martes, 18 de noviembre de 2014

EL SILENCIO QUE HAY ENTRE CADA LATIDO

Hay días malos, como hoy, que tengo que cerciorarme de que sigo aquí, respirando. Para ello necesito poner la mano en el pecho y sentir los latidos del corazón. Solo así puedo estar seguro de que estoy vivo. Me lo repito una y otra vez: Estás vivo, estás vivo, estás vivo, lo demás no importa… Un claxon me trae de vuelta de mis pensamientos. Por el retrovisor de la izquierda veo que un tipo asoma la cabeza por la ventanilla de su coche.
-        Espabila, capullo, que está en verde.
Le enseño el dedo corazón a la vez que suelto el embrague, piso el acelerador y me uno al tráfico. Hace frío. No sé dónde leí que los consumidores habituales de hachís tienen la temperatura más baja que el resto de las personas, quizás por eso siempre llevo los pies helados. Subo la calefacción y me enciendo un cigarro. A esta hora el tránsito de vehículos está en pleno apogeo y hay que andarse con mil ojos, sobre todo en las rotondas, donde todo el mundo se olvida de usar los intermitentes. El día está gris y no creo que tarde en llover. Los nubarrones que cubren el cielo son una prueba fehaciente de que llevo razón. Después de dar varias vueltas encuentro un sitio libre. Aparco y salgo del coche para hacer el resto del camino a píe. Joder, hace un frío del carajo. Me subo el cuelo el abrigo y acelero el paso. Llaman al móvil. Es la mujer con la que estoy citado.
-        Llevo aquí desde hace quince minutos.
-        Estoy llegando.
-        No me gusta que me hagan esperar.
-        Es que no encontraba aparcamiento.
-        Tampoco me hacen gracia las excusas.
Cuelga. Mierda, está enfadada. Ahora todo será más difícil. Llevo dos meses sin catar una comisión. Si pierdo esta venta estoy jodido. Echo a correr.
Llego al lugar de la cita sin aire en los pulmones. Ella aguarda junto a la puerta de la propiedad que tenemos en venta. Se ve a la legua que está irritada por la espera. Me disculpo mientras trato de recuperar el aliento. Lo peor viene cuando meto la mano en el bolsillo en busca de las llaves de la casa y me doy cuenta de que las he olvidado en la guantera del coche. No me queda más remedio que rogarle que me espere unos minutos más. Le sugiero que lo haga en la cafetería de la esquina. Veo en su cara el cabreo que le causa mi incompetencia. Para colmo se pone a llover.
Regreso a la cafetería empapado hasta los huesos. No encuentro a la mujer por ningún lado. Pregunto al camarero. Me dice que hace un momento ha pasado un taxi a recogerla. Maldita sea. Otra venta perdida. En la agencia me van a colgar. Ya que estoy aquí aprovecho para entrar en calor. Le pido al barman un lingotazo de segoviano. Con el whisky en el cuerpo me siento mejor. Voy a pedir otro pero de pronto me entran unas ganas enormes de cagar. Me acerco a los servicios. Están ocupados. Joder, necesito evacuar urgentemente. Decido hacerlo en la casa que tenemos en venta. Sé que ahí no me molestara nadie.
La vivienda consta de dos plantas y una pequeña piscina en el jardín trasero. En la planta baja están el salón, la cocina y uno de los baños. En la de arriba se encuentran los dormitorios y el baño principal. Es la típica finca que compran los aspirantes a millonarios pero que aun no lo son. En ninguno de los baños hay papel higiénico, menos mal que guardo un paquete de pañuelos de papel. Me siento en la taza y dejo a los intestinos a su libre albedrio. A mitad del vaciamiento: ♫♫♫♫♫♫ ♫♫♫♫♫♫  ♫♫♫♫♫♫ El que llama es Gonzalo, mi jefe.
-        ¿Qué pasa, Gonzalo?
-        Dímelo tú.
-        ¿A qué te refieres?
-        Me acaba de llamar tu clienta para decirme que la has dejado tirada en una cafetería.
-        No sé qué te habrá contado esa zorra pero la cosa no ha sido así.
-        Me da igual cómo haya sido. El caso es que me tienes hasta los cojones y no estoy dispuesto a pasarte ni una más. O te pones las pilas o te vas a la puta calle. ¿Me has entendido?
-        Perfectamente.
-        A ver si es verdad.
Cuelga. El cabrón me tiene ganas desde hace tiempo y seguro que se lo cuenta a los mandamases. Estoy acabado. Me limpio con los pañuelos de papel y tiro de la cadena. Para mi desgracia no hay agua. Joder, el día ya es suficientemente malo para que encima ocurra esto. Observo el zurullo flotando en el retrete. Me dan ganas de llorar. Me subo los pantalones y salgo del baño. Necesito un respiro. Subo la persiana del ventanal del salón. A través del cristal veo cómo las gotas de lluvia golpean contra las hojas secas que flotan en la piscina. Mira por donde tengo la solución delante de mis narices. Busco un cubo por la casa. Lo encuentro en la cocina. Salgo al jardín. Lleno el cubo con el agua de la piscina y cargo con él hasta el cuarto de baño. El zurullo sigue flotando dentro de la taza, desafiante y altivo. Vierto el agua encima y hago que desparezca de la vista. Después de esto me siento mejor. Viene bien una pequeña victoria en un día plagado de fracasos. Lo celebro liándome un porro. Me siento en las escaleras a fumar. La casa carece de muebles y es el único sitio donde puedo acomodarme. Mientras fumo me palpo el pecho. Pom-pom (silencio) Pom-pom (silencio) Pom-pom (silencio) Pom-pom. Si los latidos del corazón son vida, el silencio que hay en medio por fuerza debe de ser la muerte. Porque ¿qué pasa si el silencio se prolonga? Uno se muere. Por consiguiente ese breve silencio es la propia muerte suspendida entre un pálpito y el siguiente. Tengo miedo de este pensamiento. De pronto escucho un ruido seco: PLOW. Bajo al salón para ver qué ha pasado. En el ventanal hay restos de sangre que chorrean mezclados con la lluvia. Fuera un pequeño búho revolotea en el césped. El pobre bicho se ha estrellado contra el cristal y ha quedado malherido. Salgo al jardín y me acerco a él. El mochuelo mueve las alas en un intento desesperado por echarse a volar, pero está lisiado y le es imposible remontar el vuelo. Lo regojo. Sus plumas están mojadas aun así puedo sentir el calor que desprende su cuerpo. Entro en la casa con él entre las manos. Mi imagen se reflejada en sus grandes ojos. Sé que está asustado y dolorido. Intento tranquilizarlo acariciándolo suavemente. En un momento dado deja de respirar y muere. De no haber subido la persiana del salón seguramente el búho no habría chocado contra el cristal y ahora seguiría vivo. Yo tengo la culpa de su muerte. Llegar a esta conclusión me deja hecho polvo.
Entro en la misma cafetería que he estado antes y pido un segoviano. Me lo bebo de un trago y pido otro.
-        Mal día.
-        Malo no, lo siguiente.
-        Tómeselo con calma.
No sé si el camarero se refiere al whisky o a la vida en general.
Conduzco de regreso a casa. Sigue lloviendo a mares. Me detengo en un paso de cebra para ceder el paso a un tipo disfrazado de oso de peluche. De su cuello cuelga un cartel que dice: SE REGALAN ABRAZOS. En un principio siento lástima por él ya que a nadie le gusta estar bajo la lluvia vestido como un fantoche, no obstante, ahora que lo pienso un abrazo me sentaría de maravilla. Seguro que me levantaría el ánimo. Llego a las inmediaciones de mi piso y busco aparcamiento. Como era de prever no hay ninguno. Tengo que alejarme varias manzanas para encontrarlo.
Entro en casa calado hasta los huesos y con la moral por los suelos. Marta me recibe con la misma indiferencia de siempre. Me acerco a ella y le pido que me abrace. Se aparta de mí alegando que me apesta el aliento, de seguido va a refugiarse a la cocina. Me siento en el sofá totalmente deprimido. Me llevo la mano al pecho y después de notar los latidos del corazón me digo: Estás vivo, lo demás no importa.

pepe pereza

miércoles, 12 de noviembre de 2014

LISTA DE ILUSTRADORES DE "ESQUINAS"

PORTADA – Henry González 
PRÓLOGO - Julia D Velázquez 
DEFORME - Pedro Espinosa 
TABACO, LÁGRIMAS Y LLUVIA – José Mª Lema 
EL REY DE LOS TEJADOS - Pedro Espinosa
CANCIONES - Pablo Gallo 
LA LEY DEL MÁS FUERTE – Marina Hernáez
UN DÍA DE SUERTE - Luis F Sanz
OSCURIDAD - Toño Benavides 
EL PERRO - Enrique Cabezón
LA TOALLA - Valle Camacho 
DOLOR DE MUELAS - Gsús Bonilla 
CUERO - Andrés Casciani 
DINERO - Bruno G Valencia
EL PRODUCTOR - Óscar M. Salomón 
ALZHEIMER – LeRaúl – Raúl Barbolla 
LA MOSCA – Velpister 
LA VETERANA - Mónica Carretero 
EL VESTIDO – Lady Marrana
LA CITA - Antonio Lorente 
PARAÍSO E INFIERNO - El niño de las pinturas 
LA NEGRA - Mik Baro 
LLUVIA - Omar Figueroa Turcios 


CATÁLOGO DE LUPERCALIA EN JOT DOWN

sábado, 1 de noviembre de 2014

DEMASIADO CALOR PARA NOVIEMBRE

Principios de noviembre y seguimos con un calor del demonio. De hecho parece que estemos en pleno agosto. Hoy mismo los termómetros marcan 27º. Lo mires como lo mires esto no es normal, y menos en el norte. Otros años por estas fechas el frío ya estaba haciendo de las suyas. Para que luego vayan diciendo por ahí que el cambio climático es una milonga. Aun con todo, la gente está encantada con esta prórroga veraniega, pasean por las calles tan campantes luciendo sus camisetas de manga corta y sus bermudas. Sinceramente, a mí todo esto me preocupa. Temo que sea la calma que precede a la tempestad y miro al cielo con desconfianza. Estoy sentado en un banco del parque con estos devaneos en la cabeza cuando veo acercarse a una anciana cargada con una bolsa de plástico. Lo que más me llama la atención es que viene descalza de un pie. Según se acerca noto que está desorientada. Hay algo en ella que me recuerda a mi madre, quizás sea eso lo que me impulsa a ofrecerle ayuda.
-        ¿Se encuentra bien?
-        Por favor ¿sería tan amable de llevarme a casa?
-        ¿Dónde vive?
-        El caso es que no lo recuerdo.
-        ¿Lleva encima el carnet de identidad?
Se palpa los bolsillos con la mano libre pero no encuentra nada.
-        No lo tengo.
-        No se preocupe. Dígame cómo se llama.
-        Eso tampoco lo recuerdo.
-        Señora, no me lo está poniendo fácil.
-        Lo siento, no me acuerdo de nada.
-        Está bien, tranquilícese. ¿Me deja mirar dentro de esa bolsa? Tal vez tenga ahí su documentación.
La señora me pasa la bolsa. Al abrirla noto cómo la Tierra deja de girar y todo se paraliza a mí alrededor. La gente se detiene en seco, el tráfico también, incluso los pájaros que vuelan quedan colgados en el aíre como si de una fotografía se tratase. Dentro de la bolsa hay una fortuna. Billetes y billetes. Centenares de ellos.
-        Pero, señora ¿dónde va con todo esto?
-        No sé.
La anciana no hace mención de que le devuelva la bolsa, tan solo deja escapar un suspiro.
-        Estoy tan cansada.
En mi vida había visto tanto dinero junto. Es una visión maravillosa.
-        Joven ¿usted no sabrá dónde está mi zapato?
-        No.
-        ¿Me ayudaría a buscarlo?
-        Señora, con toda la guita que lleva aquí puede comprarse una zapatería entera.
-        Prefiero estos por lo cómodos que son.
-       
-        ¿Me ayudará?
Sería tan fácil salir corriendo con el dinero.
-        Está bien, la ayudaré a buscar su zapato.
-        Es usted muy amable.
Me coge del brazo y marchamos por el sendero por el que unos minutos antes llegaba. Sigo teniendo la bolsa, ella en ningún momento ha hecho alusión a que se la devuelva así que me encargo de llevarla.
-        Supongo que no se acuerda de dónde lo ha perdido.
-        No, hijo, no me acuerdo.
Continuamos en busca del zapato. Aunque yo no paro de pensar que este dinero puede ser mío. Tan sencillo como salir corriendo…
Dejo de teclear. Qué haría yo si me encontrase en lugar del personaje del relato. ¿Le quitaría el dinero a la anciana o le seguiría ofreciendo ayuda? Por otro lado tengo que pensar cuál de las dos opciones le viene mejor a la narración. Es lo que tiene la ficción, que debes tomar un montón de decisiones. A mí, realmente lo que me gusta escribir son relatos que hablen de mi vida cotidiana. No obstante, soy un ser solitario que se pasa el día encerrado en casa, y claro, sobre eso no hay mucho que contar. Así que de vez en cuando tengo que echar mano de la imaginación y ficcionar alguna historia. La verdad es que no me cuesta meterme en la piel de otros personajes, fui actor durante muchos años y eso me ayuda a la hora de retratarlos en el papel. Sin embargo, las historias de ficción que escribo normalmente me dejan un saborcillo a derrota. Por bien redactadas que queden no puedo evitar sentirme como un niño pequeño que le ha colado una trola a su profesora. Conste que por mucha ficción que lleven mis cuentos siempre procuro aplicar varias pinceladas de verdad. Por ejemplo, esta historia que escribo me la sugirió el titular de un periódico que decía así: LA POLICÍA AUXILIA A UNA ANCIANA QUE DESORIENTADA VAGABA POR LA CIUDAD CON UNA BOLSA LLENA DE DINERO. La señora y su bolsa de dinero existen, son reales. Yo lo único que hago es adueñarme de la historia. Por supuesto me tomo mis licencias, de otra forma seguiría siendo una noticia en un diario local y no un relato de ficción.
… No hay manera de encontrar el dichoso zapato. Empiezo a cansarme de esta búsqueda sin sentido. Si no fuese un calzonazos ahora estaría en casa contando el dinero, pero no, aquí sigo como un idiota. Por mucho que lo intento no dejo de escuchar una voz interior que me grita: Escapa. Lárgate con la pasta. No obstante, los músculos de mis piernas hacen caso omiso de la voz y se limitan a seguir el ritmo que marca la anciana con su lento y cansado caminar. ¿Es porque se parece a mi madre? ¿Ese es el motivo? ¿Se trata de eso? No puedo creerme que un gesto tan cursi y estúpido me impida hacerme con la bolsa.
-        Joven, me duelen los pies ¿podemos descansar un rato?
Nos acercamos hasta un banco y nos sentamos en él.
-        Hace un día precioso ¿verdad?
-        Sí, señora. Un día cojonudo.
Si no me hago con el dinero me voy a arrepentir, sé que si no lo hago tarde o temprano me arrepentiré…
Me levanto y me acerco a la ventana que da al parquecillo. La abro y de inmediato el salón se llena con las voces de los chiquillos que juegan abajo. Realmente parece que estemos en pleno verano. No es normal que el invierno esté a la vuelta de la esquina y los árboles sigan con las hojas verdes. Este calor no es habitual para el mes que estamos. Me apetece un café, así que me llego a la cocina y pongo la cafetera al fuego. Mientras el agua hierve me pregunto si merece la pena seguir con el relato. Me enciendo un cigarro y salgo a la terraza a fumármelo. Si tuviera claro el final podría juzgar mejor. A veces, como es el caso, comienzo un relato sin saber cómo va a terminar. Me gusta dejarme arrastrar por los personajes y ver dónde me llevan. Es lo bueno de la ficción. Oigo el silbido de la cafetera. Apuro el pitillo y entro en la cocina.
Sopeso si continúo con la historia de la anciana o empiezo otra nueva. Una que muestre parte de mi vida. No sé, quizás podría hablar del temor que le tengo al cambio climático. Por otra parte es una pena desperdiciar lo que ya tengo escrito. Con el final adecuado podría ser un buen relato.
… Una oportunidad como esta solo se presenta una vez en la vida. Tengo que hacerlo. HAZLO. Salgo corriendo con la bolsa fuertemente aferrada a mi mano. Corro a toda velocidad. Lo más rápido que puedo. Me imagino la cara de la anciana, sorprendida por mi inesperada reacción. Noto sus ojos clavados en mi espalda observando cómo me alejo de ella. No dejo de ver esa cara que tiene rasgos parecidos a los de mi madre. Aun así sigo corriendo. Corro porque también veo otras muchas cosas que podré hacer con el dinero. Cosas que nunca me he podido permitir. Cosas bonitas y caras. Veo viajes exóticos, mujeres, divertimento, drogas, ropa de diseño. Veo una casa amueblada a mi gusto, veo montones de libros… Puede que ahora me remuerda la conciencia, pero cuando me esté dando la gran vida seguro que se me pasa. Fijo que tumbado en la playa con un mojito en la mano los remordimientos son más llevaderos…
Necesito llamar a mi madre. Puede que hablando con ella encuentre la clave para terminar el relato.
-        Dígame.
-        Mamá, soy yo.
-        Hola, hijo.
-        ¿Qué haces?
-        Aquí viendo la tele.
-        ¿Qué ves?
-        Un programa de esos que no hacen otra cosa que gritarse.
-        ¿Y para qué ves esa basura?
-        Me entretiene.
-        Ya.
-        ¿Llamabas por algo?
-        No, solo para saber cómo estabas.
-        Estoy bien ¿y tú?
-        También.
-        ¿Has comido?
-        Sí.
-        Mira que te estás quedando muy delgado.
-        Como bien, mamá. No te preocupes por eso.
-        Cuando vengas a verme el domingo tendré preparada una paella.
-        Hum, ya estoy deseando probarla.
-       
-       
-        Bueno, hijo. Me alegra que hayas llamado.
-        Mamá, cuídate mucho.
-        Lo haré.
-        Un beso.
-        Un beso.
…Corro. Es tan fácil como correr. Cada metro que avanzo estoy más cerca de todas esas cosas que nunca antes me he podido permitir. Miro al frente, hacia el horizonte. Todo parece diáfano y pronosticado. Me aferro a ese sentimiento. Entonces lo veo tirado en medio del camino. Es el zapato de la anciana. Sin lugar a dudas es el suyo. Algo superior a mí me obliga a detenerme. Siento la tensión de una vida entera atenazándome los pulmones y la fuerza devastadora de un agujero negro en mi estómago. Un torbellino de jugos gástricos y miedo. Debo ser fuerte. Si me ablando y recojo el zapato habré fracasado. Si lo hago dejaré escapar la casa amueblada, los libros, los viajes, la playa, las mujeres bonitas… Todo se irá a la mierda. De pronto me viene a la memoria las paellas que prepara mi madre los domingos y cuando quiero darme cuenta, imbécil de mí, tengo el zapato en la mano y voy al encuentro de la anciana. 

pepe pereza

miércoles, 29 de octubre de 2014

LOS RELÁMPAGOS

Una pareja de la guardia civil escoltaba a Félix a las afueras del pueblo. El sargento Ochoa caminaba mirando de reojo a los nubarrones que se aproximaban, mientras que López, el otro guardia, empujaba la silla de ruedas donde iba sentado Félix. Éste último no paraba de insultarles con su voz gangosa:
-        Cabron…es, hijos de pu…ta. Que no t…enéis cora…zón.
Félix era paralítico de cintura para abajo. Tres rayos lo habían dejado así. El primero le alcanzó con catorce años. Por entonces era pastor. Un día que las ovejas pastaban en el monte se levantó una gran tormenta. Estaba reuniendo al rebaño cuando le impactó el primer rayo. Sobrevivió, pero desde aquel día le costaba articular las palabras y a todas les daba un tono gangoso y entrecortado. El segundo le pilló a la salida de la iglesia. Fue un domingo por la mañana. Félix ya era un mozo y había sido llamado a filas junto con otros cuatro jóvenes de la comarca. En unos pocos días debían partir hacia tierras extrañas para cumplir con el servicio militar. Ese domingo se ofreció una misa a los quintos. Félix estrenó traje para la ocasión. Se sentía entusiasmado porque, al fin, iba a poder salir del pueblo y visitar el mundo. Cuando terminó la misa los mozos se reagruparon en la plaza. Fue entonces cuando el cielo lanzó la fatal descarga. Félix sobrevivió una vez más. Aunque sufrió graves quemaduras que lo tuvieron hospitalizado durante meses. Por desgracia sus cuatro compañeros quedaron totalmente calcinados. Desde entonces los vecinos del pueblo empezaron a desconfiar de Félix. Algunos le culpaban de la muerte de sus compañeros. Decían que estaba maldito y que era el mismísimo Satanás. Otros justificaban la tragedia alegando que solo había sido una racha de mala suerte. El tercer rayo fue el que lo dejó sentado para siempre en la silla de ruedas. Ocurrió dos años después de los funerales de los quintos. Por aquel entonces, Félix tenía problemas para encontrar trabajo. Casi nadie en el pueblo lo quería cerca. La mayoría le tenían miedo. Nicolás fue de los pocos que no hizo caso de las habladurías y le contrataba de vez en cuando para que lo ayudase con algunas tareas. El bueno de Nicolás siempre fue una persona generosa y de buen corazón. Aquel nefasto día Félix estaba en el prado ayudando a Nicolás a ordeñar las vacas. Esta vez el rayo impactó de lleno contra ellos. La electricidad recorrió la columna vertebral de Félix, destrozándosela, y dejándole paralítico de cintura para abajo. Lo peor de todo fue la terrible muerte de Nicolás. Los vecinos que hasta entonces defendían a Félix se unieron al grupo de los que creían que estaba maldito y convocaron un pleno en el ayuntamiento para tomar medidas de cara a futuros incidentes. Después de mucho discutir llegaron a un acuerdo. Cuando el cielo viniese negro, una pareja de la guardia civil se encargaría de escoltar a Félix a las afueras del pueblo y dejarlo allí hasta que escampase. A tal efecto levantaron una caseta con tejavana que sirviera de protección al tullido, si no de los rayos, al menos de la lluvia y el frío.
La tempestad se aproximaba. El sargento Ochoa ordenó a López acelerar el paso. No tuvo que insistir. López sentía una aversión exagerada a las tormentas. Quizá porque años atrás fue testigo directo de la fatídica descarga a la salida de la iglesia. Él vio en primera línea como se freían los mozos. Félix lloraba de impotencia. Meneaba los brazos con movimientos torpes. Como las aspas de un viejo molino que desencajadas de sus ejes eran incapaces de girar formando un círculo perfecto. Llegaron a la caseta y metieron a Félix dentro. Cerraron con un candado y reemprendieron el camino de regreso. Mientras se alejaban oyeron los gritos del infeliz. Les suplicaba que tuviesen piedad y no lo dejasen allí. Un par de gotas se estrellaron en la cara del sargento. Aceleraron el paso. El cielo estaba cada vez más negro. La llovizna dio paso a una borrasca intensa.
-        Esta va a ser de las gordas – presagió López.
-        Corre que nos vamos a calar – ordenó el sargento echando a correr.

De pronto un trueno retumbó por todo el valle. La tormenta había llegado.

pepe pereza

martes, 28 de octubre de 2014

PRÓXIMAMENTE "ROSTROS, AMORES, MALDICIONES - MOHAMED CHUKRI (CABARET VOLTAIRE)

Mohamed Chukri
(Beni Chiker, 1935 - Rabat, 2003)
Mohamed Chukri nació en 1935 en Beni Chiker, un pueblo marroquí del Rif. Educado en una familia pobre, la violencia de su padre le obligó a huir y, con tan sólo once años, vivir en las calles de Tánger rodeado de miseria, violencia, prostitución y drogas. A los veinte años, todavía analfabeto, se marchó a Larache a estudiar. Durante esta etapa de formación entró en contacto con la literatura. En la década de los sesenta, Chukri regresó a Tánger, donde siguió frecuentando bares y burdeles, y donde empezó a escribir sus experiencias personales. Su primer relato, Violencia en la playa, apareció en la revista Al-Adab en 1966. Sus inquietudes literarias le llevaron a codearse con escritores consagrados como Paul Bowles, Jean Genet y Tennessee Williams, encuentros que quedaron recogidos en sus memorias (Paul Bowles, el recluso de Tánger y Jean Genet y Tennessee Williams en Tánger). Además de su producción literaria, también tradujo al árabe poemas de Machado, Aleixandre y Lorca, entre otros. Chukri conoció el éxito internacional gracias a su novela autobiográfica El pan a secas (1973); censurada por escandalosa en los países árabes, no fue publicada definitivamente en Marruecos hasta el año 2000. Tiempo de errores (1992) y Rostros, amores, maldiciones (1996), son las otras dos novelas que conforman la trilogía de su vida. Mohamed Chukri murió en Rabat en 2003.



MÁS LIBROS DE MOHAMED CHUKRI





ANA PATRICIA MOYA - RELATO

Ana Patricia Moya (Córdoba, 1982). Estudió Relaciones Laborales y es Licenciada en Humanidades por la Universidad de Córdoba. Ha trabajado como arqueóloga, documentalista, bibliotecaria, correctora, etc. Actualmente, es culpable \ editora de Editorial Groenlandia (proyecto cultural sin ánimo de lucro especializado en publicaciones digitales). Ha publicado “Bocaditos de realidad”, “Material de desecho”, “Píldoras de papel” (poemarios) y “Cuentos de la carne” (relatos). Sus textos aparecen en distintas publicaciones digitales e impresas, de Europa e Hispanoamérica, así como en antologías literarias (“Heterogéneos”, Editorial Escalera, 2011; “Poetrastros: por favor, tratad con cariño”, LVR Ediciones, 2011); “La vida por delante: antología de jóvenes poetas andaluces”, Ediciones en Huida, 2012; “En legítima defensa: poetas en tiempos de crisis”, Bartebly, 2014, etc). Por sus despropósitos lírico-narrativos ha obtenido alguna que otra mención. Ha sido traducida parcialmente a seis idiomas.

NECESIDAD
El pequeño Ramón apuró, con trocitos de pan, la poca salsa que quedaba en el plato, llevándoselos a la boca con ansía, chupeteándose los dedos, complacido: el estofado estaba delicioso. Doña Rosa se entristeció cuando el niño exclamó que seguía teniendo hambre: ésta le enseñó la olla vacía, y el chiquillo se resignó, acostumbrado a la escasez, y prefirió pasar al postre con un yogurt de frutas caducado. La señora felicitó al que preparó el suculento almuerzo, su esposo, don Gustavo, que desde el sillón de la salita, con su cerveza en la mano, observaba a su familia, en silencio. Por suerte, otro día más habían podido probar bocado, otro día más que evitarían la visita al comedor social, último recurso tal y como reclamaba doña Rosa si las circunstancias se torcían pero que no aprobaba el orgullo del padre. Éste no había querido acompañar a su esposa y a Ramón por falta de apetito. La mujer, mientras recogía la cocina, le regañó porque no quería que acudiera borracho al trabajillo, que si continuaba bebiendo, se pondría malo. Él la ignoró, con los ojos fijos en la pantalla del televisor; molesta, la mujer le arrebató la lata, ya calentorra, increpándole, de nuevo, por abusar del alcohol. Él refunfuñó por lo bajo, sin mirarla a la cara, frunció el ceño, cruzó los brazos y siguió embobado con las noticias deportivas. Doña Rosa acostó al chiquillo en su camita; éste se emperró para que le contara su cuento favorito, y la madre no se pudo negar: sacó un libro y empezó a leer, esperando a que se le cerraran los ojitos. Cuando se quedó profundamente dormido, lo cubrió con el edredón, y arrepentida por su actitud con el buenazo de Gustavo - el hombre con el que había compartido más de quince años de su vida, el que cumplía con su papel de padre de familia a la perfección -, le buscó para disculparse. Y allí seguía, en la salita, con un vaso de whisky barato en la mano. Doña Rosa fue cariñosa: le besó en la frente, le acarició el rostro; su marido padecía una depresión severa que, con suerte, podían tratar gracias a la caridad de los seres queridos, al tanto de su estado de salud y de la precaria situación que atravesaban; él se dejaba llevar por los mimos, hasta que rompió a llorar. Agradeció a doña Rosa su paciencia infinita; escupió, decaído, que estaba hasta los cojones del desempleo, de la medicación de genéricos y sus nulos efectos, de sentirse un fracasado por no conseguir lo suficiente para que su hijo pudiera repetir las veces que le apeteciera. Ella lo abrazó, comprensiva, aunque le disgustaba el carácter derrotista de Gustavo: le tranquilizó confesándole que se sentía muy orgullosa de él, que era un hombre honrado y trabajador, un ejemplo a seguir para el niño, que no era ningún inútil porque le ayudaba mucho con las tareas domésticas, e incluso bromeó con que gracias al paro se descubrió a un genial cocinero en la casa. Don Gustavo, muy serio, enmudeció, pero doña Rosa, más optimista, seguía apoyándolo. Era cierto que el misérrimo subsidio del paro se agotó hacia meses, pero que confiaba ciegamente en él pues porque era un buscavidas que hacía de todo, un auténtico manitas que con chapuzas eventuales conseguían reunir lo necesario para sobrevivir, y que, realmente, eran unos afortunados porque siempre había algo para llenar el estómago. El pobre hombre, agobiado, se escapó de los brazos de su mujer; de un trago, acabó con el whisky; sacó del frigorífico una botella de vino, se sentó en un destartalado taburete y allí se quedó, bebiendo a morro, con la mirada perdida. Doña Rosa desistió de seguir animándolo: no valía la pena hablar con una pared. Muy cortante, le comunicó a su marido que antes de visitar a los abuelos se echaría una larga siesta. La mujer se encerró en el cuarto de matrimonio,  y don Gustavo se quedó a solas con sus pensamientos en la cocina.

Transcurrieron las horas: doña Rosa se había marchado al asilo y el muchacho se fue a jugar a casa de uno de sus amiguitos del colegio. Nada más concluir la limpieza del comedor y los cuartos de baño, don Gustavo cogió la bufanda y el abrigo del perchero y se preparó para ir al trabajillo. Recorrió la ciudad hasta llegar a las afueras; penetró por una de las callejuelas estrechas y se aproximó a un muro pintorreado por horribles grafitis; detrás de unos cubos de basura, una cartera de cuero negro; en su interior, piedras, bolsas de basura, trapos, una petaca, distintos tipos de cuchillos de carnicero; se metió, en uno de los bolsillos, un pedrusco grande, y en el otro, la petaca; en el cinturón, un puñal afilado. Cargó a la espalda la cartera y vagabundeó por aquellos barrios, con todos sus sentidos alerta. Al rato, atisbó, entre las sombras, movimiento: un gato. Se escondió detrás de unos contenedores, acechando al animal que, distraído, merodeaba unos restos de comida desperdigados por el suelo. Sigiloso, apretó los dientes, empuñó el mango del arma blanca, y en un movimiento ágil, el hombre atrapó al animal que, asustado, empezó a dar arañazos y mordiscos al aire en un intento desesperado por zafarse. Un alarido que hizo eco en el callejón marcó el final de la lucha: un corte preciso, rápido y limpio en el cuello del felino. Naturalmente, don Gustavo iba perfeccionando en su trabajo secreto como cazador, y cada vez era más fácil capturar a sus presas. El hombre abrazó, apenado, al pobre gato, y le pidió perdón, pidió perdón para sus adentros, pidió perdón por ser un cabrón, un ser humano abominable que acuchillaba animales abandonados para alimentar a su familia. Colocó el cadáver sobre un trapo, y se concienció de que disponía del tiempo justo para despedazar y guisar al bicho. Apurado y tenso, agarró uno de los cuchillos especiales para cortar huesos que estaba en la cartera de cuero, pero aquella noche él no se encontraba en condiciones: sintió arcadas y tuvo que incorporarse para vomitar en un rincón. Y allí, de pie, sacó la petaca del abrigo: necesitaba un trago para distraer a la  repugnancia que le suponía cortar en pedazos a una bestia. Era carne, necesaria carne, con nutrientes y proteínas para evitar que la anemia se cebara con su hijo, para que no enfermara su mujer. Alzó la vista al cielo: empezaban a caer las primeras nieves del invierno. Tembló de frío. De puro miedo. Y no pudo remediarlo: estalló. Y gritó. Gritó a pleno pulmón, con las manos llenas de lágrimas y sangre; se cagó en el puto país, en la puta crisis, en los putos políticos, en el puto paro, en los putos empresarios que le rechazaban, o bien por su edad, o por su ridículo currículum. Todo por la puta subsistencia. Todo por Rosa y Ramón, su amada esposa e hijo, que llevaban meses ignorando que consumían carne de animales callejeros y que él mismo cocinaba con asco y amor.

sábado, 25 de octubre de 2014

FILAMENTOS DE LUZ


 Alguien llama a la puerta. Me quedo paralizado. No me atrevo ni a respirar. Entre los breves intervalos que el timbre deja de sonar oigo los latidos acelerados y punzantes de mi corazón. Paranoia, pálpito en las venas, vacío, vértigo. Me pregunto quién llama con tanta insistencia. Seguramente sea un representante o algún testigo de Jehová. Sea quien sea no voy a abrir. RRRRRRRRRIIIIIIIIINNGGGGG, RRRRRRRRRRRRIIIIIIINNNGGGG, RRRRRRRRRIIIIIIIINNNNGGGG. La resonancia del timbre entra por mis tímpanos igual que una descarga eléctrica. Un rayo destructor que quema y abrasa todo cuanto hay entre el espacio que separa mis orejas. ¿Por qué insisten? ¿Qué quieren de mí? No voy a abrir. Sé que si permanezco quieto y callado tarde o temprano terminarán yéndose. Es cuestión de esperar, de tener paciencia, de no hacer ruido. Que no se sepan que estoy aquí, que crean que he salido fuera. Oigo pasos que se alejan escaleras abajo. Parece se van. Me acerco hasta la puerta caminando de puntillas, cerciorándome de esquivar las baldosas que están sueltas. Acerco el ojo a la mirilla. Nadie a la vista. Antes de volver al salón me aseguro de que la persona que llamaba se ha marchado definitivamente.
Echo parte de la papela encima de la mesa y preparo dos rayas. Una larga y ancha, la otra más pequeña y estrecha. Ésta última para fumármela en un pitillo. Esnifo la grande y disfruto de ese breve momento en que los alcaloides de la cocaína llegan al cerebro. Un instante mágico donde todo cobra sentido y las endorfinas circulan por las venas a su libre albedrío. Aun me tiemblan las manos. Todavía tengo el miedo metido en el cuerpo. Últimamente siento miedo por todo. Miedo a despertar por la mañana, al agua que gotea del grifo, a la mosca que vuela por encima de la cabeza, al retroceso de mis encías, a abrir los ojos, a cerrarlos. Miedo a estar vivo, a respirar. Cualquier sonido me asusta. El otro día me llevé un susto de muerte. De pronto escuché un ruido muy cerca de mí. Me dio la impresión que alguien estaba masticando al lado de mi oído. Tardé unos segundos en darme cuenta que el ruido que escuchaba lo hacía yo mismo al rechinar los dientes. Ahora me rio al recordarlo pero en su momento me sentí un verdadero idiota. También temo a los sonidos que llegan de la calle. Un frenazo, el pitido de un claxon, la sirena de una ambulancia… Cualquiera de ellos me pone los pelos de punta. Me aterra sobretodo la presencia de la gente. Eso sí que no lo soporto. He tapado las ventanas con papel de aluminio para evitar las miradas indiscretas de los que viven enfrente. He perforado las láminas para que pueda pasar algo de luz. Cuando el sol pega de lleno unos filamentos luminiscentes pasan a través del aluminio y atraviesan la estancia en diagonal. Hebras descendiendo en paralelo y formando una telaraña de luz. Docenas de ellas retozando con tirabuzones de humo y motas de polvo que flotan en el ambiente. Enciendo el cigarro impregnado de droga y me lleno los pulmones con su esencia. Me gustaría poner algo de jazz, pero temo que la persona que ha estado llamando regrese y escuche la música. Seguiré fumando en silencio. Me parece oír algo que viene del rellano de la escalera. Juraría que son pasos. Salgo del salón de puntillas, procurando no hacer ruido. Me sé el recorrido de memoria y podría hacerlo con los ojos cerrados sin pisar una sola de las baldosas que están sueltas. Llego a la puerta y pego el ojo a la mirilla. Trato de abarcar todos los ángulos posibles cambiando de posición. No veo a nadie, aun así no me quedo tranquilo. De vuelta en el salón preparo otro tirito. Nunca es suficiente. Por un momento evalúo el tamaño de la raya e incomprensiblemente se produce un desdoblamiento en mi personalidad.
-       Echa más- me digo.
-       Así es suficiente- me contesto.
-       Venga, mamón, no seas rácano contigo mismo.
Este último argumento termina por convencer a la parte más conservadora de mi cerebro. Justo entonces: PIRIBIRIBI, PIRIBIRIBIRI, PIRIBIRIBIRI… La llamada de teléfono me pilla por sorpresa. El susto ha puesto en funcionamiento las glándulas suprarrenales de mis riñones, en consecuencia la adrenalina segregada da rienda suelta a la mala leche. Descuelgo el auricular y grito:
-       DEJADME EN PAZ DE UNA PUTA VEZ.
Después de colgar me siento mejor, como si me hubiera quitado un gran peso de encima. Es más, me siento tan bien que pongo música y subo el volumen a tope. El tiro de coca aguarda pacientemente sobre la mesa. No me hago esperar. Esnifo. De inmediato el cuerpo se llena de energía y el alma de esperanza. El día acaba. La luz de la tarde se cuela a través de los agujeros practicados en el papel de aluminio. Llevo más de una semana encerrado en casa. No es que me esconda de nadie, tan solo me he tomado unas vacaciones del mundo. Por eso estoy aquí, esnifando y fumando cocaína. Esnifo y fumo. De esta forma paso las horas. Días enteros con sus noches enteras. Caminando por esa desdibujada línea que separa la cordura del abismo. Renegando del planeta y de todo cuanto hay en él. 

pepe pereza