sábado, 24 de junio de 2017

EL PUENTE (INÉDITO)

Por ahora dispone de la cocina para él solo. Si consigue desayunar antes de que su mujer salga del baño quizás consiga aplacar el enfado con el que se he levantado. Ella aparece cuando él está metiendo la taza de café en el microondas. Se muestra radiante y llena de energía y le aborda con un torrente de palabras que él es incapaz de asimilar. Asiente a todo lo que le dice con la esperanza de que el microondas termine cuanto antes el ciclo de calentado. Suena el timbre de aviso, saca el café y bebe. Ajena a todo, continúa dándole a la lengua, construyendo frases a destajo. Una sobredosis de palabras. El silencio es tan necesario por las mañanas que tendría que ser obligatorio. Alguien debería aprobar una ley al respecto. ¿De dónde saca tanta palabrería? ¿Qué ha sucedido en ese intervalo de sueño para que tenga tanto que contar? Es tarde, ya tendría que haberse ido trabajar. Sin embargo, alarga su monólogo. Ruega para que se vaya. La paciencia se le acaba, nota cómo el enfado va tensando sus músculos y tendones. En ese momento, la mujer mira la hora y se escandaliza de lo tarde que es. Deja un beso en el aire, coge el paraguas y sale corriendo. A pesar de haberse quedado solo, en su interior permanece un resentimiento que no le deja disfrutar del café. Mira el reloj. Él también tiene que irse a trabajar.
Conduce bajo la lluvia. Cruza la cuidad y llega a las inmediaciones de la cafetería-restaurante que regenta. Da varias vueltas por la zona, pero no encuentra donde aparcar. Un poco más allá alguien ha dejado un turismo ocupando dos plazas. La rabia que siente se alimenta de ese tipo de detalles. Al final tiene que estacionar en un parking de pago. Mira la hora. Hace diez minutos que tendría que haber abierto el negocio.
            Cuando llega, Berta, la cocinera, está guareciéndose de la lluvia en el portal de al lado. Le pasa las llaves para que vaya abriendo. Él va al kiosco a comprar la prensa. Anoche su equipo de fútbol perdió. Les anularon un gol legal y para terminar de pifiarla el árbitro les penalizó con un penalti inexistente. “UN ROBO” es el titular que encabeza la primera página de uno de los periódicos. Entra en el local. Berta ya está enredando en la cocina. Se mete detrás de la barra, deja los diarios a un lado y conecta la cafetera y el lavavajillas. Luego corta unos limones en rodajas y los distribuye en un par de recipientes de cristal. Cuando abre las cámaras frigoríficas ve que están casi vacías. Las camareras del turno de noche no las han rellenado. No es la primera vez que pasa. A esa hora la prioridad son los desayunos, en breve empezaran a llegar clientes deseosos de cafeína, pero si no llena las cámaras inmediatamente, las bebidas no estarán frías a la hora de los almuerzos. La sangre le hierve en las venas. De nada sirve darle vueltas, le toca bajar al sótano y cargar con las cajas de refrescos, cuanto antes lo haga mejor para todos. Justo en ese momento entra uno de los parroquianos habituales.
-Moisés, ponme un café con leche y dos tostadas con mantequilla –dice sentándose en un taburete y cogiendo uno de los diarios deportivos.
Moisés se acerca a la cocina para encargarle las tostadas a Berta, de seguido regresa junto a la cafetera.
-Este año ya os podéis despedir de la Liga –dice el cliente.
No entra al trapo, no tiene tiempo, ha de llenar las cámaras y hacer mil cosas más. Deja la taza de café frente al tipo y se dirige al sótano. Cuando sube con los refrescos ve que han entrado tres mujeres. Deja las cajas detrás de la barra y se dispone a atenderlas.
-Quiero un cortado descafeinado de máquina, con la leche del tiempo –dice una de ellas.
-El mío normal, con la leche muy caliente y en vez de azúcar me pones sacarina.
-Yo quiero un café con leche ¿Tienes leche de soja?
Otra de las cosas que le joden es que ya nadie pide nada sin darle su toque personal. El tipo que está sentado en el taburete insiste con lo del tema deportivo.
-Este año ni Liga, ni Champions, ni ná. Os vais a comer una mierda.
Moisés pone en funcionamiento el molinillo de café para que el ruido se imponga por encima de la voz. Se reconforta pensando que en alguna dimensión paralela su yo paralelo le estará diciendo al cliente paralelo que cierre la boca de una puta vez. Hace tiempo que está de mal humor. No hay un motivo concreto que lo justifique. Hoy en día todo el mundo lo está, la mala uva es una epidemia extendida por los cinco continentes. Cosas del estrés y de la vida moderna, dicen. Sirve los cafés a las mujeres y mete los refrescos en las cámaras.
A los pocos minutos el local se ha llenado. La clientela tiene prisa y todos quieren ser atendidos al momento. Para esas ocasiones Moisés reduce su campo de visión a un solo cliente y centra la atención solo en él, una vez que ha acabado pasa al siguiente. Nunca comete el error de levantar los ojos y echar una mirada general porque se encontraría a todo el mundo gritándole los pedidos a la vez. Cobra la última consumición y atiende a un hombre que no ha parado de llamar su atención.
-¿Qué le pongo?
-Un momento… -dice el hombre, y se gira para preguntar a sus acompañantes.
Cuando un establecimiento está lleno lo que se espera del consumidor es que pida con la misma celeridad con la que espera ser atendido. Odia a esas personas que le hacen perder el tiempo. Pasa del hombre y atiende a un joven que está al lado. Cuando termina pasa a otro, así una y otra vez…
            La hora del desayuno ha pasado. Todos se han ido a trabajar. Solo quedan unos pocos desempleados y jubilados que matan el tiempo leyendo la prensa y rellenando crucigramas. Su turno tiene tres etapas de máximo ajetreo, que son los desayunos, los almuerzos y las comidas. En medio están esos momentos de relativa tranquilidad donde puede permitirse un respiro para hablar con la cocinera. Pero hoy, Berta no tiene ganas de charla, así que se queda en la barra limpiando el polvo que acumulan las botellas de las estanterías. Se le acerca un anciano que estaba sentado al fondo.
-Este año se os jodió la Liga –dice mostrando su dentadura postiza.
Ha escuchado lo mismo más cincuenta veces a lo largo de la mañana, seguro que no es la última. Como el local está casi vacío, aprovecha para bajar al sótano y quitarse al abuelo de encima. Lleva dos días sin salir a correr por unas molestias en la rodilla, y eso influye en su carácter. Está acostumbrado a ejercitarse, cuando no lo hace se siente tenso. Hace unos estiramientos. Entonces, alguien le llama desde arriba. Joder, no le dejan ni un momento tranquilo.
-Ahora subo.
Insisten. Deja lo que está haciendo y acude a ver qué pasa. El tipo que le ha llamado señala hacia la cocina. Al entrar ve a Berta con la cara pálida y la mano izquierda vendada con un paño ensangrentado.
-¿Qué ha pasado?
-Me he cortado.
-¿Es mucho?
Berta afirma con un gesto de cabeza. Lo que le faltaba.
-No te preocupes, ahora mismo pido un taxi y nos vamos a urgencias –dice sacando el móvil del bolsillo.
De camino al hospital Berta sigue sin recuperar el color. Moisés le pide al taxista que se dé prisa. Aunque llueve, en las calles apenas hay tráfico, se puede pisar el acelerador sin poner en riesgo a nadie. De paso llama a Carol y María, las camareras del otro turno, para informarles que tienen que adelantar su horario. Es su venganza por haber dejado las cámaras vacías. Berta hace lo propio con su marido, pero no contesta y le deja un mensaje en el buzón de voz.
La sala de urgencias está a rebosar. Es temporada de gripe y fiebres altas, además de otros muchos padecimientos y malestares. Pasan por ventanilla para dejar constancia de los daños y entregar la tarjeta de la seguridad social. Después les toca esperar. Como no hay asientos libres tienen que hacerlo de píe, apoyados contra una de las paredes. Al parecer la cosa va para largo. Le jode haber tenido que cerrar la cafetería y perder las ganancias de los almuerzos. Espera que pueda estar allí para las comidas. Un poco más allá hay una máquina de cafés.
-¿Te apetece un café?
A Berta no le apetece.
-¿Te importa si te dejo sola un momento?
-No.
Moisés se detiene frente a la máquina de cafés. Mete una moneda en la ranura y selecciona un cortado con mucha azúcar. Es posible que algún día esas máquinas le dejen sin trabajo. Se imagina a un ejército de robots repartidos por bares y cafeterías, programados para satisfacer todas las exigencias del cliente con una sonrisa virtual en la boca. Deja de pensar en ello cuando el café está listo. Recoge el vaso y sale a la intemperie. Hay varios fumadores repartidos a lo largo de la acera, resguardados por la marquesina que bordea el edificio. De vez en cuando, una racha de viento empuja la lluvia y los alcanza de lleno. Unos tapan los cigarros ahuecando la mano, otros se giran para protegerlos con la espalda. Él nunca ha fumado y se siente orgulloso de ello. Prefiere el deporte y la vida sana. Termina el café y regresa a la sala. Berta ha encontrado sitio en un banco que ha quedado libre. Se acerca a ella y se sienta a su lado.
-¿Dónde se habrá metido este hombre? Estoy venga a llamarle y no contesta.
Moisés sabe que es una pregunta retórica así que no se molesta en contestar.
-Le he dejado varios mensajes diciéndole que estoy aquí, así que no creo que tarde en llegar. Lo digo por si quieres irte, a mí no me importa quedarme sola.
Nada le gustaría más que largarse de ahí, pero rechaza la oferta y le dice que se quedará con ella hasta que llegue su marido.
            El marido llega una hora más tarde apestando a alcohol. En esos momentos Berta está siendo atendida en una sala del piso superior. El tipo parece bastante afectado, Moisés no sabe si es debido a la bebida o realmente está preocupado por su mujer. Después de ponerle al corriente hace mención de marcharse.
-Espera un momento, quiero preguntarte algo.
-Tú dirás.
-¿Sabes si Berta se quiere separar de mí?
Moisés no esperaba una pregunta de ese calibre.
-Lo digo porque tú pasas muchas horas con ella y supongo que hablareis de vuestras cosas.
-La verdad es que no me ha dicho nada.
El marido hace una pausa, dudando si seguir con la conversación o callar.
-Ayer, cuando estaba aparcando, la vi por la calle con dos maletas. Me extrañó y la seguí. Fue directa a la estación de autobuses y se puso a la cola para sacar un billete. Pero antes de que le llegase el turno se lo debió pensar mejor, porque salió de allí y regresó a casa. Yo lo hice varias horas más tarde. Tenía miedo de que ella se hubiera ido, pero no, dormía en nuestra cama. Miré en los armarios. Todo estaba en su sitio. Había vaciado las maletas y las había colocado en el estante de arriba, que es donde suelen estar. Me acosté a su lado y pasé la noche en vela, dándole vueltas a la cabeza. Esta mañana cuando nos levantamos, ella se ha comportado como siempre. No ha mencionado ni palabra del asunto y yo no me he  atrevido a sacar la conversación. Es por eso que te lo pregunto a ti.
-Ya te digo que no sé nada.
-Si ella me deja…
Al hombre se le quiebra la voz y los ojos se le llenan de lágrimas.
-Esta mañana he estado en el puente, planteándome seriamente si tirarme al río. Te juro que si no lo he hecho es porque me ha llamado pidiéndome que venga a buscarla.
Moisés no sabe qué decir. Por suerte ve llegar a Berta con la mano vendada y el brazo en un cabestrillo.
-No digas nada de esto –dice el marido secándose las lágrimas con disimulo.
-Tranquilo, tendré la boca cerrada.
Le han tenido que dar doce puntos para cerrar la herida. Estará de baja hasta que la mano se cure y pase por rehabilitación. Mientras tanto tendrá que contratar a alguien que la sustituya. Mira la hora. Por suerte llegará con tiempo suficiente para servir las comidas. Berta dice que se ha dejado varias cosas en la cafetería y tiene que volver a cogerlas, así que suben juntos a un taxi.
            El la circunvalación un camión ha volcado a causa de la lluvia. La policía ha cortado el tráfico. El taxista coge el desvío que va por la ribera del Ebro. Al cruzar el puente, el marido de Berta se queda mirando hacia un sitio en concreto. Moisés intuye que es ahí donde pensaba arrojarse al río.
            Llegan a la cafetería. Carol y María ya se han hecho cargo de todo y el negocio está en pleno funcionamiento. Berta, antes de recoger sus cosas, da instrucciones a Carol sobre cómo debe acabar los guisos que ella había empezado. Luego regresa al taxi donde aguarda su marido. Moisés ha tomado posesión de la barra, pero antes de atender a la clientela coge una carpeta donde guarda los currículos que le han ido dejando varias aspirantes a cocineras y camareras. Hace varias llamadas para concertar unas entrevistas. Después marca el número de su mujer, quiere disculparse por haber estado tan arisco durante los últimos días. No contesta. No importa, ya hablarán cuando llegue a casa. De pronto surge la pregunta de qué pasaría si ella le dejase. ¿Se plantearía él tirarse al río? Trata de imaginar lo terrible de arrojarse a las aguas, hundirse en las profundidades mientras los pulmones estallan y se exhala en último aliento en medio del frío y la oscuridad. Se le acerca un cliente.
-Mi más sentido pésame…
Es como si hubiera estado pensando en alto y esa fuera la respuesta a sus pensamientos, pero no.
-Estabais muertos en la Copa del Rey, también en Champions y ahora lo estáis en la Liga. Una lástima, otro año con las vitrinas vacías -dice el tipo con recochineo.

pepe pereza

sábado, 3 de junio de 2017

viernes, 2 de junio de 2017

AGITADORAS - JUNIO

 CONTENIDOS

LITERATURA

AUTORA DEL AÑO - CARE SANTOS

CREACIÓN

OPINIÓN

ARQUEOLOGÍA MUSICAL

MISCELÁNEA


jueves, 1 de junio de 2017

MUY PRONTO

DEL FONDO 
Se está cociendo, a caballo entre Buenos Aires y León, algo muy grande, hermanitos, doy fe... las fantasmagóricas ilustraciones de Andrés Casciani y mis más tremendos poemas, con prólogo de Jesús Palacios, pronto en la Tierra... 


Vicente Muñoz Álvarez


PRESENTACIÓN DE "BREVE HISTORIA DEL CIRCO" DE PABLO CEREZAL

domingo, 28 de mayo de 2017

COMO UNA ORUGA (INÉDITO)

Jorge apaga el despertador unos minutos antes de que suene. No ha podido dormir porque se la ha pasado toda la noche tosiendo y ahogándose en sus propias mucosidades. Le duelen los músculos y las articulaciones y le arde la frente. Señal inequívoca de que tiene fiebre. Se levanta procurando no hacer ruido para no despertar a Lucia, su mujer. Se pone el albornoz y arrastra las alpargatas hasta la ventana. De la bruma surgen espectros, muertos vivientes que acuden a la llamada del amo para vender su alma en jornadas de ocho horas. En breve, él también tendrá que incorporarse a esa danza macabra. Le viene un ataque de tos. Intenta silenciarlo tapándose la boca con la mano.
-Te dije que tomases algo para el resfriado –dice Lucia con voz somnolienta.
Tendría que haberlo hecho, ahora es tarde para arrepentirse. Lucia, aparta el edredón y salta de la cama. Se pone una bata por encima y va directa al baño. Jorge sigue junto a la ventana. La fiebre anula cualquier iniciativa. Se siente incapaz de vestirse o de caminar hasta la cocina, ni siquiera tiene ganas de desayunar, lo único que desea es volver a acurrucarse, cerrar los ojos a la realidad y dejar que su cuerpo se recupere al calor del edredón. Se siente como un gusano. La verdad, en esos momentos no le importaría cambiarse por una oruga que estuviera reposando en su capullo.
            Lucia saca dos vasos de leche del microondas. En uno añade azúcar y café instantáneo, al otro: solamente miel. Se queda con el café y le pasa el otro a su marido.
-Bébetelo mientras esté caliente, te vendrá bien –dice.
Jorge bebe sin ganas, esforzándose por tragar. Lucia se acerca y le pone la mano sobre la frente.
-Estás ardiendo. No deberías ir a trabajar.
Jorge intenta replicar, pero le viene un ataque de tos.
-Anda, llámales y diles que estás enfermo.
Es demasiado pronto, no soportaría escuchar la voz de su jefe. Decide enviar un MSM. Escribe: Tengo fiebre y no voy a ir a trabajar. La frase es demasiado tajante. La suaviza: Tengo fiebre y no voy a poder ir a trabajar. Aunque suena mejor, sabe que al destinatario no le va a gustar. Aun así, envía el mensaje. No pasa ni un minuto cuando suena el móvil. Jorge descuelga, sabiendo de antemano que el que llama es su jefe. ¿Qué es eso de que no vas a venir a trabajar? Con la voz tomada, Jorge le explica que está con gripe y no se encuentra en condiciones de salir de casa. No me cuentes historias y mueve tu culo hasta aquí. Hoy llega un cargamento del matadero y te necesito sí o sí ¿Me has entendido?
-¿Qué te han dicho? –pregunta Lucia cuando su marido cuelga el teléfono.
Jorge se dirige al dormitorio sin decir nada, allí se viste con su ropa de trabajo. Lucia fue enlace sindical. Está a punto de soltarle uno de sus slogans favoritos de entonces: Deberías hacer valer tus derechos, aunque solo sea por respeto a las personas que lucharon para conseguírtelos. Pero sabe que a día de hoy cualquier empresario de medio pelo se salta a la torera los derechos de sus trabajadores, que a la que levantas la voz te ponen de patitas en la calle sin dar explicaciones. Ella misma se quedó sin empleo porque a los directivos de su empresa les dio por coger los bártulos y trasladar la fábrica a un país donde los derechos, los impuestos y los sueldos son de risa. De eso hace ya cuatro años y sigue sin encontrar trabajo. Ahora solo faltaría que su marido se quedase en el paro.
Jorge sale a la calle. Un peón más que ha sido condenado de antemano, obligado a saltar dentro del tablero para jugar una partida en la que no tiene nada que ganar y mucho que perder. Avanza por la acera, sin fuerzas, intentando no pensar, no sentir, no existir. Dejándose llevar por una especie de inercia que va más allá de lo que dicta el cerebro. Le castañean los dientes, sin embargo, el sudor le empapa la ropa, haciendo que se le pegue al cuerpo. Le suda la espalda, las axilas, las ingles, las manos, la frente… todo él, bañado en sudor, arrastrando los pies entre etéreas figuras, sin saber muy bien si éstas son reales o delirios provocados por la fiebre.
            El camión del matadero está aparcado en las traseras del centro comercial, justo enfrente de la puerta de embarque. Jorge aparece con su uniforme de carnicero. Atraviesa la niebla y llega hasta el vehículo.
-Tienes mala cara ¿nos has cagaó? -le dice el camionero con un Farias colgando de la boca.
Elude el comentario y espera a que el tipo le abra la puerta del remolque refrigerado. Dentro hay una ternera despiezada en cuatro partes: dos cuartos traseros y dos delanteros. Cada pieza viene a pesar entre noventa y ciento treinta kilos, según el tamaño de la res. Por desgracia, ésta es de las grandes. Además, no hace ni una hora que ha sido sacrificada. La carne está blanda, grasienta y supura sangre. Así es más difícil de cargar porque los músculos están flojos y no hay forma de sujetar algo tan grande y pesado. Hay que hacer malabares para que no se escurra del hombro. Por el contrario, si la ternera hubiera pasado el tiempo suficiente en la cámara frigorífica, la carne estaría firme, sin sangre. No habría problema a la hora de sujetarla. El camionero descuelga una de las piezas y la deja caer sobre el hombro de Jorge. Las piernas se le doblan y está a punto de irse al suelo. Al verle tambalearse, al camionero le entra la risa floja y suelta otro chascarrillo. Jorge consigue estabilizarse y avanza arrastrando los pies hasta el muelle de carga. Él pesa alrededor de setenta kilos, la carga que lleva en la espalda es muy superior. En un día normal no hubiera habido problema, porque al final todo se reduce a más vale maña que fuerza, pero en su estado actual la tarea se vuelve hercúlea. Nota la grasa y la sangre filtrándose a través de la camisa y ese olor tan característico de los animales recién sacrificados. Para colmo, el ascensor está ocupado. No le queda otra que usar la escalera de servicio. Para llegar a las cámaras frigoríficas hay de bajar dos pisos, un total de cincuenta y seis escalones. La escalera en cuestión es estrecha, apenas hay metro y medio entre pared y pared. Es dificultoso bajar, más con cien kilos de carne grasienta y resbaladiza a la espalda. La cosa se complica si no puedes con el alma y te sientes morir por la fiebre. Se arrepiente por haber cedido a la presión de su jefe. En su estado debería estar en la cama y no ahí, en esa maldita escalera que desciende a los infiernos. Piensa en la oruga dentro del capullo. Una cámara sellada y compacta como un saco de dormir cerrado hasta arriba. Se imagina dentro de la cápsula, a salvo del mundo. Ha bajado un tramo de los cuatro que hay. Al iniciar el segundo, pisa un escalón suelto y está a punto de caer rodando por las escaleras. De milagro logra recobrar el equilibrio y sujetar la carga sobre los hombros. Acaba el tercer tramo, también el cuarto. Está agotado y le falta el aire. A su izquierda, el montacargas con la puerta bloqueada por una pila de cajas con mandarinas. Dentro hay varios carros con cestas llenas de verduras de temporada. Enfila el pasillo hasta llegar a la sala de despiece. Al abrir la puerta de la cámara frigorífica, estratos humeantes de aire gélido salen despedidos. Deja el cuarto de ternera colgado de uno de los ganchos que sobresalen de la pared. Sale y cierra. Le duele la espalda y le cuesta enderezarse. Entra el jefe.
-¿Has terminado con el camión?
-Faltan por bajar tres piezas.
-¿En todo este tiempo solo has bajado una?
-El ascensor está ocupado y he tenido que usar la escalera.
-Pues date caña, la carnicería está llena y necesito que me eches una mano.
Por megafonía piden que el responsable de carnicería que se presente en su puesto. El encargado acude a la llamada. Jorge se toma un momento para recuperar las fuerzas, luego sale al pasillo. El ascensor sigue ocupado con las cajas de frutas y los carros con verduras. Ni rastro del frutero ni de su ayudante. Le gustaría decirles unas palabras por monopolizar el montacargas.
Al salir a la calle, da la impresión que el camionero hubiera cubierto la ciudad con el humo del Farias.
-Espabila, que no tengo toda la mañana.
Puede que tenga que tragarse el orgullo con su jefe, pero no está dispuesto a que un cualquiera le venga metiendo prisa.
-Ese no es mi problema. Otra cosa te voy a decir: La pieza de carne me la pones en el hombro como es debido, que si antes he estado a punto de irme al suelo ha sido por tu culpa.
Esta vez el camionero deja el cuarto de ternera en el hombro de Jorge con relativa suavidad. Aún así, acusa la carga y se tambalea hasta el ascensor, que sigue ocupado. La sangre le hierve en las venas. No solo es que lo estén usando, el cabreo también se debe a que está harto de que le ninguneen, de ser el último mono, de que le obliguen a trabajar estando enfermo... Por un momento se le nubla la vista y pierde conciencia de dónde está y de lo que hace. La carne empieza a escurrírsele. Antes de caiga clava las uñas entre los tendones, tratando desesperadamente de sujetarla en la espalda. Se apoya en una de las paredes para hacer presión entre su hombro y el cuarto de ternera. Sabe que si se le cae le será imposible volver a cargarlo. Avanza de esa manera, dejando un rastro de sangre en la pintura de la pared. A pesar del esfuerzo, la mole de carne se le escurre de los dedos y cae al suelo. Al hacerlo, los huesos astillados de la ternera le dejan varios rasponazos en los brazos y la espalda. Está tan agotado que no le quedan ganas de maldecir. No quiere pedir ayuda al camionero, menos a su jefe. Se le ocurre que si arrastra la pieza hasta donde empiezan las escaleras y se sitúa justo por debajo, quizás tenga una oportunidad. Así lo hace, la empuja hasta que sobresale por encima de los peldaños. Se sienta por debajo, situando la axila del animal sobre el hombro, sujeta el muñón con fuerza y toma impulso intentando ponerse de pie a la vez que hace palanca con los brazos. Necesita varios intentos para levantarse con la carga. No creía que lo fuera a conseguir. Se tambalea y sobre las piernas temblorosas. Cuando llega al segundo tramo apenas puede mantenerse en pie. Recuerda que el primer escalón está suelto. Algo en su interior le incita a pisarlo. La baldosa se levanta y él se precipita escaleras abajo junto al cuarto de ternera. Mientras cae le da tiempo de imaginar lo agradable que debe ser estar dentro de un capullo de seda, abrazado a la oscuridad, mecido por el viento, liberado del peso del tiempo y de la enfermedad, sin nadie que te diga lo que tienes o no tienes que hacer.

pepe pereza

martes, 16 de mayo de 2017

SALIENDO DE IMPRENTA

Esta semana nuevo libro en Chamán Ediciones. Sale de imprenta "Breve historia del circo" del escritor Pablo Cerezal. Un libro entre la poesía y las novelas confesionales al estilo de Henry Miller, en donde Cerezal nos sumerge en el mundo de la ciudad de Cochabamba. Con Breve Historia del Circo, Cerezal nos regala, en un diario compuesto de prosa poética, poesía prosaica y fotografías urgentes, el desnudo frontal de su persona y sus sentimientos durante los más de dos años que vivió en Bolivia, como responsable de una pequeña ONG orientada a proporcionar un futuro plausible a niños que vivían y/o trabajaban en las calles de la ciudad de Cochabamba. La ya de por sí compleja vivencia del autor se vio afilada por la realidad de una paternidad en desarrollo. El fruto literario de dicha experiencia es una obra de indudable cariz poético e ineludible sentir solidario que enfrenta, con verbo y latido, la quietud egoísta de estos tiempos que vivimos. Ya se pueden realizar las reservas en nuestra web.


viernes, 5 de mayo de 2017

ZEBULON - RUDOLPH WURLITZER

Zebulon
Rudolph Wurlitzer
Traducción de Irene Oliva Luque
Tropo
Barcelona, 2017
327 páginas

Tal vez la novela fronteriza más esperada en años. Con todo lo que ello puede significar: la frontera como espacio y no como línea es un lugar donde las leyes se van construyendo a medida que se van sucediendo los acontecimientos, a medida que una u otra presencia destaca por sus golpes o su pasado, a medida que se impone uno de los posibles relatos.
Por otra parte, el autor del guión de una de las grandes obras maestras del cine, Path Garreth y Billy the Kid, bien se merecía acudir a nuestra estantería. Dados como están los tiempos, es hora de que los guionistas entren en las quinielas del premio Nobel de literatura. El género se lo está ganando.
Imagina que acampas una noche en el bosque con tus colegas Cormac McCarthy y Denis Johnson, y que eventualmente fumáis hachís en pipa. Junto con muchos años de terapia, este libro sería el resultado de esa noche.
Zebulon, la quinta novela de Wurlitzer, es un western psicodélico que invita a explorar el oeste americano y la idea de frontera. Arranca en las montañas del Colorado y termina en los confines del lejano noroeste, un viaje que incluye los comienzos de la revolución mexicana, un viaje a lo largo del Golfo de México hasta Panamá, y de ahí hasta la costa de California, San Francisco y los campos dorados.
La narración se centra en la historia de Zebulon, un áspero cazador de pieles procedente de las montañas que ha sido maldecido por una misteriosa nativa americana cuyo amante ha sido asesinado. Desde ese momento se dirigirá hacia San Francisco vía el canal de Panamá seducido por la fiebre del oro; perseguirá a su amante prostituta abisinia, se convertirá en un conocido forajido e incluso morirá varias veces a lo largo del camino. Durante su travesía, Zebulon se involucrará en una serie de trágicos triángulos amorosos, será testigo de la muerte de sus padres y confrontará las cuestiones seculares de la vida, el amor y la muerte antes de desaparecer en el reino sombrío de los mitos y las leyendas.

Como en la mayoría de las obras de Wurlitzer, un autor de culto americano inédito en nuestro país hasta la fecha, Zebulon está poblada de gente solitaria en permanente tránsito. Pero el viaje de Zebulon no es sólo geográfico. Su viaje transcurre entre los sueños y la realidad, entre lo místico y lo real, entre la independencia fronteriza y el deseo monógamo. Sus viajes pueden ser leídos como un intento de superar la avaricia y el aburguesamiento, como el esfuerzo por poner algo de orden en el Lejano Oeste.
Con el cameo del Comodoro Vanderbilt, este libro también aborda la brutalidad cíclica de la historia americana. Pero gracias a su argumento surrealista y a los chispeantes diálogos de sus personajes vagabundos —que recuerdan a Joy Williams y a un temprano Thomas McGuane—, esta novela nunca se siente como un manual de historia. Es un libro único que no sólo expone grandes ideas, sino una audaz inteligencia para sacarlas a la luz.

Rudolph Wurlitzer «El más grande escritor americano», Library Journal. Su primera novela, Nog, fue publicada en 1969. En 1970 escribió la beckettiana Flats y cuatro años más tarde la novela postapocalíptica Quake. En los años setenta, simultaneando su oficio de escritor, trabajó en Hollywood escribiendo guiones de cine. En 1971 su obra Two Lane Blacktop fue filmada por Monte Hellman y protagonizada por Warren Oates con el cantante James Taylor y el Beach Boy Dennis Wilson. En 1984 publicó Slow Fade, novela que recibió el influjo escribió del western de Sam Peckinpah Pat Garrett and Billy the Kid (para la que escribió el guión), interpretada por Kris Kristofferson y cuya banda sonora compuso Bob Dylan.

«Fascinante. El western que Céline podría haber escrito», Times Literary Supplement of London

«[Una] novela divertida e inquisitiva [que] invita a los lectores a revisar sus ideas sobre la idea de frontera y la libertad personal», Wall Street Journal.

«Un hipnótico cuento de poesía y amor místico», PATTI SMITH

«Las mujeres de Wurlitzer hacen que Deadwood parezca Bonanza», ROBERT DOWNEY SR.



jueves, 4 de mayo de 2017

EL TRABAJO - WILLIAM BURROUGHS

El trabajo. William Burroughs
«Para competir con la televisión y las fotonovelas, los escritores tendrán que desarrollar técnicas especiales capaces de producirle al lector el mismo efecto que la fotografía de un hecho violento».
«Tal y como la usan los periódicos, la palabra es, por supuesto, uno de los más fuertes instrumentos de control; y lo mismo la imagen, y, claro está, las dos juntas. En los periódicos hay palabras e imágenes... Ahora bien, si usted los somete a cut-up y los recompone, está derribando el sistema de control. El miedo y el prejuicio están siempre dictados por el sistema de control».
«Los jóvenes son los únicos que plantean un desafío efectivo a los poderes establecidos. Los poderes establecidos atacan a los jóvenes en todas partes. Ser joven hoy es un delito virtual».
«Todos los sistemas de control se basan en el binomio castigo-premio. Cuando los castigos son desproporcionados a los premios y cuando a los patrones ya no les quedan premios, se producen las sublevaciones». «Si queréis el mundo que podríais tener en relación con los descubrimientos y recursos ahora existentes preparaos para luchar por él. Para luchar por él en las calles».
"El trabajo. Entrevistas con William Burrouhs" es William Burroughs atacando sin piedad nuestros valores, condenando la «pesadilla americana», lanzando como dardos sus visiones sobre la Cienciología, la policía, la terapia orgónica, la historia, la mujer, la escritura, la política, el sexo, y la droga. Estas conversaciones unen imágenes de muerte por ahorcamiento con ascensores y aeropuertos, la narración de la adicción a la droga y su curación con ideas sobre el lenguaje y el uso liberador de los lenguajes jeroglíficos. "El trabajo. Entrevistas con William Burrouhs" es William Burroughs en acción.

Enclave de Libros Ediciones, Madrid 2014
278 págs. Rústica 21x15 cm
ISBN 9788494020889 reseña de La Malatesta

lunes, 1 de mayo de 2017

AGITADORAS

AGITADORAS
NUMERO 83 - MAYO 2017

LITERATURA

AUTORA DEL AÑO - CARE SANTOS

CREACIÓN

EL CUARTO OSCURO

OPINIÓN

MUSICA

ARQUEOLOGÍA MUSICAL

MISCELÁNEA
El MUPE de Elche - Josep Esteve Rico i Sogorb


lunes, 24 de abril de 2017

BREVE HISTORIA DEL CIRCO - PABLO CEREZAL - PRÓLOGO de VICENTE MUÑOZ ÁLVAREZ

ARTE DE LA ENSOÑACIÓN
Flâneur: esa es la primera palabra que me viene a la cabeza cuando, después de leer atentamente este libro, me siento frente a la pantalla en blanco del ordenador a escribir su prólogo. Y acto seguido, como en tromba, otras muchas: búsqueda, esplín, evasión, amor, soledad, huida, musa, miseria, ideal, solidaridad, poesía, arrebato, híbrido, freak, ensayo, diario, gatos, nómadas... y a la par y añadidos, algunos nombres propios: Munay (encabezando indiscutiblemente la lista), Nick Cave, Lou Reed, Baudelaire, Walter Benjamin, Robert Walser, Tod Browning, Henry Miller, Jack Kerouac... 
Esa es la sensación que he tenido durante el viaje que Pablo Cerezal nos propone en esta Breve historia del circo, la de sentirme un observador de su mundo exterior e interior, real e imaginario, y vagar sin rumbo ni destino por la geografía de su corazón.
Y reproduzco al respecto, porque me parece que condensa a la perfección el trasfondo y filosofía del libro, la siguiente frase: Escribo despedazando la página en blanco, como una tormenta de verano que redibujase la geografía arisca del asfalto y el tierno diseño de los campos, perdiéndome en circunloquios como lo hacen las aguas en los rediles de barro, tras su suicidio vertical que a nadie importa. Así escribo, con la misma carencia de sentido.
Palabras clarificadoras del propio autor, que nos avisan de lo que aquí nos vamos a encontrar: un aluvión de poesía y pensamientos y un divagar constante de dentro hacia fuera de su cabeza, puro flujo de conciencia, como leitmotiv de su escritura.
Pero no por ello penséis que este libro os resultará espeso ni aburrido, porque como las grandes novelas confesionales (Trópico de Cáncer, por ejemplo, de su admirado Henry Miller, con la que encuentro no pocos paralelismos), Breve historia del circo engancha de la primera a la última página con una brillantísima prosa poética, un montón de suculentas anécdotas y un análisis de la psicología humana tan emotivo, solidario y sincero, que os sentiréis (pongo la mano en el fuego por ello) plenamente identificados con él.
A caballo entre la poesía y la prosa (de hecho, intercalando ambos géneros, y también un puñado de estupendas fotografías), el ensayo y el diario, lo intimista y lo reflexivo, lo privado y lo público, Pablo nos sumerge en la caótica vida de Cochabamba, con sus coloristas mercados, injusticias y contradicciones, al tiempo que va diseccionando su apasionada relación de pareja y las dudas y expectativas que genera su futura paternidad, ejes básicos sobre los que gira el argumento del libro.
Aunque en realidad Munay, Cochabamba, su pareja, su gato, sus ensoñaciones y sus largos paseos, tal cual él mismo nos advierte, sean sólo una excusa para lo que en el fondo siente y necesita y quiere, que es escribir.
Escribir ni más ni menos que este fantástico libro,Breve historia del circo, que ahora tenéis en las manos y que os apremio sin más dilación a leer, con la total certeza de que, como a mí, os llegará directo al corazón.

We're on the road together.

Vicente Muñoz Álvarez, prólogo a Breve historia del circo (Chamán Ediciones, 2017).

http://chamanediciones.es/producto/breve-historia-del-circo/

sábado, 1 de abril de 2017

AGITADORAS Nº 82 – ABRIL 2017

Hola, amigos agitadores:
Como cada 1 del mes -y ya van 82- los editores y colaboradores de Agitadoras os ofrecemos un variado panorama de artículos de creación, crítica literaria y artística, opinión y un poco de miscelánea cultural. Este mes nos acompañan en nuestra singladura cooltural los siguientes colaboradores: 
Ángela Mallén, Eduardo Nabal, Rolando Revagliatti, Francisco Marín, Itziar Mínguez, Rubén Castillo, Luis Arturo Hernández, Edgard Cardoza, Ramón Asquerino, Francisco Manzo-Robledo, Adán Echeverría, Pepe Pereza, Joaquín Lloréns, Inma Luna, Paco Piquer, Julio Soler, Coos Palmboom, Carmelo Arribas, Francisco Gómez, Javier Neila, Enrique Arias, Juan Planas, David Torres, Inés Matute, Vicente Muñoz e Il Gatopando.
¡Esperamos que el número sea de vuestro agrado!


Para ver la revista, pásate por: http://www.agitadoras.com/