miércoles, 22 de abril de 2015

EL VIAJE (Relato inédito)

De pronto lo oigo. Es una especie de chirrido.
-        -¿Oyes eso?
-        -¿El qué?
-       - Ese ruido.
-       - ¿Cuál?
-        -Chiiii… chiiii… ¿No lo oyes?
-       - No.
-        -Escucha con atención…
-        -Cuidado con el que tienes delante que le vamos a dar.
Piso ligeramente el freno y dejo que el coche que nos precede se aleje unos metros.
-       - Ahí está otra vez. Chiiii… chiiii…
-       - No oigo nada.
Me molesta que nunca esté de acuerdo contigo en nada.
-        -Aunque tú no lo oigas, hay una especie de chirrido.
-        -Déjate de tonterías y concéntrate en la carretera, anda.
Otra de las cosas que me jode es que me trate como un crío.
-       - Voy a parar.
Arruga el morro y se rasca la nariz, señal de que se ha enfadado. Me la suda. No quiero quedarme tirado por culpa de una avería. Unos kilómetros más adelante hay una zona despejada. Justo lo que estaba buscando.
Abro el capo y echo un vistazo al motor.
-        -No sé qué coño estás mirando ahí. No tienes ni puñetera idea de mecánica.
A primera vista parece que todo está bien. Aunque ella tiene razón, no tengo ni idea de mecánica, por lo tanto no me queda claro si la maquinaria está en su sitio, o no.
-       - ¿Qué? ¿Ves algo?
Cierro el capo y me concentro en las ruedas. Según rodeo el coche voy golpeando los neumáticos con el pie.
-        -¿Se puede saber qué coño haces?
-        -Compruebo la presión.
Se baja del coche y cierra de un portazo, luego se aleja unos metros para encenderse un cigarro. Me dan ganas de dejarla aquí plantada. Lástima que me falten cojones. Desde el principio supe que este viaje iba a ser un infierno, aun así me dejé convencer. Nos queda mucho por delante, es mejor que intente llevarlo de la mejor manera posible. Tomo aliento y me acerco a ella.
-       - ¿Me das un cigarro?
Me lo da sin mirarme.
-        -Y fuego.
Me pasa el mechero que tiene en la mano. Después de prender el cigarro quiero devolverle el encendedor, pero está mirando a las nubes que tenemos enfrente y no me presta atención. De repente vuelve al coche y se pone a rebuscar en la bolsa del equipaje.
-        -¿Sabes dónde está la cámara de fotos?
-        -¿No está ahí?
-       - No la encuentro.
-        -Busca bien.
-        -¿Estás seguro de que la guardaste en esta bolsa?
-        -Yo no he guardado la cámara en ningún sitio.
-        -Te dije que lo hicieras.
Tiene razón, me lo dijo, pero jamás lo admitiré.
-       - No lo recuerdo.
-        -Pues yo lo recuerdo perfectamente. Te dije: Asegúrate de guardar la cámara de fotos.
-        -No te oí.
-        -Ya, tú solo oyes lo que te interesa.
-        -Si quieres hacer una foto, utiliza la cámara del móvil.
En cuanto menciono el móvil sé que he metido la pata.
-       - Lo tengo sin batería porque anoche, al señorito, se le olvido ponerlos a cargar.
Odio que utilice ese tono conmigo.
-        -Ya me he disculpado, así que no insistas con eso.
-        -Has sido tú quien ha sacado el tema.
Sigue rebuscando en la bolsa. Se nota que a cada segundo se va frustrando más y más.
-        -No está.
-        -Bueno, no pasa nada.
-        -Claro, para ti nunca pasa nada.
Prefiero no contestar.
-        -Estoy segura de que te lo dije.
-        -Si tanto interés tienes en la cámara, podías haberte preocupado de guardarla tú misma.
Me clava los ojos. Por un momento, creo que se va a abalanzar contra mí.

Llevamos un buen rato sin hablarnos, cosa que agradezco porque necesitaba un respiro para poder continuar con esta pesadilla. Lo bueno del asunto es que desde que hemos retomado el viaje no he vuelto a escuchar el chirrido. Ahora que estoy medianamente relajado puedo disfrutar del paisaje. Y es que, a ambos lados de la carretera, hay inmensas praderas sembradas con trigo que se alargan hasta el horizonte. Cuando el viento sopla sobre las espigas, se produce una serie de oleadas y da la impresión que estamos cruzando un océano teñido de amarillo.
-        -Tengo hambre.
Lo dice como si yo tuviese la culpa.

Es el típico restaurante de carretera. A esta hora está repleto de gente. Los camareros corren de un lado para otro sirviendo menús o tomando nota de las comandas. Después de esperar más de media hora, nos acomodan en una mesa que acaba de quedar libre, de hecho, las sobras de los anteriores clientes aún están sobre el mantel.
-        -No me gusta este sitio. Huele raro.
-        -Es el olor a comida.
-        -No, huele a meados. Seguro que alguien se ha dejado la puerta de los baños abierta.
Hago oídos sordos. Después de lo que hemos tenido que esperar no estoy dispuesto a levantarme para ir a otro lugar. Cojo la carta y leo. La oferta no es muy variada, no obstante, a mí me vale con lo que ofrecen. A ella no.
-        -No me apetece nada de lo que tienen aquí.
En la mesa de al lado, un hombre come paella.
-        -La paella tiene buena pinta.-le digo señalando el plato de arroz.
Ni siquiera se molesta en mirar, así que me dejo de sugerencias. Por fin se acerca una de las camareras. Su ojo experto enseguida detecta la tensión acumulada por la espera. Para tranquilizarnos nos pide disculpas por la tardanza y señala que en cuanto termine de recoger la mesa nos tomará nota.
Comemos, en silencio. Un silencio sólido, pesado, frío, como una cadena de acero. La comida, aunque abundante, dista mucho de estar deliciosa. Me fijo en una pareja joven que ocupa una mesa junto a la puerta de la cocina. Hablan cariñosamente ajenos al trasiego de los camareros, que entran y salen sin parar. De habernos asignado esa mesa, nosotros, sin duda, hubiésemos protestado. Sin embargo, ellos están contentos y no les importa estar ahí. Supongo que no es cuestión de dónde te pongan, sino de feeling. La mujer que tengo delante, es decir, mi mujer, escarba con el tenedor en el lomo de un lenguado. Se nota que ha perdido el apetito. Me gustaría decir algo, iniciar una conversación.
-       - ¿Tomarás postre?
-       - Quiero volver a casa.

Frente a nosotros, el cielo invita a tormenta.
-        ¿Estás segura?
Asiente con la cabeza. Así que entro en la autovía con dirección a casa. Al final hemos decidido concluir este absurdo viaje. Realmente, la decisión ha sido suya, no obstante, estoy de acuerdo con ella y me siento feliz de regresar.
-        -Ahí está otra vez… ¿Lo oyes?
El maldito ruido.
-       - Chiii, chiii… Juraría que viene del motor.
-        -Estoy embarazada.
Recibo la noticia como un mazazo en el estómago. De hecho, el impacto de sus palabras me deja sin respiración. Tengo que detener el coche en el arcén. Me apeo y echo a andar campo a través. Trato de respirar. Aparentemente un acto sencillo que, en mi caso, entraña gran dificultad. Ella grita algo, pero un trueno me impide escuchar lo que dice. 

pepe pereza