jueves, 18 de junio de 2009

LA SUICIDA

Los faros encendidos del vehiculo iban devorando las líneas discontinuas del asfalto abriéndose un hueco en la espesa oscuridad de la noche. Por los altavoces del coche sonaba la versión que hizo Radiohead del mítico tema de los Pink Floyd “Wish You Were Here”. Laura subió el volumen y siguió conduciendo por la autopista. Un par de lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Al escuchar el tema no pudo evitar echarse a llorar, quizás porque esa canción le traía un alubión de recuerdos y no todos eran gratos. Pisó el acelerador un poco más. Las lágrimas seguían brotando y al mezclarse con el rimel de sus pestañas iban dejando un rastro negruzco en su cara parecido a dos sinuosas carreteras. Se cruzó con un coche que le dió las largas e hizo sonar repetidas veces su claxon. Laura continuó conduciendo como si nada, absorta en sus pensamientos, llorando con cada acorde. Se sentía tan deprimida recordando el día que Miguel le regaló aquel CD. Apenas dos semanas después, Miguel estrellaba su moto contra un contenedor de basura, llevándose por delante a un pobre barrendero que hacia su trabajo. Los dos hombres murieron ese día. Laura no conseguía superar su muerte, aún era demasiado pronto. Tan sólo habían pasado unas pocas semanas de la tragedia.
Laura había bebido demasiado. Además se había tomado un puñado de tranquilizantes y la mezcla no le estaba sentando muy bien. Pisó un poco más el acelerador. La aguja del cuentakilómetros subió a ciento sesenta, pero Laura no hizo caso del cuentakilómetros, ni siquiera se fijó en él. Ella sólo miraba al frente, a esa oscuridad perpetua levemente mancillada por los faros de su coche, a ese negro absoluto que era un fiel reflejo de su estado emocional. La música y las lágrimas seguían fluyendo al igual que el dolor y la desesperación. La letra de la canción decía: “Ojalá estuvieras aquí”. Laura lloraba más y más. Cada nota de la canción era una puñalada que le recordaba que Miguel estaba muerto, que nunca más tendría sus besos, sus abrazos… que ya nada merecía la pena. Se cruzó con otro coche que también le puso las largas e hizo sonar su claxon insistentemente. Laura conducía en sentido contrario. Dos coches más la esquivaron e hicieron todo lo posible para advertirla de su error, pero ella seguía inquebrantable por el carril que había hecho suyo, como un proyectil homicida impulsado hacía un futuro incierto. Avanzando en la dirección equivocada, decidida a terminar cómo en un guión de cine, saltando por los aires en una gran bola de fuego que apagase con su luz la noche entera.

3 comentarios:

mjromero dijo...

Pepe,
cuánto me gusta este cuento, cada vez que lo leo me gusta mucho, el tono en que está escrito...,no sé.
Un abrazo.

Adriana Bañares dijo...

La versión de Radiohead es acojonante. Volveré a leerlo con la canción de fondo, que seguro que se me mete hasta...

No viene al caso, pero me recuerda a una de las microchorradas que tengo escritas en mi moleskine:

Escuchar Radiohead me hace daño. Sera´porque te quiero.

Begoña Leonardo dijo...

Estremecedor, Pepe. Lo que más me ha impactado es la cadencia con la que lo has escrito, con una música mezcla de ternura, determinación y fatalismo.

Achuchón, que después de esta lectura hace falta.