miércoles, 13 de febrero de 2013

LSD


En aquella época, estoy hablando de cuando yo tenía veinte años, en aquella época, digo, lo habitual era que los fines de semana nos comiésemos un cuarto de tripi. Aquel sábado en concreto nos comimos medio cada uno. Me refiero a Gonzalo, a Joaquín y a mí. Los tres compartíamos piso y a base de convivir nos habíamos hecho amigos. Eran las diez de la noche y calculamos que la droga nos subiría a eso de las once. Nos apresuramos a salir de casa. Óscar y Ojeda nos esperaban en la calle. Ambos eran amigos de Joaquín. A mí personalmente no me caían bien pero Óscar disponía de coche y eso les hacía soportables. Teníamos que viajar hasta Oyón, un pueblo a siete kilómetros de Logroño. Allí vivía un tipo que nos pasaba polen de buena calidad a precio decente.
Llegamos al pueblo y aparcamos detrás del frontón.
Adquirido el polen, partimos de vuelta a Logroño. Al aproximarnos al cementerio que está situado al lado de la carretera, le dije a Oscar que se desviase hacia los aparcamientos de enfrente. Quería fumarme un canuto entre los nichos y esperar a que el tripi nos subiera allí. A todos les pareció buena idea. Aparcamos, nos dirigimos a la tapia del camposanto y la saltamos. Anduvimos entre las tumbas hasta que encontramos un mausoleo rodeado de una valla metálica cubierta de enredaderas y maleza. Era un sitio íntimo y agradable. Nos sentamos en la escalinata cubierta de musgo y nos pusimos a liar canutos. Mientras fumábamos pude apreciar cómo las pupilas de Gonzalo se iban dilatando hasta ocupar toda la córnea. Yo también empecé a notar los efectos del LSD. Había llegado la hora. ¿Cómo describir la subida de un ácido? Sin duda es de esas cosas que  tienes que probarlas para saber de qué estamos hablando. De primeras, los sentidos se intensifican por diez, ves resplandores extraños, te llegan sonidos que son imperceptibles, el tacto, de tan sensible, capta texturas hasta entonces desconocidas. Cualquier cosa te puede producir un ataque de risa. El cerebro es estimulado por mil sensaciones inéditas. Todo es nuevo, pero a la vez conocido. Es como viajar a una dimensión paralela. Miré a Joaquín. Estaba ensimismado con el dorso de la mano. Evidentemente él también estaba bajo los efectos de la droga. Óscar y Ojeda, ajenos a la magia, se dedicaban a hablar de sus cosas. Los sentí tan lejos de nosotros tres que era como si no existieran. Los cipreses apuntaban al cielo, inmóviles, cual brochazos de pintura negra. La ausencia de movimiento, la quietud de la noche le daba al cementerio la apariencia de un lienzo pintado al óleo. La luna era una pandereta que exhalaba extraños tintineos y el musgo sobre el que estábamos sentados una mullida alfombra que nos engullía poco a poco. Todo era maravilloso. Me concentré en detener el tiempo para gozar eternamente del instante. Tuve la sensación de que el mundo dejaba de girar y cada movimiento que hacían mis amigos yo lo veía dividido en una serie de estelas que quedaban desdibujadas en el aire. Gonzalo dijo algo, vi que de su boca salían destellos de luz amarillenta. ¡Joder, esta mierda es de primera calidad!, pensé. Joaquín seguía alucinando con el dorso de su mano.

-        Veo circular la sangre por mis venas – dijo sin apartar la vista de su diestra.

Óscar y Ojeda se rieron del comentario. Me parecieron hienas. Para evadirme de ellos me concentré en los centelleos amarillentos que seguían fluyendo de la boca de Gonzalo. Estos fueron cobrando cuerpo, se hicieron sólidos, tubos fluorescentes que culebreaban al salir por su boca, después caían al suelo y estallaban en un fogonazo semejante a un flash. Gonzalo, dándose cuenta de que yo no le estaba escuchando, elevó el tono de su voz. A mis oídos llegó un sonido lento y distorsionado,  similar a esas voces que se escuchan en los discos que van bajos de revoluciones.

-        Me estoy agobiando. Vámonos de aquí.
-        Yo estoy bien.
-        Necesito beber algo. Tengo la garganta que me abrasa.
-        Será por los salchichones de luz.
-        ¿Qué?

Empecé a reírme descontroladamente. Joaquín, contagiado por mis risas comenzó con las suyas repitiendo una y otra vez:

-        Veo la sangre circulando por vuestras venas. Veo la sangre circulando por vuestras venas…

Gonzalo no aguantaba más y se levantó con intención de irse.

-        Me piro.
-        Y yo – le secundó Óscar.
-        Yo también – añadió Ojeda.

A pesar de las risas, Joaquín se puso en pie y los siguió sin dejar de mirarse la mano. Me planteé quedarme allí, entre los muertos, deteniendo el tiempo con mi mente. Finalmente me uní al grupo. Cruzamos una explanada sembrada de cruces. A mí todo el paisaje seguía pareciéndome un gran mural del que formábamos parte. Me jodía irme, aunque por otro lado me apetecía muchísimo una cerveza. Llegamos a las proximidades de la tapia. Óscar fue el primero en encaramarse en ella. Enseguida nos hizo un gesto para que nos detuviéramos. Todos nos quedamos quietos.

-        Hay alguien dentro de mi coche.

Nos asomamos y efectivamente era así. De alguna manera un hombre había conseguido abrir una de las puertas traseras y colarse dentro. Lo vimos moverse a través del parabrisas.

-        Vamos a por él – dijo Ojeda.

Saltamos la tapia y nos acercamos en silencio. El hombre no se percató de nuestra presencia hasta que rodeamos el coche.

-        ¿Qué cojones haces? –  le espetó Óscar.

Nos miró sorprendido. Tendría cincuenta y tantos años. Antes de que pudiera decir algo Óscar le agarró de la pechera y lo atrajo con fuerza hacia sí. El hombre se golpeó la cabeza con el techo y quedó medio grogui. Aun así, Óscar le dio un puñetazo en la cara. El hombre cayó al suelo con la nariz rota. Aprovechando, Ojeda se acercó y empezó a patearle. El hombre trató de cubrirse la cabeza con los brazos. Se le unió Óscar y entre los dos le agredieron sin piedad. Nosotros tres mirábamos alucinados. Todo era tan irreal que dudo que fuéramos conscientes de la brutalidad de la paliza. Al rato el hombre perdió el conocimiento y por fin dejaron de golpearle. Me sentí aliviado al ver que todavía respiraba. Óscar revisó el interior de su coche en busca de algún desperfecto. Todo parecía estar en su sitio. Salió del vehículo y se reunió con nosotros. Nos sentamos en un banco próximo. Traté de emitir un juicio de valores sobre lo sucedido.  Y no, no estaba de acuerdo con lo que esas hienas le habían hecho al pobre hombre. Me encontraba en esos devaneos cuando por el rabillo del ojo vi que el tipo me estaba mirando. Al verse sorprendido por mí cerró los ojos y fingió que seguía desmayado. Aquello cambió radicalmente mi aptitud.

-        Ese hijo de puta se estaba quedando con mi cara.

Al ver que el hombre permanecía inmóvil en el suelo todos pusieron en tela de juicio mi observación.

-        Os digo que el muy cabrón se estaba quedando con mi cara.

Siguieron sin creerme, cosa que me enfadó aún más. Me dirigí hasta el individuo, me acuclillé junto a él y le susurré al oído.

-        Con que quieres jugar. Muy bien, juguemos.

El enfado y la droga soltaron a la bestia oculta. Noté la adrenalina fluyendo por mis venas y un reconfortante instinto malsano se fue apoderando de mí. Acumulé saliva dentro de la boca, después dejé caer el espumarajo sobre sus parpados cerrados. Le estaba poniendo a prueba pero no se movió. Volví a susurrarle.

-        Esto es sólo el principio.

Era fácil ser malvado. Le abrí la boca y escupí dentro. El hombre siguió sin moverse.

-        ¿Sigues fingiendo, eh?... No pasa nada, continuemos. Yo me estoy divirtiendo.

Sacar la parte oscura era liberador y me hacía sentir bien. Además, la droga potenciaba mi sed de mal.

-        Me voy a mear en tu cara… no, mejor aún, te voy a reventar los huevos.

Le cogí de una pierna y la aparté, hice lo mismo con la otra, es decir, se las abrí para que sus testículos quedasen al descubierto y sin protección. Volví a acuclillarme junto a él y le dije al oído:

-        Despídete de tus pelotas.

Examiné su cara por si se le escapaba un mínimo gesto que lo delatase. No fue el caso.

-        Tú lo has querido.

Me incorporé y le rodeé colocándome frente a su entrepierna. Me lo tomé con calma. Si el tipo estaba fingiendo, y yo sabía que sí, intuiría que de un momento a otro le iba a reventar el escroto, y quería ver su reacción. Viendo que se mantenía en sus trece decidí pasar a la acción. Cogí impulso y golpeé con todas mis fuerzas. Mi empeine impactó de lleno en sus genitales, haciendo que su cuerpo inerte se desplazase unos centímetros de donde estaba. Soltó un gemido sordo pero no se movió. Nadie podría fingir después de un golpe así. Tal vez me había equivocado. Óscar y Ojeda se estaban divirtiendo, Gonzalo y Joaquín no, ambos me miraron como si fuera el mismo demonio. Tendría que haberme quedado entre las tumbas deteniendo el tiempo con mi mente, pensé. Pero era tarde para eso. Lo mejor era largarse.

-        Vámonos de aquí.

Montamos en el coche y abandonamos el lugar. Miré a través del parabrisas trasero y vi como el cuerpo de aquel hombre se iba haciendo más y más pequeño.

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