martes, 6 de julio de 2010

ENTREVISTA A MARCUS VERSUS


Editorial “Ya lo dijo Casimiro Parker”
Ya lo dijo Casimiro Parker es una editorial dedicada, de momento, en exclusiva a editar obra poética de autores noveles. Llevan trabajando desde el año 2008 y ya han publicado 6 libros de distintos autores como Escandar Algeet, Isabel García Mellado, José Ángel Barrueco, Javier Das, Carlos Salem, Gonzalo Escarpa, Arturo Martínez, Eduardo Scala y Oscar Aguado. Ya lo dijo… está ubicada en la calle Blasco de Garay y sus creadores son gente que habitualmente podemos ver por el barrio de Malasaña.
Detrás de todo este proyecto está Marcus Versus que es quién nos va a responder a las preguntas.
Marcus Versus: Hola, aquí versus. Para empezar voy a decir no creo que seamos una editorial que publica autores noveles porque, aunque el 30% de nuestros autores no habían publicado un poemario con anterioridad, contamos con autores como Eduardo Scala, Pedro Casariego o Carlos Salem con una grandísima experiencia editorial y que son unos referentes en la poesía en este país.
¿Quiénes estáis detrás de la editorial Ya lo dijo Casimiro Parker?
M.V.: En la editorial solo estamos personas vivas. Isabel se encarga de la distribución y de cuadrar los números (que no es cosa fácil). Recientemente nuestra talentosa Ana se ha incorporado para ayudarnos con la parte de prensa. El resto es cosa mía, organizar presentaciones y recitales, diseñar los libros y carteles, abrir nuevas puertas, hacer el tonto…
¿Cómo nace la idea de la editorial?
MV: Por necesidad
¿Sólo publicáis poesía? ¿No es demasiado arriesgado montar un catálogo sólo con obra poética y además de autores nuevos (la mayoría)?
MV: Básicamente publicamos lo que nos sale de los cojones. Desde luego que donde nos encontramos más a gusto es en la poesía, porque es nuestro hábitat natural. No publicaremos novelas o literatura infantil pero no hemos cerrado otras puertas… En el libro de Escandar Algeet puedes encontrar relatos e incluso un guión de cine.
Insisto, no somos una editorial que publica autores nuevos.
Nosotros publicamos obras no nombres, y esto nos ha llevado encontrarnos con algunos autores que no habían publicado anteriormente, pero llamar nuevo a óscar aguado, josé ángel barrueco o gonzalo escarpa me parece un insulto ya que llevan más de 10 años escribiendo y dejándose el alma por la poesía.
Nunca he pensado si es arriesgado publicar poesía, pero el día que a la gente le deje de interesar lo que publicamos dejaremos de hacerlo, mientras tanto seguiremos dando la lata.
¿Quién es Casimiro Parker? (pregunta obligada, sorry)
MV: Y la respuesta que se ha convertido en la habitual es: “en nuestra página web está muy bien explicado: www.yalodijocasimiroparker.es“.
¿Qué poeta vivo os gustaría publicar ahora mismo y no lo veis posible?
MV: Nunca lo he pensado. Lo que sí puedo decirte es que el único poeta que siempre siempre he querido publicar es Pedro Casariego.
Recomendadnos un libro de poesía que no sea de vuestro catálogo.
MV: Circus Girl, de Maite Dono. Publicado por El Gaviero
¿Cuáles van a ser los siguientes pasos de Casimiro Parker en forma de libro?
MV: Casimiro Parker no sé por dónde andará, pero la editorial Ya lo dijo Casimiro Parker tiene la intención de seguir publicando después de verano.
¿Os vais a quedar en la parte editorial o vais a llevar a cabo otro tipo de proyectos?
MV: Organizamos muchos recitales, eso ya es salirse de la parte editorial y convertirse en lo que llaman “gestor cultural”. A mí lo único que me interesa es la poesía, si es en formato papel mejor.
¿En qué punto creéis que está la creación poética actual en España?
MV: Hay poetas que destacan sobre otros porque son realmente buenos y se esfuerzan en seguir mejorando, sin embargo hay otros cuyo único interés es participar y salir en todas las fotos, sin ningún tipo de autocrítica.
En el medio tienes un poco de todo, pero debo confesar que, en mi opinión personal, predomina la mediocridad.
¿Cuál es el sitio más poético de Malasaña para vosotros?
MV: La poesía está en la forma de mirar…
pero algunos de los mejores momentos, y más cotidianos, son los encuentros casuales del manuela, las conversaciones del entrelíneas, la música cuatro latas, los niños jugando en la plaza del 2dMayo, las cervezas del chamizo…
Habéis montado una plataforma de editoriales independientes de poesía, junto a otros compañeros de viaje. Contadnos un poco en que consiste y quienes estáis involucrados.
MV: REPE (red editorial de poesía emergente) lo forma diferentes editoriales de toda españa que nos hemos unido para tener más fuerza y tener presencia en lugares como la feria del libro de Sevilla, Soria, Almería, Córdoba, SELIN (Semana de edición y literatura independiente).
Pues ahí está otra de las editoriales residentes en el barrio de Malasaña. Una editorial con personalidad que publica poesía de calidad entre otras cosas y que no para de moverse.
http://yalodijocasimiroparker.blogspot.com/

ESTUPOR Y TEMBLORES de AMÉLIE NOTHOMB


Así empieza ESTUPOR Y TEMBLORES de AMÉLIE NOTHOMB

El señor Haneda era el superior del señor Omochi, que era el superior del señor Saito, que era el superior de la señorita Mori, que era mi superiora. Y yo no era la superiora de nadie.
Podríamos decirlo de otro modo. Yo estaba a las órdenes de la señorita Mori, que estaba a las órdenes del señor Saito, y así sucesivamente, con tal precisión que, siguiendo el escalafón, las órdenes podían ir saltando los niveles jerárquicos.
Así pues, en la compañía Yumimoto yo estaba a las órdenes de todo el mundo.
El 8 de enero de 1990, el ascensor me escupió en el último piso del edificio Yumimoto. El ventanal, al fondo del vestíbulo, me aspiró como lo habría hecho la ventanilla rota de un avión. Lejos, muy lejos, se veía una ciudad tan lejos que dudaba haberla pisado jamás.
Ni siquiera se me ocurrió pensar que fuera necesario presentarme en la recepción. En realidad, no me rondaba la cabeza ninguna ocurrencia, sólo la fascinación por el vacío, por el ventanal.
A mis espaldas, una voz ronca acabó por pronunciar mi nombre. Me di la vuelta. Un hombre de unos cincuenta años, bajo, delgado y feo, me miraba con desagrado.
-¿Por qué no le ha comunicado su llegada a la recepcionista? -me preguntó.
No supe qué contestar y nada contesté. Incliné la cabeza y los hombros,
constatando que en tan sólo diez minutos, sin haber pronunciado ni una palabra, ya había causado una mala impresión en mi primer día en la compañía Yumimoto.
El hombre me dijo que se llamaba señor Saito. Me pidió que le siguiera por
innumerables e inmensas salas, en las que me presentó a multitud de personas, cuyos nombres yo iba olvidando a medida que él los iba pronunciando.
Luego me hizo pasar al despacho de su superior, el señor Omochi, que era enorme y espantoso, lo cual confirmaba su condición de vicepresidente.
A continuación, me señaló una puerta y, con tono solemne, me anunció que, tras ella, estaba el señor Haneda, el presidente. Ni que decir tenía que no debía pasárseme por la cabeza la posibilidad de conocerlo.
Finalmente, me guió hasta una gigantesca sala en la que trabajaban unas cuarenta personas. Me indicó cuál era mi sitio, situado justo frente al de mi inmediata superiora, la señorita Mori. Esta última asistía a una reunión en aquel momento y se reuniría conmigo a primera hora de la tarde.
El señor Saito me presentó rápidamente a la asamblea. Y a continuación me preguntó si me gustaban los retos. Estaba claro que no tenía derecho a responder con una negativa.
-Sí -dije.
Fue la primera palabra que pronuncié en la empresa. Hasta aquel momento me había limitado a inclinar la cabeza.
El «reto» que me propuso el señor Saito consistía en aceptar la invitación de un tal Adam Johnson para jugar juntos al golf el domingo siguiente. Yo tenía que escribir una carta en inglés dirigida a dicho señor para comunicárselo.
-¿Quién es Adam Johnson? -cometí la estupidez de preguntar.
Mi superior suspiró con exasperación y no respondió. ¿Acaso constituía una aberración no saber quién era Adam Johnson o, por el contrario, mi pregunta
había pecado de indiscreción? Nunca lo supe -y nunca supe quién era Adam Johnson.
El ejercicio me pareció fácil. Me senté y redacté una carta cordial: el señor
Saito se mostraba encantado con la idea de jugar al golf el próximo domingo con el señor Johnson y le transmitía sus más cordiales saludos. Se la llevé a mi superior.
El señor Saito leyó mi trabajo, soltó un despectivo chillido y la rompió:
-Repítala.
Pensé que quizás había sido excesivamente amable o familiar con Adam Johnson y redacté un texto frío y distante: el señor Saito acusaba recibo de la decisión del señor Johnson y, conforme a sus deseos, jugaría al golf con él.
Mi superior leyó mi trabajo, soltó un despectivo chillido y la rompió:
-Repítala.
Sentí la tentación de preguntarle en qué me había equivocado, pero como su reacción a mi investigación respecto al destinatario de la carta ya había demostrado, parecía evidente que mi jefe no toleraba las preguntas. Así pues, debería averiguar por mi cuenta qué clase de lenguaje utilizar con el misterioso Adam Johnson.
Pasé las horas siguientes redactando cartas dirigidas al jugador de golf. El señor Saito marcaba el ritmo de mi producción rompiéndolas, sin más comentario que aquel chillido a modo de estribillo. Cada vez me veía obligada a inventar una nueva formulación.
Aquel ejercicio tenía un lado «Hermosa marquesa, vuestros divinos ojos me matan de amor» que no dejaba de tener su encanto. Exploré categorías gramaticales mutantes: « ¿Y si Adam Johnson se convirtiera en verbo, próximo domingo en sujeto, jugar al golf en complemento directo y el señor Saito en adverbio? El próximo domingo acepta encantado adamjohnsonizar un jugar al golf señorsaitomente.
¡Chúpate ésta, Aristóteles!»

MOEBIUS






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foto de LUIS LUCÍA

lunes, 5 de julio de 2010

EL ROBO (PARTE TRES)

Por la mañana me levanté temprano y después de desayunar me fui a buscar a Miguel Gurrea. Quería que él estuviera a mi lado vigilando mientras yo birlaba el libro. No me costó convencerle, Miguel Gurrea siempre estaba dispuesto para ese tipo de cosas. Quedamos en vernos a eso de las cinco de la tarde.
A las cinco en punto me reuní con Miguel Gurrea y juntos encaminamos nuestros pasos hacia los grandes almacenes. En cuanto cruzamos el umbral de la puerta principal yo sentí la misma angustia del día anterior, Miguel Gurrea, por el contrario, parecía seguro de sí mismo. Intenté estar a su altura y actuar con tranquilidad. Claro que era más fácil pensarlo que hacerlo. Al pasar por delante de las cajeras, Miguel Gurrea se detuvo para coger una cesta para la compra. Realmente se comportaba como si fuera a comprar una lista de productos que le había encargado su madre. De camino a la sección de librería Miguel Gurrea se paró delante de algunos artículos. Antes de llegar donde estaban expuestos los libros ya se había guardado en los bolsillos unas pilas alcalinas, una linterna de bolsillo y un tubo de dentífrico con sabor a lima. Con cada artículo robado yo no sabía cómo reaccionar. Me dio la impresión que por culpa de mi inexperiencia le iban a coger. Por fin llegamos donde estaba expuesto el libro. Ahora me tocaba actuar a mí. Estaba tan nervioso que al coger el libro de la estantería se me resbaló de la mano y cayó al suelo. Algunos clientes se volvieron a causa del ruido que hizo al golpear contra las baldosas. Me quedé petrificado. Miguel Gurrea se agachó, recogió el libro y me lo dio como si fuera la cosa más natural del mundo. A mí me hubiera gustado salir corriendo. Sujeté el libro cómo si éste fuera a explotar. Miguel Gurrea me miró inquisitivamente para hacerme comprender que debía calmarme. Le hice un gesto con la cabeza dándole a entender que todo estaba controlado. Abrí el libro a boleo y fingí leer un párrafo. Miguel Gurrea se desplazó hasta el otro extremo de la estantería, cogió un ejemplar cualquiera y se puso a ojearlo. Tres segundos más tarde pude ver por el rabillo del ojo cómo ocultaba el libro debajo de su cazadora. Casi me da un ataque. Él debía vigilar mientras yo robaba mi libro, en lugar de eso, el muy cabrón se estaba dedicando a vaciar la tienda. Le vi coger un libro más. Esta vez lo ocultó entre la parte trasera de su pantalón y su espalda. Después de eso se volvió y al ver que yo todavía sujetaba el libro en mis manos hizo un gesto despectivo y se dirigió a la salida. Le vi alejarse sin que nadie le diera el alto. Miré alrededor para hacerme una idea de la situación. Al contrario de lo que yo pensaba nadie estaba pendiente en mí. Me levanté el jersey y oculté el libro en mi entrepierna. Justo cuando me estaba marchando apareció un tipo de seguridad y me puso la mano encima del hombro para detenerme.

- ¿Qué llevas ahí?
- Nada.
- ¿Seguro?
- Sí.
- ¿Puedes levantarte el jersey para que pueda ver que no llevas nada?

Me llevaron a las oficinas del gerente y me dejaron allí en su presencia. El gerente era un tipo alto y corpulento que con su mera presencia imponía. Mi gran preocupación era que por mi culpa despidieran a mi padre. Yo sabía que si eso ocurría mi familia lo iba a pasar muy mal. El único sueldo que entraba en casa era el de mi padre, y aunque a mi madre de vez en cuando le hacían encargos de costura con lo que le pagaban no era suficiente para llegar a fin de mes.

- Con que robando libros.

Bajé la mirada al suelo. Avergonzado. El gerente me miró de arriba abajo. Luego cogió el libro (el tipo de seguridad lo había dejado sobre la mesa) y lo ojeó detenidamente. Al cabo de un rato lo dejó a un lado y se centró en mí.

- Tu cara me suena. ¿Te conozco de algo?
- ¡Por favor, no despidan a mi padre!
- Despedir… ¿Quién es tu padre?
- Pepe… el carnicero.
- (visiblemente sorprendido) Así que Pepe es tu padre. Ya decía yo que te conocía de algo… ¿Y cómo eres capaz de robarnos cuando tu padre trabaja para la empresa?

No supe qué contestar así que me encogí de hombros y no dije nada.

- ¿Te parece bonito lo que has hecho?
- Le prometo que ha sido la primera vez. No lo pienso hacer más.
- No te jode. Solo faltaba que lo volvieras hacer.
- Nunca más, se lo juro. Pero por favor no despida a mi padre.
- Eso ya lo veremos.
- Por favor…
- Basta ya. Si no hubieras robado ahora no tendríamos que estar pasando por esto.

Se me hizo un nudo en la garganta y estuve a punto de echarme a llorar.

- De primeras tendrás que pagar el libro.
- No… no tengo… dinero.
- O sea que no tienes dinero. Por eso lo has robado.
- Sí.
- Yo no tengo dinero para comprarme todo lo que quiero y no me dedico a robar a la gente.
- …
- A dónde iríamos a parar si todo el mundo hiciera lo mismo que tú.
- …
- ¿Tenéis teléfono en casa?
- No
- ¿Estás seguro?
- Sí señor.
- ¿No querrás que se lo pregunte a tu padre?
- No señor.
- Está bien, te creo. Lo que vas a hacer es ir a tu casa y contarle a tu madre lo que has hecho. Luego os venís para acá y pagáis el libro. ¿Me has entendido?
- Sí señor.
- Pues, marchando.

Hice mención de irme.

- Antes coge el libro y devuélvelo a su estantería – me ordenó en tono seco.

Cogí el libro y salí del despacho. Crucé las oficinas sin mirar a los empleados y bajé por unas escaleras hasta la zona pública de los almacenes. Yo creía que todos los presentes sabían lo del robo lo cual me hacía sentir más vergüenza de la que ya sentía. Estaba tan azorado y compungido que hubiera preferido morirme mil veces antes que llevar el libro hasta su sección.
Llegué a casa. Mi casa estaba cerca de las vías del tren. Antes de entrar en el portal sopesé seriamente arrojarme desde el puente a los raíles cuando pasase algún tren. Sin duda era la salida más sencilla. Finalmente me armé de valor y entré en el portal.

Continuará

® pepe pereza

POEMA DE PEPE RAMOS

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Ilustración: J.M. Díaz Dolcet
Copiado y pegado de http://hankover.blogspot.com/

EL DEBUT DEL CHICO TATUADO de DAVID GONZÁLEZ

LOLITA de VLADIMIR NABOKOV


Así empieza LOLITA de Vladimir Nabokov
1
Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lolita: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.
¿Tuvo Lolita una precursora? Por cierto que la tuvo. En verdad, Lolita no pudo existir para mí si un verano no hubiese amado a otra... «En un principado junto al mar.» ¿Cuándo? Tantos años antes de que naciera Lolita como tenía yo ese verano. Siempre puede uno contar con un asesino para una prosa fantástica.
Señoras y señores del jurado, la prueba número uno es lo que envidiaron los serafines de Poe, los errados, simples serafines de nobles alas. Mirad esta maraña de espinas.

2
Nací en París en 1910. Mi padre era una persona suave, de trato fácil, una ensalada de orígenes raciales: ciudadano suizo de ascendencia francesa y austríaca, con una corriente del Danubio en las venas. Revisaré en un minuto algunas encantadoras postales de brillo azulino. Poseía un lujoso hotel en la Riviera. Su padre y sus dos abuelos habían vendido vino, alhajas y seda, respectivamente. A los treinta años se casó con una muchacha inglesa, hija de Jerome Dunn, el alpinista, y nieta de los párrocos de Dorset, expertos en temas oscuros: paleopedología y arpas eólicas. Mi madre, muy fotogénica, murió a causa de un absurdo accidente (un rayo durante un picnic) cuando tenía yo tres años, y salvo una zona de tibieza en el pasado más impenetrable, nada subsiste de ella en las hondonadas y valles del recuerdo sobre los cuales, si aún pueden ustedes sobrellevar mi estilo (escribo bajo vigilancia), se puso el sol de mi infancia: sin duda todos ustedes conocen esos fragantes resabios de días suspendidos, como moscas minúsculas, en torno de algún seto en flor o súbitamente invadido y atravesado por las trepadoras, al pie de una colina, en la penumbra estival: sedosa tibieza, dorados moscardones.
La hermana mayor de mi madre, Sybil, casada con un primo de mi padre que le abandonó, servía en mi ámbito familiar como gobernanta gratuita y ama de llaves. Alguien me dijo después que estuvo enamorada de mi padre y que él, livianamente, sacó provecho de tal sentimiento en un día lluvioso, para olvidar la cosa cuando el tiempo aclaró. Yo le tenía mucho cariño, a pesar de la rigidez –la rigidez fatal– de algunas de sus normas. Quizá lo que ella deseaba era hacer de mí, en la plenitud del tiempo, un viudo mejor que mi padre. Mi Sybil tenía los ojos azules, ribeteados de rojo, y la piel como de cera. Era poéticamente supersticiosa. Decía que estaba segura de morir no bien cumpliera yo dieciséis y así fue. Su marido, un gran traficante de perfumes, pasó la mayor parte del tiempo en Norteamérica, donde acabó fundando una compañía que adquirió bienes raíces.
Crecí como un niño feliz, saludable, en un mundo brillante de libros ilustrados, arena limpia, naranjos, perros amistosos, paisajes marítimos y rostros sonrientes. En torno a mí, la espléndida mansión Mirana giraba como una especie de universo privado, un cosmos blanqueado dentro del otro más vasto y azul que resplandecía fuera de él. Desde la fregona de delantal hasta el potentado de franela, todos gustaban de mí, todos me mimaban. Maduras damas norteamericanas se apoyaban en sus bastones y se inclinaban hacia mí como torres de Pisa. Princesas rusas arruinadas que no podían pagar a mi padre me compraban bombones caros. Y él, mon cher petit papa, me sacaba a navegar y a pasear en bicicleta, me enseñaba a nadar y a zambullirme y a esquiar en el agua, me leía Don Quijote y Les Misérables y yo lo adoraba y lo respetaba y me enorgullecía de él cuando llegaban a mí las discusiones de los criados sobre sus varias amigas, seres hermosos y afectuosos que me festejaban mucho y vertían preciosas lágrimas sobre mi alegre orfandad.
Asistía a una escuela diurna inglesa a pocas millas de Mirana; allí jugaba al tenis y a la pelota, obtenía excelentes calificaciones y estaba en términos perfectos con mis compañeros y profesores. Los únicos acontecimientos definitivamente sexuales que recuerdo antes de que cumpliera trece años (o sea antes de que viera por primera vez a mi pequeña Annabel) fueron una conversación solemne, decorosa y puramente teórica sobre las sorpresas de la pubertad, sostenida en el rosal de la escuela con un alumno norteamericano, hijo de una actriz cinematográfica por entonces muy celebrada y a la cual veía muy rara vez en el mundo tridimensional, y ciertas interesantes reacciones de mi organismo ante determinadas fotografías, nácar y sombras, con hendiduras infinitamente suaves, en el suntuoso La Beauté Humaine, de Pichon, que había hurtado de debajo de una pila de Graphics encuadernados en papel jaspeado, en la biblioteca de la mansión. Después, con su estilo deliciosamente afable, mi padre me suministró toda la información que consideró necesaria sobre el sexo; eso fue justo antes de enviarme, en el otoño de 1923, a un lycée de Lyon (donde habríamos de pasar tres inviernos); pero, ay, en el verano de ese año mi padre recorría Italia con Madame de R. y su hija, y yo no tenía a nadie con quien consolarme, a nadie a quien consultar.

LA MUJER DEL MAGO de BOUCQ & CHARYN





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domingo, 4 de julio de 2010

EL ROBO (PARTE DOS)

...Me planté frente a las estanterías con largas filas de libros convenientemente expuestos. Eché una rápida mirada a los ejemplares hasta que di con el dibujo de la portada que tanto me había cautivado. Allí estaba el libro con sus letras amarillas: VENTISCA. Me acerqué, al extender el brazo para cogerlo vi que mi mano temblaba sospechosamente. Miré con disimulo alrededor para comprobar si alguien me observaba. Todo el mundo estaba a lo suyo. Cogí el libro y lo estuve ojeando. Mi cabeza era un caos, traté de tomar una decisión al respecto pero no conseguí aclarar mis pensamientos. Mientras tanto seguí sujetando el libro. Fingí que leía la sinopsis de la contraportada, pero por mucho que me concentré en leer las primeras líneas me fue imposible ya que mis nervios estaban a flor de piel y mis pensamientos vacilaban entre esconderme el libro en la entrepierna o dejarlo en la estantería y salir de allí con las manos vacías y la conciencia tranquila. Por un momento conseguí dejar mi mente en blanco y para cuando quise darme cuenta tenía el libro escondido debajo del jersey. Me dirigí a la puerta de salida que en aquellos momentos se me antojó a cientos de kilómetros. Caminé tratando de aparentar normalidad. A cada paso notaba cómo las esquinas del libro se me clavaban en la tripa y en la ingle. Tuve la impresión de que libro sobresalía por debajo de mi ropa delatando sus contornos, no quise comprobarlo para no levantar más sospechas. Pasé por delante de dos cajeras convencido de que me iban a dar el alto. Ni siquiera me miraron. Llegué a la puerta principal y salí a la calle. No me lo podía creer, lo había conseguido. Era tal el exceso de adrenalina que circulaba por mis venas que sentí el impulso de anunciar mi éxito a voz en grito, en lugar de eso eché a correr. Corrí a toda velocidad a pesar de que las esquinas del libro seguían clavándoseme con cada zancada. Aun con esas corrí, alentado por la alegría y por la necesidad de soltar lastre. El libro ya era mío. Seguí corriendo.
La casa de Álvaro, mi mejor amigo, estaba a más de tres kilómetros del centro comercial, no paré de correr hasta llegar a su puerta. En el portal me levanté el jersey y saqué el libro. El sudor de mi abdomen estaba esparcido por toda la portada, lo froté con la manga hasta secarlo. La tapa era de cartón duro plastificado y no quedaron restos de humedad. Me lo acerqué para olerlo y comprobé que el aroma a papel nuevo prevalecía por encima de cualquier otro olor. Antes de llamar al timbre me tomé un par de minutos para regodearme en la visión del libro. Lo apreté con fuerza sobre el pecho, quería hacerlo mío a base de abrazarlo, sentirlo de mi propiedad. Finalmente llamé al timbre.
Álvaro y yo subimos a su habitación.

- ¿Es tuyo? – dijo Álvaro refiriéndose al libro.
- Sí. – respondí orgulloso.
- ¿De dónde lo has sacado?
- De “Simango”.
- ¿Lo has robado?

Asentí con la cabeza sintiéndome más orgulloso aún.

- ¿Me lo dejas leer?

Quise negarme en rotundo, pero viendo la ilusión que le hacía no pude. Al fin y al cabo era mi mejor amigo.

- Está bien. Pero léetelo deprisa porque yo también quiero leerlo cuanto antes.
- Gracias tío. Lo leeré a toda hostia, no te preocupes.

De hecho, Álvaro se puso a leerlo de inmediato dejándome a mí a mi aire. Para entretenerme cogí un par de cómics de Los Cuatro Fantásticos y ojeé las viñetas por encima, sin detenerme a leer los bocadillos. De vez en cuando miraba a mi amigo de soslayo y al verlo enfrascado en la lectura sentía envidia. Varias veces estuve a punto de retractarme y pedirle que me devolviera el libro. Después de un par de horas le dije que me iba a casa a cenar. Álvaro apenas levantó la cabeza del libro y tan solo me dedicó un pequeño gesto con la mano a modo de despedida. De camino maldije para mis adentros. Estaba disgustado conmigo mismo por prestarle el libro a Álvaro. Había pasado por una gran angustia para hacerme con el dichoso librito y todo para nada. Calculé que a buen ritmo, mi amigo, tardaría una semana en leérselo. No estaba dispuesto a esperar tanto.
Esa noche también me costó conciliar el sueño. No podía comprender mi grado de estupidez. Había puesto en peligro el trabajo de mi padre por conseguir un libro que de buenas a primeras cedía a un amigo. No cabía duda, yo era un gilipollas de primera. Y para confirmar que realmente lo era, decidí que al día siguiente robaría otro libro.

Continuará


® pepe pereza

POEMA INÉDITO DE VOLTIOS

UNA NUEVA ETAPA-UN NUEVO POEMARIO- EL PRIMER POEMA
si matas el temor a pajas

cuando tenía
dieciseis años
me masturbaba
con demasiada avidez
como si el mundo
que giraba entorno
a mi pene
fuese a desaparecer
de un momento
a otro
bajo las losas del baño



me masturbaba tanto
que las piernas
llegaban a flojearme
y los mareos
aumentaban
si pasaba
de las cuatro
o cinco
pajas diarias

cuando tenía
dieciseis años
practicaba en soledad


de veras

ensayaba demasiado
temiendo
que llegado el instante
no supiese
dar
ni siquiera
mi primer beso


Del poemario inédito AMOR MANUAL.


Publicado por Voltios
http://angelrodriguezpoeta.blogspot.com/

CUENTOS COMPLETOS de EDGAR ALLAN POE



Así empiezan los Cuentos de EDGAR ALLAN POE
William Wilson
«¿Qué decir de ella?
¿Qué decir de la torva CONCIENCIA,
de ese espectro en mi camino?»
(CHAMBERLAYNE, Pharronida)

Permitidme que, por el momento, me llame a mí mismo William Wilson. Esta blanca página no debe ser manchada con mi verdadero nombre. Demasiado ha sido ya objeto del escarnio, del horror, del odio de mi estirpe. Los vientos, indignados, ¿no han esparcido en las regiones más lejanas del globo su incomparable infamia? ¡Oh proscrito, oh tú, el más abandonado de los proscritos! ¿No estás muerto para la tierra? ¿No estás muerto para sus honras, sus flores, sus doradas ambiciones? Entre tus esperanzas y el cielo, ¿no aparece suspendida para siempre una densa, lúgubre, ilimitada nube?
No quisiera, aunque me fuese posible, registrar hoy la crónica de estos últimos años de inexpresable desdicha e imperdonable crimen. Esa época —estos años recientes— ha llegado bruscamente al colmo de la depravación, pero ahora sólo me interesa señalar el origen de esta última. Por lo regular, los hombres van cayendo gradualmente en la bajeza. En mi caso, la virtud se desprendió bruscamente de mí como si fuera un manto. De una perversidad relativamente trivial, pasé con pasos de gigante a enormidades más grandes que las de un Heliogábalo. Permitidme que os relate la ocasión, el acontecimiento que hizo posible esto. La muerte se acerca, y la sombra que la precede proyecta un influjo calmante sobre mi espíritu. Mientras atravieso el oscuro valle, anhelo la simpatía —casi iba a escribir la piedad— de mis semejantes. Me gustaría que creyeran que, en cierta medida, fui esclavo de circunstancias que excedían el dominio humano. Me gustaría que buscaran a favor mío, en los detalles que voy a dar, un pequeño oasis de fatalidad en ese desierto del error. Me gustaría que reconocieran —como no han de dejar de hacerlo— que si alguna vez existieron tentaciones parecidas, jamás un hombre fue tentado así, y jamás cayó así. ¿Será por eso que nunca ha sufrido en esta forma? Verdaderamente, ¿no habré vivido en un sueño? ¿No muero víctima del horror y el misterio de la más extraña de las visiones sublunares?
Desciendo de una raza cuyo temperamento imaginativo y fácilmente excitable la destacó en todo tiempo; desde la más tierna infancia di pruebas de haber heredado plenamente el carácter de la familia. A medida que avanzaba en años, esa modalidad se desarrolló aún más, llegando a ser por muchas razones causa de grave ansiedad para mis amigos y de perjuicios para mí. Crecí gobernándome por mi cuenta, entregado a los caprichos más extravagantes y víctima de las pasiones más incontrolables. Débiles, asaltados por defectos constitucionales análogos a los míos, poco pudieron hacer mis padres para contener las malas tendencias que me distinguían. Algunos menguados esfuerzos de su parte, mal dirigidos, terminaron en rotundos fracasos y, naturalmente, fueron triunfos para mí. Desde entonces mi voz fue ley en nuestra casa; a una edad en la que pocos niños han abandonado los andadores, quedé dueño de mi voluntad y me convertí de hecho en el amo de todas mis acciones.
Mis primeros recuerdos de la vida escolar se remontan a una vasta casa isabelina llena de recovecos, en un neblinoso pueblo de Inglaterra, donde se alzaban innumerables árboles gigantescos y nudosos, y donde todas las casas eran antiquísimas. Aquel venerable pueblo era como un lugar de ensueño, propio para la paz del espíritu. Ahora mismo, en mi fantasía, siento la refrescante atmósfera de sus avenidas en sombra, aspiro la fragancia de sus mil arbustos, y me estremezco nuevamente, con indefinible delicia, al oír la profunda y hueca voz de la campana de la iglesia quebrando hora tras hora con su hosco y repentino tañido el silencio de la fusca atmósfera, en la que el calado campanario gótico se sumía y reposaba.
Demorarme en los menudos recuerdos de la escuela y sus episodios me proporciona quizá el mayor placer que me es dado alcanzar en estos días. Anegado como estoy por la desgracia —¡ay, demasiado real!—, se me perdonará que busque alivio, aunque sea tan leve como efímero, en la complacencia de unos pocos detalles divagantes. Triviales y hasta ridículos, esos detalles asumen en mi imaginación una relativa importancia, pues se vinculan a un período y a un lugar en los cuales reconozco la presencia de los primeros ambiguos avisos del destino que más tarde habría de envolverme en sus sombras. Dejadme, entonces, recordar.
Como he dicho, la casa era antigua y de trazado irregular. Alzábase en un vasto terreno, y un elevado y sólido muro de ladrillos, coronado por una capa de mortero y vidrios rotos, circundaba la propiedad. Esta muralla, semejante a la de una prisión, constituía el límite de nuestro dominio; más allá de él nuestras miradas sólo pasaban tres veces por semana: la primera, los sábados por la tarde, cuando se nos permitía realizar breves paseos en grupo, acompañados por dos preceptores, a través de los campos vecinos; y las otras dos los domingos, cuando concurríamos en la misma forma a los oficios matinales y vespertinos de la única iglesia del pueblo. El director de la escuela era también el pastor. ¡Con qué asombro y perplejidad lo contemplaba yo desde nuestros alejados bancos, cuando ascendía al pulpito con lento y solemne paso! Este hombre reverente, de rostro sereno y benigno, de vestiduras satinadas que ondulaban clericalmente, de peluca cuidadosamente empolvada, tan rígida y enorme... ¿podía ser el mismo que, poco antes, agrio el rostro, manchadas de rapé las ropas, administraba férula en mano las draconianas leyes de la escuela? ¡Oh inmensa paradoja, demasiado monstruosa para tener solución!
En un ángulo de la espesa pared rechinaba una puerta aún más espesa. Estaba remachada y asegurada con pasadores de hierro, y coronada de picas de hierro. ¡Qué sensaciones de profundo temor inspiraba! Jamás se abría, salvo para las tres salidas y retornos mencionados; por eso, en cada crujido de sus fortísimos goznes, encontrábamos la plenitud del misterio... un mundo de cosas para hacer solemnes observaciones, o para meditar profundamente.
El dilatado muro tenía una forma irregular, con muchos espaciosos recesos. Tres o cuatro de los más grandes constituían el campo de juegos. Su piso estaba nivelado y cubierto de fina grava. Me acuerdo de que no tenía árboles, ni bancos, ni nada parecido. Quedaba, claro está, en la parte posterior de la casa. En el frente había un pequeño cantero, donde crecían el boj y otros arbustos; pero a través de esta sagrada división sólo pasábamos en raras ocasiones, tales como el día del ingreso a la escuela o el de la partida, o quizá cuando nuestros padres o un amigo venían a buscarnos y partíamos alegremente a casa para pasar las vacaciones de Navidad o de verano.
¡Aquella casa! ¡Qué extraño era aquel viejo edificio! ¡Y para mí, qué palacio de encantamiento! Sus vueltas y revueltas no tenían fin, ni tampoco sus incomprensibles subdivisiones. En un momento dado era difícil saber con certeza en cuál de los dos pisos se
estaba. Entre un cuarto y otro había siempre tres o cuatro escalones que subían o bajaban. Las alas laterales, además, eran innumerables —inconcebibles—, y volvían sobre sí mismas de tal manera que nuestras ideas más precisas con respecto a aquella casa no diferían mucho de las que abrigábamos sobre el infinito. Durante mis cinco años de residencia jamás pude establecer con precisión en qué remoto lugar hallábanse situados los pequeños dormitorios que correspondían a los dieciocho o veinte colegiales que seguíamos los cursos...

LOS COMPAÑEROS DEL CREPÚSCULO- 1/EL SORTILEGIO DEL BOSQUE DE LAS BRUMAS





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sábado, 3 de julio de 2010

RELATO INÉDITO - EL ROBO (PRIMERA PARTE)

Todo el mundo se jactaba de haber robado en SIMAGO, de hecho, Simago era conocido comúnmente como SIMANGO. Todos presumían de lo fácil que era llevarse algo de las estanterías de aquellos grandes almacenes. Yo no, jamás había robado nada en Simago, entre otras cosas porque mi padre trabajaba allí, en la sección de carnicería. Y no era cuestión de poner en peligro el puesto de trabajo de mi padre. Robaba en otros sitios que no fuera allí.
Por aquel entonces era verano y en el colegio nos habían dado vacaciones. Yo tenía trece años y empezaba a aficionarme a los cómics y a la lectura de libros de aventuras. El problema era que tanto los cómics como los libros estaban fuera del alcance de mi pobre economía. La paga que me asignaban mis padres era ridícula y por mucho que me empeñase en ahorrar nunca lo conseguía.
Para hacernos con los números que salían de Spiderman y otros superhéroes mis amigos y yo acudíamos a la librería Balmes, un sitio pequeño con un solo dependiente. Le pedíamos que nos sacase los cómics de la colección Marvel. El dependiente ponía una pila de unas treinta revistas encima del mostrador y nosotros nos lanzábamos a escudriñar las portadas en busca de esos números que no teníamos. Cuando localizábamos alguno lo poníamos sobre el montón que habíamos ojeado y entonces nos dirigíamos al dependiente y le pedíamos que nos sacase más revistas. En cuanto se volvía hacia las estanterías cogíamos el comic elegido y lo escondíamos entre la cintura del pantalón ocultando el resto con la camiseta o jersey, chaqueta, abrigo… según la época del año. Éramos tan hábiles que el dependiente nunca nos pilló.
Un día, Miguel Gurrea llegó con un libro en su poder. En cuanto vi el dibujo de la portada me quedé prendado. Era una imagen nocturna del Capitolio azotado por una gran tormenta de nieve. Por encima de los tonos azules de la ilustración destacaban las letras amarillas del título: “Ventisca”

- ¿De dónde lo has sacado?
- Lo he mangado en “Simango”.
- ¿En serio?
- En serio.
- ¿Me lo dejarás leer?
- Quizá cuando me lo termine yo.
- Déjamelo y te lo devuelvo en un par de días.
- Estás de coña.
- Al menos déjame leer el resumen de la contraportada.
- Si quieres leerlo acércate por “Simango” y mángate uno para ti.

Esa noche la pasé casi en vela, valorando los pros y los contras del robo. Por un lado estaba el miedo a que me pillasen y como consecuencia mi padre se quedase sin trabajo, lo cual significaba mi muerte. Por otro estaba la emoción del riesgo y la recompensa final de hacerme con el libro gratis. ¿Qué debía hacer?... Me quedé dormido antes de tomar una decisión. A la mañana siguiente me desperté con un agudo dolor de cabeza que seguramente se debía a las pesadillas que tuve esa noche.
Por la tarde me acerqué hasta Simago. La carnicería estaba en la planta baja mientras que la librería se hallaba en la primera planta, no había peligro de que mi padre y yo coincidiéramos. Me di cuenta de que me temblaban las piernas. Traté de calmarme. No había hecho nada, tan solo caminaba hacia la sección de librería. Aún no tenía claro si estaba allí para robar el libro o simplemente para echarle un vistazo y leer la sinopsis de la contraportada. Llegué a dicha sección sudando y con la boca seca. No sabría decir si era miedo lo que sentía, el caso es que las piernas seguían temblándome…

Continuará.


® pepe pereza

AUTORRETRATO DE CHOCHE

TODAS LAS FAMILIAS SON PSICÓTICAS de DOUGLAS COUPLAND


Así empieza ”Todas las familias son psicóticas” de Douglas Coupland
01
Janet abrió los ojos... Por la ventana del motel vio cómo el fulgor prehistórico de Florida deslumbraba en la calle. El ladrido de un perro, el bocinazo de un coche, un hombre que cantaba el fragmento de una canción española. Tocó distraídamente la cicatriz que le había dejado la herida de bala en el costado izquierdo, justo debajo de las costillas, una cicatriz que se había cerrado de forma desigual, amorfa y dura, como un chicle pegado debajo de la mesa. Quién iba a decirle que la carne cicatrizaría de forma tan insulsa.
¿Y qué esperabas? ¿Una cicatriz en forma de bandera americana?
Janet tenía la frente colorada. Mis hijos... ¿Dónde estarán?
En cuestión de segundos situó geográficamente a sus tres hijos, un ritual que realizaba a diario desde que había dado a luz a Wade en 1958. Tras situar mentalmente a su prole en sus correspondientes casillas geográficas, se acordó de respirar. Hoy estarán todos aquí, en Orlando.
Miró el reloj en la mesita de noche: 7:03 AM. La hora de la pastilla. Sacó dos cápsulas de un pastillero y se las tragó con un poco de agua del grifo de la noche anterior que ahora tenía un regusto metálico. Cayó en la cuenta de que las habitaciones de los moteles ahora tenían cafeteras. ¡Qué idea tan genial, hostia! ¿Por qué no se les había ocurrido antes? ¿Por qué todo lo bueno tiene que pasar ahora?
Unos días atrás, mientras hablaba por teléfono con su hija, Sarah, ésta le había dicho:
—Mamá, por lo menos compra agua mineral, ¿vale?
Seguro que en ese tugurio echan crack al agua del grifo.
Aún no puedo creerme que hayas decidido alojarte ahí.
—Pero, cariño, si estoy muy bien aquí.
—¿Por qué no vas al Peabody como el resto de la familia?
Te he dicho cien veces que ya lo pagaré yo.
—Que no se trata de eso, cariño. Lo que no entiendo es por qué esos sitios son tan caros.
—Mamá, la NASA tiene un acuerdo con los hoteles y...
—Sarah resopló, dándose por vencida—. Bueno, déjalo.
Pero me parece que tienes suficiente dinero como para no¡ ir en plan tercermundista.
Sarah —¡tan generosa siempre con el dinero!— igual que sus hermanos. Ninguno de los tres había conocido la pobreza, ni tampoco habían vivido una guerra, pero de nada les había servido esa ventaja para convertir a sus niños en oro, algo que Janet nunca había superado del todo. Una vida de abundancia había convertido a sus dos niños en algo que desde luego nada tenía que ver con el oro. ¿Plomo? ¿Silicona? ¿Bismuto? Pero Sarah... Sarah era un elemento aún más fino que el oro, un diamante de carbón cristalizado, un relámpago congelado y cortado en tiras y luego guardado en una cámara acorazada.
Sonó el teléfono y Janet lo cogió. Era Wade, que llamaba desde un calabozo en Orange County. Janet se imaginó a Wade en un lúgubre pasillo de hormigón, sin afeitar y despeinado, irradiando esa «chispa» en los ojos que había heredado de su padre. Bryan, el menor de sus tres hijos, no la tenía y a Sarah no le hacía ninguna falta, pero esa chispa había acompañado a Wade durante toda su vida, aunque tal vez no fuera la mejor de las características que hubiera podido heredar.
Wade. Janet se acordaba de cuando vivía en casa y paseaba en coche cada mañana por Marine Parade, buscando a cierto tipo de hombre que estuviera esperando un autobús que le llevara al centro. Tenía que tener un aire desastrado y estar algo por debajo de la respetabilidad; saltaría a la vista que había perdido el carné de conducirtras dar positivo en una prueba de alcoholemia; pero eso solo lograba despertarle aún más el interés, y cada vez que
Janet sonreía a alguno de estos hombres desde su coche, ellos no dudaban en devolverle la sonrisa. Así era Wade y, en algún rinconcito polvoriento de su memoria, su ex marido, Ted.
—Cariño, ¿no eres un poco mayorcito para llamarme desde... la cárcel? Es que hasta decir la palabra «cárcel» suena fatal.
—Mamá, ya no me meto en rollos chungos. Esto ha sido mala pata.
—De acuerdo, ¿qué te ha pasado esta vez? ¿No habrás estrellado un autocar lleno de guías scout contra los Everglades?
—No. Tuve una pelea en un bar, mamá.
Janet repitió la frase:
—Una pelea en un bar.
—Sí, ya lo sé. ¿Qué te crees, que no me doy cuenta de que suena a idiotez? Te llamo porque necesito que vengas a sacarme de este agujero. Tengo un coche de alquiler al lado del bar.
—¿Y Beth? ¿Por qué no te lleva ella?
—Es que no llega hasta esta tarde a primera hora.
—Bueno. Vamos a rebobinar un poco, cariño. A ver, dime: ¿cómo se mete uno en una pelea en un bar, exactamente?
—Si te lo cuento no me vas a creer.
—Mira, guapo, te sorprenderían mucho las cosas que me creo últimamente. Venga, suéltalo ya.
Un silencio al otro lado de la línea.
—Me peleé con un tío, un gilipollas que se estaba burlando de Dios.
—No te sigo. ¿Cómo que se estaba burlando de Dios?
—Me está tomando el pelo.
—Sí, bueno, como lo oyes.
—¿En qué sentido?
—Pues que estaba haciendo comentarios desagradables.
Decía cosas como: «Dios es un cabrón» y «Que le den por el culo a Dios», y no paraba. Entonces tuve que hacerle callar. Creo que lo acababan de despedir o algo así.
—O sea que estabas defendiendo el honor de Dios.
—Sí. Exactamente.
Vete con cuidado, Janet.
—Wade, escucha. Sé que Beth es una mujer muy religiosa.
¿Tú también te estás volviendo religioso?
—¿Yo? No sé. No. Sí. No. Según como lo definas. A Beth le tranquiliza, y quizás... —Wade vaciló—. Quizás a mí también me ayude a calmarme.
—Así que has pasado la noche en la cárcel.
—A salvo entre los brazos de Bubba, un ladrón de colmados que pesa doscientos kilos.
—Mira, Wade, no puedo ir a recogerte. Me parece que voy a estar extenuada todo el día. Además, el coche que alquilé huele a alfombra de un piso de estudiantes y las carreteras de aquí están nevadas, y el resplandor me provoca somnolencia.
—Vamos, mamá... Te lo suplico.
—Ay, no seas tan criatura. Ya tienes cuarenta y dos añitos.
Compórtate como si los tuvieras, ¿quieres? Ayer ni siquiera llegaste al hotel a la hora.
—Es que me desvié para ir a visitar a un amigo en Tampa y fuimos a tomar una copa. Oye, no me trates como si fuera Bryan, ¿vale? No fui yo quien comenzó la pelea ni...
—¡Basta! ¡Basta ya! Llama un taxi.
—No puedo. No tengo pasta.
—¿No te llega ni para la bajada de bandera? Pues entonces, ¿cómo piensas pagarte el hotel?
Wade se quedó callado.
—¿Wade?
—Sarah me ha dicho que nos lo cubrirá hasta que podamos devolverle el dinero.
Hubo un silencio incómodo.
—Mamá, podrías venir a buscarme si de verdad quisieras.
No te cuesta tanto.
—Sí, supongo que podría hacerlo, pero creo que deberías llamar a tu padre a... ¿Cómo se llama ese lugar? —Kissimmee. Ya lo he llamado.
—¿Y?
—Se ha ido a pescar agujas con Nickie.
—¿Agujas? No me digas que hay gente que todavía se dedica a pescar eso.
—No sé. Supongo que sí. Yo creía que se habían extinguido.
Seguro que tienen un tío allá con un traje de neopreno que les va poniendo agujas enormes de plástico en el anzuelo.
—Pues mira que son feas. Me recuerdan a los sótanos donde construían salas de juegos en mil novecientos cincuenta y ocho y que no se han vuelto a utilizar nunca más.
—Ya. Vete a saber por qué las hicieron.
—¿Qué más da? La cuestión es que se ha ido con Nickie
a pescar agujas.
—Sí. Con Nickie.
—Pero ¿cómo se ha podido liar con esa puta barata?
—¿Mamá?
—Oye, Wade. Que no soy una santa, ¿vale? Llevo un montón de años callándome las cosas. A las niñas de mi generación nos enseñaron a callarnos y por eso tenemos todas colitis crónica. Además, una pizca de lenguaje picante de vez en cuando es de lo más refrescante. Ayer mismo estaba buscando información sobre los derivados de la vitamina
D en Internet y de repente, ¡flas! Me encuentro en el sitio web del «Amor anal». Me quedé mirando a una animadora que llevaba un arnés de cuero en el...
—Mamá, ¡por Dios! ¿Cómo puedes mirar esas webs?
—Oye, guapo. Si no me equivoco, tú estás en un vertedero humano en algún lugar de Orlando, pero te escandaliza oír a una mujer de sesenta y siete años hablar de Internet por un teléfono público. Ni te imaginas los sitios webs que he visitado. Y los chats, también. No siempre soy Janet Drummond, ¿sabes?
—Mamá, ¿por qué me sales con esto ahora?
—Mira, olvídalo. Tu madrastra Nickie sigue siendo una puta barata. Llama a Howie; quizás él pueda ir a buscarte. —No, por favor. Si tengo que ir con Howie, me moriré del aburrimiento. No me puedo creer que Sarah se haya casado con ese cero a la izquierda.
—A ver, una cosa. A tu hermana no sólo la parí yo, sino que hoy encima tendré que acompañar a su marido en coche hasta Cabo Cañaveral.
—¡Uuf! ¡Vaya putada! ¿Otro tinglado de la NASA?
—Sí, y tú también estás invitado.
—Espera un momento, mamá. ¿Por qué no estás en el
Peabody con todos los demás? ¿Por qué te alojas en un motel?
Por cierto, el teléfono ha sonado treinta veces antes de descolgarlo el recepcionista, que para tu información, tiene voz de ladrón de riñones.
—Wade, has cambiado de tema. Llama a Howie. Ay, espera.
Creo que llaman a la puerta. —Janet apartó el teléfono de la cabeza y dijo:
—Toc toc toc toc.
—Muy graciosa, mamá.
—Voy a ver quién es, Wade.
—Sí, muy graciosa. Me...
Clic.

N.Y. CITY de WILL EISNER







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