domingo, 26 de abril de 2015

A LA VENTA


MI MARIDO ES UN MUEBLE, de Esteban Gutiérrez Gómez

En todos nuestros puntos de venta:
http://www.edicioneslupercalia.com/puntos-de-venta/

miércoles, 22 de abril de 2015

EL VIAJE (Relato inédito)

De pronto lo oigo. Es una especie de chirrido.
-        -¿Oyes eso?
-        -¿El qué?
-       - Ese ruido.
-       - ¿Cuál?
-        -Chiiii… chiiii… ¿No lo oyes?
-       - No.
-        -Escucha con atención…
-        -Cuidado con el que tienes delante que le vamos a dar.
Piso ligeramente el freno y dejo que el coche que nos precede se aleje unos metros.
-       - Ahí está otra vez. Chiiii… chiiii…
-       - No oigo nada.
Me molesta que nunca esté de acuerdo contigo en nada.
-        -Aunque tú no lo oigas, hay una especie de chirrido.
-        -Déjate de tonterías y concéntrate en la carretera, anda.
Otra de las cosas que me jode es que me trate como un crío.
-       - Voy a parar.
Arruga el morro y se rasca la nariz, señal de que se ha enfadado. Me la suda. No quiero quedarme tirado por culpa de una avería. Unos kilómetros más adelante hay una zona despejada. Justo lo que estaba buscando.
Abro el capo y echo un vistazo al motor.
-        -No sé qué coño estás mirando ahí. No tienes ni puñetera idea de mecánica.
A primera vista parece que todo está bien. Aunque ella tiene razón, no tengo ni idea de mecánica, por lo tanto no me queda claro si la maquinaria está en su sitio, o no.
-       - ¿Qué? ¿Ves algo?
Cierro el capo y me concentro en las ruedas. Según rodeo el coche voy golpeando los neumáticos con el pie.
-        -¿Se puede saber qué coño haces?
-        -Compruebo la presión.
Se baja del coche y cierra de un portazo, luego se aleja unos metros para encenderse un cigarro. Me dan ganas de dejarla aquí plantada. Lástima que me falten cojones. Desde el principio supe que este viaje iba a ser un infierno, aun así me dejé convencer. Nos queda mucho por delante, es mejor que intente llevarlo de la mejor manera posible. Tomo aliento y me acerco a ella.
-       - ¿Me das un cigarro?
Me lo da sin mirarme.
-        -Y fuego.
Me pasa el mechero que tiene en la mano. Después de prender el cigarro quiero devolverle el encendedor, pero está mirando a las nubes que tenemos enfrente y no me presta atención. De repente vuelve al coche y se pone a rebuscar en la bolsa del equipaje.
-        -¿Sabes dónde está la cámara de fotos?
-        -¿No está ahí?
-       - No la encuentro.
-        -Busca bien.
-        -¿Estás seguro de que la guardaste en esta bolsa?
-        -Yo no he guardado la cámara en ningún sitio.
-        -Te dije que lo hicieras.
Tiene razón, me lo dijo, pero jamás lo admitiré.
-       - No lo recuerdo.
-        -Pues yo lo recuerdo perfectamente. Te dije: Asegúrate de guardar la cámara de fotos.
-        -No te oí.
-        -Ya, tú solo oyes lo que te interesa.
-        -Si quieres hacer una foto, utiliza la cámara del móvil.
En cuanto menciono el móvil sé que he metido la pata.
-       - Lo tengo sin batería porque anoche, al señorito, se le olvido ponerlos a cargar.
Odio que utilice ese tono conmigo.
-        -Ya me he disculpado, así que no insistas con eso.
-        -Has sido tú quien ha sacado el tema.
Sigue rebuscando en la bolsa. Se nota que a cada segundo se va frustrando más y más.
-        -No está.
-        -Bueno, no pasa nada.
-        -Claro, para ti nunca pasa nada.
Prefiero no contestar.
-        -Estoy segura de que te lo dije.
-        -Si tanto interés tienes en la cámara, podías haberte preocupado de guardarla tú misma.
Me clava los ojos. Por un momento, creo que se va a abalanzar contra mí.

Llevamos un buen rato sin hablarnos, cosa que agradezco porque necesitaba un respiro para poder continuar con esta pesadilla. Lo bueno del asunto es que desde que hemos retomado el viaje no he vuelto a escuchar el chirrido. Ahora que estoy medianamente relajado puedo disfrutar del paisaje. Y es que, a ambos lados de la carretera, hay inmensas praderas sembradas con trigo que se alargan hasta el horizonte. Cuando el viento sopla sobre las espigas, se produce una serie de oleadas y da la impresión que estamos cruzando un océano teñido de amarillo.
-        -Tengo hambre.
Lo dice como si yo tuviese la culpa.

Es el típico restaurante de carretera. A esta hora está repleto de gente. Los camareros corren de un lado para otro sirviendo menús o tomando nota de las comandas. Después de esperar más de media hora, nos acomodan en una mesa que acaba de quedar libre, de hecho, las sobras de los anteriores clientes aún están sobre el mantel.
-        -No me gusta este sitio. Huele raro.
-        -Es el olor a comida.
-        -No, huele a meados. Seguro que alguien se ha dejado la puerta de los baños abierta.
Hago oídos sordos. Después de lo que hemos tenido que esperar no estoy dispuesto a levantarme para ir a otro lugar. Cojo la carta y leo. La oferta no es muy variada, no obstante, a mí me vale con lo que ofrecen. A ella no.
-        -No me apetece nada de lo que tienen aquí.
En la mesa de al lado, un hombre come paella.
-        -La paella tiene buena pinta.-le digo señalando el plato de arroz.
Ni siquiera se molesta en mirar, así que me dejo de sugerencias. Por fin se acerca una de las camareras. Su ojo experto enseguida detecta la tensión acumulada por la espera. Para tranquilizarnos nos pide disculpas por la tardanza y señala que en cuanto termine de recoger la mesa nos tomará nota.
Comemos, en silencio. Un silencio sólido, pesado, frío, como una cadena de acero. La comida, aunque abundante, dista mucho de estar deliciosa. Me fijo en una pareja joven que ocupa una mesa junto a la puerta de la cocina. Hablan cariñosamente ajenos al trasiego de los camareros, que entran y salen sin parar. De habernos asignado esa mesa, nosotros, sin duda, hubiésemos protestado. Sin embargo, ellos están contentos y no les importa estar ahí. Supongo que no es cuestión de dónde te pongan, sino de feeling. La mujer que tengo delante, es decir, mi mujer, escarba con el tenedor en el lomo de un lenguado. Se nota que ha perdido el apetito. Me gustaría decir algo, iniciar una conversación.
-       - ¿Tomarás postre?
-       - Quiero volver a casa.

Frente a nosotros, el cielo invita a tormenta.
-        ¿Estás segura?
Asiente con la cabeza. Así que entro en la autovía con dirección a casa. Al final hemos decidido concluir este absurdo viaje. Realmente, la decisión ha sido suya, no obstante, estoy de acuerdo con ella y me siento feliz de regresar.
-        -Ahí está otra vez… ¿Lo oyes?
El maldito ruido.
-       - Chiii, chiii… Juraría que viene del motor.
-        -Estoy embarazada.
Recibo la noticia como un mazazo en el estómago. De hecho, el impacto de sus palabras me deja sin respiración. Tengo que detener el coche en el arcén. Me apeo y echo a andar campo a través. Trato de respirar. Aparentemente un acto sencillo que, en mi caso, entraña gran dificultad. Ella grita algo, pero un trueno me impide escuchar lo que dice. 

pepe pereza

miércoles, 15 de abril de 2015

MI MARIDO ES UN MUEBLE - ESTEBAN GUTIÉRREZ GÓMEZ - EDICIONES LUPERCALIA

MI MARIDO ES UN MUEBLE - Esteban Gutiérrez Gómez

YA EN PRE-VENTA!! (por tu compra te llevas gratis un ejemplar de Esquinas, de Pepe Pereza)

Parejas que subsisten a pesar de que nunca ha existido un vínculo sustancial entre las personas que forman la unión o, como contrapunto, parejas que defienden su relación a pesar de todos los males que les rodean. Todo tipo de relaciones tienen cabida en Mi marido es un mueble. Y es que el mundo de la pareja es único, excepcional en cada caso. Mi marido es un mueble es el primer libro de cuentos publicado de la trilogía «Asuntos domésticos», en la que Esteban Gutiérrez Gómez aborda las relaciones de pareja desde perspectivas tan cotidianas como inusuales. (Imagen de portada cortesía de Javier Jimeno Maté - Diablo)



EDITORIAL SEXTO PISO - NOVEDADES

viernes, 10 de abril de 2015

IVÁN ROJO

Demasiado joven como para estar tan hecho polvo, y sin embargo lo está. Mi amigo, digo. Un ictus, le soltó el médico. La mitad izquierda paralizada para siempre. Demasiado hecho polvo como para ser tan joven. Todo el derecho a pasarse la vida maldiciendo su puta suerte. Y sin embargo su mensaje me llega puntual cada viernes por la tarde. Que si esta noche salimos o qué. Y paso a por él y le veo salir de su portal cojeando como un viejo y sonriendo como un niño. No sé cómo lo hace, no sé cómo lo consigue. Pero así es. Se sube al coche, pasa la muleta al asiento trasero y con su lengua de trapo, dice: Venga, tira. Y yo arranco. Ni él ni yo sabemos nunca dónde vamos, pero al final llegamos. Supongo que a veces lo único que importa es no quedarse demasiado quieto.


sábado, 4 de abril de 2015

PROCRASTINACIÓN BLUES – ALFONSO XEN RABANAL

...
me gusta escribir en la noche con tu aroma en mi piel, da consistencia a mi vacío, me separa de la herrumbre de los cerrojos que me pongo, perdido, como ese mosquito que me intenta succionar una pupila y muere ahogado entre legañas, decapitado por el parpadeo de la incertidumbre... esa espera de mí mismo que me agota.

Me gusta coincidir contigo pues sólo en ti descubro los sonidos necesarios, la luz de mis silencios en los que siempre me pudro, buscando un paso a dar, una nota que rompa la atonía tonal en el derrumbe de mí mismo.

El viento corre y levanta las sombras. Me vapulea con ellas como a un espantapájaros anclado en un cruce de caminos. Soy harapos y, a menudo, última gota de esperma destilado en un alambique que mira a tierra cuando tú no estás. Con ella sello mi legado: los trozos de mí que cedo al viento. Mis ojos se pierden en la noche oscura. Sé que estoy a medio camino en ningún camino:

http://elbluesdeluzazul.blogspot.com.es/

DAVID GONZÁLEZ EN LEÓN


martes, 31 de marzo de 2015

HAY UNA MUJER EN EL PARQUE (Relato inédito)

Un solitario más y me voy a la cama. Claro que eso mismo dije hace una hora. En la pantalla, la baraja virtual se despliega sobre un tapete virtual. Antes de realizar ningún movimiento me enciendo un cigarro. Hay tanto humo que tendría que abrir las ventanas para que se ventile la habitación, pero la noche es fría y no quiero resfriarme. Con el ratón voy cambiando las cartas de lugar. Rojas con rojas, negras con negras. Consigo que desaparezcan varias columnas, pero en la última jugada pierdo la partida. Apago el ordenador y abro las ventanas para que se vaya la humareda. Abajo, en el parque, veo a una mujer con claros síntomas de embriaguez. Camina haciendo eses y gesticula como si estuviera hablando a un acompañante inexistente. En un momento dado tropieza y cae de bruces. Intenta levantarse, pero va tan borracha que no puede. Al final se rinde y queda tumbada en el suelo. La observo durante un par de minutos, luego voy al cuarto de baño a lavarme los dientes. Cuando termino, regreso al salón para cerrar las ventanas. Veo que la mujer continúa tirada en medio del camino. Hace demasiado frío para dormir a la intemperie. Lo correcto sería bajar y ofrecerle mi ayuda, pero eso significa complicarse la vida, que es lo menos me apetece en estos momentos. No es problema mío, me digo, que se las arregle sola.
Trato de acabar el capítulo que he empezado a leer, sin embargo no puedo quitarme de la cabeza a esa mujer. Dejo el libro encima de la mesilla, salgo de la cama, me pongo el albornoz y me calzo unas zapatillas. Me queda la esperanza de que se haya ido. Pero no, sigue ahí. Tengo que hacer algo o se va a congelar. Mi primer impulso es coger el teléfono.
-        Policía municipal. Dígame.
-        Hola, llamo porque hay una mujer desmayada en el parque.
-        ¿Qué le pasa?
-        Creo que ha bebido demasiado.
-        Entiendo ¿Está usted con ella?
-        No. La veo desde mi ventana. Es en el parque del Cubo, junto a la zona de los columpios.
-        Tomo nota. Dígame su nombre.
-        ¿El de ella?
-        No el suyo.
-        No creo que esté obligado a dárselo. Mi deber como ciudadano era avisarles a ustedes, y es lo que he hecho.
-        Ya, pero mi deber como funcionario es completar un informe y para ello necesito sus datos.
-        El caso es que mientras usted y yo hablamos, esa pobre mujer está desatendida.
-        Ya he dado aviso a un coche patrulla. No creo que tarden en llegar. En cuanto a sus datos es completamente necesario que me los facilite.
Se los doy y cuelgo.
Van pasando los minutos y el coche patrulla no llega. Calculo que la mujer lleva al raso una media hora. Me pregunto cuánto tarda un cuerpo en sufrir de hipotermia. Enciendo el ordenador. En la Wiquipedia dicen:
"La hipotermia es el problema más grave que aparece tras la exposición al frío ambiental y puede llegar a ser potencialmente mortal. Cuando la temperatura corporal desciende por debajo de los 35 °C comienzan a producirse trastornos cardiovasculares, respiratorios, del sistema nervioso central y de la coagulación: desde taquicardia, hipoventilación, temblores, confusión, bradicardia, arritmias, rigidez, acidosis respiratoria, coma y muerte por debajo de 28 °C."
Consulto otras páginas. Todas vienen a decir más o menos lo mismo. Vuelvo a la ventana ¿Dónde coño se han metido los del coche patrulla? Se supone que ya tendrían que haber llegado. Estoy tentado de bajar la persiana y pasar de todo. Aunque sé que por mucho que cierre los ojos a la realidad, la mujer seguirá estando ahí afuera. No es mi problema, me repito. No soy yo el que ha bebido de más. Entonces, por qué debo preocuparme. Me aparto y me siento en el sofá a fumarme un cigarro. Me jode cargar con una responsabilidad que no es de mi incumbencia, que me ha sido impuesta por puro azar. Si no me hubiese asomado a la ventana justo en el momento que esa mujer pasaba por debajo, ahora estaría tranquilamente metido en la cama. Golpeo la mesa con el puño. Tengo el mal tino de darle a una esquina del cenicero. Éste sale volando y me golpea en una ceja. Junto con el dolor, siento cómo la sangre baja por el pómulo y sigue avanzando hasta empapar el cuello del albornoz.
Me inclino sobre el lavabo. Los goterones caen, sembrando de rojo el blanco de la loza. Hay algo perturbadoramente adictivo en contemplar la propia sangre. Verla extenderse, conquistando terreno con su seductora coloración. Frente al espejo examino los daños. Tengo un pequeño corte justo por debajo de la ceja del ojo derecho. Es posible que mañana amanezca con la zona del párpado hinchada y amoratada, por lo demás, nada grave. Me desinfecto la herida con agua oxigenada y la cubro con una tirita. Después de limpiar todo, regreso al dormitorio. No me acerco a la ventana, lo que hago es meterme directamente en la cama. No quiero saber si la mujer continúa tendida en el suelo, prefiero pensar que los del coche patrulla han llegado y se han hecho cargo de ella. Tengo los pies helados y, por mucho que me tapo, no consigo entrar en calor. Mientras tanto, enciendo la radio. Entre otras cosas, el locutor anuncia que en el norte las temperaturas bajarán a menos cero. 

REGRESIONES - VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ EN TORMENTA EN EL VASO

Lupercalia, Alicante, 2015. 240 pp. 15,95 € 


Miguel Baquero

Antes de comenzar con la reseña del nuevo libro de Vicente Muñoz Álvarez me gustaría contar una pequeña historia: dos amigos del colegio; uno de ellos, fascinado por la vida de lujo y escaparate, consigue, a fuerza de medrar, llegar a lo más alto de su bufete, o de su banco —no recuerdo bien—, pero lo bastante alto como para adquirir un Jaguar y un casoplón; mientras, el otro amigo parece haber quedado anclado en la vida de barrio y de amigotes. «Joder, amigo, qué cochazo, qué envidia», exclama el tipo digamos de barrio cuando ve el Jaguar del otro. «Me lo he currado», es la respuesta, algo jactanciosa, del abogado o el banquero, ya no recuerdo. Pasan los años, llega la crisis, el pinchazo de la burbuja, la ruina para muchos y entre ellos para el del Jaguar, quien, hundido y abandonado por todos, está tomando una tarde cervezas en un bar del viejo barrio cuando ve aparecer al colega, que le saluda y le dice que lleva prisa, porque dentro de un rato ha quedado con tal. Y luego con cual, un viejo amigo de ambos. Y luego va a ver a otro conocido. Y luego… Vale que en ningún sitio le ofrecerán Châteaux Lafite, sino cervezas de marca blanca, y no irá en un descapotable sino a pata, o en autobús, pero el del Jaguar —aunque ya no debería llamarle así, porque hace tiempo que lo vendió— exclama: «Cuántos amigos, tío, qué envidia me das», a lo que el viejo colega responde, con la ceja levantada: «Me lo he currado».
Esta historia, de cuyos dos capítulos a punto estuve de ser testigo presencial, se me viene la cabeza cuando llego a la última parte de Regresiones, titulada «Ojo de pez», donde una serie de amigos del autor, con una pluma más que digna, escriben sobre el modo en que conocieron a VMA y sus correrías juntos por León, en los años —del 66 acá— que se describen en esta obra. Que no es una novela, hay que advertir, sino algo así como un libro de memorias, o mejor, la crónica de una formación sentimental. En Regresiones, el autor nos habla de cómo —siempre contra el fondo de León, su ciudad natal— fue poco a poco despertando a la vida y a las sensaciones, nos describe esos pequeños detalles —una serie de televisión, una tarde en el río, una casa abandonada…— que, siendo «chinorri», le dejaron marcado, y que la gente de su generación no podemos por menos que identificar en numerosas ocasiones. Pasa el tiempo, llegan los 80 y asistimos a —muchos, recordamos— aquellos días juveniles en que todo parecía estar explotando alrededor, las sensaciones, los impactos, las modas, las aventuras se acumulaban. Lambrettas, chapas en la solapa, publicaciones underground… Son los días en que VMA formó una banda de rock, sin más aspiraciones —que entonces eran legítimas— que pasarlo bien y cuando comenzó a devorar libros y autores, a decantar sus gustos literarios, y en cierto momento llegó a la conclusión de que aquello iba a ser su vida en adelante….
Hay, más o menos hacia ese punto, una cisura en el libro. Comienza el capítulo titulado «Días extraños». Aquel alocamiento de los 80 y los 90 ha concluido y el autor sale de esa época decidido, sin remedio, a emprender «una apuesta suicida por la literatura». Desde este momento —pongamos 3/4 partes del libro— dejan de narrarse circunstancias personales —o se narran más veladas— y el interés pasa hacia un autor que está ya caminando por la vida en busca de una expresión distinta, totalizadora, emotiva, de definir su autenticidad…
«.Soy un corazón de lluvia, y todo lo aromatizo […] y eso, aviso a los navegantes, nadie me lo va a quitar… lo digo desde aquí y ahora para mis pocos (y fieles) lectores, pero lo hago público ya: para lo bueno y para lo malo me desangro, dejo mis vísceras y mi corazón en ello, y como vivo de otra cosa me permito las licencias que quiero y escribo siempre de lo que quiero… que pago por ello un alto precio, lo sé y asumo, pero siempre que leáis algo mío será pura sangre y libertad…»
Son palabras de un autor lanzado ya sin frenos en busca de lo genuino. Me consta que VMA ha tenido muchas oportunidades de desviarse de este empeño, de frenarse y venirse a un estado más cómodo y rentable literariamente, quizás al Jaguar de mi cuento del principio, pero tantas veces como le han surgido al paso tantas las ha orillado para seguir rodeado de sus viejos valores en su búsqueda de la expresión auténtica. Y de eso trata este libro: de cómo escribir bien… no, no enseña técnicas ni trucos ni da pistas sobre la manera de abordar a editores… trata de cómo escribir bien recurriendo a tu verdad. Cada uno tiene la suya, intransferible, y la de Vicente Muñoz Álvarez son estas Regresiones; un libro, en resumen, escrito por un autor —y este adjetivo que sigue sé que ha perdido fuerza en la maraña de calificativos a cual más tremendo que se lanzan en las campañas publicitarios, pero a mí me sigue pareciendo el mejor que se puede aplicar—: un autor admirable.


domingo, 29 de marzo de 2015

EL JILGUERO (Relato)

Saco a pasear a mis demonios. Intento aplacarlos a base de aire fresco. Después de estar enclaustrado durante días, el jolgorio urbano me produce un sentimiento de zozobra. Vencido ese primer impulso de amilanamiento, prosigo con el paseo. Llego al parque y elijo un banco apartado. Trato de dar con ese estado de calma que tanto ansío. Busco en los árboles, en los pájaros que saltan de una rama a otra, en la fragancia que llega de los rosales, pero los árboles son solo árboles, igual que los pájaros y las rosas. Nada de esto me ayuda a encontrar lo que busco.
Al rato se acerca un anciano con aspecto de vagabundo. Toma asiento a mi lado. De su mochila saca un cortaúñas y procede a hacer uso de él. Tiene manos de cirujano. Limpias y bien cuidadas. No pegan para nada con su aspecto harapiento.
-        Eso que fumas huele de maravilla.
Le paso el canuto. Da una larga chupada y mantiene el humo dentro sin expulsarlo.
-        Buena calidad, sí señor. ¿Puedo acabármelo?
-        Todo tuyo.
-        Me gusta esta ciudad. Acabo de llegar, pero lo poco que he visto me gusta.
-        ¿De dónde eres?
-        De todo el mundo. Ya sabes, el que no tiene donde quedarse va y viene como una peonza.
Su voz suena cercana y amiga. Tiene algo en su tono que da prestancia a lo que dice. Me hace un relato de sus cuantiosos viajes. Todo un mosaico de ciudades y gentes quedan reflejados en sus palabras. En un momento dado, calla. Sus ojos se entristecen y unas arrugas le cruzan la frente. Me habla de una mujer. Me dice que le dio todo lo que tenía pero que no fue suficiente. Vuelve a quedarse en silencio, mirando a la nada. Noto que se ha ido lejos, en busca de esa mujer. Termina el porro y se despide. Se aleja encorvado y con paso tranquilo. Andados unos metros, se detiene. Saca algo del bolsillo, lo deja en el suelo y lo tapa con unas cuantas hojas. Después sigue por el sendero hasta que sale del parque. Siento curiosidad. Me acerco a ver qué es lo que ha enterrado. Al apartar la hojarasca encuentro un jilguero muerto. En ese momento se levanta una brisa que trae el olor rancio de las aguas del estanque. Alzo la vista a un grupo de niños que corren detrás de una pelota. Sus gritos forman parte del parque, tanto o más que los árboles que hay en él, el propio estanque o los jardines que lo visten.

pepe pereza