
- ¿Qué te ha pasado?
- Me ha mordido el ojo…
A partir de ese momento todo fue bastante confuso. Mientras me hacían una cura de urgencias en la misma lechería, mi madre abroncaba a los dueños por dejar al perro suelto y amenazaba con ponerles una denuncia. Después de que me limpiasen la herida, y me tapasen el ojo con gasa y esparadrapo mi madre y yo atravesamos el pueblo hacia la consulta del medico. Llegamos a la plaza, estaba llena de puestos, ya que ese día había mercado. Mientras pasábamos entre los puestos de frutas, ropa y zapatos, yo, lleno de angustia daba mi ojo por perdido.
- ¿Mamá, me voy a quedar tuerto?
- No lo sé, hijo. No lo sé.
Me dolía tanto que di por sentado que ya lo estaba. Sopesé las dos únicas opciones que se me ocurrieron. O que me pusieran un ojo de cristal o un parche. Después de meditarlo un poco, me incliné por el parche, al menos, me daría un aspecto de pirata. Con el ojo de cristal seguro que los chavales se reirían de mí, sobre todo Jacinto el malo.
- ¿Le hiciste algo? - Preguntó de pronto mi madre.
- ¿Qué?
- ¿Qué si le hiciste algo al perro?
- No. – Mentí.
- Algo le tuviste que hacer.
- Solo le estaba acariciando.
Mi madre dio por buena la respuesta y tiró de mi brazo acelerando el paso. Llegamos a la consulta del médico. Después de examinar mi ojo durante un buen rato y ponerme un par de inyecciones, el médico nos dijo que no había porqué preocuparse, que el ojo estaba bien, a falta de que se curasen las heridas y bajase la hinchazón. Con mi ojo sano ví como la cara de mi madre recuperaba la alegría y yo respire aliviado. Al final, no iba a necesitar el parche. Ya en casa, mientras comíamos, mis padres estuvieron hablando de ponerle una denuncia a los dueños del perro, también hablaron de sacrificarlo. Se me heló la sangre ¿sacrificarlo? Pero, si fui yo quién le provoqué. La angustia por mis remordimientos me hizo llorar.
- ¿Se puede saber por qué lloras ahora? – Dijo mi padre sorprendido por mi reacción.
- Todo es por mi culpa… Le soplé dentro de las orejas y por eso me mordió.
- Ya me extrañaba a mí que te hubiera mordido sin más. - Apuntilló mi madre…
Al final, no hubo ni denuncia ni sacrificio. Todo continuó como siempre. Cuando íbamos a por leche, yo me quedaba acariciando al perro mientras que mi madre entraba en el local. Antes me advertía con un:
- Ojito con lo que le haces.
Recalcando la palabra “Ojito” para que me acordase de lo ocurrido. Nunca más volví a soplarle dentro de las orejas y él jamás volvió a morderme. Insisto, me gustaba aquel perro.
6 comentarios:
... y a mí me gusta este texto.
Abrazos,
Ana
no te digo na pepe, me gusta mucho, pero mucho.
abrazos.
angel, voltios.
Bonito relato Pepe, dando muestras de ternura y sensibilidad, aderezado con la malicia y nobleza final del niño.
Bonito de verdad.
Un cordial saludo.
Nos leemos.
Jo Pepe ¡¡pero qué bien contao coño!!
Pepe, me encanta, me gusta mucho, muchisimo!!
Un abrazo!
Qué ternura, me he emocionado recordando situaciones similares vividas, recuperar la menoria de la infancia, gracis Pepe.
Achuchón.
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