jueves, 30 de abril de 2015

FRÍO


Salgo a la calle. Enfilo el camino que bordea el río. Con suerte el aire fresco de la noche me aclarará las ideas. La luna parece una pandereta. Observo su reflejo en las negras aguas. Avanzo entre los árboles que se mecen a mi paso. Mi aliento me precede, se adelanta a mi zancada indicándome la dirección a seguir. Dos meses atrás, cuando caminé por esta misma vereda, el croar de las ranas se fundía con los cantos de los grillos y las cigarras. Hoy la noche es silenciosa. Cada vez hace más frío. Tanto, que las gotas de rocío se condensan en las carcasas de las farolas. Oigo un batir de alas. Levanto la cabeza y veo la silueta de un búho buceando bajo las estrellas. Toda esa belleza esconde una mortal estrategia. El depredador exhibiendo su maestría, a la espera de que la presa quede subyugada por su embrujo. Me enciendo un cigarro. El humo y la nicotina se mezclan con el vapor de mis pulmones. Paso por debajo del puente de hierro. De inmediato me embiste el recuerdo de cuando era un niño y cruzaba este mismo puente para ir a bañarme a las piscinas municipales. Amparado por la nostalgia del momento lanzo la colilla al suelo, con rabia. Y la pisoteo como si fuera un gusano inmundo. Las piernas me pesan. Llego hasta un banco próximo y dejo caer todo el peso de mi cuerpo sobre él. A lo lejos suena la sirena de una ambulancia, siento una sacudida en el estómago. Hace demasiado frío para quedarse sentado. Al acercarme de nuevo al río, veo que la niebla oculta la corriente creando otra por encima, más etérea y extraña. Dan ganas de sumergirse en ella. Sigo caminando hacía unas estructuras artificiales. Son torres construidas con la intención de que las cigüeñas hagan sus nidos ahí. Distingo a varias de ellas arriba. Dormitan y se acurrucan buscando calor. Tomo una de las sendas que se adentran en el parque. Arrastro los pies haciendo crepitar la grava. Todo es confuso ahora. Ni siquiera el frío glacial consigue espabilarme. Echo de menos el sol de verano. De aquellos veranos, cuando era niño y cruzaba el puente para ir las piscinas municipales. Entonces la vida tenía sentido, merecía la pena vivir. Al llegar a lo alto de la colina el viento me golpea en la cara. Aprieto los dientes con fuerza, haciéndolos rechinar. Podría volver a casa. Pero allí solo hay un televisor con poco, o nada, que ofrecer y un colchón que garantiza insomnios. Mejor seguir caminando.

pepe pereza