viernes, 24 de julio de 2015

ESCALA DE GRISES (relato inédito)

Mis pupilas pesan. Son de plomo. La gravedad tira de ellas para que clave la mirada en el suelo y la arrastre como un arado. Hoy es uno de esos días. Uno de tantos. Donde la desgana habita dentro del cuerpo y la zozobra pasa a ser el plan generalizado. En el norte, decir que llueve y hace frío es una obviedad, más si estamos en invierno. No obstante, lo digo: llueve y hace un frío que pela la piel. Todo es gris. El cielo, los edificios, las aceras, el asfalto, los árboles, la gente… La ciudad entera lo es. Al pasar por la glorieta, el viento cambia de dirección y hace que el agua venga de cara. En verano, la lluvia dota a las calles de frescor y cierta melancolía, pero en enero, las impregna de una tristeza sólida e indeleble. Un adolescente me adelanta y al pasar por mi lado me dice:
-                     - Le está sonando el móvil.
-                     - Gracias.
Estoy cansado del frío y de la rutina de los días lluviosos. Harto de andar con los pies mojados, de cargar con la humedad en la ropa. A veces, para paliar el desánimo, imagino que la lluvia forma parte de la ambientación de una película que se está rodando, y que todos nosotros somos el reparto. Sé que resulta infantil evadirse así de la realidad, pero hay que echar mano de cada saliente para seguir escalando esta montaña que algunos llaman vida.
Llego al estudio. El lugar está helado. Lo primero, encender la estufa de butano para que el ambiente se vaya caldeando. Luego, destapo el caballete y me siento en el sillón que tengo enfrente para contemplar el cuadro en el que estoy trabajando. Examino cada pincelada mientras fumo un cigarro. Lo que está en el lienzo no termina de convencerme, aun así, quiero hacer un último esfuerzo antes de darme por vencido y abandonarlo definitivamente. Llaman al móvil. Cuando deja de sonar empieza a hacerlo el teléfono fijo. Hay algo en el cuadro que no funciona, que no acabar de encajar. Aún no sé lo que es, pero trato de dar con ello, buscar una solución.
Una hora después sigo en las mismas. De nada sirve obcecarse, así que decido tomarme un respiro.
La cafetería que está al lado del estudio es un sitio agradable y tranquilo que suelo frecuentar. Pido un cortado y me acomodo en una de las mesas a ojear el periódico. Al rato, una mujer que está sentada al lado me llama la atención.
-                   - Su móvil.
-                   - Perdón, ¿cómo dice?
-                   - Digo, que su móvil no para de sonar.
-                   - Lo sé.
-                  - ¿No va a contestar?
-                 -  No.
-                  - Entonces, desconéctelo o le quítele el sonido, por favor.
Lo pongo en modo silencio y retomo el crucigrama del periódico. Cuando lo acabo regreso al estudio.
El teléfono fijo está sonando. Descuelgo el auricular y me lo acerco a la oreja. Al otro lado de la línea oigo cómo se encienden un cigarro. Puedo identificar claramente el chasquido del mechero y la aspiración profunda que lleva el humo a los pulmones, para luego soltarlo lentamente. Hago lo mismo, es decir, me enciendo un cigarro y me limito a fumar con el auricular pegado a la oreja. Quién sea que llama siempre sigue la misma pauta. Llama y se mantiene callado. Al principio, intentaba que me hablase. Le daba conversación para ver si podía averiguar su identidad, pero nunca contestó, ni una sola palabra. Así que dejé de intentarlo. Ahora me limito a escuchar su respiración mientras fumo. Una vez terminado el cigarro, cuelgo el teléfono. Me siento en el sillón y me concentro en la pintura. El problema con el cuadro es que no transmite nada. Lo aparto a un lado y pongo en el caballete un lienzo en blanco.


® pepe pereza

lunes, 6 de julio de 2015

LA GRAN BELLEZA

Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una película. Su título lo dice todo.

viernes, 12 de junio de 2015

LA ARAÑA (relato inédito)

La buhardilla, por llamarle de alguna forma, es vieja, fea y sin comodidades. Cualquier adjetivo peyorativo valdría para definir parte, o un todo, de la vivienda. En apenas veinte metros cuadrados se distribuyen un diminuto cuarto de baño, una cocina encajada en cuatro baldosas, y una especie de habitáculo que lo mismo sirve de salón que de dormitorio, según convenga. El mozo que me ha ayudado con la mudanza se acaba de ir y el poco espacio que ofrece la estancia está ocupado por unas cuantas cajas sin desembalar. Cuando la encargada del alquiler me enseñó este sitio, la luz diurna entraba por las ventanas y no me pareció tan deprimente como ahora, que lo veo bajo el tenue resplandor de una bombilla. Voy al baño. Hay una telaraña enorme que se despliega desde el techo hasta ambas paredes. Miro por los rincones intentando localizar al artífice de tan colosal obra. No le tengo miedo las arañas, no obstante, por el tamaño de su tela conviene ser precavido. Alargo el brazo para coger la escobilla del váter y con ella retiro las hebras. La araña no aparece por ningún lado, y eso que la busco detrás del lavabo y del retrete. Finalmente desisto. Después de todo un día de ajetreo me siento cansado y quiero acostarme. Para desplegar el sofá-cama tengo que dejar sitio libre, así que apilo las cajas junto a la pared. Una vez extendido el colchón, me tumbo sobre él y me quedo mirando al techo. Un techo desconocido, que con el paso de los días, supongo, iré haciendo mío. Me enciendo un cigarro y fumo mientras espero a que vaya llegando el sueño. El cuerpo me pide descanso, pero la cabeza no deja de plantearme preguntas para las que no valen respuestas. Qué feas se ven las cosas cuando el futuro está iluminado con una bombilla de cuarenta vatios. El cansancio hace mella y, finalmente, duermo.
Me despierta el aroma del café que llega de las cocinas a través de los patios interiores. Salto de la cama y me acerco a la ventana para contemplar la arquitectura de los tejados. Una llanura de tejas sembrada anárquicamente de antenas y chimeneas. Suena el móvil. Es ella. El pulso se acelera y me tiemblan las manos. Me armo de valor y contesto lo más fríamente que puedo.
-                  - ¿Sí?
-                   -¿Cuándo vas a venir a recoger el resto de tus cosas?
-                    -Me he traído todo lo que necesito, con lo demás puedes hacer lo que quieras.
-                   -¿Estás seguro?
-                   -  Sí.
-                    -Por cierto, acuérdate de que pasado mañana firmamos los papeles. No faltes.
Le digo que iré, aunque no pienso hacerlo. Después de colgar me acerco al baño. Al entrar me llevo por delante una telaraña. La fibra se adhiere a mi cara como una segunda piel. Me urge orinar y es lo primero que hago. A continuación me quito los hilos de la cara y con la escobilla retiro los que quedan en las paredes y en el techo. Nota mental: comprar insecticida.
Una vez desembaladas las cajas y ordenado cada cosa en su sitio, la buhardilla empieza a parecer un verdadero hogar. Aunque la tarea me ha costado casi todo el día, me siento satisfecho con el resultado. Además, estando ocupado evito pensar demasiado y quebrarme la cabeza con problemas que ya no tienen solución. Es hora de preparar la cena. Lo dispongo todo. Esta será la primera vez que cocine en esta casa. Haré algo especial y para celebrarlo abriré una botella de vino.
No tendría que haber bebido tanto. El alcohol no me sienta bien. Mis borracheras nunca han sido divertidas. Que yo recuerde, siempre que me he pasado con la bebida lo he terminado pagando, agobiado en un embudo de mareos, dobles visiones y confusión. Corro hasta el retrete para vomitar. Un acto que para mí es un verdadero suplicio. Una tortura en toda regla que me hace sudar como un cerdo y retorcerme de angustia e impotencia. Una vez expulsado del cuerpo todo lo que el estómago se niega a digerir, llega un momento de respiro. Me seco las lágrimas y las babas. Frente al espejo veo mi rostro demacrado y a mi espalda: una nueva telaraña. De pronto siento un odio desmedido hacia la araña. La busco para acabar con ella, pero no aparece. Sin embargo, sus hebras son una prueba fehaciente de que anda por aquí. Miro detrás del espejo, debajo del lavabo, en cada recoveco… Antes de que me domine la ira, consigo tomar aire y contar hasta diez… Con la cabeza fría veo la solución; si quiero que la araña se marche tendré que dejarle una vía de escape, así que abro el ventanuco del baño y me voy a dormir.
Me despierto con un agudo dolor de cabeza y un malestar en el cuerpo que roza la enfermedad. Para más inri, en cuando pongo los pies en el suelo suena el móvil. El timbre es el equivalente a una broca taladrándome la sien. Me abalanzo a por el aparato. El que llama es mi abogado.
-                         - Te recuerdo que mañana tenemos cita con tu ex.
No le digo que no voy a ir.
-                        -  Descuida, lo tengo presente.
-                        -  ¿Quieres que quedemos media hora antes para darle un repaso a los papeles?
-                         -  No, ya está todo repasado. Prefiero acudir directamente a la cita.
-                          - Ok, nos vemos entonces.
Es en momentos como este cuando tomo conciencia de que soy un fracasado, un tonto del culo que no se entera de qué va la movida, un gusano insignificante, prescindible, mortal, un ser despreciable que no merece ni el aire que respira. Me digo que todo es por culpa de la resaca. Pero no. Sé perfectamente que estoy acabado y llevo las de perder, sea con resaca o sin ella. Necesito una ducha que me limpie el sudor y los malos pensamientos. Al entrar en el baño veo una telaraña que se extiende desde el techo hasta las paredes. En medio cuelga una especie de envoltura compacta del tamaño de un puño de la que sobresale el ala de un murciélago. Es una declaración de principios por parte de la araña. Al menos, así lo entiendo yo. Con la ejecución del murciélago la araña me está diciendo que no se va a mover de aquí, que este es su sitio y, pase lo que pase, lo seguirá siendo. Mi primer impulso es destrozar la telaraña, pero me siento tan débil que temo quedar enredado en ella. Solo puedo hacer dos cosas: rendirme a la evidencia del enemigo y retirarme a un rincón para digerir la derrota.

domingo, 7 de junio de 2015

AMOR LÍQUIDO EN CARPETAS AMARILLAS - LUIS MIGUEL RABANAL


Amor líquido en carpetas amarillas

Se trata solamente de crear otra voz:
la voz ausente dentro de las cosas.

ROBERTO JUARROZ

El coño de la Bernarda se erizaba los lunes al atardecer con una grandeza digna de admiración, o eso decía el subteniente retirado Urdiales cuando acertaba a enlazar algunas palabras después de aquellos bebedizos de las once y treinta y dos. Ahora bien, lo que no acababan de comprender medianamente los recomponedores de huesos de la zona oeste de la villa de Séliva era que el verdadero coño de la Bernarda gozaba de vida propia, se derretía como cualquier coño de la sin par y gloriosa plazuela de San Ginés pero giraba sobre sí mismo y daba gusto oírle gruñir: ya vale, ya vale, ya vale, que ya vale. Corrían rumores, sin embargo, de que no quedaría mucho tiempo para continuar con semejante paparrucha, tres semanas más a lo sumo y el coño de la Bernarda sería enclaustrado para siempre en un séptimo piso sin ascensor, y sin provecho.

El chico de los recados jactanciosos jamás regresó a la trastienda de su primera vez, no por falta de ganas o de tiempo sino porque Chu F., el sastre del emporio del quinto derecha no le habría dejado pasar más de lo justo, muéstrame antes esas manos sucias, perillán. Nunca fue fácil ni cómodo trabajar con tantas peleas a escondidas del público tasador de telas estampadas porque entre otras razones a considerar sus trifulcas no eran a escondidas y las señoras de R. y Olivares, ambas prepotentes, estúpidas y flojas, se pavoneaban entre risas y bostezos en la calle de atrás de estos asuntos nimios de las sedas rebajadas de Shanghai. Alguien quiso verse morir desterrando de sus ojos la serenidad y el mal aliento pero se quedó sin ganas, atragantado de uvas secas. Alguien como él quiso morirse de otros males medianamente pasajeros y se abrazó a su sombra, como perro guardián bajo el agua helada de la lluvia. El chico de los recados jactanciosos jamás regresó a la trastienda de su primera vez, ay.

La muchacha del segundo, Martita, le preguntó a Montoto, el amigo de los gatos, si no vio algo anormal en la escalera del octavo, la del hombre misterioso del termo, los días en que a ella le había sido imposible personarse ante la presidenta de la comunidad de propietarios San José con las carpetas usurpadas. De todos era sabida la historia escandalosa de corpulencia y desdén de Gerard y de Conrado, pero la de aquel hombre rozaba el murmullo, aunque no el murmullo acostumbrado, se sobreentiende, sino que la depravación y el sinsentido atrás no se quedaban. Una tarde, la tarde más tórrida de aquel mes de julio, se le creyó culpable de pronunciar las palabras precisas, las que no quieren herir, las que quieren herir, las que hieren al cerrarse las puertas con rayitas del cocotero en el cristal nevado. Te odio, Genoveva. Y se sucedieron desgracias como rostros que arden después del amor, y hubo lágrimas azules como goterones de semen depositados cuidadosamente sobre las faldas de la mesa camilla del recibidor de la portería de Alberta, la asustada. Por lo demás, pobrecito el Larkin.

La polla de Serafín no era notable, era muy notable, y eso que el pesar se viste de dama desolada y el amor, en tales casos, se esfuma de repente cuando menos lo esperan los operarios soldadores del turno de las seis, porque no olvidemos que el sopor de las damas es un tórrido cuartel para los abrazos menos necesarios: si tú me das, yo te entrego la decencia y, si me apuras, el enigma. Haría falta contar por los dedos las sensaciones, las conocidas y las menos conocidas, para un desarrollo exacto de cuanto sucedió en el colorista rellano de Heriberto minutos antes de toparse Ariadna con el dueño de la polla. El hilo musical atronaba como de costumbre y en el sofá de cuadros se sucedieron estampas costumbristas del tipo buenos días nos dé Dios. Seguramente que afuera, en la calle oscura, la gente argüía razonamientos bajo la sospecha del temor, y no importaba. Los dos, sumisos hasta el letargo y el ahogo, se cogían de los pelos, se anudaron los brazos y las pelvis en cabriolas contundentes hasta que la morriña les exigió firmeza y les obsequió con dos chupitos de negrura.

Se trataba de cubrir en el mínimo tiempo posible una distancia no menor de mil pasos para caer rendidas en los brazos del sátrapa Lorenzo, el que mejor pensaba en voz alta de Logroño, así como el que mejor besaba sin lengua, no lo vayan a echar en vaso roto ustedes. Dispuestas estábamos las cinco a ser vilmente seducidas por cualquiera que pasase a nuestro lado y pasó él y se nos desgarraron las carnes blandas como si un motorista rubio, ya me entienden. Pasó él y se nos quitó el hipo y el miedo, y a María José se le quitó una gripe aviar que le rondaba desde hacía unas semanas. Allí erguido, el muy presuntuoso, qué bello era sobrevivir con el Loren engatusando al personal desde su ático, haciendo para ti, entre los muslos, unos jeroglíficos incandescentes que mejor omito de la intriga. Vanessa, Tremendina y Carmen Luz no se portaron nada bien cuando decidieron abrirse de piernas en la Calleja del Marqués, o era de los Cuernos, no recuerdo ya, y solucionaron su porvenir de ese modo tan ridículo. En cambio, yo, la resabiada del grupo, me negué a caer en la trampa de aquel hombre. Y también Monique, pero fue solo al principio.

No había escapatoria, la muchacha salió de estampida de su cuarto y la luz de la terraza se confundía con las ganas de hacerle daño a la soledad: anda, otro rasguño de recuerdo, cari. Adentro, en la habitación fantasmagórica, el frío acondicionado no ayudaba en absoluto a recoger del pudor braguitas, pelucas azules y pulseras, ya iba siendo hora de que el tropiezo de anoche se borrara de su bloc de notas con una tinta tremendamente desigual. Los labios de aquella chica extraña, los pezones de aquella chica extraña, los lunares de aquella chica extraña, los brazos abiertos de aquella chica extraña. En su memoria aún se representaban escenas amables de cuando fue feliz, pero feliz sin ceremonias preliminares que lo único que añaden son fracturas del candor y vértigos malsanos. El amor no sabe de sandeces o lo que es lo mismo, bien mirado, el amor es una estupidez y la nostalgia un coño cerrado a cal y canto.



Luis Miguel Rabanal, 2014

viernes, 8 de mayo de 2015

BAÑO DE ESPUMA

A las tres llega Elena, la chica de la limpieza, y a mí no me apetece ver a nadie. Así que salgo de casa diez minutos antes. Tengo uno de esos días en los que lo único que anhelo es estar solo, perderme en mi isla mental y mantenerme alejado de todo y de todos. Monto en el coche y conduzco sin rumbo por la ciudad.
A la media hora ya estoy harto del tráfico, de detenerme en los semáforos y de las rotondas. Por mucho que lo intento no logro atrapar ese sentimiento de retiro que tanto ansío. Normalmente soy capaz de sumergirme en la soledad más profunda aunque esté en medio de una multitud. Como no tengo otra cosa que hacer, decido llegarme hasta mi librería favorita. Tal vez allí lo consiga.
En cuanto salgo del coche y piso la calle me siento agobiado por la marabunta que me rodeaba. Además, todos los ruidos que generaba la ciudad me son molestos.
Llego a la librería. Me recibe el dependiente, un hombre de mediana edad, con gafas y sonrisa discreta. Nos saludamos cordialmente y me deja a mi aire. Echo un ojo a las novedades de la planta baja. No veo nada que me interese. Subo al primer piso. Es un espacio acogedor, circundado por estanterías llenas de libros que dejan paso a un gran ventanal presidido por un cómodo sofá de cuero. Los rayos de sol rebotan en el barniz que cubre la madera del suelo, dotando al lugar de una luminosidad pulcra y una energía terapéutica. Rebusco entre los ejemplares expuestos. Elijo Sueños de Bunker Hill de John Fante, también Miedo y asco en las Vegas de Hunter S. Thompson. Añado a la compra Catedral de Raymond Carver, y para terminar: Réquiem por un sueño de Hubert Selby Jr. Se está bien aquí, entre las hileras de libros. Me gusta el olor a papel nuevo que me remonta a los primeros cómics que tuve. En la librería hay unas pocas personas, pero es como si no estuvieran. Cada cliente se limita a buscar libros en completo silencio. Me acomodo en el sofá y leo el principio de los libros que he elegido. A las pocas frases quedo convencido de que voy a hacer una buena compra. Me hundo en el cuero disfrutando de esta paz enjabonada de sol. Es complicado que se den las condiciones ideales para que una persona con un estado de ánimo en concreto encaje en un espacio determinado, sin embargo, noto que es aquí donde debo estar. No se me ocurre un lugar mejor, aparte de mi casa, para dejar pasar el tiempo. De pronto, escucho las risas de unos niños. Veo a dos chiquillos subir desde la planta baja y seguir corriendo hasta el segundo piso. Por detrás los persigue el padre llamándoles al orden. Se acabo la tranquilidad. Me levanto del sofá y bajo hasta la caja para pagar.
En la calle me surge la duda de qué hacer. Quisiera ir a casa, pero Elena está allí, limpiando de tres a siete de la tarde. Aún quedan unas horas por delante. No me apetece meterme en una cafetería, tampoco sentarme en una terraza. Lo único que quiero es soledad.
El semáforo está en rojo. Pienso en todo el tiempo que he pasado esperando delante de un semáforo y el tiempo que en un futuro tendré que esperar. Echo la cuenta por encima y sumándolo todo me da una cifra de más de un año. Un año de mi vida tirado a la basura por aguardar delante de una bombilla. La luz se pone en verde. Meto primera, luego segunda y sigo recto. ¿A dónde ir? Se me ocurre que el parque que está junto a la ribera del río debería ser un sitio tranquilo donde pasar un rato.
Salgo de la ciudad por el puente de piedra. Sigo por el cementerio, giro hacia La Casa de las Ciencias, continúo hasta las piscinas municipales y aparco enfrente de La Hípica. Salgo del coche con la bolsa de libros y me interno entre los claroscuros que dejan las sombras de los árboles sobre la hierba. Me siento en el suelo apoyando la espalda en el tronco de un chopo. Es un buen sitio, con vistas excelentes y apartado de la zona de los paseantes. Saco un libro al azar, Catedral de Raymond Carver. El bueno de Carver, sus palabras certeras, rebosantes de sinceridad son el antídoto perfecto contra la apatía. Leerle es como deslizarse por un tobogán. Un trueno. De seguido el chaparrón. Es la típica tormenta de verano. Corro a refugiarme dentro del coche.
Minutos más tarde, vuelve a lucir el sol. A pesar de que ya no llueve, permanezco en el coche. Acabo el relato que estoy leyendo y sigo con el siguiente.
Cuando quiero darme cuenta son las siete de la tarde. Por fin puedo regresar.
En casa todo está limpio e impecable. Elena se ha esmerado. Al entrar en el salón veo que hay varios mensajes en el contestador. Escucho el primero. Es de mis hermanas:
-        (Cantando a dúo) Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Te deseamos tus hermanas, cumpleaños feliz…
Apago el aparato. Entro en el baño y abro el grifo para que la bañera se vaya llenando. Aplico gel y sales perfumadas. Enciendo unas velas y pongo música suave. Quiero crear un ambiente agradable. Este baño es la recompensa por las horas que he pasado fuera de casa. Me desnudo y me meto en el agua caliente. Todo es perfecto. Sin embargo, sigo arrastrando un sentimiento acre del que no logro desprenderme. Me doy cuenta de que hoy, día de mi cumpleaños, mi único deseo es volver al útero materno. De hecho, el baño es justamente eso, un vano intento, una recreación inconsciente y chapucera por crear un saco amniótico donde esconderme del mundo para siempre.

pepe pereza

REVISTA AGITADORAS Nº 63 – MAYO 2015

domingo, 3 de mayo de 2015

EL DÍA QUE FOTOGRAFIÉ A BIGAS LUNA

Estamos desnudos, fumando en silencio. Acabamos de follar y cada uno ocupa su lado de la cama. En un momento dado ella se acaricia el vello púbico y deja caer una pregunta.
-        ¿Crees que debería de afeitármelo?
-        Haz lo que quieras.
-        ¿Me ayudas?
En el baño cojo todo lo necesario para el rasurado. Cuando regreso al dormitorio ella está esperando nerviosa y excitada, deseosa de eliminar cuanto antes toda la pelambrera de su pubis.
-        Vamos a ello.
Aplico espuma de afeitar y la extiendo por la zona.
-        Esto me recuerda a la peli que dirigió el tipo ese… el que le gusta mezclar la gastronomía con el sexo.
-        Bigas Luna –contesto.
-        Sí, ése…
Deslizo la maquinilla por el monte de Venus. Repito el movimiento un par de veces y luego la enjuago en una palangana.
-        ¿Sabes qué película digo?
-        Las edades de Lulú.
-        Sí… Joder, cuando la vi en el cine mojé las bragas de lo cachonda que estaba.
-        ¿Te acuerdas de la exposición colectiva que organizó el Ayuntamiento el año pasado, esa en la que reunieron a varios artistas para que expusieran su obra en las calles de la ciudad? No sé si sabrás que uno de los artistas invitados era Bigas Luna.
-        Ni idea.
-        Él se encargó de diseñar una especie de huerto ecológico en medio de La Plaza del Parlamento. Coincidí con él y le hice una foto.
-        ¿Le hiciste una foto a Bigas Luna?
Sí, se la hice. Lo recuerdo porque un minuto después ocurrió algo horrible. Una niña pequeña cayó del balcón de un cuarto piso. La caída fue tremenda y la criatura murió en el acto. Yo estaba a menos de tres metros. Tenía la cámara a mano. Sabía que podía hacer unas fotos impactantes, más cuando la madre bajó a la calle y se arrodilló junto al pequeño cadáver gritando su dolor a los cuatro vientos. Pobre mujer. Solo con recordarlo se me encoge el estómago. No quise hacer las fotos. Hubiera sido una falta de respeto al dolor de esa madre. De repente las manos me empiezan a temblar.
       -        Sigue tú, ahora vuelvo.
       -        Joder, tío.
Voy al salón. Rebusco entre los álbumes hasta dar con la foto que le hice a Bigas Luna. Observo la cara del famoso director, aunque lo que realmente veo es a la niña y a su madre. Esta foto siempre será la que no me atreví a hacer aquel día.
       -        Cariño ¿puedes venir?
       -        ¿Qué pasa?
       -        Me he cortado.
Devuelvo el álbum a la estantería y regreso al dormitorio.

pepe pereza

jueves, 30 de abril de 2015

EN CASA


Gracias a Ricardo Moreno Mira por el detalle

PRESENTACIÓN


FRÍO


Salgo a la calle. Enfilo el camino que bordea el río. Con suerte el aire fresco de la noche me aclarará las ideas. La luna parece una pandereta. Observo su reflejo en las negras aguas. Avanzo entre los árboles que se mecen a mi paso. Mi aliento me precede, se adelanta a mi zancada indicándome la dirección a seguir. Dos meses atrás, cuando caminé por esta misma vereda, el croar de las ranas se fundía con los cantos de los grillos y las cigarras. Hoy la noche es silenciosa. Cada vez hace más frío. Tanto, que las gotas de rocío se condensan en las carcasas de las farolas. Oigo un batir de alas. Levanto la cabeza y veo la silueta de un búho buceando bajo las estrellas. Toda esa belleza esconde una mortal estrategia. El depredador exhibiendo su maestría, a la espera de que la presa quede subyugada por su embrujo. Me enciendo un cigarro. El humo y la nicotina se mezclan con el vapor de mis pulmones. Paso por debajo del puente de hierro. De inmediato me embiste el recuerdo de cuando era un niño y cruzaba este mismo puente para ir a bañarme a las piscinas municipales. Amparado por la nostalgia del momento lanzo la colilla al suelo, con rabia. Y la pisoteo como si fuera un gusano inmundo. Las piernas me pesan. Llego hasta un banco próximo y dejo caer todo el peso de mi cuerpo sobre él. A lo lejos suena la sirena de una ambulancia, siento una sacudida en el estómago. Hace demasiado frío para quedarse sentado. Al acercarme de nuevo al río, veo que la niebla oculta la corriente creando otra por encima, más etérea y extraña. Dan ganas de sumergirse en ella. Sigo caminando hacía unas estructuras artificiales. Son torres construidas con la intención de que las cigüeñas hagan sus nidos ahí. Distingo a varias de ellas arriba. Dormitan y se acurrucan buscando calor. Tomo una de las sendas que se adentran en el parque. Arrastro los pies haciendo crepitar la grava. Todo es confuso ahora. Ni siquiera el frío glacial consigue espabilarme. Echo de menos el sol de verano. De aquellos veranos, cuando era niño y cruzaba el puente para ir las piscinas municipales. Entonces la vida tenía sentido, merecía la pena vivir. Al llegar a lo alto de la colina el viento me golpea en la cara. Aprieto los dientes con fuerza, haciéndolos rechinar. Podría volver a casa. Pero allí solo hay un televisor con poco, o nada, que ofrecer y un colchón que garantiza insomnios. Mejor seguir caminando.

pepe pereza