lunes, 13 de abril de 2009

EL RELATO

Tenía claro que el protagonista iba a ser un hombre deforme y que la acción se desarrollaría en un prostíbulo. Quería que su personaje sufriese el desplante de una prostituta. Esa, sobre todo, era la base del relato. Sabía cómo iba a reaccionar el protagonista, cuáles iban a ser sus sentimientos. Es más, tenía un as escondido en la manga, una vuelta de tuerca que haría que el final del relato sorprendiera al lector. Hasta ahí lo tenía claro. El problema radicaba en qué él nunca había estado en ningún prostíbulo. ¿Cómo iba a escribir sobre algo que no dominaba? Una de las reglas del escritor es escribir sobre temas conocidos, y si no, lo más importante es informarse y documentarse. Pensó detenidamente en ello. Luego trató de ordenar las ideas en su cabeza. Pero no tenía ni idea de cual era la manera de proceder y de actuar en un prostíbulo. De esos sitios solo sabía lo que había visto en las películas. Pero la realidad era muy distinta y necesitaba saber si se pagaba antes o después de haber recibido el servicio, cómo se concertaba la cita, el aspecto del lugar en cuestión, en fin, todas esas cosas que dan veracidad a una historia. Si quería escribir un buen relato no le quedaba otro remedio que acudir a una casa de citas. Bajó a la calle, buscó un kiosco y compró un periódico local. De regreso en casa, abrió el periódico por los clasificados. A primera vista la oferta era amplia y variada: MADURITA Vanesa, cuerpo escultural, atractiva, alta, delgadita, provocadora, sexo duro, francés natural… THAILANDESA Tamara, autentica geisha, morenaza, 120 pecho, delgadita, cintura manejable, chochito estrecho, sirvienta perfecta… 20 € Española, rubia, delgada, buenos pechos. Soy superviciosa, adoro hacer gozar a los hombres. Apartamento discretísimo… 20 € Ainoa. Niñata viciosa, experta chupadora. Siempre mojadita y dispuesta. El sexo es mi pasión. No te iras sin disfrutar… PAOLA guapísima niñata, cuerpazo de escándalo. Pechugona, traviesa. Jugoso chochito. “Chupo como nadie”. Córrete en mi boca. Siempre me corro… HOLA soy espectacular, me llamo Vicky. Puedo superar cualquier película porno. No tengo pelos en el chochito y puedes repetir hasta quedarte fundido. Si quieres te cuento el secreto para aguantar hasta seis horas seguidas. Auténtica ninfómana. Ven y compruébame…
No sabía por cuál decidirse, así que cerró los ojos y eligió al azar posando la punta de su dedo sobre uno de los anuncios. Abrió los ojos y miró el anuncio que estaba debajo de su dedo: LUISA jovencita complaciente, carita erótica. ¿Me dejas que con mi lengua recorra todo tu ardiente culito? Trataré que tengas un orgasmo anal de locura. ¡Visítame y alucinarás!... Ya que iba a ser la primera vez, él prefería que la experiencia fuese algo más convencional. Cerró los ojos y eligió de nuevo. Antes de abrir los ojos y ver su elección, pensó en una prostituta cualquiera acercándose a la ventanilla de clasificados del periódico local. Se imaginó a la prostituta diciéndole al encargado “Quiero que publiquen esto en sus clasificados: FULANA de tal. Garganta profunda, pechos de ensueño, culito tragón y chochito ardiente y juguetón…” En su cabeza vio la cara del encargado harto de escribir ese tipo de anuncios y la vergüenza encubierta de la fulana al tener que aguardar frente a la ventanilla a que el hombre terminase de apuntar el mensaje. Se dijo que ahí había otro relato y se guardó la idea en su archivo mental. Por fin, abrió los ojos y leyó lo que había elegido: RENOVACIÓN Preciosas señoritas les están esperando para darles todos los servicios. Masajes, francés natural, griego profundo, Beso negro, cubana, todo lo que nos pidas… En una libreta apuntó el número de contacto. Cogió el teléfono y fue marcando los números que había apuntado. Al hacerlo sintió un escalofrío que le subió por la columna vertebral y se dio cuenta de que le temblaban las manos. Los nervios habían hecho acto de presencia. Colgó. No iba a ser tan fácil como él pensaba. Se encendió un cigarro y se sentó en el sofá a pensar seriamente en lo que iba a hacer. Dándole vueltas a esos pensamientos empezó a sudar. Unas pequeñas manchas húmedas se fueron extendiendo debajo de los sobacos. Él aspiró el humo del cigarrillo con ansia, como si la nicotina y el alquitrán le fueran a calmar los nervios. Levantó la mirada hasta la estantería llena de libros. Algunos de esos libros los habían escrito amigos suyos. Ellos habían tenido la suerte de publicar mientras que él seguía siendo un escritor inédito. Se propuso ser valiente. Tenía que hacerlo, por el bien del relato. Si quería ser un buen escritor debía experimentar cosas nuevas, abrirse a todas las experiencias posibles. Apagó el cigarro, cogió el teléfono y marcó los números apuntados en la libreta. Oyó el timbre sonar al otro extremo de la línea. Sintió miedo y sin poder evitarlo colgó de nuevo. Primero debía pensar en qué iba a decir, no era cuestión de ponerse nervioso y empezar a tartamudear como un gilipollas. Necesitaba calmarse. Sacó la cajita de la marihuana y se lió un porro. Después de unas cuantas caladas se sintió mejor. Siguió fumando, pensando en el relato que escribiría. Toda la indecisión y cobardía que sentía le iban bien al protagonista. Cogió la libreta y tomó unas cuantas notas al respecto. Acabó el porro, lo apagó en el cenicero y se recostó en el sofá. Nico se desperezó a su lado, alargando una de sus patas delanteras. Nico era su gato. Luego de desperezarse saltó encima de la mesa, se acercó al cenicero y arrimó la nariz a la columna de humo que desprendía el canuto, que aún seguía encendido. Después se sentó sobre sus cuartos traseros y se puso a lamerse por todo el cuerpo. Él lo observó desde el sofá fascinado con cada uno de sus elegantes movimientos. Más tarde se incorporó, cogió el teléfono y lo puso en la mesa, justo delante de él. Nico se acercó al aparato y se restregó contra el auricular, luego saltó de la mesa al suelo y desapareció por la puerta. Él se quedo mirando el aparato telefónico. Se dio cuenta que podría marcar el número de la libreta sin tener que mirarlo, se lo había aprendido de memoria. Justo cuando se disponía a coger el auricular, sonó el timbre del aparato. Se llevó tal susto que estuvo a punto de gritar.
Finalmente contestó:

- Dígame.
- Soy yo… - dijo su madre - …Te llamaba para saber si vas a venir a comer mañana.
- Ya sabes que me acuesto tarde y me levanto más tarde aún.
- Voy a preparar patatas con costilla. Tu plato preferido… además van a venir tus hermanas.
- Ya pero… No sé si voy a estar levantado.
- Haz lo que te dé la gana.
- Está bien. Mañana iré a comer.
- Pues claro, tonto ¿Dónde vas a comer mejor?
- Nos vemos mañana.
- No llegues tarde.
- Seré puntual, no te preocupes. Un beso.
- Un beso.

Colgó. Se sentía algo colocado por el porro. Decidió fumarse otro antes de llamar al prostíbulo. Se lo lió y se lo fumó sin dejar de mirar al teléfono. Lo mejor era no darle más vueltas y hacerlo. Descolgó el auricular y marcó de memoria los números. Le contestó una voz femenina con un acento extranjero que no supo ubicar.

- Hola. Estás hablando con Desiré.
- Hola, llamo por… lo del anuncio del periódico.
- Te cuento, cariño. Tenemos cinco chicas monísimas que se pondrán a tu disposición para satisfacer todos tus deseos. El servicio mínimo es de cincuenta euros. Si te interesa, la dirección es... ¿Tienes para apuntar?
- Sí, dime…

Apuntó la dirección en la libreta y de paso transcribió el diálogo que habían mantenido. No había sido tan difícil. Tenía la dirección, ahora solo era cuestión de ponerse en marcha. Se dio cuenta que estaba sudando a mares y que tenía la espalda y los sobacos totalmente empapados. Si quería acudir a la cita lo mejor era que se diese una ducha y se cambiara de ropa. Así lo hizo. Además se afeitó y se lavó a conciencia los dientes, y no solo eso, también se echó desodorante en las axilas y un chorro de colonia en el cuello y cerca de las ingles. Antes de salir de casa se miró en el espejo. Su aspecto, en cuanto a higiene, era inmejorable. Salió a la calle seguro de sí mismo y caminó con soltura y decisión. A pesar de la ducha, seguía sintiéndose un poco colocado por la marihuana quizá por eso no se sentía nervioso. De camino al prostíbulo fue anotando mentalmente todas sus sensaciones para luego aplicarlas al personaje de su relato. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió un escritor de verdad.

domingo, 12 de abril de 2009

DEFORME

Eran las cuatro de una tarde de verano y el sol pegaba como un boxeador cabreado. Él caminaba por la calle mirando al suelo, tratando de esquivar las miradas de los viandantes con los que se cruzaba. Su falta de confianza y los múltiples complejos le hacían ser una persona tremendamente introvertida que huía de todo y de todos. Pero ese día había decidido hacer algo que nunca antes se atrevió a hacer. Era su trigésimo quinto cumpleaños y quería celebrarlo en compañía de una mujer. Jamás había tenido relaciones con una mujer, ni afectivas, ni sexuales. Su aspecto deforme era el principal motivo. Ese día necesitaba, por encima de todo, poseer a una. Su única posibilidad era acudir a una prostituta, así que buscó respuesta en los clasificados de un periódico. Tuvo que armarse de toneladas de valor para atreverse a llamar por teléfono y concertar una cita. Finalmente lo hizo.

- Hola, llamo por… lo del anuncio del periódico.
- Te cuento, cariño. Tenemos cinco chicas monísimas que se pondrán a tu disposición para satisfacer todos tus deseos. El servicio mínimo es de cincuenta euros. Si te interesa, la dirección es...

Se rebuscó en los bolsillos del pantalón hasta que encontró el trozo de papel donde había apuntado la dirección. Lo comprobó y siguió caminando hacia allí. Sudaba a mares y no por el calor, sino por los nervios que le agarrotaban el estómago y le entumecían los músculos del diafragma impidiéndole respirar con facilidad. No estaba seguro de que cuando llegase a su destino se atreviera a llamar a la puerta, aún así siguió caminando en dirección al prostíbulo. Al girar a la derecha y acometer la avenida advirtió que a unos treinta metros venía un niño de cinco o seis años agarrado de la mano de su madre. Él siempre tuvo miedo de la sinceridad de los niños y por eso cruzó rápidamente de acera. De reojo percibió cómo el niño le seguía con la mirada y le señalaba con el dedo. La madre avergonzada se apresuró a regañar al niño.

- No hagas eso.
- Pero… mira a ese hombre...
- Te he dicho que no hagas eso.

Él siguió caminando como si no se hubiera enterado de nada, disimulando la vergüenza y clavando la mirada en el suelo. El incidente le hizo replantearse el plan y estuvo a punto de darse la vuelta y regresar a casa, pero la necesidad de conocer íntimamente a una mujer era demasiado fuerte y siguió adelante.
Cuando llegó a la dirección indicada estaba empapado en sudor. En un principio dudó antes de llamar al portero automático, aunque se apresuró a apretar el timbre porque sabía que si se lo pensaba dos veces terminaría por no hacerlo. Le abrieron la puerta sin preguntar. Entró en el portal y se dirigió hacia las escaleras. Las piernas le temblaban hasta el punto de que no le quedó otro remedio que sentarse en los escalones. Por un momento creyó que le iba a dar un ataque al corazón. Trató de calmarse inspirando y expirando el aire fresco del edificio. En cuanto llegase al primer piso y llamase a la puerta ya no habría marcha atrás. Se preguntó si tendría el valor suficiente para llamar a la puerta. No obtuvo respuesta. Se incorporó y siguió subiendo por las escaleras. La puerta a la que debía llamar era la de la letra B. Se quedó parado enfrente. Debajo de la mirilla había un pequeño cartel en el que ponía: “Agencia artística”.

- ¿Agencia artística? ¿Qué coño tenía que ver un prostíbulo con una agencia artística? – Pensó él sin atreverse a llamar.

La puerta se abrió cogiéndole por sorpresa. Una mujer de unos cincuenta años y con exceso de maquillaje salió a recibirle. Al verle dio un pequeño paso hacia atrás e hizo amago de cerrar la puerta, pero luego se lo debió pensar mejor y con un gesto apremiante le indicó que entrase. Una vez dentro la mujer cerró la puerta y echó una última ojeada por la mirilla.

- Es que no quiero problemas con los vecinos – dijo la mujer, disculpándose.

Le guió por un pasillo bastante largo con puertas cerradas a ambos lados. Llegaron a una que estaba al fondo y la mujer la abrió y le invito a entrar.

- Espera dentro, cariño. Ahora pasan las chicas para que elijas.

Él entró en la habitación y la mujer cerró la puerta dejándole a solas consigo mismo. Había una cama en el centro, una mesilla con una lámpara, una bandeja con condones, pañuelos de papel y un frasco de aceite lubricante. También había un armario con un candado. Las persianas estaban medio bajadas y la luz era tenue. Él no sabía si esperar de pie o sentarse en la cama. Al final, optó por sentarse en la cama. Las palmas de las manos le sudaban y por el contrario notaba la garganta seca y estropajosa. Al cabo de un par de minutos entró una mujer de unos treinta y cinco años. Iba vestida únicamente con ropa interior negra de encaje. Estaba algo rellenita. Al verle no pudo evitar un gesto de desagrado. Él se sonrojó.

- Hola, me llamo Tamara.
- Hola.

Tamara dio un giro sobre sí misma para que él pudiera verla por delante y por detrás.

- Esto es lo que hay – dijo refiriéndose a su cuerpo.

Después salió de la habitación cerrando la puerta tras de si. Al poco entró otra mujer. Era un poco más joven y mucho más delgada que la anterior. Llevaba ligueros y zapatos de tacón afilado. Su rostro era duro y eso le intimidó. Tamara debió de avisarla antes de entrar ya que apenas se inmutó al verle.

- Me llamo Sammy.
- Hola Sammy.

Después de que Sammy saliera de la habitación entró una negra alta, llena de curvas y con unas caderas y pechos impresionantes. Al igual que las otras vestía con lencería de encaje, concretamente de color rojo pasión. La negra se acercó hasta el borde de la cama donde él estaba sentado y le besó en la mejilla. Como era de esperar, él volvió a sonrojarse.
- Me llamo Laureé.
- Hola…, Laureé. Encantado de co… conocerte.

Era evidente su falta de experiencia con las mujeres. Laureé se dio cuenta y trató de tranquilizarlo con unas palabras de ánimo.

- Tranquilo, que aquí no nos comemos a nadie.
- Lo sé.

Laureé le dedicó una generosa sonrisa y luego salió de la habitación. La cuarta era una joven venezolana con larga melena teñida de rubio. También iba con unas braguitas negras de encaje y un minúsculo sujetador. Su cara era tierna y hermosa, de hecho era la más guapa de las que habían entrado. Le recordó a su madre. La joven se quedó junto a la puerta, casi sin atreverse a entrar. Parecía nerviosa y, excepto en el primer momento, el resto del tiempo que estuvo frente a él evitó mirarle a la cara.

- Mi nombre es Silvia -dijo con un hilillo de voz que apenas era audible.
- Hola.

Inmediatamente se retiró y entró la quinta. Una pelirroja con pecas por todo el cuerpo y la piel blanca como la leche, muy delgada y algo desgarbada. Vestía con un tanga de leopardo y un sujetador de color carne que no le favorecía nada.

- Yo soy la última. Me llamo Ana.
- Hola, Ana.

Después de dejarse ver, Ana salió del la habitación dejando la puerta medio abierta. Al instante entró la mujer que le había recibido, la madame.

- ¿Qué te parecen las chicas?
- Muy guapas.
- ¿Cuál eliges?
- A Silvia –dijo con contundencia.

Se sorprendió por tenerlo tan claro. ¿Qué le había impulsado a elegir a Silvia? ¿Tal vez, porque le recordaba a su madre?... No obtuvo respuesta.

- Buen gusto… Te explico: un cuarto de hora son cincuenta euros; media hora, sesenta; una hora, cien. Luego…, si quieres griego o cualquier otra cosa, tienes que pagar un extra...
- Creo que con media hora será suficiente.

Sacó la cartera y le dio el dinero a la madame. Le temblaban las manos y sintió vergüenza por ello.

- Muy bien. Que disfrutes -dijo la madame, guardándose el dinero en el escote de su vestido.

La mujer salió dejando la puerta medio abierta. A pesar de que en la habitación se estaba fresquito, él seguía sudando a chorros y tenía la garganta tan seca que se arrepintió de no haber pedido un vaso con agua. Ya no había marcha atrás. Por fin sabría lo que era estar con una mujer. Aguardó sentado en el borde de la cama. No tenía ni idea de cómo debía proceder, pero se calmó convenciéndose a sí mismo de que estaba en manos de profesionales y que solo tendría que dejarse llevar. Los susurros de unas voces le sacaron de su ensimismamiento. Aguzó el oído hacia la puerta que estaba medio abierta. Las voces llegaban desde el pasillo.

- …¿Por qué no lo hace otra?
- Porque te ha elegido a ti.

Le pareció reconocer las voces de Silvia y la madame.

- ¿Usted le ha visto la cara?
- En éste trabajo no discriminamos a nadie. Sean guapos o feos, altos o bajos, jóvenes o viejos.
- No pienso hacerlo.
- Si quieres seguir trabajando aquí, harás lo que yo te diga.
- No puedo… Con ese no puedo.
- En la cama todos son iguales. Ya deberías saberlo.

Él estaba paralizado, no se atrevía ni a respirar. Las palabras de las mujeres eran puñaladas que iban lacerando su cuerpo.

- ¡Por favor, señora! No me obligue a hacerlo… Con ese, no.
- Mira, Silvia. No quiero problemas, así que entra ahí y haz tu trabajo.
- No puedo. Con ese tipo no puedo...

Sentado al borde de la cama escuchó cómo Silvia se puso a llorar.

- … Ni siquiera he podido mirarle a la cara -dijo elevando la voz.
- Baja la voz que nos va a oír, desgraciada.
- ¡Lo siento mucho, señora! Pero… no puedo…

Las mujeres debieron de alejarse del pasillo ya que el sonido de sus voces bajó en volumen e intensidad. Él se incorporó y echó un vistazo al pasillo. La madame y Silvia se habían trasladado a la cocina. Pudo verlas a través del hueco de la puerta, ambas seguían discutiendo ajenas a todo lo demás.

- …Tienes que hacerlo, así que cuanto antes empieces, antes terminarás.
- Es que me da asco.
- Ni asco, ni leches. En este trabajo no se puede ser escrupulosa.
- Por favor, señora, mande a otra. Yo no puedo, por favor.
- ¿Será posible? En vez de putas tengo un grupo de sibaritas...

Él enfiló el pasillo hasta llegar a la puerta principal y salió del piso. Estaba tan derrotado y avergonzado que no se le pasó por la cabeza reclamar el dinero que ya había pagado. Salió del portal y se encontró con una bofetada de luz y calor. Caminó bajo el ardiente sol sin un rumbo fijo, tratando de asimilar todo lo que le había pasado. Había dejado de sudar y un frío resentimiento recorría sus venas. Anduvo por las calles con la mirada arañando el suelo, ajeno a lo que le rodeaba, hasta que sin darse cuenta llegó al parque. Buscó un sitio apartado donde sentarse a la sombra. Lo encontró junto a un sauce llorón que estaba al lado de una fuentecilla. Antes de sentarse aprovechó para beber agua y recuperar la humedad en la garganta. De pronto se sintió mejor, el agua fresca de la fuente y la sombra del sauce ayudaron a ello, pero también había algo más. Se trataba de un sentimiento agradable que brotaba de su interior, que emanaba directamente del alma. Al recordar las palabras de la puta se dio cuenta de que ya no le dolían tanto. Tal vez, las palabras de Silvia le habían ayudado a asimilar que era feo y deforme y una vez asimilado ya no le parecía tan terrible. Reflexionó sobre ello. No, no era eso, él ya lo tenía asumido desde hacía mucho tiempo. Desde que tuvo uso de conciencia supo que era feo y deforme. Entonces ¿de dónde surgía ese sentimiento purificador que le servía de bálsamo sanador contra la vergüenza y el dolor? Tal vez en su cabeza había imaginado que el rechazo de una mujer le iba a destrozar y, aunque las palabras de Silvia le habían dolido y humillado, no le habían parecido tan terribles como en sus pensamientos. Sí, quizá fuese eso.
Un niño de unos ocho años se acercó con un brazo en alto, haciendo volar un avión de juguete. Él observó la llegada del niño desde su asiento, sin sentir ningún temor. Se sorprendió de su propia templanza ya que él siempre tuvo miedo de la sinceridad de los niños. El niño llegó a la fuente, se detuvo y bebió un par de tragos. Cuando el niño se dio cuenta de la presencia del hombre se quedó paralizado, mirándole fijamente con los ojos muy abiertos y en la boca una mueca entre asco y miedo. Él le mantuvo la mirada, sonriéndole. Finalmente, en un gesto de camaradería, le guiñó un ojo. El niño echó a correr asustado. De tan asustado que estaba, en su huida estuvo a punto de perder el juguete. Él soltó una carcajada. La primera en mucho tiempo, también eso le sorprendió. Indudablemente era un día lleno de sorpresas, el adecuado para su trigésimo quinto cumpleaños. Se recostó en el banco, observó la luz del sol filtrada a través de las hojas de los árboles y escuchó el canto de los pájaros y el murmullo del agua de la fuente. Se sintió vivo y a salvo. Tuvo la certeza de que un cambio se había producido dentro de él, un cambio que mejoraba las cosas y que dejaba al descubierto un resquicio de esperanza. Se puso en pie y anduvo con la cabeza erguida y la mirada puesta en el frente, dispuesto a mirar a los ojos a aquellos que se cruzasen en su camino.

sábado, 11 de abril de 2009

UN DÍA CUALQUIERA

foto de pepe pereza
El sol, a punto de elevarse, se perfilaba en las siluetas de los edificios de la ciudad. La luz cambiante del alba teñía de ámbar y grana el conjunto de nubes que flotaban por encima de los tejados. Las cigüeñas volaban hacia los basureros y los aviones dejaban líneas blancas en el cielo, como si fueran rayas de cocaína sobre un espejo. Él disfrutaba del espectáculo desde su ventana con una humeante taza de café entre las manos y un porro sujeto entre la comisura de los labios. El humo dulzón del canuto y el sabor del café siempre formaron una buena simbiosis, uno potenciaba el sabor del otro y viceversa. Expulsó el humo de sus pulmones contra un rayo de sol y contempló anonadado los caracteres sinuosos de las volutas. Cuando el sol se asomó por encima de los tejados, él recibió en su cara una aterciopelada caricia de luz y calor que le hicieron estremecerse como un gato que se despierta de la siesta. Las semanas anteriores habían sido una retahíla de días grises y lluviosos, donde el frío y el viento tuvieron papeles protagonistas. Por eso, la presencia de un sol primaveral era tan de agradecer. Apuró el café saboreando el último trago y siguió embobado mirando por la ventana. Vivía en un barrio nuevo de las afueras, rodeado de parques y desde su ventana tenía una amplia panorámica de la ciudad. El espectáculo de la salida del sol era de sus preferidos y siempre que podía desayunaba delante de la ventana admirando el acontecimiento, acompañándose de un café y del humo espeso y narcotizante de un canuto. Sin duda era la mejor manera de empezar el día. Se mantuvo así hasta que el porro se consumió y tuvo que apartarse de la ventana para apagarlo en el cenicero. Miró el reloj de muñeca, eran las ocho y veintinueve, aún le daba tiempo para desalojar sus tripas y hacerse otro porro para el camino.
Mientras conducía hacia el Palacio de Congresos iba escuchando una emisora de música rock. El tema que se oía por los altavoces era de Janis Joplin, concretamente se trataba de “Cry Baby”. Abrió ligeramente la ventanilla de la derecha para que el interior del vehículo se despejase del humo de hachís. Aprovechando que la ventanilla estaba abierta exhaló una bocanada en esa dirección. Llegó a la rotonda de La Fuente de Murrieta y trató de hacerse un hueco entre los demás vehículos. Él odiaba esa rotonda y más a esa hora de la mañana cuando toda la ciudad tomaba ese mismo camino para dirigirse a sus respectivos trabajos. Después de girar a la derecha y salir de la rotonda se sintió más relajado y aspiró del porro que llevaba sujeto entre sus labios. El porro se había apagado y tuvo que encenderlo de nuevo. Al hacerlo apartó la vista de la carretera durante una milésima de segundo para poder atinar con la punta del canuto dentro del encendedor. Como consecuencia estuvo a punto de golpear el coche que iba por delante, afortunadamente se dio cuenta de la proximidad del automóvil y consiguió pisar el freno a tiempo. Se maldijo a si mismo por el descuido y centró toda su atención en la carretera. La locutora hizo la presentación del siguiente tema y la música salió de los altavoces. Era Nick Cave haciendo una versión del tema de Leonard Cohen llamado “I´m Your Man”. Apagó el porro estrujándolo contra el fondo del cenicero y subió la ventanilla. Sin el aire entrando por el hueco de la ventanilla la canción alcanzó todo su esplendor y él siguió el ritmo golpeando con los dedos sobre el volante. Enfiló la rampa que conducía al aparcamiento del Palacio de Congresos y aparcó enfrente de la puerta de entrada al muelle de carga del escenario. El edificio era enorme y proyectaba su sombra sobre el camino que bordeaba la orilla del río. Eran las nueve menos tres minutos. El único coche que había en el aparcamiento era el suyo. Apagó el motor y subió el volumen de la radio. Nick Cave sonaba de maravilla a esas horas de la mañana. Le extrañó que no hubiera nadie esperando. Normalmente los de carga y descarga siempre solían llegar cinco minutos antes. Siguió dentro del coche hasta que la canción llegó a su fin, entonces sacó la llave del contacto y salió. El sol seguía alzándose en el cielo y él se ajustó las gafas de sol antes de presionar la cerradura electrónica del automóvil. Un “Clip, clip” resonó por todo el aparcamiento espantando a un grupo de gorriones que picoteaban junto al los jardines de césped. Se acercó a la puerta metálica del gran edificio y se apoyó en la pared al amparo del sol. Era agradable estar allí, como un reptil calentándose la sangre. Sin embargo un presentimiento le decía que le habían hecho venir una hora antes. Se encendió un cigarro y fumó apoyado en la pared. Viendo que eran las nueve y que nadie aparecía cogió su móvil, marcó unos números.

- Raúl, ¿a qué hora hemos quedado?
- (Con voz somnolienta) A las diez.
- ¡Me cago en la hostia puta! Ayer me dijiste a las nueve.
- Hostia, me confundí.
- ¡Joder, tío!...
- Lo siento.
- No pasa nada… Aprovecharé para tomar un café. Nos vemos a las diez.
- Hasta luego.

No era la primera vez que le hacían algo así. Maldijo en silencio mientras se acercó al coche. El “Clip, clip” se escuchó de nuevo en el aparcamiento. Entró en el vehículo y sopesó la idea de regresar a casa, total solo estaba a diez minutos y descontando el tiempo de ir y de regresar aún le quedaba media hora para fumarse otro canuto. Arrancó el motor. Mejor iría a una cafetería cercana y se tomaría un café mientras leía el periódico, aunque se acordó que no se había traído las gafas de cerca con lo cual solo acertaría a leer los titulares. Salió del aparcamiento rumbo a la cafetería. En la radio sonaba el tema de Radiohead “Just”.
Aparcó en doble fila dejando las luces de posición encendidas. Se apeó del coche y entró en la cafetería. Hoy le tocaba el turno de mañana a la camarera rumana que le tenía medio enamorado, estaba de suerte. Aunque, por otro lado, la barra estaba a tope y todos los periódicos ocupados. Cuando le llegó el turno pidió un café cortado haciendo gala de su mejor sonrisa. La rumana, carente de cualquier signo de simpatía se limitó a darle la espalda para preparar, cara a la cafetera, el cortado. La rumana le dejó el café enfrente, él pagó la consumición y ella se dirigió a la caja. Le hubiera gustado decirle algo bonito que llamara su atención pero no encontró nada que estuviese a la altura deseada. Enseguida otro cliente reclamó los servicios de la camarera. Él se tomó el café sin dejar de observar a la rumana. Se encendió un cigarro y viendo que solo le quedaban cuatro cigarrillos se fue a la maquina expendedora y sacó un nuevo paquete de Wiston. Antes de salir del establecimiento quiso llamar la atención de la camarera levantando la mano en un gesto de despedida pero la rumana estaba muy ocupada y no se dio cuenta. Una vez dentro del coche apagó el cigarro y se lio un porro. En la radio Bob Dylan cantaba “Tweedle Dee and Tweedle”. Antes de encenderse el porro miró el reloj del panel de mando. Eran las nueve y veintisiete.
Llegó al aparcamiento de palacio de Congresos y aparcó en el mismo lugar que antes. Seguía siendo el único coche del aparcamiento. Dudó entre terminarse el porro dentro del coche o salir y caminar unos metros hasta la orilla del río. Se acordó de las noticias de la noche anterior donde avisaban que el caudal del Ebro estaba a punto de desbordarse en algunos de sus tramos. Debía decidir entre Bob Dylan o las crecidas aguas del Ebro. Salió del coche. “Clip, clip”. Caminó hasta los lindes de la orilla del río. Se estaba bien bajo el sol fumando del canuto. Las aguas del río bajaban bravas y turbias. Al otro lado de la orilla había una carretera que se extendía en paralelo surgiendo el recorrido del río. De vez en cuando las aguas arrastraban pequeños troncos arrancados por la crecida. Él comparó la velocidad de los coches que circulaban por la carretera con los troncos que arrastraba el río, haciendo apuestas imaginarias por unos y otros. Apuró el porro hasta casi quemarse los labios y tiró la colilla a las aguas marrones. Siguió con la mirada su descenso en la corriente hasta que la perdió de vista. Algunos ancianos paseaban y también había gente corriendo y en bicicleta. Pensó en qué hacía aquella gente por allí, él tenía que trabajar y no le quedaba más remedio pero no conseguía entender por qué la gente madrugaba para algo tan insustancial como hacer footing. Decidió obviarlos a todos y concentrarse en las aguas del río. Recordó los veranos cuando era un adolescente e iba con sus amigos a bañarse junto a la presa. Por aquel entonces las aguas del Ebro estaban más limpias y la gente no dudaba en bañarse en ellas. De pronto algo llamó su atención. Era algo grande que arrastraba la corriente. Se quitó las gafas de sol para ver mejor. Era el cadáver de un caballo. Tenía la tripa tan hinchada que parecía el lomo de una ballena pequeña. La fuerza de la corriente le hacía girar sobre sí mismo, sacando y hundiendo de las aguas las rígidas patas del animal. Al pasar a su lado se fijó en que el cadáver no tenía ni ojos ni labios, con lo cual le quedaba al descubierto toda la dentadura. El gesto macabro del cuadrúpedo le revolvió las tripas y tuvo que reprimir un par de vómitos. El cadáver del caballo siguió girando sobre si mismo corriente abajo. Reflexionó sobre el destino y sobre todo el cúmulo de acontecimientos que tuvieron que pasar para que el cadáver del caballo y él coincidiesen en ese punto del río. Si no le hubieran citado una hora antes no lo habría visto. Necesitaba nicotina y se encendió un cigarro. Miró su reloj. Eran las diez menos diez. Le quedaban diez minutos para disfrutar del sol y de la nicotina. Todavía podía distinguir a lo lejos las patas de caballo entrando y saliendo de las aguas. Sintió pena por el animal muerto. Se puso las gafas de sol y regresó junto a la puerta metálica de acceso al muelle de carga del escenario. Apoyado contra la soleada pared recordó la descarnada dentadura del caballo. Era la sonrisa de la muerte, pensó. Un coche enfiló la rampa del aparcamiento. Era el de Raúl, el jefe de los técnicos, su jefe. El coche se detuvo junto a la puerta metálica. Raúl bajó la ventanilla y accionó el mando a distancia de la puerta metálica. Los mecanismos de la puerta se activaron y comenzó a elevarse.

- Siento mucho el despiste que he tenido. – se disculpó Raúl.
- No pasa nada. He aprovechado para tomar un poco el sol.
- Falta te hace. Estás pálido como un cadáver.
- Ya sabes que yo soy un ave nocturna.

Raúl soltó un par de carcajadas. Él sonrió con el cigarro entre la comisura de los labios. Prefirió no comentar nada del caballo. La puerta metálica terminó su ascenso y Raúl metió el coche dentro del muelle de carga. Él siguió apoyado contra la pared fumando del cigarro. Le esperaba un duro día de trabajo y decidió tomárselo con calma. Cuando el cigarro se consumió, lo arrojó por encima de su hombro, se despidió del sol y entró en el oscuro muelle de carga.

viernes, 10 de abril de 2009

EL BOSQUE (corte IX y último)

Hizo autostop, pero su aspecto era tan descuidado (llevaba casi dos años sin afeitarse ni cortarse el pelo) que casi nadie se atrevió a recogerlo.
Le costó tres días llegar a su ciudad. La ciudad en apariencia no había cambiado. Sin embargo, los ruidos a los que antaño estaba acostumbrado ahora le parecían insoportables y estridentes. Y los olores que antes le eran familiares, ahora le resultaban, como poco, nauseabundos. El aire estaba viciado. Todo se movía demasiado deprisa. Por todas partes había un exceso de gente y vehículos. No recordaba que la vida en la ciudad fuera tan insoportable. En el bosque se había acostumbrado a un ritmo tan diferente que se sintió como un extraterrestre. Llegó frente a su antigua casa. El jardín estaba más descuidado, por lo demás todo parecía igual que siempre. Llamó a la puerta y esperó a que abrieran. Lo hizo su mujer. Estaba embarazada de seis meses y lucía una soberana barriga. Ella, de primeras, no le reconoció y pensó que era un vagabundo cualquiera.

- En esta casa no damos limosnas. – dijo con cierto desdén. Y se dispuso a cerrar la puerta.
- Marta, soy yo… tu marido.

Ella lo miró de arriba abajo. Cuando le reconoció se llevó las manos a la boca en un gesto de sorpresa. No podía creerse que esa especie de Robinsón Crusoe fuese su marido. Fue como estar delante de un fantasma.

- Te creíamos muerto. – admitió ella con el gesto lívido.
- Pues ya ves que no lo estoy… ¿Puedo pasar?
- Claro. Pasa…

Ella se apartó a un lado y le dejó paso. Él se quitó la mochila de la espalda y la dejó junto al paragüero de la entrada. La caña de pescar la metió en el paragüero. (De la lanza se había desecho durante el camino. Suficiente tenía con su descuidado aspecto, como para encima ir por ahí haciendo dedo con una lanza)

- ¿Tienes hambre? Estaba preparando la comida… - dijo ella guiándole hasta la cocina.
- Llevo tres días sin comer – admitió él.
- ¡Dios mío! No me extraña que estés tan delgado.
- Sí, he perdido algo de peso.
- ¡Algo! Te has quedado en los huesos. Ahora mismo te preparo un buen chuletón, con ajito frito y pimientos. Como a ti te gustaba.
- Vale… Aunque llevo tanto sin probar la carne que no sé si mi estomago lo admitirá.
- ¿Te has vuelto vegetariano?
- No, no es eso. Últimamente solo como pescado.
- Entonces te vendrá bien un poco de carne. Así recuperas fuerzas…

Ella ya había puesto una sartén al fuego y había sacado el chuletón de la nevera. Así qué él dejó de poner reparos.

- Veo que vas a ser madre.
- Sí…

Él notó como ella casi se echa a llorar e intuyó que algo le iba mal.

- ¿Te encuentras bien? – preguntó él por si podía ayudar en algo.
- Sí, estoy bien.

Él sabía que ella estaba mintiendo pero no quiso insistir.

- ¿Por qué te fuiste? – Le preguntó ella.

Él se lo pensó bien antes de responder. Luego añadió:

- Supongo que porque ya no me querías.

Después de su contestación se produjo un incomodo silencio en el que ninguno de los dos dijo nada. Ella se limitó a pelar unos cuantos ajos. Él, por su parte, no pudo evitar deleitarse con el aroma que desprendía la carne asándose al fuego. De pronto y sin previo aviso, el silencio se vio interrumpido por el lamento quejumbroso de sus tripas, las de él. Fue tan evidente que ambos terminaron riéndose.

- Queda claro que estás hambriento. – dijo ella sonriendo.
- Pregúntale si no a mis tripas. – bromeó él.

De nuevo se rieron.
Ella terminó de picar los ajos y los echó a la sartén haciendo crepitar el aceite. La cocina se llenó con aroma de los ajos friéndose junto a la carne.

- ¿Y a qué has venido? – Le preguntó ella sin quitar la vista de la sartén.
- A matarte.

Ella siguió sin levantar la vista de la sartén.

- ¿Los pimientos los prefieres verdes o rojos?
- Verdes.

Ella abrió la nevera y sacó un par de pimientos verdes del compartimiento de las verduras. Después, sobre la mesa, los fue troceando.

- ¿Así que has venido a matarme?
- En un principio sí.
- ¿Y puedo saber por qué?
- Por engañarme con Ricardo, mi mejor amigo.
- Entonces… ¿sabías lo nuestro?
- Pues sí… Os ví. La verdad es que no os tomabais demasiadas molestias para ocultármelo. Quiero decir que el gilipollas de Ricardo aparcaba en frente de casa como si no le importara que yo lo viera.
- Yo también le advertí de que no aparcara en frente, pero ya sabes como es Ricardo.

Añadió otra sartén al fogón y cuando el aceite se calentó echó en ella los trozos de pimiento verde. El chuletón estaba en su punto, así que lo sacó de la sartén junto a los ajos y lo sirvió en un plato. Le puso el plato en frente, junto con un cuchillo, un tenedor y algo de pan.

- Vete comiéndote el chuletón mientras se terminan de hacer los pimientos.
- ¡Hum! Huele de maravilla.
- ¿Quieres un poco de vino?
- Por favor.

Ella le sirvió un vaso de vino. El cortó un trozo de carne y se lo llevó a la boca.

- ¡Joder, es lo mejor que he comido en años! – dijo con la boca llena.
- Y bien ¿Qué piensas hacer?
- ¿Respecto a qué?
- Respecto a mí ¿vas a matarme?
- Dado tu estado no puedo hacerlo. Tu hijo es inocente y no tiene la culpa de lo que nos hayamos hecho tú y yo.
- ¿Entonces?
- Entonces, no me queda otra que perdonarte. Si te parece bien.
- Me parece bien.
- Pues eso… que te perdono.
- Gracias.
- De nada.
- ¿Los pimientos los prefieres muy hechos?
- No mucho.

Ella retiró la sartén del fuego y se los sirvió directamente en el plato.

- ¿Quién es el padre?
- ¿Quién va a ser?
- ¿Ricardo?
- Tú lo has dicho.
- ¿Y dónde está él?
- Hace más de tres meses que se marchó y desde entonces no he sabido nada de él…

Después de comer él le dijo que tenía que irse. Ella le invitó a que se diera un baño y él aceptó. De paso, aprovechó para afeitarse y cortarse el pelo. Si tenía que regresar a dedo lo mejor era adecentarse todo lo posible. Ella le había dejado ropa limpia, ropa de él, que aún conservaba en el fondo del armario. Cuando salió del cuarto de baño parecía otro, alguien mucho más joven.

- Menudo cambio. Has dejado de parecerte a Robinsón Crusoe… – dijo ella atusándole el cabello. - …aunque lo tuyo no es la peluquería. Déjame que te arregle un poco el pelo.

Ella cogió unas tijeras y él se sentó en una silla. Ella le fue cortando el pelo, tratando de disimular las trasquiladuras que él mismo se había hecho. Cuando terminó, él se dispuso para partir.

- ¿Por qué no te quedas conmigo? Yo ahora necesito un buen hombre y pronto mi hijo necesitará un padre.
- No, eso no es posible. Yo ahora tengo una vida diferente, al igual que tú. Nuestros caminos se separaron y ya no hay quien los una.
- Suponía que dirías algo así. De hecho, te he metido en la mochila algo de comida y unas cuantas mudas limpias. También ropa de abrigo, aunque ahora hace buen tiempo más tarde la necesitarás.
- Gracias. Me vendrá bien…

Él se cargó la mochila al hombro y recogió la caña del paragüero. Ella le abrió la puerta y él salió al jardín.

- Cuídate. – Le dijo él acariciándole suavemente la barbilla.
- Lo mismo te digo.

Él caminó calle abajo. Ella se quedó observando su partida desde el marco de la puerta. Cuando iba por medio de la calle, él se giró.

- ¿Cómo se va a llamar?... Me refiero a tu hijo.
- Aún no lo sé. - respondió ella.

Y dicho esto, él siguió caminando y ella entró en la casa. Notó como el bosque le llamaba desde la lejanía y él apresuró sus pasos para llegar lo antes posible.

jueves, 9 de abril de 2009

EL BOSQUE (corte VIII)

Llegó la primavera y con ella los deshielos. La laguna se había desbordado y los alrededores estaban empantanados. Aun así, la pesca seguía siendo buena, al igual que la vida en el bosque. Aunque últimamente pensaba demasiado en su mujer y en el daño que le había hecho. De no haber sido por esos pensamientos la vida en el bosque hubiera sido perfecta. Tal vez, lo que debía hacer era regresar y acabar con lo que dejó a medias. Tal vez, fuera la única manera de sacarse definitivamente a su mujer de la cabeza.
Avanzó pesadamente con el barro cubriéndole los tobillos, sosteniendo la caña y un par de truchas que había pescado. Salió a una zona más elevada donde crecía la vegetación y se acababa el barro. Se limpió las botas con la hierba y siguió caminando hasta la tienda de campaña. Una vez en el campamento, limpió el pescado y encendió un fuego. Cuando estaba comiendo escuchó un par de disparos por las cercanías. Seguramente eran cazadores. No era la primera vez que escuchaba disparos en el bosque, pero nunca los había escuchado tan cerca. Recogió el campamento y se largó de allí. Lo último que deseaba era encontrarse con alguien. Era curioso, desde que estaba en el bosque no se había encontrado con nadie. Pensó en ello, y se adentró en lo que él creía que era lo más profundo del bosque. Según andaba iba admirando la fuerza creadora de la naturaleza y el poder de regeneración de la primavera. Todo a su alrededor estaba dotado de una belleza extrema y salvaje. A lo lejos, volvió a escuchar disparos. Siguió andando. De pronto, unos ruidos en la espesura le hicieron ponerse en guardia. Dirigió la punta de la lanza hacia el alboroto y esperó en posición de defensa. Un gran ciervo salió de la espesura y vino a derrumbarse a sus pies. El pobre animal tenía una herida de disparo en la parte baja del cuello y estaba agonizando. Resoplaba y con cada resuello escupía pequeños borbotones de sangre por la boca. No podía asegurarlo, pero estaba casi seguro de que era el mismo ciervo que vio el primer día que se adentró en el bosque. Se sentó en el suelo, junto al animal y trató de calmarlo acariciándole suavemente la parte de atrás de la nuca y del cuello.

- Tranquilo, amigo… - dijo con voz serena. - …tranquilo. Pronto habrá acabado todo…
Déjate ir, así… Eso es, déjate ir… Así… Así… Así.

Poco a poco el ciervo dejó de respirar, hasta que finalmente murió. Él se quedó sentado junto al cadáver. Por mucho que lo intentó, no pudo entender el motivo de aquella salvajada, de aquél crimen inútil y sin sentido. Él ya sabía que la estupidez de los humanos no tenía límite, pero con la muerte del ciervo quedaba certificada dicha verdad. Lloró de rabia, también de pena. Y mientras lloraba, sin saber por qué, se acordó de su mujer. Cuando se vació de lágrimas se puso en pie y abandonó el lugar. Se sintió vacío, como si algo, además del ciervo, hubiera muerto dentro de él. Se adentró en una sombreada explanada llena de castaños, robles y encinas. Las copas de los árboles, de tan pegadas, impedían que el sol se filtrase entre las hojas. Avanzó por la arboleda, sintiéndose, por primera vez en lo que llevaba allí, ajeno al bosque. Unos metros más adelante, los árboles se separaban dejando paso a una gran cortina de luz. Era un camino. Es más, era el camino que tiempo atrás había abandonado para adentrarse en el bosque. Lo reconoció en cuanto lo vio. ¿Qué es lo que estaba pasando? Primero el ciervo y luego el camino. De pronto, lo supo. Era el bosque que trataba de decirle algo. Pero, ¿qué? ¿Cuál era el mensaje? Se devanó los sesos tratando de encontrar la respuesta. ¿Acaso el bosque le estaba pidiendo que regresara a la cuidad? ¿Por qué, si no, le había traído al punto de partida? Reflexionó sobre lo acontecido. Estaba claro, era eso. No podía haber otra respuesta. Debía regresar a su ciudad y acabar lo que dejó a medias. De otra forma el bosque no volvería a abrirle sus entrañas…

Continuará.

miércoles, 8 de abril de 2009

EL BOSQUE (corte VII)

Ya tenía el arma. Ahora solo era cuestión de esperar. Él siguió saliendo antes de su trabajo para intentar sorprenderlos juntos. Al tercer día, vio que el coche de su mejor amigo estaba aparcado frente a la casa. Estaba claro que ni su mujer, ni su mejor amigo, se molestaban en tomar precauciones. Tal vez pensaban que él era tan ingenuo que no las necesitaban. Encima de cornudo, le tomaban por gilipollas. Eso hizo que se cabrease aún más. Aparcó un par de manzanas más allá. Sacó la pistola de la guantera, se la guardó en un bolsillo y salió del coche dispuesto a vengarse. Era tal la rabia que sentía, que su corazón en vez de palpitar, galopaba dentro de su pecho. Llegó a la casa y se asomó a la ventana de la cocina. Allí no estaban. Rodeó la casa, acechando sigiloso por las ventanas. La primera planta estaba despejada. Lo más seguro es que estuvieran follando en el dormitorio, que estaba en la planta de arriba, junto a los baños. La puerta principal estaba cerrada. La abrió con su llave y entró. Sacó la pistola del bolsillo y enfiló las escaleras hacia la segunda planta. Antes de llegar arriba, escuchó unos jadeos que confirmaron sus peores augurios. Apretó con fuerza la empuñadura del arma y siguió subiendo los escalones. Llegó hasta la puerta del dormitorio y pegó la oreja para escuchar mejor. Ella gemía, y lo hacía de una forma exagerada que él no conocía. Parecía innegable que su amigo era mejor amante que él. El momento que esperaba había llegado. Lo único que tenía que hacer era abrir la puerta y disparar hasta matarlos. Agarró el pomo de la puerta y al hacerlo su mano empezó a temblar. No solo eso, también sintió un calor húmedo que le bajó por las piernas. Se había meado. Y para hacerlo más evidente una mancha húmeda se había extendido desde la entrepierna hasta los bajos del pantalón y continuaba en el suelo en forma de charco. El charquito de orina amenazaba con colarse debajo de la puerta y entrar en el dormitorio. Bajó a la cocina, cogió unas cuantas servilletas de celulosa, volvió a subir y recogió la meada con ellas. Después regresó a la cocina y arrojó las servilletas húmedas a la basura. Sacó un pantalón del interior del cesto de la ropa sucia, se cambió y salió de la casa. Estaba tan avergonzado que fue incapaz de seguir con su venganza. Entró en su coche y volvió a dejar la pistola en la guantera. Había fracasado. Se sintió como una mierda y sin poder evitarlo se puso a llorar. Estuvo llorando durante unos diez minutos, sin importarle que los viandantes que pasaban por la zona le vieran en ese lamentable estado. Cuando consiguió calmarse, arrancó el coche y salió de allí.
Condujo hasta las afueras de la ciudad y se adentró en un polígono industrial. Detuvo el coche junto a una fábrica de cerámica. No había nadie por los alrededores, así que sacó la pistola de la guantera y se metió el cañón en la boca. Cerró los ojos y apretó el gatillo. Nada. El arma se había encasquillado. Lo intento de nuevo con el mismo resultado. Hizo un tercer intento, por eso de que no hay dos sin tres. Nada de nada. La pistola se negaba a disparar. Era de prever que el inútil de su amigo le consiguiera un arma inútil. Volvió a guardarla en la guantera, arrancó el coche y abandonó el lugar.
Regresó a casa bien entrada la noche. Había estado bebiendo y estaba borracho como una cuba. Ella, su mujer, le estaba esperando enfadada. Recibió una buena reprimenda. No dijo nada y dejó que ella le ayudara a desvestirse y a meterse en la cama. Al día siguiente, se levantó con una resaca demoledora. Decidió que no iría a trabajar y llamó a la empresa para decir que se encontraba enfermo. Después de ducharse preparó unas cuantas cosas, las metió en su mochila y se preparó para partir.

- ¿Vas a algún sitio? – le preguntó ella cuando él se disponía a salir por la puerta con

la mochila al hombro.
- Sí. – respondió él sin mirarla.
- ¿Y se puede saber adónde?
- No lo sé.

Y dicho esto, cerró la puerta a sus espaldas y encaminó sus pasos hacia el coche. Ella le persiguió hasta el jardín, sin comprender qué estaba haciendo.

- ¿Ha pasado algo?

Él siguió caminando sin volverse.

- Pero… ¿Adónde vas?

Entró en el coche, arrancó el motor y se alejó dejándola con la palabra en la boca…

Continuará.

martes, 7 de abril de 2009

EL BOSQUE (corte VI)

A las dos semanas, su mejor amigo le llamó por teléfono para decirle que ya tenía la pistola. Quedaron en su buhardilla. Él cogió el coche y se fue para allá.
El arma no parecía gran cosa, era una Sig-Sauer P220 en bastante mal estado. De hecho, algunas partes estaban oxidadas y otras tenían una especie de moho azul verdoso.

- ¿Qué te parece? - le preguntó su mejor amigo con esa maldita sonrisa que tenía.
- Parece muy vieja.
- Es lo único que he podido conseguir. Falta limpiarla bien y engrasarla, por lo demás, está en perfectas condiciones… Por cierto, me ha costado una pasta.
- Por el dinero no te preocupes, te lo reembolsaré.
- Es que últimamente ando algo flojo…
- ¿Estás seguro de que esto dispara? - dijo apuntando directamente a su mejor amigo.
- Tío, ten cuidado que está cargada.

Él bajó la pistola y dejó de apuntarle. Se quedó con ganas de apretar el gatillo, pero aquel no era el momento adecuado. Mejor esperar y matar dos pájaros de un tiro.

- Entonces ¿no me vas a decir para qué la quieres?
- Ya te he dicho que no.

Su mejor amigo se le quedó mirando con aquella maldita sonrisa que le sacaba de quicio. Cuánto le hubiera gustado borrársela de un tiro…

Continuará.

lunes, 6 de abril de 2009

EL BOSQUE (corte V)

Desde que se encontró la caña había ido a pescar todos los días. Pero, con la que había caído la noche anterior, lo mejor era permanecer dentro de la tienda, al calor del saco de dormir. Conservaba algo de pescado y no era necesario salir. Afuera todo estaba cubierto de nieve y hacía un frío del demonio. Buscó en su mochila la bombona del camping gas para comprobar si aún le quedaba algo de combustible. Al hacerlo se encontró con la cartera de bolsillo. Llevaba ahí todo ese tiempo, con su documento de identidad, su carné de conducir, algo de dinero y un par de fotos. La cogió y dudó si abrirla y mirar en su interior. Sabía que si la abría los recuerdos volverían a su cabeza y no estaba seguro de si era eso lo que quería. Finalmente la abrió. Allí estaba ella, su mujer, durmiendo en una cama cualquiera. La foto se la hizo él durante unas vacaciones en Barcelona. Ambos habían viajado hasta la Ciudad Condal para superar una pequeña crisis matrimonial. Aquella noche habían hecho el amor. Después, él salió al balcón a fumarse un porro. Cuando, de nuevo, entró en la habitación del hotel, ella se había quedado dormida. La vio tan hermosa que no pudo evitar sacar la foto. No es que fuera una buena foto, no, la luz no era la adecuada y el encuadre no era bueno, aún con esas era su preferida. La sacó de la cartera y la fue rompiendo en pequeños trozos. Luego siguió haciendo lo mismo con los documentos. Mientras hacía añicos el contenido de la cartera, los recuerdos le llevaron a su bar favorito y a la compañía de su mejor amigo. Ambos estaban tomando unas cervezas junto a la barra. Apenas habían hablado en toda la velada, simplemente se limitaban a estar allí, vaciando jarras de cerveza. En un momento dado, él se arrancó con unas palabras.

- Necesito una pistola. – dijo.
- ¿Una pistola? – preguntó su mejor amigo con cara de no haber entendido bien.
- Sí, una pistola.
- ¿Y se puede saber para qué coño necesitas tú una pistola?
- Eso es cosa mía.
- ¡Joder, tío! Últimamente estás muy… raro. ¿Qué problema tienes?
- No, no tengo ningún problema. Solo que necesito un arma. ¿Puedes ayudarme a conseguir

una?

Su mejor amigo se echó a reír, como si le estuviera gastando una broma.

- Hablo en serio. ¿puedes o no ayudarme a conseguir una?- insistió él.
- Pero… ¿Tú quién te has creído que soy?
- Estoy seguro de que cualquiera de esos tipos que te venden la coca te podrían ayudar a

encontrar una.
- ¿Esos niñatos? Tú estás loco, tío. Esos son unos camellos de poca monta.
- Tal vez ellos conozcan a alguien.
- Me parece que tú has visto muchas películas. Para tu información te diré que esto no es

América.
- Te estoy pidiendo un favor. Si yo pudiese agenciarme una, ten por seguro que no te lo

pediría.
- ¡Joder, macho! Es que pides unas cosas…
- ¿Vas a ayudarme o no?
- Está bien. No te enfades… Déjame que pregunte por ahí y tal vez pueda hacer algo. Pero

no te aseguro nada…

Un ruido que provenía de fuera de la tienda lo sacó de sus recuerdos y le hizo ponerse alerta. Parecía como si algo estuviese merodeando por el campamento. Escuchó claramente las pisadas en la nieve. Abrió la cremallera de la tienda y asomó la cabeza fuera. El merodeador era un lobo desnutrido que buscaba algo que llevarse a la boca. El animal al verle salió corriendo con el rabo entre las patas. Cuando el lobo se perdió en la espesura blanca del bosque, él se dio cuenta de que llevaba la navaja en la mano, lista para atacar…

Continuará.

domingo, 5 de abril de 2009

EL BOSQUE (corte IV)

Los días daban paso a otros días y así fue pasando el tiempo. Estaba tan acostumbrado al bosque que la simbiosis entre ambos era perfecta. Estaba a punto de cruzar un arroyo cuando la vio. La corriente la había arrastrado y había quedado enganchada entre varias ramas. No podía creérselo, era una caña de pescar. Corrió hasta ella y la rescató de las ramas. El hilo del sedal se perdía entre las aguas del arroyo. Tiró con suavidad y comprobó que estaba enredado. Avanzó y lo fue desenredando poco a poco. Tuvo que hacer acopio de paciencia para ir deshaciendo todos los nudos, pero al cabo de una hora ya se había hecho con la mayor parte del sedal. Mientras avanzaba por el arroyo rezaba para que al otro extremo del hilo estuviese el anzuelo. Era su día de suerte. El hilo acababa entre la gravilla del fondo, tiró de él y desenterró el anzuelo. No pudo evitar lanzar un aullido de alegría. Las aves que estaban por los alrededores levantaron el vuelo asustadas. Tal era su dicha que estuvo riéndose a carcajadas todo el tiempo que le costó llegar a la laguna. Una vez allí, arrancó la corteza podrida de unos troncos caídos y recogió los gusanos que en ellas se ocultaban.
A la media hora ya había pescado una trucha de tamaño considerable. Rápidamente se puso a buscar algo de leña para hacer fuego. Por fin, iba a comer como es debido…

Continuará.

sábado, 4 de abril de 2009

EL BOSQUE (corte III)

Había pasado tanto tiempo viviendo en el bosque que ya no era capaz de recordar el rostro de su mujer. ¿Cuánto hacía que estaba allí? ¿Medio año? Seguramente más. La primavera y el verano ya habían pasado. Lo sabía porque las hojas de los árboles empezaban tener tonos ocres y anaranjados, señal de que el otoño había llegado. Pronto empezarían a caer de las ramas, cubriendo el suelo del bosque con un espeso manto. Además, al caer el sol la temperatura bajaba considerablemente. Por mucho que lo intentó no consiguió proyectar en su mente el rostro de su mujer, tan solo una imagen desenfocada de ella. ¿Qué estaría haciendo en esos momentos? ¿Estaría pensando en él? Seguro que no. Ella solo era capaz de pensar en sí misma. Nunca conoció a una mujer tan egoísta ¿Por qué se casó con ella? Tampoco consiguió recordarlo. Lo único que recordaba era el día que la vio en los brazos de otro. El otro era su mejor amigo, para más inri. La traición fue doble, por lo tanto, doblemente dolorosa. ¿Fue ese desengaño lo que le impulsó a quedarse en el bosque? Dudó de que esa fuera la causa. Una especie de murmullo lo sacó de sus pensamientos. Caminó hacia el ruido, que a cada paso se hacía más fuerte. Por fin, pudo salir de la espesura y se encontró frente a una cascada de unos tres metros de altura que caía sobre un torrente de aguas cristalinas. Al acercarse a la orilla vio como un grupo de truchas escapaban hacia el fondo de la laguna para ocultarse entre las rocas. Lo que hubiera dado por una caña de pescar. El vapor del agua, que se elevaba creando arcos iris, y el sol, filtrándose entre los árboles, le daban al lugar un aspecto de postal. Se sentó sobre una roca almohadillada de espeso musgo y estuvo tirando piedrecillas sobre el agua durante un buen rato. De la cara de su amigo sí se acordaba. Sobre todo de la sonrisa socarrona que tenía. Aquel fatídico día volvió antes del trabajo. La crisis estaba acabando con el negocio inmobiliario y nadie quería comprarse una casa. Por eso regresó antes del trabajo. Se extrañó al ver el coche de su amigo aparcado frente a su casa, pero no le dio mayor importancia. Antes de entrar, echó una ojeada por el cristal de la ventana y fue entonces cuando los vio. Estaban medio desnudos. Su amigo la sujetaba entre sus brazos y ella le besaba apasionadamente el cuello y el pecho. Él dio media vuelta y montó de nuevo en su coche. Estuvo conduciendo sin un rumbo fijo durante horas. Luego regresó. Cuando entró por la puerta de su casa se comportó igual que lo hacía siempre, como si no supiese nada. Decidió que era la mejor forma de actuar. Una trucha saltó en medio de la laguna distrayéndole de sus reflexiones. Por unos minutos se había olvidado de dónde estaba. Realmente el paisaje era de postal. Solo echaba de menos una cosa: su caña de pescar…

Continuará.

viernes, 3 de abril de 2009

EL BOSQUE (corte II)

No recordaba cuánto tiempo llevaba en el bosque. Por lo largo de su barba, calculó que más de un mes. Hacía tiempo que la comida se le había terminado y ocupaba la mayor parte del día en buscar alimento. Bayas, raíces, frutos silvestres, setas, huevos de codorniz (o de lo que fuera), insectos, e incluso lagartos, caracoles y anfibios… Todo valía para llenar el estómago. En ese tiempo había adelgazado bastante. Cada día que pasaba se tenía que apretar más el cinturón. Todavía tenía la tienda de campaña y el saco de dormir, y con poco más se las iba arreglando. Si hubiese tenido una caña de pescar se hubiera sentido el hombre más afortunado del planeta. Había intentado hacerse una. Utilizó una hebra de lana que extrajo de su jersey, pero no encontró nada que le sirviese de anzuelo. Probó con espinas, incluso intentó tallar uno con su navaja, pero nunca consiguió pescar nada. Lo que sí se hizo fue una lanza, afilando la punta de un palo largo, aunque tampoco había cazado nada con ella. Más que nada, la utilizaba de bastón para ayudarse a caminar entre la maleza. Miró a su alrededor. La llegada de la primavera se notaba en cada rincón del bosque. Al salir de un pequeño desfiladero se encontró con unas zarzas que tenían una especie de moras. Seleccionó las que tenían el tono más oscuro y se las fue comiendo. Aún no estaban maduras y sabían un poco amargas. Cuando acabó con las moras siguió caminando. Se había convertido en un nómada del bosque. Siempre llevaba consigo todo lo que tenía, metido en la mochila que cargaba a sus espaldas. Cuando se cansaba de deambular entre la vegetación, montaba la tienda y encendía una hoguera. Así era su vida, y él se sentía a gusto y feliz. En todo el tiempo que llevaba allí no se había encontrado con nadie. La verdad era que no echaba de menos a nadie. Ni tan siquiera a su mujer…

Continuará.

jueves, 2 de abril de 2009

EL BOSQUE (corte I)

Debía admitirlo. Se había perdido en aquel maldito bosque. Miró a su alrededor y solo vio una inmensa y anárquica masa vegetal que lo rodeaba. Llevaba horas andando y no tenía ni idea de dónde estaba el camino de regreso al pueblo. Aun así, no estaba asustado ni preocupado. En la mochila llevaba suficientes alimentos para pasar unos días. También llevaba su saco de dormir de alta montaña, con lo que el calor estaba garantizado por las noches, por muy frías que fueran. Además del camping gas y la tienda de campaña plegable, iba bien preparado. Sus ropas y calzado eran los adecuados para esas fechas (finales del invierno), así que no tenía por qué preocuparse. Había salido a primera hora de la mañana con el objetivo de estar solo y pasar el fin de semana alejado de todo y de todos. Pues bien, hasta ese momento lo había conseguido. Lo mejor era olvidarse de su desorientación y más adelante ya se encontraría con alguien que le podría orientar. Siguió andando, adentrándose cada vez más en la espesura del bosque. Llegó a un pequeño claro y se sentó a descansar sobre un tronco caído. Desde su partida no había comido nada, así que aprovechó y comió unas cuantas galletas y un par de barritas energéticas. Una ligera brisa trajo el olor de la hierba mojada y del musgo rancio. Miró al cielo. No faltaba mucho para que anocheciera y decidió acampar allí mismo. Montó la tienda y recogió leña para el fuego.
Sentado al amparo de la hoguera se dio cuenta de que el saberse perdido, en vez de alarmarle, le producía el efecto contrario. La sensación de no saber dónde se encontraba le daba una calma y una serenidad que no había experimentado en años. Era como si el mundo que él conocía se hubiera evaporado y solo existiese la armonía y la complejidad del bosque. Era como quedarse solo en el planeta. Nadie dependía de él y él no dependía de nadie, excepto de sí mismo. Le gustó esa sensación. Echó un pedazo de leña a la hoguera y observó las chispas que volaron en espiral hacia las estrellas.
A la mañana siguiente se levantó al alba. Había dormido bien y se encontraba en plena forma. Avivó el fuego y se preparó unos huevos fritos con beicon. Mientras se comía los huevos y el beicon, la cafetera empezó a silbar y él la aparto del fuego. Después de beberse un par de tazas de café recogió todo, apagó la hoguera y se puso en camino. Eligió la parte más frondosa del bosque para internarse dentro. A media mañana le asaltó una pregunta: ¿Y si no regresaba nunca? Pensó en ello detenidamente. No estaba obligado a regresar. ¿Para qué iba a regresar? El mundo que conocía nunca fue de su agrado. Habían bastado unas pocas horas en el bosque para darse cuenta de que todo lo que dejaba atrás carecía de valor. No recordó la última vez que se sintió tan vivo como lo estaba en esos momentos. Llegó a la ribera de un riachuelo. Bebió de sus aguas y descendió siguiendo por la orilla izquierda. Ambas orillas estaban flanqueadas por helechos que le llegaban a la altura de la cintura. Siguió el curso del riachuelo apartando la espesa vegetación. A cada paso que daba sentía el gozo gratificante de la libertad absoluta. Notaba como sus instintos más ancestrales se iban acomodando dentro de él y como el bosque le acogía como si fuese una más de sus criaturas. Mirase donde mirase todo era belleza y armonía. Un sentimiento fue brotando de su yo más profundo hasta que escapó por la garganta en forma de grito. Un grito de felicidad. Una declaración en toda regla de que él pertenecía al bosque. Unos metros más delante, el riachuelo giraba a la derecha dejando una pequeña playa libre de vegetación. Llegó a la playa y se sentó en la arena. No es que estuviera cansado, simplemente le apetecía contemplar el paisaje con detenimiento. Al rato de estar sentado, vio que en la otra orilla la maleza se apartaba para dejar paso a un inmenso ciervo con poderosa cornamenta. El animal se acercó a la orilla y bebió. Tan solo estaba a unos pocos metros de distancia. Él lo observó en silencio, tratando de no espantarle. En un momento dado el ciervo levantó la cabeza y se quedó mirándolo. Ambos se miraron. Después, el ciervo dio media vuelta y tranquilamente se fue por donde había venido. Se sintió tan dichoso que estuvo a punto de volver a gritar. Era tal el cúmulo de emociones que permaneció sentado en la arena durante casi una hora, asimilándolas. Allí, sentado en la playa, tuvo la certeza de que jamás abandonaría el bosque. Fue consciente de que era la decisión más importante de su vida, sin embargo no le costó ningún esfuerzo tomarla. Definitivamente se quedaría a vivir allí, en el bosque…

Continuará