
Apenas caían ya cuatro gotas. David siguió andando, sorteando charcos y bocas de canalones que todavía vertían chorros de agua tibia. Quería llegar hasta el parque y caminar por la orilla del Ebro. Esos paseos nocturnos eran lo que más valoraba de su existencia, por encima de cualquier otra actividad. Durante esos paseos, se recuperaba de las tormentosas sesiones de tristeza adquirida. Sin ellos, hubiera estado perdido, se hubiera dejado morir agazapado en un rincón de su casa. Por fin, llegó a la orilla del río y al sendero que lo custodiaba. Ese era su sitio preferido porque a esas horas nunca había coincidido con nadie. Ese sendero era una extensión de si mismo, era íntimo y seguro. Se sentía tan a gusto en él cómo en la soledad de su hogar, con la variante de que allí se encontraba más despejado y libre. El cielo negro se fue abriendo a una luna creciente. También se asomaron algunas tímidas estrellas. Llegó a la pasarela que cruzaba el río y se animó a cruzar a la otra orilla, la más apartada de la ciudad, la más alejada de sus habitantes. Al llegar a la mitad de la pasarela, se detuvo para encenderse un cigarrillo y mirar las negras aguas. Al poco, reanudó su camino. A unos treinta metros por delante, bajo una farola apagada, una mujer de unos veinte años se había subido encima de la barandilla y se disponía a saltar. David no reparó en ella hasta que estuvo muy cerca. Enseguida notó cómo su cuerpo absorbía su tristeza. Le había pillado desprevenido y el impacto fue mucho más violento de lo habitual. Se tambaleó, y de no ser porque se agarró con fuerza a la barandilla, se hubiese desplomado en el suelo. La chica se sintió aliviada, cómo si sus penas hubiesen saltado al río por ella. Aun así, se asustó con la presencia de David y huyó cómo alma que lleva el diablo. David apenas podía respirar, una gran presión le aplastaba el pecho mientras un vómito subía por su garganta. Nunca antes se había visto contagiado por una tristeza igual. Ésta sobrepasaba con mucho a todas las anteriores, ésta era una tristeza brutal que le desgarraba por dentro. El legado de la joven se agarraba a cada uno de sus músculos cómo un parásito despiadado que le obligaba a saltar al río. David estuvo a punto de ceder a los impulsos suicidas, pero con gran esfuerzo logró sobreponerse y abandonó deprisa la escena. David huyó del sendero y corrió hasta su casa. Una vez más, tenía que esconderse en su fría y desoladora tumba. Solo allí estaba a salvo de las penas asesinas, las tristezas parásitas y el sufrimiento ajeno.
7 comentarios:
Primero leí Tristeza,
luego rescaté de los borradores "Dolor",
dos palabras que se tocan,
la tristeza es un "cielo negro"
y el dolor un pozo.
Me gusta tu cuento.
Un beso.
Me ha gustado mucho, pepe.
Creo que a muchos nos pasa o nos ha pasado eso de cargar sobre los hombros todas las penas del mundo. Así, obviamente, es imposible vivir.
Tú protagonista está condenado a empatizar, a ser solidario, a comprender (y a ayudar).
Y percibo todo esto mientras provocas que sienta el vuelo del suicidio acechando sobre la cabeza de David. Tenso, tenso, tenso... pero no.
Magnífico de verdad, pepe, me encanta.
Un abrazo.
Un placer absoluto leer algo tan bueno. Un blog excelente.
Absorbiendo todas las tristezas ajenas, las penas más oscuras...
Ante todo, me cautiva leerte Pepe, es maravilloso mecerse en tus letras,aunque quizás me queda el ahnelo de una historia menos triste.
Un abrazo
Dosis de tristeza, hoy mis chicos favoritos con la pena, pero las letras ayudan, menos mal... Me gusta mucho lo que leo cada día.
Gracias Pepe.
Un abracito ligero y con espuma.
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