viernes, 15 de abril de 2016

VIAJE AL NORTE


Los limpiaparabrisas van de izquierda a derecha apartando la lluvia a destajo. El manto de agua impide que apenas se distinga la carretera. En el asiento del copiloto está Sofía, mi mujer. Va ensimismada en sus pensamientos con la mirada cargada de reproches. Mira que se lo advertí: Viajar al norte en esta época del año es una locura. No hay nada más que lluvia, frío y más lluvia. Con todo, se le antojó hacer este viaje y aquí estamos, en medio del diluvio universal… De pronto lo oigo. Es una especie de chirrido. De primeras creo que se debe al frote de las gomas de los limpiaparabrisas contra el cristal, pero enseguida me doy cuenta de que el ruido obedece a algo relacionado con el motor.
        -¿Oyes eso?
        -¿El qué?
        -Ese ruido. Chiiii… chiiii… ¿No lo oyes?
        -No.
        -Escucha con atención…
        -Cuidado con el que tienes delante que le vamos a dar.
Piso ligeramente el freno y dejo que el coche que nos precede se aleje unos metros. Me molesta que ella nunca esté de acuerdo contigo en nada.
         -Aunque tú no lo oigas, hay una especie de chirrido.
         -Déjate de tonterías y concéntrate en la carretera.
Otra de las cosas que me jode es que me trate como a un crío.
         -Deberíamos parar.
         -¿Con esta lluvia? ¿Estás loco?
No quiero que nos quedemos tirados por culpa de una avería. Claro que Sofía tiene razón, parar en medio de este aguacero es una locura. Sigo conduciendo rumbo al norte.
Al rato deja de llover. Se abre un claro en el cielo y asoma un sol convaleciente. Una señal anuncia un área de descanso. Tomo el desvío y me dirijo hacia los aparcamientos. Me apeo del coche y abro el capo para echar un vistazo al motor.
        -No sé qué coño estás mirando. No tienes ni puñetera idea de mecánica.
Ella vuelve a tener razón, no sé nada de mecánica, con lo cual no me queda claro si la maquinaría que tengo delante está en su sitio o no. Cierro el capo y me centro en las ruedas. Según rodeo el coche voy golpeando los neumáticos con el pie.
         -¿Se puede saber qué haces?
         -Compruebo la presión.
Sofía se baja del coche y cierra de un portazo. Se aleja unos metros y se queda mirando al frente. Desde el principio supe que este viaje iba a ser un infierno, aun así me dejé convencer. Nos queda mucho por delante, es mejor que intente afrontarlo con optimismo. Me enciendo un cigarro y le ofrezco el paquete para que se sirva ella misma. Rechaza mi oferta y sigue pendiente del horizonte. De repente vuelve al coche y se pone a buscar en el equipaje.
         -¿Dónde está la cámara de fotos?
         -¿No está ahí?
         -No la encuentro ¿Estás seguro de que la guardaste?
         -...
         -Te dije que lo hicieras.
Me lo dijo, pero jamás lo admitiré.
         -Si quieres hacer una foto, utiliza la cámara del móvil.
En cuanto menciono el móvil sé que he metido la pata.
         -Lo haría si tuviera batería.
Anoche se me olvidó ponerlos a cargar.
Ha empezado a llover otra vez. Llevamos un buen rato sin hablarnos, cosa que agradezco porque necesitaba un respiro para poder continuar con esta pesadilla. Lo bueno del asunto es que desde que hemos retomado la marcha no he vuelto a escuchar el chirrido.
         -Tengo hambre.
Lo dice como si yo fuera el culpable.
Es el típico restaurante de carretera. A pesar del mal tiempo está repleto de clientes, en su mayoría camioneros. Los camareros corren de un lado para otro sirviendo menús y tomando nota de las comandas.
Después de esperar un buen rato, nos acomodan en una mesa que acaba de quedar libre. De hecho, las sobras de los anteriores comensales aún están sobre el mantel.
        -No me gusta este sitio. Huele raro. Seguro que alguien se ha dejado la puerta de los baños                    abierta.
Hago oídos sordos. Después de lo que hemos tenido que esperar no estoy dispuesto a levantarme y abandonar el local. En vez de eso, cojo la carta y leo. Aunque la oferta no es muy variada a mí me vale. A Sofía no.
           -No me apetece nada de lo que ofrecen aquí.
En la mesa de al lado un hombre come paella.
           -La paella tiene buena pinta.
No me hace caso, así que dejo las sugerencias.
Por fin se acerca una de las camareras. Su ojo experto enseguida detecta la tensión acumulada. Para tranquilizarnos nos pide disculpas por la tardanza y recalca que en cuanto termine de recoger la mesa nos tomará nota.
Comemos, en silencio. Un silencio sólido, pesado, frío como una cadena perpetua. Me fijo en una pareja de jóvenes que ocupa una mesa junto a la puerta de la cocina. Hablan afectuosamente ajenos al trasiego de los camareros, que entran y salen sin parar. De habernos asignado esa mesa, nosotros, sin duda, hubiésemos protestado. Sin embargo, ellos están contentos y no les importa estar ahí. Supongo que es cuestión de feeling. La mujer que tengo delante, es decir, mi mujer, escarba con el tenedor en el lomo de un lenguado. Se nota que ha perdido el apetito. Me gustaría iniciar una conversación.
           -Me preocupa el chirrido del motor.
           -Quiero volver a casa.
Pese a que la decisión ha sido suya me siento feliz de regresar. Llueve a mares y hace rato que deberíamos haber encontrado el desvío a la autovía, sin embargo continuamos por esta carretera por la que no circula nadie excepto nosotros. A juzgar por el paisaje, que cada vez es más boscoso, sospecho que nos hemos perdido. No digo nada porque tal como están las cosas entre nosotros sé que mi despiste equivaldría a una discusión. Es mejor callar y seguir hacia adelante con la esperanza de encontrar una salida o, al menos, un letrero o señal que me indique dónde estamos. De reojo alcanzo a ver una sombra que salta a la carretera justo por delante del coche. No me da tiempo a reaccionar y escucho un golpe seco que no augura nada bueno. A causa de la frenada Sofía tiene que apoyar las manos en el salpicadero para no golpearse la cabeza contra el cristal delantero.
         -¿Qué pasa?
         -Creo que hemos atropellado algo.
Pongo las luces de posición y salgo del coche para comprobar los daños. Hay una abolladura en la chapa de la carrocería. La peor parte se la ha llevado un perro vagabundo. El pobre animal sigue vivo. Quiere huir y trata de impulsarse con sus patas delanteras, ya que las traseras han quedado inutilizadas por la envestida. No solo su columna ha quedado dañada, su estómago ha reventado y en su intento por alejarse va dejando tras de sí un reguero de sangre y tripas que la lluvia no termina de limpiar. Es una escena triste y lamentable. Me acerco a él. El perro me mira con los ojos vidriosos y desorbitados. Noto en ellos el terror y el dolor que padece. Le cuesta respirar. Hago amago de acariciarle, pero lanza un mordisco al aire que está a punto de alcanzarme la mano.
-                          -Tenemos que llevarlo a un veterinario.
-                        - ¿Te has vuelto loco? ¿Pretendes meterlo en el coche tal como está?
-                         -¿Y qué sugieres que hagamos?
-                          -Lo más sensato sería acabar con su sufrimiento.
Para ella es fácil decirlo porque sabe que no tendrá que ensuciarse las manos. El perro sigue arrastrándose torpemente con las patas delanteras, dejando parte de sus vísceras en el asfalto. Viéndole cómo está reconozco que no merece la pena llevarlo a una clínica veterinaria, dudo que sobreviviese al viaje. Lo mejor es ahorrarle más angustias. Echo un vistazo por la zona intentando encontrar algo contundente para acabar con su vida. A estas alturas estoy calado hasta los huesos y no me importa salir de la carretera y pisar el barro y los charcos que están por la periferia. Cerca de unos árboles que lindan con el bosque encuentro una rama de un metro de larga. Tiene el tamaño y grosor adecuados. El perro se ha ido distanciando del coche en su intento desesperado por escapar. Me sitúo detrás y levanto el palo. Veo mi reflejo en sus ojos. Bajo los brazos con fuerza y le golpeo en la cabeza. La madera está demasiado húmeda y la rama se parte en dos a causa del impacto. El perro se lamenta dolorido.
-                            -Se trata de evitarle sufrimientos, no de causarle más daño.
-                            -Si crees que puedes hacerlo mejor, por qué no te acercas hasta aquí y lo demuestras.
Me enseña el dedo corazón. En momentos como este es a ella a quien me gustaría matar. Salgo de la carretera y me acerco a los árboles. Cerca hay una roca de tamaño medio que está semienterrada en el fango. Si consigo sacarla de ahí podré terminar con toda esta mierda. Tiro con todas mis fuerzas, pero por mucho que lo intento la piedra sigue firmemente afianzada al suelo. Me arrodillo en el barro, clavo los dedos alrededor de la roca y echo mi peso hacia atrás tirando con los brazos. Poco a poco el pedrusco va cediendo. Entonces oigo que el motor se pone en funcionamiento. Seguidamente veo que el coche sale disparado hacia el perro y le pasa por encima. Suelto la piedra y corro hasta el vehículo que ha quedado frenado junto al arcén. Sofía está llorando en el asiento del conductor.
-¿Se puede saber qué coño te pasa?
Quiere decirme algo pero de su boca solo salen balbuceos. Al final logra articular dos palabras:
           -Estoy embarazada.
Al escucharlas me quedo sin respiración. La carrocería está manchada de sangre y en el asfalto ha quedado un amasijo de carne y vísceras que me revuelven el estómago. Necesito escapar, desvincularme de todo esto. Echo a andar y me adentro en el bosque. Avanzo entre los árboles, dirigiéndome allí donde la frondosidad adquiere nombre y significado. Mientras me alejo Sofía grita algo, pero la lluvia me impide escuchar lo que dice.

pepe pereza