domingo, 12 de abril de 2009

DEFORME

Eran las cuatro de una tarde de verano y el sol pegaba como un boxeador cabreado. Él caminaba por la calle mirando al suelo, tratando de esquivar las miradas de los viandantes con los que se cruzaba. Su falta de confianza y los múltiples complejos le hacían ser una persona tremendamente introvertida que huía de todo y de todos. Pero ese día había decidido hacer algo que nunca antes se atrevió a hacer. Era su trigésimo quinto cumpleaños y quería celebrarlo en compañía de una mujer. Jamás había tenido relaciones con una mujer, ni afectivas, ni sexuales. Su aspecto deforme era el principal motivo. Ese día necesitaba, por encima de todo, poseer a una. Su única posibilidad era acudir a una prostituta, así que buscó respuesta en los clasificados de un periódico. Tuvo que armarse de toneladas de valor para atreverse a llamar por teléfono y concertar una cita. Finalmente lo hizo.

- Hola, llamo por… lo del anuncio del periódico.
- Te cuento, cariño. Tenemos cinco chicas monísimas que se pondrán a tu disposición para satisfacer todos tus deseos. El servicio mínimo es de cincuenta euros. Si te interesa, la dirección es...

Se rebuscó en los bolsillos del pantalón hasta que encontró el trozo de papel donde había apuntado la dirección. Lo comprobó y siguió caminando hacia allí. Sudaba a mares y no por el calor, sino por los nervios que le agarrotaban el estómago y le entumecían los músculos del diafragma impidiéndole respirar con facilidad. No estaba seguro de que cuando llegase a su destino se atreviera a llamar a la puerta, aún así siguió caminando en dirección al prostíbulo. Al girar a la derecha y acometer la avenida advirtió que a unos treinta metros venía un niño de cinco o seis años agarrado de la mano de su madre. Él siempre tuvo miedo de la sinceridad de los niños y por eso cruzó rápidamente de acera. De reojo percibió cómo el niño le seguía con la mirada y le señalaba con el dedo. La madre avergonzada se apresuró a regañar al niño.

- No hagas eso.
- Pero… mira a ese hombre...
- Te he dicho que no hagas eso.

Él siguió caminando como si no se hubiera enterado de nada, disimulando la vergüenza y clavando la mirada en el suelo. El incidente le hizo replantearse el plan y estuvo a punto de darse la vuelta y regresar a casa, pero la necesidad de conocer íntimamente a una mujer era demasiado fuerte y siguió adelante.
Cuando llegó a la dirección indicada estaba empapado en sudor. En un principio dudó antes de llamar al portero automático, aunque se apresuró a apretar el timbre porque sabía que si se lo pensaba dos veces terminaría por no hacerlo. Le abrieron la puerta sin preguntar. Entró en el portal y se dirigió hacia las escaleras. Las piernas le temblaban hasta el punto de que no le quedó otro remedio que sentarse en los escalones. Por un momento creyó que le iba a dar un ataque al corazón. Trató de calmarse inspirando y expirando el aire fresco del edificio. En cuanto llegase al primer piso y llamase a la puerta ya no habría marcha atrás. Se preguntó si tendría el valor suficiente para llamar a la puerta. No obtuvo respuesta. Se incorporó y siguió subiendo por las escaleras. La puerta a la que debía llamar era la de la letra B. Se quedó parado enfrente. Debajo de la mirilla había un pequeño cartel en el que ponía: “Agencia artística”.

- ¿Agencia artística? ¿Qué coño tenía que ver un prostíbulo con una agencia artística? – Pensó él sin atreverse a llamar.

La puerta se abrió cogiéndole por sorpresa. Una mujer de unos cincuenta años y con exceso de maquillaje salió a recibirle. Al verle dio un pequeño paso hacia atrás e hizo amago de cerrar la puerta, pero luego se lo debió pensar mejor y con un gesto apremiante le indicó que entrase. Una vez dentro la mujer cerró la puerta y echó una última ojeada por la mirilla.

- Es que no quiero problemas con los vecinos – dijo la mujer, disculpándose.

Le guió por un pasillo bastante largo con puertas cerradas a ambos lados. Llegaron a una que estaba al fondo y la mujer la abrió y le invito a entrar.

- Espera dentro, cariño. Ahora pasan las chicas para que elijas.

Él entró en la habitación y la mujer cerró la puerta dejándole a solas consigo mismo. Había una cama en el centro, una mesilla con una lámpara, una bandeja con condones, pañuelos de papel y un frasco de aceite lubricante. También había un armario con un candado. Las persianas estaban medio bajadas y la luz era tenue. Él no sabía si esperar de pie o sentarse en la cama. Al final, optó por sentarse en la cama. Las palmas de las manos le sudaban y por el contrario notaba la garganta seca y estropajosa. Al cabo de un par de minutos entró una mujer de unos treinta y cinco años. Iba vestida únicamente con ropa interior negra de encaje. Estaba algo rellenita. Al verle no pudo evitar un gesto de desagrado. Él se sonrojó.

- Hola, me llamo Tamara.
- Hola.

Tamara dio un giro sobre sí misma para que él pudiera verla por delante y por detrás.

- Esto es lo que hay – dijo refiriéndose a su cuerpo.

Después salió de la habitación cerrando la puerta tras de si. Al poco entró otra mujer. Era un poco más joven y mucho más delgada que la anterior. Llevaba ligueros y zapatos de tacón afilado. Su rostro era duro y eso le intimidó. Tamara debió de avisarla antes de entrar ya que apenas se inmutó al verle.

- Me llamo Sammy.
- Hola Sammy.

Después de que Sammy saliera de la habitación entró una negra alta, llena de curvas y con unas caderas y pechos impresionantes. Al igual que las otras vestía con lencería de encaje, concretamente de color rojo pasión. La negra se acercó hasta el borde de la cama donde él estaba sentado y le besó en la mejilla. Como era de esperar, él volvió a sonrojarse.
- Me llamo Laureé.
- Hola…, Laureé. Encantado de co… conocerte.

Era evidente su falta de experiencia con las mujeres. Laureé se dio cuenta y trató de tranquilizarlo con unas palabras de ánimo.

- Tranquilo, que aquí no nos comemos a nadie.
- Lo sé.

Laureé le dedicó una generosa sonrisa y luego salió de la habitación. La cuarta era una joven venezolana con larga melena teñida de rubio. También iba con unas braguitas negras de encaje y un minúsculo sujetador. Su cara era tierna y hermosa, de hecho era la más guapa de las que habían entrado. Le recordó a su madre. La joven se quedó junto a la puerta, casi sin atreverse a entrar. Parecía nerviosa y, excepto en el primer momento, el resto del tiempo que estuvo frente a él evitó mirarle a la cara.

- Mi nombre es Silvia -dijo con un hilillo de voz que apenas era audible.
- Hola.

Inmediatamente se retiró y entró la quinta. Una pelirroja con pecas por todo el cuerpo y la piel blanca como la leche, muy delgada y algo desgarbada. Vestía con un tanga de leopardo y un sujetador de color carne que no le favorecía nada.

- Yo soy la última. Me llamo Ana.
- Hola, Ana.

Después de dejarse ver, Ana salió del la habitación dejando la puerta medio abierta. Al instante entró la mujer que le había recibido, la madame.

- ¿Qué te parecen las chicas?
- Muy guapas.
- ¿Cuál eliges?
- A Silvia –dijo con contundencia.

Se sorprendió por tenerlo tan claro. ¿Qué le había impulsado a elegir a Silvia? ¿Tal vez, porque le recordaba a su madre?... No obtuvo respuesta.

- Buen gusto… Te explico: un cuarto de hora son cincuenta euros; media hora, sesenta; una hora, cien. Luego…, si quieres griego o cualquier otra cosa, tienes que pagar un extra...
- Creo que con media hora será suficiente.

Sacó la cartera y le dio el dinero a la madame. Le temblaban las manos y sintió vergüenza por ello.

- Muy bien. Que disfrutes -dijo la madame, guardándose el dinero en el escote de su vestido.

La mujer salió dejando la puerta medio abierta. A pesar de que en la habitación se estaba fresquito, él seguía sudando a chorros y tenía la garganta tan seca que se arrepintió de no haber pedido un vaso con agua. Ya no había marcha atrás. Por fin sabría lo que era estar con una mujer. Aguardó sentado en el borde de la cama. No tenía ni idea de cómo debía proceder, pero se calmó convenciéndose a sí mismo de que estaba en manos de profesionales y que solo tendría que dejarse llevar. Los susurros de unas voces le sacaron de su ensimismamiento. Aguzó el oído hacia la puerta que estaba medio abierta. Las voces llegaban desde el pasillo.

- …¿Por qué no lo hace otra?
- Porque te ha elegido a ti.

Le pareció reconocer las voces de Silvia y la madame.

- ¿Usted le ha visto la cara?
- En éste trabajo no discriminamos a nadie. Sean guapos o feos, altos o bajos, jóvenes o viejos.
- No pienso hacerlo.
- Si quieres seguir trabajando aquí, harás lo que yo te diga.
- No puedo… Con ese no puedo.
- En la cama todos son iguales. Ya deberías saberlo.

Él estaba paralizado, no se atrevía ni a respirar. Las palabras de las mujeres eran puñaladas que iban lacerando su cuerpo.

- ¡Por favor, señora! No me obligue a hacerlo… Con ese, no.
- Mira, Silvia. No quiero problemas, así que entra ahí y haz tu trabajo.
- No puedo. Con ese tipo no puedo...

Sentado al borde de la cama escuchó cómo Silvia se puso a llorar.

- … Ni siquiera he podido mirarle a la cara -dijo elevando la voz.
- Baja la voz que nos va a oír, desgraciada.
- ¡Lo siento mucho, señora! Pero… no puedo…

Las mujeres debieron de alejarse del pasillo ya que el sonido de sus voces bajó en volumen e intensidad. Él se incorporó y echó un vistazo al pasillo. La madame y Silvia se habían trasladado a la cocina. Pudo verlas a través del hueco de la puerta, ambas seguían discutiendo ajenas a todo lo demás.

- …Tienes que hacerlo, así que cuanto antes empieces, antes terminarás.
- Es que me da asco.
- Ni asco, ni leches. En este trabajo no se puede ser escrupulosa.
- Por favor, señora, mande a otra. Yo no puedo, por favor.
- ¿Será posible? En vez de putas tengo un grupo de sibaritas...

Él enfiló el pasillo hasta llegar a la puerta principal y salió del piso. Estaba tan derrotado y avergonzado que no se le pasó por la cabeza reclamar el dinero que ya había pagado. Salió del portal y se encontró con una bofetada de luz y calor. Caminó bajo el ardiente sol sin un rumbo fijo, tratando de asimilar todo lo que le había pasado. Había dejado de sudar y un frío resentimiento recorría sus venas. Anduvo por las calles con la mirada arañando el suelo, ajeno a lo que le rodeaba, hasta que sin darse cuenta llegó al parque. Buscó un sitio apartado donde sentarse a la sombra. Lo encontró junto a un sauce llorón que estaba al lado de una fuentecilla. Antes de sentarse aprovechó para beber agua y recuperar la humedad en la garganta. De pronto se sintió mejor, el agua fresca de la fuente y la sombra del sauce ayudaron a ello, pero también había algo más. Se trataba de un sentimiento agradable que brotaba de su interior, que emanaba directamente del alma. Al recordar las palabras de la puta se dio cuenta de que ya no le dolían tanto. Tal vez, las palabras de Silvia le habían ayudado a asimilar que era feo y deforme y una vez asimilado ya no le parecía tan terrible. Reflexionó sobre ello. No, no era eso, él ya lo tenía asumido desde hacía mucho tiempo. Desde que tuvo uso de conciencia supo que era feo y deforme. Entonces ¿de dónde surgía ese sentimiento purificador que le servía de bálsamo sanador contra la vergüenza y el dolor? Tal vez en su cabeza había imaginado que el rechazo de una mujer le iba a destrozar y, aunque las palabras de Silvia le habían dolido y humillado, no le habían parecido tan terribles como en sus pensamientos. Sí, quizá fuese eso.
Un niño de unos ocho años se acercó con un brazo en alto, haciendo volar un avión de juguete. Él observó la llegada del niño desde su asiento, sin sentir ningún temor. Se sorprendió de su propia templanza ya que él siempre tuvo miedo de la sinceridad de los niños. El niño llegó a la fuente, se detuvo y bebió un par de tragos. Cuando el niño se dio cuenta de la presencia del hombre se quedó paralizado, mirándole fijamente con los ojos muy abiertos y en la boca una mueca entre asco y miedo. Él le mantuvo la mirada, sonriéndole. Finalmente, en un gesto de camaradería, le guiñó un ojo. El niño echó a correr asustado. De tan asustado que estaba, en su huida estuvo a punto de perder el juguete. Él soltó una carcajada. La primera en mucho tiempo, también eso le sorprendió. Indudablemente era un día lleno de sorpresas, el adecuado para su trigésimo quinto cumpleaños. Se recostó en el banco, observó la luz del sol filtrada a través de las hojas de los árboles y escuchó el canto de los pájaros y el murmullo del agua de la fuente. Se sintió vivo y a salvo. Tuvo la certeza de que un cambio se había producido dentro de él, un cambio que mejoraba las cosas y que dejaba al descubierto un resquicio de esperanza. Se puso en pie y anduvo con la cabeza erguida y la mirada puesta en el frente, dispuesto a mirar a los ojos a aquellos que se cruzasen en su camino.

3 comentarios:

Javier Belinchón dijo...

Me encanta esa facilidad para pasar del drama a la risa.

Probablemente mitifiquemos demasiadas cosas... Desgraciadamente

Abrazos.

pepe pereza dijo...

y a mí me encantan tus críticas breves. Da gusto escribir para gente tan interesante como Begoña o tú.
un abrazo

Begoña Leonardo dijo...

bueno bueno, pues ahí voy, estoy encantada...
He disfrutado mucho con el relato. Si señor, hay que plantarle cara a la vida, mirar a los ojos, nadie es mejor ni peor, cada uno interviene/interactua en el mundo que le toca y no hay que tener vergüenza por no no entrar en el canon marcado por otros. Los monstruos, son los que miran.
Besos.