
Se sintió deprimido. Todas las noches antes de dormirse se prometía que por la mañana haría limpieza, pero cuando conseguía levantarse nunca tenía ni ganas ni fuerzas para afrontar la tarea que él mismo se había impuesto.
Desde que ella se fue apenas tenía fuerzas para moverse. Su vida era un completo desastre. Miró el retrato que estaba en la estantería, ella le sonreía desde dentro del marco. ¿Por qué seguía su foto allí? Ni siquiera él lo sabía. Cogió la botella y bebió hasta acabar el vino. En cierto modo se había abandonado a las circunstancias. El dolor y la depresión estaban acabando con él. Había dejado su trabajo y se mantenía encerrado en su casa, sin apenas comer, tratando de olvidarse del mundo, de su dolor, de la suciedad, de todo. Nunca contestaba al teléfono, ni abría la puerta a nadie. No quería que lo viesen en ese estado, quería sufrir su desesperación en soledad, sin estímulos que vinieran de afuera.
Mientras, la suciedad avanzaba como un ejército que ganaba posiciones en el frente de batalla, conquistando cada centímetro de terreno. Y él dejándose morir como un miserable cobarde.
®pepe pereza
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