
Desde que ella se había instalado allí algunas cosas habían cambiando. La casa había cobrado vida, el frigorífico estaba lleno, la cocina se plagaba de apetecibles aromas a las horas de comer, la lavadora había resucitado y los tendederos blandían al viento las ropas bien lavadas con cariño y suavizante, del espejo del cuarto de baño desaparecieron las salpicaduras de dentífrico, las cortinas del salón recuperaron sus colores originales y las veladas nocturnas se disfrutaban ahora con frutos secos y programas de televisión.
Todo era perfecto.
Bueno... casi perfecto, porque el insomnio seguía haciendo presa en él, y con ella acostada a su lado, esas horas de espera eran más negras y tediosas, pues tenía que prescindir de todos esos complementos que le ayudaban a ir sobrellevando el tiempo: la lectura, la radio, fumar… Cualquiera de esas actividades la hubieran despertado, y ella madrugaba, así que sus horas de sueño eran sagradas. Él temía cada día más la hora de irse a la cama, tener que soportar a oscuras el paso de cada minuto, reprimiendo la necesidad de cambiar de postura, ahogando cada bostezo, cada anhelo... De vez en cuando no lo podía soportar y se levantaba para matar su aburrimiento viendo los teletiendas o simplemente quedándose sentado sin hacer nada en una especie de letargo demencial.
Ese horario desorganizado y deforme le estaba haciendo enfermar. Aunque él no tenía trabajo debía levantarse antes de que ella llegara del suyo, hacer la compra en el mercado y preparar la comida, con lo cual apenas le quedaban una pocas horas para dormir. Estaba siempre tan cansado que la relación entre los dos se fue deteriorando por momentos. El mal ánimo se instaló en la casa como un inquilino fijo. Él intentó combatir el insomnio a base de litros de valeriana y un recital de somníferos, pero todo fue en vano, y pronto se vio solo de nuevo. El frigorífico se fue vaciando, los tendederos también, el fregadero de la cocina se llenó de platos mohosos y cubiertos resecos, el espejo del baño recuperó los puntitos de dentífrico... y él siguió su vida de vampiro, esperando a que el amanecer entrase por la rendija de la ventana y proyectase sobre el techo las mágicas imágenes que le prometían que el sueño estaba cerca.
® pepe pereza
http://lafanzine.blogspot.com/
3 comentarios:
muy bueno tio
Me ha gustado, Pepe.
Destila soledad. Este pobre vampiro debe encontrar a otra noctámbula para compartir insomnios y dormir por el día.
Un beso.
si hubieras venido ayer a verme hacer el ridículo en el Ateneo te hubiera dado una fanzinaaa grrrr
(7 personas en el público, el novamás)
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