domingo, 15 de marzo de 2015

QUIZÁS SEA ESO (Relato Inédito)


Lleva toda la tarde sin dirigirme la palabra. Señal de que algo le preocupa. No quiero preguntar, prefiero seguir leyendo. De vez en cuando, desvío la mirada del libro y la poso en ella. Veo cómo se come las uñas y se devanea la cabeza. Ignoro qué piensa. Acabo el capítulo y vuelvo a mirarla. Sigue con la misma aptitud, solo que ya no le quedan uñas que morder y las ha sustituido por un mechón de pelo. Mordisquea las puntas con el gesto concentrado.
-        ¿Te importa si pongo música?
-        ¿Eh?
Parece que hubiera sido teletransportada de una galaxia lejana y se sorprendiera de estar donde está, es decir: aquí.
-        ¿Te importa que ponga música?
-        No, haz lo que quieras.
Elijo un cd. Suenan los primeros compases.
-        Por favor, pon algo que no sea tan deprimente.
No sabía que Billie Holiday fuese deprimente. No quiero discutir, así que cambio de cd. Espero a que arranque para saber su veredicto. Como no dice nada doy por buena la elección. Antes de retomar la lectura enciendo la raba de un porro que había olvidado en el cenicero. Le doy unas caladas y le hago una seña para pasárselo. Alarga el brazo y lo coge, pero en vez de llevárselo a la boca, deja el gesto a medias y permanece con la mano suspendida entre el pecho y la cabeza.
-        ¿Dónde has aparcado?
La pregunta me pilla por sorpresa, tengo que pararme a pensar para responder. Se levanta y saca un cuaderno de un cajón.
-        ¿Los bolígrafos?
Le paso el mío.
-        ¿Dónde dices que has aparcado?
Vuelvo a decírselo. Ella apunta la dirección en el cuaderno.
-        Quiero que todos los días me digas dónde dejas el coche.
Su petición es más bien una orden. Su tono autoritario lo deja bien claro. No obstante, no alcanzo a comprender su repentino interés por el tema. Además, ella no sabe conducir y el único que utiliza el coche soy yo.
-        ¿Por qué quieres saberlo?
-        Cosas mías.
Aunque me pica la curiosidad no insisto. Deseo volver cuanto antes a la lectura, y es lo que hago. A las tres frases ya me he olvidado de todo.
Durante la cena, aprovecho para volver al asunto.
-        Bueno ¿me dirás a qué viene ese repentino interés tuyo en saber dónde dejo el coche?
-        Es una chorrada.
-        Aun así me gustaría saberlo…
De repente, oímos un fuerte golpe seguido de un estrépito de cristales rotos. El ruido procede del salón. Dejamos los platos y corremos hasta allí. Al entrar nos encontramos con el cristal de la ventana hecho añicos y con un balón de cuero blanco que reposa junto al sofá.
-        La puta que los parió.
Me asomo al ventanal (sin cristal) esperando atisbar a los culpables del destrozo. Dos pisos por debajo hay una campa. No hay nadie en ella. Quién quiera que estuviera jugando al fútbol ha desaparecido.
-        Ten cuidado, no pises los cristales.
El suelo está cubierto de ellos, no pisarlos es una misión imposible. Al final es ella quien se encarga de traer la escoba y el recogedor.
-        Quita de ahí.
Me aparto a un lado para que pueda barrer.
-        Mañana a primera hora habrá que avisar a un cristalero.

Me parece escuchar el llanto de un bebé. Con los ojos abiertos constato que todo está en completo silencio. Ha debido ser un mal sueño. Ella duerme a mi lado. Oigo su respiración y siento el calor de su cuerpo. Me levanto y salgo a tientas del dormitorio. En la cocina bebo agua, en el váter meo y en el salón me enciendo un cigarro. Subo la persiana y dejo que el fresco de la noche entre a través de la ventana sin cristal. Debido al incidente del balonazo sigo sin enterarme de cuál es la razón por la que debo apuntar dónde dejo el coche. Tendré que volver a sacar el tema durante el desayuno. Recuerdo que antes, cuando trabajaba, de camino al taller tenía que pasar por delante de un coche abandonado. Era un buen coche, de los caros. Todos los días que lo veía me preguntaba por el motivo de su abandono. Barajé varias hipótesis. Una de ellas, la más verosímil para mí, era que el dueño había fallecido y sus familiares, al desconocer el paradero del vehículo, no pudieron encontrarlo. Por eso estaba allí acumulando polvo. Me daba pena aquel coche. Quizás vayan por ahí los tiros. Tal vez ella haya encontrado un coche abandonado y al verlo sienta lo mismo que sentí yo. Puede que tenga miedo de que me pase algo y de ahí su petición. Levanto la vista al cielo. Es negro y sin estrellas, y la luna redonda e hinchada como un balón. El balón sigue ahí, encima del sofá. De pronto me apetece jugar con él: botarlo contra la pared o darle una patada. Sé que no son horas y que despertaría a todo el vecindario. Lo que hago es arrojarlo por la ventana y contemplar cómo rebota, hasta que finalmente se detiene en medio del suelo negro. Con el balón ahí, la campa pasa a ser un reflejo del cielo, más bien: una fotocopia.

pepe pereza

2 comentarios:

Maica Bermejo dijo...

Disfruto mucho leyendo lo que escribes. Desde que comienzo no puedo dejar de leer hasta el final. Gracias por compartir tus letras.

pepe pereza dijo...

Yo también disfruto con tus escritos, Maica, estamos en paz. un beso