domingo, 29 de marzo de 2015

EL JILGUERO (Relato)

Saco a pasear a mis demonios. Intento aplacarlos a base de aire fresco. Después de estar enclaustrado durante días, el jolgorio urbano me produce un sentimiento de zozobra. Vencido ese primer impulso de amilanamiento, prosigo con el paseo. Llego al parque y elijo un banco apartado. Trato de dar con ese estado de calma que tanto ansío. Busco en los árboles, en los pájaros que saltan de una rama a otra, en la fragancia que llega de los rosales, pero los árboles son solo árboles, igual que los pájaros y las rosas. Nada de esto me ayuda a encontrar lo que busco.
Al rato se acerca un anciano con aspecto de vagabundo. Toma asiento a mi lado. De su mochila saca un cortaúñas y procede a hacer uso de él. Tiene manos de cirujano. Limpias y bien cuidadas. No pegan para nada con su aspecto harapiento.
-        Eso que fumas huele de maravilla.
Le paso el canuto. Da una larga chupada y mantiene el humo dentro sin expulsarlo.
-        Buena calidad, sí señor. ¿Puedo acabármelo?
-        Todo tuyo.
-        Me gusta esta ciudad. Acabo de llegar, pero lo poco que he visto me gusta.
-        ¿De dónde eres?
-        De todo el mundo. Ya sabes, el que no tiene donde quedarse va y viene como una peonza.
Su voz suena cercana y amiga. Tiene algo en su tono que da prestancia a lo que dice. Me hace un relato de sus cuantiosos viajes. Todo un mosaico de ciudades y gentes quedan reflejados en sus palabras. En un momento dado, calla. Sus ojos se entristecen y unas arrugas le cruzan la frente. Me habla de una mujer. Me dice que le dio todo lo que tenía pero que no fue suficiente. Vuelve a quedarse en silencio, mirando a la nada. Noto que se ha ido lejos, en busca de esa mujer. Termina el porro y se despide. Se aleja encorvado y con paso tranquilo. Andados unos metros, se detiene. Saca algo del bolsillo, lo deja en el suelo y lo tapa con unas cuantas hojas. Después sigue por el sendero hasta que sale del parque. Siento curiosidad. Me acerco a ver qué es lo que ha enterrado. Al apartar la hojarasca encuentro un jilguero muerto. En ese momento se levanta una brisa que trae el olor rancio de las aguas del estanque. Alzo la vista a un grupo de niños que corren detrás de una pelota. Sus gritos forman parte del parque, tanto o más que los árboles que hay en él, el propio estanque o los jardines que lo visten.

pepe pereza