
Laura había bebido demasiado. Además se había tomado un puñado de tranquilizantes y la mezcla no le estaba sentando muy bien. Pisó un poco más el acelerador. La aguja del cuentakilómetros subió a ciento sesenta, pero Laura no hizo caso del cuentakilómetros, ni siquiera se fijó en él. Ella sólo miraba al frente, a esa oscuridad perpetua levemente mancillada por los faros de su coche, a ese negro absoluto que era un fiel reflejo de su estado emocional. La música y las lágrimas seguían fluyendo al igual que el dolor y la desesperación. La letra de la canción decía: “Ojalá estuvieras aquí”. Laura lloraba más y más. Cada nota de la canción era una puñalada que le recordaba que Miguel estaba muerto, que nunca más tendría sus besos, sus abrazos… que ya nada merecía la pena. Se cruzó con otro coche que también le puso las largas e hizo sonar su claxon insistentemente. Laura conducía en sentido contrario. Dos coches más la esquivaron e hicieron todo lo posible para advertirla de su error, pero ella seguía inquebrantable por el carril que había hecho suyo, como un proyectil homicida impulsado hacía un futuro incierto. Avanzando en la dirección equivocada, decidida a terminar cómo en un guión de cine, saltando por los aires en una gran bola de fuego que apagase con su luz la noche entera.
3 comentarios:
Pepe,
cuánto me gusta este cuento, cada vez que lo leo me gusta mucho, el tono en que está escrito...,no sé.
Un abrazo.
La versión de Radiohead es acojonante. Volveré a leerlo con la canción de fondo, que seguro que se me mete hasta...
No viene al caso, pero me recuerda a una de las microchorradas que tengo escritas en mi moleskine:
Escuchar Radiohead me hace daño. Sera´porque te quiero.
Estremecedor, Pepe. Lo que más me ha impactado es la cadencia con la que lo has escrito, con una música mezcla de ternura, determinación y fatalismo.
Achuchón, que después de esta lectura hace falta.
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