jueves, 21 de julio de 2016

PRÓXIMAMENTE

LINCOLN en el bardo
ON SALE FEBRUARY 14, 2017 A LA VENTA 14 DE FEBRERO DE 2017
PRE-ORDER THE BOOK Amazon Barnes & Noble Indiebound PRE-ordenar el libro Amazon Barnes & Noble IndieBound
PRE-ORDER THE eBOOK Kindle Nook iBookstore ORDEN PRE-El libro electrónico Kindle Nook iBookstore

En su esperada primera novela, el maestro estadounidense George Saunders entrega su más original y trascendente trabajo. Que se desarrolla en un cementerio, en el transcurso de una sola noche.


miércoles, 20 de julio de 2016

ROCKDELUX - ENTREVISTA A DONALD RAY POLLOCK - FEBRERO 2013

ENTREVISTA (2013)
DONALD RAY POLLOCK
La vida era esto
Por Kiko Amat

Donald Ray Pollock erige en sus libros una Gran Verdad mediante fragmentos naufragados de su vida, poniendo sus entrañas extirpadas a secar y recubriéndolas de imaginación. Su debut de 2008, “Knockemstiff”, fue una colección enhebrada de emotivas historias lumpen sobre su antiguo pueblo. Tres años después, mezcló novela negra con monstruosidad y crueldad sureñas, estigmas sangrantes, redención y un impresionante retablo con lo peor y mejor de cada casa en “El diablo a todas horas”. Kiko Amat lo entrevistó a propósito de la edición del libro en España en 2012.
John Fante lo definió como La Verdad. “No quiero decir realidad autobiográfica”, decía al intentar describirla. “Es otra cosa. No sé cómo llamarla, pero es distinta de la autobiografía, y a la vez muy similar a ella”. Es difícil hablar de La Verdad; o la entiendes y eres capaz de distinguirla, o no. Pues esa verdad emocional existe, y le salta a uno a los ojos, uñas en ristre, al leer a determinados autores. Es esa narrativa llena de salvaje honestidad, confesión, compasión, brutalidad y humor, escrita en un lenguaje limpio, duro y hermoso, sin fingimiento, pomposidad ni afectación. Que se niega a guardar silencio –como decía el prólogo a “Fragmentos de un cuaderno manchado de vino” (2008), de Bukowski– “acerca de quienes más sufrían: los castigados, los pobres, los locos, los parados, los vagabundos en los callejones de mala muerte, los alcohólicos, los inadaptados, los niños maltratados, la clase obrera (...) Los agonizantes flacos y orgullosos”. Donald Ray Pollock (Knockemstiff, Ohio, 1954) posee la fuerza de la verdad, la que uno se arranca de las propias vísceras y anuda en eslabones de ficción, y esta vez, en “El diablo a todas horas” (2011; Libros del Silencio, 2012), la ha puesto al servicio de una adictiva, violenta y auténticamente emotiva historia sobre obsesión, fanatismo y sangre fácil en el Medio Oeste norteamericano.
“Mientras escribía los cuentos que figuran en mi primer libro permanecí fiel a ciertas cosas, especialmente a la pobreza y a la reputación de lugar duro que tenía mi pueblo, así que el lugar resultó mucho más ‘real’ para mí de lo que habría sido si todo hubiese sido inventado”

Harry Crews decía: “Me sedujo el crear mundos que nunca habían existido, pero también el enhebrar una sarta de mentiras que (...) terminaba siendo mucho más verdadera que lo que me había sucedido en la vida real”. ¿Podría eso aplicarse a tus obras? Cualquier escritor puede explicar el proceso creativo mejor que yo. Creo que cuando escribo entro en un mundo de sueños, pero, al igual que en los sueños, todo está influenciado por lo que ha pasado en mi vida. Mientras escribía los cuentos que figuran en mi primer libro –“Knockemstiff” (2008; Libros del Silencio, 2011)– permanecí fiel a ciertas cosas, especialmente a la pobreza y a la reputación de lugar duro que tenía mi pueblo, así que el lugar resultó mucho más “real” para mí de lo que habría sido si todo hubiese sido inventado. En otras palabras, el libro tenía unos cimientos basados en la realidad, y alrededor de ella construí, como dijo Crews, “una sarta de mentiras”.

Crews también dijo que “la mejor narrativa casi siempre va de lo mismo: gente haciéndolo lo mejor que puede con lo que les ha tocado en suerte, a veces actuando con honor, a veces no. A veces con amor y compasión y misericordia, a veces no”Creo que la mayoría de mis personajes encajan en esa descripción, pero probablemente la gran mayoría de personas en el planeta también lo hagan.

Al igual que Nelson Algren, Crews, Malcolm Braly o Edward Bunker, hablas de los del fondo del cubo, pero lo haces con completa empatía. Incluso les tienes estima a los más pérfidos. Solo hay un personaje en “El diablo a todas horas” que me cae algo mal y es Teagardin, el predicador pedófilo. Me sería extremadamente difícil, quizá imposible, escribir largo y tendido sobre personajes que siempre me cayeran gordos. Cuanto menos, siento simpatía por los que terminan siendo malos, porque, después de todo, yo los hice de esa manera.

Owen Jones, en su “Chavs: La demonización de la clase obrera” (2011; Capitán Swing, 2012), afirma que los orígenes opulentos quizá no te impidan sentir empatía hacia los desfavorecidos por el sistema, pero desde luego sí dificultan tu comprensión de lo que piensan y las condiciones en que viven. Supongo que la razón por que entiendes tan bien a tus personajes es que eres como ellos. Bueno, sin duda me crié en un ambiente de clase trabajadora. Mi padre apenas terminó el octavo grado (el equivalente a 2º de ESO) y luego trabajó cuarenta y dos años en una fábrica de papel. Tuvo la suerte de que era un empleo sindicado. Sacó algo de dinero y gozaba de seguro de salud y, por eso, aunque mi familia tal vez se habría definido a sí misma como clase media-baja, éramos ricos en comparación con algunos de los chicos con que crecí.

Escapar del entorno es la médula espinal de “Knockemstiff”, y en “El diablo a todas horas” también hay sueños de fuga. ¿Era escapar de tu destino el pensamiento dominante de tus años obreros? ¿Hay alguien que quiera permanecer en Ohio? En primer lugar, no creo que Ohio, aunque ciertamente no es un lugar atractivo ni glamouroso donde vivir, tenga gran cosa que ver con eso. Estoy seguro de que un montón de gente desearía escapar de la ciudad en España donde se crió, o de un mal matrimonio en Tokio, o de un pésimo trabajo en San Francisco. Ohio solo es el único lugar que conozco de verdad, por lo menos lo suficiente para escribir sobre él. Es cierto que el pensamiento primordial de mis años en la fábrica de papel era la fuga, pero es que igualmente siempre he sido el tipo de persona que piensa que sería más feliz viviendo en otro lugar. Me tomó mucho tiempo darme cuenta de que no era el caso.

La redención es el epicentro de este libro. Hay un montón de esperanza y necesidad de salvación. Les ofreces algo que no ofreciste a los personajes de “Knockemstiff”: la oportunidad de una vida mejor y un futuro más brillante. Si he de serte sincero, lo que sucede es que cuando escribí “El diablo a todas horas” pensé más en el lector, y sé que a la gente le gusta encontrar al menos un atisbo de esperanza o de optimismo al final de un libro. Cuando escribí las historias de “Knockemstiff” no tuve en cuenta al público en absoluto, porque no creía que jamás fuese a publicar lo que escribía. ¿Hace eso que “El diablo...” sea un libro menos honesto? No lo creo. En todo caso, el lector se convierte en otra influencia de la narración.
Recientemente entrevisté a Steve Earle por “No saldré vivo de este mundo” (2011; Alpha Decay, 2012) y me dijo que los novelistas tienen que ser responsables, mostrar los aspectos positivos de las personas, no solo la oscuridad. ¿Es algo que suscribes? Bueno, estoy bastante de acuerdo con eso, pero tengo que admitir que no creo demasiado en cosas como la “responsabilidad del novelista”. Pienso que si el escritor se esfuerza para escribir la historia con honestidad, todo, bondad y oscuridad, acabarán mostrándose, al menos hasta cierto punto.

Algunos críticos cursis describen tu trabajo como “pornográfico”, sugiriendo que es cínico mostrar solo los actos más horribles imaginables y las más bajas intenciones. Yo diría lo contrario: tu novela está llena de esperanza, porque la moraleja es que, incluso en Meade, rodeada de lo peor, la gente logra actuar con bondad. No escribo cuentos de hadas. Seamos realistas: aunque la mayoría de las personas suelen ser amables y cariñosas, unas cuantas son malas. Por añadidura, si alguien piensa que mi trabajo solo muestra “los actos más horribles imaginables”, es que no se han puesto al día de la actualidad. Mis personajes ni siquiera se acercan a lo que los seres humanos son verdaderamente capaces de hacer en términos de las “más bajas intenciones”. Las cosas que escribo son ligeras en comparación con, por ejemplo, la masacre de veinte niños en una escuela de Connecticut hace poco.

Por la misma razón, en tu última novela se aplica castigo. A pesar de que los inocentes se ven perjudicados, los malvados no se van de rositas. La gente debe responsabilizarse de sus crímenes, y creo que, en última instancia, la gente mala paga por sus pecados. No quiero ni pensar lo que el mundo sería si eso no fuese cierto. El castigo quizá no sea siempre la cárcel o la silla eléctrica o algún tipo de infierno en el más allá, pero al menos que anden con las almas podridas y nunca encuentren la paz.

Los finales relativamente agradables son tan fieles a la realidad como los malos finales. La vida real es una mezcla de los dos, ¿no te parece? Considera la cantidad de historias reales que tienen lugar en el mundo, todos los días. Hay miles de millones de ellas. Algunas personas son bendecidas y otras no; siempre ha sido así. La vida no sería tan dulce si a todo el mundo se le asegurara un final feliz.
Te voy a preguntar algo que también le pregunté a Earle: si, como Studs Terkel dijo, “la diferencia entre intérprete y artista es la afirmación del yo, el Aquí Estoy”, ¿cuánto de ti hay en “El diablo a todas horas”? ¿O quizá hay un poco de ti en cada personaje? (esperemos que no en Teagardin). Por supuesto. Incluso en Teagardin, joder. En el momento en que piensa en sentar cabeza en una vieja granja, y fantasea sobre sus hijos jugando en el patio al atardecer mientras él lee buenos libros en el porche... Eso es un pequeño pedazo de mí.

Venganza, secretos y culpa en “El diablo a todas horas”. Hay abundancia de las tres. Bueno, la narrativa debe ofrecer conflictos para ser interesante y, como he dicho antes, no escribo cuentos de hadas. Muy pocos de nosotros somos santos. En algún momento la mayoría de la gente ha fantaseado con vengarse de alguien, ¿no? Si retirásemos las complicaciones, secretos, culpa, lujuria, venganza... la mayoría de historias no merecerían ser leídas.

Se te compara con frecuencia a Cormac McCarthy, pero para mí “El diablo a todas horas” es una mezcla de Harry Crews, “Malas tierras” (Terrence Malick, 1973) y cualquier canción de Drive-By Truckers. Y el humor negro de Flannery O’Connor. Me influencian muchas cosas, incluyendo música y películas, o incluso algo que escucho por casualidad en la gasolinera. Me avergüenza que la gente me compare con Flannery O'Connor, ¡especialmente por ella! Sin embargo, McCarthy dijo una vez: “Los libros se hacen de libros”. Me parezco a otros autores, sin duda.

Última pregunta: ¿has visto alguna vez morir de forma violenta a un hombre? No violentamente. He visto a dos de mis amigos morir, pero ambos padecían cáncer. Odio decirlo, pero una muerte violenta habría sido mejor.


miércoles, 13 de julio de 2016

EL MERODEADOR - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ - MÁS FRAGMENTOS

EL MERODEADOR: Fragmentos (3).
Es de noche. En la estación. Hace frío y nuestro hombre ha encendido una pequeña hoguera entre las ruinas. Bebe. Apura a grandes sorbos su tercer cartón de vino mientras observa como hipnotizado esas sombras largas y distorsionadas que proyectan las llamas en la oscuridad, esos cuerpos famélicos y horribles, de asesinos, de merodeadores y monstruos, hasta que le va venciendo el sueño, se le cierran los ojos, cabecea y se baba y vuelve a abrirlos, ve de nuevo chispas rojas que se elevan, que gravitan, que dan vueltas, figuras extrañas, crepitantes, y se tumba en el suelo y se arrebuja todo en trapos hasta que se queda al fin dormido... Y entonces yo me acerco y veo su cara de niño asustado iluminada por la luz de esa fogata que se extingue, veo sus párpados morados, su rostro hinchado, le veo soñar inquietamente, borracho, enfermo, helado, acurrucado en su abrigo y tembloroso frente al frío, desahuciado, solo, esperando que amanezca... Y miro a mi alrededor y pienso que allí, en la estación, ya no hago nada, que no puedo hacer nada, que en realidad yo no soy nada, licenciado, escritor, periodista, representante, ventrílocuo, opositor... y decido yo también intentar dormir un rato, apagar ya de una vez el flexo y acostarme... sosegarme... poner punto final.

Vicente Muñoz Álvarez, de El merodeador (ACVF editorial, 2016).


miércoles, 6 de julio de 2016

EL MERODEADOR - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

Volví a Cravan. El poeta boxeador contra Jack Jhonson. Golpe a golpe. Seis asaltos. La Barcelona dorada de entreguerras, su obsesión por Wilde y aquella despedida fantasmal de Mina, esos dos minutos de metraje robados al olvido que preceden, como un epitafio, a su desaparición en el Golfo de México... Logré terminar la película, pero su final, el de Cravan, me desazonó por completo y me hizo pensar de nuevo en L, en ese instante también desaparecido, en dónde estaría, qué le habría pasado, y en otras cosas a las que mi cabeza, pese a intentar evitarlo, se obstinaba una y otra vez en volver.

Vicente Muñoz Álvarez, de El merodeador (ACVF editorial, 2016).

sábado, 11 de junio de 2016

MUSGO

Mi padre conduce y yo, sentado en el asiento del copiloto, finjo que estoy dormido. Hace media hora que salimos de la ciudad. No sé muy bien dónde nos dirigimos, con lo cual no puedo calcular cuánto durará el viaje. Espero que no se alargue. Mientras tanto sigo con los ojos cerrados, haciendo que duermo. Se acercan las navidades y en la parroquia quieren montar un Belén. En su momento mi padre se ofreció a llevar el musgo, así que esta mañana, aprovechando que es sábado y que no tengo instituto, me ha pedido que le acompañe al bosque a buscarlo. No me hace gracia tener que acompañarle, y es que nunca sé de qué hablar con él. A él le pasa lo mismo conmigo. Cuando estamos juntos la mayoría del tiempo permanecemos en silencio. Un silencio incómodo que nos separa y nos lleva a mundos diferentes. De repente, el coche pega un frenazo y salgo impulsado hacia delante. El cinturón de seguridad evita que me golpee contra el parabrisas delantero.
-¿Has visto eso?
No sé a qué se refiere. En la carretera no hay nada fuera de lo normal.
-Hemos estado a punto de atropellar un jabalí.
-No he visto nada.
-Era enorme. Ha cruzado la carretera como un rayo. Menos mal que he podido frenar a tiempo.
Estamos en zona boscosa y la carretera está flanqueada de árboles. El hábitat ideal para toparse con ese tipo de fauna. Reemprendemos la marcha. Hace frío dentro del coche. Subo la calefacción y enciendo la radio. Música clásica. No es lo que me apetece oír, pero dado que a mi padre parece gustarle dejo el dial donde está. Al fondo, a lo lejos, pueden verse los picos nevados de unas montañas. Un mar de nubes desciende por sus laderas a paso de tortuga. Seguimos por la carretera comarcal. Un poco más adelante hay una pequeña explanada. Mi padre desvía el coche hacia ella y para el motor. Antes de adentrarnos en el bosque en busca de musgo, nos abrigamos con los plumas, los guantes y el gorro de lana. Abrimos el maletero, cogemos una pequeña azada y dos cestos y nos ponemos en marcha. Debido al frío, el aliento que sale de nuestras bocas lo hace en forma de vapor. El suelo está empapado por la lluvia caída y a los pocos pasos tenemos las botas embarradas. Mi padre va en cabeza, abriendo camino. No vamos por ningún sendero, nos limitamos a avanzar campo a través sorteando zarzas y todo tipo de vegetación. Llegamos a una pendiente que se eleva casi en vertical. La bordeamos y salimos a un terreno más accesible. Seguimos ascendiendo. Sé que el musgo crece en lugares húmedos. Todo lo que nos rodea está húmedo, encharcado, chorreante, inundado… sin embargo, no veo musgo por ningún sitio.
-¿No hubiera sido mejor comprar el musgo en una floristería?
-Seguramente, pero entonces no estaríamos disfrutando de estas vistas.
El paisaje es bonito, no cabe duda, pero hace tanto frío que si me dan a elegir entre estar aquí o en mi cama, elegiría lo segundo sin dudarlo. Tengo los pies helados y empiezo a estar harto de todo esto. Continuamos andando. Al rato, salimos a una franja despejada de árboles. Es un cortafuegos que atraviesa la montaña dividiéndola en dos. Al no tener la protección de los árboles en esta zona el viento sopla con más fuerza. Cruzamos deprisa y volvemos a internarnos en la floresta. Empiezan a caer pequeños copos de nieve. El viento los impulsa de un lado para otro. Miro al cielo con preocupación. Mi padre sigue colina arriba sujetando su cesto. Le sigo.
Finalmente damos con un área donde las rocas y el suelo están cubiertos de musgo.
-Lo ves, te dije que lo encontraríamos.
Se muestra contento por el hallazgo. Me quito los guantes y avanzo hacia un grupo de piedras dispuesto a arrancar un buen pedazo de musgo que cubre una losa plana, pero antes de que lo haga mi padre sugiere que nos tomemos un descanso.
-Disfrutemos un rato del paisaje.
Le da la vuelta a su cesto y se sienta sobre él. Hago lo mismo. Aunque sigue nevando, los copos no llegan a cuajar. En cuanto tocan el suelo, se disuelven y desaparecen sin dejar rastro. Los minutos pasan y ninguno dice nada. Es en momentos como este cuando la falta de comunicación entre mi padre y yo se vuelve incómoda. Me gustaría poder decir algo. Tener la confianza para hablar con él sin tapujos, pero siempre se origina un bloqueo por parte de los dos que lo impide. Mi padre es un completo desconocido. Me di cuenta el otro día en el parque del Ebro. Juanjo, mi mejor amigo, y yo conocimos a una pandilla de chicos y chicas en el Bunker, estuvimos bebiendo cervezas con ellos y nos caímos bien. Alguien sugirió ir al parque a fumar unos petas y todos nos fuimos para allá. Llegamos y los canutos empezaron a circular. Todo iba genial, hasta que uno de los chicos dijo: Mirad, ahí está el pervertido que viene a espiar a las parejas. Todos dirigimos nuestras miradas hacia un tipo alto que iba vestido con un abrigo largo. En un principio no le reconocí, pero cuando el grupo se puso a insultarle y él se volvió brevemente pude ver que era mi padre. Me quedé helado. No podía creérmelo… Se escuchan unos ruidos entre la vegetación. Lo que sea que origina el ruido es grande y se acerca. Bien podría ser un jabalí furioso como el que hemos estado a punto de atropellar. De reojo veo que mi padre sujeta la azada con fuerza. Sus nudillos están blancos por la presión que ejerce sobre el mango. Pero no, los que salen de la espesura son una vaca y su ternero. Pasan pacíficamente por delante de nosotros y siguen su camino hasta que desaparecen detrás los árboles. El incidente pone fin al descanso. Empezamos a coger pedazos de musgo. Mi padre ayudándose de la azada, yo directamente con las manos. Es como arrancar postillas de una gran herida.
Si caminar por el monte con los cestos vacíos era peliagudo, acarrearlos llenos se vuelve tremendamente complicado. Tengo que esforzarme por mantener el equilibrio, luchar con la vegetación y no resbalar con el barro. Luego está que no caminamos por terreno llano o un sendero, vamos campo a través, igual que lo hicimos antes. No me parece la opción más inteligente, pero la iniciativa es de mi padre y no me queda más remedio que seguirle. A medida que avanza la mañana la nevada va tomando fuerza. Si hace unos minutos los copos eran escasos y se derretían al tocar el suelo, ahora se han multiplicado y al posarse permanecen intactos. Dentro de poco estará todo cubierto de blanco.
En el suelo hay tres dedos de nieve. Sigo las huellas que va dejando mi padre. Para mí que ya deberíamos haber llegado al cortafuegos. Hace rato que caminamos y tengo la impresión de que nos hemos perdido.
-¿Seguro que vamos bien?
-Seguro. Confía en mí.
Sospecho que en realidad no sabe dónde estamos. Nieva tanto que apenas se distingue lo que está a unos metros de distancia. Mi padre avanza en línea recta. En un momento dado se detiene. Mira de izquierda a derecha. Titubea. No sabe qué dirección debe tomar. Sus dudas confirman mis temores.
-Admítelo papá, no tienes ni idea de dónde estamos.
-Puede que me haya despistado un poco.
-¿Y qué hacemos ahora?
-No sé. Déjame pensar.
Noto la preocupación en su cara y eso me da miedo. Saco el móvil. No hay cobertura. Estamos perdidos en el bosque, nieva, hace frío y para colmo no podemos hacer uso de lo único que nos podría ayudar. Dejamos los cestos en el suelo y echamos un vistazo alrededor. Árboles por todos los sitios, imposible ubicarse.
-Imagino que si seguimos bajando, tarde o temprano llegaremos a la carretera.
Volvemos a cargar con los cestos y descendemos. La vertiente es pronunciada, tenemos que agarrarnos a las ramas de los árboles para no caer de culo. Llegamos a un tramo donde la fisonomía del terreno nos obliga a ascender. De repente deja de nevar. Un problema menos.
Después de subir y bajar unas pocas colinas seguimos sin dar con la carretera. Entramos en un área plantada con grandes pinos. El suelo es blando, se nota que debajo de la capa de nieve hay una tupida alfombra de agujas secas que amortiguan nuestras pisadas. A lo lejos escuchamos unos ladridos. Tanto mi padre como yo llegamos a la misma conclusión: donde hay un perro hay un dueño. Sin necesidad de hablarlo cambiamos de dirección y nos dirigimos hacia los ladridos. Salimos a un claro. Un perro ratonero aparece frente a nosotros y se acerca amistosamente moviendo el rabo. Dejo el cesto en el suelo y le rasco detrás de las orejas. El animal se pega a mis tobillos.
-¿Qué pasa, perrito, te gusta que te rasquen?
-Yo que tú tendría cuidado, esos chuchos suelen estar plagados de pulgas y garrapatas.
No hago caso de las advertencias de mi padre y sigo rascándole los lomos. De pronto escuchamos un silbido. El perro sale disparado hacia el lugar de donde proviene. Le seguimos. El silbido es la confirmación de que alguien está cerca. Sorteamos unos arbustos altos y vemos a un hombre de mediana edad sentado en un tocón. En la comisura de los labios sostiene un cigarrillo liado a mano. Manipula una soga y apenas presta atención a nuestra llegada, tan solo una mirada de soslayo. A su vera, el perro mueve la cola con entusiasmo. Le damos los buenos días y le ponemos al tanto de nuestra situación. El hombre, sin ningún entusiasmo, nos señala el camino que debemos tomar.
-Vayan por ahí hasta que lleguen a un sendero. Síganlo y les llevará directamente hasta la carretera.
 Mientras habla el perro vuelve a acercarse a mí.
-          ¿Cómo se llama el perro?
-          Ese malnacido ha dejado de tener nombre. No se lo merece.
-          ¿Por qué?
-          Ahí donde le ves, anoche mató cinco gallinas. Por eso lo voy a colgar por el cuello de esa rama-dice señalando con la punta de la nariz hacia uno de los árboles.
Me doy cuenta de que habla en serio al ver que con la cuerda que tiene entre las manos está haciendo el típico nudo corredizo de la horca.
-Supongo que está bromeando-dice mi padre.
-No señor, no bromeo. Cuando un perro mata a una gallina tenga por seguro que lo volverá a hacer. Si no lo hace en tu propio gallinero lo hará en el del vecino. Por eso es mejor acabar con animal cuanto antes y así evitarse problemas.
No quiero ni pensar que este perro tan simpático que estoy acariciando dentro de unos minutos estará colgado de la rama de un árbol.
-Se lo compro.
Lanzo la oferta sin pensar. Un acto reflejo que sorprende tanto a mi padre como a mí. El hombre deja de manipular la soga y me mira directamente a los ojos.
-¿Cuánto ofreces?
Abro mi cartera. Tengo treinta y cinco euros.
-Por esa cantidad prefiero darme el gusto de verlo colgado por el pescuezo.
Miro a mi padre suplicando ayuda.
-No sé si es buena idea. Además, a tu madre nunca le han gustado las mascotas.
-Papá, por favor, préstame el dinero que lleves, te prometo que te lo devolveré.
De mala gana saca la cartera. Hacemos recuento. Entre los dos sumamos ciento diez euros. Mi padre reserva el billete de diez, el resto se lo ofrecemos al hombre a cambio del perro. El perro, ajeno a las negociaciones, sigue junto a mí reclamando caricias.
-Cien euros me parecen bien.
Mi padre le entrega el dinero.
-Por el mismo precio les regalo la correa- dice arrojándome la soga con el nudo corredizo terminado.
La cuerda es lo único que puedo utilizar para poder llevarme al perro, así que la cojo y se la pongo alrededor del cuello. Empieza a nevar otra vez. Miramos al cielo. No pinta bien.
-Va a caer una buena. Si quieren les acompaño hasta la carretera.
El ofrecimiento del hombre nos parece bien. Cargamos con los cestos y nos ponemos en camino. Al poco llegamos a un sendero. Lo seguimos hasta dar con la carretera. En el arcén hay un todoterreno. El hombre monta en el vehículo y pone el motor en marcha.
-Les aconsejo que se den prisa si no quieren que les pille la tormenta.
A continuación  se despide de nosotros y se aleja conduciendo en dirección opuesta a la nuestra. El perro al ver que su dueño se marcha sin él quiere seguirle. Tengo que sujetar firmemente la cuerda para detenerle. Tiro con fuerza, pero está obcecado en ir en busca de su amo. Dejo el cesto en el suelo y trato de imponerme al animal. Cuanto más tiro de la soga más presión ejerzo sobre su cuello. Veo que el pobre chucho está con la lengua fuera. Al ceder un poco para no ahogarlo la cuerda se me escurre de las manos. El perro aprovecha para escapar. Corro detrás intentando darle alcance. Es una batalla perdida. El perro se aleja cada más y más. Al final lo pierdo de vista. Pronto me quedo sin aire en los pulmones y tengo que parar. Frente a mí los copos de nieve caen como confetis en una fiesta. Doy la vuelta y regreso hasta el lugar donde aguarda mi padre.
-Veo que no has podido alcanzarle. Mejor.
Me jode que diga eso porque en estos momentos ese perro tonto corre para reunirse con su verdugo. Para colmo, lleva al cuello la cuerda de la que terminará colgando.
-¿Te acuerdas del otro día en el parque cuando un grupo de chavales te insultaron diciéndote que eras un pervertido y un mirón? Yo estaba con esa gente-le digo sin pensar, dejándome llevar por un arrebato.
Mis palabras lo paralizan. Con él se detiene la expansión del universo y los planetas dejan de girar. Los copos de nieve que caen se frenan en seco y quedan flotando en el aire. Todo, absolutamente todo se detiene durante el breve momento que mi padre guarda silencio. La pausa universal acaba cuando habla y el mundo recobra el movimiento con sus palabras:
-Ya hablaremos de eso en otro momento.
Emprende el camino. No le veo la cara, aunque puedo notar la tensión a través de su espalda. Me gustaría decirle que no, que este es el momento perfecto para hablar de Eso. Pero callo. Me limito a coger el cesto y a seguirle a cierta distancia. 

pepe pereza

miércoles, 8 de junio de 2016

MI RELATO EN LA ANTOLOGÍA "MÚSICA DE VENTANAS ROTAS" HOMENAJE A JOHN FANTE

HABITACIÓN 226
Cuando abro los ojos mi mujer ha salido de la cama y está frente a la ventana. Miro el reloj. Son las cuatro de la madrugada.
-¿Qué pasa?
-Explícamelo tú.
Lo dice cabreada, como si yo fuera el culpable de su enfado. No entiendo nada. ¿Qué me he perdido desde que nos acostamos pacíficamente hasta este otro momento dramático? ¿Qué ha ocurrido en este lapsus de tiempo? Por un instante creo que sigo dormido y que la escena es parte de un sueño surrealista. Pero no, yo estoy despierto y ella está enfadada.
-¿Quién es Irene?
-No lo sé.
-Pues no dejas de nombrarla en sueños.
-No recuerdo haber soñado nada.
-Es por ella que mañana te vas a Madrid ¿verdad?
-No digas tonterías. Sabes que voy a la presentación de un libro.
Uno de Dan Fante, hijo de mi idolatrado John Fante. John Fante está entre mis escritores favoritos. He leído todos sus libros y todos son grandes obras literarias, algunos ellos obras maestras. Por ahora no he leído nada de Dan Fante, no obstante, estar junto a él es lo más cerca que estaré nunca del difunto John Fante. Dan comparte el mismo ADN de su padre y eso basta para que yo me tome la molestia de viajar hasta la capital.
-Vas por ella, lo sé.
-No conozco a ninguna Irene. Entérate. Además, te he pedido que me acompañes y no quieres.
-Sabes que tengo que trabajar y no puedo.
Agarra la cortina y se seca los ojos con ella. Un inmenso pañuelo capaz de absorber un océano de lágrimas.

El noventa y nueve por ciento de los lectores que hemos llegado a John Fante ha sido por recomendación de Charles Bukowski. El viejo indecente detestaba a gran parte del gremio de escritores, de hecho, de la quema total solo salvaba a dos: Louis-Ferdinand Céline y John Fante. Fue de este modo que los lectores de Buk nos interesamos por esos dos desconocidos y buscamos sus libros para saber si realmente eran tan buenos. Y lo eran. Joder, si lo eran. Sobrepasaron con mucho mis expectativas. Lo primero que leí de John Fante fue “Pregúntale al polvo”. Recuerdo que pensé: Este tío escribe como los ángeles. Fue un gran descubrimiento que siempre le agradeceré al viejo Hank… No encuentro la camisa de franela. Miro en el armario y no está. ¿Dónde la habrá dejado Ana? Cojo el teléfono y marco el número de la oficina donde trabaja mi mujer. No sabe dónde está, además, por el tono de su voz noto que sigue enfadada. Cuelgo. En vez de la camisa elijo una sudadera y la meto en la mochila. Solo voy a pasar una noche fuera, así que no necesito llevarme demasiada ropa. Con una muda y la sudadera será suficiente. Añado un neceser y un par de libros de John Fante para que me los firme su hijo Dan. Ese es todo mi equipaje. El autobús sale a las catorce treinta. Tengo la mañana entera para organizarme. Preparo café y pongo música. En esas llaman al teléfono. Me imagino que es Ana para decirme que ha recordado dónde ha guardado la camisa. Descuelgo. Es mi madre la que habla. Me dice que a mi padre se lo acaba de llevar una ambulancia con un fuerte dolor en el pecho. Que ella ha cogido un taxi y va camino del hospital. Dejo todo y salgo de inmediato para reunirme con ella.

            Mi madre retuerce los puños de la chaqueta como si estuviera escurriendo un paño mojado. Es un gesto motivado por los nervios. A mi padre le siguen haciendo pruebas mientras que nosotros aguardamos impacientes en la sala de espera.
-Esta mañana se ha levantado y estaba bien. Yo, al menos, le he visto como siempre. Después de desayunar ha empezado a notar una presión en el pecho y le costaba respirar. Creí que le estaba dando un ataque al corazón.
Miro la hora del reloj que cuelga de la pared. Son las doce y media. Quedan dos horas para que el autobús salga rumbo a la capital. Me pregunto si me dará tiempo a cogerlo. Sé que mi padre no tiene la culpa de lo que está pasando pero no puedo evitar sentir un leve resquemor hacia él por haber elegido justamente hoy para ponerse enfermo.
Acaban de dar las dos de la tarde y seguimos sin saber nada. He preguntado a un par de enfermeras pero no han sabido decirme qué está pasando con mi padre. No nos queda más remedio que seguir esperando. Llamo a la estación de autobuses para informarme de la salida de próximo autocar. A las dieciséis horas. La presentación del libro está programada para las nueve de la noche. Llegaría muy justo de tiempo pero llegaría, que es lo importante.
Pasada una eternidad se acerca un médico. Nos comunica que no han encontrado nada inusual en las pruebas que le han realizado a mi padre. Aun así, no quieren arriesgarse a darle el alta y lo ingresarán durante un par de días para seguir con los chequeos. Eso quiere decir que mi viaje a Madrid termina aquí. Me cabrea tener que renunciar a mis planes, aunque, mirando el lado positivo es un alivio saber que mi padre está bien.
-Lo hemos instalado en la habitación 226.
Subimos a la planta de cardiología y buscamos la habitación 226. Nada más entrar escuchamos un quejido bastante desagradable. Afortunadamente no es mi padre quien lo emite. La causante es su compañera de habitación, una anciana con más años que Matusalén que agoniza en la cama de al lado. Un pellejo relleno de huesos que da la impresión de haber salido de un campo de concentración. Comparado con ella mi padre parece rebosante de salud.
-¿Qué tal te encuentras, campeón?
-Estoy bien, hijo. Solo ha sido un susto.
-Susto el que me has dado a mí. Pensaba que me dejabas viuda.
-No te preocupes nena, aun tengo pensado darte mucha guerra.
Por un momento nos quedamos callados escuchando el lamento de la anciana. Es insoportable, además, la mujer le da una cadencia que lo hace aun más irritante.
-Lleva así desde que me han metido aquí.
Suena mi móvil. Me disculpo y salgo de la habitación para contestar a la llamada. Es Irene. No tengo registrado su número para evitar problemas con mi mujer pero me lo sé de memoria y nada más verlo he sabido que era ella.
-¿Vienes de camino?
-Malas noticias, cariño.
Le explico lo que pasa y me lamento por no poder pasar la noche en su compañía. Teníamos pensado acudir a la presentación del libro. Después iríamos a cenar a un buen restaurante, seguidamente daríamos una vuelta por los bares de la zona, tomaríamos unas copas y por último nos esperaba un maratón sexual en su casa. Lo teníamos todo planeado. Desgraciadamente al destino le ha dado por jodernos los planes.
-Una pena, porque me he comprado un conjunto de ropa interior que te iba a quitar el sentido.
A veces la vida es una puta mierda.
Odio los hospitales y todo lo que tenga que ver con ellos. Sus muros están impregnados de dolor, tristeza y muerte. Puedo notarlo, olerlo. Soy sensible a ello y me afecta negativamente. Estar dentro de uno me deja sin defensas y acaba con mi ánimo. Mi único pensamiento es escapar, huir de este ambiente deprimente. Después de comer mi padre se ha quedado dormido. Desgraciadamente, la anciana sigue con sus gemidos lastimeros. Emite un quejido y lo mantiene durante una par de segundos, luego se toma una pausa para tomar aire y vuelve a soltar el mismo lamento. Así una y otra vez. Su sufrimiento queda de manifiesto cada ver que pronuncia ese sonido. Nos obliga a ser conscientes de su dolor y eso me enerva. Joder, noto que voy a perder los nervios.
-¿Mamá, por qué no aprovechamos y bajamos a comer? Me muero de hambre.
En el restaurante del hospital sigue presente ese sentimiento de angustia que me achica el estómago y me impide comer. Necesito un respiro, salir de este lugar. Llego a un acuerdo con mi madre para establecer unos turnos. Ella se quedará con mi padre por la tarde y yo lo haré por la noche.

            Entro en casa dispuesto a darme un baño caliente que me relaje. Mientras se llena la bañera llamo a mi mujer y le pongo al tanto de la situación. La muy zorra se alegra de que haya tenido que suspender el viaje. Me dice que en cuanto salga de la oficina se pasará por el hospital para estar con mis padres.
El agua está demasiado caliente, aun así me meto en la bañera muy lentamente. Dando tiempo al cuerpo para que se adapte a las altas temperaturas. Una vez dentro, me enciendo un porro y me lo fumo con los ojos cerrados, dejándome llevar por la música que llega del salón. Enseguida mi mente despega y me lleva al otro lado del espejo. Me veo en la barra de un bar, hablando con Dan Fante sobre su padre mientras tomamos unas cervezas. Me gustaría saber tantas cosas de ese hombre. Para mí su mejor libro es “La hermandad de la uva”. Quizás porque el argumento me recuerda a un episodio que viví años atrás con mi padre. Por aquellos días, la casa que teníamos en el pueblo estaba llena de goteras y había que arreglar el tejado. Para ahorrarnos un dinero decidimos hacerlo nosotros mismos. Un trabajo aparentemente sencillo que se fue complicando por culpa nuestra incompetencia, hasta el extremo de tener que abandonar y contratar a unos profesionales. Mi padre y yo aprendimos la lección. Desde entonces hemos renunciado a todo lo que tenga que ver con el bricolaje y las chapuzas caseras.
Cuando me despierto el agua de la bañera está helada y tengo las yemas de los dedos arrugadas. Miro el reloj. Son las nueve y tres minutos de la noche. A esta hora, en Madrid, Dan Fante estará dando comienzo la presentación del su libro. Me jode no estar allí. Me jode aun más tener que pasar la noche en el puto hospital. Salgo de la bañera y me preparo para ir a relevar a mi madre. Después de una cena rápida salgo de casa con la mochila que en un principio había preparado para viajar a la capital. De camino no se me quita de la cabeza la presentación del libro. De no haberse puesto enfermo mi padre ahora estaría delante del hijo de John Fante.
Nada más abrir la puerta de la habitación 226 lo primero que me llega son los quejidos de la anciana. Dañinos como agujas en los oídos. Esperaba encontrarla dormida y en silencio, pero no. Intuyo que va a ser una noche muy larga. Mi madre y Ana se han ido. Quedamos la moribunda, mi padre y yo. Entra una enfermera con un carrito. Viene con la intención de cambiarle los vendajes a la abuela. Me pide que espere en el pasillo. Así lo hago. Cuando termina sale de la habitación y yo vuelvo a entrar. Mi padre se dirige a mí con un ligero crepito en la voz. Está impresionado por lo que acaba de ver.
-Esa pobre mujer tiene la espalda llena de llagas. Me ha dicho la enfermera que es de estar todo el tiempo tumbada.
Que se joda. Pienso para mis adentros, pero enseguida me arrepiento de mi falta de sensibilidad.
La habitación está en penumbra. Mi padre duerme. Yo leo “La hermandad de la uva” con ayuda de una linterna. La estancia estaría en silencio de no ser por los interminables y repetitivos lamentos de la vieja. Trato de olvidarme de ellos y centrarme en la lectura, no obstante, cuanto más lo intento más presentes están. Así no hay manera. Opto por salir y acercarme hasta la máquina de café. Selecciono un cortado descafeinado y me lo bebo junto a una de las ventanas. No hay nadie por los pasillos y disfruto de este momento de soledad. El zumbido del aire acondicionado resuena constantemente por toda la sala. Es bastante molesto aunque lo prefiero mil veces a las quejas de la anciana. Terminado el café me apetece fumar. Me lio un porro en el servicio de minusválidos. Luego bajo a la calle para fumármelo. Afuera está refrescando y me arrepiento de no haber cogido la sudadera. El cielo nocturno está limpio de nubes y estrellas y la luna destaca sobre los tejados de la ciudad. Hay un sentimiento de derrota hurgando en mi interior. Una especie de desgaste que me oprime el pecho. Me gustaría salir corriendo. Huir lejos de este edificio. No quiero volver dentro, pero es mi obligación. Además hace frío.
Cuando entro en la habitación mi padre sigue durmiendo. Por desgracia, la vieja no. Me acomodo en el sillón reclinable y cierro los ojos. Imposible. Con sus lamentos no consigo conciliar el sueño. Alumbro su cara con la linterna y le digo que se calle. La anciana hace caso omiso de mis palabras y continúa dejando constancia de sus padecimientos. Dudo que se haya enterado de algo. Vuelvo a cerrar los ojos e intento dormir. Y pensar que ahora tendría que estar follando con Irene. Escuchando sus gemidos de placer y no los estertores de una moribunda. En fin, prefiero no pensar en eso. Centrarme solo en dormir para que el tiempo vuele. Lamentos, lamentos y más lamentos. Ahora, en el silencio de la noche, resultan más penetrantes y desagradables que por el día, donde quedan atenuados por el ajetreo del hospital, el tráfico de la calle y demás ruidos. Me levanto del sillón, me acerco a ella e intento dejarle claro que estoy a punto de perder la paciencia.
-Cállate de una puta de vez, joder.
Por un momento guarda silencio. Luego intenta hablar.
-Aaa… taaa… mmmm.
-¿Qué coño dices?
-Mmm… taaa… mmmme.
-¿Qué?
-Mmmm… tamme.
No entiendo lo que dice. Prueba de nuevo hasta que al fin consigue vocalizar una palabra.
-Mmmátame.
La macabra petición me deja momentáneamente bloqueado. Antes de que pueda reaccionar me coge la mano y con ella se tapa la boca y la nariz. Trato de apartarla pero la sujeta con fuerza contra su cara. Quiere que la asfixie. Nos miramos fijamente y por un instante se produce una conexión. Noto su sufrimiento como propio y comprendo la necesidad de acabar con él. Cuando quiero darme cuenta la anciana ha dejado de respirar. Aparto la mano de su cara. Silencio total. De repente estoy muy cansado. Me tumbo en el sillón, cierro los ojos y me quedo dormido. Sueño con John Fante y con su hijo Dan. Ambos están encaramados en un tejado. Un enjambre de moscas los rodea mientras quitan las tejas y las sustituyen por pescado podrido.
Me despierto al escuchar a una enfermera entrando en la habitación. A través de las ranuras de la persiana veo que aun no ha amanecido. La enfermera se acerca a la cama de la anciana. No hace falta ser muy listo para saber que está muerta. Le toma el pulso para asegurarse. Sale de la habitación y al momento regresa acompañada de un médico. Certifican su fallecimiento y sacan el cadáver de la habitación para llevarlo al tanatorio. Me pregunto si debería mostrarme sorprendido como lo está mi padre. Aquí nadie sospecha de mí, todos dan por hecho que la anciana ha fallecido por causas propias de su enfermedad, así que me evito el paripé.
-Pobre mujer. Ha muerto sola, sin que nadie le haga compañía.

Al poco llega mi madre para relevarme. En el pasillo llamo a Irene. Quiero saber cómo fue la presentación del libro y si ha hablado con Dan Fante, pero no contesta a mi llamada. Salgo del hospital y me recibe un sol primerizo. En la calle la gente acude sus respectivos quehaceres y el tráfico colapsa las avenidas. La vida no se detiene y sigue su curso.

miércoles, 25 de mayo de 2016

LA VERDADERA HISTORIA DE MONTSERRAT C. - LUIS MIGUEL RABANAL

Reunida su amplia obra poética, Luis Miguel Rabanal regresa a la narrativa con la presente colección de relatos en los que lo erótico se erige como hilo conductor de once historias de sexo desmedido, con perdón, pero acaso no tan inverosímiles como podría parecer.
Autor de estilo a la vez pulcro y boscoso, en la cumbre de su capacidad fabuladora y dueño de una libertad expresiva propia de maestros, Rabanal da en La verdadera historia… otra vuelta de tuerca a su trayectoria como virtuoso del lenguaje, esta vez de la mano de un erotismo aquí glosado con todo lujo de pormenores, numeroso y esperpéntico, desatado y carpetovetónico… Un compendio de variaciones sobre el mismo viejo tema, en el que no falta ningún doloroso gozo, ninguna tampoco de las hirientes y deliciosas ternuras que siempre se han procurado los amantes más intensos, que son también los más espléndidos
En los relatos aquí reunidos, el lector hallará ecos de la verbosidad y el atrevimiento joyceano, pero también resabios de nuestra mejor tradición erótica-literaria, de La Celestina de Rojas, a los «cachondeos» de Cela, una tradición a la que Luis Miguel Rabanal ya se suma en calidad de grande de nuestras letras.

*

Luis Miguel Rabanal nació en Riello, León, en 1957. Es autor de la novela Elogio del proxeneta (2009) y del libro de relatos Casicuentos para acariciar a un niño que bosteza (2010), así como de una amplia obra poética que incluye, entre otros, los títulos Obdulia azul (1980), O podríamos amarnos sin que nadie se entere (Premio Leonor, 1989), Cáncer de invierno (Premio Provincia, 1998), Fantasía del cuerpo postrado (2010) o Mortajas, editado por EOLAS en 2009. El conjunto de su poesía publicada ha sido recogido en el volumen Este cuento se ha acabado. Poesía reunida (2014-1977), aparecido en 2015.
Desde 1989 reside en Avilés, Asturias.

*


«En cuanto nos inscribimos en el hostal, las tres de mutuo acuerdo, requerimos por favor en recepción un tío de esos. Además sería gratis, como comprobaríamos a la caída de la tarde. Mis hermanas al final no se atrevieron. Caguetas, que son unas caguetas. Así que me tocó a mí sola hacerle los honores, como quien dice, con la de episodios indecentes que habíamos planeado en el autobús entre nosotras […]».

LA TATA CAROLINA

Luego me senté ahí a escribir, imaginando en silencio
sonidos como los del amor después de larga abstinencia.
SEAMUS HEANEY

Dicen que no soy muy mayor todavía pero el próximo 17 de junio mis papis me van a tirar de las orejas once veces (con suavidad, eso sí, porque les partiré si no la cara a hostias). Pero a lo que iba. Resulta que ayer, lunes, chateando a las tantas de la madrugada con mis colegas de 6º C del Corazón de Jesús (sección repetidores), en concreto con Berti y la Vanessa, voy y me ponen al corriente de que el padre de él, todo un señor Abogado del Estado en paro desde hace veintiocho meses, guarda con celo en su portátil un surtido de fotografías eróticas antiguas, valiosas, muy valiosas. Hasta aquí nada extraordinario. Berti descubrió el tomate antes de ayer cuando el autor de sus días olvidó la puerta abierta del despacho y no se detuvo hasta conseguir meter en un lápiz de memoria la colección que ahora, de verdad, no sé por qué, nos empieza a dar que hablar. Nos emplazamos los tres anoche para visionar el contenido más adelante y pasárnoslo estupendo. No proseguiré sin antes presumir de que la franqueza escuece a las familias más que las brasas de un cigarro puro aplastadas en el ojo. ¿Por qué acabo de escribir tamaña tontería? Chi lo sa. A mis padres apenas los conozco. Intentan involucrarme en una serie de artimañas que solo de pensarlo ya me produce una diarrea estival de la leche el mero hecho de esperar a ver cómo será la próxima de estúpida. Con ellos no hay manera. Sin embargo Berti y Vanessa son mi mundo. Precisamente Vanessa me practica las mamadas los jueves y los viernes a la salida del colegio, en el ascensor, detenido el cacharro entre el octavo y el noveno, (a pesar de que haya muy poquito que chupar, ella corrobora que llegará el día, a fuerza de probar y de probar, en que no le cogerá en la boca, tal como admiramos a diario en las películas) y luego, ya en su habitación yo le miro extasiado la teta y media (sí, subrayo lo de teta y media porque tiene una un poquitín crecida y la otra apenas si se nota) y le toco lo de abajo con el dedo y huele bien y sabe rico, a una mezcla deliciosa de churros y margarina con atún. No obstante, cambiando de tema, mis progenitores no tuvieron ninguna ocurrencia mejor que la de ponerme el mismo nombre de mi difunta hermana Adriana el día del bautizo. En masculino, por supuesto. La pobre pequeña se fue derecha al cielo con diecisiete añitos, reiteran hasta la saciedad las paredes de mi casa. También se rumorea por ahí que si no habría sido víctima de una enfermedad de esas que últimamente los telediarios definen como raras. Desde entonces a mis padres se les plasmó en el rostro, y en otros sitios que me callo, una pinta de sonados de lo más característica. Y eso que los vecinos de escalera apostillan, me supongo que para darles más ánimos si cabe, que son un par de profesionales de la salud magníficos (de la dental ella y él de la mental, añado por mi cuenta y riesgo). En lo que atañe a su aspecto físico, me quedaré corto si cotejo lo siguiente, una belleza la de mi madre comparada con la jeta de viejo y alucinado de mi padre. No insisto más porque a mí plin, yo soy de Usera que suele repetir sin gracia la Hermana Luzdivina, mi profe de Sociales, que dicen los mayores tiene un polvo.

(…)


Es un fragmento de
“La verdadera historia de Montserrat C. y otros relatos no menos imposibles”, Eolas Ediciones, Col. Caldera del Dagda, León 2016