miércoles, 8 de octubre de 2014

TRENES


El tren siempre pasa cuando están diciendo algo interesante en la radio y, joder, me quedo sin escucharlo. No sé cómo coño lo hacen pero siempre eligen el momento más inoportuno para pasar. Malditos trenes. Vivo en un piso de alquiler que está a treinta metros escasos de la vía. La verdad, no es mal sitio para vivir, aunque esté a las afueras. Hay buenas vistas y la renta no es del todo cara. Si no fuera por los jodidos trenes y la escandalera que meten la casa estaría genial. Llevo viviendo aquí casi cinco años y sigo sin acostumbrarme a ellos. Lo peor es por la noche. De madrugada y en pleno silencio es cuando más se les oye. Al principio salía al balcón para verlos pasar. Me gustaba ver a los pasajeros dentro de los vagones. Eran como diapositivas que pasaban a toda velocidad. Imaginaba que yo era uno de los viajeros. Y soñaba con viajar a lugares remotos y desconocidos. Ahora no me gustan los trenes, al menos los que pasan por delante de casa. También he dejado de imaginarme destinos y ciudades lejanas. Es una tontería y una pérdida de tiempo. Prefiero mil veces estar en mi habitación escuchando la radio que en cualquier otro sitio, por muy lejano y desconocido que sea. Escuchar la radio mientras hago flexiones es lo mejor que hay. A mí es lo que más me gusta. Si eliges buenos programas puedes aprender muchas cosas a la vez que te mantienes en forma. El otro día un tipo hablaba de la inexistencia del presente. Aseguraba que el presente tal como lo entendemos los seres humanos no existe. Según sus palabras hay un pasado y un futuro, pero no un presente. Decía que el cerebro humano tarda unas milésimas de segundo en procesar cualquier dato, por lo tanto cuando termina de procesarlo ese dato ya pertenece al pasado. Por ejemplo, alguien te roza la mano. Pues bien, para cuando las neuronas son conscientes de que te han rozado la mano ya es un hecho consumado. Al oírlo me quedé sin aliento. Creo que entendí bien sus palabras porque justo en el momento que lo estaba explicando pasó un tren de mercancías. Uno que debía medir un kilómetro de largo. Tardó un siglo en pasar y cuando lo hizo el conferenciante hacía ya rato que había dejado de hablar. Me jode perderme cosas interesantes por culpa del ruido de los trenes. En cuanto termine la serie de cien abdominales cambiaré de emisora y pondré un programa que habla sobre literatura contemporánea. La gente piensa que por ser un musculitos no me interesa desarrollar el pensamiento. Están muy equivocados. Lo que es bueno para el cuerpo lo es para la mente. Esto también lo aprendí de la radio. La tele es una mierda, pero la radio es otra cosa. De hecho yo no tengo tele, no la necesito. Si me aburro pongo la radio y enseguida encuentro algo que me distrae… noventa y cinco, noventa y seis, noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve y CIEN. Mola terminar una sesión de cien abdominales y notar todos los músculos tensos y doloridos. Es una sensación que me hace sentir poderoso. En la nueva emisora están hablando de la obra del escritor Raymond Carver. No he leído nada de él. Debe de ser muy bueno porque lo consideran, junto con Chejov, el mejor relatista del siglo XX. Apunto alguno de los títulos de sus libros e inicio una tanda de cincuenta flexiones. Escuchar la radio a la par que me ejercito me estimula. El esfuerzo es menor si estoy concentrado en las palabras de los locutores… treinta y seis, treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y… Suena el teléfono. Termino la tanda y contesto. Es Martín. Martín siempre llama cuando tiene un asunto entre manos.
-        ¿Qué pasa, Martín?
-        Oye ¿quieres ganarte unas pelas?
-        ¿Haciendo qué?
-        Poca cosa. Solo tienes que acompañarme.
-        ¿Adónde?
-         A recoger un paquete.
-        ¿Qué tipo de paquete?
-        Estás muy preguntón, tío. Haz otra y paso de ti.
-        ¿Cuánto voy a cobrar?
Ha colgado. La verdad es que no me apetece moverme, prefiero seguir aquí con mis ejercicios. He perdido el hilo del programa. Pongo atención y reanudo la sesión de ejercicio con las mancuernas. El locutor habla de la influencia del editor Gordon Lihs en la prosa de Carver, pero justo cuando la charla se pone interesante pasa un tren y durante un par de minutos dejo de oír lo que dice. Cuando el tren se aleja vuelve a sonar el teléfono. Es Martín.
-        ¿Vienes o qué?
Dejamos atrás la cuidad. Dentro de la furgoneta huele a tabaco y sudor. Aguanto el olor a sudor pero el tufo del tabaco no lo soporto, por eso voy con la cabeza asomada por la ventanilla. El viento choca contra mi cara y si abro la boca los papos se inflan con el aire. Me gusta que se inflen y dejar la boca abierta hasta que se seca la saliva. Martín dice que un día voy a tragarme una avispa. Me da lo mismo, además peor es lo suyo que se come los mocos con la mayor naturalidad. Es la verdad, Martín tiene la fea costumbre de hurgarse las narices y comerse lo que saca de ellas. Un puto asco. Salimos de la carretera general y nos adentramos por una comarcal que está llena de baches. A ambos lados de la calzada hay centenares de olivos con sus troncos grumosos y retorcidos. En el cielo una cigüeña vuela con unas ramas colgando de su pico. Escuché en la radio que las cigüeñas ya no emigran. Prefieren quedarse en sus nidos cerca de las ciudades. Algo relacionado con el cambio climático. Las entiendo perfectamente, si no fuera porque tengo que pagar el alquiler y comer yo tampoco me movería del nido.
Llegamos a un pueblo que se llama Penas de Cameros. El cartel donde lo he leído está lleno de marcas de perdigonazos. No nos adentramos en el pueblo. Lo que hacemos es coger un camino de tierra que lleva a un caserón con las paredes de piedra. Martín detiene la furgoneta a la entrada.
-        Quédate aquí.
-        Ok.
Martín baja de la furgoneta, se acerca a la vivienda y llama a la puerta. Le abren y entra. Me apetece estirar las piernas así que yo también me apeo. Un poco más allá hay un parque con unos columpios. Aprovecho para colgarme de la barra horizontal y hacer unas flexiones. Nunca está de más hacerse una tanda. Al llegar a las treinta y nueve oigo un chiflido. Es Martín. Lleva un paquete del tamaño de una caja de zapatos envuelto en papel de estraza.
-        Vamos, musculitos.
Me jode que me llame así pero paso de comentarle nada porque si lo hago me lo dirá a todas horas. Me acerco hasta él. Me pasa el paquete y se enciende un cigarro. Me niego a viajar mientras fuma, por eso lo hace antes. Cuando apaga el pitillo nos subimos a la furgoneta y emprendemos el viaje de vuelta. Calculo que el paquete pesa un par de kilos, tres como mucho. Me pregunto qué hay en la caja. La agito al lado de la oreja para intentar adivinar el contenido.
-        Ey tío, no hagas eso.
Dejo el paquete entre los pies y saco la cabeza por la ventanilla.
Llegamos a la urbe. Antes de entrar cogemos el desvío que lleva al polígono industrial. Luego nos desviamos por el camino que hay a la izquierda y finalmente llegamos a un poblado de chabolas que circunda las afueras de la ciudad. Conozco el sitio porque he acompañado a Martín varias veces hasta aquí. Aparcamos junto a un patio que está lleno de basura. En frente está la casa donde nos dirigimos.
-        Quédate aquí y si no salgo en diez minutos entras a buscarme.
-        Ok.
Le paso el paquete y sale de la furgoneta. Antes de llamar a la puerta de la vivienda se toma un momento para encenderse un cigarro. Se le ve nervioso. Siempre se pone así cuando tiene que entrar en ese antro. Después de dar unas apresuradas caladas tira el cigarro al suelo y llama al timbre. Le abre la misma gitana gorda de siempre. Entra y cierran. Atardece y el sol se esconde por detrás de los tejados de uralita y chapa. Oigo un tren que pasa. Las vías están al otro lado del poblado y se escucha con claridad el traqueteo de las ruedas sobre los raíles. Se me ocurre que ese mismo tren pasará por delante de mi casa en pocos minutos. Ese pensamiento me hace desear estar en mi habitación escuchando la radio. Miro la hora. Martín lleva más de siete minutos dentro de la chabola. Normalmente no suele tardar tanto. Justo cuando estoy a punto de preocuparme se abre la puerta y aparece. Menos mal. Se enciende un cigarro y me guiña un ojo. Todo va bien.
-        Entrega hecha. Hora de tomarse una cerveza.
-        Prefiero que me pagues y me lleves a casa.
De camino veo una librería. Le digo a Martín que me bajo aquí. Detiene la furgoneta en el arcén y nos despedimos hasta la próxima.
En vez de perder el tiempo rebuscando entre las estanterías abordo directamente al librero. Pregunto por Raymond Carver. Echa una mirada al catálogo de su ordenador y me confirma que tienen varios de sus libros. Le pido algunos de los títulos que llevo apuntados. La mayoría están disponibles. Tengo que decidirme por uno. Elijo “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?”. De todos los títulos este es el que más me llama la atención. Pago y salgo a la calle con el libro la mano. Lo abro y leo las primeras líneas del primer relato. Suenan bien. Creo que he acertado con la compra. Podré leérmelo mientras le doy caña a las mancuernas. De vez en cuando viene bien cambiar la radio por un libro.
Al acercarme al barrio veo que a lo lejos hay un tren detenido en la vía. Puede que esté esperando a que salga otro de la estación. Me extraña que esté ahí parado pero no le doy mayor importancia. Según enfilo la avenida que lleva a mi casa un perro se cruza en mi camino. Me fijo que en la boca lleva una pieza de carne y que a su paso va dejando pequeñas gotas de sangre sobre el pavimento. Juraría que lo que lleva entre los dientes es el trozo de un pie humano. Pero no, debo de haber visto mal. Entonces advierto que cerca de las vías hay un grupo de gente y varios coches de policía. Me acerco a curiosear. Por lo que dicen el tren ha atropellado a alguien. Se comenta que ha sido un suicidio. Escuché en la radio que el índice de suicidios había aumentado en los últimos años un treinta y siete por ciento. Lo achacaban a la crisis y al desempleo. Lo siento por el pobre atropellado pero esto es la jungla y aquí solo sobreviven los más fuertes. En fin, el muerto al hoyo y el vivo al bollo. Hablando de bollos, tengo hambre. Me separo del grupo y regreso a casa pensando en qué me voy a hacer para cenar.


pepe pereza

2 comentarios:

vel pister dijo...

qué bueno tío, hermoso, duro, cotidiano

pepe pereza dijo...

gracias, Peter. Un abrazo