, fíjese usted…. Desear la muerte a un payo, algo tan sano, tan cristiano, algo tan español desde siempre, de toda la puta vida, pues sí, desearle la muerte a un cerdo ahora es enaltecimiento del terrorismo. Y si encima lo rimas y la peña te sigue, ¡entonces ni te cuento!
Pero vamos a dejar de bromear, vamos a desear que los maten a todos de verdad. Vamos a recordar que llevo dos días detrás de esto, con la idea en la cabeza, sin tiempo para ponerme a ello, y que al final me he decidido. Mayormente porque sí, sólo por ver si mañana vienen a detenerme a mi, si vienen a juzgarme a mí también.... juzgarme por enaltecimiento del terrorismo, ¡que ya es que sería para troncharse de la risa! A mí, yonqui fino desde crió, hasta que largué la mala vida en una curva para preocuparme sólo por los libros. 
Y es que ahí está el quite, canallas: que aunque no tenga ideología sí que tengo biblioteca. Y así es que puedo decir y asegurar que tenemos un rey rastrero y majara, un regente del que toda persona medianamente ilustrada, y que no se deje adocenar por la telemierda, sospechará seriamente que mató a su hermano para quedarse con el juguete más preciado, y que no fue otro que el trono de España servido en bandeja por un caudillo que le dejaba bien marcado el plan de vuelo. Sólo así se puede entender que jamás se juzgase a los subordinados del generalísimo, a la turba de verdugos que sembraron de cadáveres las cunetas del pueblo; sólo así se puede entender que se nieguen sistemáticamente a esclarecer los hechos, a enterrar decentemente esos restos despojados; sólo así se puede llegar a asimilar que llamaran ejemplar transición a un trasvase de poderes vergonzoso y solapado; sólo así se puede entender que llamen democracia al mantenimiento de un régimen que sólo se lavó la cara en la pila del agua bendita, que se adecentó para mostrar las urnas en el escaparate de Europa mientras las mismas momias milenarias seguían aferradas a sus sillas… y así así, per secula seculorum…
Quiero decir con esto que sé muy bien de lo que hablo, que sé muy bien lo que es el terror y el terrorismo, como cualquier hijo de vecino. Que reconozco el enaltecimiento del terrorismo porque lo llevo viendo toda la vida, porque lo mantienen en el aire como las esporas de un virus. Pero es que de un tiempo a esta parte me lo están metiendo por la boca como un purgante o lavativa. 
Y eso es lo que no voy a permitir, o dejar pasar sin abrir la boca, que es mayormente por lo que al fin me he decidido: no voy a permitir que os escaqueéis, hijos de puta. Vamos a dejar claro que aquí los únicos que promueven el terror sois vosotros, ¡marranos! Vamos a gritar bien alto que ¡terrorismo es lo vuestro, asquerosos! Terrorismo es mantener a una iglesia asesina, una iglesia ladrona, una iglesia cobarde, Terrorismo es dar el dinero de nuestros impuestos a esos pederastas mientras la peña no cubre sus necesidades básicas; terrorismo es tiranizar los medios de comunicación en un país al borde del colapso; terrorismo es llamarnos pueblo soberano durante dos meses y reírse de nosotros durante cuatro años, y eso mientras fundís las arcas del estado como si fuese la bodega de vuestro cortijo; terrorismo es asesinar la mínima esperanza: dejar a la gente sin trabajo, sin vivienda, sin dignidad; terrorismo es exprimir el presente hipotecando el futuro para repartirlo entre los colegas de compadreo; terrorismo es cercenar de cuajo la educación para ponerla en manos del señorito, accesible tan sólo a su poder adquisitivo, condenar a ser un mozo de almacén a la gente sin posibles aunque valga y darle carrete al dueño del cortijo aunque tenga acémilas por hijos.
Y en fin, con punto y aparte para acabar de enumerar, terrorismo y sin perdón, es desmantelar una sanidad que era ejemplo en el mundo para convertirla en una clínica privada del estupro y la desvergüenza, punto cero de vuestros compadreos infames y de vuestra educación jesuita. Y esto por dejar tranquilas a las putas madres que os parieron, que aunque sean unas santas como madres, no dejan de merecer la horca por haber parido a semejante atajo de carroñeros.
Y así podría seguir hasta la nausea... Esa nausea que me da veros en el rastro fugaz entre peli y película, esa vergüenza ajena al contemplar la desfachatez enquistada, el vocabulario polvoriento, los modales, la hipocresía.... Esa nave podrida por la carcoma que es España y que zigzaguea a la deriva mientras el capitán y los marinos se reparten el botín en la sentina.
¡Y vosotros!, ¡vosotros!, ¡perros rastreros!,.. ¿os atrevéis a llamar a un poeta terrorista? 
No.... Terrorismo es lo vuestro, ¡asquerosos! Terrorismo es tangar a la gente y decirla que han vivido por encima de sus posibilidades, ofrecerles el ful y el periful en este mangoneo de gobierno bipartito, una jujana que sólo le rinde al que va caliente, un combate electoral entre cerdos y marranos para darle carne al noticiario. Una dieta reducida para asustar y adocenar con el fin de crear borregos castrados. ¡Qué futuro más cachondo!
Nooooooo..... Terrorismo es no tener un gobierno alternativo al que votar, no encontrar una izquierda que me represente. Y lo peor, lo más grotesco: ver a esos canallas hablando de democracia con la polla atrancada en la boca, llenándose las fauces de lefa, tildando de fascista a todo el que grita. Ellos, que fueron acunados con el cara al sol cantado como nana. Que se hacen fotos con los cachorros de sus juventudes estirando el brazo delante de una esvástica, que celebran el aniversario del golpe con comilonas y bacanales invitando a sus secuaces. En privado o en abierto porque les da igual la partitura: ellos son el pueblo elegido, ellos no hacen enaltecimiento del terrorismo.
Sí, cerdos, sí: terroristas sois vosotros, ¡asquerosos! Desde el come mierda de Felipe Glez al cobarde de Mariano Rajoy, de la guarra que tenemos como infanta a ese transformista que se llama Gallardón y que se ve con el deber de gobernar en todos los coños de españa. 
Hoy, ayer, hace unos días…. entré de paso en el fais para ver que habían detenido a Aitor Cuervo Taboada, un poeta leonés. No sé quién es ni me interesa, no lo conozco, pero metiendo su nombre en guguel medio rápida respuesta. Después me enteré que habían detenido a mogollón de peña en todo el territorio. Ni más ni menos que por gritarles las verdades a la cara.
De rodillas nos tenéis, y no conformes con darnos por el culo, nos echáis el aliento en la nuca. Vosotros sois los terroristas, y los que atentáis contra la mínima dignidad con la que merece vivir el ser humano. ¡Y YO QUIERO MATAROS A TODOS!
Si eso es terrorismo, ya podéis venir a detenerme.



miércoles, 8 de octubre de 2014

TRENES


El tren siempre pasa cuando están diciendo algo interesante en la radio y, joder, me quedo sin escucharlo. No sé cómo coño lo hacen pero siempre eligen el momento más inoportuno para pasar. Malditos trenes. Vivo en un piso de alquiler que está a treinta metros escasos de la vía. La verdad, no es mal sitio para vivir, aunque esté a las afueras. Hay buenas vistas y la renta no es del todo cara. Si no fuera por los jodidos trenes y la escandalera que meten la casa estaría genial. Llevo viviendo aquí casi cinco años y sigo sin acostumbrarme a ellos. Lo peor es por la noche. De madrugada y en pleno silencio es cuando más se les oye. Al principio salía al balcón para verlos pasar. Me gustaba ver a los pasajeros dentro de los vagones. Eran como diapositivas que pasaban a toda velocidad. Imaginaba que yo era uno de los viajeros. Y soñaba con viajar a lugares remotos y desconocidos. Ahora no me gustan los trenes, al menos los que pasan por delante de casa. También he dejado de imaginarme destinos y ciudades lejanas. Es una tontería y una pérdida de tiempo. Prefiero mil veces estar en mi habitación escuchando la radio que en cualquier otro sitio, por muy lejano y desconocido que sea. Escuchar la radio mientras hago flexiones es lo mejor que hay. A mí es lo que más me gusta. Si eliges buenos programas puedes aprender muchas cosas a la vez que te mantienes en forma. El otro día un tipo hablaba de la inexistencia del presente. Aseguraba que el presente tal como lo entendemos los seres humanos no existe. Según sus palabras hay un pasado y un futuro, pero no un presente. Decía que el cerebro humano tarda unas milésimas de segundo en procesar cualquier dato, por lo tanto cuando termina de procesarlo ese dato ya pertenece al pasado. Por ejemplo, alguien te roza la mano. Pues bien, para cuando las neuronas son conscientes de que te han rozado la mano ya es un hecho consumado. Al oírlo me quedé sin aliento. Creo que entendí bien sus palabras porque justo en el momento que lo estaba explicando pasó un tren de mercancías. Uno que debía medir un kilómetro de largo. Tardó un siglo en pasar y cuando lo hizo el conferenciante hacía ya rato que había dejado de hablar. Me jode perderme cosas interesantes por culpa del ruido de los trenes. En cuanto termine la serie de cien abdominales cambiaré de emisora y pondré un programa que habla sobre literatura contemporánea. La gente piensa que por ser un musculitos no me interesa desarrollar el pensamiento. Están muy equivocados. Lo que es bueno para el cuerpo lo es para la mente. Esto también lo aprendí de la radio. La tele es una mierda, pero la radio es otra cosa. De hecho yo no tengo tele, no la necesito. Si me aburro pongo la radio y enseguida encuentro algo que me distrae… noventa y cinco, noventa y seis, noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve y CIEN. Mola terminar una sesión de cien abdominales y notar todos los músculos tensos y doloridos. Es una sensación que me hace sentir poderoso. En la nueva emisora están hablando de la obra del escritor Raymond Carver. No he leído nada de él. Debe de ser muy bueno porque lo consideran, junto con Chejov, el mejor relatista del siglo XX. Apunto alguno de los títulos de sus libros e inicio una tanda de cincuenta flexiones. Escuchar la radio a la par que me ejercito me estimula. El esfuerzo es menor si estoy concentrado en las palabras de los locutores… treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y… Suena el teléfono. Termino la tanda y contesto. Es Martín. Martín siempre llama cuando tiene un asunto entre manos.
-        ¿Qué pasa, Martín?
-        Oye ¿quieres ganarte unas pelas?
-        ¿Haciendo qué?
-        Poca cosa. Solo tienes que acompañarme.
-        ¿Adónde?
-         A recoger un paquete.
-        ¿Qué tipo de paquete?
-        Estás muy preguntón, tío. Haz otra y paso de ti.
-        ¿Cuánto voy a cobrar?
Ha colgado. La verdad es que no me apetece moverme, prefiero seguir aquí con mis ejercicios. He perdido el hilo del programa. Pongo atención y reanudo la sesión de ejercicio con las mancuernas. El locutor habla de la influencia del editor Gordon Lihs en la prosa de Carver, pero justo cuando la charla se pone interesante pasa un tren y durante un par de minutos dejo de oír lo que dice. Cuando el tren se aleja vuelve a sonar el teléfono. Es Martín.
-        ¿Vienes o qué?
Dejamos atrás la cuidad. Dentro de la furgoneta huele a tabaco y sudor. Aguanto el olor a sudor pero el tufo del tabaco no lo soporto, por eso voy con la cabeza asomada por la ventanilla. El viento choca contra mi cara y si abro la boca los papos se inflan con el aire. Me gusta que se inflen y dejar la boca abierta hasta que se seca la saliva. Martín dice que un día voy a tragarme una avispa. Me da lo mismo, además peor es lo suyo que se come los mocos con la mayor naturalidad. Es la verdad, Martín tiene la fea costumbre de hurgarse las narices y comerse lo que saca de ellas. Un puto asco. Salimos de la carretera general y nos adentramos por una comarcal que está llena de baches. A ambos lados de la calzada hay centenares de olivos con sus troncos grumosos y retorcidos. En el cielo una cigüeña vuela con unas ramas colgando de su pico. Escuché en la radio que las cigüeñas ya no emigran. Prefieren quedarse en sus nidos cerca de las ciudades. Algo relacionado con el cambio climático. Las entiendo perfectamente, si no fuera porque tengo que pagar el alquiler y comer yo tampoco me movería del nido.
Llegamos a un pueblo que se llama Penas de Cameros. El cartel donde lo he leído está lleno de marcas de perdigonazos. No nos adentramos en el pueblo. Lo que hacemos es coger un camino de tierra que lleva a un caserón con las paredes de piedra. Martín detiene la furgoneta a la entrada.
-        Quédate aquí.
-        Ok.
Martín baja de la furgoneta, se acerca a la vivienda y llama a la puerta. Le abren y entra. Me apetece estirar las piernas así que yo también me apeo. Un poco más allá hay un parque con unos columpios. Aprovecho para colgarme de la barra horizontal y hacer unas flexiones. Nunca está de más hacerse una tanda. Al llegar a las treinta y nueve oigo un chiflido. Es Martín. Lleva un paquete del tamaño de una caja de zapatos envuelto en papel de estraza.
-        Vamos, musculitos.
Me jode que me llame así pero paso de comentarle nada porque si lo hago me lo dirá a todas horas. Me acerco hasta él. Me pasa el paquete y se enciende un cigarro. Me niego a viajar mientras fuma, por eso lo hace antes. Cuando apaga el pitillo nos subimos a la furgoneta y emprendemos el viaje de vuelta. Calculo que el paquete pesa un par de kilos, tres como mucho. Me pregunto qué hay en la caja. La agito al lado de la oreja para intentar adivinar el contenido.
-        Ey tío, no hagas eso.
Dejo el paquete entre los pies y saco la cabeza por la ventanilla.
Llegamos a la urbe. Antes de entrar cogemos el desvío que lleva al polígono industrial. Luego nos desviamos por el camino que hay a la izquierda y finalmente llegamos a un poblado de chabolas que circunda las afueras de la ciudad. Conozco el sitio porque he acompañado a Martín varias veces hasta aquí. Aparcamos junto a un patio que está lleno de basura. En frente está la casa donde nos dirigimos.
-        Quédate aquí y si no salgo en diez minutos entras a buscarme.
-        Ok.
Le paso el paquete y sale de la furgoneta. Antes de llamar a la puerta de la vivienda se toma un momento para encenderse un cigarro. Se le ve nervioso. Siempre se pone así cuando tiene que entrar en ese antro. Después de dar unas apresuradas caladas tira el cigarro al suelo y llama al timbre. Le abre la misma gitana gorda de siempre. Entra y cierran. Atardece y el sol se esconde por detrás de los tejados de uralita y chapa. Oigo un tren que pasa. Las vías están al otro lado del poblado y se escucha con claridad el traqueteo de las ruedas sobre los raíles. Se me ocurre que ese mismo tren pasará por delante de mi casa en pocos minutos. Ese pensamiento me hace desear estar en mi habitación escuchando la radio. Miro la hora. Martín lleva más de siete minutos dentro de la chabola. Normalmente no suele tardar tanto. Justo cuando estoy a punto de preocuparme se abre la puerta y aparece. Menos mal. Se enciende un cigarro y me guiña un ojo. Todo va bien.
-        Entrega hecha. Hora de tomarse una cerveza.
-        Prefiero que me pagues y me lleves a casa.
De camino veo una librería. Le digo a Martín que me bajo aquí. Detiene la furgoneta en el arcén y nos despedimos hasta la próxima.
En vez de perder el tiempo rebuscando entre las estanterías abordo directamente al librero. Pregunto por Raymond Carver. Echa una mirada al catálogo de su ordenador y me confirma que tienen varios de sus libros. Le pido algunos de los títulos que llevo apuntados. La mayoría están disponibles. Tengo que decidirme por uno. Elijo “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?”. De todos los títulos este es el que más me llama la atención. Pago y salgo a la calle con el libro la mano. Lo abro y leo las primeras líneas del primer relato. Suenan bien. Creo que he acertado con la compra. Podré leérmelo mientras le doy caña a las mancuernas. De vez en cuando viene bien cambiar la radio por un libro.
Al acercarme al barrio veo que a lo lejos hay un tren detenido en la vía. Puede que esté esperando a que salga otro de la estación. Me extraña que esté ahí parado pero no le doy mayor importancia. Según enfilo la avenida que lleva a mi casa un perro se cruza en mi camino. Me fijo que en la boca lleva una pieza de carne y que a su paso va dejando pequeñas gotas de sangre sobre el pavimento. Juraría que lo que lleva entre los dientes es el trozo de un pie humano. Pero no, debo de haber visto mal. Entonces advierto que cerca de las vías hay un grupo de gente y varios coches de policía. Me acerco a curiosear. Por lo que dicen el tren ha atropellado a alguien. Se comenta que ha sido un suicidio. Escuché en la radio que el índice de suicidios había aumentado en los últimos años un treinta y siete por ciento. Lo achacaban a la crisis y al desempleo. Lo siento por el pobre atropellado pero esto es la jungla y aquí solo sobreviven los más fuertes. En fin, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Hablando de bollos, tengo hambre. Me separo del grupo y regreso a casa pensando en qué me voy a hacer para cenar.


pepe pereza

viernes, 3 de octubre de 2014

EL ESPACIO QUE NOS SEPARA


Estás frente al televisor contemplando la pantalla en negro. Me pregunto qué es lo que buscas dentro del rectángulo oscuro. Intuyo que tu mirada llega más allá de la negrura. Te saludo pero no contestas. Sigues atenta al monitor, ajena a mi presencia. La medicación te deja los labios secos y agrietados, no obstante me muero por besarlos. Te apartas de mí cuando lo intento. A esta hora el sol entra por la ventana y se posa en tu espalda como un manto de seda. Te siento tan distante que es como si no estuvieras. Sé que tu cabeza viaja por universos a los que yo nunca podré llegar. Sin embargo tu cuerpo sigue aquí, tan deseable como el primer día. Aun recuerdo esa primera imagen de ti avanzando por el pasillo de la facultad. El brío con el que andabas. Tus ojos cuando miraron directamente a los míos. Noté literalmente cómo me atravesaban. Ahora ya no miran, vagan cansados por la habitación buscando una grieta por la que escapar a esos universos extraños. Te hablo aunque no escuches. Te cuento que en casa me siento solo. Que te echo de menos. Que las plantas se mueren sin ti. Que los platos se acumulan en el fregadero y el correo en el buzón. Que a pesar de tu aspecto desaliñado te sigo deseando. Que daría diez años de vida por volver a estar dentro de ti. Te digo todo esto muy cerca del oído. Susurrando las palabras para que no te asustes. Huelo el olor que sube de tus sobacos. Las pastillas te hacen sudar y tú te niegas a ducharte. Las enfermeras dicen que le has cogido miedo al agua. Me resulta extraño de creer. Por lo que recuerdo siempre te encantó nadar. De hecho, tu sueño era que viviésemos en una casa de madera junto a un lago. Quedan tan lejos esos sueños. El pelo te cae por la cara, desordenado y sucio. Lo aparto de tus ojos para que puedas seguir mirando la pantalla negra del televisor. Al entrar me han advertido que tenga cuidado, dicen que últimamente te pones agresiva y te da por atacar a los que se te acercan. No me preocupa, pese a que el otro día, en el patio, le arrancaste la cabeza a una paloma de un mordisco. Me lo han contado cuando les he preguntado si estabas mejorando. Me parte el alma verte así. Si supieras el dolor que me causa. Ayer me puse a ojear las fotos de nuestra boda. No pude reconocernos. Esas personas que sonreían a la cámara no éramos nosotros. Eran otros que se nos parecían. Quise regresar a aquellas jornadas de felicidad hasta que me di cuenta que esos días nunca volverán. Estuve llorando como un niño toda la tarde. Puedes creértelo. Amor mío, ojalá pudiera hacer algo para ayudarte. Ojalá puedan los médicos. No debemos perder la esperanza. La esperanza es lo último que se pierde. Eso dicen. Aunque he de reconocer que estoy harto de de agarrarme a ese estúpido anhelo. Tú y yo sabemos que nada volverá a ser como antes. Los meses pasan y tú sigues aquí. Con cada visita me doy cuenta de tu deterioro. Cada vez que vengo estás más lejos. Imposible llegar a ti. Llevado por la desesperación te zarandeo. Un intento frustrado por sacarte del abismo. Tu cabeza baila al son de mis sacudidas mientras que tu vista sigue clavada la pantalla. No puedo más. Me voy hacia el aparato, lo arranco del soporte que lo sujeta a la pared y lo arrojo contra el suelo. El televisor se rompe en mil pedazos. Por un momento el estallido seco que produce te devuelve a la realidad. Miras por el rabillo del ojo y te retiras a un rincón. Amor mío, has cambiado tanto desde la primera vez que te vi. ¿Recuerdas aquel tiempo donde hacíamos el amor a diario? ¿Lo recuerdas? Yo sí. Como si fuera ayer. No obstante me cuesta creer que esa pareja que se revuelca entre las sabanas fuéramos nosotros. Ahora la idea de paladear un segundo de felicidad se vuelve imposible de imaginar. Desde el rincón me culpas de lo que pasa. Lo veo en tu aptitud. Siempre te ha gustado cargar sobre mí toda la responsabilidad. Tal vez tengas razón. Quizás sea yo el único culpable. Claro que eso carece de importancia. Sé que está prohibido fumar, pero tengo los nervios destrozados y necesito un poco de nicotina. Me enciendo un cigarro. Tú nunca has fumado. Piensas que es un vicio caro además de estúpido. En eso no te voy a quitar la razón. Aun así permíteme este pequeño desahogo. Por cierto, se me ha olvidado contarte que el martes pasado estuvo en casa esa amiga tuya que viste siempre de negro. No consigo recordar su nombre. El caso es que vino con una tarta de queso que había hecho para ti. Quería que te la trajese cuando viniera a visitarte. La tarta tenía una pinta estupenda y esa misma noche me la comí. Estaba deliciosa. Espero que sepas perdonarme pero comprenderás que estoy harto de restaurantes y bares de carretera. Y si me comí la tarta fue más que nada porque echo de menos tus guisos y a falta de estos quise degustar algo que estuviese cocinado por alguien cercano a ti. Apoyas la espalda en la pared y dejas que se deslice hasta que quedas en cuclillas. Luego te tapas los oídos con las manos. ¿No quieres oír lo que digo? ¿Prefieres que me calle? Tienes razón, ya está todo dicho, para qué malgastar saliva. Es mejor guardar silencio y viajar a universos extraños. Para qué perder el tiempo con redenciones de última hora. Entro en el baño y arrojo la colilla del cigarro al inodoro. A veces me pregunto si no sería mejor dejar de visitarte y comenzar una nueva vida. Sabes perfectamente que puedo hacerlo. Con esfuerzo y dedicación podría llegar a olvidarme de ti. Y pasado algún tiempo buscar una mujer que te sustituya. Tiene gracia ¿verdad? Ríete todo lo que quieras… Por la puerta aparece una de las enfermeras.
-        ¿Qué ha pasado aquí?- dice señalando los restos del televisor.
-        No se preocupe, yo me haré cargo de los gastos.
Se acerca a tu lado para comprobar que estás bien. Aprovechando que la tienes cerca levantas las manos con intención de arañarle la cara, pero antes de que culmines tu ataque consigo sujetarte las muñecas. Me miras directamente a los ojos. Es la primera vez que lo haces desde que he llegado. Con la mirada me exiges que te suelte. Obedezco al instante. La enfermera se aparta a un lado. Le pido que nos deje solos. Asiente y sale. Se nota a la legua que te tiene miedo. Deberías dejar de atacar a la gente. Con esa aptitud es difícil que mejores. No te enfades, cariño. Si te digo esto es por tu bien. Qué más quisiera yo que sacarte hoy mismo de aquí, pero agrediendo al personal lo único que haces es empeorar la situación. Al mirar por la ventana aprecio un paisaje pleno de normalidad. Todo se rige de acuerdo a unas normas establecidas, no obstante al volver la vista a estas cuatro paredes esas mismas reglas dejan de tener sentido y se cristianizan en caos. Estoy cansado de seguirte a cierta distancia por este camino que andas. Cansado de buscar vida en tus ojos, cansado de dejar pasar el tiempo esperando el día que te dé por regresar. Al perder el control de tu vida pusiste patas arriba la mía. Es hora de hacer frente al desconcierto. Salir del remolino que me sacude. Nadar hasta la orilla y dejar que te lleve la corriente. Lo siento mi amor, ya no tengo fuerzas para mantenerte a flote. Debo dejarte marchar hacia esos universos extraños a los que yo nunca podré llegar. He venido a despedirme. Darte el adiós definitivo. Ya sé que siempre digo lo mismo y que luego termino volviendo. Esta vez va en serio. Lo he estado meditando y he llegado a la conclusión que merezco una vida alejado de ti. Puedes reírte todo lo que quieras, pero si tuvieras el valor de mirarme a los ojos sabrías que no miento. Antes de irme me gustaría darte un beso en la boca. Degustar tu lengua una vez más, la última. Un beso que rompa el vínculo que nos une. Solo te pido eso. Me acerco a ti muy despacio. Te cojo suavemente por la barbilla y atraigo tu boca hacia la mía. Entonces me clavas las uñas en la cara. Noto como la carne se abre al paso de tus dedos y la sangre caliente cayendo por el cuello. No hago nada por defenderme. Dejo que atravieses mi piel sin oponer resistencia. Es el precio que debo pagar por mi libertad y lo acepto.


pepe pereza

martes, 16 de septiembre de 2014

EIS - ADRIANA BAÑARES CAMACHO

MADRID - COCHABAMBA


Ya podéis leer un adelanto de "Madrid-Cochabamba (Cartografía del desastre)", el libro escrito a cuatro manos. Los autores son Pablo Cerezal y Claudio Ferrufino-Coqueugniot.

En la Revista Puño y Letra 

DAVID GONZÁLEZ - NUEVO LIBRO

Fotografía de Demian Ortiz de Babel Estudio para el proyecto "Perdidos. Un lugar para encontrar" http://documentalperdidos.com/ 
http://ellenguajedelospunos.blogspot.com.es/

EXPOSICIÓN MEANDO CONTRA VIENTO


POÉTIKAS


miércoles, 10 de septiembre de 2014

FLORES EN EL TEJADO


Llevaba el ramo con desprecio, como si me importase un pito. Con el brazo colgando y las flores mirando al suelo. Igual que si llevara una rata muerta cogida por el rabo. Que se notase que me obligaban a acarrear con él. Y es que cuando llegaba el mes de mayo a los alumnos nos exigían llevar flores al colegio. Eran los profesores los que nos obligaban. Además teníamos que acudir media hora antes de lo acostumbrado para ofrecer los ramos a la Virgen. Coger las flores no suponía ningún problema dado que nuestra casa era de las últimas del barrio y el campo estaba al lado. Por esas fechas los prados estaban atiborrados de flores silvestres. Lo que no me gustaba era atravesar todo el pueblo camino del colegio llevando el ramillete. Al verte, los chavales mayores se reían de ti y te insultaban. Yo siempre procuraba evitar esos encuentros pero era inevitable cruzarte con algún grupo y recibir sus burlas. El caso es que me dirigía al colegio con el ramito de las narices. Normalmente era mi hermana quién se ocupaba de llevar las flores. A ella no le importaba y a mí me libraba de posibles conflictos. Para mi desgracia ese día mi hermana estaba resfriada y tuvo que quedarse en la cama. No me quedó más remedio que llevar yo mismo el ramo. Fue entonces me crucé con aquellos tres matones. Me sacaban un palmo. Me rodearon y empezaron a insultarme.
-       ¿Dónde vas con tantas flores?
-       ¿Se las llevas a tu novio? Sarasa.
No hice caso e intenté seguir mi camino. Uno de ellos, el más corpulento, aprovechando un descuido de mi parte, me quitó el ramo y me golpeó con él en la cabeza. Algunas flores se desojaron. Intenté recuperarlo pero terminé en el suelo de un empujón. Me levanté y me lancé contra el tipo que me había agredido. Supongo que no se lo esperaba y por eso conseguí endiñarle un puñetazo en plena mandíbula. El chico dio un traspié y estuvo a punto de caerse de espaldas. Eso le cabreó. Pude ver el odio en su cara. Le pasó el ramo a uno de sus compinches y vino hacia mí dispuesto a vengarse. Me aprisionó por el cuello y con un giro me envió directamente a comer tierra. Hice amago de levantarme. Antes recibí una patada en el estómago que me dejó sin respiración.
-       ¡Por favor! Necesito el ramo… tengo que llevarlo al colegio.
El chaval cogió el ramo y lo arrojó al tejado de una casa próxima. Después se largaron por donde habían venido. Cuando recuperé el aliento me puse en pie. Me sangraban las rodillas. Al caer me las había desollado. No obstante, eso era lo menos. Miré las flores sobre las tejas. Pensé en la forma de recuperarlas. No se me ocurrió ninguna. Recogí las que estaban diseminadas por el suelo y traté de confeccionar un ramillete con ellas. Las flores estaban tan deterioradas y eran tan escasas que no valía la pena.
A la entrada del colegio me fijé en que todos llevaban su ramo. Todos menos yo. Antes de empezar las clases era costumbre que alumnos y profesores nos reuniésemos en una galería al final del pasillo central. Allí habían montado un altar para la ocasión. El tabernáculo estaba presidido por la imagen de la Virgen. Frente a ella teníamos que cantar “Con flores a María” y luego, en rigurosa fila de a uno, le íbamos haciendo entrega de las flores. Yo intenté escaquearme entre los demás alumnos, pero el director no tardó en fijarse en mí. Me pidió explicaciones de por qué no había traído las flores. Le conté con pelos y señales lo que me había sucedido. Incluso le mostré las heridas. No logré conmoverlo.
-       Se quedará aquí durante las clases. Pidiéndole perdón a la Santa Madre por su desidia.
Después me cogió de una oreja y tirando de ella me llevó hasta un rincón. Tuvimos que atravesar la sala. Todos los presentes posaron sus ojos en mí. Noté cómo mi cara enrojecía por la vergüenza y la rabia.
Terminada la ceremonia el alumnado y los profesores entraron en las aulas. Me quedé solo. Me apoyé en la pared resignado a pasar la tarde allí. Era raro estar en medio de aquella inmensa galería. Siempre la había visto repleta de gente. Estar solo delante de la virgen me producía una sensación de desnudez que me ponía nervioso. Allí estaba ella, con esa carita de pena. Que si la mirabas un rato te apiadadas de su persona y decías: Qué pobre. Pero al cabo de unos minutos de verle el mismo careto tenías ganas de soltarle: Ya te vale, sonríe un poco. ¿Por qué a todos los santos los esculpían con esas caras de angustia? ¿No sería mejor ponerles con una sonrisa? A pesar de lo mucho que sufrieron, esa gente también tuvo sus momentos felices. Entonces ¿no sería conveniente mostrarles alegres y dicharacheros? Traté de hacerme una idea de cómo sería la imagen que tenía delante de tener una pose más relajada. Llegué a imaginármela riéndose y feliz. De pronto el dramatismo que imponía la talla se desvaneció y la habitación se llenó de luz. Pero no, solo era el sol que al apartarse las nubes entraba directamente en la galería. La Virgen volvía a tener la misma cara de zozobra y enseguida las nubes aparecieron de nuevo. Para colmo en la pared de enfrente colgaba un retrato del Caudillo. Ese sí que tenía pinta de pánfilo. Daba la impresión de no haber roto un plato en su vida. Aun así, su presencia me inquietaba tanto o más que la propia Virgen. Para distraerme me puse a mirar a través de los ventanales. Abajo en la calle vi pasar a un cazador rodeado de sus galgos. En la mano derecha sujetaba una escopeta, con la izquierda arrastraba lo que en un principio pensé que eran dos cuerdas gruesas, luego me fijé que eran culebras bastardas. Evidentemente estaban muertas. Eran largas y repugnantes, como en mis pesadillas. En aquel momento el mundo me pareció un lugar extraño habitado por criaturas aun más extrañas.
-       ¿Se puede saber qué hace?
Me giré sobresaltado. Era el director.
-       Si le he dejado aquí es para que pida perdón a la Virgen, no para que mire por la ventana. ¿Se lo ha pedido ya?
Negué con la cabeza.
-       Póngase inmediatamente de rodillas y pídaselo con  fervor.
Estuve a punto de preguntarle por el significado de “fervor pero deduje que no era el momento. Obedecí sin rechistar y me clave de rodillas frente al altar. Las heridas al hacer contacto con las baldosas me produjeron un penetrante dolor. Apreté los dientes y tragué saliva.
-       Me pasaré por aquí de vez en cuando, así que no se le ocurra abandonar este lugar hasta que yo se lo diga. ¿Me ha entendido?
-       Sí señor.
Dicho esto se dirigió a su despacho y desapareció por el fondo del pasillo. ¿Pedir perdón? ¿Por qué? ¿Acaso era yo el culpable de que esos cretinos me hubieran quitado las flores? No, yo había peleado por ellas a pesar de mi desventaja. Lo había hecho con valentía. Me había enfrentado a un chaval mucho más fuerte, incluso había conseguido propinarle un buen puñetazo. Entonces ¿de qué tenía que arrepentirme? El olor de las flores me recordó los campos próximos a mi casa. Imaginé que cazaba saltamontes y lagartijas, que corría por la dehesa, que era verano y nadaba en el río... Después de un rato no pude soportar el dolor de mis rodillas. Miré a ambos lados. Como no vi a nadie me puse en pie. Sobre las baldosas quedaron un par de manchones rojos. Me dio miedo que el director pudiera verlos e intenté limpiar la sangre con un pañuelo y algo de saliva. Al fin quedaron limpias volví a arrodillarme, esta vez poniendo el pañuelo de por medio. Después de un tiempo las heridas me dolían tanto por el roce contra el suelo que dudé si podría aguantar un minuto más. Para terminar de fastidiar, me habían entrado unas ganas enormes de mear. Tarde o temprano tendría que ir al servicio. Claro que el director me tenía prohibido moverme de allí. No me quedaba otra opción que aguantar. De vez en cuando, de las aulas llegaba la voz de algún profesor o el soniquete de los alumnos al recitar la tabla de multiplicar. No aguantaba más. O iba a todo correr a los servicios o me meaba en los pantalones. Sin venir a cuento me imaginé a la Virgen orinando. Fue una escena que cobró vida en mi cabeza sin proponérmelo. Así, sin más. Mentalmente repasé los diez mandamientos y no encontré ninguno que prohibiera imaginar a la Virgen mientras meaba. Aunque los mandamientos no lo recogiesen estaba seguro que había pecado con el pensamiento. Tampoco me sentí culpable por ello. De no haber estado castigado seguro que no se me habrían ocurrido tales pensamientos. Si no le ponía remedio la vejiga me iba a reventar. Quise ponerme en pie pero tenía las articulaciones totalmente entumecidas. Tuve que agarrarme a la base del altar para poder alzarme. Luego cojeé a toda prisa hasta los servicios. Llegué con el tiempo justo de sacarme la chorra y apuntar al retrete. Ni sé la del rato que estuve meando. Litros, litros y litros de meada. Posteriormente escurrí el pañuelo en el lavabo. Estaba empapado de sangre. De paso aproveché para lavarme las heridas y beber un poco de agua. Sin perder un segundo volví a la galería. Me postré de rodillas y con resignación fui dejando pasar el tiempo.
Al cabo de unas horas, horas de dolor y entumecimientos, oí sonar la campana que anunciaba el final de las clases. De inmediato los pasillos se llenaron de los alumnos que salían en tropel de las aulas. Los chavales estaban deseosos de abandonar el edificio y salir a la libertad que ofrecía la calle. Minutos después todo quedó en silencio. Yo me preguntaba cuándo vendría el director a levantarme el castigo. Seguí arrodillado a los pies de la Virgen. Cuando apagaron las luces intuí que se habían olvidado de mí. Tuve miedo. Me puse en pie y anduve hasta el despacho del director. No vi a nadie por el camino. Al llegar la puerta estaba cerrada. Llamé un par de veces. No recibí respuesta. Giré el pomo y la puerta se abrió. Tal como imaginaba estaba vacío. Dudé si entrar. Ya había estado varias veces en aquel despacho. En las ocasiones que un alumno cometía una fechoría más audaz de lo normal, era llevado allí para que el director aplicase el castigo según su criterio. Me armé de valor y entré. Olía a tabaco y a loción para el afeitado. Llevado por la curiosidad abrí el armario que estaba detrás del escritorio. Estaba vacío. Me centré en la mesa. El primer cajón estaba cerrado con llave. Lo intenté con el segundo y cedió sin ninguna resistencia. Para mi sorpresa en ese cajón estaban todas las cosas que al cabo de los años habían ido requisando a los alumnos. Dentro había revistas, cromos, tebeos, canicas, peonzas, navajas, juguetes… Todo lo que uno pudiera imaginar. Un tesoro por el que cualquiera estaría dispuesto a dar un año de su vida. Y era todo mío. Metí el contenido del cajón en una bolsa y salí del despacho. Bajé al hasta la planta baja. Abrí una de las ventanas que daban a la parte trasera y salté por ella.

De regreso a casa pasé por delante del tejado donde los chavales habían arrojado mi ramo de flores. Seguía allí, en medio de las tejas. La estampa tenía un no sé qué de intrigante. Algo que no sabría explicar, pero que al contemplarlo comprendías qué era.

pepe pereza

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